La invasión o El loco Yégof

Chapter 10

Chapter 104,020 wordsPublic domain

Aquellos animosos hombres se hallaban sentados en las mochilas, con la cantimplora a la derecha, el sombrero o las gorras de piel de zorro metidos hasta las orejas y el fusil entre las piernas. No tenían mas que levantarse para ver el camino a cincuenta pasos por debajo de ellos, al extremo de una rampa suave.

La llegada de Hullin causó una satisfacción general.

--¡Eh, señor Juan Claudio!, ¿cuándo vamos a empezar?

--Pronto, hijos míos, no tengáis prisa; antes de una hora habrá comenzado la partida.

--¡Ah! ¡Tanto mejor!

--Sí, pero sobre todo, apuntad bien, a la altura del pecho, sin apresuramiento y sin descubrir el cuerpo más de lo que sea preciso.

--Esté usted tranquilo, señor Juan Claudio--le contestaban.

Hullin se alejaba luego en otra dirección; por todas partes se le recibía con igual entusiasmo.

--No se olviden--decía a todos--de parar el fuego en cuanto oigan la cuerna de Lagarmitte; pues, de lo contrario, se gastaría inútilmente la pólvora.

Cuando llegaron donde se encontraba Materne, que mandaba un pelotón de hombres, cuyo número ascendía a cerca de doscientos cincuenta, Hullin halló al cazador en disposición de fumarse una pipa, con la nariz roja como un ascua y la barba erizada por el frío, como piel de jabalí.

--¡Eh! ¿Eres tú, Juan Claudio?

--Sí, vengo a estrechar tu mano.

--Con mucho gusto; pero oye: el enemigo no se da prisa en venir; ¿irán a pasar por otra parte?

--No tengas cuidado; necesitan apoderarse de la carretera para transportar la artillería y los bagajes. ¿Ves? Ya han tocado a botasilla.

--Sí, lo he visto; parece que se preparan.

Luego, riendo en voz baja, Materne añadió:

--No sabes, Juan Claudio, hace un momento, cuando miraba hacia Grand-Fontaine, la cosa tan divertida que he visto.

--¿Qué, amigo mío?

--He visto a cuatro alemanes que asían a Dubreuil, el gordo, amigo de los aliados; le han tendido en el banco de piedra que hay a la puerta de su casa, y uno de aquéllos, un hombre alto y delgado, le ha dado no sé cuántos estacazos en las costillas. ¡Je, je, je! ¡Cómo gritaría el muy bribón! Apuesto a que ha negado algo a sus excelentes amigos; por ejemplo, el vino que tiene del año once.

Hullin ya no oía a su compañero, porque, habiendo mirado casualmente hacia el valle, acababa de ver un regimiento de infantería que desembocaba en la carretera. Más allá, en la calle, la caballería avanzaba, y cinco o seis oficiales iban delante galopando.

--¡Ah, ah! ¡Ahí vienen, ahí vienen!--exclamó el antiguo soldado, cuyo rostro tomó de pronto una expresión de singular entusiasmo. ¡Vamos! ¡Por fin se deciden!

Y se arrojó por la trinchera gritando:

--¡Muchachos, atención!

Al pasar, vio a Riffi, el sastrecillo de Charmes, inclinado sobre un enorme fusil de munición; el hombrecillo había hecho un escalón en la nieve para apuntar mejor. Más arriba reconoció al leñador Rochart, con sus recias almadreñas cubiertas con pieles de carnero; en tal instante, llenaba la cantimplora y se ponía derecho lentamente, con la carabina bajo el brazo y el gorro de algodón inclinado hacia la oreja.

Y no hubo más, porque para dominar todo el campo de batalla Hullin debía trepar a la cumbre del Donon, en la que be elevaba una roca.

Lagarmitte le seguía muy de prisa, dando zancadas. Diez minutos después, cuando llegaron jadeantes a lo alto de la roca, vieron, a mil quinientos metros por debajo de ellos, la columna enemiga, que se componía de unos tres mil hombres, luciendo amplios uniformes blancos, obscuros correajes, polainas de paño, los chacós muy anchos y los bigotes rojos; los oficiales, con gorras de plato, marchaban en el espacio que separaba unas compañías de otras, contoneándose a caballo, con la espada en la mano y volviéndose de vez en cuando, para gritar con voz aguda: _Worwaerts!_, _worwaerts!_[4].

