Part 10
Aviraneta piensa con rabia que Luna se va a reír de él y se le ocurre un disparate mayúsculo. Se viste con sus hábitos, coge su maleta, abre la ventana, y por una viga a la altura de un cuarto piso cruza un patio; se encuentra al final un balcón abierto, lo salta y se ve en una casa desconocida y cerrada. Don Eugenio debió pasar unas horas muy malas. Por la mañana intenta salir y se tropieza con una señora que le dice: «No es aquí, padre. Es arriba». Sin duda, en el piso de arriba había un enfermo grave. Aviraneta baja corriendo las escaleras y se presenta en mi casa.
--Y ahora, ¿dónde está?--preguntó Chamizo.
--Le hemos encontrado una casa magnífica de un paisano mío, Ambrosio de Hazas, en la calle de Cedaceros, tres y cinco. Hazas está en su pueblo, y en su habitación vive ahora doña Lorenza Caveda, que es el ama de llaves, y la hermana de éste. No diga usted a nadie dónde se esconde.
--No tenga usted cuidado.
Dejando la cuestión Aviraneta, Nogueras habló de política con su aire de insecto sabio:
--La cosa está muy obscura y de mal aspecto--dijo--; debe haber diferencias entre la infanta Carlota y la Reina Cristina; las dos han querido disponer de Zea y de Javier de Burgos, y andan a la greña; estas divisiones se han exagerado con las cartas publicadas por los generales Quesada y Llauder, y tiene que venir una crisis.
LIBRO SÉPTIMO
VIEJAS INTRIGAS Y NUEVOS INTRIGANTES
I.
MARTÍNEZ DE LA ROSA
UNOS días más tarde del fracasado viaje de Aviraneta y del padre Chamizo se presentaba Mansilla en casa de Tilly y le decía:
--Vístete al momento, joven número Uno.
--¿Qué pasa?
--Tenemos reunión en casa de los Carrascos.
--¿Pues qué ocurre de nuevo?
--La Reina Cristina parece que está dispuesta a prescindir de Zea Bermúdez y a retirarle su confianza. Se va a discutir en casa de los Carrascos quién va a ser el sustituto de Zea, discusión de pura fórmula, porque todos estamos en el secreto de que será Martínez de la Rosa.
--¿Tú estás en buenas relaciones con él?
--En magníficas. Don Francisco es muy amigo mío. Yo le digo que no debe dejar de ser poeta, que ante todo él es poeta, y esto le halaga mucho. En la primera vacante me hace obispo.
--¿Y de los amigos, no le has hablado?
--Sí, hombre, le he hablado de ti; te conoce. «Es un chico con aire muy fino; lo haremos diplomático», dice.
--¡Muchas gracias!
--¡Si le he hablado hasta del mismo Aviraneta! Del número Uno, Dos y Tres del primer Triángulo del Centro.
--¿Y qué ha dicho?
--Que no tiene escrúpulo ninguno en verse con él. Que en España es indispensable echar mano del hombre de talento en donde se le encuentre.
--Muy bien. Vamos a ver si nuestro Triángulo asciende en categoría.
Marcharon el cura Mansilla y Tilly a casa de los hermanos Carrascos, que se hallaba llena de personajes amigos de la Reina Cristina y de alguno que otro isabelino de los menos intransigentes.
Había en el salón hasta veinte o treinta personas.
Donoso Cortés dijo, en un discurso elocuente, que la reina, convencida de la impopularidad de Zea Bermúdez, había pensado en sustituírle en la Presidencia del Consejo de Ministros por algún otro político más simpático a los elementos liberales.
Añadió que él, los hermanos Carrascos y algunos otros, consultados por Su Majestad, habían dicho que el más indicado les parecía don Francisco Martínez de la Rosa.
Los cristinos, al oír este nombre, aplaudieron con entusiasmo, y uno de los isabelinos que se encontraban allí, el conde de las Navas, dijo que era indispensable que Martínez de la Rosa ofreciese restablecer la Constitución de 1812 y convocar las Cortes.
La proposición produjo cierta perplejidad; entonces pidió la palabra Mansilla, y de una manera muy diplomática, y haciendo alarde de liberalismo, dijo que, como toda obra del tiempo, la Constitución de Cádiz tenía sus errores de perspectiva, y que no le parecía prudente el exigir que se proclamase íntegra la Constitución de 1812, pues podía modificarse y hacerse con ella un Código más oportuno, progresivo y liberal.
