Chapter 12
--Lesselé, Katel, obedeced, hijas mías; que esto os sirva de enseñanza; aún no conocéis el mundo, y hay que andar más de prisa.
--Sí, sí, hay que moverse--decía Luisa--. ¿Qué sería de nosotras, Dios mío, si tuviéramos que reflexionar semanas y meses para echar una cabeza de ajo en un guisado? Lesselé, usted que es más alta, alcánceme esa ristra de cebollas que está colgada del techo.
Y la joven obedecía.
Hullin no había experimentado en toda su vida mayor satisfacción.
--¡Qué bien sabe hacer que se mueva la gente!--se decía el anciano--; ¡je, je, je!; es un húsar, un ama de casa; no hubiera podido sospecharlo, ¡tan pronto!
Por fin, al cabo de cinco minutos, luego de haberlo visto todo, Hullin se decidió a entrar, diciendo:
--¡Valor, hijas mías!
En aquel momento, Luisa mantenía en el aire una cuchara con salsa; lo abandonó todo y corrió a arrojarse en los brazos del anciano, gritando:
--Papá Juan Claudio, papá Juan Claudio, ¿es usted? ¿No está usted herido? ¿No tiene usted nada?
Hullin, al oír aquellas palabras salidas del corazón, palideció y no pudo responder. Sólo después de un largo silencio, y reteniendo entre sus brazos cariñosamente a su hija, pudo al fin contestar con voz balbuciente:
--No, Luisa, no; estoy bueno y soy muy feliz.
--Siéntese usted, Juan Claudio--dijo el anabaptista viéndole temblar de emoción--; aquí tiene mi silla.
Hullin se sentó, y Luisa, sentándose en sus rodillas y echándole los brazos al cuello, comenzó a llorar.
--¿Qué te pasa, hija mía?--decía el buen hombre en voz baja, mientras la besaba--. Vamos, tranquilízate. ¡Tú! ¡Tan animosa como te veía hace un momento!
--¡Oh, sí! Sacaba fuerza de flaqueza; pero tenía mucho miedo, porque pensaba: «¿Por qué no volverá?»
La joven rodeó con sus brazos el cuello de Hullin, y asaltándole de repente una idea extraña, cogió de la mano al anciano y gritó:
--Vamos, papá Juan Claudio, bailemos, bailemos.
Y le hizo dar dos o tres vueltas.
Hullin, sonriendo a su pesar, se volvió hacia el anabaptista, que permanecía serio como siempre, y le dijo:
--Estamos algo locos, Pelsly; no debe usted extrañarse de ello.
--No, Hullin, es natural. El mismo rey David, después de haber vencido a los filisteos, bailó delante del arca.
Juan Claudio, asombrado de parecerse al rey David, no respondió.
--Y dime, Luisa--añadió luego deteniéndose--, ¿no has tenido miedo durante la última batalla?
--¡Oh! En los primeros momentos, todo aquel ruido de cañonazos...; pero después no he pensado mas que en usted y en mamá Lefèvre.
Juan Claudio permaneció silencioso:
--Ya sabía yo que esta muchacha era valiente--pensaba el anciano--. No le falta nada.
Luisa entonces le cogió de la mano, le condujo frente a un batallón de ollas que se alineaban alrededor del fuego y le enseñó, con aire de triunfo, toda la cocina.
--Aquí está la vaca, aquí el asado, aquí la cena del general Juan Claudio, y aquí el caldo para los heridos. ¡Ah! ¡Bien nos hemos movido! Lesselé y Katel pueden decirlo. Y aquí está la gran hornada que hemos hecho--dijo la joven mostrando una larga hilera de panecillos dispuestos sobre la mesa--. Mamá Lefèvre y yo hemos amasado.
Hullin la oía presa del mayor asombro.
--Pero no es esto todo--añadió Luisa--; venga por aquí.
La joven quitó la cubierta de hierro que tapaba la boca del horno, al fondo del cuarto de cola, y rápidamente se esparció por la cocina un olor de tortas de manteca que alegraba los corazones.
El señor Juan Claudio se sintió conmovido ante aquello.
En tal momento entró la señora Lefèvre diciendo:
--Vamos, es preciso poner la mesa; todo el mundo está esperando. Vamos, Katel, vaya usted a poner el mantel.
La voluminosa joven salió corriendo.
Y todos juntos, atravesando el patio en fila, se dirigieron hacia la sala. El doctor Lorquin, Despois, Marcos Divès, Materne y sus dos hijos, gente toda de buen diente y de apetito magnífico, esperaban la cena con impaciencia.
--¿Y nuestros heridos, doctor?--preguntó Hullin al entrar.
--Todo está terminado, señor Juan Claudio. El trabajo que usted nos ha dado ha sido rudo, pero el tiempo es favorable y no son de temer las fiebres pútridas; todo se presenta bien.
Katel, Lesselé y Luisa entraron en seguida llevando una enorme sopera que humeaba y dos suculentos asados de vaca, que depositaron en la mesa. Todos se sentaron sin ceremonia, Materne a la derecha de Juan Claudio y Catalina Lefèvre a la izquierda. A partir de aquel momento el ruido de las cucharas y tenedores y el glogloteo de las botellas substituyeron a la conversación hasta las ocho y media de la noche. A través de los cristales de las ventanas se veía el resplandor de grandes hogueras, que anunciaban que los guerrilleros se disponían a hacer honor a la cocina de Luisa, y aquello contribuía a la satisfacción de los invitados.
A las nueve, Marcos Divès se hallaba de camino hacia el Falkenstein con los prisioneros. A las diez, todos dormían en la alquería y en la meseta de la montaña, alrededor de las hogueras del vivaque.
Sólo se interrumpía el silencio de tarde en tarde, por el ruido de los pasos de las rondas y por el «¿quién vive?» de los centinelas.
Así terminó aquella jornada, en la que los montañeses mostraron que no había degenerado la vieja raza.
Otros acontecimientos, no menos graves, iban en breve a suceder a los que acababan de tener lugar; porque en este mundo, apenas vencido un obstáculo, se presentan otros nuevos. La vida humana se asemeja a un mar agitado: una ola sigue a otra, desde el antiguo al nuevo mundo, y nada puede detener este movimiento eterno.
XVIII
Durante la batalla, y hasta que cerró la noche, los habitantes de Grand-Fontaine habían visto al loco Yégof, de pie, en la cima del pequeño Donon, con su corona en la cabeza y el cetro en alto, transmitiendo órdenes, como un rey merovingio a sus imaginarios ejércitos. Lo que aconteció en el espíritu de aquel desdichado cuando vio a los alemanes en completa derrota nadie puede saberlo. Al sonar el último cañonazo, el loco desapareció. ¿Dónde se había refugiado? He aquí lo que cuentan a este propósito las gentes de Tiefenbach:
En aquel tiempo vivían en el Bocksberg dos seres singulares, dos hermanas: una llamada Catalina _la Pequeña_, y la otra Berbel _la Grande_. Estas dos andrajosas criaturas se habían establecido en la _caverna de Luitprandt_, así llamada, según las antiguas crónicas, porque el rey de los germanos, antes de descender a Alsacia, mandó enterrar bajo aquella bóveda inmensa, de asperón rojizo, a los jefes bárbaros que habían muerto en la batalla de Blutfeld. La fuente termal que constantemente brota en medio de la caverna defendía a las dos hermanas de los rigores del frío del invierno, y el leñador Daniel Horn, de Tiefenbach, había tenido la caridad de cerrar la entrada de la cueva con grandes montones de brezos y retamas. Al lado del caliente manantial se encuentra otro de agua fría como la nieve y límpida como el cristal. Catalina _la Pequeña_, que bebía de esta fuente, no tenía cuatro pies de altura; era pesada, gordinflona, y su rostro siempre lleno de asombro, sus redondos ojuelos y su enorme papera le daban el singular aspecto de una gran pava en meditación. Todos los domingos llevaba Catalina a la aldea de Tiefenbach una cesta, que llenaban aquellos buenos aldeanos de patatas cocidas, pedazos de pan y, algunas veces--los días de fiesta--, de tortas y otros restos de sus festines. Entonces la pobre mujer, casi sin aliento, volvía a la cueva cantando y riendo muy ufana y cogiendo de los cercados lo que a su alcance estaba. Berbel _la Grande_ se guardaba mucho de beber de la fuente fría. Era aquella mujer enjuta, tuerta y escurrida como un murciélago; tenía la nariz roma, las orejas caídas y los ojos chispeantes. Vivía del botín que su hermana hacía, y nunca bajaba del Bocksberg; pero en el mes de julio, al llegar el tiempo de los grandes calores, sacudía, desde lo alto de su ladera, un cardo seco en dirección de las mieses de todos aquellos que no habían llenado regularmente el cesto de Catalina, lo cual atraía sobre las propiedades condenadas tormentas terribles, el granizo y grandes plagas de ratas y topos. Así es que se temían las salidas de Berbel tanto como la peste, y por todas partes se le llamaba _Wetterhexe_[7], mientras que la pequeña Catalina pasaba por ser el genio benéfico de Tiefenbach y de las cercanías. De esta manera, Berbel vivía tranquilamente cruzada de brazos y su hermana era la que tenía que ir de la Ceca a la Meca.
Desgraciadamente para las dos hermanas, Yégof había establecido hacía muchos años su residencia de invierno en la caverna de Luitprandt. De allí partía en la primavera para visitar sus innumerables castillos y pasar revista a sus leales hasta Geiersteid, en el Hundsrück. Todos los años, pues, a fines de noviembre, después de las primeras nieves, volvía el loco con su cuervo, lo que arrancaba siempre gritos de desesperación a _Wetterhexe_.
--¿De qué te quejas?--decía Yégof instalándose tranquilamente en el mejor sitio--. ¿No vivís vosotras en mis dominios? Demasiado bueno soy, pues soporto a dos _valkyrias_ inútiles en el Valhalla de mis antepasados.
Entonces Berbel, furiosa, le llenaba de injurias, y Catalina cloqueaba con visible mal humor; pero el loco, sin hacerles caso, encendía su vieja pipa de boj y comenzaba a contar sus lejanas peregrinaciones a los espíritus de los guerreros germanos enterrados en la caverna hacía diez y seis siglos, llamándoles por sus nombres y hablándoles como si estuviesen vivos. Ya puede comprenderse con cuánta alegría veían ambas mujeres la llegada del loco; era para ellas una verdadera calamidad. Ahora bien: aquel año, no habiendo vuelto Yégof, las dos hermanas le creyeron muerto, y se regocijaron con la idea de no verle más. Por entonces, _Wetterhexe_ había observado desde hacía varios días mucha agitación en los desfiladeros cercanos, de gentes que marchaban en masa, con el fusil al hombro, en dirección del Falkenstein y del Donon. Indudablemente algo extraordinario pasaba. La bruja, que recordaba que el año anterior Yégof había referido a las almas de los guerreros que sus innumerables ejércitos no tardarían en invadir el país, experimentaba una vaga inquietud. Berbel hubiera querido saber cuál era la causa de aquella agitación, pero nadie subía a la peña, y Catalina, después de su excursión del domingo precedente, no se prestaba a moverse por todo el oro del mundo.
En tal situación, la _Wetterhexe_ iba y venía por el monte, cada vez más inquieta e irritada. Durante la jornada del sábado, los acontecimientos se desarrollaron de diferente manera. Desde las nueve de la mañana, sordas y profundas detonaciones resonaron como truenos de una tempestad en los mil ecos de la montaña, y muy a lo lejos, hacia el Donon, rápidos relámpagos rasgaban el cielo entre las cumbres de los montes; y después, al acercarse la noche, detonaciones más secas y más formidables aún resonaron al fondo de los desfiladeros silenciosos. A cada disparo parecía que las cimas del Hengst, del Gantzlée, del Giromani y del Grosmann contestaban hasta las profundidades del abismo.
--¿Qué es esto?--se preguntaba Berbel--. ¿Ha llegado el fin del mundo?
Y entrando en la cueva y viendo a Catalina agazapada en un rincón pelando una patata, la sacudió violentamente, gritándole con voz aguda:
--¡Idiota! ¿No oyes nada? ¿No tienes miedo? ¡Tú comes, bebes, gritas, y eso te basta! ¡Oh! ¡Qué monstruo!
Berbel le arrebató la patata con furor y sentose temblando de indignación cerca del manantial caliente, del que ascendían hasta la bóveda grandes nubes grises. Media hora después, cuando las tinieblas se hicieron muy profundas y el frío llegó a ser excesivo, la bruja encendió una hoguera con ramas de brezos, que proyectó sus pálidos reflejos en los macizos de piedra rojiza, hasta el fondo del antro, donde dormía Catalina con los pies metidos en la paja y las rodillas cerca de la barba. Fuera había cesado el ruido. _Wetterhexe_ separó la maleza para dirigir una mirada hacia la ladera; luego volvió a sentarse cerca del fuego, y cerrando los flojos párpados, con la ancha boca contraída, que acusaba grandes arrugas circulares alrededor de sus mejillas, trajo hacia sí una vieja manta de lana y pareció amodorrarse. Sólo se oyó entonces, a largos intervalos, el ruido del vapor condensado que caía de la bóveda en la fuente produciendo un chapoteo extraño.
Aquel silencio duró cerca de dos horas. La media noche se aproximaba cuando, de improviso, un ruido lejano de pasos, mezclado con clamores discordantes, se oyó en la ladera. Berbel prestó atención y pudo convencerse de que eran gritos humanos. Levantose llena de espanto, y, provista del maléfico cardo, se deslizó hasta la entrada de la cueva; separó la maleza y vio, a unos cincuenta pasos, al loco Yégof que avanzaba a la luz de la Luna; venía solo y gesticulaba, hendiendo el aire con su cetro, como si millares de seres invisibles le rodeasen.
--¡A mí, Roug, Bled, Adelrico!--gritaba con voz atronadora, con la barba erizada, suelta la cabellera roja y la piel de perro alrededor del brazo a guisa de escudo--. ¡A mí! ¿Me oís, por fin? ¿No veis que llegan? Aquí los tenéis cayendo del cielo como los buitres. ¡A mí, los hombres rojos, a mi! ¡Acabemos con esta raza de perros! ¡Ah, ah! ¿Eres tú, Minau; eres tú, Rochart?...--Y nombraba a los muertos del Donon con sangrientas burlas, desafiándolos como si estuviesen presentes; después retrocedía paso a paso, golpeando en el aire, lanzando imprecaciones, llamando a los suyos, forcejeando como en una refriega. Aquella extraña lucha con seres invisibles causó a Berbel un terror supersticioso, y sintiendo que sus cabellos se erizaban, quiso ocultarse; pero en el mismo instante un vago rumor le obligó a volverse, y ¡cuál no sería su espanto al ver que el manantial caliente hervía con más fuerza que de costumbre, y que grandes nubes de vapor se desprendían de él, avanzando en dirección de la puerta!
Y mientras que, semejantes a fantasmas, estas espesas nubes avanzaban lentamente, de improviso apareció Yégof gritando con voz seca:
--¡Por fin estáis aquí! ¡Ya me habéis oído!
Luego, con movimiento rápido, el loco separó los obstáculos de la entrada; el aire glacial penetró por la bóveda y los vapores se esparcieron en el cielo inmenso, retorciéndose y escapándose por encima de la peña, como si los muertos de aquel día y los de los pasados siglos hubiesen vuelto a comenzar en otras esferas el combate eterno.
Yégof, con el rostro contraído, a la pálida luz de la Luna, empuñando el cetro, con la amplia barba extendida sobre el pecho y los ojos centelleantes, saludaba a cada fantasma con un gesto y lo llamaba por su nombre, diciendo:
--¡Salud, Bled; salud, Roug! ¡Y todos vosotros, valientes, salud!... La hora que aguardáis desde hace siglos se acerca; las águilas afilan sus picos, la tierra tiene sed de sangre. ¡Acordaos del Blutfeld!
Berbel estaba anonadada, inmovilizada por el terror; mas las últimas nubes no tardaron en huir de la caverna, desvaneciéndose en el azul infinito.
Entonces Yégof penetró bruscamente en la cueva y se sentó cerca del manantial, con la cabeza entre las manos, los codos en las rodillas y contemplando con mirada huraña cómo hervía el agua.
Catalina acababa de despertarse, y graznaba como cuando se solloza; _Wetterhexe_, más muerta que viva, observaba los movimientos del loco desde el rincón más obscuro del antro.
--¡Ya han salido todos de la tierra!--exclamó de repente Yégof--. ¡Todos, todos! ¡No queda ninguno! ¡Ellos reanimarán el espíritu de la gente joven y le inspirarán el desprecio a la muerte!
Y levantando su pálida faz, en la que se marcaban las huellas de un dolor agudo, y fijando en _Wetterhexe_ sus ojos de lobo, dijo:
--¡Oh, mujer, descendiente de las estériles _Valkyrias_! ¡Tú no has recogido en tu seno el aliento de los guerreros para devolverles la vida! Tú, que nunca has llenado sus profundas copas en la mesa del festín, ni les has presentado la carne humeante del jabalí _Sarimar_, ¿para qué sirves? ¿Para hilar sábanas? Pues bien; toma la rueca y trabaja noche y día, porque millares de jóvenes esforzados se acuestan en la nieve... Han combatido con ardor... Han cumplido con su deber, sí; pero no ha llegado la hora... ¡Ahora los cuervos se disputan sus despojos!
Y con rabiosa y espantable voz, arrancándose la corona con ambas manos, en las que quedaron prendidos gran número de cabellos, gritó enfurecido:
--¡Oh, raza maldita! ¡Siempre serás tú la que se oponga a nuestro paso! Sin ti ya hubiéramos conquistado a Europa, y los hombres rojos serían los señores del mundo! ¡Y yo me he humillado ante el jefe de esa raza de perros!... ¡Yo le he pedido su hija en vez de tomarla y llevármela, como hace el lobo con la oveja! ¡Ah! ¡Huldrix! ¡Huldrix!...
Y deteniéndose, añadió en voz baja:
--¡Escucha, escucha, _valkyria_!
El viejo levantó la mano con aire solemne.
_Wetterhexe_ escuchó; una ráfaga de viento acababa de oírse en el silencio de la noche, agitando los bosques seculares cubiertos de escarcha. ¡Cuántas veces la bruja había oído gemir el cierzo en las noches de invierno y ni prestó siquiera atención! ¡Pero ahora sentía miedo!
Mientras la bruja, toda temblorosa, atendía, oyose fuera un grito ronco, y casi inmediatamente el cuervo _Hans_, penetrando en la cueva, comenzó a describir grandes círculos bajo la bóveda, agitando las alas como si estuviese azorado y lanzando lúgubres graznidos.
Yégof se quedó pálido como un muerto.
--¡Vod, Vod!--exclamó el viejo con voz desgarradora--, ¿qué te ha hecho tu hijo Luitprand? ¿Por qué le prefieres a otro cualquiera?
Y durante algunos segundos permaneció como anonadado; pero de repente, poseído de un feroz entusiasmo, y blandiendo su cetro, se lanzó fuera de la caverna.
Dos minutos después, _Wetterhexe_, de pie a la entrada de la cueva, le seguía con mirada llena de ansiedad.
El loco marchaba en línea recta, con la cabeza erguida y a grandes pasos; hubiérase dicho que era una fiera que iba a caza de alimento. _Hans_ le precedía, revoloteando de un sitio a otro.
Y no tardaron en desaparecer ambos tras el desfiladero del Blutfeld.
XIX
Aquella noche, hacia las dos de la madrugada, comenzó a nevar; al despuntar el día hubo necesidad de ponerse en movimiento y de darle de firme a las suelas.
Los alemanes habían abandonado Grand-Fontaine, Framont y Schirmeck. Lejos, muy lejos, en las llanuras de Alsacia, se veían unos puntos negros, que eran sus batallones en retirada.
Hullin se despertó muy temprano y dio una vuelta por el vivaque; se detuvo unos instantes a contemplar la meseta, los cañones que apuntaban hacia el desfiladero, los guerrilleros tendidos alrededor de las hogueras y los centinelas con el fusil al brazo. Luego, habiendo quedado satisfecho de la revista, entró en la casa de labor, en la que aún dormían Luisa y Catalina.
Una claridad gris se esparcía en la habitación. Algunos heridos, en la sala contigua, empezaban a sentir el delirio de la fiebre y se les oía llamar a sus mujeres y a sus hijos. Poco después, un rumor de voces, un ruido de idas y venidas, rompieron el silencio de la noche. Catalina y Luisa se despertaron y vieron a Juan Claudio, sentado cerca de la ventana, que las miraba con ternura. Avergonzadas de ser más perezosas que él, las dos mujeres se levantaron y corrieron a sus brazos.
--¿Qué hay?--preguntó Catalina.
--Pues nada, se han marchado; quedamos dueños del camino, como había previsto.
Aquella confianza no pareció tranquilizar a la anciana labradora, que no pudo dejar de mirar a través de los cristales para ver la retirada de los alemanes hacia el fondo de Alsacia. A pesar de todo, durante el resto del día su rostro grave conservó la impresión de una inquietud indefinible.
Entre ocho y nueve de la mañana llegó el señor Saumaize, cura de la aldea de Charmes. Descendieron algunos montañeses hasta el pie del monte para recoger a los muertos; abriose a la derecha de la casa de labor una ancha fosa, en la que guerrilleros y _kaiserlicks_, con sus vestidos, sus sombreros, sus chacós y sus uniformes, fueron colocados unos al lado de otros. El señor Saumaize, un cura anciano de cabeza blanca, leyó las antiguas preces de difuntos con esa voz rápida y misteriosa que nos penetra hasta el fondo del alma y por las que parece convocar a las generaciones pasadas para que den cuenta a las presentes de los horrores de ultratumba.
Durante todo el día llegaron muchos carruajes y _schlittes_[8] para trasladar a los heridos, que pedían a grandes voces ser llevados a sus aldeas. El doctor Lorquin, temeroso de aumentar la excitación que los desgraciados sufrían, se veía obligado a acceder a su petición. Cerca de las cuatro de la tarde, Catalina y Hullin se hallaron solos en la sala grande. Luisa había ido a preparar la cena. Fuera, espesos copos de nieve continuaban cayendo del cielo, depositándose en el borde de las ventanas, y a cada instante se veía partir un trineo silenciosamente con un enfermo sumergido en un lecho de paja; unas veces era una mujer y otras un hombre los que conducían al caballo de la brida. Catalina, sentada cerca de la mesa, doblaba los vendajes con aire preocupado.
--¿Qué le pasa a usted, Catalina?--preguntó Hullin--. Desde esta mañana veo a usted pensativa, a pesar de que nuestros asuntos marchan bien.
La labradora, separando lentamente la ropa que arreglaba, respondió:
--Es verdad, Juan Claudio; estoy inquieta.
--¡Inquieta! ¿Y por qué? El enemigo está en plena retirada. Hace un momento Frantz Materne, a quien había mandado que hiciera un reconocimiento, y todos los peatones de Piorette, de Jerónimo y de Labarbe han venido a decirme que los alemanes regresan a Mutzig. Materne padre y Kasper, después de enterrar a los muertos, han averiguado en Grand-Fontaine que no se ve nada anormal del lado de San Blas de la Peña. Todo lo cual prueba que nuestros dragones de España han rechazado al enemigo en la carretera de Senones y que éste teme verse envuelto por Schirmeck. Por lo tanto, no comprendo, Catalina, la razón de su inquietud.
Y como Hullin la mirase con aire interrogativo, la labradora dijo:
--Usted va a reírse de mí, pero óigame: he tenido un sueño.
--¿Un sueño?
--Sí; el mismo que tuve en «El Encinar».
Luego, Catalina animose y, con voz casi irritada, prosiguió:
--Usted dirá lo que quiera, Juan Claudio, pero un peligro nos amenaza... Sí, sí; ya sé que esto no tiene para usted ningún valor... Pero, por otra parte, no era tampoco un sueño; era como una antigua historia que se reproduce, una cosa que se vuelve a ver en sueños y que se conoce. Vea usted: estábamos, como hoy, después de una gran victoria, en alguna parte..., yo no sé dónde..., en una especie de barracón de madera, de gruesas vigas, rodeado de una empalizada. No pensábamos en nada; todas las personas que veía me eran conocidas; estaba usted, estaba también Marcos Divès, el viejo Duchêne y muchos otros ancianos ya muertos; mi padre y el abuelo Hugo Rochart, del Harberg, el tío de éste que acaba de morir, todos con anguarinas de paño pardo, las barbas abundantes y el cuello descubierto. Habíamos obtenido la misma victoria que ayer y bebíamos en grandes vasijas de barro rojo, cuando, de repente, oyose un grito de: «¡El enemigo vuelve!» Y Yégof, a caballo, con sus barbas fluviales, su corona de puntas, un hacha en la mano, brillantes los ojos como los de un lobo, se apareció ante mí, entre las sombras de la noche. Corro hacia él, empuñando una estaca; el loco me espera a pie firme... y desde aquel momento ya no veo más... Sólo siento un agudo dolor en el cuello, un sudor frío que me baña el rostro y tengo la impresión de que mi cabeza se bolea al extremo de una cuerda; era el miserable de Yégof que había atado mi cabeza a la silla de su caballo y que galopaba--dijo la labradora con tal acento de convicción, que Hullin se estremeció.
Hubo algunos instantes de silencio, y Juan Claudio, saliendo de su estupor, contestó: