Part 5
Algo más me dijo; pero yo dejé de oirle, porque el alma toda se me fué detrás de Augusta, á quien ví de lejos en su landó, con otra señora, su amiga, su encubridora quizás. Tal pensé en aquel momento, y con ellas, tieso y amable en la delantera, el hombre más cargante que alumbra el sol: Malibrán. Sí, le ví, y no quiero decirte más. ¿Qué tenía de particular que la acompañase como yo mil veces lo había hecho? ¿Qué podía significar cosa tan sencilla? Nada en rigor. Era una simpleza que me atormentaba, como nos atormenta el granito de tierra que en un ojo nos cae... Hasta debía pensar que la circunstancia de acompañarla públicamente revelaba la mayor inocencia, pues de haber algo, evitarían mostrarse juntos en el paseo... Pero nada de esto, que he pensado después, me ocurrió entonces. Habrás comprendido que yo estaba aquella tarde hecho un imbécil, un sentimental de la peor especie, digno de que me cogieran por su cuenta los novelistas chirles. Ahora estoy viendo que tú, con la sorna que sueles gastar, vas á decirme que merezco una camisa de fuerza. Pero yo sigo en mis trece: la idea es la madre de los hechos. ¿Qué importa que no aparezcan los hechos, si se ve que la idea, por el bulto que hace, está embarazada de ellos? No, no te hagas cruces... Mira, vete al cuerno y no fastidies más.
X
_13 de Diciembre._
He dejado pasar ocho días desde mi última carta, y tanto me he serenado en este tiempo, que si pudiera retirar lo en ella escrito, como retiran y anulan estos oradores las palabras ofensivas que en el fuego de la discusión se escapan de sus labios imprudentes, lo haría, ¡oh Equis de mis pecados! porque hallándome en aquellos días bajo la influencia de una exaltación insana, casi no soy responsable de las bobadas que pensé y te escribí. ¡Bendita sea mil veces la política, digo otra vez, ese arte supremo de la vida colectiva; benditos sean Sagasta, Cánovas, Castelar y demás sacerdotes de esta religión consoladora, cuyo culto produce en nuestro ánimo el efecto de las friegas en el organismo, llamando á la epidermis la irritación interior! Has de saber que la jarana parlamentaria de estos días, el temor de que el Gabinete se derrumbara y la situación con él, las alarmas, el disputar, el choque terrible de las ambiciones que se defienden con las ambiciones que embisten, han producido en mí un mareo reparador, una embriaguez que me ha hecho mucho bien. Si te digo que estos azarosos días lo han sido para mí de entretenimiento, no expreso la verdad, pues también he llegado á apasionarme y á tomar con calor un asunto que nunca llegué á entender. Cuando nos encontramos dentro de una colectividad activa, un sentimiento parecido al espíritu militar nos arrastra, y corremos ciegos al disparate y á la sinrazón, como los pelotones se lanzan á la trinchera donde han de encontrar la muerte. En fin, querido amigo, estoy contento otra vez, y me parece que te oigo decir: «bien venida sea la paz si dura.» Porque como tengo estas bruscas intermitencias, temerás que salte mañana otra vez con la murria y el lloriqueo.
Y á propósito de intermitencias: no sólo no las niego, sino que he de presentarte otras versatilidades de mi espíritu, de que hasta ahora no te he dado cuenta, para que las estudies y me las expliques si puedes, que de fijo no podrás.
Desde que estoy en Madrid, es tal la movilidad de mis ideas, que me produce alarma. Recuerdo que te has reído mucho de mí oyéndome contar que en Orbajosa me levantaba algunas veces religioso y otras descreído. Pues aquí, hay días que me despierto con las ilusiones democráticas más risueñas y angelicales que imaginarte puedes, y al siguiente cátame con sentimientos tan autoritarios, que me dan ganas de mirar como una bendición el palo del absolutismo. Tengo mis mañanas de popular entusiasmo, en las cuales creo que debemos dar á la plebe todos los derechos, para que se gobierne sola y haga su santa voluntad, y mañanas en que se me representan mis conciudadanos como la tropa más ingobernable y aviesa del mundo. Esta falta de aplomo proviene sin duda de la atmósfera de controversia febril en que vivimos, de la rapidez con que se suceden hechos y fenómenos de carácter opuesto. Nuestra sociedad está elaborándose. Nos hallamos en pleno estado de formación geológica. Las masas del planeta político están en parte blandas, en parte enteramente líquidas; por aquí hay demasiadas corrientes de agua, por allí demasiado fuego.
Pues oye otra observación: tengo mañanas, y si quieres, tardes ó noches, en que siento verdadera ansia de leer mucho é instruirme, y agrandar todo lo posible la esfera de mis conocimientos. Pues se pone el sol, ó sale el sol, y ya me tienes pensando que la mayor de las locuras es enviciarse con los libros, y el más molesto de los empachos la erudición. Se me ocurre que la única ciencia digna del alma humana es vivir, amar, relacionarse, observar los hechos, hojear y repasar el gran libro de la existencia. Lo demás es perder el tiempo, tarea de catedráticos que tienen por oficio retribuido extractar el saber anterior para dárselo en tomas digeribles á la niñez.
Nada quiero decirte de mis intermitencias de religiosidad ó descreimiento, que raya en ateísmo. Estamos en eso lo mismo que antes. Pero hay más, querido Equis, y es que también en cuestiones de moral tengo mis caprichitos, pues hay días en que me enamoro como un bobo de los principios, y no concibo que podamos ni respirar sin ellos, y otras veces veo y palpo que los principios huelgan, que sólo tienen valor las formas. Nada, nada: que vivimos en un mundo deshecho ó por hacer; que somos ó los grandes demoledores, ó los grandes arquitectos de una sociedad.
Pues en el orden afectivo, aquella impresionabilidad que tantas censuras y chanzas me ha valido de tí, también se ha recrudecido en vez de corregirse. No olvidaré lo que te ha dado que reir esta facilidad mía para prendarme locamente de una mujer cualquiera, apenas vista y tratada. Cierto que la exaltación dura poco; pero reconozco que es peligrosísima. El caso se ha repetido en esta época, no sólo con respecto á mi prima (aquí la cosa es algo más seria), sino con personal de menor cuantía. Omito la relación de mis _súbitos incendios_ para evitar tus burlas.
Hace tiempo me recomendabas el trabajo mental, no precisamente la erudición, sino la labor literaria, y veo que en tu última carta insistes en la receta, como norma de disciplina contra la versatilidad y el repentinismo. No hay quien te apee de esto, y sostienes que soy ante todo hombre de imaginación, y que sólo en el terreno del trabajo artístico he de poder fundar algo. ¡Qué disparates se te ocurren! ¡Yo imaginar, yo que me he pasado cinco años haciendo cuentas, ordenando papeles, destruyendo embustes y aclarando derechos! La idoneidad que revelé entonces para la aritmética práctica y para las menudencias vulgares de la vida; la paciencia de laborioso insecto que entonces mostré, prueban mi ineptitud para empresas de vuelo más alto. Quien trabaja en la obscuridad como la carcoma, no sabe remontarse á las nubes como el águila. Si yo intentara lo que me recomiendas, verías qué engendros miserables y enfermizos saldrían de padre tan estéril.
Y á otra cosa. Hace dos noches tuve una conversación muy interesante con Augusta. Parecióme que ella misma la había buscado, con habilidad suma, como se busca y provoca una explicación Preguntóme no sé qué... estábamos solos en su casa... respondíle lo que me pareció bien, y ella pasó discretamente una especie de revista á casi todas las personas que habitualmente componen su tertulia. Al llegar á Malibrán bajó la voz, como quien revela un secreto, y me dijo: «Tengo que advertirte que Cornelio es persona muy solapada y de muchas conchas, y hay que tener cuidado con él.» Como yo le dijera que pensaba lo mismo, ella añadió: «Á mí, personalmente, no me ha hecho ninguna mala pasada; pero sé de él, por referencia, cosas que me le pintan de cuerpo entero.»
Esta breve monografía, hecha con acento de profundísima verdad, me consoló mucho. Era como una satisfacción, y la agradecí con toda mi alma. En aquel momento se me disiparon de la mente las frasecillas que había preparado días antes para echárselas á la cara si ocasión propicia se me presentaba para ello. Y aun recordándolas no las hubiera proferido. ¿Qué era? Ya lo adivinarás. Una declaración habilidosa y galante, con su poco de hipocresía. Yo había pensado decirle: «Augusta, aspiro ser el primero de tus amigos, nada más que amigo; pero el primero. Y si algún día quiere Dios que ames á alguien, aunque sea poco, pido el ascenso inmediato, ó sea pasar del primer puesto de la amistad al escalafón del amor.» De esta sutileza estaba yo muy satisfecho. Pues has de saber que después del diálogo que he referido, infundíame la mujer aquélla tanto respeto, que no hubiera osado traspasar la línea por nada de este mando. Y aun hubo algo que me contuvo más dentro del terreno de las conveniencias, porque me habló de su marido, á propósito de un asunto que trataré á tiempo; y tales elogios hizo de él y con tanta sinceridad ensalzó sus grandes prendas, que admiré sin rebozo aquella exaltada demostración de cariño conyugal. Acabó por decirme: «Ni tú ni nadie que no le trate con la mayor intimidad, puede saber todo lo bueno que es Tomás. Es como una mina inagotable, y mientras más se ahonda en ella, más oro se encuentra. Ya ves la fama que tiene de honradez, y lo que se cuenta de su nobleza de carácter, de cómo practica la caridad y todas las virtudes. Pues la fama se queda corta. Créelo, no tiene semejante, y esta sociedad no se lo merece.»
Lo decía con tanto entusiasmo, que me anonadó, Equis amigo. La impresión que saqué de este diálogo fué altamente favorable á la hija de Cisneros. Se me representó como un sér á quien se ofende sólo con la sospecha de impureza, y ante quien no debemos ni podemos sentir más que un delicado y caballeroso acatamiento. ¡Y qué mona estaba aquella tarde! que luego se hizo noche, pues si la ví al principio á la luz del crepúsculo, pronto su cara y su elegante traje se me presentaron vivamente iluminados por la luz artificial. El vestido era de seda, rayas blancas sobre azul turquí, y no olvidaré su indolente postura en uno de esos blandos muebles que llaman _puff_, torcido el cuerpo de modo que á veces presentaba hacia mí la cara, el costado y las rodillas. Doblaba los brazos de un modo que parecía enroscárselos en el cuerpo, y en un cambio de actitud ví una mano, con brazalete en la muñeca, que asomaba por la espalda. No te exagero. No vayas á creer que esta flexibilidad desengonzada que te pinto acusa falta de señorío ó dignidad. Es que... verás... no sé cómo decírtelo. No hay mujer que, como mi prima, parezca en ocasiones tan formada de pedazos mal unidos, ni figura que se desbarate más, para componerse y ajustarse luego en términos que resulta airosa por todo extremo.
El encargo que me haces de que te describa la casa de Orozco, con todo lo que hay en ella, fondo y forma, añadiendo un croquis de los tipos diversos que la frecuentan, no lo puedo desempeñar en esta carta. ¿Sabes la hora que es, hijito? Las doce de la noche. Llenas están ya de mis garabatos seis carillas, y economizo las dos restantes para no acostumbrarte mal y curarte de malos vicios. Duerme si puedes, que yo me acuesto y voy á soñar con las espirituales bellezas de la _Rectificación de listas electorales_. ¡Dichosa enmienda, y quién me habrá metido á mí á proponerte y apoyarte!...
XI
_15 de Diciembre._
¿Sobre qué quieres que te escriba hoy, animal? Vamos, decídete pronto, porque si insistes en que te mande la fotografía de la casa de Orozco, te privarás de otro regalo que te tengo preparado y verdadera golosina que ha de saberte á gloria. ¿No adivinas lo que es? Tonto, mi discurso apoyando la famosa enmienda. Vamos, apuesto mi cabeza á que, entre la relación de aquel gran suceso parlamentario y la pintura de una familia, has de optar por lo primero, pues un discursazo como el mío es cosa nueva en la historia del mundo, y sabe Dios cuándo nos veremos en otra.
Ya sabes el sentido de la enmienda, la cual sólo ha sido un pretexto para lanzarme. Nada más cómodo para un ensayito fácil de la palabra. Se prepara uno bien; se pone de acuerdo con el individuo de la Comisión que ha de contestarle, y esta connivencia permite hacer una rectificación lucida. Á pesar de lo bien dispuesto que estaba, era tal mi temor, que minutos antes de comenzar habría dado mi investidura de diputado por verme libre de tan angustiosa incertidumbre. La idea de que pronto tendría que levantarme delante de tanta gente guasona, y romper á hablar, me ponía carne de gallina. «¿Cómo sonará mi voz aquí—me decía yo, lleno de perplejidad,—y de qué manera moveré estos malditos brazos, que no sé para qué han de servirme?» En vano quería consolarme, pensando que la mayor parte de los que allí hablan lo hacen bastante mal, sin que á nadie choque su falta de medios oratorios, y que es preciso llegar al colmo de lo extravagante y mamarracho para señalarse y provocar la risa.
Cuando llegó el instante fatal y oí la voz del Presidente concediéndome la palabra, tuve ganas de echar á correr, diciendo: «Si yo no he pedido palabra ninguna, ni me hace falta para nada.» Me levanté, no obstante, con un arranque de firmeza, sostenido por la idea del honor, como quien va á batirse; y mirando yo no sé para dónde, y moviendo los brazos yo no sé de qué manera, dije que era _difícil por todo extremo mi situación en aquel momento_, y luego no sé qué más, y... ¡otra! _que no iba á hacer un discurso_. Pasado un momento angustioso, durante el cual creí notar cierta curiosidad en las caras de los que estaban cerca de mí, parecióme que mi exordio caía en la Cámara en medio de la mayor indiferencia. Era todo lo que yo podía desear; y esto, lejos de desanimarme, dióme cierto aplomo. Pero la palabra se me rebelaba. Los conceptos que estudiados llevó se me trabucaron, y el hilo de la sintaxis se me enmarañó de tal manera, que hube de cortarlo repetidas veces para poder seguir. Observé que muchos padres de la patria cogían el sombrero y se marchaban. Mejor: mientras menos fueran á oirme, con más desembarazo me desenvolvería yo. Allí enjareté mis argumentos como Dios me dió á entender. Véase la clase: «Yo no traigo á este debate ninguna idea nueva; traigo una convicción profunda, traigo la rectitud de mis intenciones, traigo el firme deseo del bien general, traigo... (No recuerdo bien qué más cosas traía.) Si no llevo la convicción á vuestro ánimo, cúlpese á mi falta de medios oratorios, no á la idea que sustento; idea patriótica, señores; idea justa, idea práctica.»
Pero, por más que intentaba dar calor á mi acento, no advertí en ninguna cara señales de convicción, ni aun de que dieran importancia á lo que yo decía. Mi voz no debía oirse desde una distancia regular, porque al principio me dijeron: más alto, y tuve que esforzar la voz. Como mis dignos compañeros, salvo los amigos que me rodeaban, preferían oirme desde los pasillos, me dirigí á los taquígrafos para que tomaran bien el discurso y no perdieran sílaba. Daba también, de tiempo en tiempo, mis palmetazos en el pupitre, para expresar mi indignación contra el pícaro artículo que enmendar quería. En las paradas, y cuando me refrescaba el gaznate con un sorbo de agua y vino, los amigos que estaban detrás me decían: «Va usted muy bien, pero muy bien.» Y yo, deseando concluir, volvíame con disimulo para consultarles. «¡Qué mal lo estoy haciendo! ¡Qué plancha me estoy tirando!» La bondad de aquellos leales colegas me envolvía, para confortarme, en nubes de incienso. Detrás de mí sonaba sin cesar esta frase: «Admirable... pero muy bien...» Por último, los amigos colmaron su benevolencia diciéndome: «Acabe usted ya; redondee, redondee... Basta, basta ya...» En efecto: ya había dicho toda la substancia y me estaba repitiendo. Pero no acertaba con una conclusión airosa. La que había pensado se me escapó del magín y subídose al techo, y yo, por más que miraba para arriba, no la podía pillar. Por fin, Equis de mi alma, dando tropezones y recordando confusamente que mi olvidado final era cosa de la patria, echó mano de esta idea, como el nadador que envuelto por las olas ve un palo á que agarrarse, y salí... Salí diciendo que no podría rechazarse la enmienda sin dar una bofetada, á la patria. No, no fué así: dije que... en fin, no sé lo que dije; sólo sé que me senté y que todos los que estaban á mi lado y detrás de mí me felicitaron con efusión, apretándome la mano. «Muy bien, muy bien. Á poco que usted se ejercite, será un gran orador. Ha estado usted intencionado, intencionadísimo y contundente.»
El de la Comisión que me contestó hizo su exordio felicitándome y felicitando al Congreso por _la gallarda prueba que yo había hecho de mis facultades oratorias_, y á renglón seguido refutó mi elocuentísimo discurso, diciendo que yo había explanado con extraordinario talento y con pasmosa erudición una teoría inadmisible. Echóme la mar de flores llamándome su _particular amigo_, y _una de las personalidades más conspicuas de la Cámara_. Rectifiqué, según lo convenido, y estuve bastante más sereno y despabilado en la rectificación que en el discurso: le devolví sus flores con creces; nos estuvimos incensando un gran rato, conviniendo los dos en que éramos muy grandes oradores y que nos inflamaba el más ardiente patriotismo; retiré mi enmienda, y á vivir. En los pasillos me felicitaron todos calurosamente, aun aquéllos que se habían largado de los escaños apenas empecé á hablar. «Ha estado usted muy bien... Yo no le oí todo el discurso, porque tuve que salir... ¡Caramba, que hay buenas explicaderas...! Tiene usted grandes facultades, y es lástima que no las ejercite... Muy bien, amigo Infante... Venga un abrazo. Me han dicho que estuvo usted acertadísimo y muy lógico, sobre todo muy lógico.» Sin pagarme mucho de estas alabanzas, que yo he prodigado mil veces á varios Demóstenes de pega, fuí al _Diario de las Sesiones_ á corregir mi discurso, mejor dicho, á rehacerlo, y lo dejé como una seda, tan diáfano y con una sintaxis tan redondeada, que si algún día se me antoja leerlo, tendré que decir: «Mascarita, no te conozco.» En todos los periódicos ministeriales, y aun en los de oposición, leerás _que he revelado no comunes condiciones oratorias_. La noticia me ha cogido muy de sorpresa; pero te aseguro que no caeré en este lazo que tiende á mi vanidad la adulación. Sigo creyendo que lo hice muy mal, y que la única elocuencia que debo cultivar es la del silencio.
Mi prima no fué á la tribuna, porque tuve buen cuidado de engañarla respecto al día de mi estreno. Por ningún caso quería que me oyese, temeroso de que su presencia me hiciera perder pie. Pero tan á mal ha llevado el quiebro que dí á su curiosidad, que no quiere perdonármelo. Anoche, cuando todos en su casa me felicitaban, empeñóse en chafarme el triunfo, asegurando saber, por conducto de un ministerial, que no dije más que vulgaridades; que mis movimientos eran torpes y desmañados, y que los pocos que se resignaron á oirme se durmieron... Con estas bromas me estuvo asaeteando toda la noche, y noté en ella algo de ira ó despecho por no haber oído mi _speech_.
Ya que la tengo otra vez en el pico de mi pluma, voy á referirte algunas particularidades suyas para que, desde ese escondite donde estás, la conozcas y la veas tan claramente como la veo y la conozco yo. No sé si te he dicho ya (y si lo dije lo repito ahora, porque es muy importante), que mi prima se aparta bastante de las ideas y de los gustos de su dichoso papá. Se le parece en que tira siempre á sacrificar la verdad al ingenio, y á despreciar los dictados del sentido común, prefiriendo la originalidad á la certeza, y poniendo el chiste por cima de toda idea de justicia. Pero fuera de esto, nada hay de común entre hija y padre. Augusta profesa á las tablas del siglo XV un odio casi africano, y hace de ellas graciosas caricaturas habladas y aun dibujadas, pues cuando está de vena, coge un lápiz y te parodia con cuatro rasgos aquellos santos rígidos, con las caras afligidas, las manos como palmetas, las posturas imposibles, los paños duros, aquellos fondos arquitectónicos sin perspectiva ni proporciones, aquellos animales toscos como los que pintan los chicos. Dice que de la colección de su padre apartaría dos docenas de cuadros, y lo demás lo haría astillas, si la estolidez humana no le diera un precio convencional.
Aun tratándose de pintura buena, se permite atrevidas salvedades: sostiene, sin temor á los aspavientos de Malibrán, que la aburren los cuadros de santos, la poca variedad de los asuntos, el amaneramiento de la idea, el convencionalismo de las composiciones, que vienen á ser como un estribillo que se ha oído centenares de veces. Hace gala, siempre que sale á cuento, de sus doctrinas iconoclastas en materias de arte; gusta de verse sola defendiendo contra todos la originalidad de sus opiniones, y se declara partidaria ardiente de la pintura moderna, asegurando que prefiere un buen cuadrito de género intencionado y vivo, un buen estudio realista y jugoso, á las cacareadas obras maestras de la pintura religiosa. De lo que llamamos clásico, le gusta más un retrato de Moro que todas las visiones celestiales de fra Angélico, y más un dedo de cualquier figura de Velázquez que todo Rafael. Esta independencia, un tanto afectada, del gusto, le habría ocasionado algunas desazones con su padre, si no cuidara de atenuarla ante él. Disimula, pues, por respeto y cariño; pero con los amigos pone cátedra de heterodoxia, ¡y qué cátedra, Equisillo!
En la casa de Orozco están representadas visiblemente las ideas de su ingeniosa dueña, y fuera de dos ó tres retratos anónimos atribuidos á Pantoja, y un Murillo (Malibrán dice que es Tobar), no hay en ella un cuadro antiguo ni para un remedio. Allí no verás más que pinturas frescas, nuevecitas, de buena mano, firmadas por García Ramos, Jiménez Aranda, Mélida, Martín Rico, Domínguez, Román Ribera, Sala, Beruete, Plasencia y otros muchos; escenas andaluzas ó madrileñas, tipos gitanescos, militares, marítimos, cabezas elegantísimas, grupos parisienses, majas, y además paisajes muy lindos, imagen exacta de la Naturaleza. Declarándome previamente sin ninguna autoridad, y reconociendo mi ignorancia, te declaro, con la rudeza de un bruto, que me entretiene mucho más la colección de mi prima que la de Cisneros.
Tengo que añadir un perfil á la figura, diciéndote que es muy apasionada del estilo Luis XV y del barroquismo como arte decorativo. Posee un sin fin de cacharros de gran precio, cornucopias y marcos de talla dorada muy hermosos. Cierto que el Luis XV no tiene sustitución posible para decorado de salones elegantes; pero Augusta extrema su preferencia, afectando no entender las bellezas de la ornamentación arábiga, detestando lo gótico, y sosteniendo que todo lo griego está muy bueno para cementerios.
Algo más tengo que decirte, que sería como ampliación de estas ideas y gustos de mi prima en terreno muy distante del artístico; pero las guardo para mejor ocasión, y acabo esta dándote las buenas noches.
¡Ah! se me olvidaba un perfil; pero te prometo empezar con él mi próxima.
XII
_16 de Diciembre._