La invasión o El loco Yégof

Chapter 16

Chapter 163,925 wordsPublic domain

Y mirando a su vez al contrabandista frente a frente, le preguntó:

--¿Me juras hacer todo lo posible por entrar en la plaza?

--Yo no juro nada--respondió Marcos, cuyas tostadas mejillas adquirieron súbitamente un pronunciado color rojizo--. Dejo aquí cuanto tengo: mis bienes, mi mujer, mis compañeros, Catalina Lefèvre y tú, mi más antiguo amigo. Si no vuelvo, seré un traidor; pero si vuelvo, Juan Claudio, me explicarás lo que acabas de decirme, y arreglaremos esa cuentecita entre los dos.

--Marcos--dijo Hullin--, perdóname; he dicho mal; ¡he sufrido tanto en estos días!; la desgracia me hace desconfiar; dame la mano... ¡Anda, ve, sálvanos, salva a Catalina, salva a mi hija! Desde ahora te lo digo: no tenemos más recurso que tú.

La voz de Hullin temblaba. Divès aceptó aquellas explicaciones, pero añadió:

--¡Bien está, Juan Claudio! No has debido decirme eso en un momento semejante; en fin, no hablemos más del asunto... Perderé la vida en el camino, o vendré a libertaros. Cuando llegue la noche partiré. Los _kaiserlicks_ rodean ya la montaña; pero no importa, tengo un buen caballo, y además ya sabes que siempre he tenido suerte.

A las seis, las últimas cimas de la montaña quedaban sumergidas en las tinieblas. Centenares de hogueras brillaban en lo hondo de los desfiladeros, indicando que los alemanes preparaban la comida. Marcos Divès descendió por la hendedura a tientas. Hullin oyó durante algunos segundos los pasos de su camarada, y luego, muy pensativo, se dirigió hacia la vieja torre, en la que se había establecido el cuartel general. Levantó el pesado cobertor de lana que tapaba el nido de búhos y vio a Catalina, a Luisa y a los demás sentados alrededor de una pequeña hoguera, que iluminaba las grises paredes. La anciana, sentada en un tronco de encina, con las manos cruzadas sobre las rodillas, miraba a la llama fijamente, con los labios contraídos y el color quebrado. Luisa, recostada sobre la pared, parecía que soñaba. Jerónimo, en pie detrás de Catalina, con las manos cruzadas sobre un garrote, casi tocaba el carcomido techo con su gorro de piel de nutria. Todos estaban tristes y desanimados. Hexe-Baizel, que levantaba de vez en cuando la tapadera de una olla, y el doctor Lorquin, que rascaba la cal de la pared con la punta de su sable, eran los únicos que conservaban su aspecto habitual.

--Parece--dijo el doctor--que hemos vuelto al tiempo de los triboques. Estas paredes tienen más de mil años. ¡Y ha debido correr una buena cantidad de agua desde las alturas del Falkenstein y del Grosmann al Sarre y al Rin desde que no se ha encendido fuego en esta torre!

--Sí--respondió Catalina como saliendo de un sueño--. ¡Cuántas gentes habrán sufrido aquí frío, hambre y miseria! ¿Y quién lo ha sabido? Nadie. Puede ser que, pasados cien, doscientos, trescientos años, vengan otros también a refugiarse a este mismo lugar. Como nosotros, encontrarán la pared fría y la tierra húmeda; harán fuego, mirarán como ahora miramos y dirán como decimos: «¿Quién habrá sufrido antes que nosotros aquí? ¿Por qué habrán padecido? ¿Estarían acaso perseguidos, expulsados, como nosotros, y vinieron a ocultarse en este miserable agujero?» Entonces pensarán en los tiempos pasados... y nadie podrá contestarles.

Juan Claudio se había aproximado. Al cabo de algunos segundos, la anciana, levantando la cabeza, comenzó a decir, mientras le miraba:

--¡Qué! Estamos bloqueados; el enemigo quiere rendirnos por hambre.

--Es verdad, Catalina--contestó Juan Claudio--. Yo no esperaba esto; contaba con un ataque a viva fuerza; pero los _kaiserlicks_ no saben lo que puede suceder. Divès acaba de partir para Falsburgo, conoce al comandante de la plaza..., y si envía solamente varios centenares de hombres en nuestro socorro...

--No hay que contar con eso--interrumpió la anciana--; Marcos puede ser cogido o muerto por los alemanes; y aunque supongamos que consiga atravesar las líneas enemigas, ¿cómo podrá entrar en Falsburgo?

Todos permanecieron silenciosos.

Hexe-Baizel no tardó en traer la sopa, y los sitiados hicieron círculo alrededor de la cazuela humeante.

XXIV

Catalina Lefèvre salió del antiguo refugio a las siete de la mañana, cuando aún dormían Luisa y Hexe-Baizel. La claridad del día, la espléndida claridad de las altas regiones, iluminaba ya los abismos. Al fondo, a través de una atmósfera azul, se dibujaban los bosques, los valles y las peñas como el musgo y los guijarros de un lago bajo el cristal azulado. Ni una ligera aurilla agitaba la placidez del ambiente. Catalina, frente a aquel grandioso espectáculo, se sentía más serena, más tranquila que durante el sueño. «¿Qué importancia tienen nuestros dolores pasajeros, nuestras inquietudes y nuestras penas?--se decía la anciana--. ¿Para qué importunar a la Providencia con nuestras lamentaciones? ¿Por qué temer el porvenir? Todo esto no dura mas que un segundo; nuestras quejas no se prolongan más que el canto de la cigarra en otoño; y tales cantos ¿pueden impedir la llegada del invierno? ¿No es preciso que a cada cosa le llegue su día, que todo muera para que vuelva a nacer? Ya otras veces hemos muerto y hemos renacido, y deberemos morir y renacer en lo porvenir. Y las montañas, con sus bosques, sus peñas y sus ruinas, permanecerán siempre en el mismo sitio, como diciéndonos: ¡Acuérdate, acuérdate! Ya me has visto, ahora me ves y seguirás viéndome por los siglos de los siglos.»

Así soñaba la anciana, y el porvenir no la causaba ya miedo; los pensamientos sólo eran para ella recuerdos.

Había pasado algunos minutos en aquella meditación cuando un rumor de voces vino a herir los oídos de Catalina, la cual, volviéndose, vio a Hullin y a los tres contrabandistas, que hablaban gravemente entre sí, al otro lado de la meseta. Los interlocutores no se habían dado cuenta de su presencia y parecían enfrascados en una discusión importante.

El anciano Brenn, al borde de la peña, con su pipa negra entre los dientes, las mejillas arrugadas como una hoja de col pasada, la nariz redonda, el bigote gris, los párpados fláccidos, caídos sobre el ojo sanguinolento, y las largas mangas de su hopalanda, que descendían a ambos lados del cuerpo, el viejo Brenn miraba hacia los diferentes puntos de la montaña que Hullin le indicaba; y los otros dos, envueltos en sus amplias capas pardas, se adelantaban, retrocedían, se llevaban las manos a las cejas y parecían absortos por una atención profunda.

Catalina, que se había acercado al grupo, oyó decir:

--¿Entonces, usted cree que no es posible bajar por ninguna parte?

--No, Juan Claudio, no hay medio--respondió Brenn--; esos bandidos conocen el país a fondo; todos los senderos están interceptados. Mira; ¿ves el manchón de los Corzos, a lo largo de esa charca? Nunca han tenido los guardas la idea de observarlo; pues el enemigo lo tiene bien guardado. Y allá, en el paso del Rothstein un verdadero caminillo de cabras por el que no se pasa una vez cada diez años. ¿No ves brillar una bayoneta detrás de las rocas? Y aquí este otro, que yo he recorrido durante ocho años con mis sacos sin encontrarme a un gendarme, también lo tienen defendido: es preciso que el Diablo ande mezclado en esto y que los haya conducido a los desfiladeros.

--Sí--exclamó Toubac--; si no ha sido el Diablo, ha sido, desde luego, Yégof.

--Pero me parece--dijo Hullin--que tres o cuatro hombres decididos podrían arrollar uno de esos puestos.

--No; se apoyan unos en otros, y al primer disparo tendríamos un regimiento a la espalda--contestó Brenn--. Pero supongamos que se puede pasar. ¿Cómo volvemos con los víveres? Es imposible; esa es mi opinión.

--Sin embargo--dijo Toubac--; si Hullin quiere, lo intentaremos a pesar de todo.

