La invasión o El loco Yégof

Chapter 11

Chapter 114,011 wordsPublic domain

--¡Venguémonos, hijos míos!... ¡Aquí están!... ¡Vamos a vencer o a morir!

Por fortuna, el terror de los defensores no duró más de un segundo; todos comprendieron que a la menor vacilación estaban perdidos. Dos escalas se elevaban en aquel momento por los aires, a pesar del fuego, y venían a apoyar sus garfios en la rampa. El peligro inminente reavivó las energías de los defensores de la trinchera, y el combate comenzó de nuevo más furioso, más desesperado que la primera vez.

Hullin había visto las escalas antes que Materne, y su indignación contra Divès aumentó más aún; pero como en semejantes ocasiones la indignación no sirve para nada, mandó a Lagarmitte que dijera a Frantz Materne, el cual se hallaba apostado al otro lado del Donon, que acudiese a toda prisa con la mitad de los hombres a sus órdenes. Fácilmente puede adivinarse si el muchacho, advertido del peligro que corría su padre, dejaría perder un segundo. Ya se veían los amplios sombreros negros trepar por la ladera a través de la nieve, con el fusil a la espalda y marchando tan de prisa como podían, y, sin embargo, Juan Claudio salió al encuentro de ellos, sudoroso, con la mirada huraña, y les gritó con voz enérgica:

--¡Vamos! ¡Vamos!... ¡Más de prisa! ¡A ese paso no llegaréis nunca!

Hullin temblaba de ira, haciendo responsable de la situación al contrabandista.

Mientras tanto, Marcos Divès había rodeado el barranco, en lo que empleó una media hora, y comenzaba a divisar las dos compañías alemanas situadas, en posición de descanso, a cien pasos detrás de los cañones que hacían fuego sobre las trincheras. Entonces, el contrabandista se acercó a los de a pie y, conteniendo la voz, les dijo, al mismo tiempo que los cañonazos percutían uno tras otro en la garganta y que se oían, a lo lejos, los clamores del asalto:

--¡Compañeros! ¡Vais a arremeter contra la infantería a la bayoneta! Nosotros nos encargamos de los demás. ¿Estamos?

--Sí, estamos.

--Pues ¡en marcha!

La tropa avanzó en buen orden hasta la orilla del bosque, con Piercy de Soldatenthal a la cabeza. Casi al mismo tiempo se oyó el _¿verdá?_[6] de un centinela; luego dos tiros, un grito estentóreo de «¡Viva Francia!» y el ruido sordo de una multitud de pasos que se precipitaban al mismo tiempo; los valientes montañeses cayeron sobre el enemigo como una manada de lobos.

Divès, de pie en los estribos, con la cabeza levantada y los bigotes de punta, los miraba sonriendo, y decía:

--¡Esto va bien!

La refriega era terrible; el suelo se estremecía. Los alemanes, lo mismo que los franceses, no hacían fuego; el ataque se verificaba en silencio; un choque de bayonetas, un ruido de culatazos interrumpidos de vez en cuando por algún tiro suelto, gritos de ira, recias pisadas y voces indistintas: no se oía nada más.

Los contrabandistas, con la cabeza erguida y el sable en la mano, se regodeaban pensando en la matanza próxima y aguardaban la orden de su jefe con impaciencia.

--Ahora nos toca a nosotros--dijo por último Marcos--. ¡Los cañones son nuestros!

Y de la parte más intrincada de la espesura, con las amplias capas abiertas como alas, el cuerpo inclinado hacia adelante y las espaldas en alto, los contrabandistas partieron.

--No dar tajos, sino estocadas--dijo Marcos.

Y no hubo más.

Los doce buitres llegaron a los cañones en un segundo. Formaban parte del pequeño escuadrón cuatro antiguos dragones españoles y dos aguerridos coraceros de la guardia que se habían unido a Marcos en busca de aventuras. Ya puede imaginarse lo que estos hombres hicieron. Los golpes dados con las palancas, las escobillas y los sables, únicas armas de que disponían los artilleros, llovían a su alrededor como una granizada; pero eran parados de firme, y cada estocada devuelta hacía rodar a un hombre.

Marcos Divès recibió a quemarropa dos pistoletazos, uno de los cuales le cubrió de humo la mejilla izquierda y el otro le arrebató el sombrero; pero al mismo tiempo, el contrabandista, encorvándose sobre la silla y alargando el brazo, atravesó al corpulento oficial de los bigotes rubios y le clavó a uno de los cañones. Después, se puso derecho, y mirando alrededor, con las cejas fruncidas y en tono sentencioso, dijo:

--Ya están todos despachados; los cañones son nuestros.

Para abarcar el conjunto de tal escena hay que imaginarse la refriega que tenía lugar en la meseta de las Mineras; los aullidos, los relinchos de los caballos, los gritos de ira, la huída de unos, arrojando las armas para correr más de prisa, el encarnizamiento de otros; más allá del barranco, las escalas, cubiertas de uniformes blancos y erizadas de bayonetas; los montañeses, situados en la rampa, defendiéndose desesperadamente; las vertientes de la ladera, el camino y, sobre todo, la parte baja de los parapetos, cubiertos de muertos y heridos; el tropel de enemigos, con el fusil al hombro, los oficiales en medio de ellos, apresurándose por seguir el movimiento; por último, Materne, de pie en la cima del talud, con la carabina en alto, cogida por el cañón, la boca abierta hasta las orejas, llamando a voz en grito a su hijo Frantz, que llegaba con el pelotón, precedido del señor Juan Claudio, para ayudar a la defensa. Hay que imaginarse también el ruido de la multitud de disparos que se hacían, de las descargas, ya cerradas, ya sucesivas, y, sobre todo, los gritos lejanos, vagos, terribles, interrumpidos por prolongados lamentos, que iban a morir en los ecos de los montes. Todo aquello concentrado en un solo instante y en una sola mirada: tal era el cuadro que debemos tener ante los ojos.

Pero Divès no era hombre que se entregara a la contemplación, y no perdió tiempo en hacer reflexiones poéticas sobre el tumulto y el encarnizamiento de la batalla. Bastole una mirada para hacerse cargo de la situación, y arrojándose del caballo, se dirigió al cañón más próximo, que se hallaba cargado; cogió las palancas de ajuste para cambiar la dirección, apuntó al pie de las escalas y, aplicando una mecha encendida que encontró por allí, hizo fuego.

Un momento después se oyeron, en la lejanía, clamores extraños, y el contrabandista, mirando a través del humo, vio una brecha sangrienta en las filas del enemigo. Agitó entonces los brazos en señal de triunfo, y los montañeses, encaramados en los parapetos, le respondieron con un hurra general.

--¡Vamos! ¡Pie a tierra!--dijo Divès a sus hombres--; no hay que dormirse. ¡Aquí un cartucho! ¡Una bala! ¡Ahora, estopa! Nosotros somos los que vamos a limpiar el camino. ¡Cuidado!

Los contrabandistas se colocaron en posición, y el fuego continuó contra los uniformes blancos con entusiasmo. Las balas atravesaban de una punta a otra las filas enemigas. A la décima descarga, hubo un clamor general de «¡Sálvese quien pueda!»

--¡Fuego!, ¡fuego!--gritaba Marcos.

Y los defensores de las trincheras, apoyados finalmente por la tropa de Frantz y dirigidos por Hullin, volvieron a tomar las posiciones que habían por un momento perdido.

Al cabo de unos segundos no se vieron en la ladera mas que fugitivos, muertos y heridos. Eran las cuatro de la tarde; la noche se acercaba. La última bala cayó en la calle de Grand-Fontaine y, rebotando en la esquina del abrevadero, derribó la chimenea de _El Buey Rojo_.

Cerca de seiscientos hombres perecieron aquel día. No fueron pocos los montañeses muertos; pero los _kaiserlicks_ fueron muchos más. Y sin el cañoneo de Divès todo se hubiera perdido, porque los defensores eran menos de uno contra diez, y el enemigo comenzaba a hacerse dueño de la trinchera.

XVI

Los alemanes, amontonados en Grand-Fontaine, huían en bandadas hacia Framont, unos a pie, otros a caballo, aligerando el paso, arrastrando pesados cajones, arrojando las mochilas y mirando para atrás, como si temieran que los franceses les fueran a los alcances.

En Grand-Fontaine, todo lo destruían por venganza, forzaban puertas y ventanas, maltrataban a las gentes, exigían comidas y bebidas sin dilación y perseguían a las muchachas hasta los graneros. Los gritos, las imprecaciones, las órdenes de los jefes, las lamentaciones de los aldeanos, el rumor sordo, continuo, de pasos que se elevaba del puente de Framont, el relinchar penetrante de los caballos heridos, todo aquello subía como un zumbido confuso hasta los parapetos.

En la ladera sólo se veían armas, chacós y muertos; en una palabra, los residuos de una gran derrota. Enfrente se aparecían los cañones de Marcos Divès enfilados hacia el valle y dispuestos a hacer fuego en caso de un nuevo ataque.

Todo había afortunadamente acabado. Y, sin embargo, ni un solo grito se elevaba de las trincheras; las pérdidas de los montañeses habían sido muy dolorosas en el último asalto. El silencio que siguió al tumulto tenía algo de solemne, y cuantos hombres lograron escapar a la carnicería se miraban unos a otros con gravedad, como admirados de volverse a ver. Algunos llamaban al amigo; otros, al hermano, que no respondía, y dirigiéndose en su busca por la trinchera, a lo largo de los parapetos o por la rampa, gritaban: «¡Eh! ¡Jacobo, Felipe! ¿Eres tú?»

Mientras tanto, iba acercándose la noche; sus tonos grises se extendían por los atrincheramientos y por el abismo, envolviendo en el misterio aquellas horribles escenas. La gente iba y venía entre los despojos de la batalla sin reconocerse.

Materne, después de haber secado la bayoneta, llamó a sus hijos con voz ronca.

--¡Eh! ¡Kasper! ¡Frantz!

Y al ver que se acercaban entre sombras, les preguntó:

--¿Sois vosotros?

--Sí; nosotros somos.

--¿No tenéis nada?

--No.

La voz del cazador, que era sorda al principio, ahora temblaba, y quedamente añadió:

--¡Nos hallamos otra vez los tres reunidos!

Y el cazador, del que no podía decirse que era nada cariñoso, besó a sus hijos con frenesí, lo cual sorprendió a éstos sobremanera. Mas al oír un ruido que se escapaba del pecho de su padre, algo así como sollozos interiores, ambos jóvenes se quedaron atónitos y no pudieron dejar de pensar: «¡Cómo nos quiere! ¡Nunca hubiéramos creído esto!»

Frantz y Kasper se sintieron también conmovidos hasta las entrañas.

Pero en seguida, el anciano, dominando su emoción, exclamó:

--¡Está bien, hijos míos! ¡La jornada ha sido dura! ¡Vamos a beber un trago, porque tengo sed!

Dirigieron los tres una última mirada hacia el talud sombrío, y viendo los centinelas que de treinta en treinta pasos acababa de poner Hullin al pasar, se encaminaron juntos hacia la vieja alquería.

Iban atravesando la trinchera, llena de muertos, levantando los pies al sentir algún objeto blando, cuando oyeron una voz ahogada que decía:

--¿Eres tú, Materne?

--¡Ah! ¡Pobre amigo Rochart, perdón!--respondió el cazador inclinándose--; ¡te he tocado! Pero ¿cómo? ¿Estás todavía aquí?

--Sí... No puedo andar..., porque me faltan las piernas.

Permanecieron los tres silenciosos, y el leñador añadió luego:

--Dile a mi mujer que detrás del armario, en una media, hay cinco escudos de seis libras; los había reservado... por si caíamos enfermos uno u otro... Pero yo no necesito nada ya.

--¡Ya veremos, ya veremos!... No hay que perder la esperanza de salvarse, amigo mío. Ahora vamos a trasladarte.

--No, no merece la pena; no duraré más de una hora; ya habrá ocasión de que me lleven.

Materne, sin responder, hizo una seña a Kasper para que cruzara la carabina a modo de angarilla con la suya, y a Frantz le indicó que colocara encima al leñador, a pesar de sus lamentos, lo cual quedó hecho en un instante, y de este modo llegaron juntos a la casa.

Todos los heridos que durante el combate se habían sentido con fuerzas para llegar a la ambulancia se encontraban allí. El doctor Lorquin y su colega Despois, que llegó en el transcurso de la acción, tuvieron que trabajar de firme, y no hay que creer que la tarea se había acabado.

Cuando Materne, sus hijos y Rochart atravesaban el obscuro pasillo alumbrado por la luz de una linterna, oyeron a la izquierda un grito que les heló la sangre en las venas, y el leñador, medio muerto, exclamó:

--¿Por qué me traéis aquí? No quiero, no... No consentiré que me hagan nada.

--Abre la puerta, Frantz--dijo Materne con la frente cubierta de un sudor frío--; ¡abre pronto!

Frantz empujó la puerta, y vieron en una gran mesa de cocina, en medio de la sala baja, cuyo techo era de anchas vigas obscuras, rodeado de seis velas de sebo, al joven Colard, tendido cuan largo era, dos hombres sujetándole los brazos, y una cubeta debajo. El doctor Lorquin, con las mangas de la camisa dobladas hasta los codos y una sierra corta, de tres dedos de ancha, en la mano, se hallaba ocupado en cortar una pierna al pobre muchacho, mientras que Despois manejaba una gran esponja. La sangre espejeaba en la cubeta; Colard estaba más pálido que la muerte. Catalina Lefèvre, de pie, a su lado, con un paquete de hilas sobre los brazos, parecía serena; pero de tanto apretar los dientes, dos profundas arrugas surcaban sus mejillas, a los lados de su ganchuda nariz. La anciana tenía los ojos fijos en el suelo y no veía nada.

--¡Se ha terminado!--dijo el doctor volviéndose.

Y dirigiendo una mirada hacia los recién llegados, dijo:

--¡Eh! ¿Es usted, señor Rochart?

--Sí, yo soy; pero no quiero que nadie me toque. Prefiero acabar así.

El doctor levantó una vela, le miró e hizo un gesto.

--¡Vamos, amigo mío! ¡Ha perdido usted mucha sangre, y si esperamos un poco será demasiado tarde.

--¡Tanto mejor! ¡Ya he sufrido bastante en mi vida!

--Como usted quiera. Pasemos a otro.

Había una larga fila de jergones en el fondo de la sala; los dos últimos estaban vacíos, y en ellos se veían grandes manchas de sangre. Materne y Kasper colocaron en el más apartado al leñador, mientras que Despois se acercaba a otro herido diciéndole:

--¡Nicolás, ha llegado tu hora!

Entonces Nicolás Cerf se levantó con el rostro pálido y los ojos desencajados de terror.

--Dadle una copa de aguardiente--dijo el doctor.

--No; prefiero fumarme una pipa.

--¿Dónde está tu pipa?

--En el chaleco.

--Bien; aquí la tienes. ¿Y el tabaco?

--En el bolsillo del pantalón.

--Pues cargue usted la pipa, Despois. Este hombre tiene valor; ¡muy bien! Da gusto ver hombres de corazón. Vamos a cortarle el brazo en dos tiempos y tres movimientos.

--¿No sería posible conservarlo, señor Lorquin, para dar de comer a mis hijos? ¡Es lo único que tengo!

--No; el hueso está triturado y no se puede reducir. Encienda usted la pipa, Despois. Ten, Nicolás, fuma, fuma.

El desgraciado comenzó a fumar sin ninguna gana.

--¿Estamos?--preguntó el doctor.

--Sí--respondió Nicolás con voz ahogada.

--Bien. ¡Cuidado, Despois! ¡Lave usted!

El doctor, con un cuchillo grande, hizo rápidamente un corte circular en la carne. Nicolás rechinó los dientes. La sangre saltó. Despois se ocupaba en ligar algo. La sierra rechinó durante dos segundos, y el brazo cayó pesadamente al suelo.

--Esto es lo que se llama una operación bien terminada--dijo Lorquin.

Nicolás había dejado de fumar; la pipa se desprendió de sus labios. David Schlosser, de Walsh, que había sujetado al herido, le soltó. Lorquin envolvió el muñón en unos trapos blancos, y Nicolás, sin ayuda de nadie, fue a acostarse de nuevo al jergón.

--¡Otro que está despachado! Limpie usted bien la mesa, Despois, y pasemos a otro--dijo el doctor mientras se lavaba las manos en una jofaina.

Cada vez que Lorquin decía «Pasemos a otro», los heridos se estremecían de terror, a causa de los gritos que habían oído y de los cuchillos que habían visto relucir; pero ¿qué hacer? Todas las habitaciones de la casa, las trojes, los dos cuartos de arriba, todo se hallaba ocupado. No quedaba libre mas que la sala grande para la gente de la alquería. Era, pues, preciso operar a la vista de aquellos a quienes, más tarde o más temprano, había de llegar el turno.

Cuanto hemos descrito sucedió en pocos instantes. Materne y sus hijos contemplaban tales escenas como se contemplan las cosas horribles, para saber lo que son; luego vieron en un rincón, a la izquierda, debajo del reloj antiguo de loza, un montón de brazos y piernas. Allí había ido a parar el brazo de Nicolás, y ahora se ocupaban los doctores en extraer una bala del hombro de un montañés del Harberg, de rojas patillas, para lo cual hacían a éste anchas incisiones en forma de cruz en la espalda, cuya carne se estremecía, y de los velludos costados del herido la sangre corría hasta las botas.

¡Cosa extraña! El perro _Plutón_, situado detrás del doctor, miraba aquello con aire atento, como si comprendiera de lo que se trataba, y de vez en cuando estiraba las patas y arqueaba el lomo, abriendo la boca hasta las orejas.

Materne no pudo ver más.

--¡Vámonos!--dijo.

Apenas hubieron entrado en el obscuro pasillo, oyeron exclamar al doctor: «¡Aquí está la bala!»

Lo cual debió causar una gran alegría al hombre del Harberg.

Una vez fuera, Materne, respirando el aire frío con toda la fuerza de sus pulmones, exclamó:

--¡Y cuando pienso que hubiera podido sucedernos lo mismo!

--Sí--respondió Kasper--; recibir una bala en la cabeza, eso no es nada; pero que le descuarticen a uno de esa manera y tener luego que pasar el resto de su vida pidiendo limosna...

--¡Bah! ¡Yo haría como Rochart!--exclamó Frantz--; acabaría de una vez. Tiene razón el viejo: cuando uno ha cumplido su deber, ¿por qué ha de tener miedo? ¡Dios es justo y lo ve todo!

En tal momento, el ruido de unas voces fue elevándose a la derecha de los interlocutores.

--Son Marcos Divès y Hullin--dijo Kasper, después de prestar atención.

--Sí; seguramente vienen de poner parapetos detrás del pinar para defender los cañones--añadió Frantz.

Escucharon otra vez; los pasos se acercaban.

--Tú mismo no sabes qué hacer con esos tres prisioneros--decía Hullin con brusquedad--; pero puesto que vas a volver esta noche al Falkenstein para traer municiones, ¿por qué no te los llevas?

--¿Y dónde los meto?

--¡Pardiez! En la prisión municipal de Abreschwiller; nosotros no podemos tenerlos aquí.

--¡Bien, bien!; comprendido, Juan Claudio. Y si quieren escaparse en el camino, los atravieso con el sable por la espalda.

--¡Eso, ni que decir tiene!

Llegaron ambos a la puerta, y Hullin, al ver a Materne, no pudo reprimir un grito de entusiasmo.

--¡Eh! ¿Eres tú, amigo mío?; hace una hora que te busco. ¿Dónde demonio estabas?

--Hemos traído al pobre Rochart a la ambulancia, Juan Claudio.

--¡Ah!, ¡qué dolor!

--Sí, ¡qué dolor!

Hubo un momento de silencio; luego la satisfacción del jefe, sobreponiéndose a todo, le hizo exclamar:

--La cosa no tiene nada de alegre; pero, ¿qué quiere usted?, son consecuencias de la guerra. Y vosotros, ¿no tenéis nada?

--No, estamos los tres sanos y salvos.

--Tanto mejor, tanto mejor. Los que hayan salido con bien pueden gloriarse de tener suerte.

--Sí--exclamó Marcos Divès riendo--; yo veía llegado el momento en que Materne iba a tener que tocar llamada; sin los cañonazos de última hora, a fe mía, la cosa tomaba mal cariz.

Materne enrojeció, y dirigiendo al contrabandista una mirada torva, dijo ásperamente:

--Puede ser; pero sin los cañonazos del comienzo no hubiéramos tenido necesidad de los del fin; el pobre Rochart y otros cincuenta hombres tendrían sus brazos y piernas, lo cual nada dañaría nuestra victoria.

--¡Bah!--interrumpió Hullin, que veía iniciarse una disputa entre los dos hombres, poco conciliadores por naturaleza--; dejemos eso; todo el mundo ha cumplido con su deber, que es lo principal.

Y luego, dirigiéndose a Materne, añadió:

--Acabo de enviar un parlamentario a Framont para comunicar a los alemanes que pueden venir a retirar sus heridos. Sin duda llegarán antes de una hora; hay que avisar a las avanzadas para que les dejen acercarse, pero sin armas y con antorchas; si vienen de otro modo, hay que recibirlos a tiros.

--Voy allí en seguida--respondió el cazador.

--¡Eh, Materne! Volverás pronto a casa con tus hijos para cenar.

--Bien, Juan Claudio, iremos.

Materne se alejó.

Hullin ordenó a Frantz y a Kasper que encendieran grandes hogueras en el vivaque para la noche; a Marcos, que diera avena a los caballos, para ir sin pérdida de tiempo a traer municiones, y al ver que ambos se marchaban, Juan Claudio penetró en la alquería.

XVII

Al final del pasillo obscuro estaba el patio de la casa de labor, al que se descendía por cinco o seis escalones desgastados. A la izquierda se alzaban el granero y el lagar; a la derecha, las cuadras y el palomar, cuyo negro mojinete se destacaba del cielo obscuro y tormentoso; por último, frente por frente a la puerta, se hallaba el lavadero.

Ningún ruido de fuera llegaba hasta allí; Hullin, después de tantas escenas tumultuosas, quedose sobrecogido por aquel profundo silencio, y miraba gavillas de paja amontonadas entre las vigas de la troje hasta cerca del techo, los rastrillos, los arados, los carros, que se perdían en la sombra de los cobertizos, con un sentimiento de paz y bienestar indefinibles. Un gallo cacareaba entre las gallinas, recostadas junto a la pared. Un gato cruzó como el relámpago y desapareció por la entrada del sótano. Hullin creía despertar de un sueño.

Después de algunos minutos de aquella silenciosa contemplación, dirigiose lentamente hacia el lavadero, cuyas tres ventanas brillaban en medio de las tinieblas. A este local se había trasladado la cocina del cortijo, que no bastaba para disponer el alimento de trescientos o cuatrocientos hombres.

El señor Juan Claudio oyó la fresca voz de Luisa que daba órdenes en un tonillo decidido que le sorprendió:

--¡Vamos, vamos, Katel!--decía--, acabemos pronto; la hora de cenar se acerca, y nuestras gentes deben tener apetito. ¡Sin tomar nada desde las seis de la mañana y batiéndose constantemente! No les hagamos esperar. ¡Pronto, pronto! Lesselé, muévase usted; traiga la sal, la pimienta...

El corazón de Juan Claudio se estremeció de alegría al oír aquella voz, y el anciano, antes de entrar, no pudo dejar de mirar un momento por la ventana. La cocina era grande, pero baja de techo, y estaba blanqueada. Una viva hoguera de troncos de haya chisporroteaba en el llar, envolviendo con sus doradas espirales la negra superficie de una enorme olla. La campana de la chimenea, muy alta y estrecha, bastaba apenas para dar salida a las nubes de humo que se desprendían del llar. Sobre el fondo rojo de este cuadro se recortaba el bello perfil de Luisa, con la falda recogida para moverse fácilmente, el rostro iluminado con los más vivos colores y el talle ajustado por un corpiño rojo que dejaba al descubierto sus redondos hombros y su esbelto cuello. Allí se encontraba la joven en plena actividad, yendo y viniendo de un lado a otro, probando las salsas con cierto airecillo de suficiencia, saboreando el caldo, aprobándolo o censurándolo todo.

--Otro poco de sal, otro de esto, otro de aquello--decía la joven--. Lesselé, ¿cuándo acabará usted de desplumar ese gallo? A ese paso no concluiremos nunca.

Era encantador ver a Luisa dar órdenes de aquella manera, y Hullin la miraba con los ojos llenos de lágrimas.

Las dos hijas mayores del anabaptista--una de ellas alta, delgada y pálida, de pies anchos y bajos, que calzaban zapatos redondos, de cabellos rojos, recogidos en una cofia de tafetán negro y vistiendo un traje azul que le caía en largos pliegues hasta los talones; la otra, gruesa, mofletuda, que andaba como los patos, levantando los pies con gran lentitud y balanceándose de un lado a otro--, aquellas dos jóvenes formaban con Luisa el más extraño contraste.

Por su parte, Katel iba y venía muy sofocada, sin decir nada, y Lesselé, con aire pensativo, lo hacía todo con medida y compás.

Por último, el anabaptista, sentado en el fondo del lavadero, en una silla de madera, con las piernas cruzadas, la mirada alta, el gorro de algodón echado hacia atrás y las manos metidas en los bolsillos del casacón, contemplaba aquella escena como si estuviera maravillado, y de vez en cuando decía en tono sentencioso: