Chapter 17
Al acabar aquel día, entre cuatro y cinco de la tarde, el cielo se encapotó; grandes nubes negras se elevaron por detrás de la cumbre del Grosmann; el Sol, rojo como una bala al salir de la fragua, lanzaba sus últimos rayos desde el horizonte cargado de brumas. El silencio en todo el ámbito de la peña era profundo. Luisa no daba señal alguna de vida; Kasper y Frantz conservaban una inmovilidad de piedra entre la maleza. Catalina Lefèvre, sentada en el suelo, con las agudas rodillas entre los brazos descarnados, las facciones rígidas y duras, los cabellos sueltos, que caían sobre sus verdosas mejillas, la vista huraña y el mentón apretado como un tornillo de carpintero, parecía una vieja sibila, sentada en medio de los brezos. Catalina había enmudecido. Hullin, Jerónimo, el anciano Materne y el doctor Lorquin se habían sentado alrededor de la labradora para morir juntos. Todos permanecían silenciosos, y los últimos rayos del crepúsculo iluminaban el grupo sombrío. A la derecha, detrás de una prominencia de la peña, se veían brillar, en el fondo del abismo, algunas hogueras de los alemanes. En tal situación, la labradora, saliendo del estupor en que se hallaba, murmuró de repente algunas palabras ininteligibles. Luego añadió en voz baja:
--¡Divès llega!... Le veo... Sale por la poterna que está a la derecha del arsenal... Gaspar le sigue y...
Catalina comenzó a hablar lentamente:
--¡Doscientos cuarenta hombres!--añadió--. Son guardias nacionales y soldados... Ya cruzan el foso... Ahora suben por detrás de la media luna... Gaspar habla con Marcos... ¿Qué le dice?
La anciana parecía que escuchaba.
--«¿Vamos pronto?» Sí, venid pronto... El tiempo vuela... ¡Ya están en la explanada!
Hubo un largo silencio; luego, de improviso, la anciana, poniéndose en pie completamente, con los brazos en alto, los cabellos erizados y la boca muy abierta, aulló de un modo terrible:
--¡Valor! ¡Sí, matad, matad!; ¡ah!, ¡ah!
Y cayó pesadamente al suelo.
Aquel espantoso grito despertó a toda la gente; los mismos muertos se hubieran despertado si lo oyeran. Los sitiados dijérase que renacían. Algo extraño había en el ambiente. ¿Era la esperanza, la vida, el espíritu? No sé; pero todos llegaban a cuatro pies, como los animales, conteniendo la respiración para mejor oír. Luisa también se movía lentamente y levantaba la cabeza. Frantz y Kasper se acercaron andando de rodillas, y, ¡cosa singular!, Hullin, hundiendo la mirada en las tinieblas del lado de Falsburgo, creyó ver el chisporroteo de unos disparos, como si se tratara de hacer una salida de la plaza.
Catalina había vuelto a tomar su primera actitud; pero sus mejillas, que un momento antes estaban inertes como una máscara de yeso, se estremecían convulsivamente, y su mirada parecía cubrirse con el velo del ensueño. Todos prestaban gran atención; hubiérase dicho que sus vidas pendían de los labios de la anciana. Así transcurrió un cuarto de hora, al cabo del cual la labradora prosiguió:
--Han atravesado las líneas enemigas... Corren hacia Lutzelburgo... Los veo... Gaspar y Divès van delante con Desmarets, Ulrich, Weber y los amigos de la ciudad... ¡Ya llegan, ya llegan!...
Y calló nuevamente; durante largo tiempo los guerrilleros permanecieron escuchando; pero la visión había pasado. Los segundos se sucedían unos a otros con la lentitud de los siglos, cuando de repente Hexe-Baizel comenzó a decir con agria voz:
--¡Está loca! No he visto nada... Yo conozco a Marcos y sé que se burla de nosotros. ¿Qué le importa a él que perezcamos aquí? ¡Con tal de que no le falte su botella de vino, sus embuchados y que pueda fumarse una pipa tranquilamente junto al fuego, lo demás le tiene sin cuidado! ¡Ah, bandido!