Y todo el conjunto erizado de refulgentes bayonetas, que subían a paso de carga hacia los parapetos.

Materne, el cazador, asomando su gran nariz aguileña por encima de una rama de enebro y enarcando las cejas, observaba también la llegada de los alemanes. Y como tenía muy buena vista, distinguía las caras entre aquella multitud y podía elegir la persona que quería derribar.

En medio de la tropa, jinete en un caballo bayo, avanzaba muy erguido un oficial de edad provecta, peluca blanca y con un sombrero de picos con galón de oro, el cuerpo cruzado por una banda amarilla y el pecho cubierto de cintajos. Cuando dicho personaje alzaba la cabeza, el pico del sombrero, coronado por un penacho de plumas negras, hacía las veces de visera. Profundas arrugas surcaban las mejillas del caballero, que parecía no tener nada de amable.

--¡Este es mi hombre!--se dijo el cazador, mientras apoyaba en el hombro la carabina muy despacio.

Luego apuntó, hizo fuego, y cuando miró, el anciano oficial había desaparecido.

Acto continuo comenzó en la ladera, a lo largo de los atrincheramientos, un fuego de fusilería incesante, parecido a un chisporroteo; pero los alemanes, sin contestar, continuaron avanzando hacia los parapetos con los fusiles al hombro y las filas de soldados muy derechas, como si estuvieran en una parada.

A decir verdad, más de un montañés valiente, padre de familia, al ver subir aquella selva de bayonetas, a pesar de las descargas, pensó que quizás hubiera sido más prudente haberse quedado en la aldea que meterse en una aventura semejante. Pero, como dice el refrán, «cuando el vino está servido hay que apurar las copas».

Riffi, el sastrecillo de Charmes, recordó las juiciosas palabras de su mujer Sapiencia: «¡Riffi, darás lugar a que te rompan un hueso, y te lo habrás merecido!»

El pobre hombre hizo promesa de un _ex voto_ magnífico a la capilla de San León si volvía de la guerra; pero al mismo tiempo se dispuso a utilizar cuanto pudiera el gran fusil de munición.

A doscientos pasos del parapeto los alemanes se detuvieron y comenzaron un fuego graneado tan intenso como no se había oído otro semejante en la sierra; era un verdadero zumbido constante de disparos; las balas, a centenares, segaban las ramas, hacían saltar pedazos de hielo, se aplastaban en las piedras, a izquierda, a derecha, por delante, por detrás. Unas rebotaban con silbidos extraños, y a veces pasaban como bandadas de pichones.

No impedía aquello a los montañeses continuar el fuego; pero hubo necesidad de pararlo, porque toda la ladera se hallaba envuelta en un humo azulado que impedía ver.

Pasados próximamente diez minutos, se oyó el redoble de un tambor, y aquella masa humana se lanzó corriendo hacia los parapetos, gritando, tanto los oficiales como los soldados: _Worwaerts!_

La tierra se estremecía.

Materne irguiose cuan largo era, y colocándose al lado de la trinchera, con voz terrible y un fuerte temblor en las mejillas, exclamó:

--¡Arriba!..., ¡arriba!...

Era el momento conveniente, porque gran número de alemanes, casi todos estudiantes de filosofía, de derecho y de medicina, con las caras llenas de cicatrices a consecuencia de los duelos tenidos en las cervecerías de Munich, de Jena y de otras partes, y que luchaban contra nosotros en virtud de la promesa que se les había hecho de concederles ciertas libertades después de la caída de Napoleón; todos aquellos mozalbetes intrépidos trepaban asiéndose de pies y manos del hielo y trataban de saltar a las trincheras.

Pero a medida que trepaban se les rechazaba a culatazos y caían en sus propias filas como un pedrisco.

En tal ocasión, pudo preciarse el ejemplar comportamiento del anciano leñador Rochart. El solo hizo rodar por tierra a más de diez hijos de la vieja Germania; los cogía por debajo de los brazos y los arrojaba al camino. Materne tenía la bayoneta viscosa de sangre. Y el pequeño Riffi no cesaba de cargar el fusil y de tirar con ardor sobre la masa de enemigos; y José Larnette, que tuvo la desgracia de que le alcanzase un tiro en un ojo; Hans Baumgarten, que resultó con un hombro maltrecho; Daniel Spitz, que perdió dos dedos de un sablazo, y otros muchos, cuyos nombres deben ser honrados y venerados por los siglos de los siglos, no dejaron durante un segundo de cargar y descargar sus fusiles.