La mayoría de los cristinos fué de la misma opinión, y se llamó entonces a don Francisco Martínez de la Rosa, que estaba en otro cuarto y que, al entrar en la sala, fué aclamado. Martínez de la Rosa prometió que cumpliría los deseos de los patriotas.
Al momento, Donoso Cortés y uno de los Carrascos marcharon en coche a Palacio, y trajeron a la reunión la palabra de la reina de que aceptaba la destitución de Zea, y el nombramiento de Martínez de la Rosa.
Mansilla y Tilly le felicitaron, y el poeta granadino les dió a entender que no les olvidaría.
La entrada de Martínez de la Rosa en el Poder produjo, al principio, gran satisfacción entre los liberales, que creyeron que había llegado definitivamente su hora.
Pronto se vió que no había tal cosa; la política, naturalmente, no cambió, y los procedimientos de los ministros fueron los de siempre; una nube de policías comenzó a espiar, no precisamente a los carlistas, sino a los liberales.
Los de la Isabelina se decidieron a ayudar a que se consolidasen las antiguas sociedades secretas. El hermano Beraza tomó la paleta simbólica y se dispuso a levantar las columnas del templo masónico; se nombró gran maestre de la Orden a Pérez de Tudela, y jefes del Gran Oriente a Calatrava, San Miguel y otros varios. Calvo de Rozas tomó la dirección de los comuneros, y Aviraneta con González Bravo intentó nutrir las ventas carbonarias de los Europeos Reformados.
Martínez de la Rosa derivó sin proponérselo hacia la reacción como los anteriores gobernantes, no porque él quisiera ser reaccionario, sino porque todo Poder lo es.
Se decía que su política se discutía y se decretaba en un gran consistorio de abates afrancesados, como Miñano, Lista, Hermosilla y Reinoso; que después de resueltas las cuestiones pasaban los Pirineos, llegaban a París y allí recibían la suprema sanción de Guizot, el rey de los doctrinarios.
De este consistorio de abates nació, según unos, la idea de confeccionar una especie de carta como la de Luis XVIII en Francia, que fuera una Constitución en pequeño.
A los dos o tres meses de entrar en el Poder Martínez de la Rosa, los liberales eran tan enemigos de él como de Zea Bermúdez.
II.
EL SECRETO DEL ENVIADO DE BARCELONA
DÍAS después de su llegada, el padre Chamizo fué a casa de Celia; le contó su viaje y la detención de Aviraneta, aunque no le dijo que don Eugenio había vuelto y que estaba escondido en una casa de la calle de Cedaceros.
Como a Aviraneta no le convenía que nadie le visitase, pues por las visitas podían dar con su escondrijo, Chamizo no fué a verle a su nueva casa.
Poco tiempo después tomó las tres mil pesetas que había dejado Aviraneta en la biblioteca del ex claustrado y se las entregó a su hermana. Don Eugenio le escribió una carta dándole las gracias, acusando recibo de la cantidad, y le envió una caja de turrón.
Un día de mucho frío, a fines del mes de enero, Chamizo se encontró a Nogueras en la Puerta del Sol y le detuvo.
--¿Tiene usted prisa?--le preguntó el capitán.
--No.
--¿Quiere usted venir conmigo al Café Nuevo?
--Vamos.
Fueron allá, se metieron en un rincón y le dijo Nogueras:
--¿Sabe usted que acaban de detener a Salvador, el enviado de Barcelona?
--¿En dónde?
--En el patio de Correos.
--¿Y por qué? ¿Se sabe?
--No. Estaba con él en el patio de Correos, y mientras yo miraba las listas y él recogía una porción de cartas, un comisario de policía con dos agentes le ha prendido. Ha llamado a la guardia, que ha venido con cuatro soldados, y se lo han llevado. He ido yo tras ellos. Han cruzado la Puerta del Sol y han entrado en una casa de la calle de Preciados, cerca del callejón de Rompelanzas. En esta casa, que es de huéspedes, vive Salvador. He pasado por delante de la puerta, donde había un agente. Este agente era de los nuestros, un tal Nebot, afiliado a la Isabelina. «Capitán, no se detenga usted--me ha dicho--. Vaya usted al Café Nuevo y espere usted allí. Cuando acabe el servicio iré a contarle lo que ha ocurrido». Y estoy esperando a que venga.