Todo volvió a sumirse en el silencio, y los guerrilleros, reanimados un instante con la esperanza de una salvación próxima, cayeron de nuevo en la desesperación.
--Ha sido un sueño--pensaban los desgraciados--. Hexe-Baizel tiene razón; estamos condenados a morir de hambre.
Mientras se sucedían estos hechos, iba la noche acercándose. Cuando la Luna salió tras los altos abetos alumbrando los tristes grupos de sitiados, Hullin era el único que velaba, presa de los ardores de la fiebre. A lo lejos, muy a lo lejos, en los desfiladeros, oía la voz de los centinelas alemanes que gritaban: _Wer da!_, _Wer da!_, o bien percibía el rumor de las rondas del vivaque al atravesar los bosques, o el agudo relincho de los caballos atados que pateaban el suelo y los gritos de sus guardianes. Hacia la media noche, el valiente guerrillero concluyó por dormirse como los demás. Cuando se despertó, el reloj de la aldea de Charmes daba las cuatro. Hullin, al oír aquellas lejanas vibraciones, salió de su amodorramiento; abrió los ojos, y como mirase sin conciencia de lo que hacía, tratando de evocar sus recuerdos, el vago resplandor de una antorcha pasó ante su vista; el guerrillero sintió miedo y se dijo:
--¿Me habré vuelto loco? La noche está obscurísima, y, sin embargo, veo luces...
Volvió a aparecer la llama. Hullin la miró mejor y se levantó bruscamente, apoyando la mano, durante algunos segundos, en su contraída faz. Por último, dirigió al azar una mirada y vio distintamente una hoguera en la cumbre del Giromani, al otro lado del Blanru, una hoguera que barría el cielo con su ala púrpura y retorcía la sombra de los abetos proyectada en la nieve. Y recordando que aquella señal era la convenida entre él y Piorette para anunciar un ataque, comenzó a temblar de pies a cabeza, su rostro cubriose de sudor y, marchando en la obscuridad a tientas, como un ciego, con los brazos extendidos, balbuceó:
--¡Catalina!... ¡Luisa!... ¡Jerónimo!
Pero nadie le respondió, y después de manotear en el vacío, creyendo que andaba, cuando en realidad no daba un paso, el desdichado guerrillero cayó al suelo, exclamando:
--¡Hijos míos!... ¡Catalina!... ¡Ya vienen!... ¡Nos hemos salvado!...
En el mismo momento oyose un vago rumor; parecía que los muertos resucitaban; luego resonó una carcajada seca: era Hexe-Baizel, que se había vuelto loca de sufrimiento.
Más tarde, Catalina exclamó:
--Hullin... Hullin... ¿Quién ha hablado?
Juan Claudio, repuesto de la emoción, dijo con acento firme:
--Jerónimo, Catalina, Materne y vosotros todos, ¿estáis muertos? ¿No veis aquella hoguera, más allá del Blanru? Es Piorette, que viene a socorrernos.
Y en el mismo instante una profunda detonación repercutió en los desfiladeros del Jaegerthal, como ruido de tormenta. La trompeta del juicio final no hubiera producido mayor efecto entre los sitiados, que despertaron repentinamente.
--¡Es Piorette! ¡Es Marcos!--gritaban voces cascadas y secas, voces de esqueletos--. ¡Vienen a socorrernos!
Todos trataban de incorporarse; algunos sollozaban, pero de sus ojos habían huido las lágrimas. Una segunda detonación les puso en pie.
--¡Son descargas cerradas!--exclamó Hullin--; los nuestros hacen también fuego por descargas; ¡tenemos tropas de línea! ¡Viva Francia!
--Sí--contestó Jerónimo--; la señora Lefèvre tenía razón; los de Falsburgo acuden a socorrernos; ya bajan por las colinas del Sarre, y, mientras tanto, Piorette ataca por el lado del Blanru.
En efecto; el tiroteo empezaba por ambos lados a la vez, hacia la meseta de «El Encinar» y las alturas de Kilberi.
