La Isabelina

Part 1

Chapter 14,110 wordsPublic domain

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Nota del Transcriptor:

Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

_El aprendiz de conspirador._

_El escuadrón del Brigante._

_Los caminos del mundo._

_Con la pluma y con el sable._

_Los recursos de la astucia._

_La ruta del aventurero._

_Los contrastes de la vida._

_La veleta de Gastizar._

_Los caudillos de 1830._

_La Isabelina._

_El sabor de la venganza._

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

LA ISABELINA

ES PROPIEDAD DERECHOS RESERVADOS PARA TODOS LOS PAÍSES

COPYRIGHT BY RAFAEL CARO RAGGIO 1921

Establecimiento tipográfico de Rafael Caro Raggio

PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

LA ISABELINA

[Ilustración]

RAFAEL CARO RAGGIO EDITOR MENDIZÁBAL, 34 MADRID

LIBRO PRIMERO

DOS HISTORIAS PARALELAS

I.

UN EX CLAUSTRADO

EL año 1845--dice Leguía--estaba yo en Burdeos terminando una misión diplomática que me habían encargado los moderados, cuando conocí al padre Venancio Chamizo. Chamizo era un fraile ex claustrado que trabajaba por las mañanas en un escritorio y por la tarde daba lecciones de latín y de retórica a algunos muchachos, hijos de españoles y de franceses legitimistas.

Chamizo era hombre de cuarenta y cinco a cincuenta años, de mediana estatura, de cuerpo pesado y de mucho abdomen. Tenía la cabeza grande, calva, los ojos grises, la nariz gruesa y el mentón pronunciado. Se traslucía en su tipo al mismo tiempo el labriego, el fraile y el hombre de cultura.

En la conversación con Chamizo se habló de Aviraneta, y el ex claustrado me dijo:

--He tenido relaciones con ese réprobo.

--Creo haberle oído hablar de usted.

--¿Quizá mal?

--No, no; me parece que no.

--¿Es amigo de usted?

--Sí.

--Lo siento por usted. También es amigo mío.

--Yo le conozco mucho, y no sólo no me ha hecho daño, sino que me ha protegido--dijo Leguía.

--Lo creo, lo creo. El señor Aviraneta sabe proteger. Quizá sea usted también de su cuerda.

--Lo soy. Soy liberal, completamente liberal; pero eso es lo de menos. Usted puede hablar de él con completa confianza.

--¿Le interesa a usted el señor Aviraneta?

--Sí. Mucho. ¿Usted ha tenido algunas relaciones con él?

--Sí.

--Me gustaría que me contara usted eso.

--Pues yo le contaré a usted lo que sé de él, con una condición.

--Veámosla.

--Que me convide usted a una cena en una buena fonda de Burdeos.

--Muy bien. Acepto. Usted elegirá en qué sitio.

El padre Venancio vaciló; no sabía si sería mejor ir a la Fonda de la Paz, de la Cour de Chapeau Rouge, o a la de los Americanos, de la calle del Espíritu de las Leyes.

Por fin se decidió por esta última, y dijo que vendría a buscarme al Hotel de Ruan, donde yo paraba.

Marchamos a la Fonda de los Americanos, y encargué la cena en un gabinete reservado.

El padre Chamizo comió y bebió como un templario. Después de tomar café y unas copas de licor, me dijo:

--Ahora, para aligerar la lengua, mi querido señor Leguía, pida usted una botella de vino más. Es una mala costumbre antigua que me queda.

--¿Del convento?

--No, no. Parece mentira que diga usted eso, señor Leguía. ¿Es que usted también es enemigo nuestro? ¿Será usted un volteriano?

--Un tanto.

--¡Qué error, amigo mío! ¡Qué error!

--¿Y qué quiere usted, otra botella de Burdeos, padre Chamizo?

--No; ahora, Jerez...; sí, Jerez...; la beberé por patriotismo. Lejos de la patria, estas cosas se estiman más. La última la bebí en compañía del señor Usoz y Río, el cuáquero. No sé si le conocerá usted.

--Sí. ¿Y él bebía?

--No, él, no. ¿Adónde vamos a ir a parar? ¡Un cuáquero español! ¡Qué absurdo! Me estuvo hablando mal de los frailes y de España. ¡Hablar mal de un país que produce este vino!--exclamó, llenando la copa de Jerez, mirándola al trasluz y vaciándola de un trago.

