La invasión o El loco Yégof

Chapter 3

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--¡El hospital!... ¿Qué es un hospital..., qué son diez hospitales... para cincuenta mil heridos? Todos los hospitales, desde Maguncia y Coblenza hasta Falsburg, se hallan abarrotados. Además, esa maldita enfermedad, el tifus, Hullin, mata más gente que las balas. Todas las aldeas del llano, en veinte leguas a la redonda, están infestadas: las gentes mueren como moscas. Afortunadamente, hace tres días que la ciudad se halla en estado de sitio y se van a cerrar las puertas para que no entre nadie. Por mi parte, he perdido a mi tío Cristián y a mi tía Isabel, que eran personas tan sanas y fuertes como usted y como yo, maestro Juan Claudio. Por último, el frío ha llegado y la noche pasada ha escarchado.

--¿Y los heridos se han quedado en medio de la calle toda la noche?

--No; han llegado de Saverne esta mañana, y dentro de una o dos horas, así que los caballos descansen, se pondrán en camino para Sarreburg.

En aquel momento el sargento, que acababa de restablecer el orden en los carros, entró frotándose las manos.

--¡Vaya, vaya! El tiempo refresca; papá Wittmann, ha hecho usted bien encendiendo la estufa, ¡Una copita de coñac para disipar la niebla! ¡Ején, ején!

Sus arrugados ojuelos, su nariz de pico de cuervo, los pómulos de sus mejillas separados de la nariz por dos grandes pliegues parecidos a dos trazos que iban a perderse en una extensa rubicundez imperial, todo reía en la fisonomía del viejo soldado, todo revelaba un carácter animoso y jovial. Era el suyo un verdadero tipo militar, tostado por el sol, curtido por el aire, lleno de franqueza y no exento de cierta astucia socarrona; el gran chaleco que llevaba, el recio capote gris-acero, el tahalí, las charreteras, parecían formar parte de su persona. No hubiera sido posible imaginárselo de otro modo.

El sargento iba y venía de un lado a otro por la sala y seguía frotándose las manos, mientras que Wittmann le servía una copita de aguardiente; Hullin, sentado cerca de la ventana, había visto desde el primer instante el número del regimiento a que el veterano pertenecía: el 6.º de infantería ligera; Gaspar, el hijo de la señora Lefèvre, servía en aquel regimiento. Juan Claudio iba, pues, a tener noticias del novio de Luisa; pero en el momento de hablar comenzó a latir su corazón con violencia. ¡Y si Gaspar hubiese muerto! ¡Y si hubiera perecido como tantos otros!

El buen almadreñero quedose como ahogado y se calló. «Más vale--pensó luego--no saber nada.»

Sin embargo, al cabo de algunos instantes, no pudo contenerse.

--Mi sargento--le dijo con voz enronquecida--, ¿usted es del sexto ligero?

--Del mismo, ciudadano--replicó el otro volviéndose en medio de la sala.

--¿No conoce usted a uno que se llama Gaspar Lefèvre?

--¡Gaspar Lefèvre!, de la segunda del primero; ¡demonio, vaya si le conozco! Yo he sido quien le ha enseñado a llevar las armas; ¡un magnífico soldado, pardiez! ¡Duro para la fatiga!... ¡Si tuviéramos cien mil de esa clase!...

--Entonces, ¿vive?, ¿está bien?

--Sí, ciudadano; pero hace ocho días que yo dejé el regimiento en Fredericsthal para escoltar este convoy de heridos...; usted comprende, la cosa está que arde..., y no puedo responder de nada; cuando menos se piense, cualquiera de nosotros puede recibir el pasaporte. Ahora hace ocho días, en Fredericsthal, el 15 de diciembre, Gaspar Lefèvre respondía a la llamada.

Juan Claudio respiró.

--Pero, entonces, mi sargento, hágame usted el favor de decirme por qué Gaspar no ha escrito hace dos meses.

El veterano sonrió y sus ojillos pestañearon.

--¡Ah!; vaya, ciudadano, ¿por ventura cree usted que no hay otra cosa que hacer sino escribir cuando se va de camino?

--No; yo he servido también; he hecho las campañas de Sambre y Mosa, de Egipto y de Italia; pero eso no me impedía mandar noticias.

