La invasión o El loco Yégof

Chapter 14

Chapter 144,010 wordsPublic domain

Cinco minutos llevarían de descanso bajo la encina centenaria, cuando, en el momento que la nube se separaba lentamente de la Luna y que la pálida luz de ésta penetraba hasta el fondo del desfiladero, a unos doscientos pasos de distancia de los fugitivos, se destacó en el sendero y entre los pinares una figura negra a caballo. Aquella figura, alta y sombría, no tardó en recibir un rayo de Luna; viose entonces distintamente que era un cosaco con su gorro de piel de cordero y que llevaba la lanza bajo el brazo, con la punta hacia atrás. Se adelantaba al paso; y ya Frantz había apuntado, cuando detrás de él apareció otra lanza y otro cosaco, y después otro... En toda la extensión del monte, sobre el fondo pálido del cielo, no se veían mas que banderolas en forma de cola de golondrina y el brillo de las lanzas de los cosacos, que avanzaban en fila, directamente hacia el trineo, pero sin apresurarse, como gentes que iban en busca de algo, unos alzando la vista y otros inclinándose en la silla para mirar entre la maleza. Eran, seguramente, más de treinta.

Júzguese cuál sería la emoción de Luisa y Catalina, que se hallaban en tal momento sentadas en medio del camino. Miraban ambas mujeres con la boca abierta. Un minuto más, y se encontrarían rodeadas de aquellos bandidos. Los guerrilleros parecían estupefactos; era imposible retroceder: por un lado había que saltar un muro del prado, y por el otro, era preciso trepar por la montaña. En su turbación, la pobre labradora cogió a Luisa por un brazo y gritó con voz alterada por el peligro:

--¡Huyamos al bosque!

Y quiso saltar por encima del trineo; pero sus pies no pudieron separarse de la paja.

De repente, uno de los cosacos dejó escapar una exclamación gutural, que recorrió toda la línea.

--¡Nos han descubierto!--gritó el doctor Lorquin sacando el sable.

Apenas había pronunciado estas palabras, doce disparos iluminaron el sendero de un extremo al otro, y verdaderos aullidos de salvajes contestaron a las detonaciones. Los cosacos desembocaron del sendero en el prado de enfrente, encorvados sobre sus caballos, con las piernas encogidas, a rienda suelta y corriendo a todo correr hacia la casa forestal, como ciervos perseguidos.

--¡Ah! huyen como diablos--gritó el doctor.

Pero Lorquin había hablado con sobrada ligereza; después de recorrer doscientos o trescientos pasos por el valle, los cosacos se apretujaron como una bandada de estorninos, describiendo un círculo, y con la lanza en ristre y la cara casi entre las orejas de sus caballos se lanzaron a todo correr contra los guerrilleros, gritando con voz ronca: «¡Hurra, hurra!»

Fue un momento terrible.

Frantz y sus compañeros se arrojaron sobre el muro para cubrir el trineo.

Dos segundos después, la confusión era indescriptible: chocaban las lanzas contra las bayonetas, y gritos de rabia respondían a las imprecaciones; a la sombra de la gran encina, por la que se filtraban algunos rayos de luz débil, no se veía mas que caballos encabritados, con las crines erizadas, tratando de saltar el muro del prado, y, por debajo, las figuras bárbaras de los cosacos, con los ojos relucientes, el brazo en alto, descargando tajos con furor, avanzando, retrocediendo y lanzando gritos tan espantosos que ponían los cabellos de punta.

Luisa, muy pálida, y Catalina, con la cabellera gris suelta, se hallaban de pie sobre la paja del trineo.

El doctor Lorquin, delante de ellas, paraba los golpes con su sable, y, mientras batía el hierro, les gritaba:

--¡Tendedse, con mil demonios, tendedse en el trineo!

Pero ellas no lo oían.

Luisa, en medio del tumulto y de aquellos feroces aullidos, no pensaba mas que en cubrir con su cuerpo a Catalina. La labradora--¡júzguese cuál sería su terror!--acababa de reconocer al loco Yégof montado en un caballo alto y flaco, con la corona de hojalata en la cabeza, la barba erizada, empuñando una lanza y con la amplia piel de perro flotando sobre sus hombros. Catalina le veía perfectamente, como en medio del día: allí estaba el viejo, y su lúgubre perfil se destacaba a unos diez pasos, con los ojos fulgurantes, blandiendo su larga flecha azul en las tinieblas y tratando de alcanzar a la labradora. ¿Qué hacer? ¡Someterse, sufrir su muerte!... Así los más firmes caracteres se sienten carcomidos por un destino fatal: la anciana se creía señalada de antemano; veía a aquellos hombres saltar como lobos, darse tajos y pararlos, a la luz de la Luna. Veía caer algunos combatientes; a los caballos, sueltas las bridas, huir por el prado... Veía, a la izquierda, que se abría el ventanuco más alto de la casa forestal, y el anciano Cuny, en mangas de camisa, apuntando con el fusil en dirección del grupo, pero sin atreverse a disparar... La anciana veía todas aquellas cosas con una lucidez extraña, y se decía: «El loco ha vuelto... Suceda lo que quiera, esto tiene que terminar como he visto en sueños, y mi cabeza colgará de la silla de su caballo...»

Todo, en efecto, parecía justificar sus temores. Los guerrilleros, muy inferiores en número, retrocedían. No tardó en producirse un remolino en el que se mezclaban los adversarios; los cosacos, franqueando el muro, llegaron al sendero, y un lanzazo, hábilmente dirigido, ensartó el moño de la anciana, quien sintió el hierro frío deslizarse hasta su nuca.

--¡Oh, miserables!--gritó al caer, mientras que, con ambas manos, se sostenía de las riendas.

También el doctor Lorquin acababa de ser derribado contra el trineo. Frantz y sus compañeros, acosados por veinte cosacos, no podían acudir a su socorro. Luisa sintió una mano posarse sobre su hombro; era la mano del loco, que trataba de asir a la joven desde lo alto de su gigantesco caballo.

En aquel instante supremo, la pobre niña, loca de terror, dejó escapar un grito de angustia, y viendo relucir algo en las tinieblas, las pistolas de Lorquin, las arrancó del cinto del doctor, con la rapidez del relámpago, e hizo fuego con las dos a la vez, quemando las barbas de Yégof, cuyo rostro rojizo se iluminó al resplandor de los fogonazos, y destrozando la cabeza de un cosaco que se inclinaba hacia ella con los ojos desencajados por insanos deseos. Rápidamente, se apoderó del látigo de Catalina, y de pie, pálida como una muerta, descargó varios latigazos sobre los lomos del caballo, que partió a escape. El trineo volaba entre la maleza, inclinándose ya a la derecha, ya a la izquierda. De repente se sintió un choque, y Catalina, Luisa, la paja, todo rodó por la nieve en el declive del barranco. El caballo se paró en firme, aculándose sobre los corvejones y arrojando espuma y sangre por la boca, pues había chocado con una encina.

A pesar de lo rápida que fue la caída, Luisa había visto algunas sombras pasar como el viento detrás del seto, y había oído una voz terrible, la voz de Marcos Divès, que gritaba: «¡Adelante! ¡Atravesadlos!»

Aquello no fue mas que una visión, una de esas apariciones confusas que se nos presentan ante los ojos en el último momento; pero, al levantarse la pobre niña, no tuvo ya la menor duda: a veinte pasos de allí, detrás de un grupo de árboles, se oía el choque de las armas y la voz de Marcos que gritaba: «¡Arriba, amigos míos!... ¡Que no haya cuartel!»

Después la joven vio una docena de cosacos que trepaban por la pendiente opuesta, entre los brezos, como si fuesen liebres, y más abajo, en un claro, a Yégof que atravesaba el valle, a la luz de la Luna, como un pájaro azorado. Oyéronse numerosos disparos, pero ninguno alcanzó al loco, el cual, alzándose sobre los estribos en plena carrera, se volvió, y agitando la lanza con aire altanero, prorrumpió en un ¡hurra! con esa voz penetrante de la garza que logra escaparse de las garras del águila y hiende los aires velozmente. Otros dos disparos partieron de la casa del guardabosque, llevándose un jirón de los andrajos del loco, que prosiguió su carrera, repitiendo los hurras con ronca voz y subiendo por el sendero que habían seguido sus camaradas.

Toda aquella visión desapareció como un sueño.

Entonces Luisa se volvió. Catalina estaba de pie a su lado, no menos estupefacta y no menos atenta que ella. Ambas mujeres se miraron un instante y luego se confundieron en un estrecho abrazo, con un sentimiento de bienestar indefinible.

