Part 9
Bueno, hombre, bueno: variaré la tocata. Creo, como tú, que eso me tranquilizará. Esta tarde fuí á ver á Federico. Tuve intenciones de confiarle mi pena; pero luego me rehice de esta debilidad, y mutis. Por cierto que observé allí cosas que me hicieron gracia. Cuando entré, á eso de las dos, nuestro amigo acababa de despertarse y había pedido el almuerzo. Para funcionar con más desembarazo, Claudia, después de dar la teta al nene, le colocó bien abrigado en el lecho de Federico. Este apartó las sábanas y me dijo: «Mira lo que tengo aquí.» Mucho nos reímos los dos, y más aún cuando despertó el chicuelo y se puso Viera á jugar con él, haciéndole cosquillas, y dejándose tirar de la barba por las manos delicadas del tierno infante. Pero habías de ver aquello cuando pusieron la mesa sin patas sobre la cama, y empezaron Claudia y Clotilde á servir el almuerzo. Lo mismo fué olerlo, que entraron de rondón cuatro canarios de alcoba, hijos de Claudia, el mayor como de seis años, la más pequeña como de dos, y piando y gorjeando se enracimaron en los bordes del lecho. Uno daba un brinco hasta plantarse en las almohadas, tocando con sus patitas la cabeza de Federico; otro se encaramaba por los pies. Su madre les reñía, llamándoles insolentes y granujas; pero no se los llevaba. Federico, de todo lo que iba comiendo, les repartía por turno, con el tenedor, diciéndoles: «Ahora tú... No más... Formalidad, y todos probarán.» El de teta, que estaba entre las sábanas, con aquella algazara empezó á berrear, y Clotilde tuvo que cogerle en brazos. Tan fuertes chillidos dió el angelito, rojo y apoplético, los puños cerrados, soltando gruesos lagrimones, que fué menester llevársele fuera. Sus hermanos eran más amables. Federico tuvo que andar con ellos á trastazo limpio; pero no se dieron por ofendidos. Al fin del almuerzo, la cama estaba como si hubiera pasado por encima de ella un regimiento de caballería. No pudo evitar Viera que cogieran los libros que allí tenía, ni que el mayor los examinara deletreando el título, ni que la pequeña les arrancara algunas hojas como quien no hace nada. Claudia se los llevó con no poco trabajo, y volvieron á entrar, y costó un triunfo echarles de nuevo. Toda la tarde estuvimos oyendo el rumor de su batahola en la cocina. Á mis observaciones sobre la paciencia con que tolera molestias fáciles de evitar, contestóme Federico con el _qué más da_, que usa siempre para disculparse de su abandono.
Noto en él una indiferencia parecida á la resignación. Su melancolía envuelve cierta pereza intelectual, como si acobardado ante su mala suerte, sintiéndose incapaz de luchar con ella, se le entregara sin quejarse. La conversación que acerca de esto sostuvimos mientras se vestía, llevónos á tratar de su hermana, que me ha inspirado tanta lástima desde que la ví. Arriesguéme á censurar, con el tacto necesario para no lastimarle, el abandono en que la tiene. ¿Por qué no la presenta en sociedad? ¿Por qué no la inclina al trato de sus iguales, librándola del roce de personas sin educación, ennobleciendo su vida, y tratando de proporcionarle un buen partido? Á esto me contestó, con fría amargura, que tales habían sido sus propósitos; pero que ha renunciado á ellos por la resistencia que su propia hermana le opone. La ruína de la familia cogió á Clotilde en la transición de niña á mujer. Vinieron terribles días de penuria, y la pobre joven, criada en colegios de lujo, se vió privada hasta de lo indispensable, sin poder reunirse con sus amigas más queridas. De aquellos días data su encogimiento huraño y su gusto de la insignificancia y obscuridad. No tardó mucho en acomodarse al aburrimiento que le prescribía su desgracia, consagrándose á cuidar de su hermano; y aunque éste hizo esfuerzos increíbles por ponerla, al menos aparentemente, en otras condiciones de vida, cada día encontraba en ella resistencias mayores. Poco á poco la pobre niña se iba encariñando con las criadas en cuya compañía estaba constantemente; llegó á perder toda afición á vestir bien, y sus gustos delicados se fueron embasteciendo hasta parar en el desaliño. El _qué más da_ de su hermano la contagió como una diátesis de familia; no supo sostener el esmero de la persona, refinado y minucioso, que aquel conserva en medio de su indolencia. Se habituó á los modales descompuestos y al inculto lenguaje de aquellas tarascas, y ha concluído por comer con ellas, cuidar los chicos de Claudia, y no hallarse bien sino en tal compañía. Estas familiaridades con gente baja han influído en su carácter de tal modo, que apenas tiene ya la conciencia de su mérito personal. Es algo salvaje: cuando yo voy allí, huye como una cierva, evita mi conversación todo lo que puede, y si forzosamente tiene que hablarme, la noto cohibida y como temerosa de no expresarse bien. ¡Pobre niña! Te aseguro que me inspira compasión. Su mirada inteligente y tímida es de esas que no se olvidan.
Á mis indicaciones sobre esto, contestó Federico así: «Hoy por hoy, apartarla forzosamente de estas mujeres, sería una crueldad, porque les tiene inmenso cariño. Cierto que ha perdido sus modales; cierto que sus gustos se han hecho toscos, y que su persona se ha rebajado; ¿pero yo qué puedo hacer? Soy pobre. No puedo luchar con mi infame destino. Adelante, y hasta el fin, si esto tiene algún fin.»
Hícele notar que su hermana está en la edad en que por donde menos se piensa salta el amor, y bien valía la pena de mirar con interés asunto tan delicado. Encogióse de hombros, y me dijo que ni aun sospechaba que Clotilde tuviese novio ó pretendiente. No insistí sobre este particular, por no aparecer más papista que el Papa; y ya que de amores hablábamos, no sé por qué sentí nuevamente deseos de confiar á Federico los míos, ó mejor dicho, mis frustradas esperanzas. Pero también supe contener aquella segunda tentación de espontaneidad.
Pude observar aquel día que la casa de este hombre infeliz es un jubileo mareante. Razón tiene en decir que el sonido de la campanilla le produce un estado nervioso y cardiaco que ya constituye verdadera enfermedad. Los acreedores y pedigüeños se suceden sin interrupción, y una de las mayores dificultades del gobierno de aquella casa es lo que llamaríamos _el servicio de puerta_. Clotilde se ha hecho á este innoble servicio, y lo desempeña hábilmente, con todo el manejo de mentiras diplomáticas que el caso exige. Á unos les engaña, á otros les manda volver la semana próxima, á los más les engatusa con bonitas promesas. Hay usureros de fuste, que pasan siempre y se entienden con Federico, el cual les recibe de mal talante, con cariz avinagrado y duro. «Á estos tipos—me dijo un día,—hay que tratarlos á la baqueta, y no tenerles consideración alguna. Es la manera de que nos sirvan bien. Al que se hace de mieles, se le comen vivo.» En cuanto á sablazos, no he visto debilidad como la de nuestro amigo para dejárselos pegar. Allí van llorones que le encajan mil embustes, y como le cojan con dinero, le dan el timo. Yo le recomendé que mirase mucho á quién socorría, y me respondió: «¿Qué más da? Estos infelices también han de vivir. Cada uno se las arregla como puede.» Y los condenados se dan tal maña, que hasta parecen adivinar cuándo tiene cuartos, para caerle encima como las moscas. Dice que el único placer de la vida consiste en dar. La cara que ponen los pedigüeños, el brillo de sus ojos cuando sacan tajada, vienen á ser como una visión de alegría, un rayo celeste á que no puede renunciar quien vive entre negruras, sin ver más que esas caras muertas, esas máscaras de la sociedad culta, que nunca reflejan los grandes goces del alma.
