La Incógnita

Part 4

Chapter 44,005 wordsPublic domain

El fenómeno que te estoy refiriendo no ha venido aislado. Apareció entre accidentes varios, que en el término de un día, de horas quizá, distrajeron mi ánimo, movieron mis ideas como el viento mueve la veleta. La política, hijo de mi alma, con las vehemencias increíbles que determina en nosotros, no ha tenido poca parte en este cambio, de lo que deduzco que la _res pública_ es cosa muy buena, un emoliente, un antiflogístico eficacísimo para ciertos ardores morbosos de la vida. Y las irritaciones que uno coge en este dichoso Congreso, obran también como revulsivo, trasladando el desorden orgánico á la piel, ó si quieres, á la lengua, por donde se escapa el mal ó fluido pernicioso.

Y á propósito de esto, voy viendo cuán cierto es lo que tantas veces me has dicho, fundado en tu larga experiencia. Aquí hay que hablar ó condenarse á perpetua nulidad é insignificancia. Al que se calla no le hacen maldito caso. Supón que eres, como yo, consumado gramático del idioma del silencio, y que en tales condiciones pides un favorcito á cualquier ministro. Como no te teme, ni le prestas tus servicios en el banco de la Comisión, ni le consumes la figura de vez en cuando con preguntas fastidiosas, te sonríe muy afable cuando le saludas; pero no te da nada, créelo; no te da más que los buenos días; cosa de substancia ten por cierto que no te la da. No creas que me incomodo por esto: reconozco que el favor ministerial es un resorte del sistema, y no debemos criticar que se utilice para acallar á los descontentos y recompensar á los servidores, porque si suprimimos aquel resorte, adiós sistema. Ello está en la naturaleza humana, y es resultado de la eterna imperfección con que luchamos de tejas abajo. Ó nos declaramos serafines con patas, ó hemos de reconocer que el régimen, bueno ó malo, tiene su moral propia, su decálogo, transmitido desde no sé qué Sinaí, y que difiere bastante de la moral corriente; y si no, que salga el Moisés que ha de arreglarlo.

Hoy estoy inspirado, amigo mío, y si no escribo de política, reviento, porque este tema me divierte, hace derivar mis pensamientos del centro congestivo en que me atormentan, y me esponja, créete que me esponja, me refresca el cuerpo y el alma... Pues verás. He caído en la cuenta de que es una sandez este silencio mío, esta pasividad, esta inercia de grano inconsciente en el famoso montón parlamentario que hace las leyes, sostiene los gobiernos y robustece las instituciones. Tiene muy poca gracia desperdiciar la influencia y el favor con que el amigo Estado debe corresponder á nuestros servicios. Nada, yo hablo ó reviento, yo me despotrico el mejor día; y aunque me tengo un miedo horrible como orador, y aunque, al considerarme hablando, me entran ganas de prenderme á mí mismo y mandarme á la cárcel, la lógica humana y cierta ambiciosilla que me muerde el corazón, impúlsanme á vencer mi torpeza y cobardía. Ya empecé anteayer, como quien deletrea, presentando á primera hora una exposicioncita de Orbajosa para que le rebajen los consumos; pronto seguiré mi aprendizaje en las Secciones, dando explicación breve, de acuerdo con otro que me las pida; y, por fin, metido en una comisión de fácil asunto, ten por cierto que lo empollo bien, y me largo mi discursito como un caballero. Todo es empezar. Una vez perdida la vergüenza, lo demás va por sus pasos contados. Y dejando de ser pasivo en la política, da uno empleo y desagüe á mil cosas malas que dentro le bullen. Si la política es un vicio, con este daño inocente se pueden matar otras diátesis viciosas que nos trastornan el seso. ¿Qué te parece? ¿te ríes? Dame tus graves consejos, alma de cántaro; vacía ese saco de filosofías pardas y de marrullerías espirituales. Espero tu exequatur ó una rociada de vituperios, porque te conozco, y quien no te conoce, que te consulte. Con que, ¿hablo ó no hablo? ¿Conviene hablar, aunque sea ladrando?

VIII

_3 de Diciembre._

Sin esperar tu contestación, te encajo ésta. Mira que me escarba en el magín, y más aún en la voluntad, la portentosa oración que ha de sacarme de la sosa esfera de la nulidad parlamentaria; mira que me disparo el mejor día y te avergüenzo, porque saben que eres mi mentor, y los dislates del discípulo recaerán sobre el maestro.

Consulté con mi padrino lo que á tí te consulto, y me dió un abrazo muy apretado, felicitándome por mi sabia resolución. Incitóme á hablar contra el Gobierno, sin reparar que éste me apoyó á rajatabla en la elección, sacándome por los cabellos de aquella misteriosa urna. Díjome que haciéndolo así prestaba un servicio á la sociedad, y favorecía los principios eternos contra lo transitorio y accidental; que nada es tan útil como los cambios de mandarines, para que el telón de esta comedia suba y baje muchas veces, hasta ver si el público se aburre y prorrumpe en la gran pita final. Augusta, que tales cosas oía, se indignó y tuvo una fuerte agarrada con su padre, diciéndole: «Hubieras sido ministro, serías por lo menos senador vitalicio si tuvieras más juicio, papá.» Él lo tomaba con calma, recalcando la extravagancia como siempre que se le contradice. De palabra en palabra, en la tertulia de sobremesa, la conversación pasó de la política al arte, y Cisneros se despachó á su gusto, sosteniendo delante de su hija, de Villalonga (el célebre Villalonga, ¡qué tipo!) y de mí, que no puede existir el Arte verdadero en los países organizados, donde hay Justicia y Policía, instituciones esencialmente enemigas del numen artístico. Pon atención á esto: «El genio de Shakespeare floreció en medio de la dramática barbarie inglesa del siglo XVI, como las artes italianas en medio del elegante desconcierto de las repúblicas florentina y genovesa, y de las guerras civiles desde el XIV al XVI, en aquellos tiempos pintorescos, anárquicos, de pasiones sin freno, igualmente propicios á la santidad y al crimen, al ascetismo y al homicidio; tiempos en que el derecho público llegó á tener por ley el veneno y el dogal, y se creó la diplomacia de la traición. La frecuencia del asesinato fomentaba en el pueblo la idea del desnudo; la Iglesia protegía las humanidades, y el paganismo resucitaba en el propio regazo de los Papas. César Borgia personifica esa época gloriosa, y cierra el período de florecimiento artístico, en el cual caben todas las ideas activas que pueden inflamar la mente de los pueblos. Entre la moral austera de Dante y las licencias de Bocaccio, hay una extensión, un campo inmenso y fecundo en que nacen las flores más bellas de la vida humana. Entre el místico Giotto y el aventurero Benvenuto Cellini, se encierran todos los desarrollos de la belleza corporal, base del arte pictórico.» Y por aquí siguió deslumbrándonos y confundiéndonos. Su hija le rebatía, como si dijéramos, á puñados, y aunque no estaba muy fuerte en la historia de César Borgia, sostuvo que era un sinvergüenza. Luego soltó varias herejías, hablando pestes del Giotto, de fra Angélico y de todos los pre-rafaelistas, y diciendo que no daría dos pesetas por ninguna de las tablas del siglo XV ni por la mayor parte de los cuadránganos religiosos que llenan aquella casa. Cisneros llamó á su hija tonta é ignorante, y le dió muchos besos. Así acaban siempre sus reyertas.

En esto entró Malibrán. (Si esto fuera novela pondría: _Aparición de un nuevo personaje._) Adivino tu gesto de sorpresa al leer este nombre. No sabes quién es, mejor dicho, no le conoces por su apellido, aunque le has visto y le has hablado. Te ayudaré á hacer memoria, ¿Recuerdas que yendo los dos una tarde de París á Enghien, nos encontramos á un señor á quien teníamos por extranjero, y de pronto nos habló correcto español, y estuvo muy fino y obsequioso con nosotros al despedirse, ofreciéndonos su casa, que señaló extendiendo la mano hacia un techo gris cercano á la estación? ¿Recuerdas que, visitando algún tiempo después el _Salón_, nos le encontramos acompañando á un amigo nuestro, Pepe Díez, y éste nos le presentó? Al poco rato nos acompañaba en el examen de algunos cuadros, oficiando de crítico, y mostrándose muy severo con la mayor parte de las obras que vimos. Tú no tienes tan buena memoria como yo: no recordarás que al salir dimos una vuelta por los Campos, y el tal habló pestes de España y de los españoles; nos dijo que su residencia habitual era Italia, que había reunido algunos cuadros antiguos de grandísimo mérito, y que se hallaba en París gestionando la venta de un estupendo Mantegna, por el cual le ofrecía el Louvre cien mil francos y Rotschild un poco más; pero que no pensaba darlo en menos de doscientos mil. ¿No se te ha quedado presente ese detalle del Mantegna? Después de separarnos de él y del amigo con quien iba, hicimos la observación de que nos parecía uno de esos tipos de nacionalidad equívoca que en París tan á menudo se encuentran. Su fisonomía, como su apellido y la facilidad con que se expresa en diferentes idiomas, daban lugar á que se le creyese oriundo de todas las fronteras europeas. Al mismo tiempo notamos su atildada educación, su finura, la elegancia de su vestir.

Pues bien: este sujeto que entonces pasó ante nuestra vista como un cometa y de quien hablamos como se habla de aquello que no se espera volver á ver más, llámase Cornelio Malibrán y Orsini, es español y nacido en Madrid, hijo de un antiguo empleado de Palacio, y nieto de un coronel de guardias walonas. Su madre es italiana, hija de no sé qué militar extranjero al servicio de España. De modo que en nuestro don Cornelio se juntan y mezclan todas las sangres europeas, y en su progenie por ambas líneas, según nos explicaba la otra noche, hay una señora holandesa de la familia de Riperdá, y un caballero portugués, y un emigrado polaco, y qué sé yo qué más.

Te presento con tantos pelos y señales á este prójimo, porque presumo he de tener que ocuparme de él más de lo que quisiera. Ha servido en la diplomacia; estuvo algún tiempo cesante, residiendo en Italia y en Francia, y ahora ha logrado pasar al Ministerio. Es célibe, y vive con su madre, señora mayor, según he oído, bastante instruída y que sabe muchas y buenas historias de interioridades palatinas y aristocráticas... Un poco de paciencia, querido Equis, y acabaré el retrato. El origen de la amistad de este don Cornelio con mi padrino hay que buscarlo en la contagiosa chifladura de ambos en materias de arte pictórico. Cisneros es inteligente (al menos él lo dice, y yo lo creo bajo su palabra) en tablas españolas del siglo XV; pero en pintura italiana me parece á mí que no da pie con bola, y precisamente las escuelas italianas anteriores á Rafael son el fuerte de Malibrán. En cualquier sombrajo negro y ahumado, donde nosotros apenas vemos algún torso indefinible, señala él un Boticelli, un Sodoma, un Signorelli ó un fra Bartolomeo, nombres que rara vez sonaron en mis profanos oídos. Mi tío y él se pasan largas horas discutiendo sobre los inciertos caracteres que separan la escuela paduana de la veneciana, ó acerca de otro problema pictórico tan obscuro como éste.

De la intimidad con Cisneros vino la introducción de Malibrán en la casa de Orozco, donde le tienes todas, todas las noches. Su finísimo trato, su conocimiento del mundo, le ponen en primera línea en toda sociedad, sin que él necesite esforzarse por alcanzar aquel puesto. Descuella naturalmente y por la propia virtud de sus modales, que son la misma perfección, pues hay en ellos el grado exacto de rigidez compatible con la soltura. Sabe combinar como nadie la cortesía respetuosa con esas licencias que hoy agradan tanto, usadas discretamente, como la sal y los picantes en la culinaria. No conozco otro que sepa entretener y divertir á las damas como él las entretiene; es la única persona á quien he oído sostener largas conversaciones sobre vestidos, mostrando en ello la espiritual erudición que al asunto corresponde. Las señoras le consultan acerca de sus trajes, del adorno de sus casas, y, sobre todo, las asesora con maestría. Al propio tiempo, si le hablas de política extranjera, te pasmas oyéndole, querido Equis, porque la conoce al dedillo, tan bien como podríamos apreciar nosotros la nuestra.

Pues bien: presentado el tipo, me falta expresarte, para concluir, un sentimiento mío con respecto á él. Allá va, y no te asustes. Este hombre me es profundamente antipático, tanto que mi antipatía traspasa los límites que separan este sentimiento del odio verdadero. Te oigo preguntarme: «¿por qué?» Te asombrarás si te digo que no me es fácil definir la causa. Malibrán me considera mucho; parece estimarme, y aun quererme. Jamás ha tenido palabra ni acto, con respecto á mí, que puedan molestarme. Hasta se digna elogiar lo que digo, y oirme con afable atención. Pero ello es que no le puedo ver. Te muestro este fenómeno de mi alma, como le mostraría al médico una llaga que nadie ha visto y que sólo el médico debe ver. Yo mismo me asombro de llevar en mí un afecto depresivo que no me favorece; me sondeo, y trato de analizarlo para encontrar su origen. ¿Es envidia, es más bien intuición? ¿Es que penetro, sin darme cuenta de ello, el carácter de este individuo, y adivino que es una mala persona revestida de brillantes adornos sociales? ¿Es que...?

Pero estoy fatigado, aturdido, y presumo que en mi próxima, después de pensar un poco en este peregrino caso, te podré decir algo más concreto.

IX

_6 de Diciembre._

He vuelto á las andadas, compañero, y aquella serenidad de espíritu que adquirí dándome un baño (perdona lo extravagante de la figura) en las turbias aguas de la política, se la llevó la trampa. Hoy estoy muy nervioso, y á pesar mío saldrán á relucir en mi carta conceptos amargos y apreciaciones que no se ajustarán quizás á la realidad. He pasado mala noche, batiéndome con lo absurdo, queriendo ahuyentar las cavilaciones sin poderlo conseguir, porque me atacaban con lógica deslumbradora, y me desarmaban y me rendían. No extrañes, pues, que esté hoy inaguantable.

Ese Malibrán se me ha atravesado de tal modo que no le puedo tragar. Seguramente te has olvidado de su fisonomía, y quiero recordártela. Representa como unos cuarenta años, pero creo que tiene más. Buena figura: es lo que comunmente se llama un hombre guapo. No se olvida, vista una vez, su cara expresiva, que comparo, relacionándola con la pintura, á algo que abunda en la variada colección de mi tío. Aquel rostro afilado, aquel mirar penetrante, aquellas facciones correctísimas, la barba rubia acabada en punta, la frente de marfil, la color anémica, te recuerdan esos cuadros votivos de la pintura italiana que tienen en el centro á la Virgen, y á cada lado de ésta dos santos, San Jorge ó San Francisco, San Jerónimo ó San Pedro. Cornelio me hace recordar á veces al San Jorge, con su cariz de guerrero afeminado, y á veces, pásmate, al San Francisco de Asís, de seráfica y calenturienta belleza. Vas á decir que me voy del seguro. Es que, en efecto, estoy bastante excitado, y me excito más escribiéndote estas cosas, en vez de ponerme á estudiar el discursito que pronunciaré dentro de dos días, combatiendo el dictamen sobre el _Proyecto de ley de rectificación de listas electorales_. Ahora, relatemos.

Pues, como te dije, entró Malibrán, llamado con premura por mi padrino para consultarle acerca de un cuadro que acababa de adquirir. Tiempo hacía, según nos dijo, que lo había visto en la sacristía de las Descalzas de Villalón, sin poder meterle mano. Por fin, el administrador de Cisneros logró apandar la joya, y se la remitió. Es una tabla como de cincuenta centímetros por cuarenta, y representa el bautismo de Jesús. Las dos figuras desnudas, amarillas y tiesas destácanse en el fondo ennegrecido, con cuya lóbrega tinta se funde el sombreado de los cuerpos. En la parte superior se ve un par de ángeles con vestiduras de elegantes pliegues, sosteniendo un letrero con las palabras sacramentales del Bautismo. En cuanto llegó Malibrán, empezaron las discusiones frente á la obra de arte. «Ó esto es un Massaccio—dijo Cisneros con suficiencia triunfal,—ó yo no entiendo palotada de pintura.» Á lo que respondió el diplomático, después de mirar mucho la tabla, de cerca y de lejos, y de frotarla en diferentes partes: «Qué sé yo, qué sé yo... Me inclino á creer que es más bien un Pinturrichio. La figura del Bautista se parece extraordinariamente á las que hay en los frescos de Araceli en Roma.» Y tras esta razón pericial, siguió dando otras, que debían de ser muy fuertes. Entráronme ganas de contradecirle, aunque no entendía ni jota de aquellas cuestiones, y apoyé la opinión de Cisneros, el cual la sustentaba con furor, fundado en una referencia de Ceán Bermúdez. Luego corrió á su archivo y trajo una carta autógrafa, inédita, en la cual el célebre investigador de Bellas Artes da cuenta de haber visto una relación de los cuadros traídos de Italia por un don Alonso Núñez de Villalpando, fundador de las Descalzas de Villalón. Háblase en dicha nota de una tabla del Massaccio, tasada en no sé cuántos miles de escudos, y que se tenía por obra en alto grado maravillosa. Respecto á dimensiones y asunto, dice el papel: «Es como de un pie y medio de alto, y representa el bautismo de Nuestro Redentor.» Malibrán movía la cabeza, sonriendo, y quitaba importancia, con la mayor urbanidad, á las fuentes críticas de donde mi tío sacaba sus especiosos argumentos. Por fin, el testarudo castellano se atufó, y nada... tijeretas han de ser... «¡Oh! un Massaccio, el padre del Renacimiento... Tengo el cuadro más raro que existe en las galerías particulares de Europa y aun en las oficiales. Esta tabla no se sabe lo que vale. Es un tesoro. Véanla ustedes: les permito tocarla; pero... con muchísimo respeto. Usted, señor Malibrán, es muy inteligente; pero por esta vez reconozca que se ha caído. Y por más que en ello se empeñe, no logrará desacreditar mi colección ni desvirtuar la gloria de este gran hallazgo.»

La discusión no se acababa. Villalonga y yo nos pusimos de parte de mi tío, y Augusta votaba con Cornelio, lo que me sabía muy mal. Allá nos íbamos ella y yo en conocimiento de tal asunto, y opinábamos por capricho, ó quizás por simpatías personales, como suele suceder en la mayoría de las polémicas. Es casi seguro que ambos oíamos entonces por primera vez el nombre de Massaccio. Y, no obstante, yo sostenía con calor el partido de Cisneros ó _massaccista_, y ella se declaraba franca y resueltamente _pinturrichista_.

Querido Equis, ríete todo lo que gustes de esta simpleza; pero en aquel punto y hora, y mientras disputábamos sobre una cosa que entendíamos como si nos pusieran á descifrar escritura chinesca, asaltó mi mente una sospecha que me trajo al estado de inquietud en que me encuentro todavía. Mi corazón, antes que mi entendimiento, se lanzaba ansioso al campo de las adivinaciones, partiendo de un hecho insignificante, incierto quizás. Pero ¡cuántas tonterías hay, reveladoras de hechos graves! ¡Cuántas nimiedades saltan ante nuestra vista destapando misterios, y abriendo los horizontes de investigación que cerrara la cautela! Mi suspicacia y el odio instintivo que aquel pegajoso diplomático me inspiraba, odio revelador también, lleváronme á creer que cuanto hablaron mi prima y Malibrán aquel día encerraba un sentido doble, y que sus palabras eran fórmulas de inteligencia convenidas, al modo de una clave cifrada. Augusta se fué, diciendo que iba á recoger á unas amigas para llevarlas á paseo, y á poco se despidió también Malibrán, dejando á mi padrino solo con su cuadro y su tenaz opinión de que era legítimo Massaccio, por encima de todas las cábalas de la envidia. Como yo me mostrara bastante frío y con pocas ganas de jalearle, toda la matraca que dió después fué contra el amigo Villalonga, que le aguantaba con estóica paciencia.

Retiréme á un ángulo del gabinete aquél, tan bonito, tan diferente de cuanto vemos en otras casas, y durante largo rato examiné una por una las rosas del suelo. Necesito explicarte esto. Hay allí una magnífica alfombra de Santa Bárbara, hermana de las de Palacio y Sitios Reales, blanda, gruesa y amorosa bajo nuestras pisadas. Es de fondo blanco, rameado amarillo y guirnaldas de rosas, estilo Carlos IV, que ante la crítica dominante pasa hoy por anticuado. Á mí no me lo parece... Pero, sea lo que quiera, los colores se conservan admirablemente; el tejido es de una solidez que avergonzaría á toda la industria moderna; y en cuanto á las rosas, te diré que las deshojé con mis miradas, mientras en el otro extremo de la pieza apuraban el tema Villalonga y Cisneros. Este, inquietísimo, entraba y salía, trayendo papeles y librotes con alguna referencia en apoyo de su dictamen, y también cuadros para buscar argumentos comparativos. Ví abierta ante mí una papelera, en cuyos compartimientos brillaba el oro antiguo y de ley con la amarillez elegante de las onzas peluconas. De aquellas áureas gavetas sacó mi tío un papel, que leyó como se podría leer un bando. Era el inventario citado por Ceán Bermúdez; y en el tragín que el buen señor armaba, se tambaleó de improviso una armadura completa, milanesa, y cayó al suelo con estrépito y chirrido de articulaciones metálicas, como guerrero que cae mal herido en el combate.

Después oí la voz de Cisneros en la pieza inmediata, riñendo con los criados, llamándoles idiotas, embusteros y enredadores. Pedía su ropa, no ésta, sino aquélla. El gabán de pieles no, ¡zopenco!... sino el otro... Al cochero le amenazaba con despedirle por borracho, al lacayo por sucio, al administrador por entrometido, á la cocinera por habladora, á la pincha por sisona, al ayuda de cámara por indecente. Todo aquello era genialidad pasajera, pues al poco rato les trataría con la familiaridad más revolucionaria.

Villalonga se marchó, diciéndome que no salía nunca de aquella casa sin sentir que se le aflojaba un tornillo del cerebro, y cuando me quedé solo con mi padrino y pasé á su cuarto, mientras se vestía me dijo: «Ese Malibrán, que es un trasto envidioso, quiere quitarme la gloria de poseer el cuadro más raro que hay en el mundo. Pero se fastidiará, se fastidiará. La culpa tiene quien le da alas, consultándole sobre lo que no entiende. ¿Has visto qué fatuidad? ¿No salta á la vista que mi tabla es Massaccio, pero tan claro que negarlo es como negar la luz del sol? Pues qué, ¿Ceán Bermúdez es algún gacetillero? Tú has dado razones que no pueden rebatirse... Vamos, vámonos á tomar el aire.»

Llevóme al Retiro en su carruaje, y paseamos á pie desde la Casa de Fieras al Ángel Caído. Saludamos á muchos amigos, y de cuantas personas conocidas pasaron á pie ó en coche tuvo Cisneros algo que decir. Su feliz memoria, suplida á veces por ingeniosa inventiva, regalóme aquella tarde mil anécdotas, picantes unas, despiadadas y terribles otras, ninguna inocente, todas con ese singular acento que da la verosimilitud ó la probabilidad de los yerros humanos. Era aquello la historia, compuesta y adornada á lo Tito Livio, como arte verdadero; historia no inferior por su transcendencia y ejemplaridad á la que nos cuenta en fastidiosas páginas las bodas de los reyes, y las batallas que se ganaron ó se perdieron por un quítame allá esas pajas. Mi tío me ilustró también con algunas particularidades de su vida, en las cuales no pude menos de ver esa mano de gato con que algunos cronistas desfiguran y engalanan lo que les conviene; y por fin me dió este consejo: «Mira, Manolo, tú no seas tonto. Haz el amor á las mujeres de todos tus amigos, y conquístalas si puedes. No pierdas ripio por cortedad, ni por escrúpulos, ni por miramientos sociales de escaso valor ante las grandes leyes de la Naturaleza. Las prójimas que más respeto te infundan, son quizás las que más deseen que avances: no te quedes, pues, á mitad del camino. Sé atrevido, guardando las formas, y vencerás siempre. Toma el mundo como es, y las pasiones y deseos como fenómenos que constituyen la vida. La única regla que no debe echarse en olvido nunca es la buena educación, ese respeto, ese _coram vobis_ que nos debemos todos ante el mundo.»