--¿Qué es lo que vamos a intentar?--dijo Brenn--. ¿Exponernos a que nos rompan un hueso al escapar y dejar a los demás metidos en la ratonera? Por mi parte, lo mismo me da, y si alguien va, yo voy también. Pero si se creen que hemos de volver con víveres, sostengo que es imposible. Veamos, Toubac; ¿por dónde quieres pasar y por dónde quieres volver? No se trata ahora de proyectos, sino de realidades. Si sabes de algún paso, dímelo. Hace veinte años que recorro de una punta a otra la sierra, con Marcos, y conozco todos los caminos y senderos en diez leguas a la redonda; no veo más camino que el del cielo.

Hullin se volvió en aquel momento y vio a la señora Lefèvre, que se hallaba a algunos pasos, prestando atención a lo que decían.

--¿Es usted, Catalina? Nuestros asuntos toman mal aspecto--dijo Juan Claudio.

--Sí; ya he oído; no hay manera de renovar las provisiones.

--¡Las provisiones!--dijo Brenn con sonrisa extraña--. ¿Sabe usted, señora Lefèvre, para cuánto tiempo tenemos víveres?

--Para más de quince días--contestó la buena mujer.

--¡Para ocho días!--exclamó el contrabandista, vaciando de cenizas la pipa golpeándola contra la uña.

--Esa es la verdad--dijo Hullin--. Marcos Divès y yo creíamos que el enemigo atacaría el Falkenstein; pero nunca pudimos pensar que lo bloquearía como una plaza fuerte. ¡Nos hemos equivocado!

--¿Y qué vamos a hacer?--preguntó Catalina palideciendo intensamente.

--Vamos a reducir la ración de cada uno a la mitad. Si, en quince días, Marcos no vuelve y no nos queda nada..., entonces veremos.

Dicho lo cual, Hullin, Catalina y los contrabandistas, muy cabizbajos, tomaron el camino de la brecha. Apenas habían comenzado a bajar por la pendiente cuando, a unos treinta pasos más abajo de donde se encontraban, vieron aparecer a Materne, que trepaba por las ruinas casi ahogándose, agarrándose a la maleza para marchar más de prisa.

--¡Qué!--le gritó Juan Claudio--; ¿qué pasa, amigo mío?

--Iba a buscarte; un oficial enemigo avanza hacia el muro del antiguo _burg_ con una banderita blanca; parece que quiere hablarnos.

Hullin, dirigiéndose en seguida hacia la pendiente de la peña, vio, en efecto, a un oficial alemán de pie sobre el muro y que parecía esperar que se le hiciera señal de subir. Se hallaba a dos tiros de carabina, y más lejos se veía a cinco o seis soldados con las armas en el suelo. Después de haber observado aquel grupo Juan Claudio volviose y dijo:

--Es un parlamentario que, sin duda, viene a intimarnos la rendición.

--¡Que se le haga fuego!--exclamó Catalina--. Eso es lo mejor que podemos contestarle.

Todos parecían de la misma opinión, excepto Hullin, que, sin hacer ninguna observación, bajó a la terraza, donde se encontraban los demás guerrilleros.

--Hijos míos--dijo--, el enemigo nos envía un parlamentario. No sabemos lo que quiere, aunque supongo que será una intimación para deponer las armas; pero también puede ser otra cosa. Frantz y Kasper irán a su encuentro, le vendarán los ojos al pie de la peña y le conducirán aquí.

Nadie hizo observación alguna, y los hijos de Materne, cruzándose la carabina en bandolera, se alejaron bajo la bóveda en espiral. Al cabo de diez minutos los cazadores llegaron adonde el oficial estaba, hablaron con él breves momentos, y los tres empezaron a subir al Falkenstein. A medida que ascendía el pequeño destacamento, mejor se distinguía el uniforme del parlamentario y hasta su fisonomía: era un hombre delgado, de cabellos rubios, cenicientos, bien proporcionado y de movimientos resueltos. Al pie de la peña, Frantz y Kasper le vendaron los ojos, y no tardaron en oírse sus pisadas, que resonaban bajo la bóveda. Juan Claudio se adelantó a su encuentro, y desatándole con sus propias manos el pañuelo, le dijo:

--Si desea usted comunicarme algo, señor, ya le escucho.

Los guerrilleros estaban a quince pasos del grupo que los recién llegados y Juan Claudio formaban. Catalina Lefèvre, que se hallaba más cerca, escuchaba con las cejas fruncidas; su cara huesuda, su nariz aguileña, los tres o cuatro rizos de cabellos grises que caían al azar sobre sus sienes descarnadas y sobre los pómulos de sus hundidas mejillas, la contracción de sus labios y la fijeza de su mirada, llamaron en primer término la atención del oficial; luego éste descubrió el rostro pálido y dulce de Luisa, detrás de la anciana; más allá, a Jerónimo, con su barba rojiza, cubierto con una túnica de estameña; al anciano Materne, apoyado en su carabina, y más lejos a todos los demás; por último, la elevada bóveda de piedra roja, cuyas masas ingentes, formadas de sílex y de granito, avanzaban por encima del precipicio con algunas zarzas marchitas en las hendeduras, servía de fondo. Detrás de Materne, Hexe-Baizel, con un largo escobón de retamas verdes en la mano, la cabeza erguida y vuelta de espaldas al borde de la peña, pareció llamar un momento la atención del oficial.

A su vez, él era objeto de una curiosidad singular. Se veía en su actitud, en su rostro alargado, fino y moreno, en sus ojos de color gris claro, en su bigote poco poblado, en la delicadeza de sus miembros endurecidos por la guerra, que procedía de una raza aristocrática; tenía algo de hombre de campo y algo de hombre de mundo; era una mezcla de militar burdo y de diplomático.

Aquella inspección recíproca se terminó en un abrir y cerrar de ojos, y el parlamentario dijo en buen francés:

--¿Es al comandante Hullin a quien tengo el honor de dirigirme?

--Sí, señor--contestó Juan Claudio.

Y como el parlamentario dirigiese una mirada indecisa alrededor del círculo, Hullin exclamó:

--¡Señor, hable usted alto para que todo el mundo le oiga! Cuando se trata del honor y de la patria nadie sobra en Francia, y las mujeres pueden intervenir lo mismo que los hombres. ¿Tiene usted que hacerme alguna proposición? ¿De parte de quién?

--Del general comandante en jefe. Mi misión es la siguiente...

--Veamos. Ya le oímos--interrumpió Hullin.

Entonces el oficial, levantando la voz, dijo en tono firme:

--Ante todo, permítame, señor comandante, decirle que usted ha cumplido magníficamente con su deber y que por ello ha conquistado la estimación de sus enemigos.

--En materia de deberes--contestó Hullin--, no puede haber más ni menos. Hemos hecho lo que hemos podido.

--Sí--añadió Catalina con sequedad--, y puesto que el enemigo nos estima por eso, dentro de diez o quince días tendrá ocasión de estimarnos más aún, porque no hemos llegado al fin de la guerra, y ha de ver cosas mejores.

El oficial volvió la cabeza y quedose estupefacto al observar la feroz energía impresa en la mirada de la anciana.

--Esos son sentimientos muy nobles--replicó el oficial después de un instante de silencio--; pero la humanidad tiene sus derechos, y derramar sangre inútilmente es hacer el mal por el mal.

--Entonces, ¿por qué venís a nuestro país?--gritó Catalina con voz aguda--. Marchaos y os dejaremos tranquilos.

Después añadió:

--Hacéis la guerra como los bandidos: robando, saqueando y quemando. Merecéis ser ahorcados todos, y para que sirviera de ejemplo, ahora deberíamos arrojar a usted desde lo alto de esta peña.

El oficial palideció, porque creyó capaz a la vieja de ejecutar la amenaza; sin embargo, al instante se repuso, y replicó con tranquilidad:

--Sé que los cosacos han prendido fuego a la finca que se ve frente a esta peña. Esos son bandidos que siempre siguen a todos los ejércitos; pero un acto aislado no prueba nada contra la disciplina de nuestras tropas. Los soldados franceses han hecho cosas semejantes en Alemania, y particularmente en el Tirol: no contentos con saquear e incendiar las aldeas, fusilaban cruelmente a los campesinos sospechosos de haber tomado las armas para defender el país. Nosotros podríamos usar represalias, y estaríamos en nuestro derecho; pero no somos bárbaros, comprendemos cuánto el patriotismo tiene de noble y de grande, aun en sus extravíos más lamentables. Por otra parte, no hacemos la guerra al pueblo francés, sino al emperador Napoleón. Así, el general, al saber la conducta de los cosacos, ha castigado públicamente ese acto de vandalismo, y, además, ha acordado indemnizar al propietario de la finca.

--¡No quiero nada de vosotros!--interrumpió Catalina bruscamente--; prefiero sufrir la injusticia... y vengarme.

El parlamentario comprendió, por el tono de voz de la anciana, que no podría hacerla entrar en razón y que sería peligroso siquiera contestarle. Volviose, pues, a Hullin y continuó:

--Estoy encargado, señor comandante, de ofrecerle honores de guerra si consiente en rendir la posición. Carecen ustedes de víveres, y nosotros lo sabemos. Dentro de pocos días se verán obligados a deponer las armas. La estimación que le profesa el general en jefe es lo único que le ha movido a ofrecer a usted condiciones tan honrosas. Una larga resistencia no conduciría a nada. Somos dueños del Donon, y nuestro cuerpo de ejército ha entrado en Lorena. La campaña no ha de decidirse aquí y no tiene interés para ustedes defender un punto inútil. Queremos ahorrarles los horrores del hambre. Y ahora, señor comandante, a usted corresponde decidir.

Hullin se volvió hacia los guerrilleros y les dijo sencillamente:

--¿Habéis oído? Por mi parte, rehúso; pero me someteré si todos aceptan las proposiciones del enemigo.

--¡Las rechazamos todos!--dijo Jerónimo.

--Sí, sí, todos--repitieron los demás.

Catalina Lefèvre, hasta entonces inflexible, pareció enternecerse al dirigir una mirada a Luisa. Cogió la anciana a ésta por un brazo, y volviéndose hacia el parlamentario, le dijo:

--Tenemos una niña con nosotros; ¿no habría un medio de enviarla a casa de alguno de nuestros parientes de Saverne?

Apenas Luisa oyó tales palabras se precipitó en brazos de Hullin, poseída de un gran terror, exclamando:

--No, no. Quiero permanecer con vosotros, papá Juan Claudio; quiero morir con vosotros.

--Está bien, caballero--dijo Hullin intensamente pálido--; dígale a su general lo que acaba de ver; dígale que el Falkenstein será nuestro hasta la muerte. Kasper, Frantz: conducid al parlamentario a sus líneas.

El oficial parecía dudar; pero al tratar de abrir la boca para hacer una observación, Catalina, pálida de cólera, exclamó:

--¡Fuera, fuera de aquí! Lo que vosotros pensáis está lejos aún de suceder. Ese bandido de Yégof os ha dicho que carecíamos de víveres, pero es falso; tenemos para dos meses, y en dos meses nuestro ejército os habrá exterminado a todos. A los traidores les vuelve la espalda la fortuna. ¡Desgraciados de vosotros!

Y como la anciana iba excitándose cada vez más, el parlamentario juzgó prudente marcharse. Volviose, pues, hacia los guías, que le pusieron el pañuelo en los ojos y le condujeron al pie del Falkenstein.

Lo que Hullin había ordenado a propósito de los víveres fue ejecutado desde aquel mismo día, y cada cual recibió media ración para la jornada.

Colocose un centinela delante de la caverna de Hexe-Baizel, donde se guardaban las provisiones; se hizo una barricada ante la puerta, y Juan Claudio ordenó que los repartos se hicieran en presencia de todos, con el fin de impedir las injusticias; pero semejantes precauciones no habían de preservar a aquellos desgraciados del hambre más horrible.

XXV

Hacía tres días que los víveres faltaban completamente en el Falkenstein, y Divès no había dado señales de vida. ¡Cuántas veces, durante aquellas largas jornadas de agonía, los sitiados habían vuelto los ojos hacia Falsburgo! ¡Cuántas veces habían escuchado con inmensa atención, creyendo oír los pasos del contrabandista, cuando sólo llenaba el espacio el vago murmullo del aire!

En medio de las torturas del hambre pasó aquel día, que era el que hacía diez y nueve de la llegada de los guerrilleros al Falkenstein. Todos permanecían silenciosos, sentados en el suelo, los rostros demacrados y entregados a una especie de sueño sin fin. De vez en cuando se miraban unos a otros con miradas centelleantes, como dispuestos a devorarse; pero luego caían de nuevo en el abatimiento y la languidez.

Cuando el cuervo de Yégof, volando de cima en cima, se acercaba a aquel lugar de infortunio, el anciano Materne se disponía a disparar su carabina; pero en seguida el pájaro de mal agüero se alejaba velozmente, lanzando graznidos lúgubres, y el brazo del anciano cazador volvía a caer inerte. Como si el agotamiento que causaba el hambre no hubiera bastado a colmar la medida de tanta miseria, aquellos desgraciados no abrían la boca sino para acusarse y amenazarse mutuamente.

--¡No me toquéis!--gritaba Hexe-Baizel con voz desgarradora a los que la miraban--; ¡no me miréis, porque os muerdo!

Luisa deliraba; sus hermosos ojos azules, en vez de objetos reales, no veían mas que sombras, ya danzando por la meseta, ya suspendidas de la maleza, ya posadas en la antigua torre.

--¡Aquí están los víveres!--exclamaba de vez en cuando la desdichada joven.

Entonces los demás sitiados se irritaban contra la pobre niña, gritando, llenos de indignación, que quería burlarse de ellos y que mirase bien lo que hacía.

Sólo Jerónimo permanecía en completa calma; pero la gran cantidad de nieve que había bebido para apagar el ardor de sus entrañas inundaba su cuerpo y su demacrado rostro de un sudor frío.

El doctor Lorquin se había atado un pañuelo a la altura de los riñones y lo apretaba cada vez más, pretendiendo de este modo aliviar su estómago. Se hallaba sentado de espaldas a la torre, con los ojos cerrados, y de hora en hora los abría, diciendo:

--Estamos en el primero..., en el segundo..., en el tercer período. Un día más, y todo habrá concluido.

En seguida comenzaba a disertar sobre los druidas, sobre Odin, Brahma y Pitágoras, haciendo citas latinas y griegas, anunciando la transformación próxima de los del Harberg en lobos, zorros y animales de todas clases.

--Yo--exclamaba--seré león, y comeré quince libras de carne de vaca todos los días.

Y, después de una breve pausa, continuaba:

--¡No; yo quiero ser hombre; predicaré la paz, la fraternidad y la justicia! ¡Ah, amigos míos! Sufrimos por nuestras propias faltas. ¿Qué hemos hecho al otro lado del Rin desde hace diez años? ¿Con qué derecho queremos imponer señores a esos pueblos? ¿Por qué no cambiamos con ellos nuestras ideas, nuestros sentimientos, los productos de nuestras artes y de nuestra industria? ¿Por qué no los tratamos como hermanos en lugar de querer someterlos? En tal caso, hubiéramos sido bien recibidos. ¡Cuánto han debido sufrir esos desgraciados durante diez años de violencia y de rapiña!... ¡Ahora se vengan..., y es de justicia! ¡Que la maldición de Dios caiga sobre los miserables que separan a los pueblos para oprimirlos!

Después de estos momentos de exaltación, el doctor caía desmayado en el muro de la torre, murmurando:

--¡Pan!... ¡Oh! ¡Nada más que un pedazo de pan!

Los hijos de Materne, agazapados en la maleza, con la carabina al hombro, parecían esperar el paso de una caza que no llegaba. La idea de un acecho sin fin sostenía sus expirantes fuerzas.

Otros muchos, encorvados sobre sí mismos, tiritaban al sentirse devorados por la fiebre y acusaban a Juan Claudio de haberlos llevado al Falkenstein.

Hullin, con una firmeza de carácter sobrehumana, iba y venía observando lo que pasaba en los valles de los alrededores, sin pronunciar una palabra.

De vez en cuando avanzaba hasta los bordes de la peña, y con las mandíbulas apretadas y los ojos centelleantes, miraba a Yégof sentado delante de una gran hoguera en la meseta de «El Encinar», en medio de una pandilla de cosacos. Desde la llegada de los alemanes al valle de Charmes el loco no había abandonado aquel puesto; parecía que estaba contemplando desde allí la agonía de sus víctimas.

Tal era el aspecto que ofrecían aquellos desgraciados bajo la inmensa bóveda de los cielos.

El suplicio del hambre en el fondo de un calabozo es horrible, sin duda alguna; pero al aire libre, bajo un cielo lleno de luz, a la vista de todo el mundo, en presencia de los recursos de la Naturaleza, eso excede a toda ponderación.