Aguardaron en el café un par de horas el ex claustrado y el capitán, hasta que entró el agente. Nogueras se levantó y el policía se acercó a él.
--¿Qué ha pasado?
--Pues nada--dijo Nebot, el agente--; llegamos a la calle de Preciados custodiando a Salvador; la tropa se quedó en la calle y subimos al piso principal el comisario don Nicolás de Luna, Salvador, cuatro celadores y yo. Don Nicolás arrestó al ama de la casa y a la criada. Dió orden también de que si alguien llamaba a la campanilla se le detuviese. Nuestro jefe pidió a Salvador la llave de un baúl grande que tenía en su alcoba, sacó de dentro una infinidad de papeles, hizo un inventario y firmó él, Salvador y nosotros dos. Se registró después el cuarto, los libros y la ropa, y como no se encontró nada, se puso en libertad al ama y a la criada, tomando a las dos sus nombres. Luego el comisario mandó bajar a Salvador a la calle, y escoltado por nosotros, los cuatro celadores y la tropa, lo llevamos a la Cárcel de Corte. Don Nicolás dió la orden al alcaide para que pusiera al preso incomunicado, y concluída la faena he venido aquí.
--¿Qué tal se ha portado Salvador?--preguntó Nogueras--. ¿Estaba sereno?
--No; nada de eso. Estaba muy pálido, y en la Cárcel de Corte, cuando le dijeron que le llevaban al calabozo, se puso tan amarillo que creímos que le daba algo.
Nogueras felicitó al agente por su gestión y cuando se marchó le dijo a Chamizo, con su aire grave y de suficiencia:
--Voy a visitar a los primates del partido a ver si hacemos algo por ese pobre Salvador. Le han debido coger algunos documentos comprometedores. Es un revolucionario terrible.
Nogueras tomó su capa y su chambergo y se marchó del café.
--Al día siguiente el ex claustrado estuvo en casa de Celia, donde se habló de Salvador. Se decía allí que éste era un republicano, un carbonario, un bebedor de sangre, que había venido con una misión secreta de Barcelona para los clubs de Madrid, y que lo iba a pasar muy mal.
Chamizo se acordó de la Junta del Triple Sello, de que algunos hablaban con gran misterio.
Por curiosidad y por saber qué ocurría, fué Chamizo a casa de Nogueras y a la tienda de la Lagarta; pero no lo encontró. Una semana más tarde vió al capitán, que estaba en el Café Nuevo, y se acercó a él.
--¿Qué hay de Salvador?--le dijo.
--¡Calle usted, hombre! ¡Calle usted!--exclamó Nogueras--. ¡Qué chasco!
--Pues, ¿qué pasa?
--¿No sabe usted?
--Nada.
--Pues que ha resultado que era un espía, un agente de Zea Bermúdez. Ya está en libertad.
--¡Es extraordinario! ¿Y cómo se ha averiguado eso?
--Verá usted. Cuando yo di la noticia de que habían preso a Salvador, se reunió el Directorio de la Isabelina y se habló de la manera de protegerle, y se decidió que sería conveniente ir a ver al superintendente de policía don Fermín Gil de Linares. Romero Alpuente, que le conoce, fué a visitar a Linares y le habló del asunto. Linares se presentó en la Cárcel de Corte, hizo que llamaran a Salvador y le tomó declaración. Salvador declaró que era un agente de Zea Bermúdez, que estaba en la corte para desbaratar un plan revolucionario que se fraguaba al mismo tiempo en Madrid y en Barcelona por los isabelinos, en el que estaban complicados la infanta Luisa Carlota y su marido, el conde de Parcent, el general Llauder, el general Palafox, Calvo de Rozas, Aviraneta y todos nosotros. Linares se quedó asombrado. Consultó en seguida con el ministro, y Martínez de la Rosa dió orden de que dejaran a Salvador en libertad. Figúrese usted el asombro de Romero Alpuente cuando fué como hombre bueno y se encontró acusado. El buen señor vino más amarillo y más feo que nunca a relatar lo ocurrido.
--¡Qué enredos!--exclamó Chamizo.
--Sí; está todo tan revuelto que ya no se va uno a poder fiar ni de su sombra.
--El mejor día va a resultar que todos ustedes son agentes de Don Carlos.
--No; eso no--dijo Nogueras, que no comprendía las bromas.