--Un momento, compañero--interrumpió el sargento--; he estado en Egipto e Italia como usted, pero la campaña que acabamos de terminar es completamente especial.

--¡Qué! ¡Ha sido muy dura!

--¡Dura! Era preciso ser de bronce para no dejarse allí los huesos. Todo se ha vuelto contra nosotros: las enfermedades, los traidores, los campesinos, la gente de la ciudad, nuestros aliados; en fin, todo. De nuestra compañía, que se hallaba completa cuando salimos de Falsburg, el 21 de enero último, no han vuelto mas que treinta y dos hombres. Me parece que Gaspar Lefèvre es el único recluta que queda. ¡Los pobres reclutas se baten muy bien, pero no tienen costumbre de salvar la pelleja y se deshacen como la manteca en la sartén!

Y diciendo esto, el viejo sargento se acercó al mostrador y se bebió la copita de un solo trago.

--¡A vuestra salud, ciudadano! ¿Acaso es usted el padre de Gaspar?

--No, soy un pariente.

--¡Pueden ustedes jactarse de ser fuertes en la familia! ¡Vaya un ejemplar de hombre de veinte años! Así, a pesar de todo, él ha podido resistir, mientras que los otros caían por docenas.

--Pero no veo--añadió Hullin, después de un momento de silencio--lo que tiene de particular la última campaña, porque también nosotros hemos tenido enfermedades y traidores.

--¡De particular!--exclamó el sargento--; ¡todo era particular! En otras ocasiones, usted debe recordarlo si ha hecho la guerra de Alemania, después de una o dos victorias se había acabado todo; la gente nos recibía bien; bebíamos vino blanco, comíamos chucruta y jamón en compañía de los pacíficos ciudadanos, bailábamos con sus gordas mujeres. Los maridos, los abuelos, se reían de buena gana, y cuando se marchaba el regimiento todo el mundo lloraba conmovido. Pero ahora, después de Lutzen y Bautzen, en vez de tranquilizarse, la gente le recibía a uno con cara de mil demonios; no se podía obtener nada sino por la fuerza; cualquiera hubiera dicho que estábamos en España o en Vendée. No sé lo que se les ha metido en la cabeza contra nosotros. ¡Y si hubiéramos sido sólo franceses, si no hubiésemos tenido que luchar con esa ralea de sajones y demás aliados que no esperaban mas que el momento de arrojarse sobre nosotros, hubiéramos escapado bien a pesar de todo, a pesar de ser uno contra cinco! ¡Pero los aliados! ¡No me hable usted de los aliados! Mire usted: en Leipzig, el 18 de octubre último, en plena batalla, los aliados se volvieron contra nosotros y nos fusilaron por la espalda. ¡Eso hicieron nuestros buenos amigos los sajones! Ocho días después, nuestros antiguos y excelentes amigos los bávaros tratan de cortarnos la retirada y hay que pasarlos a cuchillo en Hanau. Al día siguiente, cerca de Francfort, se presenta otra columna de buenos amigos, que hay que exterminar. En fin, mientras más se matan, más salen. Y henos ahora de este lado del Rin. Seguramente, desde Moscú se han puesto en marcha contra nosotros amigos de tal calaña. ¡Ah! ¡Si lo hubiéramos previsto después de Austerlitz, Jena, Friedland y Wagram!

Hullin se había quedado muy pensativo.

--Y ahora, ¿en qué estamos, mi sargento?

--Estamos en que ha sido preciso repasar el Rin, y que todas nuestras plazas fuertes del otro lado se hallan bloqueadas. El 10 de noviembre pasado el príncipe de Neufchatel pasó revista al regimiento en Bleckheim; el tercer batallón ha disuelto sus efectivos en el segundo, y el cuadro recibió la orden de estar preparado para marchar al depósito. Cuadros no faltan; lo que faltan son hombres. Hace más de veinte años que se nos sangra por los cuatro costados; por consiguiente, nada de extraño tiene... Europa entera avanza... El emperador está en París trazando el plan de campaña,... en el supuesto que nos dejen respirar hasta la primavera...

En aquel momento, Wittmann, que se hallaba de pie cerca de la ventana, comenzó a decir:

--Aquí llega el gobernador, que viene a inspeccionar las talas que se hacen alrededor del pueblo.

En efecto; el comandante Juan Pedro Meunier, llevando un gran sombrero de picos y la faja tricolor a la cintura, atravesaba la plaza.

--¡Ah!--dijo el sargento--, voy a pedirle que firme la hoja de ruta. Perdón, ciudadano; me veo obligado a dejarle.

--Como usted quiera, mi sargento, y gracias. Si vuelve usted a ver a Gaspar, dígale que le lleva un abrazo de Juan Claudio Hullin y que esperamos noticias suyas en la aldea.

--Bien..., bien..., no dejaré de hacerlo.

El sargento salió, y Hullin vació su jarro, muy pensativo.

--Señor Wittmann--dijo al cabo de un momento--, ¿y mi paquete?

--Está preparado, maestro Juan Claudio.

Después, volviéndose hacia la puerta de la cocina, gritó:

--¡Gredel!... ¡Gredel! Trae el paquete de Hullin.

Una mujercita apareció y dejó en la mesa un rollo de pieles de carnero. Juan Claudio metió el palo que llevaba en el tubo que aquéllas formaban y se lo puso al hombro.

--¿Cómo? ¿Se va usted en seguida?

--Sí, Wittmann; los días son cortos, y los caminos, a través de los bosques, difíciles después de las seis; tengo que llegar a buena hora.

--Entonces, buen viaje, maestro Juan Claudio.

Hullin salió y atravesó la plaza apartando la vista del convoy, que estaba aún parado a la puerta de la iglesia.

Y el posadero, detrás de la ventana, al verle alejarse a buen paso, se decía:

--¡Qué pálido estaba cuando entró! No podía sostenerse sobre las piernas. ¡Es raro! Un hombre rudo, un veterano que se asusta de tan poca cosa. Por mi parte, ya puedo ver pasar cincuenta regimientos tendidos sobre los carros y me preocuparía tanto de ellos como de mi primera pipa.

IV

Mientras Hullin se enteraba del desastre de nuestros ejércitos y mientras se dirigía lentamente, cabizbajo y preocupado, hacia la aldea de Charmes, todo seguía su marcha acostumbrada en la granja de «El Encinar». Nadie pensaba ya en el extraño relato de Yégof, nadie se cuidaba de la guerra; el viejo Duchêne llevaba los bueyes al abrevadero; el pastor Robin removía la cama del ganado, y Anita y Juana desnataban las ollas de leche cuajada. Catalina Lefèvre, sola, seria y callada, pensaba en los pasados tiempos, mientras vigilaba con aspecto impasible las idas y venidas del pequeño mundo que la rodeaba. Aquella mujer tenía demasiada edad y era demasiado seria para olvidar en un día lo que le había tan vivamente conmovido. Al llegar la noche, después de la cena, Catalina marchose a la sala contigua, en la que se le oyó sacar el libro de apuntes del armario y colocarlo en la mesa para ajustar sus cuentas como de ordinario.

Luego los hombres comenzaron a cargar un carro de trigo, legumbres y aves de corral, porque al día siguiente había mercado en Sarreburg, y Duchêne tenía que salir al amanecer.

Imaginaos aquella amplia cocina con la gente a punto de acabar sus tareas, antes de marcharse a acostar; el enorme puchero negro, lleno de remolacha y patatas destinadas al ganado, humeando sobre un inmenso fuego de leña que se consumía formando tulipanes de oro y púrpura; los platos, las escudillas y las soperas reluciendo como soles en el vasar; las ristras de ajos y de cebollas bermejas colgadas en hilera de las obscuras vigas del techo, entre los jamones y las lonjas de tocino; Juana, con su papalina azul y su faldilla roja, agitando lo que contenía el puchero con un cucharón de madera; los jaulones de mimbres, en los que cacarean las gallinas con el rubio gallo, que pasa la cabeza entre los barrotes y mira la llama con ojo interrogante y la cresta caída encima de la oreja; el dogo _Michel_, de cabeza aplastada e hinchados carrillos, husmeando una escudilla olvidada; Dubourg, bajando la obscura escalera que cruje, a la izquierda, inclinado hacia adelante, con un saco sobre el hombro y el brazo arqueado, apoyado en la cadera, mientras que fuera, en medio de la negra noche, el anciano Duchêne, de pie en el carro, levanta la linterna y grita: «Este hace quince, Dubourg; faltan todavía dos.» También se ven, colgados de la pared, una liebre vieja y rubia, traída por el cazador Heinrich para venderla en el mercado, y un hermoso gallo, cuyas plumas tenían visos verdes y rojos, con el ojo empañado y una gota de sangre en la punta del pico.

Eran cerca de las siete y media cuando se oyó un ruido de pasos a la entrada del patio. El perro se adelantó hasta el umbral refunfuñando; mas al llegar allí respiró el viento de la noche, y después volvió tranquilamente a lamer de nuevo su escudilla.

--Debe de ser alguien de la casa--dijo Anita--, porque _Michel_ no se mueve.

Casi al mismo tiempo Duchêne gritó desde fuera:

--Buenas noches, maestro Juan Claudio. ¿Es usted?

--Sí, vengo de Falsburg y quiero descansar un momento antes de llegar a la aldea. Catalina ¿está ahí?

Entonces pudo verse al buen hombre aparecer a la luz con su ancho sombrero echado hacia atrás y el rollo de pieles de carnero al hombro.

--¡Buenas noches, hijos míos!--dijo Juan Claudio--, ¡buenas noches!... Siempre ocupados...

--Gracias a Dios, sí, señor Hullin, como usted ve--respondió Juana riendo--. Si no se tuviese nada que hacer, la vida sería demasiado aburrida.

--Es verdad, hija mía, es verdad: sólo el trabajo suele producir esos frescos colores y esos ojos tan grandes y vivos.

Juana iba a contestar cuando la puerta de la sala se abrió, y adelantose Catalina Lefèvre, dirigiendo a Hullin una mirada profunda como para adivinar de antemano las noticias que traía.

--Y bien, Juan Claudio, ¿ya está usted de vuelta?

--Sí, Catalina. Hay de todo: bueno y malo.

Ambos penetraron en la sala, que era una habitación alta y bastante grande cubierta de maderas hasta el techo, con armarios de roble provistos de brillantes herrajes, con una estufa en forma de pirámide que comunicaba con la cocina, un reloj antiguo que contaba los segundos, dentro de una caja de nogal, y un gran sillón de cuero, articulado por una cremallera, que había sido usado por diez generaciones de ancianos. Juan Claudio no entraba nunca en aquella sala sin recordar al abuelo de Catalina, a quien le parecía ver aún con la cabeza blanca, sentado en la sombra, detrás del hogar.

--¿Qué hay?--preguntó la labradora ofreciendo un asiento al almadreñero, que acababa de dejar el rollo de pieles en la mesa.

--Pues de Gaspar, las noticias son buenas; el muchacho está bien, aunque ha sufrido muchas penalidades... ¡Tanto mejor! ¡Así se forma la juventud!... Pero en cuanto a lo demás, Catalina, los asuntos van mal: ¡la guerra, la guerra!...

Hullin sacudió la cabeza; Catalina, con los labios contraídos, se sentó frente a él, muy derecha en la silla, con los ojos fijos y atentos, y dijo:

--¿De modo que la cosa está mal... decididamente... y tendremos la guerra aquí?

--Sí, Catalina; de un día a otro veremos llegar a los aliados a nuestras montañas.

--Lo sospechaba..., estaba segura de ello; pero hable usted, Juan Claudio.

Entonces Hullin, con los codos hacia adelante, las gruesas orejas rojas entre las manos y bajando la voz contó lo que había visto: las talas alrededor de la ciudad, la distribución de las baterías en las murallas, la publicación del estado de sitio, los carros de heridos en la plaza de armas, la conversación con el viejo sargento en casa de Wittmann y el resumen de la campaña. De vez en cuando hacía una pausa, y la anciana labradora entornaba los ojos lentamente como para grabar los hechos en su memoria. Cuando Juan Claudio habló de los heridos, la buena mujer murmuró en voz baja: «¡Gaspar se ha escapado de ésta!».

Por último, cuando acabose aquella lúgubre historia, hubo un largo silencio y ambos se miraron sin decir una palabra.

¡Cuántas reflexiones, cuán amargos sentimientos invadían sus almas!

Así que pasaron unos instantes, la anciana, sobreponiéndose a los terribles pensamientos que la embargaban, dijo gravemente:

--¿Ve usted, Juan Claudio, como Yégof no estaba equivocado?

--Sin duda, sin duda, no estaba equivocado--respondió Hullin--; pero ¿qué prueba eso? Un loco que va de pueblo en pueblo, que sube y baja de Alsacia a Lorena, que va de acá para allá, nada de extraño tiene que vea o que de cuando en cuando diga una verdad en medio de sus desvaríos. En su cabeza todo se embrolla, y los demás creen comprender lo que él mismo no comprende. Pero no se trata de historia de loco, Catalina. Los austriacos se acercan y lo que se trata de saber es si los dejaremos pasar o si tendremos el valor de defendernos.

--¡De defendernos!--exclamó la anciana, cuyas pálidas mejillas se estremecieron--. ¡Si nosotros tendremos el valor de defendernos! No es conmigo, Hullin, con quien tiene usted que hablar. ¡Cómo!... ¿Acaso valemos menos que nuestros antepasados? ¿Acaso ellos no se han defendido?... ¿No ha sido preciso exterminarlos a todos, hombres, mujeres y niños?

--Entonces, Catalina, ¿usted es partidaria de la defensa?

--¡Sí, sí..., en tanto que me quede un soplo de vida! ¡Que vengan, que vengan! ¡La vieja de las viejas aquí les espera!

Sus largos cabellos grises se agitaron, sus pálidas y contraídas mejillas se estremecieron y sus ojos despedían relámpagos. En aquel momento Catalina parecía hermosa, hermosa como la anciana Margarita de la que había hablado Yégof. Hullin le tendió la mano en silencio, sonriendo de entusiasmo, y dijo:

--¡Perfectamente, perfectamente!... En la familia somos siempre lo mismo. No puede usted negar quién es, Catalina; ya está usted en marcha; pero tenga un poco de tranquilidad y óigame. Nosotros vamos a luchar; pero ¿con qué medios?

--Con todos; todos son buenos: las hachas, las hoces, los bieldos...

--Desde luego; pero los mejores son los fusiles y las balas. Fusiles tenemos, porque todo campesino guarda el suyo encima de la puerta; pero, desgraciadamente, nos hacen falta pólvora y balas.

La anciana labradora se había tranquilizado súbitamente, y mientras recogía sus cabellos debajo de la cofia miraba hacia adelante, como al azar, con aire pensativo.

--Sí--añadió Catalina bruscamente--, pólvora y balas hacen falta, es verdad; pero ya tendremos. Marcos Divès, el contrabandista, tiene en abundancia; mañana irá usted a verle de mi parte, y le dirá que Catalina Lefèvre compra toda la pólvora y todas las balas de que disponga; que ella paga; que venderá su ganado, su granja, sus tierras..., todo..., todo, para adquirirla; ¿comprende usted, Hullin?

--Sí, comprendido; es muy hermoso lo que usted hace, Catalina.

--¡Bah! Muy hermoso..., muy hermoso--replicó la anciana--; es muy sencillo: ¡quiero vengarme! Esos austriacos, esos prusianos, esos hombres rubios que nos han exterminado otras veces..., yo los odio..., yo los detesto de padres a hijos. ¡Eso es! Usted comprará la pólvora y ese loco miserable verá si nosotros vamos a reedificar sus castillos.

Hullin comprendió por lo que oía que Catalina seguía pensando en la historia de Yégof; pero viendo cuán irritada estaba la anciana y pensando que sus propósitos contribuirían a la defensa del país, no hizo ninguna observación a este respecto, y dijo solamente:

--Entonces, Catalina, quedamos conformes; mañana iré a ver a Marcos Divès...

--Sí, compre usted toda la pólvora y todo el plomo que tenga. También convendría recorrer las aldeas de la sierra para comunicar a la gente lo que sucede y convenir con ellos una señal a fin de reunirse en caso de ataque.

--Esté usted tranquila--dijo Juan Claudio--; yo me encargo de eso.

Levantáronse los dos interlocutores y se dirigieron a la puerta. Hacía media hora que había cesado el ruido en la cocina: la gente de la granja se había ido a acostar. La anciana colocó la lámpara en una esquina del hogar y corrió los cerrojos. Fuera, el frío era intenso; el aire, tranquilo y límpido. Las cumbres de alrededor y los abetos del Jaegerthal se destacaban del cielo como masas obscuras o iluminadas. Lejos, bastante apartado de la ladera, un zorro aullaba en el valle del Blanru.

--¡Buenas noches, Hullin!--dijo la señora Lefèvre.

--¡Buenas noches, Catalina!

Juan Claudio alejose rápidamente por la cuesta de los brezos, y la labradora, después de contemplar durante un segundo, cerró la puerta.

Fácilmente se podrá imaginar la alegría de Luisa cuando supo que Gaspar se hallaba sano y salvo. La pobre joven no vivía desde hacía dos meses. Hullin tuvo buen cuidado de no mostrarle la negra nube que asomaba por el horizonte. Durante toda la noche la oyó Juan Claudio ir de un lado para otro en su cuartito, hablando a solas como si se felicitara a sí misma, pronunciando el nombre de Gaspar y abriendo cajones y cajas para buscar, sin duda, algunos recuerdos que le hablasen de amor.

Así el pajarillo, sorprendido por la tormenta, tiritando aún, comienza a cantar y a saltar de rama en rama, al salir al primer rayo de sol.

V

Cuando Juan Claudio Hullin, en mangas de camisa, abrió al día siguiente las ventanas de su casilla vio las montañas vecinas--el Jaegerthal, el Grosmann, el Donon--cubiertas de nieve. La primera aparición del invierno, ocurrida mientras dormimos, tiene algo de sorprendente: los viejos abetos, las rocas, cubiertas de musgo, que la víspera se adornaban de verdor y que ahora centellean llenas de escarcha, producen en el alma una tristeza indefinible. «Ha pasado otro año--nos decimos--, y otra vez tenemos que sufrir los rigores del tiempo antes que vuelva la primavera.» Y nos apresuramos a vestir la recia hopalanda y a encender el fuego. Las habitaciones obscuras se llenan de luz blanca, y por primera vez oímos a los gorriones, agazapados bajo los rastrojos, con las plumas erizadas, que gritan afuera: «Esta mañana no hay comida, no hay comida.»

Hullin se calzó sus recios zapatos herrados de doble suela, y sobre la chaqueta púsose un amplio jubón de paño buriel.

Juan Claudio oía en el techo los pasos de Luisa, que iba de un lado a otro en la buhardilla, y gritó:

--¡Luisa, me marcho!

--¡Cómo! ¿Se marcha usted hoy también?

--Sí, hija mía; tengo que salir, mis asuntos no han terminado.

Después, así que se hubo puesto un ancho sombrero de fieltro, subió la escalera y dijo en voz baja:

--Hija mía, tardaré algún tiempo en volver, pues tengo que ir bastante lejos; pero no te inquietes. Si alguien pregunta dónde estoy, le dices: «En casa del primo Matías, en Saverne.»

--¿No quiere usted almorzar antes de salir?

--No; me llevo un pedazo de pan y la calabacilla de aguardiente. Adiós, hija mía; alégrate, y piensa en Gaspar.

Y sin esperar que le hiciera nuevas preguntas, cogió su palo y salió de la casilla, dirigiéndose hacia la colina de los Abedules, a la izquierda de la aldea. No había pasado un cuarto de hora cuando Hullin la había recorrido y llegaba al sendero de las Tres Fuentes, que rodea el Falkenstein, siguiendo un murillo de piedra en seco. Las primeras nieves, que nunca se endurecen, comenzaban, con el ambiente húmedo de las cañadas, a fundirse y se deslizaban por el sendero. Hullin saltó el murillo para subir la pendiente. Y dirigiendo casualmente la mirada hacia la aldea, que se hallaba sólo a dos tiros de carabina, vio a algunas mujeres barrer delante de sus puertas y a algunos vejetes que se saludaban, mientras fumaban la primera pipa del día, junto al umbral de su chamizo. Aquella profunda tranquilidad de la vida, en contraste con los pensamientos que le agitaban, le impresionó, y siguiendo su camino muy preocupado se dijo: «¡Qué tranquilo está todo allá abajo!... Nadie sospecha nada, y, sin embargo, dentro de pocos días cuántos clamores, qué estruendo de descargas no hendirán los aires!»

Como de lo que se trataba en primer lugar era de procurarse pólvora, Catalina Lefèvre había puesto naturalmente los ojos en Marcos Divès, el contrabandista, y en su virtuosa esposa Hexe-Baizel.