Chapter 13
--¡Es un sueño!... Yo también suelo tener sueños... Ayer se afectó usted demasiado, Catalina; aquel ruido..., aquellos gritos...
--No--respondió la anciana con gran firmeza reanudando su labor--; no es eso. Si le he de decir toda la verdad, le aseguro que durante la batalla, y hasta el momento en que el cañón tronaba contra nosotros, no he tenido miedo; de antemano estaba segura que no podíamos ser derrotados; ¡eso lo había visto yo hace mucho tiempo!...; pero ahora tengo miedo.
--Pero los alemanes han evacuado Schirmeck; la línea de los Vosgos está bien defendida y tenemos más gente de la que necesitamos, sin contar la que se nos une a cada momento.
--No importa.
Hullin se encogió de hombros y dijo:
--Vamos, vamos; usted tiene fiebre, Catalina; cálmese y procure pensar en cosas alegres. Todos esos sueños me importan poco y me río de ellos como del gran turco con su pipa y sus medias azules. Lo principal es vivir prevenidos, tener municiones, cañones y hombres; eso vale más que todos los sueños...
--¿Se ríe usted de lo que digo, Juan Claudio?
--No; pero al oír a una mujer de buen juicio y de gran valor hablar como usted lo hace, no hay más remedio que pensar en Yégof, que se jacta de haber vivido mil seiscientos años.
--¡Quién sabe--dijo la anciana con obstinación--si él se acuerda de lo que los otros han olvidado!
Hullin iba a referir a Catalina la conversación que había tenido el día anterior, en el vivaque, con el loco, pensando que éste sería el mejor medio de quitar a la anciana sus lúgubres preocupaciones; pero al verla de acuerdo con Yégof en el capítulo de los mil seiscientos años, el buen hombre no dijo nada y prosiguió su paseo silenciosamente, cabizbajo y pensativo. «Está loca--pensaba--; la más ligera agitación acabará con ella para siempre.»
Catalina, después de reflexionar un instante, iba a decir algo, cuando Luisa entró, rápida como una golondrina, gritando con dulce voz:
--¡Mamá Lefèvre, mamá Lefèvre! ¡Una carta de Gaspar!
Entonces la labradora, cuya nariz aguileña se había encorvado hasta tocar los labios, a causa de la indignación que le producía ver cómo Hullin tomaba a broma su sueño, levantó la cabeza, y los grandes surcos de sus mejillas desaparecieron.
Catalina cogió la carta, miró el lacre rojo y dijo a la joven:
--Dame un beso, Luisa; son buenas noticias.
Luisa abrazó y besó a la anciana con frenesí.
Hullin se había aproximado, muy alegre por aquel incidente, y el cartero Brainstein, con sus recios zapatos humedecidos por la nieve, las manos apoyadas en un garrote y los hombros caídos, permanecía en la puerta con aire de cansancio.
La anciana se puso las gafas, abrió la carta con cierto recogimiento, ante las miradas impacientes de Juan Claudio y Luisa, y leyó en alta voz:
* * * * *
«La presente, madre mía, tiene por objeto comunicarle que todo marcha bien y que he llegado el martes por la tarde a Falsburgo, en el preciso momento en que se cerraban las puertas. Los cosacos estaban ya en la ladera de Saverne y hemos tenido que pasar la noche tiroteando sus avanzadas. Al día siguiente se presentó un parlamentario intimándonos que rindiéramos la plaza. El comandante Meunier le contestó que se marchara con la música a otra parte, y tres días después un diluvio de bombas y obuses comenzó a caer sobre la ciudad. Los rusos tienen tres baterías; una en la falda de Mittelbronn, otra en Las Barracas de lo alto, y la tercera detrás del tejar de Pernette, cerca del abrevadero; pero las balas candentes son las que hacen más daño, porque queman las casas de arriba abajo, y cuando el incendio se declara en alguna parte, comienzan a caer obuses a su alrededor, que impiden a las gentes extinguirlo. Las mujeres y los niños no salen de los blocaos; los paisanos permanecen con nosotros en las murallas; son gente animosa y hay entre ellos algunos veteranos de las campañas del Sambre y Mosa, de Italia y de Egipto, que no han olvidado el manejo de las piezas. Me estremece verlos, con sus grandes bigotes grises, pegados a los cañones, para apuntar bien. Puedo asegurarle que con ellos no hay metralla que se pierda. Después de haber hecho temblar al mundo, es duro verse obligado a defender, en los días de la vejez, su choza y su último pedazo de pan...»
* * * * *
--Sí, es duro--exclamó la señora Catalina, secándose los ojos--; de pensarlo solamente da pena.
Después, la anciana prosiguió:
* * * * *
«Anteayer, el gobernador ordenó un ataque para destruir los depósitos de municiones del tejar. Ya sabrá usted que los rusos rompen el hielo del abrevadero para bañarse en pelotones de veinte a treinta y que en seguida se meten, para secarse, en los hornos de ladrillos. Pues bien; a eso de las cuatro, al ponerse el Sol, salimos por la poterna del arsenal, subimos a los caminos cubiertos y nos encaminamos por la avenida de las Vacas, con el fusil al brazo y a paso de carga. Diez minutos después comenzamos a hacer fuego graneado sobre los que se hallaban en el abrevadero. Los restantes salieron del tejar, sin tener tiempo mas que para colocarse las cartucheras, tomar el fusil e ir a ponerse en filas, completamente desnudos en la nieve como verdaderos salvajes. A pesar de esto, los miserables, que eran diez veces más numerosos que nosotros, iniciaron un movimiento hacia la derecha, en dirección de la capillita de San Juan, con el objeto de rodearnos; pero las baterías del arsenal descargaron sobre ellos un huracán de mil demonios, como no he visto otro en mi vida; la metralla se llevaba filas enteras de enemigos. Al cabo de un cuarto de hora, todos en masa comenzaron a retirarse hacia Cuatro Vientos, sin recoger sus equipos, con los oficiales a la cabeza y las municiones de la posición a retaguardia. El señor Juan Claudio se hubiera reído de lo lindo al ver este desastre. En fin, cuando cerró la noche, volvimos a la ciudad, después de haber destruido los depósitos de balas y de haber arrojado dos cañones de ocho a los pozos del tejar. Tal ha sido nuestra primera expedición. Hoy le escribo desde Las Barracas del Encinar, adonde hemos venido para buscar vituallas con que abastecer la plaza. Todo esto puede durar aún varios meses. He oído decir que los aliados suben por el valle de Dosenheim hasta Weschem, y que invaden por millares el camino de París... ¡Ah! ¡Si quisiera Dios que el emperador ganase la partida en Lorena o en la Champaña, no iba a escaparse uno solo! En fin, quien viva verá... Ahora tocan a retirada; volvemos a Falsburgo. Hemos recogido no pocas vacas y cabras en las cercanías, y será preciso batirse para que lleguen sanas y salvas a la ciudad. Hasta la vista, madre mía, mi querida Luisa, papá Juan Claudio; abrazo a todos con efusión, como si les tuviera entre mis brazos.»
* * * * *
Al acabar la lectura, Catalina Lefèvre se enterneció.
--¡Qué buen muchacho!--exclamó la anciana--; no atiende mas que a su deber. En fin..., está bien... Ya lo oyes, Luisa, te abraza, con efusión.
Luisa se precipitó en los brazos de Catalina, y ambas mujeres se besaron; la labradora, a pesar de la entereza de su carácter, no pudo contener dos gruesas lágrimas, que siguieron los surcos de sus mejillas. Luego, tranquilizándose, dijo:
--¡Vamos, vamos; todo marcha bien! Venga usted, Brainstein, que le voy a dar un trozo de carne y un vaso de vino. Además, aquí tiene un escudo de seis libras por la caminata; yo quisiera darle lo mismo todas las semanas por una carta semejante.
El peatón, encantado de tan buena suerte, siguió a la anciana; Luisa iba detrás, y Juan Claudio marchaba tras ella, impaciente por interrogar a Brainstein sobre lo que había sabido por el camino referente a los acontecimientos que se desarrollaban; pero no pudo sacarle nada nuevo, sino que los aliados bloqueaban Bitche y Lutzelstein y que habían perdido varios centenares de hombres en el intento de forzar el desfiladero del Graufthal.
XX
Hacia las diez de la noche, Catalina Lefèvre y Luisa, después de haber dado las buenas noches a Hullin, subieron a su habitación, que estaba encima de la sala grande, para acostarse. Había allí dos amplios lechos de plumas, con colgaduras de tela a rayas azules y rojas, que se elevaban hasta el techo.
