Chapter 6
Hullin, que se había quedado atrás, con el sombrero sobre la nuca y el viejo fusil en bandolera, atravesaba en aquel momento la pradera de Eichmath repartiendo fuertes apretones de manos.
--¡Buenos días, Daniel! ¡Buenos días, Colon! ¡Buenos días! ¡Buenos días!
--¡Bah! ¡Esto está que arde, Hullin!
--Sí, sí; este invierno vamos a oír crujir las castañas. Buenos días, amigo Jerónimo; ha llegado la hora de los grandes acontecimientos.
--Sí, Juan Claudio, y hay que esperar que, con la ayuda de Dios, saldremos de ellos.
Catalina había llegado mientras tanto a la puerta de la fábrica de aserrar, y ordenó a Labarbe que dejara en el suelo un barrilillo de aguardiente, que había traído de la granja, y que fuera a buscar un cántaro a la choza del _ségare_.
Pocos instantes después, Hullin, al acercarse a la hoguera, encontró a Materne y a sus dos hijos.
--Llega usted tarde--le dijo el anciano cazador.
--Sí; es cierto. ¿Qué quieres? He tenido que bajar del Falkenstein, coger el fusil y acomodar a las mujeres. Pero, en fin, ya estamos aquí, no perdamos tiempo. ¡Lagarmitte, toca la cuerna para que se reúna la gente! Ante todo, es preciso ponerse de acuerdo y hay que nombrar jefes.
Lagarmitte tocó la trompa, hinchándosele las mejillas hasta las orejas, y los grupos que aún se hallaban dispersos a lo largo de los senderos y a las orillas de los bosques apresuraron el paso para llegar a tiempo. Momentos después aquella muchedumbre de gentes se hallaba reunida frente a la fábrica de aserrar. Hullin, que había adquirido un aspecto muy serio, subiose en una pila de troncos cortados y, dirigiendo a la multitud profundas miradas, dijo en medio del mayor silencio.
--El enemigo ha pasado el Rin anteanoche y se dirige a la sierra para penetrar en Lorena: Estrasburgo y Huningue se hallan sitiados. Hay que suponer que dentro de tres o cuatro días veremos aquí a los alemanes y a los rusos.
Se oyó un grito unánime de «¡Viva Francia!»
--Sí, viva Francia--añadió Juan Claudio--, porque si los aliados llegan a París son dueños de todo; pueden imponer trabajos obligatorios, diezmos, conventos; restablecer los privilegios y levantar patíbulos. ¡Si queréis volver a tener todo eso, no tenéis mas que dejarlos pasar!
Imposible sería describir el furor reconcentrado que se manifestaba en los rostros de los reunidos.
--¡Eso era lo que yo tenía que deciros!--gritó Hullin muy pálido--. Si hemos venido aquí, es para luchar.
--Sí, sí.
--Está bien, pero oídme. No quiero entre nosotros traidores. Hay aquí algunos que son padres. Hemos de ser uno contra diez, contra cincuenta; fácil será que perezcamos. Así es que aquellos que no lo hayan pensado bien, aquellos que no se sientan con ánimos de llegar hasta el fin, que se vayan; no se lo reprocharemos. Todo el mundo es libre.
Hullin callose un momento, mirando a su alrededor. Nadie se movió. En vista de lo cual, con voz más segura, acabó de esta manera:
--¡Nadie se marcha! ¡Todos, todos estáis conformes con luchar! ¡Muy bien; mucho me alegra que no haya un solo granuja entre nosotros! Ahora es preciso que nombremos un jefe. En los momentos de peligro, lo primero es el orden, la disciplina. El jefe que vais a nombrar tendrá derecho absoluto a mandar y ser obedecido. Así es que pensadlo bien, porque de tal hombre va a depender la suerte de todos.
Una vez que hubo terminado, Juan Claudio descendió de los troncos, y la agitación que entonces se produjo fue extraordinaria. Cada aldea deliberaba separadamente; cada aldea tenía una persona a quien proponer. Mientras, el tiempo corría y Catalina Lefèvre consumíase de impaciencia. Por último, no pudiendo resistir más, se levantó de su asiento e hizo seña de que quería hablar.
Catalina gozaba de una gran consideración. Al pronto fueron sólo algunos, pero luego fueron en gran número los que se acercaron para saber lo que quería decir.
--¡Amigos míos!--dijo--, perdemos mucho tiempo. ¿Qué es lo que necesitamos? Una persona de quien nos podamos fiar, ¿no es eso? ¿Un soldado, un hombre que haya estado en la guerra y que sepa aprovechar la ventaja de nuestras posiciones? Pues bien, ¿por qué no nombráis a Hullin? ¿Hay alguno que sea mejor? Que se levante en seguida y decidiremos. Por mi parte, propongo a Juan Claudio Hullin. ¡Eh! ¡Allá abajo! ¿Lo oís? Pero si esto continúa, los austriacos estarán aquí antes de que tengamos un jefe.
--¡Sí, sí, Hullin!--exclamaron Labarbe, Divès, Jerónimo y otros varios--. ¡Vamos a votar en pro o en contra!
Entonces Marcos Divès, encaramándose en los troncos, exclamó con voz de trueno:
--¡Los que no quieran a Juan Claudio Hullin por jefe que levanten la mano!
Ni una sola mano se levantó.
--¡Los que quieran a Juan Claudio Hullin por jefe que levanten la mano!
No se vieron mas que manos en el aire.
--Juan Claudio--dijo el contrabandista--, sube aquí, mira..., ¡es a ti a quien quieren!
El señor Juan Claudio subió acto continuo, y vio que, en efecto, estaba nombrado, e inmediatamente, con voz firme, dijo:
--¡Está bien! Me nombráis vuestro jefe, y yo acepto. Que Materne, el padre; Labarbe, de Dagsburg; Jerónimo, de San Quirino; Marcos Divès, Piorette el _ségare_ y Catalina Lefèvre entren en la fábrica. Vamos a deliberar. Dentro de un cuarto de hora o de veinte minutos daré las órdenes. Mientras tanto, cada aldea designará dos hombres para que vayan con Marcos Divès a buscar pólvora y balas al Falkenstein.
VIII
Todos los que fueron designados por Juan Claudio Hullin se reunieron en la cabaña del _ségare_ al abrigo de la campana de la inmensa chimenea. Un cierto buen humor resplandecía en el rostro de aquellas animosas gentes.
--Hace veinte años que oigo hablar de los rusos, de los austriacos y de los cosacos--decía sonriendo el anciano Materne--, y no me disgustaría ver algunos en la punta de mi fusil; eso siempre alegra el ánimo.
--Sí--respondió Labarbe--; vamos a ver tipos curiosos; los niños de la sierra podrán contar anécdotas de sus padres y de sus abuelos. Y las viejas, en las veladas, van a tener materia para contar historias de aquí a cincuenta años.
--Compañeros--dijo Hullin--, todos vosotros conocéis el país y tenéis presente la sierra, desde Thann hasta Wissemburg. Sabéis también que dos grandes caminos, dos caminos reales, atraviesan Alsacia y los Vosgos; ambos parten de Basilea: uno, a lo largo del Rin hasta Estrasburgo, y de aquí sube por la ladera de Saverne y entra en Lorena; Huningue, Nuevo Brisach, Estrasburgo y Falsburgo lo defienden. El otro tuerce a la izquierda y va a Schlestadt; por Schlestadt entra en la sierra y llega a San Dié, Raon-l'Etape, Baccarat y Luneville. El enemigo tratará de forzar ambos caminos, que son los mejores para la caballería, la artillería y la impedimenta; pero como están defendidos, no tenemos por qué inquietarnos. Si los aliados ponen sitio a las plazas fuertes--lo que prolongaría mucho la campaña--, no hay que temer nada; pero eso es poco probable. Después de intimar a rendirse a Huningue, Belfort, Schlestadt, Estrasburgo y Falsburgo, de este lado de los Vosgos; Bitche, Lutzelstein y Sarrebrück, del otro, creo que vendrán sobre nosotros. Ahora, oídme bien: entre Falsburgo y San Dié hay varios desfiladeros para la infantería, pero no hay mas que un camino por el que puedan pasar los cañones: es la carretera de Estrasburgo a Raon-les-Leaux, que va por Urmatt, Mutzig, Lutzelhouse, Framont y Grand-Fontaine. Una vez dueños de tal entrada, los aliados podrán invadir la Lorena. Dicha carretera pasa por el Donon, a dos leguas de aquí, a la derecha. Lo primero que hay que hacer es fortificarse allí poderosamente, en el sitio más adecuado para la defensa, es decir, en la meseta, y cortar la carretera, destruyendo los puentes y llenándola de obstáculos. Varios centenares de árboles grandes, atravesados en un camino con sus ramas y hojas, valen como murallas. Esas son las mejores emboscadas, pues se está bien resguardado y se ve venir a la gente. ¡Los árboles son una complicación de mil demonios! Es preciso hacerlos pedazos; no es posible echar puentes por encima de ellos, en fin, que no hay nada mejor. Todo eso, compañeros, quedará terminado mañana por la noche o pasado mañana cuando más; yo me encargo de ello; pero no se reduce todo a ocupar una posición y ponerla en buenas condiciones de defensa; es preciso obrar de manera que el enemigo no pueda rodearla...
