Chapter 9
Era lo que veían los cazadores un descanso, y nadie podría expresar hasta qué punto aquellos seres venidos de tan lejanas tierras, con sus rostros cobrizos, sus grandes barbas, sus ojos negros, su frente hundida, su nariz chata y sus harapos pardos, parecían extraños y pintorescos al borde de la laguna, al pie de las ingentes rocas verticales que sostenían los verdes abetos junto al cielo.
Era un mundo nuevo dentro del nuestro, un género de caza desconocido, sorprendente, extraño, que los tres cazadores se entregaron a contemplar poseídos de una curiosidad extraordinaria. Pero, satisfecha ésta, así que pasaron cinco minutos, Kasper y Frantz pusieron las bayonetas al extremo de las carabinas y retrocedieron unos veinte pasos en la espesura. El padre y los dos hijos llegaron a la base de una roca, que tendría quince o veinte pies de altura, a la que subió el anciano Materne, pues nada mejor podía hacer, puesto que no llevaba armas; luego, después de cruzar algunas palabras en voz baja, Kasper examinó la espoleta de su carabina y apuntó muy despacio, mientras su hermano se hallaba preparado para imitarle.
Uno de los cosacos, el que los cazadores habían visto dando de beber al caballo, se encontraba a doscientos pasos aproximadamente. Sonó el tiro, que repitieron los ecos profundos de la garganta, y el cosaco, cayendo por encima de la cabeza de su montura, desapareció en el hielo de la laguna.
Es imposible describir el estupor que se apoderó del enemigo al oír la detonación. Las miradas de aquellos hombres se dirigían a todas partes, y el eco repetía el sonido como si fuesen muchos los disparos, mientras que se elevaba una ancha nube de humo encima del macizo de árboles donde se hallaban los cazadores.
Kasper, en menos que se dice, había vuelto a cargar la carabina; pero, al mismo tiempo, los cosacos que estaban a pie saltaron sobre sus caballos y se precipitaron por la pendiente del Hartz, marchando en fila como los corzos y gritando con voz terrible:
--¡Hurra! ¡Hurra!
Aquella huída fue tan rápida como una visión; en el momento que Kasper apuntaba por segunda vez, la cola del último caballo desaparecía entre los matorrales.
El caballo del cosaco muerto permanecía solo, junto al agua, porque una rara circunstancia le impedía moverse; su dueño, con la cabeza hundida en el légamo, tenía el pie metido en el estribo.
Materne, desde lo alto de la roca, estuvo escuchando un momento; después, alegremente, dijo:
--¡Se han marchado!... Pues bien...; vamos a ver. Tú, Frantz, quédate aquí... por si volviera alguno...
A pesar de la advertencia, los tres bajaron adonde se hallaba el caballo.
Materne cogió acto continuo la brida, diciendo:
--¡Bien, amigo mío!; ahora te enseñaremos a hablar francés.
--¡Vámonos!--dijo Kasper.
--No; hay que ver lo que hemos tirado; eso servirá para animar a los compañeros; los perros que no muerden la piel del animal nunca son buenos cazadores.
Los tres hombres extrajeron del légamo al cosaco, lo colocaron atravesado sobre el caballo y comenzaron a subir la falda del Donon por un sendero tan rápido, que Materne, en más de cien ocasiones, llegó a decir: «El caballo no puede pasar por ahí.»
Pero el caballo, que era tan ágil como una cabra, pasaba más fácilmente que ellos; visto lo cual, el anciano acabó diciendo:
--¡Excelentes caballos tienen estos cosacos! Si llego a viejo, éste me servirá para ir a cazar corzas. Hemos dado con un caballo excelente, muchachos; a pesar de su aspecto vacuno, vale tanto como un caballo de camino.
De vez en cuando hacía Materne sobre el cosaco reflexiones como éstas:
--¡Qué cosa más singular!, ¿eh? Una nariz redonda y una frente como una caja de queso. ¡Y eso que hay hombres raros en el mundo! Le has dado bien, Kasper; exactamente en medio del pecho; y, mira, la bala le ha salido por la espalda. ¡La pólvora es magnífica! Divès tiene siempre buen género.
Hacia las tres de la tarde, los caminantes oyeron las primeras voces de los centinelas de la partida:
--¿Quién vive?
--¡Francia!--respondió Materne adelantándose.