--Vamos--exclamó la labradora encaramándose a una silla--; que duermas bien, hija mía; yo no puedo más y voy a caer rendida.
Catalina se tapó con la manta, y cinco minutos después dormía profundamente.
Luisa no tardó en seguir su ejemplo.
De este modo habían transcurrido dos horas, cuando la anciana despertó sobresaltada por un tumulto espantoso.
--¡A las armas! ¡A las armas!--gritaban por todas partes--. ¡Eh! ¡Por aquí! ¡Mil centellas! ¡Que vienen!
Cinco o seis disparos se sucedieron, iluminando los cristales envueltos en la obscuridad.
--¡A las armas! ¡A las armas!
Nuevos disparos se oyeron. La gente iba de un lado a otro, corriendo.
La voz de Hullin, seca, vibrante, sobresalía dando órdenes.
A la izquierda de la alquería, bastante lejos, resonaba como un chisporroteo sordo y profundo, en los puertos del Grosmann.
--¡Luisa, Luisa!--gritó la labradora--; ¿no oyes?
--¡Sí!... ¡Oh, Dios mío, es terrible!
Catalina saltó de la cama.
--Levántate, hija mía--añadió--; vamos a vestirnos en seguida.
Los disparos aumentaban, y sus fogonazos cruzaban por los cristales como relámpagos.
--¡Cuidado!--gritó Materne.
Oíanse también los relinchos de un caballo que se hallaba fuera y las recias pisadas de una muchedumbre de gentes que andaban por el pasillo, por el patio y delante de la alquería; la casa parecía conmoverse hasta sus cimientos.
De repente, sonaron unos disparos en las ventanas de la sala baja. Las dos mujeres se vestían apresuradamente. En aquel momento, unas pisadas fuertes resonaron en la escalera; abriose la puerta, y Hullin apareció con una linterna en la mano, pálido el rostro, los cabellos desgreñados y temblándole las mejillas.
--¡Vamos, de prisa!--exclamó--; no tenemos un minuto que perder.
--¿Pero qué pasa?--preguntó Catalina.
El ruido de las descargas se acercaba.
--¡Vamos!--gritó Juan Claudio levantando los brazos--; ¿cree usted que hay tiempo de explicarlo?
La anciana comprendió que no tenía mas que obedecer, y cogiendo su manto bajó la escalera con Luisa. Al resplandor intermitente de los fogonazos, Catalina vio a Materne, con el pecho al aire, y a su hijo Kasper disparando desde el umbral del pasillo hacia las barricadas; diez hombres, situados detrás de ellos, les pasaban los fusiles cargados, de suerte que no tenían mas que encañonar y hacer fuego. Todas aquellas figuras apelotonadas, que cargaban las armas y se las alargaban unos a otros, tenían un terrible aspecto. Tres o cuatro cadáveres, tendidos junto a la pared derruida, añadían una nota lúgubre al horror del combate; el humo penetraba dentro de la casucha.
Al llegar a lo alto de la escalera, Hullin gritó:
--¡Ya están aquí, gracias a Dios!
Y todos los valientes que allí se encontraban, levantando la cabeza, gritaron:
--¡Animo, señora Lefèvre!
Entonces, la pobre mujer, dominada por tantas emociones, rompió a llorar, apoyándose en el hombro de Juan Claudio; pero éste la tomó en sus brazos como una pluma y salió corriendo a lo largo del muro, a la derecha; Luisa les seguía sollozando.
Fuera no se oía mas que el silbido de las balas, y golpes sordos en la pared; la cal se desconchaba, las tejas caían a tierra, y frente por frente, en dirección de las barricadas, a trescientos pasos, se veían los uniformes blancos, alineados, que se iluminaban con los fogonazos de sus propios disparos, en la noche obscura, y a la izquierda, al otro lado del barranco de las Minas, se divisaba a los hombres de la sierra que cogían de flanco al enemigo.
Hullin desapareció tras el ángulo de la casa de labor; allí la obscuridad era completa, y apenas se veía al doctor Lorquin, a caballo delante de un trineo, empuñando un espadón de caballería y un par de pistolas de arzón al cinto, y a Frantz Materne, al frente de una docena de hombres armados de fusiles, que temblaba de ira. Hullin colocó a Catalina en el trineo sobre un montón de paja, y Luisa se sentó a su lado.