Entonces los dos jefes se abrazaron, y cuando marchaban a tientas en medio de la profunda noche tratando de llegar al borde de la peña, oyose la voz de Materne que les gritaba:
--¡Tened cuidado, que ahí está el precipicio!
Detuviéronse, mirando a sus pies, pero no vieron nada. Una corriente de aire frío, que subía del abismo, era lo único que les reveló el peligro. Las cumbres y desfiladeros de los alrededores estaban envueltos en tinieblas. A ambos lados de la ladera de enfrente, el resplandor de los disparos pasaba como la luz del relámpago, iluminando ya una vieja encina, ya el negro perfil de una peña, ya un pequeño matorral, y los grupos de hombres que iban y venían como en medio de un incendio. Se oía a dos mil pies más abajo, en las profundidades del desfiladero, sordos rumores, galope de caballos, clamores y voces de mando. De vez en cuando, el grito del serrano que llama, ese grito prolongado que va de una cumbre a otra, «¡Eh!, ¡oh!, ¡eh!», se elevaba hasta el Falkenstein como un suspiro.
--Es Marcos--decía Hullin--; es la voz de Marcos.
--Sí, es Marcos, que nos recomienda que tengamos valor--añadía Jerónimo.
Los demás, sentados alrededor de los jefes, con el oído atento y las manos en el borde de la peña, miraban al abismo. Las descargas continuaban con gran viveza, lo que revelaba el encarnizamiento de la batalla; pero era imposible ver nada. ¡Oh! ¡Cómo hubieran querido los pobres sitiados tomar parte en aquella lucha suprema! ¡Con qué ardor se hubieran precipitado al combate! El temor de ser otra vez abandonados, de ver a sus defensores en retirada al llegar el día, les tenía mudos de espanto.
Mientras tanto, comenzaba a nacer el día; el pálido crepúsculo se asomaba tras las negras cumbres; algunos rayos descendían hasta los valles tenebrosos, y media hora después se plateaban las brumas del abismo. Hullin dirigió una mirada por los intersticios de las nubes y pudo reconocer la posición. Los alemanes habían perdido la altura del Valtin y la meseta de «El Encinar» y estaban agrupados en el valle de Charmes, al pie del Falkenstein, a un tercio de la ladera, para no ser dominados por el fuego de sus adversarios. Frente a la peña, Piorette, dueño de «El Encinar», levantaba barricadas con troncos de árboles en la pendiente de Charmes. Con la pipa en la boca, con el sombrero metido hasta las orejas y la carabina en bandolera, iba y venía de uno a otro lado. Brillaban a la luz del Sol naciente las hachas azuladas de los leñadores. A la izquierda de la aldea, en la ladera del Valtin y en medio de los matorrales, Marcos Divès, montado en un caballejo negro de larga cola, con su espadón colgando del puño, señalaba las ruinas y el camino de _schlitte_. Un oficial de infantería y algunos guardias nacionales, con uniformes azules, le escuchaban; Gaspar Lefèvre solo, delante del grupo, y apoyado en el fusil, parecía meditabundo. Por su actitud se comprendía cuán enérgicas eran las resoluciones que formaba para el momento del ataque. Por último, en la cumbre de la colina, junto al bosque, doscientos o trescientos hombres formados en filas, con el fusil en descanso, también miraban.
Al ver tan escaso número de defensores oprimióseles el corazón a los sitiados, tanto más cuanto que los alemanes, siete u ocho veces superiores en número, comenzaban a formar dos columnas de ataque para tornar de nuevo las posiciones perdidas. El general enemigo enviaba ayudantes a diferentes lados transmitiendo órdenes, y las bayonetas empezaban a desfilar.
--¡Esto ha concluido!--dijo Hullin a Jerónimo--. ¿Qué pueden hacer quinientos o seiscientos hombres contra cuatro mil en línea de batalla? Los falsburgueses volverán a sus casas diciendo: «¡Hemos cumplido con nuestro deber!», y Piorette será destrozado.
Todos los sitiados pensaban lo mismo; pero lo que colmó su desesperación fue ver de repente una larga fila de cosacos desembocar en el valle de Charmes a galope tendido, con el loco Yégof a la cabeza, volando como el viento; su barba, la cola de su caballo, su piel de perro y su roja cabellera hendían el aire. El loco miraba hacia la peña y blandía la lanza por encima de su cabeza. Desde el fondo del valle se dirigió derechamente hacia el Estado Mayor enemigo, y cuando llegó delante del general hizo algunos gestos señalando al otro lado de la meseta de «El Encinar».
--¡Ah, bandido!--exclamó Hullin--. Está diciendo que Piorette carece de defensas por aquel lado y que es preciso rodear la montaña.
En efecto; una columna se puso inmediatamente en marcha en tal dirección, mientras que otra se dirigía a los parapetos para despistar a los sitiados sobre el movimiento de la primera.
--Materne--gritó Juan Claudio--. ¿No habría medio de darle un tiro a ese loco?
El anciano cazador movió la cabeza y dijo:
--No; es imposible; está fuera de alcance.
En aquel momento Catalina dejó escapar un grito feroz, que asemejose al graznido de un gavilán.
--¡Aplastémosles!... ¡Aplastémosles como en el Blutfeld!
Y aquella anciana, que un momento antes parecía tan débil, se arrojó sobre una enorme piedra y la levantó con ambas manos; luego, adelantándose con paso firme--sueltos los largos cabellos grises, la nariz aguileña hundida en sus contraídos labios, las mejillas tersas y el cuerpo doblado--, llegó hasta el borde del abismo y lanzó la piedra al vacío, en que describió una curva inmensa.
Oyose un estruendo horrible debajo; saltaron trozos de abetos en infinitas direcciones, y la enorme piedra rebotó a unos cien pasos con nuevo ímpetu, descendió luego una rápida pendiente, y de un último salto fue a caer sobre Yégof, aplastándole a los mismos pies del general enemigo. Todo ello fue obra de escasos segundos.
Catalina, de pie en el filo de la peña, reía con risa estridente que no tenía fin.
Y los demás, aquellos hombres que parecían fantasmas, como animados de una vida nueva, se precipitaron sobre las ruinas del viejo _burgo_ gritando:
--¡A muerte! ¡A muerte!... ¡Aplastémosles como en el Blutfeld!
Nunca se vio una escena más terrible. Aquellos seres que se hallaban a las puertas del sepulcro, secos y descarnados como esqueletos, volvían a recobrar sus fuerzas para la matanza. No vacilaban ni estaban entorpecidos; cada cual cogía su piedra y la arrojaba al precipicio, volviendo a coger otra sin perder tiempo y sin mirar siquiera lo que pasaba debajo.
Ya puede imaginarse cuál sería el estupor de los _kaiserlicks_ ante aquel diluvio de escombros y piedras. Al sentir el ruido que hacían los peñascos saltando por encima de la maleza y los macizos de árboles, los atacantes se volvieron y quedáronse como petrificados, al principio; mas levantando los ojos hacia arriba y viendo que descendían sin cesar piedras y más piedras, y contemplando en lo alto unos espectros que iban y venían, alzaban los brazos, arrojaban proyectiles y volvían a comenzar la tarea, al ver a sus camaradas destrozados, pues había filas de quince o veinte hombres aniquilados de un solo golpe, un grito inmenso resonó en el valle de Charmes hasta el Falkenstein, y, a pesar de las imprecaciones de los jefes, no obstante el fuego de fusilería que comenzaba a derecha e izquierda, los alemanes iniciaron la desbandada para escapar a aquella horrible muerte.
En lo más fuerte de la derrota, el general enemigo logró rehacer un batallón y que marchara al paso hacia la aldea.
Aquel hombre, tranquilo en medio del desastre, tenía algo de grande y de digno. A veces se volvía con aire sombrío para mirar cómo caían las rocas, que dejaban claros sangrientos en sus filas.
Juan Claudio lo observaba, y a pesar del entusiasmo del triunfo, a pesar de la certeza de haber escapado al hambre, el viejo soldado no podía substraerse a un sentimiento de admiración.
--Mira--dijo a Jerónimo--; hace como nosotros al volver del Donon y del Grosmann; se queda el último y no cede el terreno sino palmo a palmo. Decididamente, hay hombres valerosos en todas partes.
Marcos Divès y Piorette, testigos de aquel golpe de audacia, descendían atravesando los pinares, para cortar la retirada al general enemigo; pero no pudieron conseguirlo. El batallón, reducido a la mitad, formó el cuadro detrás de la aldea de Charmes y subió lentamente por el valle del Sarre, deteniéndose de vez en cuando, como un jabalí herido que hace frente a la jauría, cuando los hombres de Piorette o los de Falsburgo le hostigaban mucho.
Así terminó la gran batalla del Falkenstein, conocida en la sierra con el nombre de _Batalla de las Peñas_.
XXVI
Apenas hubo terminado el combate, cerca de las ocho, Marcos Divès, Gaspar y unos treinta guerrilleros subieron al Falkenstein con banastas llenas de víveres. ¡Qué espectáculo les esperaba allí! Todos los sitiados, tendidos en el suelo, parecían muertos. Por mucho que se les sacudía, por muy fuerte que se les gritaba en los oídos: «¡Juan Claudio!... ¡Catalina!... ¡Jerónimo!», no respondían. Gaspar Lefèvre, viendo a su madre y a Luisa inmóviles y con los dientes apretados, dijo a Marcos que si ellas no volvían en sí se levantaría la tapa de los sesos con su fusil. Marcos respondió que cada cual era libre de hacer lo que quisiera; pero que, por su parte, no estaba dispuesto a darse un tiro por Hexe-Baizel.
Por último, el anciano Colon colocó una cesta de víveres en una piedra y, en tal momento, Kasper Materne suspiró, abrió los ojos, y al ver las provisiones comenzó a castañetear los dientes, como una zorra cuando va de caza.
Comprendieron en seguida lo que aquello quería decir, y Marcos Divès fue colocando a cada uno su calabaza de aguardiente bajo la nariz, lo que bastó para resucitarlos. Todos querían devorar a la vez, pero el doctor Lorquin, a pesar del hambre canina que sentía, tuvo la buena ocurrencia de advertir a Marcos que no les hiciera caso, porque la menor congestión sería para ellos mortal. Por lo cual no recibió cada uno mas que un pedazo de pan, un huevo y un vaso de vino, lo que les reanimó extraordinariamente. Después pusieron a Catalina, Luisa y los demás sitiados en los _schlittes_ y los bajaron a la aldea.
Pintar el entusiasmo y el enternecimiento de sus amigos cuando los vieron llegar, más delgados que Lázaro al salir de la tumba, es algo imposible. Unos a otros se miraban, se besaban, y cada vez que llegaba algún vecino de Abreschwiller, de Dagsburgo o de San Quirino se repetían tales manifestaciones de afecto.
Marcos Divès se vio obligado a contar más de veinte veces la historia de su ida a Falsburgo. El valiente contrabandista no había tenido suerte: después de haber escapado milagrosamente a las balas de los _kaiserlicks_ había dado con sus huesos en el valle de Spartzprod, en medio de una partida de cosacos que le habían desvalijado hasta el forro de los bolsillos. Tuvo necesidad de andar errante dos semanas alrededor de los puestos rusos que cercaban la ciudad, sufriendo el fuego de los centinelas, expuesto veinte veces a ser detenido por espía, antes de poder penetrar en la plaza. Por último, el comandante Meunier, alegando la debilidad de la guarnición, rehusó al principio el socorro que se le pedía, y sólo ante la porfiada excitación de los vecinos de la ciudad consintió en destacar dos compañías.
Los guerrilleros, al oír este relato, admiraban el valor de Marcos y su perseverancia en los peligros.
--¿Y qué?--respondía el gigante contrabandista con aire de buen humor a los que le felicitaban--. No he hecho mas que cumplir con mi deber. ¿Podía dejar perecer a mis camaradas? Bien sé que la empresa no era fácil; esos miserables cosacos son más astutos que los carabineros; olfatean a una legua de distancia como los cuervos; pero ha sido inútil: a pesar de todo, les hemos despistado.
Al cabo de cinco o seis días todos estuvieron restablecidos. El capitán Vidal, de Falsburgo, había dejado veinticinco hombres en el Falkenstein para custodiar las municiones; entre ellos estaba Gaspar Lefèvre, y el muchacho bajaba todas las mañanas a la aldea. Los aliados se habían trasladado a la Lorena; en Alsacia no se les veía mas que alrededor de las plazas fuertes. Pronto fueron conocidas las victorias de Champ-Aubert y de Montmirail; pero habían llegado tiempos de desgracia; los aliados, no obstante el heroísmo de nuestro ejército y el genio del emperador, entraron en París.
Aquel fue un golpe terrible para Juan Claudio, Catalina, Materne, Jerónimo y para la sierra entera; mas el relato de estos acontecimientos no entra en el campo de nuestra historia, ya que otros han relatado tales cosas.
Hecha la paz, en la primavera se reconstruyó la casa de «El Encinar»: los leñadores, los almadreñeros, los albañiles, los almadieros y demás obreros del país prestaron su concurso.
Casi al mismo tiempo el ejército fue licenciado; Gaspar se cortó los bigotes, y tuvo lugar su matrimonio con Luisa.
Aquel día llegaron los antiguos combatientes del Falkenstein y del Donon, y la casa los recibió con puertas y ventanas abiertas de par en par. Cada cual llevaba sus presentes a los novios: Jerónimo, unos zapatitos para Luisa; Materne y sus hijos, un gallo silvestre, la más ardiente de las aves, como es sabido; Divès, varios paquetes de tabaco de contrabando para Gaspar, y el doctor Lorquin, una canastilla de fina ropa blanca.
Las mesas estuvieron puestas para todo el mundo y las hubo hasta en las trojes y bajo los cobertizos. Lo que se consumió de vino, pan, carne, tartas y _kugelhof_ no puede calcularse; pero lo que sí se sabe positivamente es que Juan Claudio, que estaba muy triste desde la entrada de los aliados en París, se reanimó aquel día y cantó viejas canciones de su juventud, tan alegremente como cuando partió con el fusil al hombro para Valmy, Jemmapes y Fleurus. Los ecos de Falkenstein repitieron a lo lejos aquellos viejos cantos patrióticos, los más sublimes, los más nobles que el hombre haya oído nunca sobre la Tierra. Catalina Lefèvre llevaba el compás golpeando en la mesa con el mango de un cuchillo, y si es cierto, como algunos dicen, que los muertos acuden a escuchar cuando se habla de ellos, los muertos debieron quedar contentos y el _Rey de Bastos_ debió cubrir de espumarajos su barba roja.
Llegada la media noche se levantó Hullin y, dirigiéndose a los novios, dijo:
--Tendréis robustos hijos; yo haré que salten en mis rodillas, les enseñaré mis antiguas canciones y después iré a reunirme con los que fueron.
Dicho esto, besó a Luisa, y cogiendo de un brazo a Marcos Divès y del otro a Jerónimo, se dirigió a su casucha, seguido del resto de la comitiva, que repetía a coro los sublimes cantos del anciano. Nunca se vio una noche más hermosa; innumerables estrellas brillaban en el cielo azul obscuro; en la parte baja de la ladera, donde se había enterrado a tantos héroes, los brezos se estremecían movidos por el viento. Todos se sentían felices y enternecidos. En el umbral de la barraca se estrecharon las manos unos a otros y se dieron las buenas noches; y unos a la derecha y otros a la izquierda, formando pequeños grupos, regresaron a sus aldeas.
--¡Buenas noches, Materne, Jerónimo, Divès, Piorette; buenas noches!--gritaba Juan Claudio.
Los antiguos amigos se volvían, agitando los sombreros y exclamaban para sus adentros:
«Hay días en que se siente uno dichoso de vivir en este mundo. ¡Ah! ¡Si no hubiera nunca pestes, guerras ni hambres; si los hombres pudieran entenderse, amarse y socorrerse mutuamente; si no se suscitaran injustas desconfianzas entre ellos!... La Tierra sería un verdadero paraíso.»
FIN
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