--Realmente es no tener sentido.

--Ninguno, señor Leguía, ninguno.

--Comience usted, padre Chamizo, su relato; le oigo con atención.

--Mi relato se refiere a los años de 1833 y 1834. No sé si le interesará a usted.

--Me interesa, sí, me interesa.

--Bueno, pues voy allá.

II.

EN QUE EL PADRE CHAMIZO COMIENZA SU HISTORIA Y NO LA PUEDE TERMINAR

EL padre Chamizo sacó un cuaderno del bolsillo, lo leyó aquí y allá, y, dejándolo entreabierto, dijo:

--Bien; comenzaré. Primeramente permítame usted que le diga dos palabras acerca de mi vida. Soy de la provincia de Palencia, de un pueblo próximo al del abate don Sebastián de Miñano y Bedoya, célebre autor de las _Cartas del pobrecito holgazán_, que tanto ruido hicieron y tanta influencia tuvieron contra nosotros los pobres eclesiásticos.

Mi padre murió joven, dejando a mi madre viuda, con varios hijos, de los cuales era yo el menor. Me creían listillo, yo no tenía afición al trabajo manual, y por amistad de un fraile que solía venir a mi casa, a llevarse el pobrecito lo que podía, me metieron en un convento de Palencia. Estuve algún tiempo de fámulo, sufriendo mil perrerías, lavando ropa sucia, llevando recados y haciendo de pinche en la cocina, hasta que vino de superior un buen hombre que me hizo estudiar, ordenarme y profesar. Tenía yo afición a las letras y creo que alguna disposición. Creía ya resuelta mi vida tranquila, dedicado al griego, al latín y a la historia; me habían enviado a un convento de Lerma, cuando en 1822 aparece por allí una columna del infernal Empecinado, se apodera del convento, y sus soldados me arrastran a mí a ir con ellos. En esa columna iba el malvado Aviraneta, ese aborto del infierno...; no sigo porque es amigo de usted. Me incorporan a las fuerzas liberales, me llevan de la derecha a la izquierda, me hacen perder las tranquilas costumbres del convento, y, en 1823, cuando la entrada del duque de Angulema, me cogen prisionero en Valladolid y me traen a Francia.

--¿Y usted trataría en seguida de volver al convento de Lerma, padre Chamizo?

--No; no traté de volver, señor Leguía, y éste fué mi error. Iba ya por el mal camino. Al quedar libre marché a Bayona, donde me acogí a la protección de Miñano. Llevaba trabajando tres años con él, y, mi querido señor Leguía, nuestra fe comenzó a vacilar. Nos dedicamos a las malas lecturas, leímos las inmundas obras de Voltaire, de Diderot y de otros réprobos; comentamos las innobles chacotas del _Diccionario crítico-burlesco_, de Gallardo, contra los frailes, en donde se nos llama peste de la República y animales inmundos encenagados en el vicio...

--Y bebimos un poco de más, quizá, padre Chamizo.

--Tiene usted razón; bebimos un poco de más y cometimos otros actos poco morales. Sí, sí..., es cierto. ¡Yo! ¡Sacerdote aunque indigno! _Quantum mutatus ab illo!_ Por entonces don Sebastián Miñano me propuso entrar de preceptor en casa de una señora viuda de Saint-Palais. Yo acepto, y paso durante unos meses una vida cómoda y agradable. Buena comida, buenos vinos... En esto empiezan a decir que si yo me entiendo con la viuda..., la eterna maledicencia... Yo no digo que no me gustara, no; la carne es flaca, y aunque uno haya vestido, bien indignamente por cierto, el glorioso sayal, uno es un hombre... No; puedo afirmar que nadie me vió a mí cortejar a la viuda; pero un primo suyo y pretendiente recogió estas calumnias y me desafió... ¿Yo qué iba a hacer? ¡Yo, un sacerdote! Naturalmente, no fuí al terreno, porque aunque uno es un mísero pecador, ama uno la vida..., y la señora, al saber que no había acudido al desafío, me despreció y me despidió de su casa... ¡Sexo frívolo! Vuelvo de Saint-Palais a Bayona, donde conozco al malvado Aviraneta, y voy con él a Madrid. ¡Cuántos errores comete uno en la vida!