Todos salieron al encuentro de los recién llegados, gritando: «¡Viva Materne!»
El mismo Hullin, lleno de tanta curiosidad como los demás, no pudo contenerse y acudió, acompañado del doctor Lorquin. Los hombres de la partida rodeaban ya al caballo, y alargaban el cuello y se quedaban pasmados, junto a la gran hoguera en la que la comida se sazonaba.
--Es un cosaco--dijo Hullin, estrechando la mano de Materne.
--Sí, Juan Claudio; le vimos en la laguna de Riel, y Kasper le tiró.
Varios hombres bajaron el cadáver de la cabalgadura y le tendieron en el suelo.
Su rostro, de color amarillo viejo, presentaba reflejos extraños a la luz de las llamas.
El doctor Lorquin, después de contemplarlo, dijo:
--Es un hermoso ejemplar de la raza tártara; si yo tuviese tiempo, lo cubriría con una capa de cal para tener un esqueleto de esta especie.
Luego, arrodillándose y abriendo el largo casacón que cubría el cuerpo del cadáver, dijo:
--La bala ha atravesado el pericardio, lo que produce un efecto semejante al de un aneurisma cuando revienta.
Todos los demás guardaban silencio.
Kasper, con la mano apoyada en el cañón de la carabina, parecía muy contento de su cacería, y Materne, frotándose las manos, decía:
--Yo estaba seguro que les traería a ustedes algo; nosotros, lo mismo mis hijos que yo, nunca volvemos con las manos vacías. En fin, ahí está.
Entonces Hullin le llamó aparte, y juntos entraron en la granja, en tanto que, pasado el primer momento de sorpresa, cada cual comenzaba a hacer reflexiones particulares sobre el cosaco.
XIII
Aquella noche, que era la víspera de un sábado, la reducida alquería del anabaptista no dejó un minuto de hallarse llena de gente.
Hullin estableció su cuartel general en una gran sala baja, a la derecha de los trojes, que daba frente a Framont; al otro lado del pasadizo se encontraba la ambulancia, y en las habitaciones superiores vivían las personas de la granja.
Aunque la noche estaba muy tranquila y el cielo tachonado de innumerables estrellas, el frío era tan intenso que había cerca de una pulgada de escarcha en los cristales.
Fuera se oía el «¿quién vive?» de los centinelas, las pisadas de las patrullas, y, en las cumbres de alrededor, los aullidos de los lobos, que seguían a nuestros ejércitos por centenares desde 1812. Estos feroces animales, sentados sobre témpanos de hielo, con el puntiagudo hocico entre las patas y el hambre mordiendo las entrañas, se llamaban unos a otros del Grosmann al Donon, con gemidos semejantes a los del viento.
Más de un montañés sentía, al oírlos, que se le helaba la sangre: «Son cantos fúnebres--pensaban--; es la Muerte que olfatea la batalla y nos llama.»
Los bueyes, en el establo, mugían y los caballos daban coces terribles.
Unas treinta hogueras brillaban en la meseta; se había entrado a saco en la leñera del anabaptista, se amontonaban los leños unos sobre otros, y mientras los hombres se quemaban la cara, sus espaldas tiritaban; mas cuando se calentaban las espaldas, los bigotes se cubrían de escarcha.
Hullin, solo, frente a una amplia mesa de pino, pensaba en todo. Por las últimas noticias recibidas durante la noche, que anunciaban la llegada de los cosacos a Framont, estaba convencido de que el primer ataque tendría lugar al día siguiente. Había mandado distribuir los cartuchos, reforzado los centinelas, organizado patrullas y señalado los puestos convenientes, a lo largo de los parapetos. Cada cual sabía de antemano el sitio que debía ocupar. Asimismo, Hullin dio orden a Piorette, a Jerónimo de San Quirino y a Labarbe de que le enviaran sus mejores tiradores.
El estrecho pasillo obscuro, alumbrado solamente por una linterna grasienta, estaba lleno de nieve, y a cada instante se veía pasar, bajo la luz inmóvil, a los jefes de destacamento, con el sombrero metido hasta las orejas, las anchas mangas de sus hopalandas extendidas hasta la mano, la mirada dura y las barbas cubiertas de hielo.
_Plutón_ ya no refunfuñaba al oír las recias pisadas de aquellos hombres. Hullin, muy pensativo, con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en la mesa, escuchaba cuantas noticias le transmitían.
--Señor Juan Claudio, se nota gran movimiento hacia Grand-Fontaine; se oye galopar.
--Señor Juan Claudio, el aguardiente se ha helado.
--Señor Juan Claudio, varios me han pedido pólvora.
--Falta esto... y lo otro.
--Que se vigile Grand-Fontaine y que se cambien los centinelas de ese lado cada media hora. Que se ponga el aguardiente junto al fuego. Esperad que llegue Divès, que trae municiones; que se distribuyan los cartuchos sobrantes y que todo el que tenga más de veinte entregue el resto a sus compañeros.
Y así durante toda la noche.
Cerca de las cinco de la mañana, Kasper, el hijo de Materne, fue a decir a Hullin que Marcos Divès con un volquete lleno de cartuchos, Catalina Lefèvre en un carro y un destacamento de Labarbe acababan de llegar al mismo tiempo y que se hallaban en la meseta.
Tal noticia causó a Hullin una viva alegría, sobre todo por lo que se refiere a los cartuchos, pues temía que llegasen tarde.
En seguida Juan Claudio se levantó y salió con Kasper.
La meseta ofrecía un extraño aspecto.
Al acercarse el día, comenzaban a subir del valle masas de bruma; las hogueras chisporroteaban por efecto de la humedad, y por doquiera se veían hombres que dormían; unos, tendidos boca arriba, con las manos cruzadas detrás del sombrero, con la cara roja y las piernas dobladas; otros, con la mejilla apoyada en el brazo y el lomo vuelto hacia el fuego; la mayoría, sentados, con la cabeza inclinada y el fusil a la espalda. Todo se hallaba en silencio, envuelto en una onda de luz rojiza o de tonos grises, según que las llamas bajaban o subían. Más separados, en la lejanía, se dibujaban las siluetas de los centinelas, con el fusil al brazo o con la culata junto a los pies, que miraban al abismo cubierto de nubes.
A la derecha, a cincuenta pasos de la última hoguera, se oía a los caballos relinchar y a los hombres golpear el suelo con los pies para entrar en calor mientras hablaban en voz alta.
--El señor Juan Claudio llega--dijo Kasper, adelantándose por aquel lado.
Uno de los hombres de la partida arrojó al fuego un brazado de ramillas secas; se formó una alta llama y aparecieron los jinetes de Marcos Divès a caballo: doce hombres corpulentos, envueltos en grandes capas grises, con el sombrero caído sobre los hombros, los espesos bigotes retorcidos o lacios y largos hasta el cuello, el sable en la diestra, inmóviles alrededor del volquete; más allá, Catalina Lefèvre, acurrucada junto a la barandilla de su carro, con una capucha metida hasta la nariz, los pies enterrados en paja y la espalda apoyada en un gran barril; detrás de Catalina se amontonaban una olla, unas parrillas, un cerdo abierto en canal, limpio, blanco y sonrosado, varias gavillas de cebollas y algunas coles para hacer la sopa: todo aquello salió un momento de la obscuridad y volvió a quedar en la sombra.
Divès se había separado del convoy y avanzaba, cabalgando sobre un hermoso caballo.
--¿Eres tú, Juan Claudio?
--Sí, Marcos, yo soy.
--Allí tengo preparados varios miles de cartuchos. Hexe-Baizel trabaja noche y día.
--¡Bien! ¡Bien!
--Sí, amigo mío. Y Catalina Lefèvre, por su parte, trae víveres; ayer ha hecho matanza...
--Está bien, Marcos; tendremos necesidad de todo eso. La batalla se acerca.
--Sí, sí; ya lo sospechaba; hemos venido a paso de carga. ¿Dónde hay que meter la pólvora?
--Allá en el cobertizo, detrás de la granja. ¿Eh? ¿Es usted, Catalina?
--Sí, Juan Claudio; ¡qué frío hace esta mañana!
--Usted es siempre la misma; nunca le teme a nada.
--Si no fuese curiosa, ¿no dejaría de ser mujer?; tengo que meter las narices en todo.
--Sí, sí; usted siempre encuentra una excusa para cualquier bien que hace.
