Chapter 8
--No se oye nada--respondió Bentz.
--Entonces es que el enemigo se propone rodear la plaza. De todos modos, los aliados están allá abajo; debe de haber muchísima gente en Alsacia.
Luego, volviéndose hacia Materne, que estaba de pie detrás de él, dijo:
--No podemos permanecer más tiempo en esta incertidumbre; así es que vas a salir, con tus hijos, de reconocimiento.
El rostro del viejo cazador se animó repentinamente.
--¡Muy bien! Por fin voy a poder estirar un poco las piernas--dijo Materne--, y a ver si logro despachar a uno de esos granujas de austriacos o de cosacos.
--¡Un momento, amigo mío! No se trata ahora de despachar a nadie; se trata de ver lo que pasa. Frantz y Kasper llevarán armas; pero tú, como te conozco, vas a dejar aquí la carabina, el cuerno de la pólvora y el cuchillo de monte.
--¿Y por qué?
--Porque tienes que entrar en poblado, y si te cogen con armas te fusilarán inmediatamente.
--¿Me fusilarán?
--Desde luego. Nosotros no somos tropas regulares y no podemos ser prisioneros; nos fusilan, y en paz. Así es que vas a tomar el camino de Schirmeck, con un palo solamente en la mano, y tus hijos te seguirán de lejos marchando entre la maleza, a la distancia de medio tiro de carabina. Si te atacan algunos merodeadores, ellos te auxiliarán; pero si es una columna o un pelotón, no harán nada y dejarán que te prendan.
--¡Ellos van a dejar que me prendan!--exclamó el cazador indignado--; yo quisiera ver semejante cosa.
--Sí, Materne, y eso será lo más sencillo, porque a un hombre desarmado se le suelta pronto; pero a un hombre que lleva armas se le fusila. No tengo necesidad de decirte que no pregones que vas a espiar a los alemanes.
--¡Ah!, ¡ah!, entiendo. Sí, sí; no está mal pensado; yo nunca dejo la carabina, Juan Claudio; pero la guerra es la guerra; aquí tienes la carabina, el cuerno y el cuchillo. ¿Quién quiere prestarme una blusa y un palo?
Nickel Bentz le dio su angarina y su sombrero. La gente que les rodeaba contemplábales con admiración.
Cuando hubo cambiado de traje, cualquiera hubiese tomado al anciano cazador, a pesar de sus grandes bigotes grises, por un aldeano de la montaña alta.
Sus dos hijos, muy satisfechos de tomar parte en aquella primera expedición, repasaban las espoletas de las carabinas, y sacando las bayonetas de caza, largas y rectas como espadas, las colocaron al extremo de los cañones. Al mismo tiempo requerían los cuchillos de monte, se pasaban los morrales, con un movimiento de hombros, a la cintura y se convencían de que todo se hallaba en orden, mientras dirigían a su alrededor miradas de triunfo.
--¡Eh, cuidado!--les dijo riendo el doctor Lorquin--; no olviden el consejo del señor Juan Claudio: ¡prudencia! Un alemán más o menos entre cien mil no nos ha de sacar ciertamente de apuros; en cambio, si alguno de ustedes vuelve estropeado, será difícil encontrar quien le sustituya.
--¡Oh, no tenga usted cuidado, doctor!, ¡iremos con el ojo alerta!
--Mis hijos--respondió altivamente Materne--son verdaderos cazadores y saben esperar y aprovechar la ocasión. No tirarán mas que si yo llamo. ¡Puede usted estar tranquilo! Y ahora, en marcha; hay que estar de vuelta antes de que llegue la noche.
Los expedicionarios salieron.
--¡Buena suerte!--les gritó Hullin, mientras trepaban por la nieve para salvar los obstáculos amontonados en el camino.
No tardaron los tres cazadores en descender al sendero que acorta el camino hacia la derecha de la sierra.
Los montañeses que formaban la partida le siguieron con la mirada. Sus largos cabellos rojos y rizados, sus enjutas y prolongadas piernas, sus anchos hombros, sus movimientos ligeros y rápidos, todo revelaba que, en caso de ocurrir un encuentro, cinco o seis _kaiserlicks_ no saldrían bien parados de semejantes hombres.
Al cabo de un cuarto de hora, rodearon el monte de abetos y desaparecieron.