--¡Vamos, ya están ustedes aquí!--exclamó el doctor--; gracias a Dios.
Y Frantz Materne agregó:
--Si no fuera por usted, señora Lefèvre, crea que ni uno solo abandonaría esta noche el monte; pero por usted no hay nada que decir.
--No--gritaron los demás--; nada tenemos que decir.
En aquel momento, un hombre fornido, de piernas largas como las de una garza real, y cargado de espaldas, pasó corriendo por detrás de la pared, gritando:
--¡Que vienen!... ¡Sálvese el que pueda!
Hullin palideció.
--Es el amolador del Harberg--dijo Juan Claudio, rechinando los dientes.
Frantz no dijo nada, y, llevándose la carabina al hombro, apuntó e hizo fuego.
Luisa vio al amolador, distante unos treinta pasos, que alzaba los brazos en la obscuridad y caía de bruces a tierra.
Frantz volvió a cargar el arma sonriendo de extraño modo.
Hullin dijo:
--Camaradas: aquí tenéis a nuestra madre, la que nos ha dado la pólvora y la que nos ha mantenido para que defendamos la patria; aquí tenéis también a mi hija; ¡salvadlas!
Todos contestaron a una voz:
--Las salvaremos o moriremos con ellas.
--Y no olvidéis decir a Divès que permanezca en el Falkenstein hasta nueva orden.
--Esté usted tranquilo, señor Juan Claudio.
--¡Pues en marcha, doctor, en marcha!--exclamó el valiente guerrillero.
--¿Y usted, Hullin?--dijo Catalina.
--Mi sitio es éste; hay que defender la posición hasta la muerte.
--¡Papá Juan Claudio!--gritó Luisa, tendiéndole los brazos.
Pero el guerrillero doblaba ya la esquina; el doctor arreó el caballo, y el trineo se deslizó por la nieve. Detrás de él, Frantz Materne y sus hombres, con las carabinas al hombro, apresuraban el paso, mientras que el ruido de las descargas continuaba alrededor de la casa.
Esto fue todo lo que Catalina Lefèvre y Luisa vieron en el transcurso de algunos minutos. Sin duda había sucedido algo extraño y terrible aquella noche. La anciana, acordándose de su sueño, permanecía silenciosa. Luisa se secaba las lágrimas y dirigía miradas angustiosas hacia la meseta, iluminada como por un incendio. El caballo saltaba al recibir los golpes del doctor, y los hombres de la escolta seguían a duras penas el trineo. Durante largo tiempo oyéronse los tumultos y clamores del combate, las descargas y el silbido de las balas que segaban la maleza; pero todo esto fue diminuyendo cada vez más, y al llegar a la parte baja del sendero, todo desapareció como si fuese un sueño.
El trineo acababa de llegar a la otra vertiente de la montaña y volaba, como una flecha, en las tinieblas. Sólo turbaba el silencio el galope del caballo, la respiración anhelante de la escolta y, de vez en cuando, el grito del doctor: «¡Eh, _Bruno_! ¡Arriba, vamos!»
Ráfagas de aire frío, ascendiendo de los valles del Sarre, traían de muy lejos, como un suspiro, los rumores eternos de los torrentes y de los bosques. La Luna, filtrándose entre las nubes, alumbraba de lleno las selvas sombrías del Blanru, con sus grandes abetos cargados de nieve.
Diez minutos después llegaba el trineo a la linde de estos bosques, y el doctor Lorquin, volviéndose sobre la silla del caballo, preguntó:
--¿Qué hacemos ahora, Frantz? Este es el sendero que se dirige a las colinas de San Quirino, y este otro el que baja al Blanru. ¿Cuál tomamos?
Frantz y los hombres de la escolta se aproximaron. Como se encontraban entonces en la vertiente occidental del Donon, empezaban a distinguir, por el otro lado, en lo alto del cielo, el fuego de los alemanes que venían por el Grosmann. No se veía mas que los fogonazos, y algunos minutos después se oía la detonación retumbar en los abismos.
--El sendero de las colinas de San Quirino es el más corto--dijo Frantz--para ir al «Encinar»; por lo menos, adelantaremos tres cuartos de hora.
--Sí--exclamó el doctor--, pero nos exponemos a ser detenidos por los _kaiserlicks_, que han tomado ya el desfiladero del Sarre. Mirad, son dueños de las alturas; sin duda han enviado destacamentos hacia el Sarre-Rojo para rodear el Donon.
--Tomemos el sendero del Blanru--dijo Frantz--es más largo, pero es más seguro.
El trineo descendió a la izquierda, a lo largo de los bosques. Los guerrilleros, en fila, con el fusil a la espalda, marchaban por lo alto del talud, y el doctor, a caballo, iba por el camino en trinchera, abriéndose paso por entre las ramas de los árboles, proyectando su negra sombra sobre el sendero profundo, y la Luna alumbraba los alrededores. Aquel paso tenía algo tan pintoresco y majestuoso, que en cualquier otra circunstancia Catalina hubiese quedado maravillada al contemplarlo, y Luisa no hubiera dejado de admirar aquellas altas pirámides de escarcha, aquellos festones que relucían como el cristal, a la pálida luz de la Luna; pero entonces sus almas estaban llenas de inquietud. Además, cuando el trineo entró en el desfiladero, desapareció en absoluto la claridad, y sólo quedaron iluminadas las cimas de las altas montañas de alrededor. Iban caminando así hacía un cuarto de hora, en silencio, cuando Catalina, después de haber puesto muchas veces freno a su lengua, no pudiendo contenerse más, exclamó:
--Doctor Lorquin: puesto que nos tiene usted aquí, en el fondo del Blanru, y que puede usted hacer de nosotros lo que quiera, ¿quiere explicarme por qué se nos conduce por fuerza? Juan Claudio me tomó, me dejó en este montón de paja... y aquí estoy.
--¡Arre, _Bruno_!--murmuró el doctor.
Y luego respondió gravemente:
--Esta noche, señora Catalina, nos ha sucedido la mayor de las desgracias. No hay que culpar a Juan Claudio si, por la falta de otro, perdemos el fruto de nuestros sacrificios.
--¿La falta de quién?
--De ese desgraciado de Labarbe, que no ha sabido defender el desfiladero del Blutfeld. Bien es cierto que ha muerto cumpliendo con su deber; pero eso no repara el desastre, y si Piorette no llega a tiempo de socorrer a Hullin, todo se habrá perdido; será preciso abandonar el camino y batirnos en retirada.
--¡Cómo! ¿El Blutfeld ha sido tomado?
--Sí, Catalina. ¿Quién hubiera nunca pensado que los alemanes entrarían por allí? ¡Un desfiladero casi impracticable para los peatones, encajado entre rocas cortadas a pico, en el que hasta los pastores a duras penas pueden bajar con sus rebaños de cabras! Pues bien; han pasado por allí dos a dos, han rodeado la Peña Hueca, han destrozado a Labarbe y han caído sobre Jerónimo, que se ha defendido como un león hasta las nueve de la noche; pero, al fin, se vio obligado a refugiarse en el monte y dejar el paso libre a los _kaiserlicks_. Eso ha sido, en resumen, lo que ha pasado. Es espantoso. Debe haber alguna persona del país, bastante cobarde y bastante miserable, para guiar al enemigo a nuestras espaldas y para entregarnos a él atados de pies y manos. ¡Oh, el bandido!--exclamó Lorquin con voz colérica--; yo no soy malo, pero si el tal se pone a mi alcance, he de dejarle seco... ¡Arre, _Bruno_, arre!
Los guerrilleros seguían marchando por los lados del camino sin decir nada, como si fuesen sombras.
El trineo volvió a correr al galope del caballo; poco después moderó la marcha; el animal respiraba agitadamente.
La labradora permanecía silenciosa, tratando de ordenar aquellas nuevas ideas en su cabeza.
--Empiezo a comprender--dijo Catalina al cabo de algunos segundos--; esta noche hemos sido atacados de frente y de costado.
--Exactamente, Catalina; por fortuna, diez minutos antes del ataque, un hombre de Marcos Divès, el contrabandista Zimmer, que ha sido dragón, llegó a todo correr para prevenirnos. Sin este aviso, estábamos perdidos. El muy valiente cayó en nuestras avanzadas, después de haber atravesado un destacamento de cosacos en la meseta del Grosmann; el pobre hombre había recibido un sablazo terrible, y sus entrañas colgaban de la silla del caballo. ¿No es así, Frantz?
--Sí--respondió el cazador con voz sorda.
--¿Y qué dijo?--preguntó la anciana.
--No tuvo tiempo mas que para gritar: «¡A las armas!... ¡Estamos cercados!... Me envía Jerónimo...; Labarbe ha muerto... Los alemanes han pasado el Blutfeld.»
--¡Era un valiente!--murmuró Catalina.
--Sí, era un valiente--contestó Frantz inclinando la cabeza.
Quedó todo en silencio, y el trineo siguió avanzando por el valle tortuoso durante un largo espacio de tiempo. A cada instante era preciso detenerse, pues la nieve se hacía muy profunda. Entonces tres o cuatro de aquellos serranos de la escolta descendían de lo alto del talud, tomaban al caballo de la brida y se continuaba la marcha.
De repente Catalina pareció salir de su sueño, preguntando:
--De todos modos, ¿por qué no me ha dicho Hullin?...
--Si le habla de esos ataques--interrumpió el doctor--, usted hubiera querido quedarse allí.
--¿Y quién puede impedirme hacer lo que quiera? Si ahora mismo quisiera apearme del trineo, ¿no podría hacerlo?... He perdonado a Juan Claudio, y estoy arrepentida...
--¡Oh, mamá Lefèvre!, ¿y si muere mientras usted dice eso?--murmuró Luisa.
--Tiene razón la niña--pensó Catalina; y rápidamente añadió:
--Digo que estoy arrepentida; pero es un hombre tan valiente, que no se le puede tener rencor por lo que ha hecho. Le perdono de todo corazón; en su lugar, hubiera hecho lo mismo.
A doscientos o trescientos pasos de allí, los fugitivos penetraron en el desfiladero de las Rocas. La nieve había cesado de caer y la Luna brillaba entre dos grandes nubes, una blanca y otra negra. La estrecha garganta, bordeada de ingentes rocas cortadas a pico, se extendía bastante lejos, y sobre ambos lados los abetos gigantes se elevaban hasta perderse de vista. Nada turbaba en aquel lugar la calma de los grandes bosques; dijérase que se hallaban muy lejos todas las agitaciones humanas. El silencio era tan profundo, que se oían los pasos del caballo en la nieve, y, de vez en cuando, su entrecortada respiración. Frantz Materne se detenía algunas veces, dirigía una mirada hacia las laderas obscuras y luego apresuraba el paso para alcanzar a los demás.
Y los valles se sucedían unos a otros; el trineo subía, bajaba, volvía a la derecha, después a la izquierda, y los guerrilleros, con la bayoneta calada, seguían la marcha sin detenerse.
De este modo caminaron todos hasta las tres de la madrugada, en que llegaron a la pradera de Brimbelles, sitio en el cual se ve hoy todavía una hermosa encina que avanza sobre el camino, al dar la vuelta al valle. Al otro lado, hacia la izquierda, en medio de malezas cubiertas de nieve, detrás de un muro pequeño de piedra en seco y de las empalizadas de un jardinillo, comenzaba a descubrirse la vieja casa forestal del guarda Cuny, con sus tres colmenas puestas sobre una tabla, su antigua y nudosa parra, que trepaba por un colgadizo hasta el tejado, y su rama de abeto pendiente del canalón a guisa de muestra; porque Cuny tenía también el oficio de tabernero en aquellas soledades.
En tal sitio, como el camino que corre a lo largo de la parte superior del muro de la pradera está situado cuatro o cinco pies más arriba que ésta, y como en aquel momento una densa nube velase la Luna, el doctor, temiendo volcar, detúvose bajo la encina.
--No nos falta mas que una hora de camino--dijo Lorquin--. Animo, pues, señora Lefèvre; no tenemos prisa.
--Sí--dijo Frantz--; hemos pasado lo peor y podemos dar descanso al caballo.
La escolta se reunió alrededor del trineo; el doctor echó pie a tierra. Algunos hicieron lumbre con los eslabones para encender sus pipas; pero nadie decía una palabra; todo el mundo pensaba en el Donon. ¿Qué estaría pasando allí? ¿Lograría Juan Claudio sostenerse en la meseta hasta la llegada de Piorette? Tantas cosas tristes, tantas reflexiones desconsoladoras inundaban el alma de aquellos valientes, que nadie sentía deseos de hablar.