Chapter 15
Y, acercando los bancos al fuego, los guerrilleros se sentaron; a pesar de los contratiempos sufridos, todos comieron con ese fuerte apetito que ni los dolores presentes ni las preocupaciones por el porvenir pueden hacer perder a los hombres de la sierra. Sin embargo, una tristeza profunda anudaba la garganta de aquellos valientes, y ora uno, ora otro, se detenían de improviso en su yantar, dejaban caer el tenedor y abandonaban la mesa diciendo: «Ya he comido bastante.»
Mientras los guerrilleros reparaban así sus fuerzas, los jefes estaban reunidos en la sala inmediata para acordar las últimas disposiciones concernientes a la defensa. Estaban sentados alrededor de una mesa, alumbrada por una lámpara de metal, el doctor Lorquin, a cuyo lado olfateaba su enorme perro _Plutón_; Jerónimo, en el ángulo de una ventana, a la derecha; Hullin, intensamente pálido, a la izquierda; Marcos Divès, con el codo apoyado en la mesa y la mano en la mejilla, se hallaba de espaldas a la puerta, destacándose sólo su obscura silueta y una de las puntas de su bigote. Unicamente Materne permanecía de pie, según su costumbre, apoyado en la pared, detrás de la silla de Lorquin, con el cañón de la carabina en las manos y descansando la culata en el suelo. De la cocina llegaba el ruido de las conversaciones.
Cuando Catalina, llamada por Juan Claudio, entró en la sala oyó una especie de lamento que la estremeció; era Hullin que hablaba.
--Todos esos valientes, todos esos padres de familia que caen unos después de otros--decía Juan Claudio con voz desgarradora--, ¿creéis que no pesan sobre mi corazón? ¿No creéis que hubiera mil veces preferido que me aniquilasen a mí? ¡Ah! ¡No sabéis lo que he sufrido esta noche! Perder la vida no es nada. ¡Pero llevar yo solo una responsabilidad tan inmensa...!
Hullin guardó silencio unos instantes; el temblor de sus labios, una lágrima que rodaba lentamente por su mejilla, toda su actitud revelaba los escrúpulos que sentía aquel hombre honrado frente a una de esas situaciones en que la conciencia pierde la fe en sí misma y busca nuevos apoyos. Catalina se sentó, sin hacer ruido, en el sillón situado a la izquierda de Hullin, el cual, pasados breves instantes, continuó con mayor reposo:
--Entre once y doce de la noche, Zimmer llegó diciendo: «¡Estamos rodeados! ¡Los alemanes bajan del Grosmann! Labarbe ha muerto. Jerónimo no puede resistir.» Y no dijo más. ¿Qué hacer en aquella situación?... ¿Podía abandonar una posición que nos había costado tanta sangre, el camino del Donon y la carretera de París? Si llego a hacerlo, ¿no hubiera sido un miserable? Pero yo no tenía mas que trescientos hombres contra los cuatro mil de Grand-Fontaine y no sé cuántos que bajaban de la montaña. Pues bien; costase lo que costase, decidí resistir; era nuestro deber, y me dije: «¡La vida no vale nada sin honor!... ¡Muramos todos, si es preciso; pero no se dirá nunca que hemos entregado el camino de Francia! ¡No, no; nunca se dirá eso!»
En aquel momento la voz de Hullin volvió a temblar; sus ojos se llenaron de lágrimas, y continuó:
--Resistimos hasta las dos; yo veía a los valientes muchachos caer al grito de «¡Viva Francia!» Al principio de la acción había mandado un aviso a Piorette, que llegó a paso de carga con cincuenta hombres escogidos. ¡Era ya tarde! El enemigo nos rodeaba por la derecha y por la izquierda, ocupaba las tres cuartas partes de la meseta y nos había hecho retroceder hasta los pinares, del lado del Blanru; su fuego diezmaba nuestras filas. Lo único que pude hacer fue reunir aquellos heridos que aun podían moverse, y ordenar a Piorette que los escoltase; a ellos se unieron unos cien hombres míos. Por mi parte, me quedé sólo con cincuenta para ocupar el Falkenstein. Hemos pasado por delante de las narices de los alemanes, que querían cortarnos la retirada. Afortunadamente, la noche estaba obscura; de lo contrario, no se hubiera salvado uno solo de nosotros. Esta es la situación en que nos hallamos; ¡todo se ha perdido! El Falkenstein es lo único que nos queda, y sólo somos trescientos hombres. Ahora se trata de saber si estamos decididos a llegar hasta el fin. En cuanto a mí, ya os lo he dicho: me pesa cargar con una responsabilidad tan grande. Mientras no trataba mas que de defender el camino del Donon, no había la menor duda: todos nos debemos a la patria; pero el camino se ha perdido, y necesitaríamos diez mil hombres para reconquistarlo. En este momento el enemigo está penetrando en Lorena... Veamos lo que debemos hacer.
--Es preciso ir hasta el fin--dijo Jerónimo.
--Sí, sí--gritaron los demás.
--¿Cree usted lo mismo, Catalina?
--Exactamente--respondió la anciana, cuyas facciones revelaban una tenacidad inflexible.
Entonces Hullin, con voz más firme, expuso su plan.
--El Falkenstein es nuestro punto de retirada; es además nuestro arsenal, y allí tenemos las municiones; el enemigo lo sabe, e intentará un golpe de mano por aquel lado. Es preciso, pues, que todos los presentes acudamos a defender la posición; es preciso que todo el país nos vea y diga: «Catalina Lefèvre, Jerónimo, Materne con sus dos hijos, Hullin, el doctor Lorquin, allí están y no quieren rendir las armas.» Este ejemplo reanimaría el espíritu de los hombres de corazón. Además, Piorette resistirá en el bosque, y su fuerza irá aumentando día por día. El país se verá cubierto de cosacos y bandidos de todas clases. Cuando el ejército enemigo entre en Lorena, haré una señal a Piorette; éste se interpondrá desde el Donon al camino, y cuantos rezagados se hallen esparcidos por la montaña quedarán como cogidos en una red. De este modo, aprovecharemos las ocasiones favorables para apoderarnos de los convoyes de los alemanes y para hostilizar sus reservas; y si la fortuna ayuda, como es de esperar, a nuestros ejércitos y estos _kaiserlicks_ son derrotados en Lorena, les cortaremos la retirada.
Todos se levantaron, y Hullin, entrando en la cocina, dirigió a los guerrilleros esta sencilla alocución:
--Amigos míos, acabamos de decidir que se lleve la resistencia hasta lo último. Sin embargo, cada cual es libre de hacer lo que quiera y puede deponer las armas y volver a su aldea; pero los que quieran vengarse ¡que se unan a nosotros!: con nosotros partirán el último pedazo de pan y agotarán el último cartucho.
El anciano almadiero Colon se levantó, y dijo:
--Hullin, todos estamos contigo; hemos comenzado juntos a batirnos y juntos terminaremos.
--¡Sí, sí!--exclamaron los demás.
--¿Estáis decididos? Pues bien; escuchadme un momento; el hermano de Jerónimo va a tomar el mando.
--Mi hermano ha muerto--interrumpió Jerónimo--; es uno de los que se han quedado en la ladera del Grosmann.
Hubo un instante de silencio; después, con voz fuerte, Hullin prosiguió:
--Colon: vas a tomar el mando de los que queden, a excepción de los que forman la escolta de Catalina Lefèvre, que se quedarán conmigo. Irás a reunirte con Piorette, en el valle del Blanru, pasando por Dos Ríos.
--¿Y las municiones?--preguntó Marcos Divès.
--Yo he traído mi furgón--dijo Jerónimo--; Colon puede utilizarlo.
--Que se enganche también el trineo--exclamó Catalina--. Los cosacos no han de tardar y lo saquearán todo. Nuestra gente no debe marchar con las manos vacías; que se lleven los bueyes, las vacas, las cabras; que se lo lleven todo; así no caerá en poder del enemigo.
Cinco minutos después la casa estaba entregada al saqueo; el trineo se cargó de jamones, de carnes saladas y de pan; fue sacado el ganado de los establos y los caballos se engancharon al coche grande. El convoy no tardó en ponerse en marcha, con Robin a la cabeza, tocando la trompa, y detrás los guerrilleros, que empujaban las ruedas. Y cuando hubo desaparecido en el bosque, y el silencio sucedió, de repente, a aquel discorde ruido, Catalina se volvió y vio a Hullin detrás de ella, pálido como un muerto.
--Pues bien, Catalina--dijo éste--; todo ha terminado. Ahora vamos a subir allá arriba.
Frantz, Kasper y los de la escolta, Marcos Divès, Materne, todos esperaban en la cocina con las armas en descanso.
--Duchêne--dijo la labradora--; márchese a la aldea; no quiero que el enemigo, por mi causa, le maltrate.
El viejo servidor, moviendo su blanca cabeza, y con los ojos llenos de lágrimas, contestó:
--Lo mismo es, señora Lefèvre, que yo muera aquí. Hace cincuenta años que vine a esta casa...; no me obligue usted a dejarla: eso sería mi muerte.
--Como usted quiera, mi pobre Duchêne--respondió Catalina enternecida--; aquí tiene las llaves de la casa.
Y el pobre anciano fue a sentarse al fondo del hogar, en un escabel, con los ojos fijos y la boca entreabierta, como perdido en un largo y doloroso desvarío.
Emprendiose la marcha hacia el Falkenstein. Marcos Divès, a caballo, empuñando su largo espadón, constituía la retaguardia. Frantz y Hullin, a la izquierda, observaban la meseta; Kasper y Jerónimo, a la derecha, exploraban el valle; Materne y los hombres de la escolta rodeaban a las mujeres. ¡Cosa extraña! Delante de las casuchas de la aldea de Charmes, en el umbral de las puertas, en los tragaluces y en las ventanas, se veían figuras viejas y amarillas que miraban con curiosidad la huída de la señora Lefèvre; y las malas lenguas no se apiadaban de su situación: «¡Ah! ¡Vedlos sin casa ni hogar!--exclamaban--. ¡Para que se metan donde no los llaman!»
Otros decían en voz alta que Catalina había sido rica bastante tiempo, y que a cada cual le llega el turno de pedir limosna. Respecto de los trabajos, de la prudencia, de la bondad de corazón, de todas las virtudes de la anciana labradora, del patriotismo de Juan Claudio, del valor de Jerónimo y de los tres Materne, del desinterés del doctor Lorquin y de la abnegación de Marcos Divès, nadie decía nada: ¡estaban vencidos!
XXII
En el fondo del valle de Bouleaux, a dos tiros de fusil de la aldea de Charmes, hacia la izquierda, la comitiva empezó a subir lentamente el sendero del viejo _burgo_. Hullin, al recordar que había seguido el mismo camino cuando fue a comprar la pólvora a Marcos Divès, no pudo substraerse a una tristeza profunda. Entonces, a pesar del viaje a Falsburgo, a pesar del espectáculo de los heridos de Hanau y Leipzig, a pesar de los relatos del viejo sargento, no temía nada; conservaba intacta su energía y no dudaba del éxito de la defensa. Ahora todo estaba perdido; el enemigo entraba en Lorena y los montañeses huían. Marcos Divès costeaba el muro, marchando por la nieve; su caballo, acostumbrado sin duda a aquel camino, relinchaba, alzando la cabeza y bajándola hasta el petral, con bruscas sacudidas. El contrabandista se volvía, de vez en cuando, para dirigir una mirada a la meseta de «El Encinar», que se hallaba enfrente. De improviso exclamó:
--¡Ya se ven los cosacos!
Al oír aquella exclamación, la fuerza hizo alto para mirar lo que sucedía. Se hallaban los expedicionarios muy arriba en la montaña, por encima de la aldea y de la casa de «El Encinar». La luz grisácea del invierno dispersaba las nieblas matinales, y en los pliegues de la ladera se divisaba la silueta de varios cosacos mirando a lo lejos, con las pistolas en alto y aproximándose lentamente a la vieja alquería. El enemigo se había desplegado en guerrilla y parecía temer una sorpresa. Pocos momentos después se vio surgir a otros cosacos que subían por el valle de Houx, y más tarde, a muchos otros; todos marchaban en la misma actitud, de pie sobre los estribos para ver de lejos y como si fuesen de descubierta. Los primeros, al llegar a la casa de labor y no observar nada sospechoso, agitaron sus lanzas y dieron media vuelta. Los demás acudieron entonces velozmente, como los cuervos que siguen raudos al que se eleva mucho, suponiendo que ha descubierto alguna presa. En pocos instantes la casa fue rodeada y la puerta abierta. Dos minutos después los cristales volaban en pedazos; los muebles, los jergones y la ropa blanca salía por todas las ventanas a la vez. Catalina contemplaba aquel estrago con aire tranquilo, y su nariz aguileña parecía más inclinada hacia la boca. Durante un buen espacio de tiempo la anciana nada dijo; pero al ver de repente a Yégof, a quien no había distinguido hasta entonces, golpear a Duchêne con el cabo de su lanza y arrojarlo fuera de la casa, no pudo reprimir un grito de indignación.
--¡Oh, miserable!... ¡Es preciso ser un cobarde para maltratar a un pobre viejo que no puede defenderse! ¡Ah, bandido! ¡Si yo te cogiese!...
--¡Vamos, Catalina!--gritó Juan Claudio--; es demasiado; ¿para que detenerse a contemplar semejante espectáculo?
--Tiene usted razón--respondió la labradora--; marchemos. Sería capaz de bajar yo sola para vengarme.
Mientras más subían, más frío y fuerte era el viento. Luisa, la hija de los _heimatshlos_, con una cestilla de provisiones al brazo, iba delante de todos. El cielo azulado, las llanuras de Alsacia y Lorena, y, al fin del horizonte, las de la Champaña, aquella inmensidad sin límites en la que se perdía la mirada, le producía como un desvanecimiento de entusiasmo. Parecía que tenía alas y que volaba por el espacio azul, como esos grandes pájaros que se arrojan desde la cima de los árboles a los abismos, mientras entonan el himno de su independencia. Todas las miserias de este bajo mundo, todas las injusticias y sufrimientos se olvidaban. Luisa recordaba su niñez, cuando iba sobre la espalda de su madre, la pobre vagabunda, y se decía: «¡Nunca he sido más dichosa, nunca he tenido menos cuidados, nunca he reído ni cantado tanto! A menudo el pan nos faltaba; pero ¡qué días tan felices!» Y acudían a su memoria trozos de antiguas canciones de aquel tiempo.
Al acercarse a la peña rojiza, en la que se hallaban gruesos cantos blancos y negros incrustados, y que se inclinaba hacia el precipicio como la bóveda de una inmensa catedral, Luisa y Catalina se detuvieron extasiadas. En lo alto, el cielo les parecía más profundo, y el sendero, que formaba una espiral alrededor de la peña, parecía más estrecho. Los valles que se perdían de vista, los bosques inmensos, los estanques lejanos de la Lorena, la cinta azul del Rin a la derecha, todo aquel gran espectáculo las maravillaba, y la labradora dijo con profundo recogimiento:
--Juan Claudio: aquel que ha levantado esta peña hasta el cielo, que ha abierto esos valles, que ha sembrado esos montes de brezos y musgos, ése puede hacernos la justicia que merezcamos.
Cuando hubieron llegado a la primera meseta del peñón, Marcos llevó su caballo a una caverna que allí cerca se aparecía, volvió en seguida solo, y comenzando a trepar delante de todos, dijo:
--Mucho cuidado, porque es fácil resbalar.
Al mismo tiempo les mostraba a la derecha el precipicio azulado, con las copas de los abetos al fondo. Siguieron marchando en silencio los expedicionarios hasta llegar a la terraza, donde comenzaba la bóveda, y allí respiraron libremente. En medio del paisaje vieron a los contrabandistas Brenn, Pfeifer y Toubac, con sus amplias capas grises y sus sombreros de fieltro negro, sentados alrededor de una hoguera que se extendía a lo largo de la peña. Marcos Divès les dijo:
--¡Aquí estamos! Los _kaiserlicks_ son los amos... Han matado a Zimmer esta noche... Hexe-Baizel, ¿está arriba?
--Sí--respondió Brenn--; está haciendo cartuchos.
--Todavía pueden servir--dijo Marcos--. Tened mucho cuidado, y si alguno sube, hacedle fuego.
Los Materne se habían detenido al borde de la peña; aquellos tres fuertes hombres rojos, con el sombrero levantado, el cuerno de pólvora al costado, la carabina al hombro, las piernas enjutas y musculosas, firmemente erguidos al extremo de la peña, ofrecían un extraño aspecto sobre el fondo azulado del abismo. El anciano Materne, con la mano extendida, señalaba a lo lejos, muy a lo lejos, un punto blanco, casi imperceptible, en medio del pinar, diciendo:
--¿Reconocéis aquello, hijos míos?
Los tres miraron con los ojos medio cerrados.
--Es nuestra casa--respondió Kasper.
--¡Pobre Margredel!--continuó el anciano cazador, tras una pausa--; debe estar inquieta desde hace ocho días; seguramente rogará por nosotros a Santa Odilia.
En aquel momento, Marcos Divès, que marchaba delante, lanzó un grito de sorpresa.
--¡Señora Lefèvre!--dijo deteniéndose--, los cosacos han incendiado su casa.
Catalina recibió la noticia con la mayor tranquilidad y adelantose hasta el borde de la explanada; Luisa y Juan Claudio la siguieron. En el fondo del abismo se extendía una gran nube blanca; a través de aquella nube se veía una lucecilla agitarse sobre la ladera de «El Encinar» y no se veía más; pero cuando a veces soplaba el viento, el incendio aparecía: los dos altos mojinetes, negros: el granero, incendiado; los establos pequeños, ardiendo; luego, todo desaparecía otra vez.
--Ya ha ardido casi por completo--dijo Hullin en voz baja.
--Sí--respondió la labradora--; he ahí cuarenta años de trabajos y fatigas que se convierten en humo; pero es igual, no pueden quemar mis buenas tierras, el gran prado de Eichmath. Empezaremos a trabajar de nuevo. Gaspar y Luisa reharán todo esto. Por mi parte, no me arrepiento de nada.
Al cabo de un cuarto de hora se elevaron millares de chispas y el edificio se hundió. Sólo quedaron en pie los negros mojinetes. Volvió la comitiva a ponerse en marcha y continuó la ascensión por el sendero. En el momento de llegar a la explanada superior, oyose la voz agria de Hexe-Baizel que gritaba:
--¿Eres tú, Catalina? ¡Ah! ¡Nunca hubiera creído que vendrías a verme a mi pobre tugurio!
Baizel y Catalina habían ido juntas a la escuela y se tuteaban.
--Ni yo tampoco--contestó la labradora--; ¡pero qué más da, Baizel! En la desgracia sirve de consuelo volver a ver a una antigua compañera de la infancia.
Baizel parecía conmovida, y dijo:
--Cuanto hay aquí, Catalina, tuyo es...
Y mostraba a la anciana su pobre taburete, su escoba de retamas verdes y los cinco o seis leños del hogar. Catalina contempló aquello durante breves momentos, y dijo:
--No es esto muy grande, pero es sólido; seguramente, tu casa no arderá.
--No, no la quemarán--dijo Hexe-Baizel riendo--; necesitarían todos los bosques del condado de Dabo para calentarla un poco. ¡Je, je, je!
Los guerrilleros, después de tantas fatigas, sentían necesidad de reposo; apoyó, pues, cada cual su fusil en la pared, y uno a uno fueron tendiéndose en el suelo. Marcos Divès les abrió la segunda caverna, donde encontraron, al menos, un poco de abrigo; luego salió con Hullin para examinar la posición.
XXIII
Sobre el peñón del Falkenstein, en la cumbre de la montaña, se levanta una torre redonda, socavada por su base. Esta torre, cubierta de zarzas, espinos silvestres y mirtos, es tan antigua como la sierra; ni los franceses, ni los alemanes, ni los suecos la han destruido. La piedra y el cemento se han adherido con tal solidez, que no se puede arrancar el más pequeño fragmento de ella. La torre presenta un aspecto sombrío y misterioso, y evoca lejanas épocas que la memoria del hombre no logra alcanzar. En tiempo del paso de los gansos silvestres, Marcos Divès se apostaba de ordinario allí, cuando no tenía otra cosa que hacer; y algunas veces, a la caída de la tarde, en el momento en que las bandadas llegaban hendiendo la bruma y describiendo un amplio círculo antes de posarse, el contrabandista mataba dos o tres de aquellas aves, lo cual alegraba mucho a Hexe-Baizel, que siempre se hallaba dispuesta a llevarlas al asador. Otras veces, en otoño, Marcos tendía unas redes sobre la maleza, en las que cogía los zorzales que acudían al engaño; por último, la torre le servía también de leñera. ¡Cuántas veces Hexe-Baizel, cuando el viento norte soplaba con tal rigor que parecía arrancar la piel a los bueyes, y cuando el ruido, el crujir de las ramas y el lamento agudo de los bosques de alrededor subían a las alturas como el clamor del mar embravecido, cuántas veces Hexe-Baizel había estado a punto de ser arrebatada por el huracán hasta la montaña de Kilberi, que se halla enfrente! Pero la vieja se agarraba con ambas manos a la maleza, y el viento no conseguía mas que agitar sus cabellos rojos.
Habiendo observado Divès que la leña que allí almacenaba, al cubrirse de nieve y mojarse por la lluvia, daba más humo que llamas, techó la torre con un cobertizo de tablas. Con este motivo el contrabandista contaba una peregrina historia; afirmaba haber descubierto al poner las vigas, en el fondo de una hendedura, una lechuza blanca como la nieve, ciega y escuálida, copiosamente abastecida de musarañas y murciélagos. Por esto, Marcos la había denominado la _abuela de la comarca_, suponiendo que todos los pájaros se preocupaban de alimentarla, a causa de su mucha edad.
Al terminar aquel día, los guerrilleros, que observaban lo que sucedía, como los inquilinos de una casa de muchos pisos, desde las diferentes quebraduras de la peña, vieron aparecer los uniformes blancos en los desfiladeros de alrededor. Avanzaban en masas compactas por todas partes al mismo tiempo, lo que revelaba claramente su intención de bloquear el Falkenstein. Viendo lo cual, Marcos Divès quedose pensativo. «Si nos rodean--pensaba--no podremos procurarnos víveres, y será preciso rendirse o morir de hambre.»
Veíase perfectamente al estado mayor enemigo parado, a caballo, alrededor de la fuente de la aldea de Charmes. Divisábase a uno de los jefes, hombre corpulento y de amplio abdomen, que contemplaba la peña con un anteojo; detrás de él estaba Yégof, hacia quien se volvía de vez en cuando para interrogarle. Las mujeres y los niños de la aldea rodeaban a cierta distancia al enemigo, ante el que se extasiaban, y cinco o seis cosacos hacían caracolear a sus caballos. El contrabandista no pudo reprimir su inquietud y llamó aparte a Hullin.
--Mira--le dijo--esa fila de chacós que se desliza a lo largo del Sarre y, por este lado, los que suben por el valle saltando como liebres: son _kaiserlicks_, ¿no es verdad? ¿Y qué crees que van a hacer, Juan Claudio?
--Van a rodear la montaña.
--Eso está bien claro. ¿Y cuánta gente habrá ahí?
--Tres o cuatro mil hombres.
--Sin contar los que anden por esos campos. Entonces, ¿qué quieres que haga Piorette, con sus trescientos hombres, frente a tal muchedumbre de bandidos? Te lo pregunto con toda franqueza, Hullin.
--No podrá hacer nada--respondió el anciano con sencillez--. Los alemanes saben que nuestras municiones están en el Falkenstein; temen un levantamiento general cuando hayan invadido la Lorena y quieren asegurar su retaguardia. El general enemigo se ha dado cuenta de que no nos puede vencer a viva fuerza y trata de rendirnos por hambre. Todo esto, Marcos, es seguro; pero nosotros somos hombres y cumpliremos nuestro deber: aquí moriremos.
Hubo un instante de silencio; Marcos Divès frunció el ceño y no parecía muy convencido.
--¡Morir nosotros!--exclamó rascándose la cabeza--; no comprendo por qué debemos morir; esto no entra en mis planes; además, hay mucha gente que se alegraría...
--¿Qué quieres hacer?--dijo Hullin con sequedad--. ¿Quieres rendirte?
--¡Rendirme!--exclamó el contrabandista--. ¿Me tienes por un cobarde?
--Entonces, explícate.
--Esta noche salgo para Falsburgo. Arriesgo el pellejo al atravesar las líneas enemigas, pero prefiero eso a cruzarme de brazos aquí y perecer de hambre. Entraré en la plaza a la primera salida o trataré de ganar una poterna. El comandante Meunier me conoce porque le vendo tabaco hace tres años. Ha hecho, como tú, las campañas de Italia y de Egipto. Le expondré la situación. Veré a Gaspar Lefèvre. Haré cuanto sea preciso para que nos den quién sabe si una compañía. Con el uniforme nada más, estamos salvados, Juan Claudio; la gente útil que quede se unirá a Piorette y, en cualquier caso, puede venir en nuestro socorro. En fin, esta es mi idea. ¿Qué te parece?
Divès miró atentamente a Hullin, cuya vista fija y sombría le inquietaba.
--Dime, ¿no crees que esto puede ser una solución?
--Es una idea--dijo por último Juan Claudio--. No me opongo a ella.