Part 17
—Pues que se mató él mismo delante de tu prima, porque descubrió que ella se la pegaba con Malibrán.
—¡Jesús!
—Francamente, como en casa de la San Salomó contaban que ella le había matado por celos de mí, yo me abronqué y dije: pues antes que me envuelvan, voy á salir yo también con mi romance de ciego. Á todo el que venía aquí se lo encajaba, y tan fresca... Súpolo Cisneros, me mandó llamar y me dijo, dice: «Chica, ¿qué haces? Mira que si te descuidas te mando á presidio.» Me asusté; faltóme poco para llorar. En fin, que le prometí no mentar más el crimen y plantarme en que yo no sé nada. Total: que con esto y algo más, me gané el tapiz.»
Tales declaraciones, á pesar del acento de sinceridad con que Leonor las hacía, me parecieron, si no falsas, incompletas. La pícara me decía una parte no más de la verdad, la menos importante tal vez. Incansable yo en mi plan investigador, puse cerco á sus camándulas, redoblé mis zalamerías, ensanché todo lo que pude el campo de la confianza, y por fin hoy, transcurrido un día de estas fáciles relaciones, he logrado arrancarle aquella otra parte de la verdad que me escamoteaba. Vas á saberla.
Cisneros le propuso declarar ante el juez que Federico había estado en su casa el mismo día 1.º de Febrero por la mañana, angustiadísimo, y le había dicho: «Si no encuentro de aquí á la noche determinada cantidad, me pego un tiro.»
«Tanto y tanto me predicó ese viejo zorro—añadió Leonor,—haciéndome ver que con estas mentirijillas no perjudicaba á nadie y podía hacer mucho bien, que cedí... Claro, no perjudicando... ¿qué importaba...? ¡Ah! también quería que dijese que Federico me pidió dinero á mí, y yo no se lo quise dar... Á esto me resistía; pero, chico, el tapiz se me había montado entre ceja y ceja... Era un antojo, y soy temible cuando me encapricho por algo... Hicimos nuestro trato, y punto concluído... Pero no sabes lo más salado, y es que me porté cochinamente con Cisneritos. Cuando me encontré delante del juez, entráronme remordimientos, y pensé que si decía lo que me mandó el vejete, arrojaba una mancha sobre el buen nombre de mi amigo querido, el número uno de los caballeros de Madrid... Nada, nada, que se me resistía declarar aquellas papas... yo soy así. El escribano me hizo muchas cucamonas, y el secretario me dijo mil porquerías, y entre todos me estuvieron mareando un rato. Pues, chico, me atufé y me dió la santísima gana de no soltar prenda: que yo no sabía una palabra, que no había visto al _interfezto_, que no me constaba si ganaba ó perdía. Allá escribieron todito lo que dije, firmé y á vivir... Tú dirás que me porté mal con don Carlos, y que debía devolverle el tapiz... Pero ya ves: era una indecencia que yo dijese de Federico cosas que le ponen en mal lugar. Vamos, que me acordaba de él, y los ojos se me llenaban de lágrimas. Yo tengo todos los defectos, todos, menos el de la ingratitud... El pobrecito fué siempre muy bueno para mí. ¡Cómo había yo de...! Verdad que no cumpliendo con Cisneros, debía decirle: «Tome usted su arrastrado tapiz, que yo soy más persona decente de lo que usted se piensa...» Pero sobre que no tuve alma para devolver el regalo, ¿no te parece á tí que es justo jugarle una partida serrana á ese tío, más malo que el no comer?... Y bastante favor le hago callando, ¡digo! Mi _no sé nada_, mi _no he visto nada_ valen bien, no digo yo un tapiz, sino media docena.»
¿Qué te parece? ¿No es verdad que este rasgo pinta una persona? ¿No ves á Leonor enterita con sólo la relación de un acto suyo? Lo único que me resta decirte acerca de esta gitana, cuyos desplantes abomino á veces, y á veces no puedo menos de admirar, es que mis habilidades para saber algo más fueron de todo punto inútiles. No me han valido mimos ni triquiñuelas capciosas para obtener de la chavala algún indicio de la clase de conexiones que con Viera tuvo. Ignoro si seré más afortunado en lo sucesivo; pero no sé por qué se me figura que cuando ésta se planta, no valen contra ella ni aguijonazos ni palmaditas. Plantada se queda, y hay que matarla ó dejarla.
Allá va otro detalle que, si nada tiene que ver con el asunto principal, merece consignarse para regocijo tuyo y mío; que viene bien un poco de sainete entre estas seriedades fúnebres y curialescas. Estábamos Leonor y yo conversando íntimamente, en el mayor abandono y confianza posibles, cuando sonó la campanilla; oí ruidos de voces, y la doncella entró muy sofocada en el gabinete anunciándonos que el pollo malagueño se había presentado en actitud hostil y camorrista. Habías de ver á la Peri saltar en paños que más que menores debieran llamarse mínimos, y agarrar una zapatilla, arma que, según dijo, le bastaba y le sobraba para poner en vergonzosa fuga al invasor, «Verás, verás qué pronto le despacho—me dijo risueña y nerviosa, sin acertar á meter los brazos en las mangas de la bata.—No le puedo ver... ¡Indecente, gandul, canalla...!» Salió en medias, pantufla en mano, y sentí luego un gran vocerío; mas no me pareció que sonaban zapatazos. Á poco volvió Leonor, y riendo me dijo: «¡Pobrecillo, está muerto de hambre! Es preciso que coma, al menos.» Metió sus dedos, de rosadas uñas, en el bolsillo de mi chaleco, y me sacó cinco duros, que por conducto de la criada pasaron á las necesitadas manos del mocito aquél, de lánguidos ojos. Al hacerle la limosna, la gitana le mandó este cariñoso recado: «Dale eso para que coma, y dile que aquí no venga más, porque estoy de él por encima de los pelos, y que vaya á que le mantenga el Nuncio.»
¿Y qué dices tú ahora de mis depravaciones, de mi caída en la profunda ciénaga del vicio, _do se anidan_ (¡atiza!) todas las sierpes venenosas que destruyen el alma... y el cuerpo? Haz el favor de no llevarte las manos á la veneranda cabeza. No hay tal vicio ni cosa que lo valga. Es la vida, chico; el desenvolvimiento biológico dentro del medio social... Vamos, si esto no es filosofía, que venga el diablo y lo vea.
XXXVII
_17 de Febrero._
Evangelio del día, _secundum Villalonga_. Este astuto vividor, bulle-bulle de la política, que es en él pasión y oficio, se ha vuelto de poco acá hombre de orden. Su lengua de hacha, que antes convertía en leña las reputaciones más sólidas si se le interponían en su camino, ahora es una lengüecita muy enguatada, y más lamedora que cortante. Aspira el tal á ocupar un puesto en la situación, y ya no muerde sino cuando se le amortiguan las esperanzas de la senaduría vitalicia. En estos días parece que la cosa va bien, y el hombre es de lo más razonable, de lo más sensato que imaginarte puedes.
Truena contra los calumniadores, y dice que esta tendencia á enlodar los nombres más respetables es un síntoma de desquiciamiento social. Cuando pone el paño al púlpito, nos reímos, porque parece que está refutando todo lo que en veinte años ha dicho y hecho. Pues si le quieren ver desbocado, que le toquen á la familia Orozco. Algo esperará de ella sin duda, ó algún favor hay de por medio. Oye su versión: «La muerte de Federico no ha sido más que el vulgarísimo final de una pendencia de garito. Como todo vicioso estragado, como el borracho que no encuentra bastante fuerte ningún licor, y cada día los apetece más ardientes, Federico no se satisfacía ya con las emociones de las timbas establecidas en círculos elegantes, y frecuentaba garitos innobles... ¡Si esto se puede probar el día que se quiera!»—dice Villalonga á todo el que le quiere oir. Prosigue su informe jurídico, asegurando que un amigo suyo le vió salir con otro sujeto de una casa de juego de malísima traza, á eso de las diez y media de la noche del 1.º, y que en actitud de querella se metieron por la calle que conduce al _solar del polvorista_. «Me parece que más claro no puede estar. Este amigo mío les vió, repitió que les vió, y está dispuesto á declararlo.»