--Bien, pero algo parecido.
--Mire usted el papel que han publicado los nuestros.
Y Nogueras le dió al ex claustrado una hoja escrita.
En este papel se contaba la historia de Salvador; una historia de espionaje y traiciones. Se decía que en 1823, siendo oficial del regimiento de Lusitania, se pasó a los facciosos con parte de su compañía; que poco después estuvo de emisario del Gobierno realista con el objeto de espiar a los patriotas en Gibraltar y a los presos en los pontones de Lisboa, Barcelona y Marsella.
Se aseguraba también que había sido amigo de Regato; agente de Calomarde para sus juegos de Bolsa e intrigas políticas, y uno de los espías de González Moreno cuando el fusilamiento de Torrijos. Ultimamente había entrado al servicio de Zea como confidente para conocer los proyectos de los liberales y denunciarlos. Se afirmaba también que tenía una Sociedad secreta en Barcelona, donde maniobraba él con sus agentes provocadores.
Tras de esta hoja de servicios se ponían en el papel las señas personales de Salvador y la casa donde vivía en Madrid.
La lectura de la hoja en el Café Nuevo indujo a algunos exaltados a castigar al espía dándole una paliza, y a otros chuscos se les ocurrió alquilar una murga e ir a cantar el oficio de difuntos delante de los balcones de casa de Salvador.
La policía se enteró del proyecto y mandó a la calle de Preciados un piquete de caballería que dispersó a la multitud, que ya empezaba a reunirse en la esquina del callejón de Rompelanzas.
Un mes más tarde, Chamizo vió a Salvador, que salía de la iglesia de Montserrat de la calle Ancha con una mujer del brazo, los dos con un aire muy místico.
Chamizo le conoció e hizo como que no le veía. Por las pesquisas de Nogueras y sus amigos se averiguó que vivía en la calle de Silva, entrando por la plaza de Santo Domingo, a mano derecha, cerca del callejón del Perro, en el número 12, casa que era del Sello Real de la Corte, donde había vivido mucho tiempo Regato. De Madrid, Salvador salió para Cádiz, y de Cádiz se le envió a Filipinas con alguna misión del Gobierno.
III.
MALOS PRESAGIOS
LA primavera de 1834 fué para Chamizo poco agradable. Como la Sociedad Isabelina, dirigida por Aviraneta y demás compadres, era ya tan conocida, el ex fraile no se atrevía a visitar a Nogueras y a los otros amigos.
Comenzó a dar lecciones de latín y de francés; pero no sacaba bastante para vivir. Gallardo le proporcionó alguno que otro trabajillo más; con todo su presupuesto se desnivelaba. Doña Puri, la patrona, le decía que no se apurara.
A casa de Celia comenzó a dejar de ir. Había en la familia un grave disgusto, que suponía el ex claustrado provenía de las relaciones de Celia y Gamboa.
Preguntó por éste varias veces, y por las contestaciones ambiguas que recibió comprendió que en él radicaba la causa del malestar.
El último día que Chamizo comió a gusto en Madrid fué el día de Carnaval. Chamizo se encontró a Gamboa, a Nogueras y a Gamundi en compañía de un paisano. A éste le presentaron como un ayudante del general Mina, llamado Francisco Civat.
Civat era catalán, carbonario y antiguo guardia de Corps. Era un hombretón, con el pecho saliente, un poco tosco, con una franqueza exagerada para ser sincera. Tenía la nariz gruesa, la cara juanetuda, los ojos claros y el pelo rojizo. Se manifestaba gastador, rumboso, hombre expeditivo, que no admitía dificultades ni dilaciones en sus proyectos. Civat era jugador y tenía fiebre de dinero y de placeres.
Iba todo este grupo a comer a la fonda de Genies y le invitaron a Chamizo a acompañarle. Los oficiales jóvenes marchaban al día siguiente a Navarra a batirse con los carlistas. Gamboa aseguró que no tardaría en reunírseles. El ex claustrado les envidió, porque estaban contentos de su suerte y se auguraban grandes venturas.
En la comida, Nogueras y Gamboa tuvieron la mala ocurrencia de discutir de política. La entrada de Martínez de la Rosa en el Poder no había satisfecho a los isabelinos. Antes de que el Ministerio del poeta granadino hiciera algo, ya estaban todos diciendo que era un pastelero y les daría un mico.
Nogueras exageró su malevolencia contra el nuevo presidente, llamándole con su pedantería habitual el coplero, el poetastro, Rosita la pastelera...
Gamboa, que se hallaba irritado y nervioso, aseguró que los isabelinos no debían echar a nadie en cara su inacción, porque ellos eran los más inútiles y los más incapaces de todo.
--No puedes decir eso--exclamó Nogueras--. Estamos todavía organizando la gente, tenemos ya cinco legiones en Madrid y ramificaciones por toda España.
--A mí no me vengas con historias--replicó Gamboa--. Tus isabelinos no son mas que unos ambiciosos como todos los demás que ansían ser ministros. En el momento en que creíamos que venía el absolutismo por el estilo del de Calomarde, les ofrecemos sublevarnos, echarnos a la calle, y nos dicen: «No, no; es necesario contemporizar, esperar...»
--¿Cuándo ha sido eso?--preguntó Nogueras.
--¿Cuándo? Cuando la reunión de los liberales en la calle del Arenal. Urbina y yo hablamos a Aviraneta en el café de Levante, y él estaba dispuesto. Esperamos, porque así dijeron los santones, y ahora resulta que no debemos esperar ni contemporizar... Todo porque no le quieren hacer ministro a ese bárbaro de Calvo de Rozas, ni a ese momia ridícula de Romero Alpuente...
--Estás exaltado--dijo Nogueras.
--No, no estoy exaltado; estoy cansado de intrigas y de tonterías. Así que cuando me digan a la guerra, voy a ir más contento que unas pascuas.
El ex guardia de Corps Civat, con acento catalán, dijo que no se podían hacer las cosas tan pronto como se querían; que había que tener paciencia y perseverar en todo.
Concluyeron de comer; los dos oficiales jóvenes se fueron por un lado; Nogueras y Civat, por otro, y Chamizo le acompañó a Gamboa un rato.
--Este Nogueras es un pobre iluso--dijo Gamboa.
--El piojo sabio, como le llama Aviraneta.
--Sí; ahora ya cree que ese Civat lo va a resolver todo. Para él Civat es un Robespierre. Lo mismo le pasó con Salvador.
--¿Ya no vive usted con su tío?--le preguntó Chamizo.
--No; ya no vivo con él. A última hora le ha dado por ser celoso. Chifladuras de viejo.
--¿Dónde vive usted?
--En casa de una señora muy simpática, que es algo parienta de mi tío. Esta señora tiene una sobrina joven y tenemos nuestros conciertos; solemos tocar: ella, la guitarra, y yo, la flauta. Vaya usted algún día. Vivo en la calle de San Justo, encima de una cerería que hay frente a la iglesia.
Chamizo fué a la tienda una vez y volvió con frecuencia.
La cerería estaba en una casita pequeña de un piso, con un alero saliente, dos balcones con los cristales pequeños y emplomados, y un escaparate lleno de cirios, velas de colores, rojas y amarillas; otras, adornadas con papel rizado, cerillas y pastillas de chocolate.
La dueña de la cerería era una mujer flaca, acartonada; su sobrina Pilar era una muchacha simpática.
Chamizo, el primer día que fué a la cerería, oyó a Pilar y a Gamboa, y comprendió que el militar estaba muy entusiasmado con la muchacha, y que ésta coqueteaba con él.
Chamizo fué invitado a tomar chocolate, y volvió principalmente por matar el hambre.
LIBRO OCTAVO
LAS DESILUSIONES DE CELIA
I.
UNA MUJER ROMÁNTICA
EN la primavera de 1834 apareció en Madrid Margarita Tilly con su marido Sampau a pasar una temporada. Tenía tres niños pequeños.
Margarita convidó a comer en casa de los padres de su marido a su hermano Jorge, a Fidalgo, a Blanca, la camarista de Palacio, y a Aviraneta.
De sobremesa se habló mucho de Celia, que hacía días estaba algo enferma y retraída.
--Yo creo que está, más que nada, descontenta--dijo Tilly.
--¿Y por qué?--preguntó su hermana Margarita--. ¿No vive bien? ¿No tiene un pequeño círculo de adoradores?
--Sí; pero tiene ese egocentrismo de todas las mujeres, que les hace querer que el mundo entero gire alrededor de ellas.
--Ya está mi hermano definiendo--exclamó Margarita con ironía.
--Es la verdad. Todas vosotras exigís ser el centro del mundo, al menos de vuestro mundo, y no queréis que nadie se distraiga en los alrededores.
--¡Bah! ¿Y ustedes?--preguntó Blanca Fidalgo.
--No tanto. Al menos nosotros aceptamos que el punto central de la vida sea una idea: la Política, la Literatura, la Ciencia... Ustedes, no; ustedes tienen el amor del pequeño círculo, y Celia más que nadie. Nuestra amiga desearía que no pudiéramos ser felices sus íntimos mas que por su intermedio, y ella nos distribuiría la felicidad. Ella quisiera ser el nudo de su tertulia, el cerebro o la médula espinal.
--Yo no comprendo por qué Celia está tan descontenta--dijo Margarita--. Vive bien, el marido la mima, tiene una sociedad agradable....
--Todo eso no es obstáculo para que se aburra--interrumpió Tilly.
--No ha debido tener nunca entusiasmo por su marido--dijo Aviraneta.
--Nunca. Ahora que don Narciso está enfermo es cuando se ocupa con interés de él--dijo Fidalgo--. Antes era cosa conocida. Le tenía usted a Celia con su marido, y bostezaba, se ponía triste; venía Gamboa o uno de ustedes, y Celia renacía, estaba viva, ingeniosa, perspicaz; pero se marchaban todos, y entonces Celia decaía y comenzaba a bostezar y se le ponía como un velo en los ojos.
--Es una romántica--dijo Fidalgo.
--Hoy así se llaman estas mujeres--saltó Aviraneta--. Mañana se encontrará que los temperamentos de esta clase tienen el cerebro con más fósforo o los nervios con más electricidad que la normal.
--¡Qué materialista es don Eugenio!--exclamó Margarita--. Yo no creo que Celia es una mujer arrebatada.
--¡Ca!--dijo Blanca Fidalgo--. Celia es una mujer fría, sin arrebatos, con una coquetería puramente de cabeza; quiere tener a Gamboa a su lado sin soltar prenda, y esto es muy difícil.
--Segunda edición de madame Recamier--dijo Tilly.
--Yo creo que Celia está esperando a que se muera su marido para casarse con el sobrino--dijo Blanca, con la mala voluntad natural de una mujer para otra--. Es muy lagarta.
--¿Y él cómo es?--preguntó Margarita.
--¿Gamboa? Es un guapo muchacho--dijo Blanca.
--Es un hombre impulsivo... poco inteligente--añadió Tilly.
--Hombre lleno de ideas exageradas sobre la honra--agregó Aviraneta--, enemigo de todo lo extranjero, enemigo de lo irregular, serio, formal, en fin, un tipo vulgar como todo el mundo.
--¿Y le quiere a Celia?
--Sí, le quiere a su manera, a la manera corriente--dijo Blanca Fidalgo, riendo.
--El cree que el amor es el amor--afirmó Tilly--, y no quiere aceptar los tiquis miquis sentimentales de madama Celia.
--¿Es que usted los aceptaría?
--¡Qué sé yo! Según.
--Es que algunos dicen que ya los va usted aceptando--repuso con malicia la camarista--, y que usted y el secretario de lord Villiers son rivales.
--Pues se engañan los que eso dicen--contestó Tilly--. Entre Celia y yo no hay mas que una buena amistad; yo le comprendo a ella y ella me comprende a mí. Aquí don Eugenio es también amigo suyo.
--Entre nosotros hay siempre cierta reserva--repuso Aviraneta--. Entre usted y ella, no.
--Pues nos miramos más como dos hermanos que como un hombre y una mujer que pueden ser por cualquier contingencia amantes--repuso Tilly.
--Ahora sí, porque está usted muy flaco--dijo Aviraneta, sarcásticamente--; más adelante ya veremos.
--Ya está con su materialismo terrible don Eugenio--exclamó Margarita.
--Yo creo que no hay que hacer mucho caso de Jorge--replicó Blanca--. Es un jesuíta, hipocritón, quiere despistarnos.
--¡Ca! Si mi hermano está ahora enamorado--dijo Margarita--de una chica modosita, un poco pava...
--¡Ah! Claro. Es el tipo que les gusta a los calaveras arrepentidos--saltó Blanca.
Tilly se encogió de hombros.
--¿Y usted conoce a Celia desde hace tiempo?--preguntó Aviraneta a la hermana de Tilly.