--Precisamente estaba pensando en eso--dijo Materne--; una vez en el valle del Brugo, los alemanes pueden penetrar con la infantería en las colinas de Haslach y rodear nuestra izquierda. Nada les impedirá hacer la misma maniobra en el flanco derecho, si llegan a Raon-l'Etape.
--Sí, pero para quitarles esas ideas nos basta con hacer una cosa muy sencilla: ocupar los desfiladeros de la Aduana y del Sarre, a nuestra izquierda, y el del Blanru, a la derecha; y como no se puede defender un puerto mas que conservando las alturas, Piorette irá a situarse con cien hombres del lado de Raon-les-Leaux; Jerónimo, al Grosmann, con otros cien, para cerrar el valle del Sarre, y Labarbe, al frente de los demás, se colocará en la ladera para vigilar las colinas de Haslach. Cuidaréis que la gente de cada uno de estos grupos sea de las aldeas próximas, para evitar que las mujeres tengan que andar mucho al llevar las provisiones. Además, los heridos estarán así más cerca de sus casas, lo que hay que tener también presente. Esto es lo que tenía que deciros, por el momento. Los jefes de los puestos me enviarán todos los días al Donon, donde voy a establecer esta noche nuestro cuartel general, un hombre que ande mucho, para comunicarme lo que suceda y recibir el santo y seña. También organizaremos una reserva; pero como hay necesidad de ir de prisa, hablaremos de eso cuando estéis en vuestras posiciones y no haya que temer una sorpresa del lado enemigo.
--¿Y yo?--exclamó Marcos Divès--. ¿Yo no tendré nada que hacer? ¿Voy a permanecer con los brazos cruzados viendo batirse a los demás?
--Tú quedas encargado del transporte de municiones; ninguno sabría manejar la pólvora mejor que tú, preservándola del fuego y de la humedad, fundir balas, hacer cartuchos...
--¡Pero eso es propio de las mujeres!--exclamó el contrabandista--. Hexe-Baizel lo hará tan bien como yo. ¡Cómo! ¿Yo no he de disparar un solo tiro?
--Tranquilízate, Marcos--respondió Hullin riendo--; no te faltará ocasión de tirar cuanto quieras. En primer lugar, el Falkenstein es el centro de nuestra línea, nuestro depósito y nuestro punto de retirada en caso de contratiempo. El enemigo sabrá, por sus espías, que los convoyes salen de allí, y tratará probablemente de arrebatárnoslo; las balas y los bayonetazos no escasearán. Además, aun cuando estuvieses libre de peligro, no habría que lamentarlo, porque no se pueden entregar tus cuevas al primero que llegue. Sin embargo, si tienes un interés decidido...
--No--dijo el contrabandista, a quien la reflexión de Hullin sobre las cuevas había impresionado--; no, si se piensa bien, no te falta razón. Juan Claudio, dispongo de varios hombres con buenas armas; defenderemos el Falkenstein, y si se presenta la ocasión de dar un balazo, así estaré más libre.
--Entonces, ¿es asunto concluido y perfectamente comprendido?--preguntó Hullin.
--Sí, sí; comprendido.
--Pues bien, compañeros--exclamó el animoso jefe con voz alegre--; vamos a calentarnos con unos vasos de buen vino. Son las diez; que cada uno se marche a su aldea y se procure provisiones. Mañana por la mañana, a más tardar, es preciso que todos los desfiladeros se hallen perfectamente defendidos.
Los reunidos salieron de la cabaña, y Hullin, en presencia de todo el mundo, nombró a Labarbe, a Jerónimo y a Piorette, jefes de los puertos; luego ordenó a los naturales de las orillas del Sarre que se congregasen lo más pronto posible cerca de la finca de «El Encinar» llevando hachas, picos y fusiles.
--Saldremos a las dos--les dijo Juan Claudio--, y acamparemos en el Donon, enmedio del camino. Mañana, a primera hora, comenzaremos la tala.
Hullin quedose un momento hablando con Materne y sus hijos Frantz y Kasper, advirtiéndoles que la batalla seguramente comenzaría en el Donon y que se necesitaban por este lado buenos tiradores, lo cual fue oído por aquéllos con gran complacencia.
La señora Lefèvre nunca había sido más feliz; cuando subió al carro que la esperaba, besó a Luisa y le dijo al oído:
--Todo va bien... Juan Claudio es un hombre...; todo lo prevé... y sabe arrastrar a la gente... Yo, que le conozco hace cuarenta años, estoy asombrada.
Y luego, volviéndose, exclamó:
--Juan Claudio, abajo nos espera un jamón y algunas botellas de vino añejo, que no se beberán los alemanes.
--No, Catalina, no se las beberán. Vámonos; aquí estoy.
Pero en el momento de ir a dar el latigazo y cuando numerosos campesinos trepaban ya por la ladera para regresar a sus aldeas, se vio asomar muy lejos, en el sendero de Trois-Fontaines, un hombre alto, delgado, cabalgando en una jaca grande y roja, con una gorra de piel de conejo, de visera ancha y baja, metida hasta los hombros, dejando ver sólo la nariz. Un hermoso perro de caza negro saltaba junto a él, y los faldones de su desmesurada levita se movían como si fuesen alas. Todo el mundo exclamó:
--Es el doctor Lorquin, el del llano, el que cura gratis a los pobres; viene con su perro _Plutón_; es una excelente persona.
En efecto, era él, que llegaba trotando y dando voces:
--¡Alto!... ¡Quietos!... ¡Alto!
Y su cara roja, sus ojos vivos y abultados, su barba de un color rojizo obscuro, sus anchas y encorvadas espaldas, su caballo y su perro, todo aquello hendía el aire y crecía a ojos vistas. En dos minutos llegó al pie de la sierra, atravesó el prado y desembocó por el puente a la choza. Y, con voz entrecortada por la falta de aliento, comenzó a decir en seguida:
--¡Ah, los taimados! ¡Pues no quieren entrar en campaña sin mí! ¡Ya me lo pagarán!
Y dando golpes en una arquita que llevaba a la grupa, añadió:
--Esperad, amigos míos, esperad; llevo aquí dentro algo que ya sabéis lo que es: aquí traigo cuchillos pequeños y grandes, redondos y puntiagudos, para atrapar las balas, los cascos de granada y la metralla de diferente clase que os van a regalar.
Y, dicho esto, el médico prorrumpió en una carcajada estentórea; todos los que escuchaban sintieron un momentáneo escalofrío.
Habiendo conseguido dar aquella broma agradable, el doctor Lorquin añadió en tono más serio:
--Hullin, yo debía tirar a usted de las orejas. ¿Por qué, cuando se trata de defender la patria, no se acuerda de mí? He tenido que enterarme por otras personas. Y, sin embargo, me parece que un médico no está aquí de más. Eso no se lo perdono.
--Excúseme usted, doctor; he hecho mal--dijo Hullin estrechándole la mano--. ¡Pero han pasado tantas cosas desde hace ocho días!... ¡Siempre se le olvida a uno algo! Y, además, un hombre como usted no necesita que le requieran para cumplir con su deber.
Apaciguose el doctor y dijo:
--Todo eso está bien y es cierto; pero no impide que yo, por culpa suya, llegue tarde; los buenos puestos ya están tomados, y distribuidas las cruces. Vamos a ver, ¿dónde está el general, para presentarle mis quejas?
--Soy yo.
--¡Oh!, ¡oh! ¿De veras?
--Sí, doctor, yo soy, y le nombro nuestro médico mayor.
--¡Médico mayor de los guerrilleros de los Vosgos! ¡Bien; eso me agrada! Lo olvido todo, Juan Claudio.
Y, acercándose al carruaje, el doctor dijo a Catalina que contaba con ella para organizar las ambulancias.
--Esté usted tranquilo, doctor--respondió la labradora--; todo estará dispuesto; Luisa y yo vamos a ocuparnos del asunto a partir de esta noche; ¿no te parece, Luisa?
--¡Sí, sí, mamá!--exclamó la joven, entusiasmada al ver que se iba decididamente a la guerra--; vamos a trabajar muchísimo; pasaremos la noche velando, si es preciso. El señor Lorquin quedará satisfecho.
--¡Pues bien! ¡En marcha! Usted comerá con nosotros, doctor.
El carro partió al trote. Mientras le seguía, el animoso doctor contó a Catalina cómo había sabido la noticia de la sublevación general, la desolación de su ama de llaves, la anciana María, que no quería dejarle ir a matarse con los _kaiserlicks_; en fin, los diferentes episodios de su viaje desde Quibolo hasta la aldea de Charmes. Hullin, Materne y sus hijos iban algunos pasos más atrás, con la carabina al hombro, y de este modo subieron la ladera y se dirigieron hacia la granja de «El Encinar».
IX
Fácilmente puede imaginarse la animación de la granja, las idas y venidas de los criados, los gritos de entusiasmo de todo el mundo, el chocar de vasos y tenedores, y la alegría que reflejaban aquellos rostros cuando Juan Claudio, el doctor Lorquin, los Materne y cuantos habían acompañado al carruaje de Catalina se instalaron en la amplia sala, alrededor de un magnífico jamón, y se pusieron a celebrar sus futuros triunfos con la jarra en la mano.
Era precisamente un martes, día de amasar en la granja.
La cocina, desde por la mañana, estaba hecha un ascua de oro; Duchêne, el viejo aperador, en mangas de camisa y con su gorro de algodón metido hasta las orejas, sacaba del horno innumerables panecillos, cuyo buen olor llenaba toda la casa. Anita los tomaba e iba apilándolos en un rincón del hogar. Luisa servía a los convidados, y Catalina Lefèvre lo vigilaba todo, diciendo de vez en cuando:
--Daos prisa, hijos míos, daos prisa. La tercera hornada debe estar acabada cuando lleguen los del Sarre. Ya sabéis que tocan a seis libras de pan por hombre.
Hullin, desde su sitio, veía a la anciana labradora ir y venir.
--¡Qué mujer!--se decía--, ¡qué mujer! ¡Vaya usted a encontrar dos semejantes en toda la comarca! ¡A la salud de Catalina Lefèvre!
--¡A la salud de Catalina!--respondían los demás.
Chocaban los vasos unos contra otros, y se reanudaban las conversaciones de combates, ataques y atrincheramientos. Todos se sentían poseídos de una ciega confianza, todos se decían para sus adentros: «¡Esto marcha bien!»
Pero el cielo les reservaba en aquel día una satisfacción aún mayor, sobre todo a Luisa y a la señora Lefèvre. Hacia mediodía, cuando un hermoso sol de invierno blanqueaba la nieve y fundía la escarcha de los cristales, y cuando el arrogante gallo rojo, sacando la cabeza del gallinero y moviendo las alas, lanzaba su grito triunfal, que repetían los ecos del Valtin, de repente el perro de la puerta, el viejo _Johan_, que estaba completamente mellado y casi ciego, prorrumpió en aullidos tan alegres y al mismo tiempo tan lastimeros, que todo el mundo prestó atención.
Era el momento de mayor animación en la cocina; la tercera hornada salía del horno, y, no obstante, todos, hasta Catalina Lefèvre, suspendieron el trabajo.
--Algo sucede--dijo la labradora en voz baja.
Y luego añadió muy conmovida:
--Desde que se marchó mi hijo, _Johan_ no ha aullado así.
En aquel instante se oyeron pasos ligeros que atravesaban el patio. Luisa corrió a la puerta, gritando: «¡Es él, es él!» Y casi al mismo tiempo, una mano agitada buscaba el pestillo; abriose la puerta y apareció en el umbral un soldado, pero un soldado tan flaco, tan moreno y escuálido, con un capote gris con botones de estaño tan viejo y raído, con unas altas polainas tan destrozadas, que todos los allí presentes quedáronse, al verle, sobrecogidos.
El soldado parecía no poder dar un paso más, y muy despacio dejó caer el fusil con la culata hacia el suelo. La punta de la nariz del recién llegado--la nariz de la señora Lefèvre--relucía como el bronce; sus rubios bigotes temblaban; cualquiera hubiera pensado en uno de esos gavilanes grandes y flacos a los que el hambre lleva a las puertas de los establos en invierno. El soldado contemplaba la cocina, muy pálido, a través del color moreno de sus mejillas, con los hundidos ojos llenos de lágrimas y sin poder dar un paso ni decir una palabra.
Fuera, el viejo perro saltaba, aullaba, sacudía la cadena; dentro se oía la llama chisporrotear: tan profundo era el silencio; pero, en seguida, Catalina Lefèvre, con voz desgarradora, exclamó:
--¡Gaspar!... ¡Hijo mío!... ¿Eres tú?
--¡Sí, madre!--respondió el soldado en voz baja y como si le ahogara la emoción.
Y en el mismo momento Luisa comenzó a sollozar, mientras que en la amplia sala se levantaba un ruido ensordecedor.
Todos los amigos se acercaron al recién llegado, con el señor Juan Claudio al frente, gritando: «¡Gaspar! ¡Gaspar Lefèvre!»
Al aproximarse vieron que madre e hijo se besaban: aquella mujer tan enérgica, tan decidida, lloraba a lágrima viva: Gaspar no lloraba, sostenía a su madre junto a su pecho, mezclándose sus bigotes rubios con los cabellos grises de la anciana, mientras murmuraba:
--¡Madre!... ¡Madre!... ¡Ah! ¡Cuántas veces he pensado en ti!
Luego, con voz más firme, añadió:
--¡Luisa! ¡Yo he visto a Luisa!...
Y Luisa se arrojó en sus brazos, cambiando entre ambos muchos besos.
--¡Ah! ¡No me has reconocido, Luisa!
--¡Oh, sí!; ¡oh, sí!; te he reconocido en seguida, por tus pasos.
El anciano Duchêne, con el gorro de algodón en la mano, cerca del hogar, tartamudeaba:
--¡Santo Dios!... ¿Es posible?... ¡Pobre muchacho..., cómo viene!...
El aperador había criado a Gaspar y se lo imaginaba siempre, desde que se marchó, rozagante y mofletudo, vistiendo un uniforme nuevo con adornos encarnados. Y al verle de distinto modo, todas sus ideas habían venido a tierra.
En tal momento Hullin, alzando la voz, dijo:
--¿Y nosotros, Gaspar, nosotros, tus antiguos amigos? ¿Nos vas a dejar en blanco?
Entonces el muchacho se volvió y prorrumpió en un grito de entusiasmo:
--¡Hullin! ¡El doctor Lorquin! ¡Materne! ¡Todos, todos, aquí están todos!
Y comenzaron de nuevo los abrazos; pero ahora más alegres, con risotadas y apretones de manos que no acababan nunca.
--¡Ah, doctor, es usted! ¡Ah, querido papá Juan Claudio!
Todos se miraban hasta el fondo de los ojos, y en los rostros rebosaba la alegría; cogidos del brazo unos y otros, hablaban e iban de acá para allá en la sala; la señora Catalina con la mochila, Luisa con el fusil, Duchêne con el saco, continuaban riendo, secándose los ojos y las mejillas; nunca se había visto nada semejante.
--¡Sentémonos!... ¡Bebamos!--exclamó el doctor Lorquin--; ésta es la corona de la fiesta.
--¡Ah, querido Gaspar, cuán contento estoy de verte sano y salvo!--decía Hullin--. ¡Eh!, ¡eh!, sin que esto sea adularte; más me agrada verte así que cuando tenías la cara redonda y colorada. ¡Ahora estás hecho un hombre, pardiez! Me recuerdas a los veteranos de mi tiempo, a los del Sambre, a los de Egipto. ¡Bah, bah, bah! No teníamos los carrillos hinchados ni estábamos relucientes de grasa; mirábamos como las ratas hambrientas cuando ven un queso, y teníamos los dientes largos y limpios.
--Sí, sí, no me extraña, papá Juan Claudio--respondía Gaspar--. Sentémonos; así se puede hablar más cómodamente. ¡Ah, vaya! ¿y por qué están todos ustedes aquí?
--Pero ¿cómo? ¿No sabes nada? ¡Toda la comarca se ha levantado, desde el Houpe hasta San Salvador, para la defensa!
--Sí, el anabaptista del Painbach me ha dicho algo cuando pasé; ¿y es cierto?
--¡Completamente cierto! Todo el mundo toma parte en el alzamiento, y yo soy el general en jefe.
--¡Perfectamente, perfectamente! ¡Con mil demonios! ¡Que esos granujas de _kaiserlicks_ no caigan sobre nosotros sin llevar su merecido, me parece muy bien! ¡Bah! Deme uste el cuchillo. Es igual; ¡qué bien se encuentra uno en su casa! ¡Eh, Luisa! ¡Ven y siéntate un momento aquí! ¡Mire usted, papá Juan Claudio, con esta personilla a un lado, el jamón al otro y la jarra en frente, en menos de quince días me reponía completamente; no me reconocían los camaradas de la compañía!
Todos se habían sentado y veían con admiración al valiente muchacho cortar, despedazar, empinar el codo, mirar luego a Luisa y a su madre con ojos tiernos, y contestar a unos y otros sin perder bocado.