--Hullin, es usted muy machacón; déjeme usted tranquila y no me alabe más. ¿Acaso estos hombres no tienen necesidad de comer? ¿Acaso pueden mantenerse del aire? ¡Con lo que alimenta el vientecillo que se deja sentir y con el frío que hace!: corta la piel como una navaja. Así es que he tenido que preparar algo: ayer matamos un buey--el pobre _Schwartz_, usted sabe--que pesaba más de novecientos kilos; traigo aquí el cuarto trasero para la comida de esta mañana.
--Catalina--exclamó Juan Claudio conmovido--, por bien que la conozca, siempre encuentro algo nuevo y admirable en usted. Nada le pesa; ni el dinero, ni el trabajo, ni los sacrificios.
--¡Bah!--respondió la labradora levantándose y saltando del carro--; usted me confunde, Hullin. Voy a calentarme.
Catalina entregó las riendas de los caballos a Dubourg, y luego, volviéndose, dijo:
--La cosa no tiene importancia, Juan Claudio; ¡y qué agradable es ver la hoguera aquí y allá! Pero... ¿y Luisa? ¿Dónde está?
--Luisa ha pasado la noche cortando y cosiendo vendas con las dos hijas de Pelsly. Está en la ambulancia; vea usted, allá abajo, donde brilla aquella luz.
--¡Pobre hija mía!--dijo Catalina--; voy a ayudarle, y así entraré en calor.
Hullin, cuando vio que se alejaba, hizo un gesto como diciendo: «¡Qué mujer!»
Al mismo tiempo, Divès y sus hombres transportaban la pólvora al cobertizo, y en el momento que Juan Claudio se acercaba a la hoguera más próxima ¡cuál no sería su sorpresa al ver, entre los hombres de la partida, al loco Yégof con la corona a la cabeza, sentado gravemente en una piedra, con los pies cerca del fuego y cubierto con sus andrajos como si fuese un manto real!
Nada más extraño que tal figura vista a la luz de la hoguera. Yégof era, de toda la tropa que allí había, el único que se hallaba despierto; se le hubiera, en verdad, tomado por algún rey bárbaro que soñaba en medio de su horda adormecida.
Hullin, por su parte, no vio en él mas que un loco, y poniéndole suavemente la mano en el hombro le dijo irónicamente:
--¡Salud, Yégof! ¡Vienes sin duda a prestarnos el socorro de tu brazo invencible y de tus innumerables ejércitos!
El loco, sin revelar la menor sorpresa, respondió:
--Eso depende de ti, Hullin; tu suerte y la de toda esta gente pende de tus manos. He detenido mi cólera y dejo que tú pronuncies la sentencia.
--¿Qué sentencia?--preguntó Juan Claudio.
El loco, sin contestar, prosiguió en voz baja y solemne:
--Henos los dos aquí, como hace mil seiscientos años, en vísperas de una gran batalla. En aquella ocasión, yo, jefe de tantos pueblos, fui a tu clan para pedirte que me franquearas el paso...
--¡Hace mil seiscientos años!--dijo Hullin--; ¡demonio, Yégof, resulta que somos viejísimos! De todos modos, no importa; cada cual cree lo que le parece.
--Sí--añadió el loco--; pero, con tu obstinación de costumbre, no quisiste oír nada; hubo muchos muertos en el Blutfeld, y esos muertos claman venganza.
--¡Ah! ¡El Blutfeld!--dijo Juan Claudio--; sí, sí, una historia antigua; me parece haber oído hablar de eso.
Yégof se puso rojo, los ojos se le encendieron, y exclamó:
--¡Te vanaglorias de tu triunfo! Bien; pero ten cuidado, ten mucho cuidado: la sangre pide sangre.
Luego, en tono más tranquilo, prosiguió:
--Oye, Hullin; no te quiero mal; eres valiente; los descendientes de tu raza pueden mezclarse con los de la mía; deseo una alianza contigo, tú lo sabes...
--¡Vamos!--pensó Juan Claudio--; otra vez me va a hablar de Luisa...
Y como previese una petición en regla, dijo:
--Yégof, lo siento mucho; pero me veo obligado a dejarte; ¡tengo tantas cosas que ver!...
El loco no esperó el fin de aquella despedida, y levantándose, con el rostro demudado por la cólera, exclamó, alzando la mano solemnemente:
--¡No me concedes tu hija!
--Ya hablaremos de eso más tarde.
--¡Me la niegas!
--Vamos, Yégof, con tus gritos vas a despertar a todo el mundo.
--¡Me la niegas!... ¡Es la tercera vez! ¡Guárdate, Hullin, guárdate!
Juan Claudio, convencido de que no podía hacerle entrar en razón, se alejó apresuradamente; pero el loco, poseído de violenta cólera, descargó sobre sus espaldas estas extrañas palabras:
--¡Huldrix! ¡Desdichado de ti! Tu última hora se acerca; tu cuerpo servirá de pasto a los lobos. Todo se ha acabado; desataré los rayos de mi ira, y no habrá para ti ni para los tuyos ni gracia, ni piedad, ni merced. Tú lo has querido.
Y cruzándose el hombro izquierdo con un trozo de sus andrajos, el desgraciado se alejó rápidamente hacia la cumbre del Donon.
Varios hombres de la partida, que se despertaron al ruido de los gritos, vieron al loco de un modo confuso cuando se perdía en las tinieblas. También oyeron un rumor de alas alrededor de la hoguera; después, sin darles más importancia que a las imágenes del sueño, se volvieron del otro lado y otra vez se durmieron.
Cerca de una hora más tarde, la cuerna de Lagarmitte tocaba diana. En pocos momentos, todo el mundo se puso de pie.
Los jefes de los destacamentos reunían a sus soldados; unos se dirigían al cobertizo, donde se distribuían los cartuchos; otros llenaban las calabazas de aguardiente en el barril; todo se hacía con orden, con el jefe al frente; luego cada pelotón se alejaba, a la débil claridad del amanecer, hacia los parapetos, por ambos lados de la ladera.
Cuando salió el Sol, la meseta se hallaba desierta y, a excepción de cinco o seis hogueras que continuaban humeando, nada revelaba que numerosos guerrilleros ocupaban los puntos estratégicos de la sierra, ni que habían pasado la noche en aquel sitio.
Hullin, sin sentarse, tomó un bocado y se bebió un vaso de vino en unión del doctor Lorquin y del anabaptista Pelsly.
Lagarmitte estaba con ellos, pues no debía separarse del señor Juan Claudio en todo el día, para transmitir sus órdenes en caso de necesidad.
XIV
A las siete de la mañana no se había notado aún movimiento alguno en el valle.
De vez en cuando, el doctor Lorquin abría la hoja de una ventana de la sala grande y miraba: nada se movía; las hogueras se habían apagado; todo se hallaba en tranquilidad.
Frente a la granja, a unos cinco pasos, en un talud, se veía al cosaco muerto por Kasper el día anterior; estaba blanco por la escarcha y rígido como si fuese de piedra.
Dentro, el fuego de la estufa, que se había encendido, calentaba el ambiente.
Luisa, sentada al lado de su padre, miraba a éste con una inefable ternura; diríase que la joven abrigaba el temor de no verle más; sus irritados ojos revelaban que por ellos habían corrido abundantes lágrimas.
Hullin, aunque estaba sereno, parecía algo intranquilo.
El doctor y el anabaptista, serios y solemnes, hablaban de los asuntos de actualidad, y Lagarmitte, detrás del hogar, los escuchaba con recogimiento.
--Nosotros tenemos no sólo el derecho sino también el deber de defendernos--decía el doctor--; nuestros padres han cultivado estos bosques, los han hecho producir; es una legítima propiedad nuestra.
--Sin duda--respondía el anabaptista en tono sentencioso--; pero está escrito: «¡No matarás! ¡No derramarás sangre de tus hermanos!»
Catalina Lefèvre, que se hallaba comiendo apresuradamente una lonja de jamón, y a quien, sin duda, aquella conversación desagradaba, se volvió con rapidez y contestó:
--Eso quiere decir que, si nosotros tuviéramos la religión de usted, los alemanes, los rusos y todos esos hombres rojos podían meterse por las puertas de nuestras casas. ¡Es curiosa esa religión de usted; sí, curiosa y conveniente para los bribones! Así pueden atropellar cómodamente a las personas honradas. ¡Los aliados desearían que tuviésemos una religión semejante, estoy segura! Pero, por desgracia, todo el mundo no se siente con vocación de cordero. Por mi parte, y sin tratar de ofender a usted, creo que es algo estúpido trabajar para los demás. En fin, ustedes son buenas personas y nadie puede desearles ningún mal; esas ideas son de familia y han ido de padres a hijos: el mismo camino que ha recorrido el abuelo lo sigue el nieto. Pero nosotros les defenderemos, no obstante, y después nos pronunciarán ustedes discursos sobre la paz eterna. Me agradan mucho los discursos sobre la paz cuando nada tengo que hacer y hago la digestión de la comida; eso conforta el ánimo.
Y después de dichas tales palabras, Catalina se volvió tranquilamente y acabó de comer el trozo de jamón.
Pelsly quedose estupefacto, y el doctor Lorquin no podía reprimir una sonrisa.
En aquel momento se abrió la puerta, y uno de los centinelas que se hallaban de vigilancia en los extremos de la meseta gritó:
--Señor Juan Claudio, venga usted a ver; me parece que quieren subir.
--Está bien, Simón, voy en seguida--dijo Hullin levantándose--. Dame un beso, Luisa; valor, hija mía; no tengas miedo, todo marchará bien.
Y la estrechó contra su pecho, con los ojos cargados de lágrimas. Luisa parecía más muerta que viva.
--Sobre todo--dijo Juan Claudio dirigiéndose a Catalina--, que nadie salga; ¡que nadie se acerque a las ventanas!
Y acto continuo salió al pasadizo.
Cuantos presenciaron la anterior escena palidecieron intensamente.
El señor Juan Claudio llegó hasta el extremo de la meseta y, dirigiendo la vista hacia Grand-Fontaine y Framont, que se hallaban a tres mil metros debajo de él, vio lo siguiente:
Los alemanes, que habían llegado el día antes, a la caída de la tarde, pocas horas después que los cosacos, habían pasado la noche en las trojes, en los establos, en los cobertizos, y en aquel momento se agitaban como un hormiguero. Serían cinco o seis mil y salían por las puertas en filas de diez, quince y veinte, abrochando rápidamente las mochilas, colgándose los sables y calando las bayonetas.
Otros soldados, los de caballería--ulanos, cosacos, húsares, con uniformes verdes, grises, azules, galoneados de rojo y amarillo; con morriones de hule y piel de carnero, quepis y gorros desmesurados--, ensillaban los caballos y liaban los capotes apresuradamente.
Los oficiales, con las capas terciadas, descendían las escalerillas, unos mirando altivamente a todas partes, otros besando a las mujeres, a la puerta de las casas.
Los trompetas, con la mano en la cadera y el codo levantado, tocaban diana en las esquinas de las calles; los tambores apretaban las cuerdas de las cajas. En una palabra, podían observarse en aquel espacio, no mayor que la palma de la mano, los aprestos militares de un ejército que se pone en marcha.
Algunos labriegos, asomados a las ventanas, contemplaban el espectáculo; las mujeres sacaban la cabeza por los ventanillos de los graneros. Los posaderos llenaban las cantimploras en presencia del caporal _schlague_, que se hallaba de pie junto a ellos.
A Hullin, que tenía buena vista, no se le escapaba nada; además, hacía muchos años que había sido testigo de hechos análogos; pero Lagarmitte, que nunca había visto nada parecido, estaba estupefacto.
--¡Cuántos son!--decía moviendo la cabeza.
--¡Bah! ¿Y eso qué significa?--dijo Hullin--. En mi tiempo hemos aniquilado tres ejércitos de cincuenta mil, de la misma raza que éstos, en seis meses. Todo lo que ves ahí no nos hubiera bastado para merendar. Y además, tranquilízate, no tenemos necesidad de matarlos a todos; ya los verás correr como conejos. No sería la primera vez.
Después de haber hecho estas juiciosas reflexiones, Juan Claudio quiso ir a ver cómo se hallaba la gente.
--¡Vamos!--dijo al pastor.
Ambos comenzaron a caminar por detrás de los parapetos, siguiendo una trinchera, abierta en la nieve dos días antes. La nieve, endurecida por la helada, se había convertido en hielo. Los árboles, tumbados delante y completamente cubiertos de granizo muy denso, formaban una barrera infranqueable, que alcanzaba una anchura de cerca de seiscientos metros. El camino cortado pasaba por debajo.
Al acercarse, Juan Claudio vio a los montañeses del Dagsberg acurrucados en unos a modo de pozos redondos que, a distancia de veinte pasos unos de otros, habían hecho.