Á renglón seguido se lamenta de que quieran convertir este hecho vulgarísimo en fábula de amores, difamando á una dama ilustre... Y luego enjareta el panegírico de ella, y crudos anatemas contra la ligereza y ruindad de una parte del público. Es que en esta raza proterva ha existido y existirá siempre el tic nervioso nacional de abatir lo que está alto, de manchar la misma limpieza, y de enturbiar lo más claro y puro. Concluye el orador jurando y perjurando que daría cualquier cosa por cambiar de nacionalidad, abandonando la raza proterva y el suelo ingrato, para metamorfosearse en inglés, en alemán ó, si á mano viene, en moro berberisco... Pero no: lo que él quiere ser es inglés. Ahora le da mucho por lo inglés, por lo parlamentario y por el _self-governement_. ¡Eso es país, eso es política y opinión soberana... y _juego_ de las instituciones...!
Basta de Villalonga, y voy con Calderón de la Barca, del cual creía yo que, por ser amigo íntimo de los Orozco, ó más bien parásito, sostendría las versiones más favorables á sus patronos. Pues no, señor. La intención á eso va; pero no le resulta, y su destornillada cabeza ha compuesto un novelorrio que cree muy lisonjero para sus amigos; pero es tal la necedad de su invención, que ni daño ni favor puede hacerles. Supone á Federico perdidamente enamorado de Augusta, y á ésta rechazándole con desdén. Si le apuran, Calderón es capaz de sostener que le _consta_, por haber oído y visto algo que corrobora semejante afirmación. Pues bien: Federico, loco de amor, frenético, y sin reparar en los medios que emplea para obtener de la dama la cita que con tenacidad le pide, resuelve engañarla, diciéndole que su esposo tiene una querida; Augusta niega y duda; él insiste, y ofrece probarlo. ¿Cómo? Pues en tal sitio se ven los amantes: la esposa ofendida puede sorprenderles y cerciorarse de que se la pegan. Cae mi prima en el lazo, y se deja llevar por el traidor á la casa donde éste le ha ofrecido patentizarle la infidelidad de Orozco. Llegan... Escena. Federico, ebrio de amor, confiesa su pérfido ardid, y cae de rodillas. Augusta le pone de vuelta y media: esto es de cajón. El otro, arrebatado y ciego, le dice: «Ó eres mía, ó te mato.» Y el muy pillín saca su revólver. La dama prefiere la muerte. Trábase una pequeña lucha, cae el revólver al suelo, se dispara solo, pataplum, y la bala se le mete á Federico por la cintura. _Table...a...u_. Imagínate lo demás. Viéndose herido, reconoce el criminal el _dedo de la Providencia_, porque este dedito fué el que oprimió el gatillo del arma; y abrumado por los remordimientos, pide perdón á la dama. Esta se lo da, y le encaja su sermoncito, recomendándole que se arrepienta, á lo que él accede, porque ya no tiene más remedio.
«¿Y la herida de la cabeza, la herida mortal de necesidad?—le preguntamos.—¿La herida de la cabeza?»
Ráscase el narrador la suya, pero no acierta á sacar con la uña la continuación de tan burdo argumento. Por fin... la cosa es clara... el pérfido huye... ¿Pero á qué seguir? Ya puedes figurarte el desarrollo de estos adefesios de la inventiva ramplona.
No quiero entretenerte más con vueltas alrededor del asunto, y vámonos al centro, al corazón de él. ¡Pensar que este jeroglífico no lo es para una sola persona, y que tal persona, si quisiera, podría disipar con cuatro palabras la confusión de mi mente! ¡Pensar que Augusta sabe la solución, y que yo no puedo leérsela en la cara; que detrás de aquel entrecejo está la representación exacta del hecho, y que yo no puedo verla! Mi curiosidad se ha excitado tanto, que no sé qué daría, amigo Equis: creo que daría años de mi vida porque esa mujer tuviera un momento de franqueza conmigo y me revelara su secreto. Vamos, que le perdono el mal que hizo, falta, error ó delito, si me cuenta lo que pasó en aquella noche aciaga.
Pues no creas, lo he de intentar; he de emprender con ella una campaña de astucia, de constancia; un asedio en que emplee todas las armas, desde las que infunden miedo á las que inspiran afecto y confianza. No me muero yo con esta incertidumbre, y ella misma me ha de librar del fiero suplicio. Seis días estuve sin parecer por la casa de Orozco, y al quinto el propio Tomás me envió recado quejándose de mi desvío. Hoy he almorzado con ellos. Ya te contaré lo que hablamos. Tengo prisa, y además estoy en expectativa de una conferencia que espero celebrar con Augusta, quien, á instancia mía, me prometió que hablaríamos un rato á solas. Convinimos en que ella señalará día y hora, y aquí tienes establecida ya una comunicación reservada entre los dos. Te lo contaré todo; pero no me apures, que hay tiempo, y aplazo mis informes con la esperanza de adquirir conocimiento más claro de alguno de los hechos. Hasta otro día.
XXXVIII
_19 de Febrero._
No me lo vas á creer; pero te lo diré cien veces si es preciso. El santo está como si ignorara lo que pasa y lo que se dice, y es casi seguro que no lo ignora. Tal serenidad que por nada se altera, ¿es grandeza de alma, ó todo lo contrario? Para afirmar lo primero, sería preciso ver en este hombre un temple de carácter tan superior que rayara en lo sobrenatural. Porque habías de ver su cara, en la cual no notas ni el más ligero signo de disgusto ó contrariedad; habías de oir su acento, siempre firme y reposado. Á su mujer la trata con la cariñosa deferencia de siempre, y ella á él con mayores consideraciones, si cabe, que antes. Te lo digo con franqueza: el arcano que en la intimidad de este matrimonio se esconde sin duda, me inquieta ya más que el otro de la muerte de nuestro amigo, y daría no sé qué, años de vida también, única moneda con que se avaloran tales satisfacciones, por poder ocultarme en la alcoba conyugal y oir lo que hablan... ¿Pero qué hablarán, Dios mío? ¿Qué dirán? ¿Ó es que no dicen nada, y se han puesto de acuerdo para ignorarse y desconocerse el uno al otro?...
Este Orozco, ¿qué clase de hombre es? Explícamelo tú, entusiasta apologista de sus virtudes. Francamente, cuando éstas se me presentan en grado tal de perfección, éntranme ganas de dudar de ellas, ó de tenerlas por papel bien estudiado y aprendido para embaucar al mundo. Imposible que un hombre de carne y hueso conserve tal presencia de ánimo en medio de la atmósfera que se ha formado en torno suyo; y si realmente la conserva, es que no es de hueso y carne como nosotros. No niego que pueda existir en nuestros tiempos la santidad; pero me resisto á admitirla en las altas clases. Existirá en las Órdenes religiosas, ó en los desiertos habitados por una sola persona; pero en el mundo activo, en la sociedad, en el matrimonio, en medio de los chismes, de las envidias, de la soberbia, del lujo... Vamos, Equisillo, que se te quite eso de la cabeza. Á tu sagaz olfato no ha llegado nunca el olor de esa santidad... perfumada.
Vamos á otra cosa. La conferencia con Augusta, á solas, se verificó ayer. Fué interesante, aunque estéril para mis fines inquisitivos. Recibióme en su tocador, por la tarde, y no había nadie presente, pues no llamo persona á la chiquilla de Calderón, que iba y venía por la estancia tirando de una muñeca amarrada por el pescuezo, imagen exacta de mi situación espiritual, pues á ratos, en estos tristes días, me parece que un demonio me echa una soga al cuello y se divierte tirando de mí y apretándome sin ahogarme.
Mi prima no puede ocultar que ha tenido insomnios, malísimos días y peores noches, y que su ánimo está profundamente perturbado. Sin duda no posee la santidad en grado tan alto como su marido, ni sabe sobreponerse á las miserias humanas. Está mustia la pobrecita, ojerosa; la mirada se le extravía, se le pierde. Cierto que trata de disimular, echando un nudo á los suspiros que del pecho se le quieren salir; pero no puede lograrlo. Si te digo que está más guapa que nunca, no lo creerás seguramente, aunque supondrás que esto es efecto del amor que me inspira. Veo que te ríes. ¿No habíamos quedado, dirás tú, en que todo aquel amor se trocó en aborrecimiento de lo más fino? Bueno: pues te contesto que estas cosas se dicen muy pronto, pero rara vez son la expresión de la verdad. Nada nos engaña tanto como el desarrollo de nuestros propios afectos en los casos graves de la vida. Suele suceder que nos equivoquemos, como chiquillos que empiezan á vivir, y que amemos más cuando creamos odiar, ó viceversa. Ello es que la encontré aquel día guapísima, y sentí que las energías de mi carácter se debilitaban lastimosamente ante ella. Pero me callo, por ahora, todo lo que al buen Cupido se refiere.
Lo que mi prima quería de mí, bien lo calé desde que empezó á hablarme. Ya puedes figurártelo: que me dejara de averiguaciones, pues lo que resultaba de ellas era espesar más la atmósfera de dicharachos y mentiras. Para decírmelo, empleó mil circunloquios hábiles, reconociendo la bondad de mi intento, mi amor á la familia, etc., etc... Por mi parte, le hice ver que yo no perseguía la verdad para hacerla pública; que si lograba adquirirla, la guardaría en mí como el secreto más delicado de mi vida. Bien podía ella, pues, revelármela, que yo la oiría como un confesor y la encerraría en mí como en un sepulcro. Á estas insinuaciones que expresé con calor y casi con elocuencia, contestóme la taimada negándolo todo en redondo. No tenía absolutamente participación ni responsabilidad en aquel asunto. Ni Federico fué su amante, ni ella faltó á sus deberes con aquél ni con nadie. Todo calumnia, novela mal pensada y peor escrita, obra de los desocupados, de los que envidiaban la dicha de su hogar, de los que, por vivir depravadamente, no perdonan la honradez de los demás. Era, pues, completamente ajena á las causas de la muerte de aquel buen amigo de la casa, y no sabía si se mató ó le mataron, ni quería meterse en indagaciones.
Díjele que no pusiera á prueba mi respeto á su persona; que podía ser inocente de la muerte de Viera; pero inocente de amarle y de tener con él trato secreto... eso, que se lo contara á otro, pues yo tenía datos bastantes para formar mi opinión sobre el particular. No se dió á partido, y negaba, negaba con una insistencia que me volvía loco.
Después examinó, riendo con forzado humorismo, las distintas versiones. La de su amiga, la marquesa de San Salomó, fué tratada con sarcástica frase. «¿Y es posible que tú seas de los que han creído que yo le maté, yo...? ¿que mis manos...? Vamos, esto sería la mayor de las indignidades, si no fuera grotesco.» Pero las interpretaciones que más la irritaban eran aquéllas en que se incluía al buen Orozco en la trama, dándole el papel de matador, bien directamente, bien valiéndose de un asesino mercenario. ¡Qué estúpida monstruosidad!
Viendo que de nada me valía la argumentación seca, apelé al sentimiento; traté de halagar su amor propio, diciéndole poco más ó menos lo que escribo á continuación:
«No sé por qué vacilas en confiarme tu falta. ¿Crees que desmerecerás á mis ojos, que perderás mi estimación? No, porque falta y aun crimen de amor, de verdadero amor, no merecen más castigo que el amor mismo, el cual es bastante penitencia. Si un sentimiento vivo se ha sobrepuesto á tu voluntad y á tus deberes legales, ¿qué remedio hay más que perdonártelo? ¿Y cómo no había de perdonártelo yo, que peco de amor por tí; yo, que también he faltado á la ley, aunque sólo con la intención? Si yo me absolví de mi falta intencional, ¿cómo no absolverte de la tuya, aunque haya sido menos inocente? Yo tengo cierto derecho á saber tus penas para consolarlas; deseo ardientemente que arrojes sobre mí las cargas que abruman tu conciencia, porque te quiero con locura, y no vacilaría en perder por tí, si preciso fuera, no sólo la paz del alma, sino el honor y cuanto me liga á la sociedad. Si alguien hay á quien debes confiarte, soy yo, porque te amo; y para que no achaques á egoísmo lo que te pido, declaro amarte sin esperanza, y estoy convencido ¡esto sí que es triste! de que no me correspondes ni me corresponderás nunca. Me inspiraste una pasión loca, y te la declaré, ignorando que amases á otro, ó dudándolo al menos. Ahora, sabedor de que amaste al pobre Fritz, no se me oculta que la pasión aquélla no puede repetirse ni heredarse. Pero ya que no puedo pretender llenar en tu corazón el hueco que ha dejado quien ya no existe, aspiro á ser tu mejor amigo, tu consejero y á poseer tu confianza. Yo te consolaré; yo sabré, como nadie, respetar tu soledad, tu pena inmensa, que por mucho tiempo ha de resistir á todas las tentativas de consuelo.»
¿Qué te parece la perorata, que no sé si he copiado con exactitud? Fastidiosa, ¿verdad? y hasta un poquillo cursi. Pues así y todo, le hizo un efecto atroz. La ví conmovida; sus ojos se humedecieron, y no pudo contener algunas lágrimas. Yo callé, creyendo que el llanto sería precursor de la espontaneidad que deseaba.
Observé que hacía esfuerzos por tranquilizarse y ser dueña de sí. Se enjugaba los ojos, comprimía su emoción para no dejarse vender por ella, y me dijo esto, que me impresionó vivamente:
«Soy muy desgraciada... no lo sabes tú bien. Tenme mucha lástima, porque de veras la merezco.»
Le acaricié una mano, sin que tratara de impedirlo. Lejos de hacerlo, me abandonó la otra, como persona en quien la necesidad de consuelos se sobrepone á toda consideración. Le repetí mis deseos de ser su amigo, de consagrarle mi vida y una intención moral incesante, y no se escandalizó, ni mucho menos. Al contrario, mostróse agradecida, hondamente afectada.
Pero de súbito noté en su fisonomía y en su entrecejo no sé qué severidad, algo que provenía de un sentimiento de orgullo, el cual se posesionaba de su alma tras un momento de flaqueza; y poniéndose en pie y apartándome de sí con cierta sequedad ceremoniosa, me dijo:
«Seremos amigos; pero á condición de que no me preguntes nada, de que no indagues absolutamente nada, ni de los demás ni de mí.»
Quise contestarle; pero me impuso silencio. Imposible desobedecerla: de tal modo imperaban su gesto y su voz sobre mí. Y aún hubo más. Dió por terminada la conferencia, mandándome que me retirara... Otro día hablaríamos más: así lo dió á entender. ¿Qué había de hacer yo más que someterme ciegamente á su caprichosa voluntad?
Pasé malísima noche, sin poder apartar de mí la imagen y las palabras de esta endiablada mujer, que, si no me engaño, va á volver loco á tu amigo, si es que no lo está ya de remate. Y mira tú qué cosa tan rara: piensa en el enlace misterioso de las palabras con los afectos en esta arrastrada vida humana, tan fecunda que cuantas más cosas peregrinas ve uno en ella, más le quedan por ver. Pues empecé á dirigirle aquellas frases amorosas que te he copiado, como quien emplea un argumento capcioso; se las dije, persuadido de que no decía la verdad, y al concluir, sorprendíme de ver que mi corazón respondía á todas aquellas retóricas con un sentimiento afirmativo. Nada, Equisillo, que toda la noche y al día siguiente estuve en brega con mis potencias cerebrales, dudando de lo que sentía, y concluyendo por declararme que esa mujer me tiene embrujado; que mientras más me esconde su secreto, más impelido me siento hacia ella, y que si me convenciera de que fué realmente matadora, más la querría, no vacilando en someterme á la prueba de ser muerto por su mano, con tal que antes... No sigo, porque te alarmarás, creyendo que ya no tengo remedio. Abur, tonto.
XXXIX
_20 de Febrero._
Emociones, más emociones. Ante todo, puedes llegarte á Zaragoza ó venirte á Leganés, y mandar que me vayan preparando una jaula con los barrotes bien fuertes, porque estoy... ya lo irás viendo.