Por la parte baja de la rampa se oían gritos horribles, y cuando se miraba por encima se veían bayonetas de punta y hombres a caballo.

Aquel choque duró más de un cuarto de hora. Nadie sabía lo que los alemanes pretendían hacer, puesto que no podían forzar el paso; pero, de improviso, decidieron retroceder. Habían muerto casi todos los estudiantes, y los demás, aguerridos guías acostumbrados a las retiradas honrosas, no eran capaces de combatir con el mismo entusiasmo.

Comenzaron, pues, a retirarse lentamente, y, por último, con mayor prisa. Los oficiales, detrás de los fugitivos, les golpeaban con los sables de plano, y como los tiros les iban a los alcances, acabaron huyendo con tanta precipitación como orden habían empleado a su llegada.

Materne, de pie en lo alto del talud y acompañado de cincuenta hombres, blandía la carabina y reía con la mayor satisfacción.

En la parte inferior de la rampa se arrastraban masas de heridos. La nieve, removida por las pisadas, estaba roja de sangre. En medio de un montón de cadáveres se veían dos oficiales jóvenes que aún se hallaban vivos y que sucumbían por el peso de sus caballos muertos.

Era horrible el espectáculo; pero los hombres son, en verdad, feroces. No hubo uno solo, de los victoriosos montañeses, que se compadeciera de aquellos desgraciados; al contrario, cuantos más muertos veían, tanto más se regocijaban.

En tal momento, Riffi, poseído de un noble entusiasmo, se deslizó a lo largo del talud, porque acababa de ver, un poco a la izquierda, por debajo de los parapetos, un magnífico caballo, perteneciente al coronel muerto por Materne, que se había refugiado en aquel rincón, sano y salvo.

--En mis manos caerás--se decía Riffi--; Sapiencia se va a quedar asombrada.

Cuantos contemplaban la escena envidiaban la suerte del hombrecillo, el cual, cogiendo el caballo por la brida, se montó en él. ¡Pero cuál no sería la estupefacción general, y sobre todo la de Riffi, cuando vieron al noble bruto emprender una carrera desenfrenada en dirección de las tropas alemanas!

El sastrecillo levantaba al cielo las manos, implorando a Dios y a todos los santos.

Materne tuvo la idea de disparar contra el caballo, pero no se atrevió a hacerlo porque iba demasiado de prisa.

Apenas hubo llegado al bosque de bayonetas enemigas, Riffi desapareció.

Todo el mundo creyó que había muerto asesinado; pero una hora después se le vio pasar por la calle Mayor de Grand-Fontaine, con las manos atadas a la espalda, seguido del caporal _schlague_, que empuñaba una baqueta.

¡Pobre Riffi! Fue el único que no pudo gozar del triunfo, y sus compañeros acabaron por reírse de su triste sino, como si se hubiera tratado de un _kaiserlick_.

Tal es el carácter de los hombres; cuando la alegría pasa por su puerta, no sienten los dolores de los demás.

XV

Los montañeses rebosaban de entusiasmo; alzaban las manos, se ensalzaban unos a otros y se consideraban los primeros héroes de la Tierra.

Catalina, Luisa, el doctor Lorquin, todo el mundo se apresuró a salir de la casa, gritando, felicitándose mutuamente, para ver las huellas de las balas y los taludes ennegrecidos por la pólvora; por otra parte, José Larnette, con la cabeza maltrecha, se hallaba tendido en un hoyo; Baumgarten, con un brazo colgando, se dirigió a la ambulancia muy pálido, y Daniel Spitz, a pesar del balazo recibido, quería seguir luchando; pero el doctor no hizo caso de aquellos deseos y le obligó a marchar a casa.

Luisa llegó con el carrillo y dio de beber aguardiente a los que habían combatido, y Catalina Lefèvre, de pie junto al borde de la rampa, contemplaba los muertos y los heridos esparcidos en la carretera, al final de largos regueros de sangre. Entre aquellos desgraciados había unos que eran jóvenes y otros viejos, con los rostros blancos como la cera, los ojos desmesuradamente abiertos y los brazos extendidos. Algunos pugnaban por levantarse, pero volvían a caer en seguida; otros miraban a las alturas como temiendo que les disparasen desde ellas. Y se arrastraban desde lo largo del talud para ponerse al abrigo de las balas.

Muchos parecían resignados y buscaban un lugar donde morir, o se quedaban mirando a su regimiento, que se alejaba en dirección de Framont; ¡aquel regimiento de que formaban parte cuando salieron de su aldea, en el que habían hecho una larga campaña, y que ahora les abandonaba! «¡El regimiento volverá a ver a Alemania!--pensaban los desgraciados--. Y cuando pregunten al capitán o al sargento: «¡Conoce usted a un tal Hans, Kasper o Nickel, de la primera o de la segunda compañía?», responderán: «Espere usted... Me parece recordar... ¿Era uno que tenía una cicatriz en la oreja o en la mejilla, los cabellos rubios o castaños y cinco pies y seis pulgadas? Sí, le conocí. En Francia se ha quedado cerca de una aldehuela cuyo nombre no recuerdo. Los montañeses le mataron el mismo día que al comandante Yeri-Peter; era un excelente muchacho.» Y después se acabó.

Tal vez, entre tantos, habría algunos que se acordaban de sus madres... o de cierta linda muchacha de su país, _Gretchen o Lotchen_[5], que les había dado una cinta al partir mientras lloraban a lágrima viva: «¡Te esperaré, Kasper; sólo contigo me he de casar!» «¡Sí, sí; mucho tiempo has de esperar!»

La señora Lefèvre, viendo aquel cuadro de dolor, pensaba en Gaspar. Hullin, que acababa de llegar con Lagarmitte, gritaba alegremente:

--¡Bien, amigos míos! ¡Ya habéis entrado en fuego! ¡Mil demonios! ¡Esto marcha! Los alemanes no estarán muy orgullosos de la jornada.

Luego besó a Luisa y corrió a ver a la señora Lefèvre.

--¿Está usted satisfecha, Catalina? ¡No van mal nuestros asuntos! Pero ¿qué le sucede? ¿Usted no se alegra?

--Sí, Juan Claudio, todo va bien..., estoy contenta; pero mire usted al camino: ¡qué matanza!

--Es la guerra--respondió gravemente Hullin.

--¿Y no habría medio de ir abajo a recoger a ese chico..., que nos mira con sus hermosos ojos azules, ¡Qué lástima me da de él!..., o a ese otro moreno que se venda la pierna con un pañuelo?

--Imposible, Catalina, lo siento mucho; habría necesidad de hacer una escalera en el hielo para bajar, y los alemanes, que van a volver dentro de una o dos horas, la utilizarían para el asalto. Vámonos. Hay que comunicar el triunfo a todas las aldeas: a Labarde, a Jerónimo, a Piorette. ¡Eh! ¡Simón, Niklo, Marchal, venid! Vais ahora mismo a llevar la gran noticia a los compañeros. ¡Materne, mucho cuidado! Al menor movimiento no dejes de avisarme.

Se acercaron todos a la casa, y Juan Claudio, al pasar, vio la tropa de reserva, y a Marcos Divès montado a caballo en medio de sus hombres. El contrabandista se quejaba amargamente de permanecer con los brazos cruzados. Se consideraba como deshonrado por no haber hecho nada.

--¡Bah!--le dijo Hullin--, ¡tanto mejor! Además, tú guardas nuestra derecha. Mira, allá, aquella meseta: si nos atacan por ese lado, puedes marchar.

Divès no contestó nada; su rostro tenía una expresión triste e indignada a la vez, y los contrabandistas que le acompañaban, envueltos en sus capas, con sus largos espadones colgando por encima de ellas, no parecían tampoco de muy buen humor; diríase que proyectaban una venganza.

Hullin, convencido de que no podía consolarles, entró en la alquería. El doctor Lorquin se disponía a extraer la bala de la herida de Baumgarten, el cual daba terribles gritos.

Pelsly, en el portal de la casa, temblaba de pies a cabeza. Juan Claudio le pidió papel y tinta para transmitir las órdenes a las demás posiciones de la sierra; y era tan grande la turbación del pobre anabaptista, que a duras penas pudo dárselos. No obstante, consiguió hacerlo, y los peatones se marcharon muy orgullosos de haber recibido el encargo de comunicar la primera batalla y la victoria.

En la sala grande se habían reunido muchos montañeses que se calentaban cerca del hogar y hablaban con animación. Daniel Spitz había sufrido ya la amputación de dos dedos y se hallaba sentado detrás de la estufa, con la mano envuelta en unos trapos blancos.

Los hombres que se habían apostado, desde antes del amanecer, detrás de los parapetos, como no habían comido, tomaban un bocado y bebían un poco de vino, mientras gritaban, gesticulaban y enaltecían a boca llena sus acciones. Luego salían, iban a echar una ojeada a la trinchera, volvían a calentarse, y todo el mundo, al recordar a Riffi, sus alaridos cuando se le iba el caballo y sus gritos de angustia, se reía hasta desternillarse.

Eran las once. Aquellas idas y venidas duraron hasta mediodía, momento en que Marcos Divès penetró rápidamente en la sala gritando:

--¡Hullin! ¿Dónde está Hullin?

--Aquí estoy.

--¡Pronto, ven!

La voz del contrabandista tenía un acento extraño; hacía un momento, aunque irritado por no haber intervenido en el combate, parecía más bien triunfante. Juan Claudio le siguió lleno de inquietud, y la sala quedó vacía en un momento, pues todo el mundo se dio cuenta, por la animada expresión de Marcos, que se trataba de un asunto grave.

A la derecha del Donon se extiende el barranco de las Mineras, que sirve de cauce a un torrente en la época del deshielo y que baja desde la cumbre de la sierra hasta lo hondo del valle.

Frente por frente de la meseta que defendían los guerrilleros, y en la ladera opuesta del barranco, a quinientos o seiscientos metros, avanza una especie de espolón descubierto y escarpado que Hullin no había creído necesario ocupar provisionalmente para no dividir las fuerzas, y además porque imaginaba que no le sería difícil rodear la posición por los pinares y establecerse allí en caso que el enemigo intentase apoderarse de ella.

Ahora bien: imagínese la consternación de nuestros personajes cuando, al asomarse al umbral de la alquería, vieron dos compañías de alemanes trepar por las faldas opuestas, entre los huertos de Grand-Fontaine, con dos piezas de artillería, arrastradas por vigorosos tiros, y que parecían colgadas del precipicio. Una gran multitud empujaba las ruedas, y pocos momentos faltaban para que los cañones alcanzasen lo alto de la meseta. Aquello fue como un rayo sobre la cabeza de Juan Claudio; se puso intensamente pálido, y le acometió un acceso de furor indescriptible contra Divès.

--¿No has podido avisarme antes?--díjole Hullin con voz semejante a un aullido--. ¿No te encargué que vigilaras el barranco? ¡Estamos cercados! ¡Ahora nos cogerán de flanco y cruzarán el camino más lejos! ¡Todo se lo ha llevado el demonio!

Cuantos se hallaban presentes, incluso Materne, que había acudido a toda prisa, se estremecieron de pies a cabeza al ver la mirada que Juan Claudio dirigió al contrabandista.

Este, a pesar de su audacia habitual, quedose sobrecogido y no sabía qué responder.

--Vamos, vamos, Juan Claudio--dijo por último--; la cosa no es tan grave como dices. Todavía no hemos pegado nosotros. Además, nos hacen falta cañones, y esos nos vendrán a maravilla.

--¡Sí, a maravilla, idiota! Has estado esperando hasta el último momento por amor propio, ¿no es eso? Querías batirte, ensalzar tus hazañas, vanagloriarte. Y para eso juegas con la vida de todos nosotros. ¡Ea, mira! ¡Allí tienes a los otros preparándose en Framont!

En efecto; una nueva columna, mucho más fuerte que la primera, salía de Framont a paso de carga y subía hacia los parapetos. Divès no decía una palabra; Hullin, reprimiendo su indignación, se tranquilizó súbitamente ante la gravedad del peligro.

--¡Id a ocupar vuestros puestos!--dijo Juan Claudio con voz seca a cuantos se hallaban presentes--; que todo el mundo esté preparado para el ataque que se aproxima. ¡Materne, mucho cuidado!

El cazador bajó la cabeza.

Mientras tanto, Marcos Divès había recobrado su aplomo.

--En vez de gritar como una mujer--dijo a Hullin--, mejor sería que me mandaras atacar allá abajo, rodeando el barranco por los pinares.