Y aquí nos tiene usted ahora dominando el latín, el griego, el inglés, la literatura, la teología, la historia eclesiástica y los cánones, y ganando treinta duros al mes en un almacén de cuerda del muelle y algunas otras menudencias por dos o tres lecciones que damos. Y España, ¿qué hace entretanto por uno? Nada. ¡Ingrata patria, no poseerás mis huesos! No haga usted caso. Es hablar por hablar. ¿Qué quiere usted, señor Leguía? Soy una víctima del destino... No es que yo sea, ni mucho menos, partidario de la predestinación. Lejos de mí semejantes errores, que defendían algunos discípulos extraviados de San Agustín en el monasterio de Adrumet, en Africa, Lucidus, sacerdote de las Galias, Jansenius y Primacio, el autor de _Proedestinatus_. No, no. En ésta, como en otras muchas cosas, conocemos el buen camino, aunque no siempre vayamos por él.

--¡Padre Chamizo!

--¿Qué?

--Dejemos a Primacio y vamos, si le parece a usted, con Aviraneta.

--Bueno, vamos con ese réprobo, con ese hijo de Satán. Déjeme usted consultar mis notas.

El padre Chamizo volvió a leer el cuadernito, concentró un momento la atención y dejó de desvariar.

Mientras iba leyendo se le cerraban involuntariamente los ojos, y se veía que estaba deseando echarse a dormir.

--Usted no puede conocer por su edad, señor Leguía--dijo el padre Chamizo--, la transformación verificada en Francia después de los sucesos de 1830. Los realistas españoles, que vivían en las ciudades del Mediodía como el pez en el agua, tuvieron que desaparecer de la superficie y hundirse en los líquidos abismos. A la emigración absolutista sucedió la emigración liberal.

En 1832 estaba yo en Bayona dando lecciones de latín y de español en un colegio, viviendo en una mala casa de huéspedes, cuando caí gravemente enfermo.

Mi protector Miñano se hallaba fuera, mis amigos realistas se habían marchado y mis ahorros eran nulos. Con todo esto no necesito decirle a usted que me encontraba lo más miserablemente que puede encontrarse un hombre, solo, abandonado, enfermo, y sin más asistencia que la de un matrimonio francés, avaro, que me robaba los libros raros que yo tenía para venderlos. En esto, una tarde, ya pensando en la ventura de morir, entra en mi cuarto su amigo de usted, el señor Aviraneta. Yo le conocí en seguida. Era el ayudante del infernal Empecinado, causante de mis desdichas. El no se acordaba de mí. Le habían hablado de un cura español liberal, enfermo, y venía a verme. Su amigo de usted, ese réprobo, me atendió y me cuidó cuando me encontraba yo tan débil y tan miserable, que no hubiera dado un ochavo partido por la mitad por mi vida. Cuando me curé nos reconocimos como habiendo peleado juntos con el Empecinado.

--Yo le creía a usted liberal--me dijo.

--No, no--y añadí--: enemigo de sus ideas siempre. Agradecido a su bondad siempre, también.

Yo, señor de Leguía, soy un hombre que ha practicado el culto de la amistad. Amigo de mis amigos. Esa ha sido mi divisa. No soy un fanático. Usted es turco, protestante, jansenista, revolucionario...; yo abomino de las ideas de usted; pero usted es un amigo mío y yo le favorezco si puedo. No me hable usted de sacrificarme por la República o por la Monarquía; no me diga usted que haga sucumbir a mis amigos por el Estado o por la patria. Esta severidad catoniana no está en mi alma. Dirá usted que es una debilidad. Lo reconozco. Voy a beber un poco más de vino.

Con la enfermedad--siguió diciendo el padre Chamizo--perdí la plaza que tenía en el colegio y me quedé en la calle. No tenía más recurso que Aviraneta y me uní a él. Naturalmente, si me pedía algún servicio, escribir una carta o redactar un escrito, lo hacía. Conocí también a algunos amigos suyos liberales, al auditor don Canuto Aguado, al coronel Campillo, a don Juan Olavarría, y a otros partidarios del tristemente célebre Mina. Yo no descubría entre ellos mis ideas, no me parecía oportuno. Me daba como moderado.

Después de una temporada que estuve sin trabajar encontré una plaza de corrector de pruebas en la imprenta de Lamaignere, y comencé de nuevo a ganarme la vida.

Los días de fiesta, aunque me esforzaba por quedarme en casa, no tenía bastante voluntad, y me iba a buscar a Aviraneta. Ese réprobo amigo de usted, como sabía mi flaco, me llevaba a una fonda de un navarro, un tal Iturri, de la calle de los Vascos, y me convidaba a una cena suculenta. ¡Qué bien se guisaba en aquella casa! ¡Qué merluzas, qué angulas, qué perdices rellenas he comido allí! Ante unas comidas como aquéllas, ¿qué quiere usted, amigo mío?, yo era un hombre al agua.

Hay perfecciones dañosas, perjudiciales. Una persona de olfato muy fino, poco a poco, sin quererlo, se hace antisocial y enemigo de la plebe; un gastrónomo, un hombre de paladar refinado, pierde, a veces, la dignidad y los principios por una buena comida... Pero divago, y no quiero divagar.

En esto se supo en Bayona la noticia de la enfermedad grave de Fernando VII, el otorgamiento de poderes a favor de la reina masona, y el decreto de la amnistía general.

A principios de 1833, todos los liberales se prepararon para entrar en España. Como yo tenía en Bayona mis relaciones entre ellos, vi con tristeza que se marchaban.

A mediados de febrero encontré a Aviraneta en la calle y me preguntó:

--Usted, ¿qué va a hacer?

--Me voy a quedar aquí. Aquí solamente cuento con medios de vida. No tengo dinero para ir a España.

--Por eso no se preocupe usted--me dijo--. Si quiere usted entrar en España, venga usted. Yo tengo algún dinero y voy en compañía de mi primo Joaquín Errazu, que es un millonario mejicano. Este, si usted quiere, le pagará su viaje a Madrid. Para él es una bicoca.

Aviraneta me presentó a Errazu. Errazu me tomó por liberal y dijo que un hombre tan ilustrado y de ideas tan progresivas como yo era necesario en la patria, y que él, por su parte, con verdadero placer sufragaría mis gastos hasta que encontrara una colocación en España.

Pasé por liberal a la fuerza.

Se decidió que yo fuera a Madrid con Errazu y con Aviraneta. Por aquel tiempo había estallado con un ímpetu atroz el cólera morbo asiático y hecho estragos en París, Burdeos y en toda Francia. Si usted ha leído esa novela de Eugenio Sué titulada los _Misterios de París_, novela absurda, cínica, inmoral y de pésima literatura, habrá usted visto allá una descripción de los horrores del cólera.

Por entonces, en la frontera de España se hallaba establecido el cordón sanitario, y a los viajeros que intentaban entrar en la Península se les obligaba a una cuarentena rigurosa en el lazareto establecido en el puente del Bidasoa.

Salimos de Bayona en compañía de Errazu y de su criado, y, al llegar a San Juan de Luz, Aviraneta dispuso que nos embarcáramos en una escampavía, en el puerto de Socoa, y nos dirigiéramos a San Sebastián. Fuimos en la barca nosotros cuatro y un señor enfermo que viajaba con su mujer y su sobrino. Este señor, don Narciso Ruiz de Herrera, había sido embajador en Roma. Le acompañaba su mujer, doña Celia, que por la edad podía ser su hija, y el sobrino de don Narciso, un capitán de caballería, Francisco Ruiz de Gamboa, a quien luego llamamos siempre Paquito Gamboa.

Llegamos a San Sebastián, ingresamos en el lazareto, fuera de la muralla, en el cual no había nadie, pasamos unos días muy divertidos, y, concluída la cuarentena, entramos en la ciudad.

El señor Errazu fué llamado a Irún por sus parientes, y como Aviraneta tenía prisa para ir a Madrid, tomamos los dos la diligencia.

Aviraneta aseguraba que su propósito en la corte era hacer gestiones para reingresar en el ejército; yo me figuraba si tendría otros planes revolucionarios.

Llegamos a la corte; don Eugenio fué a vivir a casa de su hermana, a la calle del Lobo, y yo, a una de huéspedes de la calle de Cervantes.

Al llegar a Madrid fuí a visitar a don Sebastián Miñano, que me proporcionó varias cartas de recomendación para personas influyentes, y no encontré más que un trabajo mezquino de traducciones de noveluchas francesas del vizconde de Arlincourt y de otros autores por el estilo.

Mientrastanto, Aviraneta subvenía a mis necesidades, y yo, la verdad, me encontraba a mis anchas. Madrid, pueblo que no conocía, era un lugarón destartalado y feo, pero muy pintoresco y divertido. Iba a los cafés, recorría los puestos de libros viejos, hablaba en los corrillos de la Puerta del Sol y de San Felipe, me enteraba de una porción de cosas que ignoraba. Toda aquella gente, la que más bullía tenía su misterio en la política y algo que ocultar. Quién había servido al rey José, quién había estado en América de traidor contra España; otros podían dividir su vida en un período absolutista y otro liberal. Aquello era un Carnaval. En ningún sitio podía aplicarse mejor la frase de Goya, un pintor sordo que conocí aquí en Burdeos, que hizo una estampa de gente con careta, y puso al pie la leyenda: «Nadie se conoce».

Había por entonces una gran inseguridad en el origen de la mayoría de las personas conocidas; daba la impresión de que no se podía rascar mucho en la vida de la gente sin encontrar algo feo.

Todo el mundo era pretendiente a un destino, a un estanco, a una pensión, y por cada destino había cientos que lo solicitaban; se llamaba en broma a algunos aspirantes a pretendientes.

Yo también era aspirante, pues aunque don Eugenio seguía costeándome los gastos, quería independizarme lo más pronto posible.

* * * * *

En esto el padre Chamizo sintió que la nube de sueño que le venía encima era cada vez mayor, y balbuceó:

--Mi querido... señor Leguía... Creo la verdad, que he bebido demasiado...; tome usted el cuadernito éste, donde están mis notas... y haga usted lo que quiera con él... Me lo devuelve... o no me lo devuelve... Ahora me voy a dormir... porque no puedo más.

Leguía llamó al camarero y le mostró a Chamizo, que dormía.

--¿Qué se puede hacer con él?--le preguntó.

--Se le puede subir al hotel y echarle en la cama.

--Eso es. Muy bien.

Entre dos mozos cogieron a Chamizo como si fuera un saco y se lo llevaron. Leguía pagó la cuenta y se marchó a su casa. Las notas del ex fraile le sirvieron de base para escribir este libro.

III.

LA CASA DEL JARDÍN

EL año 1833, el cuartel de la Montaña del Príncipe Pío, de Madrid, no estaba edificado aún, y el cerro que ocupa en la actualidad, con sus alrededores, formaba parte del Real Sitio de la Florida.

Esta posesión era muy extensa; se hallaba rodeada de una tapia de doce pies de altura, construída de cal y canto, con machones intercalados de ladrillo, y tenía para su comunicación con la villa cuatro puertas: una, la principal, que daba frente a las Caballerizas; otra, al cuartel de San Gil; la tercera, a la cuesta de San Vicente, y la más lejana, que comunicaba con el descampado de San Antonio de la Florida.

Dentro de los tapiales había varias huertas con sus pozos y sus fuentes, una granja de labor, un picadero y una cuadra para los caballos del infante don Francisco. Había también un edificio bastante grande, que se llamaba la Casa del Jardín. La Casa del Jardín, construída en el siglo XVIII, ofrecía el carácter de las posesiones reales rústicas de aquel tiempo. Era de ladrillo amarillento, con los balcones muy espaciados, pintados de verde, y un tejado con lucernas. Rodeaban esta granja arriates abandonados, en los cuales las plantas parásitas habían sustituído a las cultivadas.

Por dentro, la casa tenía grandes salones de paredes pintadas con paisajes y guirnaldas, y los techos, llenos de amorcillos, y una galería de madera con los barrotes carcomidos por el sol y la lluvia.

La Casa del Jardín se hallaba desde hacía mucho tiempo abandonada, y sus grandes salas servían de guardamuebles y de graneros. Unicamente en un pabellón, adosado a una de las esquinas, vivía un domador de caballos con su mujer y dos chicos.

En la primavera de 1833, dos mozos hortelanos entraron una mañana en la Casa del Jardín, desocuparon una sala y un gabinete que daban a la galería, llevando los muebles amontonados allí al desván, y limpiaron los suelos; pocos días después un inquilino fué a vivir a la casa rústica. Era un joven demacrado, con aire de convaleciente de una enfermedad, flaco hasta vérsele los huesos, con las orejas que se le transparentaban a la luz. Este joven pálido tenía los ojos azules, el pelo rubio y el tipo elegante. El joven debía tener influencia sobre el mayordomo de Palacio, pues hizo que le dejaran entrar en las habitaciones cerradas y eligió varios muebles, que mandó llevar a la sala y al gabinete de que se había apoderado.

Eran estos dos salones hermosos; uno de ellos con una gran ventana que daba hacia el Campo del Moro; el otro, con una galería, desde donde se divisaba la Casa de Campo y el Pardo, con el fondo de las montañas azules del Guadarrama.

El joven de aire macilento mejoró pronto en la Casa del Jardín.

Al principio se pasaba allí todo el día contemplando el paisaje: el Manzanares, con su escasa corriente y las ropas blancas puestas a secar, que resplandecían al sol; la vega verde de los Carabancheles y de Getafe, el Palacio Real, que parecía de mármol al anochecer, y las notas de violeta que tomaba el Guadarrama al acercarse el crepúsculo. El enfermo, cuando se puso bueno, comenzó a pasear y a montar a caballo.

Al principio iba únicamente a verle un cura joven y tenían los dos largas conversaciones.

Poco después comenzó a visitar al joven otro señor que aparecía muy de tarde en tarde. Cuando llegaba éste, el joven y el cura esperaban, se encerraban los tres y charlaban largo rato.

IV.

LA PROTECCIÓN DEL CURA MANSILLA

DON Francisco Mansilla era un cura vallisoletano emigrado en París desde 1827. Este cura, hombre emprendedor, violento y mujeriego, había dado varios escándalos en Valladolid, falsificando unas firmas, y viéndose en posición difícil se escapó a París.

Mansilla era inteligente y de una actividad inagotable.

Sabía el latín a la perfección y se había especializado en la casuística. El estudio de la moral le había desmoralizado y conducido a mirar los hechos con un criterio semejante al de los jesuítas del siglo XVI y XVII.

Mansilla detuvo sus análisis y sus críticas ante los dogmas de la religión, comprendiendo que si interiormente los deshacía, se encontraría sin ningún punto de apoyo en la vida práctica y en la vida del pensamiento, lo cual para un hombre de voluntad no podía convenir.

Mansilla, al llegar a París, frecuentó los centros absolutistas y entró poco después de capellán en una casa del Faubourg Saint-Germain y alternó con lo más rancio y lo más decorativo de la nobleza francesa. El trato frecuente con la aristocracia realista hizo a Mansilla por dentro liberal exaltado.

El abate Mansilla, que ganaba muy poco sueldo y no tenía apenas medios, se pasaba la vida leyendo en su cuarto. Alguna vez que otra iba a visitar a los conocidos españoles para hablar con ellos y tener noticias de España.

En 1832, un día de Nochebuena, el abate supo que agonizaba un joven español, enfermo y abandonado en un hotel miserable de la calle del Dragón. Este joven era un tal Jorge Tilly, que en medio de una vida borrascosa había caído enfermo de una fiebre tifoidea. Mansilla no era hombre de sentimientos dulces, y, sin embargo, experimentó por el joven casi agonizante un impulso de simpatía, y decidió atenderle hasta su muerte o hasta su curación.

En la casa aristocrática donde estaba habló de su proyecto, que se tomó como una manifestación de la piedad cristiana del abate, y se permitió que se ausentara días y noches para cuidar del joven español. Jorge Tilly salió de la fiebre tifoidea; pero quedó después de la enfermedad sin fuerzas, en los huesos, presa de una laxitud terrible.

Cuando Tilly comenzó a levantarse, el abate y él hablaron largo tiempo, se contaron uno a otro sus respectivas vidas, se confesaron sus faltas, y después de una serie de explicaciones, se juraron simultáneamente un pacto de amistad y de ayuda recíproca. Ambos se hallaban cansados de la vida del extranjero y convencidos de que únicamente en el propio país se puede prosperar.

Decidieron con este pensamiento trasladarse a España. La dificultad era la falta de dinero.