--¡Nos hemos salvado!--murmuró Catalina.

Y las dos comenzaron a llorar.

--Te has portado admirablemente--decía la anciana--; es magnífico, es valiente lo que has hecho. Juan Claudio, Gaspar y yo podemos estar orgullosos de ti.

Luisa se hallaba agitada por una emoción tan profunda, que temblaba de pies a cabeza. Pasado el peligro, volvía a recobrar su carácter dulce, y ella misma no podía comprender el valor de que había dado pruebas pocos minutos antes.

Después de un breve silencio, encontrándose más tranquila, se disponían las dos mujeres a volver al camino, cuando vieron a cinco guerrilleros y al doctor que iban en su busca.

--¡Bien, Luisa! ¡Ya puede usted llorar cuanto quiera!--dijo Lorquin--; pero usted es un dragón, un verdadero demonio. Y ahora se hace la chiquita; pero todos hemos visto lo que ha hecho. Y a propósito, ¿dónde están mis pistolas?

En aquel momento se separaron las ramas y apareció Marcos Divès, con el espadón colgando de su mano, gritando:

--¡Bah, señora Catalina! ¡Estas sí que son emociones! ¡Con mil demonios! ¡Y qué suerte la de haber estado yo aquí! Porque esos miserables iban a desvalijarles de pies a cabeza.

--Sí--dijo la anciana mientras metía sus cabellos grises dentro de la cofia--; ha sido una gran fortuna.

--¡Sí; ha habido suerte, ya lo creo! No hace todavía diez minutos que llegué con el furgón a casa del tío Cuny. «No vayas al Donon--me dijo--, pues hace una hora que se ve el cielo rojo por ese lado... Seguramente allí arriba se están pegando de firme.» «¿Usted cree?»--contesté--. «A fe mía, sí.» «Entonces voy a mandar a Joson de explorador, para saber algo, y mientras tanto beberemos unas copas.» Pues bien, apenas había salido Joson, oigo unos gritos de dos mil demonios: «¿Qué es eso, Cuny?» «No sé»--me respondió--. Empujamos la puerta y vemos lo que pasaba: «¡Eh!--exclamó el contrabandista--; somos nosotros los que tenemos el fuego en casa.» Salto sobre mi _Fox_, y en marcha. ¡Qué suerte!

--¡Ah!--dijo Catalina--; si estuviéramos seguros de que nuestros asuntos del Donon fueran tan bien como aquí, podíamos estar satisfechos.

--Sí, sí; ya me ha contado Frantz; es el destino; siempre tiene que haber algo que salga mal--respondió Marcos--. En fin..., en fin... Todavía permanecemos allí, con los pies hundidos en la nieve; esperemos que Piorette no dejará que aplasten a sus camaradas, y vamos a vaciar las copas, que aun están medio llenas.

Cuatro contrabandistas llegaron en tal momento diciendo que el miserable Yégof podía fácilmente volver con otra cuadrilla de bandidos de su jaez.

--Es verdad--contestó Divès--. Vamos a regresar al Falkenstein, puesto que así lo ha ordenado Juan Claudio; pero no podemos llevarnos el furgón, pues nos impediría ir por el atajo, y dentro de una hora esos bandidos caerían sobre nuestras espaldas. Entremos un poco en casa de Cuny; a Catalina y a Luisa no sentará mal tomar un trago, ni a los otros tampoco; así cobrarán ánimo. ¡Arre, _Bruno_!

Marcos cogió al caballo de la brida... Se acababa de colocar en el trineo a dos hombres heridos. Otros dos habían perecido en el encuentro, junto a seis u ocho cosacos que quedaban tendidos en la nieve, con las piernas abiertas; todo fue abandonado, y los supervivientes se dirigieron a la casa del guardabosque. Frantz se consolaba, al fin, de no encontrarse en el Donon. Había despanzurrado a dos cosacos, y la vista de la casa le puso de bastante buen humor. Delante de la puerta se hallaba el furgón de las municiones. Cuny salió exclamando:

--¡Sea bien venida la señora Lefèvre! ¡Qué noche para las mujeres! Siéntense las señoras. ¿Qué pasa en el Donon?

Mientras que se vaciaba la botella apresuradamente, fue preciso explicar lo sucedido otra vez. El buen anciano, vestido de una sencilla casaca y de un calzón verde, con la cara llena de arrugas y la cabeza calva, escuchaba con los ojos fijos, uniendo las manos y gritando:

--¡Dios mío, Dios mío! ¡En qué tiempos vivimos! No se puede andar por las carreteras sin correr el peligro de ser atacado. ¡Esto es peor que las antiguas historias de los suecos!

Y el anciano movía la cabeza.

--Vamos--gritó Divès--; el tiempo vuela. ¡En marcha! ¡En marcha!

Todos salieron. Los contrabandistas condujeron el furgón, que contenía varios millares de cartuchos y dos barriles de aguardiente, a trescientos pasos de allí, en medio del valle, y desengancharon los caballos.

--Vosotros, seguid marchando--gritó Marcos al resto de la caravana--; dentro de pocos minutos os alcanzaremos.

--Pero ¿qué vas a hacer con este furgón?--preguntó Frantz--. Puesto que no tenemos tiempo de llevarlo al Falkenstein, mejor sería dejarlo en el cobertizo de Cuny que abandonarlo en medio del camino.

--Sí, para que ahorquen al pobre viejo cuando vuelvan los cosacos, que estarán aquí antes de una hora. No tengas cuidado; se me ha ocurrido una idea.

Frantz se unió al trineo que se alejaba. No tardaron los fugitivos en dejar atrás la fábrica de aserrar del marqués; después torcieron a la derecha, para llegar a la casa de «El Encinar», cuya elevada chimenea se descubría sobre la meseta, a tres cuartos de legua. Marcos Divès y su gente llegaron gritando:

--¡Alto! ¡Pararse un poco! ¡Mirad allá abajo!

Todos volvieron la vista hacia el fondo del desfiladero, y vieron a los cosacos caracolear alrededor del carro de municiones, en número que no bajaría de doscientos o trescientos.

--¡Que llegan! ¡Salvémonos!--exclamó Luisa.

--Esperad un poco--dijo el contrabandista--; no tenemos nada que temer.

Y no había éste acabado de pronunciar tales palabras cuando una sábana inmensa de fuego extendió sus dos alas rojas de una a otra montaña, iluminando los bosques hasta las copas de los árboles, las peñas y la casita del guardabosque, situada a mil quinientos metros más abajo; después se oyó una detonación tan fuerte, que la tierra se estremeció hasta sus entrañas.

Y mientras cuantos contemplaban el grandioso espectáculo se miraban unos a otros deslumbrados y mudos de espanto, resonó una formidable carcajada de Marcos Divès, que se mezcló al zumbido que vibraba en los oídos de aquéllos.

--¡Ja, ja, ja!--exclamaba el contrabandista--; estaba seguro que los miserables se detendrían alrededor del furgón para beberse el aguardiente, y que la mecha tendría tiempo de prender en la pólvora... ¿Creen ustedes que nos perseguirán? Sus brazos y sus piernas han volado a las copas más altas de los abetos... ¡Vamos, arre! ¡Quiera el cielo que suceda lo mismo a cuantos acaban de pasar el Rin!...

La escolta, los guerrilleros, el doctor, todo el mundo permanecía silencioso. Tantas y tan terribles emociones sugerían a cada cual pensamientos inacabables, que nunca se presentan en la vida ordinaria. Y cada uno se decía: «¿Qué sucede a los hombres para destruirse de esta manera, para atormentarse, para destrozarse, para arruinarse así? ¿Qué se han hecho para odiarse de tal modo? ¿Qué espíritu, qué impulso feroz les anima, si no es el mismo espíritu del mal?»

Unicamente Divès y su gente no se conmovían por aquellos sucesos, y sin dejar de galopar, riendo y alborotando, gritaba el contrabandista:

--Nunca he visto una fogarata parecida... ¡Ja, ja, ja! Hay que reírse mil años...

Pero, al poco tiempo, Marcos quedose pensativo y dijo:

--Todo esto debe venir de Yégof. Es preciso estar ciego para no comprender que ha sido él quien ha guiado a los alemanes al Blutfeld. Sentiría que le hubiese alcanzado un trozo del carro; le reservo algo mejor que eso. Lo que más deseo es que continúe bien de salud, hasta que nos encontremos un día cara a cara, en cualquier lugar apartado del bosque. Que esto sea dentro de un año, de dos, de veinte, poco importa, con tal que suceda. Mientras más tiempo espere más ganas tendré; las buenas tajadas se comen frías, como la cabeza de jabalí con vino blanco.

El contrabandista decía tales palabras de una manera sencilla; pero los que le conocían adivinaban en ellas algo peligrosísimo para Yégof.

Media hora después, todos llegaron a la meseta de «El Encinar».

XXI

Jerónimo de San Quirino se había retirado hacia la granja, y desde media noche ocupaba la meseta.

--¿Quién vive?--gritaron los centinelas al aproximarse la escolta del trineo.

--Somos nosotros, los de la aldea de Charmes, respondió Marcos Divès con voz tonante.

Los de Jerónimo se adelantaron para reconocer a los que llegaban y los dejaron pasar.

En la granja reinaba un silencio profundo; un centinela, arma al brazo, se paseaba delante de las trojes, en las que dormían sobre montones de paja unos treinta hombres. Catalina, al ver las sombrías techumbres, los viejos cobertizos, los establos, toda aquella antigua morada donde había pasado su juventud, donde se había deslizado la apacible y laboriosa existencia de su padre y de su abuelo y que ella iba a abandonar quizá para siempre, experimentó una angustia terrible; pero nada dijo, y saltando del trineo, como en otras ocasiones cuando volvía del mercado, exclamó:

--Vamos, Luisa; por fin nos vemos otra vez en nuestra casa, gracias a Dios.

Mientras tanto, Duchêne había abierto la puerta, gritando:

--¿Es usted, señora Lefèvre?

--Sí, somos nosotros. ¿No hay noticias de Juan Claudio?

--No, señora.

Todos entraron en la cocina.

Algunos rescoldos brillaban aún en el hogar, y bajo la inmensa campana de la chimenea estaba sentado en la sombra Jerónimo de San Quirino, envuelto en un gran capote de estameña, con su barba rojiza terminada en punta, un grueso garrote entre las rodillas y la carabina apoyada en la pared.

--¡Buenos días, Jerónimo!--dijo la anciana.

--Buenos días, Catalina--contestó grave y solemnemente el jefe del puerto de Grosmann--. ¿Viene usted del Donon?

--Sí... Aquello va mal, amigo Jerónimo. Los _kaiserlicks_ atacaban la granja cuando abandonamos la meseta. No se veían mas que uniformes blancos por todas partes, y ya comenzaban a franquear las defensas.

--Entonces ¿cree usted que Hullin se verá obligado a abandonar el camino?

--Si Piorette no acude en su socorro, es posible.

Los guerrilleros se habían aproximado al fuego.

Marcos Divès se inclinó hacia los rescoldos para encender la pipa, y al levantarse dijo:

--Yo, Jerónimo, no te pregunto mas que una cosa; sé de antemano que la gente se ha batido bien donde tú mandabas...

--Hemos cumplido con nuestro deber--respondió el zapatero--, y los sesenta hombres que se han quedado tendidos en la falda del Grosmann pueden atestiguarlo en último término.

--Sí; pero ¿quién ha guiado a los alemanes? Ellos no han podido encontrar por sí mismos el paso del Blutfeld.

--Ha sido Yégof, el loco Yégof--dijo Jerónimo, cuyos ojos grises, rodeados de profundas arrugas y cubiertos de espesas cejas blancas, parecieron fulgurar en las tinieblas.

--¡Ah! ¿Estás seguro?...

--La gente de Labarbe le ha visto subir cuando conducía a los otros.

Los guerrilleros se miraron con indignación.

En aquel momento el doctor Lorquin, que se había quedado fuera para desenganchar el caballo, abrió la puerta exclamando:

--¡La batalla se ha perdido! Aquí vienen las gentes del Donon; acabo de oír la cuerna de Lagarmitte.

Fácil es imaginar cuál sería la emoción de los presentes al escuchar tales palabras. Cada cual pensó en los parientes, en los amigos que no volverían a ver; y todos, los de la cocina y los de las trojes, se precipitaron en tropel hacia la meseta. En el mismo instante, Robin y Dubourg, que estaban de centinela en lo alto de «El Encinar», gritaron:

--¿Quién vive?

--¡Francia!--contestó una voz.

A pesar de la distancia, Luisa, creyendo reconocer la voz de su padre, fue presa de tal emoción, que Catalina tuvo que sostenerla.

Casi simultáneamente numerosos pasos resonaron en la nieve endurecida, y Luisa, no pudiendo contenerse, gritó con voz desgarradora:

--¡Papá Juan Claudio!...

