Part 2
Modera tu impaciencia, voluntarioso y desocupado Equis. ¿Deseas saber pronto lo que pienso de mi prima? Me había propuesto dejar ese interesante tratado para cuando mi observación hubiese reunido datos suficientes en que apoyar una buena crítica. Pero cedo á tus exigencias de proscripto aburrido y mimoso, y empiezo por decirte que Augusta no me pareció, la primera vez que la ví, tan hermosa como yo me la representaba. No puedo olvidar que nunca me diste una opinión terminante sobre ella, tú que debes conocerla, aunque no tanto como á su marido. En tus expresiones al hablarme de esta mujer, he notado siempre como una velada reticencia. No creas: el recuerdo de tus vaguedades en tal asunto me pone en guardia. Observo, reparo y escudriño en torno de ella, sospechando que podré descubrir algo que me asombre, y aunque nada veo, nada absolutamente más que una conducta pura y una reputación intachable, la escama persiste en mí y suspendo mi juicio. Contén tu insana curiosidad, oh varón depravado, que yo, cuando sepa bien á qué atenerme, no me pararé en pelillos para manifestártelo. Por ahora, no me sacarás del cuerpo sino una apreciación breve y superficial. Que Augusta es elegante, no tengo por qué decírtelo. Te reirás sin duda de mi descubrimiento. Sobre si es ó no hermosa, ya cabe mayor variedad de opiniones. Hermosa, lo que se llama hermosa, quizás no lo sea para los que creen, como tú, en eso de las reglas y proporciones estéticas. Para mí, que no le encuentro ninguna gracia á la boca chiquita de las Venus griegas y de las Vírgenes de Rafael, una de las mayores seducciones de mi prima es su boca, que un amigo mío llama _el templo de la risa_. ¡Vaya que es grandecita! ¡Pero qué salada y hechicera! Dime, ¿tú la has visto reir, pero con gana, burlándose de alguien ó contando un pasaje chistoso? ¿Y no te has extasiado ante aquella doble sarta de dientes blancos, duros, igualitos, de los cuales te dejarías morder si á su dueña se le antojase? ¿No te divierte, no te embelesa oir la cascada de aquella risa, que inunda de alegría el mundo y sus arrabales, como el trinar de los pájaros celebrando la aurora? Toma poesía... Otrosí, querido Equis, tiene mi prima unos ojos negros que te marean si fijamente te miran; ojos que llevan en sí el vértigo de las alturas y el misterio de las profundidades (aguántate esa imagen), ojos que... no sigo por temor á mi retórica y á tus guasitas.
Fuera de los ojos, que son, como dice un amigo nuestro, _la sucursal del cielo_, si miras aisladamente las facciones de Augusta, las encontrarás imperfectas; pero luego se componen y arreglan ellas á su manera, y resulta un conjunto encantador que te vuelve loco; digo, á tí no; pero á otros, si no les ha enloquecido, les enloquecerá. ¿Y qué tienes que decir de su figura? ¿Has conocido alguna más arrogante? Dí que no, hombre, dí que no, ó te pego. Buena talla, sin ser desmedida; buenas carnes, sin gorduras; curvas hermosísimas... Yo me la figuro con poca ropa, y me extasío, como lo harías tú, castamente estético, delante de la estatua viva, considerando con la mayor formalidad que la belleza de las líneas convierte la carne tibia en el más honesto de los mármoles... Suprimo las imágenes porque te estás riendo de mí, y de seguro dices al leerme: «¡Miren el tonto ese...!» ¡Ah! la edad la fijo en treinta años; y lo más, lo más que añado, si en ello te empeñas, es dos ó tres á lo sumo.
Y pensarás también, clareándote con una de esas muequecillas profesionales que son resultado del hábito de la crítica: «Mujer hermosa, pero sin instrucción.» Ya tenemos en campaña el problema educativo. Pues á eso te digo que, en efecto, Augusta carece de instrucción, si por esto entiendes algo más que las llamadas _tinturas_ de las cosas; pero tiene tal gracia y desenfado para abordar cualquier cuestión grave ó ligera, que oyéndola no podemos menos de celebrar que no sea instruída de verdad. Si lo fuera; si la sosería de la opinión sensata apuntara en aquellos ojos y en aquella boca, cree que perderían mucho. Habías de oirla cuando se pone á hincar el colmillito en las ridiculeces humanas ó á sostener una tesis paradógica. Si entonces no se te caía la baba, no sé yo cuándo se te iba á caer. Pues en aplicar motes no hay quien le gane. Cuando tuvo bastante confianza conmigo, me confesó, llorando de risa, que de su cacumen había salido el apodo de _el payo de la carta_, y te aseguro que nunca he perdonado con más gusto un agravio.
Basta, basta: no has de sacarme una palabra más acerca de esta interesante persona. Lo único que me resta decirte es que anoche estuve en el teatro con ella y su marido. Este es un cumplido caballero, digno de poseer tal joya. Paréceme de salud algo delicada. Su mujer le mima, le cuida, y no está profundamente seria sino cuando teme que aquella salud se quebrante más. Hallo perfecta armonía en este matrimonio. Podré equivocarme; pero... ¿Qué es eso? ¿te ríes? Á mí no me descompones tú con tus risitas... ¿He dicho algún disparate? Tu opinión sobre Orozco, ¿no es la mía? ¿No eres tú quien me ha hecho ver en él una excepción dentro de la actual sociedad? ¡Ah! ya sé por qué te ríes, hombre incrédulo y malicioso. Es porque desde que empecé esta carta estoy diciendo que no quiero hablar de Augusta, y ya llevo tres carillas sin ocuparme de otra cosa. Punto, punto aquí, vive Dios. Pon un punto como una casa, indiscreta pluma, ó te estrello contra el papel.
Hablemos otra vez de Cisneros, de ese espejo de los padrinos, de esa potencia crítica de primer orden, que por sí solo representa una escuela sistemática de sátira social, á la que ajusta sus juicios sangrientos. Tú no sabes bien lo que es este hombre y cuánto se prestan sus pensamientos á la admiración y al análisis. ¡Y yo, tonto de mí, que los primeros días, juzgando por la superficie de las ideas, le tuve por carlista ó al menos por partidario del poder absoluto! Figúrate, Equis de mi alma, cómo me quedaría hoy cuando me expuso las ideas más contrarias al absolutismo... Poco á poco: quizás no; puede que ello sea el propio absolutismo en su forma más concentrada. Vamos por partes, y dime si estas rarezas no merecen que un observador como tú las estudie.
Mi padrino vive, como sabes, en la plaza del Progreso. Aborrece los barrios del Centro y del Este de Madrid, que son los más sanos. La tradición le amarra al Madrid viejo y á la parte aquélla donde siente el tufo de la plebe, apiñada en las calles del Sur. Ha vivido siempre al borde del abismo, según dice, y no quiere apartarse de él. Detesta la prensa, que en su sentir es la vocinglería, el embuste, el instrumento de corrupción con que nuestra edad envilece los caracteres y falsea todas las cuestiones. Á pesar de esto, no conozco á nadie que lea más periódicos. Por las mañanas, en su casa, se traga tres ó cuatro, y de noche, en el Casino, media docena. Busca en ellos la comidilla, la información mal intencionada, el palpitar convulsivo de la sociedad que considera enferma. La política, tal como aquí se practica, le inspira despiadadas burlas. Atiende á ella, según dice, como quien asiste á un sainetón extravagante. Para él no hay ministro honrado, ni personaje que no merezca la horca... Y, sin embargo, muchos de éstos son sus amigos, se sientan á su mesa y le celebran las gracias. Cuando surge algún escándalo en la prensa, adopta y da por válidas las versiones más desfavorables. La complacencia y el orgullo iluminan su rostro cuando tiene que dar su opinión pesimista sobre cualquier asunto que cautiva y apasiona al público. Cada frase suya es un alfiler candente que penetra hasta el hueso y hace chisporrotear la carne.
Á propósito de mi entrada en la política, oigo de él opiniones y consejos que, la verdad, me entristecen. Hoy, después de almorzar, pasamos al gabinete donde habitualmente lee y escribe, y después de ofrecernos (los convidados éramos Federico Viera y yo) un par de cigarros secos, duros, amargos, que tiene en el cajón de una de las papeleras, y que por lo viejos deben de ser los primeros que como muestra vinieron á España en los albores del vicio, dió á Viera una carpeta de estampas para que se entretuviese, y me echó este sermoncito, del cual te doy un extracto, que, gracias á mi excelente memoria, ni tomado por taquígrafos sería más ajustado á la verdad:
«Mira, hijo, todas las cuestiones que se refieren á libertad política, á garantía de derechos, ó á leyes que robustezcan la Constitución y los altos poderes, son pura pamema. Oye estas cosas como aquel paleto que decía: _por un oído me sale y por otro me sale_; es decir, que no le entraba por ninguno. Cuida mucho de que estas rimbombancias huecas no te entren en el cerebro, porque si llegan á entrar, siempre queda en la masa encefálica algo que puede trastornarte. Otra tocata muy común es la organización de los partidos, la necesidad imperiosa de que haya partidos, y de que estén bien disciplinados... ¡Oh! ¡la gran simpleza...! bien disciplinaditos. Esto lo oyes y te callas, como se calla uno cuando oye el canto del grillo. ¿Nos vamos á poner á discutir con un grillo y á refutarle lo que canta? No. Pues lo mismo haces cuando te echen el registro ese de los partidos y de la disciplina. En esto sigue la norma de conducta que he seguido yo cuando me han llevado á la reata del Senado ó á la del Congreso. Mira, hijo: yo, á los badulaques que me hablaban de cohesión, de apoyar al Gobierno, les contestaba que sí, que muy santo y muy bueno; y después hacía lo que me daba mi santa gana. Siempre que veía al Gobierno comprometido en las Secciones, votaba con los enemigos. En el salón, te juro que nadie ha tenido tanta gracia para abstenerse á tiempo. Y nadie supo nunca si yo soltaba el sí ó el no hasta que salía de mis labios. Veo que frunces el ceño y alargas el hocico, como si esto que te digo fuera una gran inmoralidad que escandaliza tu conciencia. Ten calma, que te daré razones convincentes para acallar tus escrúpulos. Mi sistema se inspira en el bien universal, no en el interés de unos cuantos charlatanes y explotadores de la nación. Ya lo irás conociendo; ya te vendrás á mi campo, al campo de las negaciones, de todas las negaciones juntas, donde se asienta la soberana afirmación.
»También tratarán de meterte en la cabeza esa monserga de la paz... que necesitamos paz para prosperar y enriquecernos con la... la... industria, la agricultura... y dale que le darás. Esto, chico, es como si al que no tiene que comer se le dice que se siente á esperar que le caigan del cielo jamones y perdices, en vez de salir y correr en busca de un pedazo de pan. ¡La paz!... Llamar paz al aburrimiento, á la somnolencia de las naciones, languidez producida por la inanición intelectual y física, por la falta de ideas y pan, es muy chusco. ¿Y para qué queremos esa paz? ¿De qué nos sirve esa imagen de la muerte, ese sueño estúpido, en cuyo seno se aniquila la nación, como el tifoideo que se consume en el sopor de la fiebre? En el fondo de este sueño late la revolución, no esa revolución pueril porque trabajan los que no tienen el presupuesto entre los dientes, sino la verdadera, es decir, la muerte, la que todo debe confundirlo y hacerlo polvo y ceniza, para que de la materia descompuesta salga una vida nueva, otra cosa, otro mundo, querido Manolo; otra sociedad, modelada en los principios de justicia.»
Al llegar aquí, no pude menos de mostrarme asombrado de que tales ideas profesase un hombre que vive tranquilamente de las rentas extraídas de la propiedad inmueble y de la riqueza mobiliaria, es decir, un fortísimo sillar del edificio del Estado, tal como hoy existe. Por respeto á las canas de Cisneros, no me eché á reir ante ellas. ¿Estará loco este hombre? me dije. Y le tiré de la lengua, preguntándole qué forma social era esa en la cual quiere que resucitemos después de muertos y putrefactos.
No creas que se acobarda cuando se le estrecha pidiéndole que concrete sus ideas. Al contrario, esto le estimula á exprimir el magín para sacar de él nuevos donaires. «Es—me dijo,—como si me mandaras escribir la historia antes de que ocurran los hechos que han de componerla. ¿Qué es lo que ha de venir? ¿Qué forma traerá la catástrofe, y en qué posición van á quedar las piedras del edificio una vez caídas? ¿Cómo he de saber yo eso, tonto? Lo que yo sé es que debo hacer cuanto esté de mi parte por ayudar al principio de suicidio que late en nuestra sociedad, y apresurar la destrucción, contribuyendo á fomentar todo lo negativo y disolvente. Que me hablan de libertades públicas y de los derechos del hombre. Música, bombo y platillo. Contesto que el pueblo no tiene más aspiración que la indiferencia política, ni más derecho que el derecho á esperar, cruzado de brazos, el vuelco de la sociedad presente, que ha de producirse por un fenómeno de física social. Háblanme de los partidos y de la disciplina, y hago tanto caso como de las disputas de los chicos de la calle, cuando juegan á los botones, al trompo y á cojito-pie. Me ponderan la necesidad de apoyar á estos gobiernos de filfa para que duren mucho, y yo me persuado más de la urgencia de combatirlos para que duren lo menos posible. ¿No has observado que, cuando se habla de crisis, la sociedad toda parece que se esponja, palpitando de esperanza y de júbilo? Es que tiene la conciencia de que el remedio de sus males ha de venir de la pulverización. Que esas cuadrillas de vividores que se llaman partidos y grupos se dividan cada vez más; que los gobiernos sean semanales, y tengamos jaleos y trapisondas un día sí y otro también. Esta movilidad, este vértigo encierra un gran principio educativo, y el país va sacando de la confusión el orden, de lo negativo la afirmación, y de los disparates la verdad. Yo, que siento en mí este prurito de la raza, me alegro cuando soplan aires de crisis, y aunque no la haya, digo y sostengo que la hay ó que debe haberla... para que corra... Cuando mi barbero entra á afeitarme por las mañanas, siempre le pregunto dos cosas: «¿Cómo está el tiempo, Ramón?... Ramón, ¿tenemos crisis?»
Con ésta tienes para un rato, hijo de mi alma. Mientras la digieres, te preparo la continuación, que irá, Dios mediante, mañana.
IV
_17 de Noviembre._
Escucha y tiembla. Después de reir á carcajadas de las observaciones que le hice, hijas, según él, del estúpido eclecticismo de estos tiempos vulgares, burgueses, insignificantes; después de llamarme cándido y paloma torcaz, dijo el gran Cisneros: «¿Pero tú has reflexionado bien lo que significa la anarquía? Medita bien sobre ella, y verás que un pueblo sin gobierno de ninguna clase, entregado á sí mismo, un pueblo sin leyes, está en situación de hacer efectivas las leyes verdaderas, las inmortales. ¡Que hay sacudimientos, tiranías, atropellos! Déjalo, tonto, déjalo. Esto es precisamente lo que hace falta para que nazca el verdadero derecho... Por mi parte, detesto estas sociedades acompasadas, verdaderas aglomeraciones de cuákeros, donde la policía y la justicia oficial impiden la florescencia de las facultades humanas. ¿Concibes que el gran arte y la ciencia noble puedan existir en ninguna sociedad donde hay más leyes que ciudadanos, y donde sale la _Gaceta_ todos los días con su fárrago de disposiciones, que son otras tantas ligaduras puestas á la acción del individuo? Estas son sociedades estériles; y no me hables de la industria y de los inventos, pues la mayor parte de esas llamadas conquistas sólo han servido para hacer más infelices á los hombres, y aumentar las horribles desigualdades sociales; para establecer el hambre allí donde reinó la hartura, implantar la tiranía de la ropa, quitar á los viajes su encanto, y destruir el misterio de las cosas; el misterio, sí, fuente que antes manaba delicias, y ahora está seca, seca, con tanta ciencia y tanta máquina, y tanta tontería de adelantos materiales. No me digas que te entusiasma esta edad de hierro, más árida que ninguna otra edad, y más antipática y pedestre.
«¡Y qué trajecitos usamos! ¡Parece que nos vestimos, no para engalanarnos, sino para disimular lo deforme y enteco de nuestros cuerpos jimiosos! ¡Y qué costumbres tan necias; y qué idiotismo en las relaciones de los sexos; y qué monotonía desesperante en la vida toda; qué aburrimiento en esta selva inmensa de leyes, que prevén hasta nuestros menores movimientos; qué inmenso tedio en este sistema de profundizar todas las cosas, para matar todo lo desconocido; lo desconocido, Manolo de mis entrañas, lo desconocido, que es la alegría de las almas, la sal de la existencia! No, no: yo quiero que toda esa balumba de artificios y de esclavitudes, formada por el puritanismo inglés y la gazmoñería protestante, desaparezca en el abismo de esa historia fastidiosa que nadie ha de leer. Quiero la libertad, no estas libertades que son como la disciplina de un cuartel, y que le obligan á uno á andar á compás, á uniformarse, y á no poder toser sin permiso del cabo, sino la verdadera libertad, fundada en la Naturaleza. Quiero que la sociedad florezca, y produzca el gran arte, las virtudes sublimes, la santidad; que en ella sea posible lo que hoy no existe, la inspiración artística y las acciones heróicas. Quiero que se vaya con mil demonios toda esta corrección grotesca y policiaca que mata la personalidad, la iniciativa, la idea, la santa idea, producto del entendimiento, y ahoga el producto de la fantasía, la imagen... Ea, punto final. Me parece que he hablado bastante. Me sofoco...»
No pude menos de celebrar su elocuencia y de aplaudir su ingenio, añadiendo que, conforme le oía, me iban entrando ganas de trocar mi ropa por cualquier traje de teatro, ó por los verdes lampazos de la edad de oro, y echarme á un monte para ser ciudadano de cualquier república de pastores.
Cisneros se levantó de la butaca y dió cuatro ó cinco vueltas por la estancia, inquieto y nervioso, cual si quisiera envolver en un ovillo el hilo del discurso que acababa de enjaretarme. Acerquéme á Federico Viera, que seguía examinando estampas, y de pronto mi padrino se paró ante nosotros, arremangóse la bata y nos mostró su pierna, vestida de un pantalón bastante estrecho y no flamante. «Á ver, ¿qué tienen que decir de esa pierna?—nos preguntó con pueril orgullo.—Toquen, toquen para que vean que aquí no hay relleno. Les desafío á que me presenten otra tan bien formada, ni con estas curvas de la pantorrilla... toquen, miren... tan elegantes y tan... ¿No merece esta extremidad vestirse con aquellas calzas de listas rojas y negras que se usaban en Italia en el siglo XV?»
Sin esperar nuestra respuesta, siguió paseándose. Federico y yo nos miramos, conteniendo la risa. ¿Qué pensarás tú al leer esto? Lo mismo que pensaba yo al presenciarlo. Que mi buen padrino, si no está rematado, tiene momentos en que se destornilla casi por completo.
Nuestro amigo Viera, que le conoce hace tiempo y sabe tomarse con él confianzas que yo no me tomaría, le dió bromas sobre aquello de las calzas italianas; pero Cisneros se lo sacudió como se sacude una mosca, diciéndole: «Sois unos encanijados de cuerpo y de espíritu, y en vuestros caletres hidrocefálicos no cabe ninguna idea grande. Sois incapaces de comprender la vida más que como un reglamento, escrito con el fin de que toda la humanidad se ajuste á la talla de los tontos... Os he argumentado de un modo parabólico, única manera de que podáis comprenderme, almas cándidas. Vamos á ver...» Puso una mano en el hombro de Viera y otra en el mío, y con tonillo autoritario nos dijo: «¿Creéis vosotros que el Dante habría escrito la _Divina Comedia_ si hubiera sido bachiller en Artes, licenciado en Derecho, después ateneísta, alcanzando fama de _persona ilustrada_, viviendo entre el tumulto de lo que llaman crítica, y expuesto á ser académico, diputado ó quizás, quizás ministro de Fomento?... ¿Creéis, hijos míos, que el autor del _Cantar de los Cantares_ habría compuesto este delicioso poemita si, en vez de andar con las piernas al aire, hubiera gastado pantalones?... No admito distingos: contestar sí ó no... ¿Creéis que Miguel Ángel habría hecho el _Moisés_ y pintado el techo de la Capilla Sixtina si en su tiempo se hubieran usado los sombreros de copa, los informes de Academias, los estudios de estética y los paraguas?... Sí ó no... No se me escapen por la tangente... Lo que hay... (diciendo esto nos sacudía con violencia como si quisiera arrojarnos al suelo), lo que hay es que sois unos pobres idiotas, educados en las tonterías de la enseñanza oficial, de esa enseñanza que, si dura, concluirá por retrotraer á la humanidad á la época de los monos, micos ilustrados si se quiere, pero micos al fin.
Federico y yo le hicimos ver que tales ideas son admisibles como elemento de amenidad en esa literatura sin imprenta que se llama la conversación, y que influye tanto ó más que la estampada en la opinión general; pero que no pueden admitirse con pretensiones de formar doctrina. Además, le demostramos que sus pensamientos estaban en contradicción con sus actos. La cosa era bien clara. «Usted—le dijimos,—truena contra la Instrucción pública, como un medio de fabricar tontos y de conseguir la extensión de la cultura á costa de la intensidad. ¿No es eso?
—Sí—replicó:—abomino de esta enseñanza estúpidamente niveladora. ¿Creéis que si á Homero le hubieran dado la nota de _sobresaliente_ en los exámenes, habría compuesto la _Iliada_?
—Claro que sí—le aseguró mi amigo,—y por ella habría ganado el _accésit_ en cualquier certamen... Pero déjeme completar mi argumento. Si usted es tan enemigo de la Instrucción pública, ¿para qué ha fundado dos escuelas en Tordehumos, dotándolas con esplendidez? Y si cree que la actual organización de la sociedad y de la propiedad es tan mala, ¿para qué defiende sus rentas con tanto tesón? Porque á mí me han dicho, don Carlos, y no vaya á enfadarse por esto, á mí me han dicho que usted no perdona un céntimo, y al infeliz arrendatario que no es puntual, le revienta sin andarse en chiquitas...»
Federico seguía; pero mi padrino le cortó la palabra, airado y descompuesto, y pisando, _alterna pede_, como caballo que se encabrita, nos dijo: «Sepan, señores mequetrefes, que he fundado las escuelas porque me ha dado la gana, y que mis móviles no cabrán nunca en esas molleras llenas de la paja del saber oficial. Sepan también que si cobro mis rentas, no hago más que tomar lo mío, y defenderme de pillos y ladrones... ¿Pues qué querían? ¿que tenga lástima de los que se gastan mí dinero en las tabernas y en las timbas de los pueblos? ¡Pobrecicos de mi alma! Cuando me vienen llorando por las malas cosechas, yo les daría una mano de palos por tramposos, embrollones, y por esa fea maña de achacar al Cielo y á la Tierra lo que sólo es culpa de sus vicios... ¿Pues qué quieren estos mocosos, que yo deje á mis colonos reirse de mí y comerse mis rentas?...
—No; si nosotros no queremos eso... Hemos señalado una contradicción y nada más...
—No hay contradicción... ¿Pero qué entendéis vosotros de esto? Si me querrán marear estos gaznápiros... Sois muy niños para meteros conmigo... Vamos, no quiero haceros caso, no me rebajo á discutir con esta infancia enfatuada, pedantesca... Tengo canas, señores, y no las quiero ensuciar metiéndome con chicos...»