Part 7
La opinión que en tu carta me indicas respecto á mi prima no me parece ajustada á la verdad. ¿Se funda acaso en informes míos dados con ligereza y cuando no había hecho las convenientes observaciones? Pues me retracto, querido Equis; me trago todo lo escrito, y ahora, conociendo mejor cosas y personas, quiero quitarte de la cabeza esos juicios malévolos. Créelo: Agustina es buena; ama con firmísima ternura á su marido. Sus aspiraciones afectivas están colmadas, y nada revela en ella que padezca inquietudes del alma, ni curiosidades de esas comparables á las de los geógrafos navegantes que buscan mundos mejores que los conocidos. Noto en ella la tranquilidad del que está contento en su mundo y no indaga con ansiosa mirada lo que habrá más allá del horizonte. Ya estoy oyéndote decir: «Este tonto se viene cada día con una cantinela distinta... y lo peor es que pretende se le admitan todas estas ideas, variado fruto de su fecunda impresionabilidad.» Reconozco, señor maestro, que varío la tocata con demasiada frecuencia. Es que yo no me aferro á las opiniones, ni tengo la estúpida vanidad de la consecuencia de juicio. Observo lealmente, rectifico cuando hay que rectificar, quito y pongo lo que me manda quitar y poner la realidad, descubriéndose por grados, y persigo la verdad objetiva, sacrificándole la subjetiva, que suele ser un falso ídolo fabricado por nuestro pensamiento para adorarse en efigie. Ríete de mí; pero acepta la versión que hoy te mando, que es la oficial, la verdadera. Que es honrada te digo, y si me lo niegas, hombre de poca fe, nos veremos las caras.
Y, sin embargo, Equis de mil demonios, heme aquí empecatado, heme aquí sin poder vencer la diabólica intención que en mí ha nacido, y que tras largas vacilaciones se manifiesta positivamente. Mira si estoy dominado por la infernal influencia, que creyendo no es ella terreno dispuesto para el mal, me inclino á seguir tu consejo satánico. Es que los obstáculos nos infunden temeridad, y los peligros nos ilusionan más que la confianza. No, no hay allí, como tú sostienes, una fácil victoria; pero contando con la resistencia, solicitado quizás por la resistencia misma, romperé pronto el fuego.
Somos muy pillos los descendientes del señor de Adán. Llevamos el mal en nuestra naturaleza, y la cultura nos ha dado una filosofía pérfida y farisáica para cohonestarlo. La sociedad, con diarios y persuasivos ejemplos, nos incita á cursar esta filosofía, y si no lo crees, ahí tienes á mi padrino, el castizo Cisneros, que me repite á cada instante su famosa prescripción, resultado de un profundo saber sociológico: «Manolo, no seas burro. Haz el amor sin reparo alguno á las mujeres de todos tus amigos.»
El afecto del honrado y leal Orozco me da algunos malos ratos todavía en esta campaña infernal, que aún no ha salido de la esfera nebulosa de mi intención. ¡Ah! en la voluntad mía, ya he ultrajado al hombre sin par, modelo de nobleza y rectitud. Pero, como te dije antes, el siglo fecundo en que vivimos nos da una filosofía muy cómoda para acudir al remedio de estos desastres de la conciencia. ¡Hay tantos casos semejantes! ¡Si fuera yo el primero que alterara la ley moral! ¡Si introdujera yo esta moda de los esposos de mérito, burlados y escarnecidos! No mil veces. Yo no he puesto la sociedad tal y como se halla hoy; yo no he reformado el Decálogo, rebajando los pecados gordos á la categoría de veniales; yo no he aceptado las enmiendas á la ley fundamental, que la convierten en papel mojado. Yo llego y me encuentro las cosas como las dejaron otros, y no he de hacer el reformador ni el protestante.
Me dices una cosa que me lanza más al disparadero. Dices que llame y me responderán. Llamaré, hijo mío, aun dudando mucho de que me respondan. Soy como aquél que sin saber palabra de la asignatura iba á examen, diciendo: «me expongo á que me aprueben.» Eso digo yo: «llamaré: me expongo á que me abran la puerta.» ¿Y si no me la abren?
Por ahora no te diré nada sobre el particular. Me reservo para cuando tenga que comunicarte el éxito ó el fiasco.
Y vamos á las informaciones que tantas veces me has pedido acerca del pobre Federico Viera. Me volvió á decir ayer que te había escrito, y ahora sí creo que lo ha hecho. No le tengas mala voluntad por su tardanza en contestar á tus cartas, la cual no significa que te olvide, sino que anda medio trastornado con las mil cosas que le rebullen en la cabeza. El problema de la vida es en él, por la pícara suerte y por los obstáculos permanentes de su carácter, de muy difícil solución. Yo creo que llegará á la vejez dando vueltas al tal problema sin resolverlo nunca. Conozco algunos así, y les tengo por los seres más dignos de lástima. Federico Viera es uno de los hombres de más entendimiento que creo existen en España. Quizás por tenerlo tan grande y algo incompleto, así como por la acentuación quijotesca de algunas prendas morales y por carecer de otras, ha de fracasar constantemente. ¡Qué lástima! Pocos hombres conozco aquí más simpáticos y de trato tan seductor. De mí sé decirte que le estimo de veras, y que trato de mejorar su adversa suerte. Pero me parece que no haremos carrera de él. Quéjase de la fatalidad, ¡el comodín de todos los que equivocan el camino de la vida! pero yo voy creyendo que en este caso la fatalidad existe, y que Federico no adelanta porque se lo estorba alguna fuerza interior incontrastable, y también circunstancias externas independientes de su voluntad.
Ha pasado de los treinta años, y se encuentra sin carrera, sin medios de fortuna, incapacitado para desempeñar un destino, pues carece de condiciones legales para obtenerlo, y no es cosa de que empiece por oficial quinto. Aborrece la política, sin considerar que es la única puerta practicable que ante él se abre. Sobre esto hemos tenido vivas disputas. «La política, le digo, será todo lo inmoral que quieras. Ella tendrá sus máculas como todas las cosas; pero es un medio, y hay que aceptarlo como tal cuando no se tienen otros. Es una especie de proteccionismo, un sistema de beneficencia que el país ejerce para dar colocación á los que se han quedado sin casillero en el reparto de puestos sociales. Viene á ser como una sucursal de la Providencia; y si no existiera, los desastres que habrían de ocasionarse serían mucho mayores que los tan cacareados y evidentes daños que ahora se le atribuyen.» Al fin me pareció que le convencí; pero la dificultad está en meterle en la política. Si lo lográramos, figúrate cuánto brillaría. No conozco á nadie con más facultades oratorias. Sus contados ensayos periodísticos revelan también aptitud extraordinaria para el caso. Posee como nadie ese golpe de vista rápido, esa preciosa facultad de ver el lado conveniente y oportuno de las cuestiones, abandonando los demás. Pues nada de esto le sirve mientras no tenga la afición, el prurito ambicioso que á otros, faltos de aptitud, les sobra.
Por mi parte, trato de empujarle, y he bebido los vientos estos días para conseguirle un acta en cualquier elección parcial; pero no me ha sido posible. Á nuestro amigo le perjudica el nombre de su padre, que es la mayor de sus desdichas. Lo mismo es decir Viera, que surge la imagen de ese solemnísimo bribón, cuya triste fama permanece en Madrid, viviendo él fuera de España. Esta es la fatalidad de Federico, el sino perverso que le hará miserable y desgraciado toda su vida; pues aun cuando llegara á vencer los inconvenientes del deshonrado nombre que lleva, no se quitará nunca de encima la mala sombra que su padre ha echado sobre él con la perversa educación que le dió. Este muchacho se ha malogrado, porque su padre no supo serlo nunca, ni tuvo autoridad sobre él para encarrilarle y hacerle hombre. La niñez y juventud de Federico coincidieron con la época en que Joaquín Viera gastaba lo suyo y lo ajeno, sin cuidarse para nada de su hijo. Crióse para aristócrata; adquirió necesidades, de esas con las cuales se identifica el sér, y que vienen á formar parte del sér mismo; se hizo al regalo, á la disipación, al lujo, á la generosidad, y á los vicios que cría la esplendidez y que no pueden separarse de ella. Aunque su despierta imaginación no desdeñó la lectura, jamás estudió nada formalmente, ni se aplicó á carrera alguna científica ni literaria. Vino el desastre, y el que se había criado caballero, encontróse peón. Era tarde para atajar las consecuencias de este abandono. Aún se forjaba ilusiones el pobre chico durante algún tiempo, aspirando á plantear no sé qué empresas industriales. Humo y tontería. Lo que han pasado él y su pobre hermana, no es para dicho brevemente.
Harto sabes tú que soporta su desgracia con estoicismo admirable, y que encubre su miseria con arte exquisito. Nadie que le vea y le trate sospechará las procesiones que andan por dentro. Viste bien y con esa fácil elegancia que es una cualidad antes que una costumbre. Frecuenta, por hábito y necesidad espiritual, lo que llamamos bárbaramente _el gran mundo_, y sabe distinguirse en él, siendo bien recibido en todas partes y muy echado de menos en sus ausencias.
Me parece que á la hora presente, á pesar de que le has tratado bastante, no le conoces tan bien como yo. Contigo era siempre reservado; conmigo tiene espontaneidades que nadie le ha merecido todavía. De la amistad hemos llegado poco á poco á la familiaridad, y me cuenta algunos pormenores de su vida pasada, y aun de la presente, por demás interesantes. Recuerdo haberte oído decir que jamás entraste en su casa; yo sí, y conozco á su hermana. Sobre esto hay mucho que hablar: iremos despacio para no confundirnos.
Si he merecido de Viera confianzas y revelaciones inapreciables, todavía hay en su existencia repliegues que no he podido desdoblar. Es hombre que no se abre nunca por entero. Respeto sus secretillos, y no juzgo prudente ni delicado forzar el arca de discreción en que los guarda. No es misterio para nadie su afición al juego, ni que este vicio es en él el único arbitrio practicable para ir conllevando la vida... ¡vida sumamente azarosa, figúrate!... Pero te advierto que no es posible andar con más dignidad en tratos tan ruínes. Sus degradaciones no están á la vista de los que públicamente le tratamos. Él se las arregla allá con su vicio y saca lo que puede, sin que se trasluzca nada en la vida ordinaria. Yo me he permitido hablarle de esto, incitándole á arreglarse de otro modo, y me responde con amarga tristeza que no puede ser, que está ya hecho á ese angustioso sistema, y que no halla manera de abandonarlo. He procurado sondear el abismo de su situación económica, llegando hasta proponerle un medio decoroso de regularizar su presupuesto; pero no quiere aceptarlo. Me ha confesado que sus deudas son enormes, y que sólo con un _golpe de suerte_, con una de esas ventoleras favorables que en breves momentos amontonan un capital, podría ponerse á flote. Y no hay quien le quite de la cabeza esta idea fija y monomaniaca. Es tan delicado, que fuera de los antros más ó menos decentes, donde pulsa la fortuna, nada verás en él que signifique rebajamiento moral. Nadie, absolutamente nadie, entre nuestros muchos amigos, puede jactarse de que Viera le ha dado sablazo grande ni chico. Antes reventará que pedir. Yo no sé cómo se las compone, ni qué casta de garduña usurera le suministra lo que necesita cuando viene la mala. Te aseguro que me inspira compasión este hombre, y á veces me pongo á discurrir qué haría yo para favorecerle sin lastimarle. Debe de haber por ahí, en manos negras y rapaces, mucho papel suyo, que seguramente se ha de cotizar en baja constante; pero por más que le hurgo para que me informo de esto, no obtengo de él más que vaguedades y evasivas.
Es amigo de Cisneros, que le aprecia mucho, y á menudo le invita á comer para tenerle por oyente y admirador; amigo también de Orozco, que le protegería (me consta) si él se dejara proteger, y discurre, como yo, procedimientos delicados é indirectos de favorecerle. El padre de Federico fué, en sus tiempos de prosperidad, compinche del padre de Orozco, y ambos armaron, según dice la gente, aquella trampa de _La Humanitaria_ que arrambló con los ahorros de una generación. Don José Orozco ya no existe; Joaquín Viera anda huído por el extranjero, ocupado en obscuros negocios; y si alguna vez se descuelga por aquí, viene sable en mano contra los amigos de su hijo. Considera, alma cristiana, esta anomalía de las razas, y mira por dónde de padres perversos han nacido hijos tan apreciables, cada uno por su estilo. He de añadir que Orozco, sea por tradiciones de amistad, sea por otra causa que no se me alcanza, tiene para ese tuno de Viera, padre, increíbles deferencias; y no sólo se ha dejado herir más de una vez por el tremendo chafarote del gran petardista, sino que en cierta ocasión le libró de un bochornoso proceso. Federico se muestra muy agradecido á Orozco, y le tiene en tanta estimación como el más entusiasta, como tú, por ejemplo. Y en reciprocidad de estos sentimientos, Augusta y su marido le consideran y agasajan, aunque no pierden ripio (ella sobre todo) para censurar con benevolencia su incorrecta manera de vivir. Más de una vez me han dicho que arbitre un medio de mejorar la situación de Viera y su hermana, negociando diplomáticamente con él, sin herir su susceptibilidad vidriosa. Hemos discutido los medios sin encontrar solución práctica. Ambos han deplorado ingenuamente que un hombre de tan buen fondo, tan caballero, tan bien cortado para la vida digna y honrosa, se envilezca buscando un infame jornal en las _salas del crimen_. Yo también lo lamento, nos afligimos todos; pero no veo manera de evitarlo. Y basta por hoy. De _aquello_, buenas impresiones. Ya te las contaré otro día.
XV
_22 de Diciembre._
De aquello, buenas impresiones, chico; pero sólo impresiones, barruntos, corazonadas. Te advierto que ando muy distraído de mis deberes parlamentarios, y de seguro la patria ofendida ha de pedir cuenta estrecha de este abandono en que la tiene su papá. Se pasan días sin que yo ponga los pies en aquella casona tan ahogada y turbulenta, y lo mismo me da que nos llamen á votar que que no llamen. Tocan á Secciones, me mandan las candidaturas, y me importan tanto como las pulgas que le están picando en este momento al emperador de la China. Hágome la cuenta de que por un voto de menos ó de más no ha de torcerse el azaroso rumbo que lleva el barquichuelo de la política. Algunas tardes, porque no digan, asomo las narices por allá, me asombro de lo ocurrido durante mi ausencia, aseguro que _ya lo tenía yo todo muy previsto_, hago el papel de que me intereso vivamente en la cuestión del día y en las intrigas que hierven en los pasillos; y á la hora en que la atmósfera empieza á caldearse, doy un vistazo al salón, desde la _contrabarrera_; entérome en un abrir y cerrar de ojos del estado de la brega, para poder responder á las preguntas con que han de fusilarme por la noche en casa de Orozco, y me escabullo lindamente. Un secretario intenta cortarme la retirada: «¡Eh, que habrá votación!» Y yo digo: «Vuelvo.» Trinco el gabán, y á la calle. Me voy al Retiro ó á la Castellana en amoroso seguimiento de mi ingrata Filis.
En el tumulto del paseo me parece oir el cencerro gordo de la Cámara llamando á votación, y la conciencia se me alborota un tantico por el abandono en que tengo mi mandato. ¡Qué le hemos de hacer! Los infinitos asuntos del distrito también aguardan tiempos mejores, y habías de ver las arrobas de cartas que tengo aquí, abiertas ya y medio leídas, pero no contestadas. Ni aun he podido formar la nota de chinchorrerías que en las últimas semanas me han encajado esos pedigüeños voraces. Ya se hará, y que el demonio cargue con ellos. Á fe que no piden nada los angelitos. Si te tropiezas con esos brutos impertinentes, y se lamentan de que no les escribo, diles lo que se te ocurra, verbigracia, que no escribo porque todo el tiempo ¡claro! lo necesito para gestionar. Eso es lo que ellos quieren, que uno se queme la figura y eche los hígados, de ministerio en ministerio, constituyéndose en servidor de sus ambiciones y en instrumento de sus ruínes envidias. Les dirás que, según tus auténticas noticias, _vivo sin vivir en mí_ por servirles y hacerles el gusto, que soy su esclavo, y que se vayan á la mismísima porra.
Con que quedamos en que hay buenas impresiones, y mutis. No me arrancarás una sílaba más, y si te empeñas en que cante antes de tiempo, te trataré como á mis electores.
Y sigo con Federico. Su casa, su vida íntima, su desconocida hermana, han despertado tu curiosidad, y voy á satisfacerla. Pocos penetraron hasta hoy en la caverna del león, y creo que Viera me ha dado la mayor prueba de amistad y confianza permitiéndome visitarle. Cinco veces he ido allá. Vive en lo más bajo de la calle de Lope de Vega, cerca de la de Fúcar, lugar escondido y excéntrico, á donde no se va sin precisión de ir. La casa es buena; el piso, segundo con entresuelo. Llegas, tiras de la campanilla y ésta no se da por entendida; sigues tirando cada vez más fuerte, hasta que al fin oyes el eco perezoso de una esquila ó timbre que allá dentro repica de mala gana. Después sientes pasos, y el chirrido de la chapa de cobre del ventanillo te indica que te están mirando por los huecos. Una voz te pregunta: «¿quién es?» y respondes; te dicen no está; tú insistes, diciendo que el señor te espera, y das tu nombre. No vayas á creer que te abren en seguida. Hay una pausa. Oyes dentro cuchicheo de mujeres. Van y vienen como en consulta. Entre tanto, si te fijas en los claros del ventanillo, ves que entre ellos lucen unos ojos negros que te examinan. La consulta sigue allá dentro. Oyes pasos que se alejan, pasos que á la puerta se aproximan. Por fin suena el cerrojo, _trucu-trucu_, y la puerta se abre recelosa. Una joven mal vestida y peor peinada te dice: «pase usted.» La tomas por criada; pero después te enteras de que es Clotilde, la hermana de Federico.
Esta visita á la cueva de la fiera no puedes hacerla sino entre tres y cinco de la tarde, hora en que nuestro amigo se levanta, con raras excepciones. Yo fuí un día á las dos, y le ví almorzando entre sábanas, teniendo delante una mesilla sin patas, apropiada á la extravagante operación de comer en el lecho. En éste y en la mesa de noche había dos ó tres volúmenes franceses, alguno con las hojas cortadas con el dedo. Servían el almuerzo la joven aquélla y una mujeraza desgarbada y grandullona que entraba y salía llevando un chico en brazos.
La alcoba es una hermosa habitación con chimenea, que verás encendida siempre que no hace mucho calor. En esta alcoba, como en el gabinete y salita que la preceden, se ven algunos muebles buenos, restos de la antigua morada de Joaquín Viera, y otros de los más ordinarios y vulgares. No falta limpieza; pero la falta de recursos brilla más que el aseo. Podrás figurarte el aspecto de una vivienda donde nada de lo que se estropea se compone, donde la reparación de los objetos no se ha conocido nunca. Clavo que se cae, ó pata que se rompe, ó esquinazo que se desmocha, ó astilla que se levanta, ó metal que se desluce, ó porcelana que se desportilla, así se quedan _per sæcula sæculorum_. He dicho que hay algunos muebles buenos; pero cosa de valor en venta, llámese cuadro, jarrón, tapiz ó bronce, no la verás.
Clotilde Viera es bonita, si bien, guapeza por guapeza, su hermano le lleva gran ventaja. Bien vestida, luciría como tantas otras. Federico me la presentó con timidez, como avergonzado del aspecto de criada que le da su mala ropa. La chica es fina y discreta; pero está como sobrecogida, y en su apocamiento adviértese al instante la conciencia de su degradación social. Teme ponerse en ridículo haciendo un papel que no correspondería al puesto obscuro que hoy ocupa en el mundo. Debe de andar tal cual de ropa la pobrecilla, porque la única vez que la he visto en la calle, iba con modestia excesiva, aunque se echa de ver que sabría ser elegante si pudiera. Recuerdo ahora que Augusta se ha sorprendido de que Federico no presente á su hermana en sociedad. Cuando se habla de esto á nuestro amigo, pone una cara que da compasión, y no le vale el disimulo para encubrir su amargura. El primer día que entré en su casa, la tristeza de su rostro me reveló que conocía el mal efecto que su hermana había hecho en mí; y para disipar esta mala impresión, hice vivos elogios de ella cuando no se hallaba presente. Pero mis hipérboles, en vez de atenuar la pena de Federico, parecían aumentarla, y mudé de conversación.
El día que le ví almorzar en la cama observé que se da buen porte. El infeliz no puede prescindir de ciertos regalos á que habituado está desde la niñez. Hízome algunas revelaciones acerca de las mujeres aquéllas. La que entraba y salía con el mocoso en brazos, lleva el peso del gobierno doméstico, se llama Claudia y está casada con el estanquero de la calle de Fúcar. Sirvió muchos años en la casa de los padres de Federico, y tiene tanta ley á los dos señoritos, que no ha querido abandonarles en la desgracia. Guisa muy bien, sabe manejar una casa, y si no se hubiera cargado de familia, no tendría precio para ama de llaves. Otra de las domésticas, hermana de la anterior, se llama Bárbara, y es mujer de un ambulante de Correos. Cuando el marido está ausente, ella se alberga en casa de Federico, y ayuda á su hermana en el trajín de la cocina y en el cuidado de los chiquillos. La tercera es prima de ambas, y ha venido del pueblo en busca de acomodo. Por las noches, según me contó Viera, se reúnen á comer allí el estanquero con toda su prole, el ambulante y dos ó tres personas más. Díjele que este sistema de beneficencia sería muy bonito como obra de misericordia, pero que no podía menos de irregularizar su presupuesto; y me contestó que no tenía corazón para expulsar á nadie que de él se amparase; que su casa, en los buenos tiempos de los Vieras, había sido una tienda asilo; que el conservar esta tradición era uno de los pocos placeres de su vida, y, por fin, que su peculio no había de mejorar con la miserable economía de quitar la pitanza á aquellos infelices. «Me siento con fuerzas—añadió,—para cualquier acción desproporcionada y hasta heróica; pero no las tengo para cortar una rutina.»