--Ya voy, ya voy--contestó Hullin.

--¿Y mi padre?--preguntó Frantz Materne corriendo hacia Juan Claudio.

--Viene con nosotros, Frantz.

--¿Y Kasper?

--Ha recibido una pequeña herida, pero no es nada; ahora verás a los dos.

En el mismo instante, Catalina se arrojó en brazos de Hullin.

--¡Oh, Juan Claudio! ¡Qué alegría tan grande al volver a verle!

--Sí--murmuró el anciano lúgubremente--; hay muchos que no volverán a ver a los suyos.

--¡Frantz!--se oyó gritar al viejo Materne--. ¡Eh, por aquí!

Y por todas partes se veían en la sombra personas que se buscaban unas a otras, que se daban la mano, que se abrazaban. Otros gritaban al mismo tiempo: «¡Niclau! ¡Sapheri!», pero no obtenían respuesta.

Aquellas voces se repetían hasta volverse roncas, balbucientes, y, por último, cesaban. La alegría de los unos y la consternación de los otros producían un efecto desconcertante. Luisa se hallaba en brazos de Hullin y lloraba amargamente.

--¡Ah, Juan Claudio!--decía la señora Lefèvre--; ya sabrá usted lo que ha hecho esta niña. Por ahora, no le digo nada; pero hemos sido atacados.

--Sí, ya hablaremos de eso después... El tiempo vuela--dijo Hullin--; el camino del Donon se ha perdido, y los cosacos pueden estar aquí al amanecer; tenemos muchas cosas que hacer.

Juan Claudio volvió la esquina y entró en la casa; todos los demás le siguieron. Duchêne acababa de echar al fuego un haz de leña. Aquellos rostros ennegrecidos por la pólvora, animados aún por el ardor del combate, aquellos hombres, con los vestidos desgarrados por los bayonetazos, algunos de los cuales sangraban al salir de las tinieblas a la viva luz, ofrecían el más extraño espectáculo. Kasper, con la frente vendada con un pañuelo, había recibido un sablazo; su bayoneta, su correaje y sus altas polainas azules estaban manchados de sangre. El anciano Materne, gracias a su imperturbable presencia de espíritu, volvía sano y salvo de la contienda. De este modo, los restos de las fuerzas de Jerónimo y Hullin se hallaron unidos. Todos tenían el mismo salvaje aspecto y estaban animados por la misma energía e idéntico espíritu de venganza. Los de Hullin, rendidos de cansancio, se sentaron a derecha e izquierda en haces de leña, en las piedras de los desagües y en las losas del hogar, con la cabeza entre las manos y los codos en las rodillas. Los demás miraban a todas partes, y no pudiendo convencerse de la desaparición de Hans, de Joson, de Daniel, cambiaban entre sí preguntas seguidas de largos silencios. Los dos hijos de Materne se habían agarrado del brazo, como si tuvieran miedo de perderse, y su padre, detrás de ellos, apoyado en la pared y el codo en el cañón de la carabina, les miraba con satisfacción. «Están aquí, los estoy viendo--parecía decirse el anciano--; son fuertes los muchachos; los dos han logrado salvar el pellejo.» Y el valiente guerrillero tosía en el hueco de la mano. Algunos iban a preguntarle por Pedro, por Jacobo, por Nicolás, por su hijo o por su hermano; y el anciano respondía maquinalmente: «Sí, sí, han quedado muchos tendidos allá... ¡Qué le vamos a hacer! Es la guerra. Nicolás ha cumplido con su deber...; es preciso tener paciencia. Pero él pensaba para sus adentros: «¡Los míos se han escapado de la quema, y eso es lo principal!»

Catalina se ocupó de poner la mesa con Luisa. Duchêne subió de la bodega un barril de vino, llevándolo sobre el hombro; lo colocó en el aparador, hizo saltar el tapón, y cada guerrillero fue presentando su vaso, su cacharro o su cantimplora ante el chorro de color púrpura, que brillaba a los reflejos del hogar.

--¡Comed y bebed!--les decía la labradora--; esto no se ha acabado aún, y tendréis necesidad de que no os falten las fuerzas. ¡Eh, Frantz! ¡Descuelga ese jamón! Aquí están el pan y los cuchillos. Sentaos, hijos míos.

Frantz, con la bayoneta, espetaba los jamones en la chimenea.