¿Qué te va pareciendo esto? ¿Qué piensas del pobre Viera? Hay que reconocer que si algunas de sus facultades duermen, si su conciencia se amodorra, tiene siempre bien despierto el punto de dignidad y de amor propio, y con esta especie de virtud disimula en sociedad los desastres de su vida íntima. Te repito que he intentado ayudarle á salir de apuros, y que me tapa todas las brechas que trato de abrir en su susceptibilidad, para introducir con delicado contrabando mi socorro. Otros amigos que pretendieron lo mismo no han logrado rendir su orgullo. ¡Qué mal efecto me hace verle de noche en casa de Orozco, de la San Salomó ó de Trujillo, y recordar, mientras le veo y le oigo, las tristezas de su modo de vivir, y los cuadros lastimosos que he visto en su casa! Los muchos amigos y amigas que tiene en sociedad, aunque algo saben de sus ahogos pecuniarios, ignoran lo que yo sé y he visto. Algunos ¡ay! le admiran. Hay quien le envidia. Es Federico de estos hombres que se hacen querer en cuanto se les trata un poco. Su perfecta educación (en lo tocante á modales y á la vida externa); aquel aire de modestia, no incompatible ciertamente con su orgullo, y que más bien lo templa, lo ennoblece, convirtiéndolo de defecto en cualidad; su gracia melancólica en la conversación; aquel mismo abandono moral, tan semejante al cansancio, cautivan y desarman, predisponiéndonos á la indulgencia. Físicamente, algo tengo también que decirte. Su cara, que es un prodigio de expresión y movilidad, comienza á desmejorarse. Me parece bastante anémico, y envejecerá pronto. Ya se le ven algunos hilos de plata en la barba negra y en las sienes, y su mal color revela la insana costumbre de hacer de la noche día. Asegura que vivirá poco, y creo que no se equivoca.
Y ahora se me ocurre hablarte de la Peri. Dirás tú: «¿Y quién es la Peri? ¿Y por qué eslabona este tonto el nombre de Federico con el de esa que no sé si es mujer, ó gata, ó yegua?» No te hagas el virtuosito y el morigeradito, diciendo que no conoces á la Peri, y que á tí no te hablen de ninguna moza _de éstas que llaman del partido_. ¡Hipócrita, me quieres hacer creer que con esa capita de seminarista ó de filósofo motilón, no te haces el perdidizo alguna vez en las enramadas del jardín de Venus! Pero, en fin, te concedo, si tu gazmoñería se empeña en ello, que no ha llegado á tu noticia el excelso nombre de la Peri. Los sabios suelen estar muy atrasados de noticias, y de fijo tú sabes más de Semíramis ó de Aspasia que de esta contemporánea nuestra. Voy á sacarte de dudas y á enriquecer tu erudición en lo tocante á _heroínas_ modernas. La Peri... esto de la Peri yo no sé de dónde diablos viene. Puede que algún rancio etimologista te lo pueda explicar. Yo lo que sé es que se llama Leonor, y que el origen del apodo se encontraría en el misterioso lexicón de la gente del bronce. También sé, sin necesidad de recurrir á las bibliotecas, que Leonor es monísima, elegante, depravada y con muy buena sombra para hacer olvidar su relajación; mujer de excepcionales dotes para atontar á los hombres, y que, de nacer en Francia, habría sido una celebridad. Aquí no lo es sino en los círculos puramente madrileños y á media voz; pero su fama, sin llegar nunca á la difusión que dan las letras de molde, toca en los límites de la popularidad. Se ha comido á media docena de hijos de familia, y se ha merendado á dos ó tres viejos verdes. Es simpática, todo lo simpática que puede ser una serpiente de manchada piel, cabeza chata y diente venenoso. Y de rodillas ya ante el confesonario, me golpeo el pecho, y te digo que yo también me he dejado tentar de esta hermanita de Satanás; pero que, si enfermé de su ponzoña instantánea, la curación ha seguido prontamente á la picadura. Es que somos pura fragilidad los jóvenes de esta generación. Échame un sermoncito, hombre; échamelo, por amor de Dios.
Con decirte que somos jóvenes, y que no hay mayor tontería que llegar á la vejez sin probar cuanta manzana y cuanto melocotón y cuanta breva dan los frutales de la vida, me parece que te contesto bien y aun que te dejo callado. Pues bien: durante algunas noches hemos pasado los amigos y yo ratos muy agradables en casa de la Peri... No te asustes; no se trata aquí de pecados contra la honestidad. Íbamos simplemente á que nos echara las cartas. Te mueres de risa si llegas á venir con nosotros, porque la verdad es... (váyanse al cuerno tus moralidades y todo el fastidioso empaque de tu filosofía) que tiene esa mujer la sal de Dios para echar las cartas, y que otra más serrana no ha nacido en el mundo. Lo gracioso es que se cree todas aquellas paparruchas gitanescas, como si fuesen el Evangelio. Y si vieras: parece que realmente le adivina á uno los pensamientos, y que, pitonisa de nuestra época de realidad, levanta el velo de lo porvenir y desmiente las leyes de la razón. Me gustaría verte allí, tronando severamente contra la cábala, y rindiéndote á las carantoñas de la linda bruja, como cualquier hijo de vecino.
Pero tú dices: «¿qué tiene que ver esa diablera con mi amigo Federico?» Voy allá, hombre; voy allá, y no seas tan vivo de genio. Pues, si se han de creer las apariencias, hoy no son amantes; pero lo fueron cuando la Peri sentó plaza. En el actual momento histórico se tratan con familiar y honesta amistad, aunque ella tenga sus enredos más ó menos transitorios con personas que la mantienen. Esto he oído, esto te cuento. Dícese, y podrá ser verdad, que Federico la socorre á ella en los casos de penuria; dícese también, y esto lo pongo en duda, que Leonor le echa á su amigo un cable cuando le ve con el agua al cuello. ¿Lo crees? ¿Te parece verosímil que hombre tan delicado y susceptible, rebelde al auxilio de sus amigos, acepte los de una mujer de tal clase? Yo rechazo la versión maligna, que me parece forjada por la envidia ó el pesimismo de esta sociedad. Pero te diré una cosa, para tu gobierno. Federico, al menos conmigo, no hace misterio de su amistad honrada con esa buena pieza. Ayer hablamos de ella en la calle, yendo á casa de Orozco, donde comimos, y me dijo lo que á la letra copio para que vayas atando cabos: «Te aseguro que esa pobre Leonor es una buena mujer, y que no conozco un corazón más noble que el suyo.»
Y basta de Fritz. Ya ves cómo te he complacido, escribiéndote una carta absolutamente limpia de toda murria _wertheriana_. He tenido que violentarme y poner diques y compuertas al flujo de mis cuitas amorosas. Dí ahora que no sé guardar las debidas consideraciones á mis amigos, ahorrándoles las náuseas de una toma fuerte de sentimentalismo. Pero alguna vez me ha de tocar hablar de lo mío. Prepárate para la próxima.
XIX
_8 de Enero._
¿Pero es broma ó qué es? Dices que vas á dar mis cartas para el folletín de _El Impulsor Orbajosense_, ¡arre! ilustrado periódico de esa localidad, _órgano de los intereses materiales y morales_, etc. ¿Sabes que tendría gracia? Pero aun variando los nombres, la broma sería tan pesada, que no habría más remedio que retarte en duelo á tí, y poner las peras á cuarto al cojo ese que dirige el papel, y que me tiene tan mala voluntad desde que le quité la Administración de Loterías para dársela al marido del ama que me crió á sus castos pechos. Basta de guasas, Equisín; no me irrites, no me cosquillees con tus chirigotas maleantes; mira que estoy echando chispas, y si llego á estallar... ¡Dios mío, cómo me he puesto! Si me pica una pulga, creo que me ha mordido un perro rabioso; si tengo que cerrar una puerta, doy con ella tan fuerte golpe, que se estremece todo el Hotel; si la pluma con que te escribo saca un pelo, ¡zas! la estrello contra la mesa; si tengo que llamar, echo abajo la campanilla y se me enredan en el cuello cuatro varas de alambre; en fin, estoy hecho una fiera. Me muerdo á mí mismo, y por no poderme soportar, me mando á paseo, dándome de puntapiés.
Y lo que me pasa no es para menos. Tú, con esa flema que Dios te ha dado, estarías tan fresco. No truenes contra mi repentinismo: cada uno es cada uno. Mis afectos propenden á la amplificación, y cuando gozo ó padezco paréceme que en toda la anchura del mundo no caben mi placer ó mi martirio. No me enfado nunca á medias. Si riño con un amigo, despídome de él para siempre. Siéntome niño en mis dolores y en mis alegrías. La ligera ofensa se me hace mortal agravio. Tengo miedo á enamorarme, porque fáltame asiento en la voluntad, y voy como buque sin lastre en un mar agitado: á cada tumbo me parece que veo el abismo abierto á mis pies. ¡Por qué no nacería yo en tiempo de los frailes para meterme á motilón y vivir en dulce uniformidad, sin pasiones, sin estímulos, hecho un honesto marmolillo y un mano inconsciente!
Como esto siga así, ya puedes encomendarme á Dios. Esa cruel nereida, perdona el clasicismo, va á acabar con tu infeliz amigo. Sigue en sus severidades, echando cada día sobre lo que llama mi capricho, jarros y más jarros de agua _frapée_, moral pura de la más cargante y trasnochada, de la de catecismo con preguntas y respuestas. Á veces creo que me ha tomado á mí por cabeza de turco, para ensayar la fuerza y empuje de su virtud, y hacer gala de ella ante el mundo. Estas virtuosas me fastidian. Paréceme que no son virtuosas por la satisfacción de serlo, sino por ganarse un premio en el _Derby_ de la honestidad.
La resistencia ha redoblado mis anhelos hasta un punto de que no tienes idea. Muéstrome exaltado, y nada: calabazas más gordas que la primera vez. Hágome el desdeñoso, y en seguida me conoce el juego: calabazas como la copa de un pino. Le ruego que me permita besarle una mano, ósculo de amistad, puro como la caricia de un niño, y me despide con una displicencia que anonada. Cuando trata en solfa mis pretensiones, menos mal: lo llevo con paciencia. Pero cuando me pone el hociquillo de virtud, créelo, le pegaría... Despedido, me voy y vuelvo con cualquier pretexto, y entonces me presenta á la preciosa Estefanía, como un santero presenta la reliquia para que la adoren los beatos. Esta niña es hija de Calderón, y Augusta la tiene casi siempre en casa, y la mima y agasaja como si fuera suya. La chiquilla es monísima: marido y mujer se consuelan con ella de la pena de no tener sucesión. Pues, como te digo, me la pone delante, sentándola sobre sus rodillas, y con la crueldad más salerosa del mundo, dice: «Bésame á ésta, bésamela todo lo que quieras.» Y yo me la como; la beso tanto, que la hago llorar. Adoro el santo; pero lo que á mí me gusta es la peana. ¡Ay, qué peana!
No tengo ganas de escribir más esta noche. Vete á los infiernos, tonto, majadero, á quien por vivir en Orbajosa debo llamar _harto de ajos_.
Sigo la que empecé. Hay novedades, amigo Equis, pero grandes novedades. Trátase de un caso extrañísimo, que por su calidad y transcendencia merece tu examen. Anoche tuve una revelación. ¿Crees tú en las revelaciones? ¿Crees tú que cuando dormimos, ó cuando nos hallamos en ese estado psicológico fronterizo entre el sueño y la vigilia, estado en que se confunden la estupidez y la perspicacia, puede venir un espíritu á ingerirnos en el cerebro una idea, ó á murmurar en nuestro oído palabras que son la cifra de un misterioso enigma? De fijo no lo crees. Yo tampoco lo creía, y ahora sí: creo en el Ángel de la Guarda, ese bondadoso, invisible amigo que velaba nuestra cuna cuando éramos nenes, y que, de hombres, nos visita alguna vez para resolvernos un grave problema de la vida, para señalarnos un sendero en la intrincada selva donde nuestra insegura voluntad se ha perdido. ¿No recibiste alguna vez ese soplo sobrenatural, revelación que por la claridad con que se te hace no puedes tener por obra de tu propio espíritu, sino por aviso de _alguien_ superior y externo?
Pues verás: acostéme caviloso y con el cerebro lleno de nieblas. Dormí no sé cuánto tiempo sin soñar nada. Desperté de súbito, cual si me clavaran un aguijón; desperté con una idea que había brotado en mi mente como el fulminante que estalla. La idea era ésta: «Augusta no es honrada; Augusta tiene un amante.» ¡Ay! lo sentí bajo mi cráneo, no como pensado, sino como sugerido, casi casi escuchado. Me alucinó hasta el punto de creer que alguien estaba allí, y de sentir el calor de una cara junto á la mía. Encendí la luz; temblando, revolví mis miradas por la alcoba. Excuso decirte que no había alma viviente. Llama á esto, si quieres, fenómeno cerebral; pero confiésame que la idea que produjo no es una idea mía, sino partícula del saber total, venida á mí por medios que no están á mi alcance. Hay que distinguir cuándo funciona nuestro cerebro _de por sí_, y cuándo engranado en la máquina inmensa del conocimiento universal. ¿Qué? ¿te parece esto una sutileza? No puedes juzgarlo, porque no has experimentado como yo el choque inenarrable del rayo celeste al horadar el hueso en que se encierra nuestra mente. La recepción de la verdad no puede confundirse nunca con la emisión de una idea propia. Desconoces el lúcido entusiasmo que el fenómeno produce, la fe tenaz que enciende en nuestra alma. Puedo asegurarte que desde aquel instante mi convencimiento fué tal, que la evidencia y la comprobación no lo habrían producido mayor. Ni me hacen falta testimonios para creer y sustentar lo que sustento y creo á puño cerrado, como afirmamos nuestra propia existencia. Excuso decirte que no volví á pegar los ojos en toda la noche. Me la pasé recordando pormenores y trayéndolos á la corroboración del hecho, no porque éste, á juicio mío, necesitase pruebas, sino por puro entretenimiento de la mente, que se recrea en la lógica como los ojos gozan en la claridad de un hermoso día. ¡Ay, Equisillo! ¡qué amarga satisfacción la de hallar la conformidad entre el hecho revelado y las menudencias que acudían á mi memoria, como testigos impacientes por declarar en un proceso! Cosas que antes me parecieron raras, parécenme ahora lo más natural del mundo.
Te conozco bien, y porque te conozco, recelo que mis psicologías no te resulten sensatas; pero no me importa. Crees que estoy febril cuando esto escribo, y no es verdad. Esta madrugada sí lo estuve, y también parte del día, y un buen rato de esta noche; pero me he serenado como por ensalmo, y escribo ahora con relativa frialdad. Te contaré todo lo que me ha pasado hoy, para que veas _cuánto se emprende en término de un día_.
Vamos despacio. Almorcé solo; esquivé antes y después del almuerzo ocuparme de asuntos del distrito. Estuvo aquí una Comisión, que ha venido de ese inmundo poblacho á gestionar la consabida rebaja de los consumos, y no quise recibirla pretextando enfermedad. No fuí á Gobernación, á donde me llamaba un asunto de muchísimo interés... para los de Orbajosa. ¡Figúrate tú qué me importará á mí ni á nadie que sea nombrado don Juan Tafetán secretario del Juzgado municipal, en vez de serlo don Paco Cebollino, de la noble familia de los Licurgos! ¿Crees que la armonía del Cosmos se alterará porque la fuente de los Chorrillos corra ó deje de correr, ó porque la carretera de Valdegañanes pase ó deje de pasar por la finca de don Cayetano Polentinos? En medio del desdén que estos problemas locales me inspiraban, ocurrióseme visitar á Cisneros. Tres días hacía que no pasaba por allí, y el buen señor no se conforma con estar tanto tiempo sin verme. Yo también echaba ya de menos el recreo de su charla, la saludable expansión que en su casa tiene siempre mi ánimo, con aquellas teorías tan chuscas y originales. Envuelto en su bata roja, mi padrino estaba aquel día entregado á la administración, y trabajaba con el escribiente, tirándole de las orejas á cada descuido, y encontrando siempre muy mal todo lo que el pobre muchacho hacía. Hablóme de lo que goza ordenando sus cuentas; quejóse de las contribuciones; puso de vuelta y media al Gobierno porque no las reduce; díjome que pocos propietarios pagan al Fisco tan puntualmente como él, y que lo más sensible es que, pagando tanto, los servicios del Estado sean tan perros. De los municipales no hay que hablar. Duélese de que tributa enormemente por su propiedad urbana, y... «mira qué calles, qué gas tan malo, qué policía tan detestable. ¿Querrás creer que por no satisfacerme el servicio de seguridad, tengo yo un sereno mío que me custodia la finca? Si así no fuera, no podría dormir tranquilo en este barrio tan próximo á los del Sur, infestado de ladrones.»