La invasión o El loco Yégof

Chapter 7

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La gente de la finca, Duchêne, Anita, Robin, Dubourg, formando un semicírculo, miraban a Gaspar con aire extático; Luisa llenaba de vez en cuando la copa; la madre Lefèvre, sentada cerca del horno, revolvía la mochila y, al no ver mas que dos camisas viejas muy sucias, con agujeros como puños, unos zapatos torcidos, betún para la cartuchera, un peine con sólo tres púas y una botella vacía, levantó las manos al cielo y se apresuró a abrir el armario de la ropa blanca, murmurando:

--¡Señor! ¿Cómo extrañarse de que muera tanta gente de miseria?

El doctor Lorquin, ante un apetito tan voraz, se frotaba las manos muy satisfecho y murmuraba entre dientes:

--¡Qué salud!, ¡qué estómago!, ¡qué diente!; ¡podría partir piedras como si fuesen avellanas!

Y el anciano Materne decía a sus hijos:

--Otras veces, después de dos o tres días de caza en la sierra, durante el invierno, me entraba también a mí un hambre de lobo y me comía una pierna de corzo sin respirar; ahora, ya voy haciéndome viejo y me bastan una o dos libras de carne. ¡Lo que es la edad!

Hullin había encendido su pipa y parecía muy pensativo; no cabía duda de que algo le inquietaba. Cuando hubieron pasado algunos minutos, viendo que el apetito de Gaspar se moderaba, exclamó repentinamente:

--Dime, Gaspar, sin dejar de comer, ¿cómo es posible que estés aquí? Nosotros creíamos que te hallabas aún a orillas del Rin, cerca de Estrasburgo.

--¡Ah, ah, el veterano! Ya comprendo--dijo Lefèvre guiñando un ojo--. ¡Como hay tantos desertores! ¿No es eso?

--¡Oh!, semejante idea no se me ocurrirá nunca; pero, sin embargo...

--¡A usted no le desagradará saber que tengo mis papeles en regla! No puedo engañarle, papá Juan Claudio; usted está en su derecho; ¡el que falta al llamamiento cuando los _kaiserlicks_ están en Francia merece que le fusilen! Pero no tenga cuidado, aquí está mi permiso.

Hullin, que no sentía una falsa delicadeza, leyó:

* * * * *

«Permiso de veinticuatro horas al granadero Gaspar Lefèvre, de la 2.ª del 1.º.

»Hoy, 3 de enero de 1814.

»_Gémeau_, comandante del batallón.»

* * * * *

--Bien, bien--dijo Hullin--; mete esto en la mochila, porque puede perderse.

Juan Claudio había vuelto a adquirir su alegría habitual.

--Mirad, hijos míos--añadió luego--, sé bien lo que es el amor; es algo muy bueno y muy malo; es malo particularmente para los soldados jóvenes cuando se aproximan a su aldea después de una campaña. Son capaces de faltar a su deber y hasta llegar a huir, perseguidos por dos o tres gendarmes. Lo he visto yo mismo. En fin, puesto que todo está en regla, bebamos una copa de _rikevir_. ¿Qué dice usted de esto, Catalina? Los del Sarre pueden llegar de un momento a otro, y no tenemos un minuto que perder.

--Tiene usted razón, Juan Claudio--respondió la anciana labradora tristemente--. Anita, baja a la cueva y trae tres botellas de la despensa.

La criada se marchó corriendo.

--Pero ese permiso, Gaspar--añadió Catalina--, ¿cuándo comenzaste a usarlo?

--Me lo dieron ayer, a las ocho de la noche, en Vasselone. El regimiento se retiraba hacia Lorena, y yo debo alcanzarlo esta noche en Falsburgo.

--Bien; todavía tienes siete horas por delante; no necesitarás más de seis para llegar a tiempo, aun cuando haya mucha nieve en el Foxthal.

La animosa mujer fue a sentarse junto a su hijo, muy afligida. Todo el mundo estaba conmovido. Luisa, con el brazo apoyado en la descolorida charretera de Gaspar y la mejilla junto a su oreja, sollozaba; Hullin golpeaba en un extremo de la mesa para vaciar de cenizas la pipa, y fruncía las cejas, sin decir nada; pero cuando llegaron las botellas, y una vez que fueron abiertas, exclamó:

--Vamos, Luisa, valor. Todo esto no puede durar mucho tiempo, ¡pardiez! De un modo o de otro tiene que acabarse, y yo afirmo que acabará bien; Gaspar volverá, y entonces nos divertiremos.

Juan Claudio llenó las copas y Catalina secose las lágrimas, murmurando:

--¡Y pensar que esos bandidos tienen la culpa de lo que nos pasa! ¡Ah! ¡Que vengan, que vengan por aquí!

Se vaciaron las copas sin ninguna alegría; pero el añejo _rikevir_, al penetrar en la sangre de aquellas buenas gentes, no tardó en reanimarlos. Gaspar, más firme de lo que hubiera podido sospechar, comenzó a referir los terribles sucesos de Bautzen, Lurtzen, Leipzig y Hannau, donde los reclutas se habían batido como veteranos ganando victoria tras victoria, hasta que los traidores se pasaron al otro lado.

Todo el mundo escuchaba en silencio. Luisa, en los momentos de peligro--al pasar los ríos bajo el fuego enemigo, al tomar una batería a la bayoneta--, apretaba el brazo de Gaspar como para defenderle. Los ojos de Juan Claudio chispeaban; el doctor preguntaba siempre dónde se hallaba situada la ambulancia; Materne y sus hijos alargaban el cuello y apretaban las mandíbulas, y el vinillo añejo, acudiendo en ayuda de la imaginación, aumentaba el entusiasmo cada momento más: «¡Ah, los granujas! ¡ah, bandidos! ¡Cuidado, cuidado, no ha terminado todo!...»

La señora Lefèvre admiraba el valor y la fortuna de su hijo en medio de estos acontecimientos, de los que los siglos venideros guardarán por siempre memoria.

Pero cuando Lagarmitte, con aire serio y solemne, vistiendo larga blusa gris, sombrero flexible, de color negro, que resaltaba sobre su cabellera blanca, y llevando colgada del hombro su enorme trompa, atravesó la cocina y asomose a la puerta de la sala, diciendo: «¡Los del Sarre llegan!», entonces toda aquella exaltación desapareció y los reunidos se levantaron, pensando en la terrible lucha que iba pronto a comenzar en la sierra.

Luisa, arrojándose en brazos de Gaspar, exclamó:

--¡Gaspar, no te vayas! ¡Quédate con nosotros!

El joven se puso muy pálido, y dijo:

--Soy soldado; me llamo Gaspar Lefèvre; te amo mil veces más que a mi vida; pero un Lefèvre cumple siempre con su deber.

Desasiose el joven de los brazos de su novia; Luisa se recostó sobre la mesa y comenzó a gemir en alta voz. Levantose Gaspar; pero Hullin se interpuso, y estrechándole fuertemente las manos, mientras que un ligero temblor le agitaba el rostro, exclamó:

--¡Está muy bien! ¡Acabas de hablar como un hombre!

La señora Lefèvre se aproximó a su hijo reposadamente, para atarle la mochila a los hombros. Así lo hizo, con las cejas fruncidas, los labios contraídos bajo la nariz aguileña, sin dar un suspiro; pero dos gruesas lágrimas corrieron lentamente por las arrugas de sus mejillas. Y cuando hubo acabado, volviose, ocultando los ojos con la manga del vestido, y dijo:

--Está bien... Ve..., ve..., hijo mío, tu madre te bendice. Si la guerra te lleva, no morirás... Aquí tienes tu sitio, aquí, entre Luisa y yo: ¡siempre estarás con nosotras! ¡Esta pobre niña no tiene aún bastante edad para saber que vivir es sufrir!...

Todos los que allí estaban salieron; sólo Luisa permaneció en la sala, entregada a sus lamentos. Pocos momentos después, al oír la culata del fusil golpear en las losas de la cocina y que se abría la puerta exterior, la joven lanzó un grito desgarrador y precipitose fuera.

--¡Gaspar!, ¡Gaspar!--dijo--, ya estoy tranquila, ya no lloro más; no quiero que te quedes, pero no te marches disgustado conmigo. ¡Perdóname!

--¡Disgustado! ¡Disgustado contigo, Luisa mía! ¡Oh, no!, ¡no!--dijo Gaspar--. Pero verte tan apenada me destroza el alma... ¡Ah!, pero si tienes un poco de ánimo..., entonces me iré contento.

--Pues, sí, lo tengo... Dame un beso... ¿Lo ves? Ya no soy la misma, ¡quiero ser como mamá!

Los dos jóvenes se dieron los abrazos de despedida con serenidad. Hullin sostenía el fusil, y Catalina agitaba la mano como diciendo: «¡Vamos, vamos, ya está bien!»

Gaspar, cogiendo rápidamente el fusil, se alejó con paso firme, sin volver la cabeza.

En dirección opuesta, los del Sarre, provistos de picos y hachas, trepaban en fila por el sendero del Valtin.

Cuando pasaron cinco minutos, en el recodo de la encina grande, Gaspar se volvió y levantó la mano; Catalina y Luisa le respondieron. Hullin se adelantó para recibir a la gente. Sólo el doctor Lorquin permaneció con las mujeres; y así que Gaspar, continuando su camino, hubo desaparecido, el doctor exclamó:

--Catalina Lefèvre, usted puede enorgullecerse de tener por hijo un hombre de corazón. ¡Quiera Dios que tenga suerte!

Se oían las voces lejanas de los que llegaban, que reían y marchaban a la guerra como si fuesen de fiesta.

X

Mientras que Hullin, al frente de los montañeses, se preparaba para la defensa, el loco Yégof, aquel ser inconsciente, aquel desgraciado que llevaba en la cabeza una corona de hojalata, aquella dolorosa imagen del alma humana herida en su parte más noble, más hermosa y más importante, la inteligencia, el loco Yégof, con el pecho descubierto, los pies desnudos, insensible al frío, como el reptil preso en el hielo, vagaba de montaña en montaña, en medio de las nieves.

¿Por qué causa los privados de razón resisten las temperaturas más rigurosas, mientras que las personas con juicio en el mismo caso sucumben? ¿Se debe a una concentración más poderosa de la vida, a una circulación más rápida de la sangre, a un estado continuo de fiebre? ¿Es efecto de la sobreexcitación de los sentidos, o tiene quizás un origen que se desconoce?

La Ciencia nada dice a este respecto, pues no admite mas que causas materiales y se declara impotente para explicar tales fenómenos.

Yégof caminaba a la ventura mientras que la noche se acercaba; el frío aumentaba por momentos, y los zorros rechinaban los dientes persiguiendo una caza invisible: el buharro hambriento se dejaba caer sobre la maleza con las garras vacías, lanzando angustiosos gritos. El loco, con el cuervo al hombro, gesticulando y hablando como en sueños, caminaba, caminaba sin cesar, desde el Holderloch al Sonneberg, y desde el Sonneberg al Blutfeld.

Mas durante aquella noche el pastor Robin, de la granja de «El Encinar», iba a ser testigo del más raro y emocionante espectáculo.

Habiendo sorprendido al pastor Robin las primeras nieves, algunos días antes, en lo hondo del puerto de Blutfeld, dejó abandonado allí su carro, para llevar el rebaño a la granja; pero notando la falta de la piel de carnero con que se cubría y que se había dejado olvidada en su cabaña ambulante aquel día, terminada su labor, se puso en camino, hacia las cuatro de la tarde, para ir a buscarla.

El Blutfeld, situado entre el Schneeberg y el Grosmann, es una estrecha garganta rodeada de ingentes rocas cortadas a pico. Una corriente de agua se desliza por allí sinuosamente, tanto en invierno como en verano, a la sombra de crecidas malezas, y al fondo se extiende un ancho prado, en el que se ven grandes piedras esparcidas.

Rara vez cruza este desfiladero la gente de los contornos, porque el Blutfeld tiene algo de siniestro, sobre todo en invierno, a la luz de la Luna. Las personas ilustradas de la comarca, el maestro de escuela de Dagsburg lo mismo que el de Halzach, dicen que en aquel sitio se había librado una gran batalla entre los triboques y los germanos, los cuales querían penetrar en las Galias a las órdenes de un jefe llamado Luitprandt. Dicen los mismos que los triboques, situados en las cumbres de alrededor, arrojaron sobre sus enemigos numerosas piedras de gran tamaño y los trituraron allí como en un mortero, y que del hecho de tan gran matanza el puerto lleva el nombre de _Blutfeld_ (campo de sangre). Se encuentran en tal lugar trastos viejos, pedazos de lanza enmohecidos, trozos de casco y espadas de dos varas de largas en forma de cruz.

De noche, cuando la Luna ilumina aquel campo y las ingentes piedras cubiertas de nieve, cuando el cierzo sopla moviendo las zarzas heladas, parece que se oye el grito de espanto de los germanos en el momento de la sorpresa, el llanto de las mujeres, el relinchar de los caballos, el estruendoso rodar de los carromatos que desfilaron; pues, a lo que parece, aquellos hombres conducían en carros cubiertos de pieles a mujeres, niños, viejos y todo cuanto poseían en oro y plata, así como sus muebles, del mismo modo que lo hacen los alemanes que se marchan a América.

Durante dos días, los triboques no cesaron de exterminarlos y, al tercero, volvieron a trepar al Donon, al Schneeberg, al Grosmann, al Giromani y al Hengst cargados con un inmenso botín.

Tal es la leyenda conocida respecto del Blutfeld; y ciertamente, cuando se contempla aquel desfiladero, encajonado entre montañas como una enorme cisterna, sin más salida que un estrecho sendero, se comprende que los germanos no debían hallarse allí muy a gusto.

Robin llegó al puerto entre las siete y las ocho, a la salida de la Luna.

Mil veces había bajado el pastor al fondo del precipicio; pero nunca lo había visto iluminado tan claramente ni tan melancólico.

De lejos, su carro plateado, en lo hondo del abismo, le producía el efecto de una de aquellas enormes piedras cubiertas de nieve, bajo las cuales se hallaban sepultados los germanos. Estaba el carro a la entrada del desfiladero, detrás de unos espesos matorrales, y el arroyuelo murmuraba no lejos y se extendía en estrías de hielo, brillante como cuchillas.

Llegado al sitio donde se dirigía, el pastor comenzó a buscar la llave del candado; después, abrió la garita, y marchando a cuatro pies, pudo recuperar la zamarra y una hacheta que no recordaba siquiera haber perdido.

¡Pero cuál no sería su sorpresa cuando, al volverse para salir, vio al loco Yégof aparecer por un recodo del sendero y dirigirse hacia él, a la clara luz de la Luna!

El pastor recordó en seguida la historia espeluznante que había oído en la cocina de «El Encinar» y tuvo miedo...; pero no hay que decir lo que sentiría cuando vio detrás del loco, a quince o veinte pasos, aparecer también cinco lobos grises, dos de ellos grandes y tres pequeños.

Al pronto creyó que eran perros; pero no, eran lobos, y marchaban lentamente detrás de Yégof, el cual no los veía, al parecer. Revoloteaba el cuervo, pasando de la luz a la sombra que arrojaban las rocas, y después volvía; los lobos, con los ojos brillantes y los hocicos levantados, olfateaban, y el loco alzaba su cetro.

El pastor cerró la puerta de la garita con la rapidez del rayo, pero Yégof no lo vio. El loco caminaba por el desfiladero como por una inmensa sala; a izquierda y derecha se alzaban tajos ingentes; en lo alto brillaban millones de estrellas. Se hubiera oído volar una mosca; los lobos, al andar, no hacían ruido alguno, y el cuervo iba a posarse en la copa de una encina seca, situada sobre una de las rocas opuestas; su brillante plumaje parecía de color azul, y de vez en cuando volvía la cabeza como si escuchara.

Aquello era extraordinario.

Robin pensó:

--El loco no ve nada ni oye nada; y van a devorarle. Si tropieza, si cae, han acabado sus días.

Pero, en medio del desfiladero, Yégof se volvió, sentose en una piedra, y los cinco lobos, alrededor de él, con el hocico levantado, se sentaron también en la nieve.

Entonces sucedió algo verdaderamente estupendo: el loco, alzando el cetro, comenzó a hablarles, llamándolos por su nombres.

Los lobos respondían con lúgubres lamentos.

He aquí lo que les decía:

--¡Eh! ¡_Child_, _Bléed_, _Merweg_, y tú, _Sarimar_, amigos míos, ya estamos otra vez reunidos! Volvéis gordos... ¡Se conoce que os han tratado bien en Alemania! ¿No?

Luego, señalando hacia el desfiladero cubierto de nieve, añadió:

--¿Os acordáis de la gran batalla?

Uno de los lobos comenzó a aullar con voz lastimera; después, otro, y, por último, los cinco a la vez.

El concierto duró más de diez minutos.

El cuervo, posado en el árbol seco, no se movía.

Robin hubiera querido huir; rezaba, llamaba en su auxilio a todos los santos, y muy particularmente a su patrón, del que son muy devotos los pastores de la sierra.

Pero los lobos continuaban aullando, y sus alaridos eran repetidos por los ecos del Blutfeld.

Por último, uno de ellos, el más viejo, se calló; después lo hizo otro, y finalmente los demás. Yégof prosiguió de esta manera:

--Sí, sí, es una dolorosa historia. ¡Oh, mirad! ¡Este es el arroyo por donde corría la sangre de los nuestros! Es igual, _Merweg_, es igual; también los otros sembraron de huesos la maleza. ¡Y la Luna vio a sus mujeres arrancarse los cabellos durante tres días y tres noches! ¡Oh, qué horrible jornada! ¡Oh, los perros, se han ensoberbecido con su gran victoria! ¡Que la maldición caiga sobre ellos!... ¡Malditos sean!

El loco había arrojado al suelo la corona y la recogió sollozando.

Los lobos, que permanecían sentados, le oían como personas que prestan atención. El mayor de ellos comenzó a aullar, y Yégof le dijo:

--¡Tú tienes hambre, _Sarimar_! ¡Alégrate, alégrate, pues la carne no va a faltar en mucho tiempo; los nuestros están al llegar, y la batalla va a empezar de nuevo.

Después se levantó y, golpeando una piedra con el cetro, dijo:

--¡Aquí están tus huesos!

Acercose a otra piedra, y añadió:

--¡Y los tuyos, _Merweg_, los tuyos!

El cortejo de lobos le siguió; el loco, subiéndose a una piedra y contemplando el abismo silencioso, exclamó:

--¡Nuestro canto de guerra ha muerto! ¡Nuestro canto de guerra es una lamentación! ¡La hora de que resucite se acerca! Y vosotros seréis los guerreros: volverán a ser vuestras estas cañadas y estas montañas.

--¡Oh! En el aire vibran aún los chirridos de los carros, los gritos de las mujeres, los golpes de las mazas.

--Sí, sí; nuestros enemigos descendieron de las alturas y nos vimos rodeados. Y ahora, todo ha muerto; oíd, todo ha muerto; vuestros huesos reposan, pero vuestros hijos llegan, y el día de la venganza volverá. ¡Cantad! ¡Cantad!

Y el loco comenzó también a aullar, mientras que los lobos reanudaban sus salvajes gritos.

Aquellos quejidos se hacían cada vez más lastimeros, y en el silencio de los montes cercanos, unos en sombra y otros iluminados por la Luna, en medio de la absoluta quietud de los arbustos que se doblaban por el peso de la nieve, los ecos lejanos respondían al lúgubre concierto con voz tan misteriosa, que el pobre pastor se hallaba poseído de un horror de que guardaría memoria durante toda su vida.

Pero su temor iba disminuyendo porque Yégof y su fúnebre cortejo se hallaban cada vez más lejos y se encaminaban hacia Halzach.

El cuervo, lanzando un grito ronco, extendió las alas y levantó el vuelo en el cielo azul pálido.

Esta sorprendente escena desapareció sin dejar rastro.

Durante largo tiempo, Robin oyó los aullidos que, poco a poco, se extinguían. Hacía más de veinte minutos que habían cesado y que el silencio del invierno reinaba solo en aquel abrupto paraje, cuando el buen hombre, sintiéndose seguro, salió de la garita y tomó corriendo el camino de la granja.

Cuando llegó a «El Encinar» encontró toda la casa en movimiento. Se hacían preparativos para matar un buey con destino a la tropa del Donon. Hullin, el doctor Lorquin y Luisa se habían marchado con los del Sarre. Catalina Lefèvre dirigía en persona la operación de cargar la galera, tirada por cuatro caballos, de pan, carne y aguardiente. Todo era ir y venir, correr y ayudar a hacer los preparativos.

Robin no pudo contar a nadie lo que había presenciado. Además, aquello le parecía a él mismo tan increíble, que no se atrevía a abrir la boca.

Y cuando se acostó en el pesebre que le servía de cama, en medio del establo, acabó por convencerse que Yégof había en otro tiempo domesticado una camada de lobos y que hablaba con ellos de sus desvaríos, como a veces se habla a un perro.

Pero siempre conservó de tal encuentro un temor supersticioso, y aun en su más avanzada edad el buen hombre no habló nunca de estas cosas sin estremecerse.

XI

Cuanto Hullin ordenó llevose a cabo; los desfiladeros de la Aduana y del Sarre se fortificaron con solidez; el de Blanru, que se hallaba a un extremo de la posición, fue puesto en condiciones de defensa por el propio Juan Claudio y los trescientos hombres que constituían su fuerza principal.

Allí, a la vertiente oriental del Donon, a dos kilómetros de Grand-Fontaine, debemos trasladarnos para presenciar los acontecimientos ulteriores.

Por encima de la carretera que costea oblicuamente la ladera hasta llegar a los dos tercios de la cumbre se veía entonces una casa, rodeada de algunas fanegas de tierra de labor, la alquería de Pelsly, el anabaptista: era un edificio bajo, de tejado plano a propósito para poder resistir los fuertes vientos que en tal sitio combatían; detrás de la casa, hacia la cúspide de la sierra, se extendían los establos y las corralizas de cerdos.

Los hombres que formaban la partida vivaqueaban en los alrededores; a sus pies se descubrían Grand-Fontaine y Framont, presos en una estrecha garganta; más lejos, en la curva del valle, Schirmeck y los viejos residuos de ruinas feudales; por último, en las ondulaciones de la montaña, el río Bruche se aleja haciendo zigzags entre las brumas grises de Alsacia. A la izquierda se eleva la cúspide del Donon, sembrada de rocas y de algunos abetos achaparrados. Delante, el camino estaba interceptado: la tierra de los desmontes se había dejado correr sobre la nieve, y varios árboles corpulentos, con las ramas sin cortar, se hallaban atravesados en la carretera.

La nieve, que se fundía, dejaba asomar de trecho en trecho terrones amarillos y formaba como anchas ondas que eran atravesadas por el cierzo.

Presentaba el paisaje un aspecto severo y grandioso. No se veía una persona, y en todo el camino del valle, que serpentea entre los sotos hasta perderse de vista, no se divisaba un carruaje: parecía un desierto.

Sólo algunas hogueras esparcidas aquí y allá alrededor de la alquería, de las que se elevaba en el cielo un humo débil, indican el emplazamiento del vivaque.

Los montañeses, sentados alrededor de las ollas, con el sombrero echado atrás y el fusil en bandolera, se hallaban aburridos; hacía tres días que esperaban al enemigo. En uno de los grupos, con las piernas encogidas, las espaldas dobladas y la pipa en los labios, se encontraban Materne y sus dos hijos.

De vez en cuando, Luisa aparecía en la puerta de la granja, y en seguida entraba de nuevo para recomenzar la labor. Un apuesto gallo escarbaba en el estiércol y cantaba con voz ronca; dos o tres gallinas se paseaban entre la maleza. Aquello era agradable de ver; pero lo que constituía el mayor consuelo para los hombres que formaban la partida era contemplar los magníficos cuartos de tocino, con sus dos caras, una blanca y otra rojiza, espetados en varetas de madera verde, que destilaban la grasa gota a gota sobre las brasas, e ir a llenar las jarras a un barrilillo de aguardiente, colocado en el carro de Catalina Lefèvre.

Hacia las ocho de la mañana apareció repentinamente un hombre entre el gran y el pequeño Donon; los centinelas lo descubrieron en seguida; el hombre descendía agitando el sombrero.

Pocos minutos después se le reconoció: era Nickel Bentz, el antiguo guarda forestal de Houpe.

Todo el campo se puso en movimiento; algunos hombres corrieron a avisar a Hullin, que desde hacía una hora dormía en la alquería, echado en un enorme jergón, junto al doctor Lorquin y su perro _Plutón_.

Los tres salieron, acompañados del pastor Lagarmitte, a quien se había nombrado trompeta, y del anabaptista Pelsly, persona grave, de amplia barba corrida alrededor de las mandíbulas, que iba con los brazos metidos hasta los codos en los enormes bolsillos de su túnica de lana gris guarnecida de broche de latón, y a quien la borla de su gorro de algodón le caía en medio de la espalda.

Juan Claudio parecía contento.

--¿Qué hay, Nickel? ¿Qué pasa por allá abajo?--exclamó.

--Hasta el presente, nada nuevo, señor Juan Claudio; sólo del lado de Falsburgo se oye tronar como si fuese una tormenta. Labarbe dice que son cañonazos, porque durante la noche se han visto pasar los relámpagos sobre el bosque de Hildehouse, y esta mañana unas nubes grises se han extendido por el llano.

--Están atacando la ciudad--dijo Hullin--, ¿pero del lado de Lutzelstein?