--¡No queda otro recurso, con mil demonios!--replicó Juan Claudio.

Y algo más tranquilo añadió:

--Oye, Marcos, te aborrezco hasta la muerte. Habíamos vencido, y por tu culpa todo está como antes. ¡Si se frustra tu ataque, los dos nos cortaremos la cabeza!

--Bueno, bueno; la pelota está en el tejado; ¡yo te respondo de lo que ocurra!

El contrabandista montó, de un salto, a caballo, terciose sobre el hombro uno de los picos de la capa y desenvainó su gran espada con un continente magnífico. Todos los hombres que le seguían hicieron lo mismo.

Luego, Divès, volviéndose hacia la tropa de reserva, compuesta de cincuenta rudos montañeses, y señalando la meseta con el sable, les dijo:

--¿Veis aquello, muchachos? Nuestro tiene que ser. Los de Dagsburgo no podrán decir que tienen más valor que los del Sarre. ¡Adelante!

Y la tropa, enardecida, se puso en marcha, flanqueando el barranco. Hullin, muy pálido, gritó:

--¡A la bayoneta!

El enorme contrabandista, montado en un altísimo rocín de musculosa y reluciente grupa, se volvió sonriendo para sí; agitó luego la espada con un ademán expresivo, y la tropa se perdió en los pinares.

En aquel momento los alemanes, con las piezas de ocho, llegaban a la meseta y se formaban en batería, mientras que la columna de Framont trataba de escalar la ladera. Todo se hallaba, pues, en el mismo estado que antes de la batalla, con la diferencia de que los cañones enemigos iban a entrar en juego y a coger a los defensores por la espalda.

Se veían claramente las dos piezas, los grapones, las palancas, los escobillones, los artilleros y el oficial: un individuo delgado, ancho de espaldas, de largos bigotes rubios. La niebla azulada del valle acortaba las distancias, hasta el extremo de que se hubiera creído poder alcanzar la posición con la mano; pero Hullin y Materne no se engañaban; había más de seiscientos metros, y ningún fusil alejaba tanto.

No obstante, el cazador Materne, antes de regresar a los parapetos, quiso convencerse de ello; y acercándose cuanto le fue posible al barranco, acompañado de su hijo Kasper y de otros varios, se apoyó en un árbol y apuntó con lentitud hacia el oficial de los bigotes rubios.

Cuantos presenciaron la escena contuvieron la respiración, temerosos de que fracasara la prueba.

Materne hizo el disparo; mas cuando puso la culata en el suelo y miró, nada había cambiado.

--¡Es curioso cómo la edad acorta la vista!--dijo el cazador.

--¡Usted corto de vista!--exclamó Kasper--; ¡desde los Vosgos a Suiza no hay nadie que pueda hacer un blanco a doscientos metros mejor que usted!

El anciano guardabosque lo sabía perfectamente; pero no quería desanimar a los demás.

--Está bien--añadió Materne--; no es hora de discutir. Los enemigos van a subir; cada cual cumpla con su deber.

A pesar de tales palabras, sencillas y reposadas en apariencia, Materne sentía una gran inquietud interior. Al entrar en la trinchera llegaron a sus oídos rumores vagos; el resonar de armas, el ruido de una multitud de pasos regulares; miró entonces por encima de la rampa y vio a los alemanes que llegaban provistos de largas escalas terminadas en garfios de hierro.

Aquel nuevo contratiempo causó una impresión desagradable al guardabosque; hizo señas a su hijo para que se acercara y le dijo en voz muy baja:

--Kasper, esto va mal, esto va muy mal; esos bribones traen las escalas; dame la mano. Quisiera tenerte cerca de mí y también a Frantz; ¡pero hemos de defender el pellejo hasta lo último!

En aquel momento un golpe terrible sacudió los parapetos de arriba abajo: oyose una voz ronca que gritaba: «¡Ay, Dios mío!»

Luego, un ruido sordo a unos cien pasos de distancia, y un abeto se inclinó lentamente y cayó al abismo. Eran los efectos del primer cañonazo; había cortado las piernas al anciano Rochart. A este primero, siguió casi al mismo tiempo un segundo cañonazo, que cubrió a los defensores de hielo pulverizado, con un zumbido terrible. Materne, al oírlo, no pudo menos de bajar la cabeza; pero en seguida se puso derecho, exclamando: