La Incógnita

Part 16

Chapter 164,229 wordsPublic domain

En la misma Peña corría otra variante, en la cual Orozco no figura sino como impulsor del crimen, por medio de un asesinato mercenario. Este esperó á Federico cuando salía, y _pim_, _pam_. El principal sostenedor de esta historieta asegura que un amigo suyo, al pasar á las nueve de la noche por la bocacalle que da ingreso al vertedero, vió á un hombre de mala traza, y que á las diez le volvió á ver. Esto del matador pagado me parece todavía menos aceptable. Que Orozco matara, puede ser, aunque yo no _siento_ el acto, ¿me entiendes?, no hay en mi ánimo ese movimiento íntimo de fe que nos lleva á la convicción. Pero lo de comprar un asesino me parece contrario á toda lógica. Orozco no es capaz de eso.

Completaré estas noticias diciéndote que he tratado de hacer hoy, en la que llamaremos casa del crimen, algunas indagaciones. La casa, que es de construcción reciente, no tiene más que dos pisos, bajo y principal, y dos cuartos en cada uno de ellos. El principal de la izquierda y el bajo de la derecha están con papeles. Me inclino á creer que el bajo izquierda es el lugar nefando. Interrogo á los porteros; pero no he visto gente más discreta. Les ofrezco gratificación; les hago comprender que no soy de la curia, que no se les seguirá perjuicio por las revelaciones que me hagan, y nada. Tranquilos y confiados, ni aceptan mis dádivas, ni me dan ninguna luz. Ó son inocentes, ó están vendidos ya. Me inclino á creer esto último. Enseñáronme los dos cuartos vacíos, en los cuales todo indica que no han sido habitados aún. En el principal vive un procurador, con señora y la mar de chiquillos; en el bajo de la izquierda, objeto de mis sospechas, hay un almacén ó taller de muebles, de éstos que se anuncian en Madrid como almonedas. Entré; no se podía dar un paso, porque todo está obstruido con sillerías en blanco, butacas apiladas, sofás patas arriba. En el centro de la sala, llena de mil trebejos, y donde se masca el polvo del pelote y se le enredan á uno los pies en las sartas de muelles de acero, dos hombres trabajan en tapicería. La mujer que me enseñó el establecimiento, y á quien intenté hacer cantar ofreciéndole con habilidad buena recompensa, se ofendió de mis insinuaciones. Su altanería desdeñosa me pareció sincera ó muy bien fingida. Á pesar de tantas señales contrarias á mi idea, no sé por qué insisto en pensar que aquellas paredes encerraron lo que yo presumo y Dios sabe.

Por lo demás, como adquisición de conocimientos reales sobre este problema, no he adelantado nada. La obscuridad es mayor cada día, el vértigo crece, la razón se apaga, y si de ésta no me vuelvo loco, creo que tengo asegurada mi cordura por todo el resto de mis días.

Hasta mañana, y dime algo, ilumíname. Á veces el que está lejos de los acontecimientos ve más y mejor que el que los toca con sus narices. Dime cuanto se te ocurra, que por disparatado que sea, no ha de llegar á las gárrulas novelas que se forjan aquí. Adiós.

XXXV

_14 de Febrero._

Allá va otra.

De seis ó siete versiones recogidas en el Casino, elijo la que tiene más prosélitos. Orozco es eliminado de esta hipótesis, y no figura para nada en el crimen. En cambio, aparece otro personaje que nadie sabe quién es: un segundo amante de la desgraciada Augusta. Cómo se determina la participación en el drama de este nuevo elemento, es cosa que cada cual explica á su modo, con criterios y puntos de vista originalísimos. Algunos atestiguan y refieren el lance como si lo hubieran visto. Uno de los presentes sostiene que Augusta entró en la casa con el desconocido á eso de las nueve y media. Las once serían cuando entró Federico. «¿Pero usted le vió?» Á esta pregunta te contestan: «Yo no le ví; pero me lo ha contado Vargas.» Cuando llega el llamado Vargas, que es un _sportman_ y _ciclista_ muy conocido, se le interroga con toda solemnidad; pero resulta que él no vió nada, sino que se lo dijo un amigo, capitán de infantería, el cual se marchó ayer á las Baleares. ¡Alabado sea Dios! Danme ganas, querido Equis, de ponerme en marcha inmediatamente para Mallorca, á fin de evacuar esta cita. Pero lo pienso mejor, y me quedo. Lo referido á Vargas por su amigo es que la señora (falta averiguar si el tal capitán la conoce, ó si, habiendo visto entrar en la casa á otra mujer, da en creer de buena fe que era la persona de quien tanto se habla hoy) llegó en coche simón con un sujeto, del cual no puede decir sino que tenía barba larga y rubia. «¿Era alto?—Más bien alto que bajo... bien vestido.» En seguida empieza la tarea sabrosa de personalizar este dato, y unos en serio, otros en broma, le cuelgan el muerto á varias personas conocidas, entre ellas á tu amigo Bueno de Guzmán, el cual no vuelve de su asombro al encontrarse con que es la auténtica _tía Javiera_ del asesinato de Federico. Bromas aparte, esta versión la tienen muchos por aceptable, y alguien la cree como el Evangelio. Varían las apreciaciones respecto al desconocido: quién le tiene por caballero ó persona de nuestra clase, quién por hombre ordinario. Un primito de Villalonga, de éstos que, cuando se habla de acontecimientos misteriosos, se pirran por ser á todo trance testigos presenciales, jura y perjura que hace dos semanas próximamente, á eso de las once de la noche, vió á la de Orozco por calles extraviadas de Chamberí paseando del brazo de un hombrachón que no le pareció caballero. _Por cierto que le chocó._ Da las señas: alto, fuerte, con barba rubia y larga, ropa holgada y de feo corte, aspecto extranjero, como de maquinista ó jefe de alguna industria. En fin, ya puedes figurarte lo que vería el muy lince. Primero se deja matar que sufrir el desaire de no haber visto alguna cosita.

Y qué, ¿crees tú esto? Yo no lo acepto, ni en absoluto lo rechazo, pues la misma confusión en que estoy me obliga á admitir todo lo humanamente probable, y á no poner puertas al campo inmenso de la fragilidad femenina. Anoche pensé bastante en el hombre misterioso y barbudo, alto, grueso, como le describió aquel demonio de chico. Francamente, no caigo en quién pueda ser. Casi, casi me decido á eliminarle, como un fantasma intruso, de la serie de hipótesis razonables.

Pues verás ahora la más salada. En casa de la de San Salomó hay paráfrasis para todos los gustos. Pero la marquesa tiene una suya, que no confía sino á ciertos amigos de mucha confianza, siempre con la nota marginal de que lo sabe por el conducto más fidedigno. Te transmito el dicharacho de la ilustre dama sin quitar punto ni coma: «Pues yo sé la verdad, la pura verdad. Crea usted que esto es lo auténtico. Se lo diré á usted si me promete guardar el secreto, y le advierto que la persona que me lo ha dicho lo sabe... vamos, lo sabe como si lo hubiera presenciado. Ni Orozco ni hombre alguno tienen culpabilidad. Ella, ella fué quien le mató por celos de la Peri. Hace días que venían las cosas muy tirantes: cada cita era un altercado. No, no lo dude usted, que esto es como el Evangelio. Se sabe dónde compró el revólver; se sabe que á un amigo íntimo (que no puedo nombrar... usted considere) le confió su propósito de matar á Fritz. Pero qué, ¿no cree usted en las mujeres que matan? Aquella noche fué grande la marimorena. Augusta disparó, y le atravesó el hígado, y el estómago, y el espinazo, y la vejiga, y no sé qué. Salió el pobrecito y fué á caer en el sitio donde le encontraron.

—Pero, señora, ¿y la herida en la frente, que es la mortal de necesidad?—objetan todos los que oyen versión tan chabacana.

—No hay tal herida en la frente—responde imperturbable la marquesa.—Es usted un cándido y un tragabolas. El forense, el mismo forense (bajando mucho la voz) ha dicho á un amigo mío, á quien no he de nombrar, que no había tal herida, y que eso se puso en el informe pericial para dar por probado el suicidio. Créame: lo que le cuento á usted es lo que pasó... ¡Ah! el enderezar este entuerto les cuesta un pico á Orozco y á don Carlos.

—Pero, señora, permítame usted que ponga en duda...

—De incrédulos está el infierno lleno... Digo lo que sé, y sólo añado, amigo Tal, que esto se queda entre usted y yo. No vayamos ahora pregonándolo por ahí. Pero créalo... créalo y cállese.»

Esto me lo contó el _Catón ultramarino_, el cual ni lo creía ni callaba, y por su cuenta y riesgo, después de oir á _tirios_ y _troyanos_, dióme también su versioncita. Orozco sorprende á los amantes... (se da por supuesto que no hubo tal viaje á las Charcas); Augusta se echa á los pies de su marido y le pide perdón. ¡Ah, oh! Federico, siempre orgulloso, desafía al marido. ¡Oh, ah! Este saca un revólver, y alargándoselo al otro, le dice: «No, aquí quien debe morir eres tú. Si hay en tu alma una chispa de sentimiento del honor, ya sabes lo que tienes que hacer.» Al otro le parece la fraterna muy puesta en razón, coge el arma, y pim, pum...

¿Querrás creer, Equisillo, que no dormí en toda la noche, pensando en esta interpretación, en la cual veía no sé qué lejanos vislumbres de certeza? Pues aguárdate un poco. Hoy por la mañana salí decidido á comprobar la coartada de Tomás; bajéme á la estación del Norte, y con el testimonio del jefe, de varios empleados y del inspector de la Sección, puedo afirmar, sin ningún género de duda, que Orozco y Malibrán estuvieron en las Charcas toda la noche del 1.º al 2 de Febrero. Como que el inspector les acompañó, y cenaron juntos, y estuvieron charlando hasta las doce, hora en que se acostaron los tres, en una misma habitación por más señas, pues los alojamientos en aquella finca dejan mucho que desear. El inspector me merece crédito. Mas no satisfecho aún, cojo el tren, me planto en las Charcas, y compruebo aquel testimonio con los del jefe de las Zorreras, de los guardas del monte y de la mujer que tienen allí para hacer la comida á los cazadores. En fin, chico, que la coartada de Orozco es un hecho incontestable, y que probándola he quitado al problema un gran elemento de confusión.

Más noticias. En los corrillos del Congreso, á donde voy ahora lo menos posible, también he oído cada catálogo que canta el misterio. No te los cuento para no trasladar á tu cabeza la olla de grillos que tengo yo dentro de la mía. Joaquín Pez me dijo hoy con mucho sigilo: «Tengo un gran dato, amigo Infante, que arroja mucha luz. Me ha dicho el marido de la sobrina de la nuera del forense... ya ve usted que el conducto no puede ser mejor... me ha dicho que, comiendo ayer el forense en casa del hermano de la cuñada de su primo, dijo esto: «la herida del costado es de homicidio; la de la frente de suicidio.»

—No es mal dato—le contesté,—si resulta cierto. Mas para comprobarlo, necesitamos recorrer ese laberíntico rosario de la nuera del hermano del tío de la sobrina... Verá usted, amigo Pez, cómo, al llegar al forense, resulta que el buen señor no ha dicho esta boca es mía.»

Esta y otras especies corren por allí, cuando no hay asuntos más graves de qué tratar. Los periodistas, justo es decirlo, si son los más fecundos en combinaciones novelescas, parecen haberse propuesto no lastimar á la familia Orozco. Si el _reportismo_ y la fiebre de la noticia les inducen comunmente á explotar cualquier asunto que dé saborete y picor de escándalo al papel de la mañana ó de la tarde, basta una indicación amistosa hecha en estos pasillos, para poner coto á las reticencias contra personas respetables, sobre todo si éstas son de las que, por no mezclarse en política, están libres de odios personales ó colectivos. Por tal medio, fácil ha sido conseguir que los nombres no aparezcan en letras de molde. Esto no significa que los estragos de la opinión no sean grandes, porque al barullo anónimo de la prensa se une el _reportismo_ oral, que es más difusivo, más penetrante, y tiene entre nosotros increíble fuerza. La cháchara verbal destruye las reputaciones privadas y públicas más pronto y más eficazmente que la cháchara escrita... Antes que se me olvide: un periodista me reprodujo esta noche la opinión aquélla del forense sobre la naturaleza de las heridas; pero á la inversa de como me la transmitió Joaquín Pez, es decir, que la herida de la frente era de homicidio, la del costado de suicidio. Respecto al origen de la noticia, diómela por auténtica y autorizada á no poder más. Lo había oído él mismo, la noche anterior, en la tertulia de no sé qué ministro, de boca de un respetable sujeto de la curia. Con que ve tomando notas, y acaba de volverte loco como tu corresponsal y amigo.

El cual anda ahora tan sin brújula, que no sabe por dónde va, ni se entera de lo que ocurre en las filas parlamentarias. ¿Querrás creer que estos días ha votado el buen Infante no sé cuántas leyes, y ha dicho sí ó no en multitud de resoluciones, sin tener conciencia clara de sus actos legislativos?... Soy un simple número, una energía mecánica, inconsciente; voy con la masa, á donde la masa va. En mi oído suena el run-run de las votaciones, y presiento que hemos hecho la dicha del país con leyes como la de Enjuiciamiento criminal, y las de Acuñación de plata, del Trabajo de los niños en las fábricas, de Rectificación de listas electorales, etc... item más con multitud de ferrocarriles que raudos cruzarán el patrio suelo en todas direcciones. Me convenzo, por lo que oigo decir, de que he votado todas estas cosas tan buenas, y estoy dispuesto á votar la transubstanciación del Verbo si me la ponen delante. No me pidas cuenta de nada, ni aun del olvido en que tengo los asuntos del infame distrito. Si murmuran de mí en esa tierra de maldición, hazme el favor de decirles que ahí me las den todas. Les odio con toda mi alma, y deseo que el cielo les aflija con mil calamidades, sequías, riadas, pedriscos y ciclones, y un terremoto de añadidura; que no quede en pie ni casa ni árbol; que pasen á mejor vida todas las reses, inclusos los caciques del pueblo, y que la tierra sea infecunda y no produzca ni un solo ajo. Abur.

XXXVI

_16 de Febrero._

He aquí que me presento en casa de la Peri, con ánimo de tener con ella la conferencia que vivamente deseo.

Y la hechicera quiere echarme las cartas, rasgando con su dedo de rosa el denso velo del porvenir... ¡atiza! Mas yo se lo quito de la cabeza, abordando el asunto que me hace penetrar en aquel mágico santuario de la... permíteme que no acabe la frase.

Y Leonorilla pone unos morros muy... no sé cómo, apresurándose á variar la conversación. Y he aquí que, burla burlando, cuéntame que ha reñido con el malagueño pollo, de rizada crencha, y echádole de su casa por las escaleras abajo. Es un chulapo, un indecente, un marica y un qué sé yo cuántos. Alabo su juiciosa resolución, añadiendo que el tal mancebo me es bastante antipático, y que ella se merece más, mucho más, por su buen corazón y sus sentimientos hidalgos y generosos. No recuerdo bien si dije lo de hidalgos y generosos; pero algo así, ó poco menos, fué lo que brotó de mis autorizados labios.

Perdona la falta de formalidad con que te escribo; pero mi espíritu se inclina ya á tomar en broma todos los asuntos y á hacer chacota de lo más grave, porque no hallando juicio ni seriedad en parte alguna, las ideas se me vuelven chirigotas, y las rigideces de mi voluntad se convierten en dislocaciones de payaso.

Pues he aquí que, á poco de interrogar á la Peri, me encuentro su sinceridad tapiada á piedra y barro. No es la misma mujer que ví días antes; ahora es toda reserva, medias palabras, y una discreción bien poco en armonía con su oficio. Total, que Leonor no sabe jota; le falta poco para decirte que no conoció á Federico. Se ha vuelto completamente ignorante de lo que éste hizo en los días que precedieron al crimen. No le consta que ganara ni que perdiera al juego; no le consta que tuviera amores con ésta ó la otra dama; no se ha enterado de cosa alguna, ni hay medio de arrancar á su bonita boca una sola frase que ilustre el asunto. Excuso decirte que observar esto y desilusionarme de ella, fué todo uno; más claro, que en un instante se me borró del espíritu la fascinación que me había producido su fidelidad hacia el pobre muerto, y el sentimiento que mostrara el triste día de la autopsia. Aquí tienes cómo se desvanece una pasión, nacida tan de improviso, y de improviso trocada en desvío, suspicacia, lástima ó no sé qué.

Pero espérate, que falta lo mejor. En ella se determinó el fenómeno contrario; quiero decir, que en el momento en que yo me apagaba, como luz á la cual se da un soplo, ella se encendía súbitamente, como si la llama pasara de mi sér al suyo por arte milagroso. Vamos, que le estaba yo haciendo tilín, un tilín tremendo, según me manifestaron sus ojos flecheros y sus actitudes insinuantes. En fin, que á la media hora de conferencia empezó á hacerme cucamonas, y yo, frío y completamente desilusionado, dí en dejarme querer, imaginando que por aquel camino podría romper la reserva en que la muy bribona se había encerrado, metiéndose también á diplomática.

Las garatusas iban en _crescendo_ alarmante: díjome que soy muy simpático, que se le alegra el alma cuando me ve, y que le da el corazón que íbamos á ser amigos, pero muy amigos. Yo apoyé estas enamoradas razones, y en la confianza que rápidamente se estableció entre nosotros, pude obtener algún indicio de su cambio de conducta. «Mira, monín—me dijo tuteándome ya y tirándome de las orejas,—yo no me meto con la justicia. Desde el momento en que han querido liarme á mí también en esa muerte, me he plantado, chico, y ya no sé nada, ni estoy en autos de lo que aquél hacía ó dejaba de hacer. En fin, que no toco pito, ¿sabes? Eso le dije á ese tío de juez, y eso te digo á tí, que también andas por ahí buscándole tres pies al gato. Si quieres que seamos amigos, echemos tierra, mucha tierra. El pobrecito está en la sepultura, y de allí no le han de sacar tus diligencias, ni las mías, ni las de nadie. Hoy le he mandado decir cuatro misas: créete, eso es lo que ha de valerle para la otra vida, y no las averiguaciones en ésta. Que si fué suicidio, que si no; que si le mató tal ó cual mano... Mira, nada importa esto para su alma, que debe de estar ahora en el Purgatorio por ciertos pecadillos; aunque yo pienso que la soltarán pronto, pues era bueno y leal como ninguno, más honrado que el sol, y caballero hasta por encima de la coronilla. Créeme á mí y déjale ya en paz al pobrecito.»

Se conmovió un poco al recordar á su amigo, añadiendo con dolorido acento que otro como aquél no volvería á tener en su vida. Esto picó mi amor propio, y me propuse para la vacante de aquella amistad, que se me pintaba como tan acendrada y pura. Leonor rechazó la propuesta, dándome á entender que Federico era insustituible; que siendo yo muy bueno, no concurrían en mí las circunstancias especialísimas que hicieron de la amistad del otro un lazo ininteligible para los que no estaban en el secreto.

Por más empeño que puse, ya fingiendo cariño, ya recurriendo á mil arbitrios dialécticos, no conseguí que me explicase qué clase de relaciones ó tratos constituían aquella amistad. En este punto su reserva fué impenetrable, y no vacilo en reconocerlo, tenía ciertos asomos de dignidad, impropios de su vida relajada. Púsose muy seria, y examinó muy detenidamente sus rosadas uñas, para decirme: «Siento haberte hablado algo de esto, y si pudiera recogerlo lo recogería, como hacen los de las Cortes cuando se les escapa una barbaridad. Lo que pasaba entre Federico y yo es cosa _particular_ nuestra, tan _particular_, que si quieres que yo te quiera, has de coserte la boquita y no hacerme preguntas, porque te planto en la calle, como he plantado á ese puerco del pollo malagueño, que maldito sea y toda su casta.»

¿Qué te parece? Lo peor del caso es que no puede uno menos de respetar estas delicadezas... _particulares_, que tal vez tienen un origen espiritual y elevado. ¿Creerás que, hablando de ello, mi impresionabilidad hizo de las suyas, y volví á ilusionarme unas miajas con la persona física y moral de aquella mágica hembra? Entre mil cosas que dijo, hubo una que me dejó pasmado. «Y no te creas que le vas á sustituir, porque te juro por estas cruces que el vacío que ha dejado aquí en mi alma aquel buen amigo, no se llenará jamás, aunque yo viva cien mil años y medio, porque no ha nacido el hombre que lo pueda llenar. Con que ya lo sabes, y basta de matemáticas.

—De modo—le dije entre risueño y meditabundo,—que cuando yo pensaba que venía á heredar al pobre Federico, resulta que heredo...

—Á ese mequetrefe, á ese lameplatos, á ese gatera—replicó sin dejarme concluir.—Ya ves si soy franca. Yo pongo todo el corazón en la boca, y enseño todo mi natural, todo, todo, menos una parte que se me queda dentro. Soy yo muy desfachatada, muy abierta, muy frescota; pero también muy _acá para mí_. Entrego al que habla conmigo las llaves todas de mi natural, menos la de un cuartito reservado, que ya no se volverá á abrir, porque se mudó el inquilino. ¿Estás en lo que te digo? Eres ahora mi caprichito; me gustas; te quiero; me haces ilusión. Durará dos meses, tres, un año; puede que menos, puede que sólo dure ocho días; pero si me quieres, si te gusto, tómame tal como soy. El día que me canse te lo diré. Yo no sé fingir. Ahora me da por echarte los brazos; mañana te pegaré una coz. No te rías: doy coces cuando me ahíto de un hombre, y al pollo le eché á la escalera, dándole así, con el pie para atrás, hasta que se me quitó de delante.»

Hágome cargo de tu asombro al leer estas tonterías. No creas que quito ni pongo nada. Estaba monísima la tunanta aquélla, que no por ser quien es, deja de tener en su carácter algo que admirar debemos, aunque uno se proponga no admirar nada, salvo la belleza corpórea, tratándose de hembras de tal clase. Verás ahora el complemento de la escena de ayer, que quisiera referirte con todos sus pormenores, por la lección que encierra y los horizontes que abre al conocimiento de las cosas humanas. Al pasar de la sala al gabinete, ¡oh sorpresa! me veo colgado de la pared un soberbio tapiz. Al punto se me iluminó la mente, y lo reconocí; ¿pues no había de reconocerlo?

«¡Ah! bribona, ya te has caído—le dije abrazándola por el cuello, mientras ella me abrazaba por la cintura.—Ya te cogí. Ese tapiz te lo ha dado mi padrino. Si lo conozco, si lo he visto allí mil veces. Es flamenco, cartón de Rubens ó Jordaens, y de los repetidos, que él guarda para sus cambalaches. No me lo niegues: te lo ha dado en pago de tu silencio, quizás para que prestes una declaración falsa, asegurando al juez que Federico perdió grandes cantidades á la ruleta en los días anteriores á su muerte. Vamos, confiésamelo todo. ¿Somos ó no amigos? Ello ha de quedar entre nosotros.»

¿Cómo había de negármelo? Ni siquiera lo intentó. Desconcertada primero ante mi brusca interpelación, pues ya no se acordaba del tapiz, pronto se echó á reir, confirmando con cuatro palabras lo que yo expresé, no sin añadir algunas explicaciones.

«Me lo dió Cisneritos, es cierto... Ya sabes que es mi amigo desde que tomé la alternativa. Yo se lo había pedido muchas veces, y siempre me lo negaba el muy perro. Pero estos días... Te contaré: lo que él quiere es que yo me calle, no que declare eso que tú supones. Al juez le dije que no sabía una palabra. Porque verás... si yo hubiera boqueado más de la cuenta, podría armar un lío de mil demonios. ¿Pero qué se saca de deshonrar á una familia respetable? Hazte cargo. Lo que quiero es que me dejen tranquila, y no me traigan ni me lleven. Te diré otra cosa: Cisneros pensaba que yo tenía cartas de Federico ó papeles de compromiso para alguien... Le traje aquí para que viera que no hay nada. Me registró todos los muebles como un celoso. En fin, que ese viejo marrullero me estuvo mareando dos días, y yo le dije, digo: «Ahora sí que me he ganado el tapiz.» Vamos, que me lo dió, á condición de que me volviera muda, y no declarara en substancia cosa ninguna, guardándome mucho de esos trompeteros de periodistas. ¡Qué odio les tiene! Pues, la verdad, yo, como todo el mundo, me había compuesto mi novelona para embocársela á los de mi tertulia.

—¿Y cuál era tu novela?