Entonces Hullin volvió tranquilamente a la granja, hablando con Nickel Bentz.
El doctor Lorquin iba detrás, seguido de _Plutón_, y los restantes espectadores se marcharon cada uno a su sitio, alrededor de las hogueras del vivaque.
XII
Hacía tiempo que Materne y sus hijos caminaban sin hablar; el tiempo se había presentado hermoso; el pálido sol de invierno brillaba en la nieve deslumbrante sin llegar a fundirla; el suelo sonaba a duro. A lo lejos, en el valle, se dibujaban con una limpidez extraordinaria las flechas de los abetos, los lomos rojizos de las rocas, los tejados de los caseríos, con sus estalactitas de hielo pendientes de las tejas, sus ventanillas centelleantes y sus agudos mojinetes.
La gente paseaba por las calles de Grand-Fontaine; un corro de muchachas se hallaba parado delante del lavadero; algunos viejos, cubiertas las cabezas con gorros de algodón, fumaban una pipa junto a la puerta de sus casuchas. Aquel enjambre humano, en el fondo de la llanura azulada, iba, venía y se agitaba sin que un aliento o un suspiro llegase al oído de los cazadores.
Detúvose Materne al salir del bosque, y dijo a sus hijos:
--Voy a bajar a la aldea para ver a Dubreuil, el posadero de _La Piña_.
Y señalaba con el palo una amplia construcción blanca, cuyas ventanas, así como la puerta, se hallaban rodeadas de una franja amarilla, viéndose colgada de la pared una rama de pino a guisa de muestra.
--Vosotros me esperáis aquí; si no hay peligro, saldré al escalón de la puerta y agitaré el sombrero; entonces podéis venir a tomar una copa de vino conmigo.
Materne, acto continuo, bajó por la ladera, cubierta de nieve, hasta los jardinillos escalonados que se extienden por encima de Grand-Fontaine, en lo que tardó unos diez minutos; después, siguiendo unos surcos, llegó a la pradera, atravesó la plaza de la aldea, y sus dos hijos, que aguardaban con las armas en descanso, le vieron entrar en la posada. Pocos momentos después el cazador apareció en el umbral y agitó el sombrero, lo cual produjo a los jóvenes viva satisfacción.
No había pasado un cuarto de hora cuando los dos muchachos se encontraron con su padre en la sala grande de _La Piña_; era aquélla una habitación baja de techo, que tenía una estufa de hierro pintada de color plomo, con el suelo terrizo y unas largas mesas de pino perfectamente limpias con cola de caballo.
A excepción del posadero Dubreuil, el más gordo y apoplético de los taberneros de los Vosgos, un hombre de vientre hinchado en forma de odre, que se sustentaba en los enormes muslos, de ojos redondos, de nariz chata, con una verruga en la mejilla derecha y una triple papada que le caía a la manera de cascada sobre el doblado cuello de la camisa, a excepción de este curioso personaje, sentado en un ancho sillón de cuero cerca de la estufa, Materne se encontraba solo. Acababa el cazador de llenar las copas, cuando en el viejo reloj dieron las nueve; el gallo de madera agitaba las alas con un chirrido extraño.
--¡Salud, señor Dubreuil!--dijeron los muchachos con voz ruda.
--¡Buenos días, amigos míos, buenos días!--respondió el posadero esforzándose por sonreír; y luego, con voz opaca, preguntó:
--¿No hay nada nuevo?
--¡No, por cierto!--respondió Kasper--; ha llegado el invierno, el tiempo del jabalí.
Después, dejando uno y otro las carabinas en el rincón de la ventana, al alcance de la mano, por si llegaba un caso de alarma, montaron la pierna por encima del banco y se sentaron frente a su padre, que ocupaba la cabecera de la mesa.
Bebieron los tres, después de decir: «¡A vuestra salud!», como tenían siempre costumbre de hacer.
--¿De modo--dijo Materne volviéndose hacia el enorme posadero, como si prosiguiera una conversación interrumpida--que usted cree, señor Dubreuil, que no tenemos nada que temer en el bosque de las Baronías y que podremos tranquilamente entregarnos a cazar jabalíes?
--¡Oh!, de eso no sé nada--exclamó el posadero--; sólo puedo decir que hasta el presente los aliados no han pasado de Mutzig y, además, que no hacen daño a nadie y que admiten a todos los hombres de buena voluntad que quieran combatir al usurpador.
--¡El usurpador! ¿Qué es eso?
--¡Bah! ¡Napoleón Bonaparte, el usurpador, todo el mundo lo conoce! Miren ustedes a la pared.
Y les señaló un cartelón pegado a la pared, cerca del reloj.
--Vean ustedes esto y se convencerán que los austriacos son verdaderamente amigos nuestros.
Las cejas del anciano Materne se unieron; pero reprimiendo acto continuo aquel estremecimiento, dijo:
--¡Ah, bah!
--Sí; lean eso.
--Pero si yo no sé leer, señor Dubreuil, ni mis hijos tampoco; explíquenos usted por encima de lo que se trata.
Entonces el tabernero, apoyando las pesadas manos rojas en los brazos del sillón, se levantó resoplando como un becerro y fue a colocarse delante del cartelón, con los brazos cruzados sobre su enorme grupa. Después, en tono solemne, leyó una proclama de los soberanos aliados en la que declaraban «que habían declarado la guerra a la persona de Napoleón, pero no a Francia; y como consecuencia de ello todo el mundo debía permanecer tranquilo y no mezclarse en sus asuntos, so pena de ser quemados, saqueados y fusilados».
Los cazadores oyeron la lectura y se miraron unos a otros con extrañeza.
Cuando Dubreuil hubo acabado, se dirigió a su asiento, mientras decía:
--¡Ya lo ven ustedes!
--¿Y cómo tiene usted esto?--preguntó Kasper.
--Ese cartel, hijo mío, está puesto en todas las esquinas.
--¡Pues bien, no nos parece mal!--dijo Materne asiendo el brazo de Frantz, que se levantaba echando chispas por los ojos--. ¿Quieres fuego, Frantz? Aquí tienes mi eslabón.
Frantz volvió a sentarse; el viejo tomó una expresión ingenua y preguntó:
--Y nuestros amigos los alemanes ¿no se quedan con nada de nadie?
--La gente pacífica no tiene nada que temer; pero a los granujas que se insurreccionen se les confisca todo; y eso es justo, pues los buenos no deben pagar las culpas de los malos. Así, ustedes, por ejemplo, en lugar de ser maltratados, serían muy bien recibidos en el cuartel general de los aliados. Conocen ustedes la comarca, podrían servir de guías y les pagarían espléndidamente.
Hubo un instante de silencio; los cazadores se miraron otra vez; el padre había extendido las manos sobre la mesa, abriéndolas mucho, como aconsejando a sus hijos que tuvieran calma. Sin embargo, Materne estaba pálido.
El posadero, que no se daba cuenta de nada, prosiguió:
--Ustedes tienen que temer más bien, por el bosque de las Baronías, a esos bandidos de Dagsburg, del Sarre y del Blanru que se han sublevado en masa y quieren volver al 93.
--¿Está usted seguro?--preguntó Materne haciendo esfuerzos por dominarse.
--¡Estoy seguro! No tiene usted mas que mirar por la ventana y los verá en el camino del Donon. Han sorprendido al anabaptista Pelsly, lo han atado al pie de la cama y se entregan a robar, al saqueo y a cortar los caminos; pero que tengan mucho cuidado. Dentro de pocos días van a ver cosas buenas. No son mil hombres los que los van a atacar; no son diez mil, son millares de millares... ¡Y no quedará uno!
Materne se levantó y dijo secamente:
--Es hora de ponerse en camino; hay que estar en el bosque a las dos, y estamos aquí hablando tranquilamente como cotorras. ¡Hasta la vista, señor Dubreuil!
Salieron los tres rápidamente, no pudiendo reprimir la cólera.
--¡No olviden lo que les he dicho!--gritó el posadero desde su asiento.
Una vez fuera, volviose Materne y exclamó, al tiempo que le temblaban los labios:
--Si no me hubiese contenido, le hubiera roto la botella en la cabeza.
--Y yo--dijo Frantz--estuve por atravesarle la tripa con la bayoneta.
Kasper, con un pie en el escalón, parecía querer entrar; apretaba el mango del cuchillo de monte y su rostro tenía una expresión terrible. Pero el anciano lo cogió del brazo y se lo llevó, mientras decía:
--Vamos, vamos... ¡Ya nos lo tropezaremos más adelante! ¡Aconsejarme a mí que haga traición a mi país! Hullin hizo bien advirtiéndonos que tomáramos precauciones; tenía razón.
Bajaron los cazadores por la calle, dirigiendo a derecha e izquierda miradas hurañas. Las gentes se preguntaban unas a otras: «¿Qué les sucede a ésos?»
Cuando llegaron a las afueras del pueblo, frente a una cruz antigua que se alza muy cerca de la iglesia, se detuvieron los tres, y Materne, en un tono más reposado, señalando a sus hijos el sendero que, entre brezos, rodea a Framont, les dijo:
--Vais a tomar esa vereda. Yo sigo el camino hasta Schirmeck. No iré muy de prisa, para que podáis llegar al mismo tiempo que yo.
Se separaron, y el anciano cazador, muy pensativo y cabizbajo, anduvo un buen trecho preguntándose cuál habría sido la causa interna que le impidió abrir la cabeza al obeso posadero. Materne pensó que el hecho obedecía, sin duda, al miedo de comprometer a sus hijos.
Mientras iba pensando en estas cosas, Materne se encontraba de vez en cuando numerosos rebaños de bueyes, carneros y cabras que se encaminaban a la sierra. Había algunos que venían de Wisch, de Urmatt y hasta de Mutzig; los pobres animales no podían más.
--¿Adónde demonios vais tan de prisa?--gritaba el cazador a los pastores cariacontecidos--. ¿No tenéis vosotros confianza en las proclamas de los rusos y de los austriacos?
Los campesinos, de mal humor, le respondían:
--¡Sí, sí; ríase usted de las proclamas! ¡Ya sabemos lo que ahora valen! Por todas partes no hay mas que saqueos y robos; se imponen contribuciones forzosas, se confiscan los caballos, las vacas, los bueyes, los carruajes.
--¡Bah!, ¡bah!, ¡bah!, no es posible... ¿Qué me dicen ustedes? Eso me asombra; ¡unos hombres tan francos, unos amigos tan buenos, que vienen a salvar a Francia! No puedo creerlo. ¡Después de una proclama tan hermosa!
--¡Pues baje usted a Alsacia y ya verá!
Aquella pobre gente se marchaba moviendo la cabeza con un aire de profunda indignación, y Materne se reía para sus adentros.
A medida que el cazador avanzaba, aumentaba el número de rebaños; y no eran solamente rebaños de ganado los que huían, unos mugiendo, otros berreando, sino también bandadas de ocas que se extendían hasta perderse de vista, gritando, graznando, arrastrando sus buches a lo largo del camino, con las alas abiertas y las patas medio heladas; ¡daba pena verlas!
Mas al acercarse a Schirmeck el espectáculo era más doloroso aún; familias enteras huían en sus carromatos cargados de barriles de alimentos y muebles, con mujeres y niños que golpeaban a los caballos hasta acabar con ellos, y diciendo con voz lastimera: «Estamos perdidos; han entrado los cosacos.»
Aquel grito «¡los cosacos!, ¡los cosacos!» corría de un extremo a otro del camino como una ráfaga de viento; las mujeres se volvían estupefactas, y los niños se ponían de pie en los carruajes para ver más lejos. Nunca se había visto nada semejante, y Materne, indignado, se avergonzaba del miedo de aquella gente, que, pudiendo defenderse, huían de una manera cobarde por egoísmo y por salvar sus bienes.
Muy cerca de Schirmeck, en la encrucijada de la Hondonada de los Sauces, Kasper y Frantz volvieron a unirse a su padre y los tres entraron en la taberna de _La Llave de Oro_, que, a la derecha del camino y en la parte baja de la ladera, tenía la viuda Faltaux.
La pobre mujer y sus dos hijas contemplaban desde una ventana aquella emigración, y cruzaban las manos como en súplica.
El tumulto, en efecto, aumentaba de momento en momento; el ganado, los carruajes y la gente parecían querer pasar unos por encima de los otros. Ninguno era dueño de sí; todos gritaban y pugnaban por hacerse sitio.
Materne empujó la puerta, y viendo a las mujeres más muertas que vivas, pálidas y desmelenadas, gritó golpeando el suelo con el palo:
--¡Vaya! ¡Vaya con la madre! ¿Pero usted se ha vuelto loca? ¡Vamos, usted, que debía dar ejemplo a sus hijas, es la primera en acobardarse! ¡Es vergonzoso!
Volviose en tal ocasión la anciana y contestó con voz lastimera:
--¡Ay, amigo Materne! ¡Si usted supiera!...
--¡Qué! ¿Que el enemigo se acerca? No se comerá a usted...
--No, pero todo lo devora sin compasión. La anciana Ursula, de Schlestadt, que llegó ayer tarde, dice que los austriacos no quieren mas que _knoepfe y noudel_; los rusos, _schnaps_, y los bávaros, chucruta. Y cuando se han atracado de todo esto hasta no poder más, gritan con la boca llena: _¡schokolate, schokolate!_ ¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¿Cómo vamos a alimentar a esta gente?
--Ya sé que la cosa es muy difícil--dijo el cazador--; los grajos nunca tienen bastante queso. Pero, vamos a ver, ¿dónde están esos cosacos, bávaros y austriacos? Desde Grand-Fontaine no hemos encontrado ni uno solo.
--Están en Alsacia, cerca de Urmatt, y vienen hacia aquí.
--Mientras vienen o no vienen, sírvanos una jarra de vino; aquí tiene usted un escudo de tres libras, que le será más fácil de ocultar que los toneles.
Una de las muchachas bajó a la cueva, y en el mismo instante otras personas entraron en la taberna: un vendedor de almanaques de las cercanías de Estrasburgo, un guía de Sarrebrück, que iba de blusa, y dos o tres vecinos de Mutzig, de Wisch y de Schirmeck, que huían con sus rebaños y que no podían más a fuerza de gritar.
Todos se sentaron a la misma mesa, frente a las ventanas, para no perder de vista el camino; sirviéronles vino, y cada cual comenzó a contar lo que sabía; uno dijo que los aliados eran tantos que tenían que acostarse uno junto a otro en el valle de Hirschenthal, y que estaban tan llenos de miseria que, así que se marchaban, las hojas secas andaban solas por el bosque; otro contó que los cosacos habían prendido fuego a una aldea de Alsacia porque no les dieron velas como postre después de una comida; que algunos de ellos, en particular los calmucos, comían jabón como si fuera queso, y la corteza del tocino como galleta; que muchos bebían aguardiente en vasos, después de haber echado en el líquido varios puñados de pimienta; que era preciso ocultarlo todo, porque todo era para ellos comestible y bebedero.
A este propósito, el guía dijo que, tres días antes, un cuerpo de ejército ruso, que había pasado por la noche al alcance de los cañones de Wisch y se había visto obligado a detenerse durante más de una hora en medio de la nieve, en la aldehuela de Rorbach, había bebido en un calentador que se hallaba abandonado en una ventana de la casa de una anciana de ochenta años; añadió que aquellos salvajes rompían el hielo para bañarse y luego, para secarse, se metían en hornos de ladrillos; en una palabra, que sólo temían al caporal _schlague_.
Aquellas sencillas gentes refirieron cosas tan extrañas--vistas por ellos mismos, según aseguraban, o sabidas por personas veraces--que apenas se podía creer nada de lo que contaban.
Fuera proseguía sin interrupción el tumulto, el rodar de los carros, el berrear de los rebaños, el clamor de los fugitivos, lo que producía el efecto de un descomunal zumbido.
A mediodía, cuando Materne y sus hijos se disponían a partir, oyose un grito más fuerte, más prolongado que los demás: «¡Los cosacos!, ¡los cosacos!»
Todo el mundo salió fuera, a excepción de los cazadores, que se limitaron a abrir una ventana para ver lo que pasaba; la gente huía a campo traviesa; hombres, rebaños, carros, todo se dispersaba como las hojas ante el viento del otoño.
En menos de dos minutos el camino quedó libre, salvo en Schirmeck, donde era tal la confusión, que no se podía dar un paso. Materne, alzando la vista a la parte más lejana del camino, exclamó:
--No hago mas que mirar, pero no veo nada.
--Ni yo--contestó Kasper.
--¡Vamos!, ¡vamos!--exclamó el cazador--; me parece que el miedo de esta gente atribuye al enemigo más fuerza de la que tiene. No recibiremos nosotros así a los cosacos en la sierra; ¡ya encontrarán quien les dé las buenas tardes!
Luego, alzando los hombros con expresión de repugnancia, dijo:
--El miedo es algo ruin; ¡y todavía más cuando lo que podemos perder es una vida miserable! Vámonos.
Salieron los tres de la posada, y el anciano siguió el camino del valle con el fin de subir a la cima del Hirschberg, situada enfrente; sus hijos le acompañaron, y pronto se encontraron todos a la orilla del bosque. Materne dijo que era preciso subir lo más alto que fuese posible, con el objeto de dominar la llanura para adquirir noticias ciertas que llevar al vivaque, pues todas las habladurías de los fugitivos no valían lo que una simple ojeada al terreno.
Kasper y Frantz estuvieron conformes, y comenzaron los tres a trepar por el monte, que forma una especie de promontorio avanzando dentro de la llanura.
Cuando llegaron a la cumbre, divisaron claramente la posición del enemigo, situada a tres leguas de allí, entre Urmatt y Lutzelhouse; se veían grandes líneas negras sobre la nieve; más lejos, algunas masas obscuras, que serían sin duda la artillería y los bagajes; otras masas rodeaban las aldeas, y, a pesar de la distancia, el centelleo de las bayonetas indicaba que una columna acababa de ponerse en camino, en dirección de Wisch.
Después de contemplar detenidamente aquel espectáculo con melancólica mirada, el anciano dijo:
--Tenemos a la vista lo menos treinta mil hombres, y avanzan hacia nuestras posiciones; mañana, o pasado mañana lo más tarde, nos atacarán. No va a ser un encuentro de poca monta; pero si ellos son muchos, nosotros tenemos la ventaja del terreno, y además siempre es agradable tirar a las masas; así no se malgastan las balas.
Hechas aquellas razonables reflexiones, Materne calculó la altura del sol y dijo:
--Ahora son las dos; ya sabemos cuanto queríamos saber. Volvamos al vivaque.
Los dos muchachos se pasaron las carabinas a la espalda a modo de bandolera, y, dejando a la izquierda el valle del Brocque, Schirmeck y Framont, subieron la empinada cuesta del Hengsbach, que domina, a una distancia de dos leguas, al pequeño Donon; bajaron por la falda opuesta, sin seguir ningún sendero en la nieve, guiándose sólo por las cimas para cortar terreno.
Hacía dos horas que caminaban de tal manera; el sol frío del invierno se hundía en el horizonte, y la noche, una noche clara y tranquila, se aproximaba. Solamente les faltaba bajar y subir la ladera opuesta del solitario desfiladero del Riel, que formaba una gran hoya redonda en medio del bosque, en el fondo de la cual se aparece una laguna de azuladas aguas que sirve de abrevadero a los corzos.
De repente, al salir los cazadores de la espesura, cuando marchaban distraídamente y sin pensar en nada, el anciano Materne, deteniéndose tras unas malezas, dijo:
--¡Quietos!
Y con la mano señaló a la laguna, por entonces cubierta de una capa de hielo delgada y transparente. Bastó a los muchachos dirigir una mirada hacia aquel sitio para gozar del más sorprendente espectáculo: unos veinte cosacos, hombres de revueltas barbas rubias, que llevaban a la cabeza gorros de viejas pieles en forma de tubos de chimenea, que cubrían sus escuálidos cuerpos con mugrientos harapos, cabalgaban, apoyados en estribos hechos de cuerda, en caballitos de crines flotantes que les llegaban al petral, de cola escasa y grupa amarilla, negra y blanca como de cabras. Unos llevaban por toda arma un lanzón; otros, un sable; otros, un hacha atada con una cuerda a la silla y una enorme pistola de arzón sujeta a la cintura. Varios otros, con el rostro levantado contemplaban extáticamente la verde copa de los abetos, que se escalonaban unos sobre otros y llegaban hasta las nubes. Un hombre alto y delgado rompía el hielo con el extremo de la lanza, mientras su caballejo bebía, con el cuello estirado y las crines caídas, en forma de barba, sobre la cara. Otros, que habían echado pie a tierra, separaban la nieve y señalaban al bosque, como manifestando que era aquél un buen sitio para establecer el campamento. Los demás compañeros, que permanecían a caballo, hablaban entre sí e indicaban hacia el fondo del valle que a la derecha desciende en forma de hendedura hasta Grinderwald.