Part 15
Esta noticia del juez, adquirida y comprobada por mí el día antes, es el resorte que, debiendo ser expuesto al principio, reservaba yo para encajártelo al promedio de mi entrevista con Cisneros. Con este recursillo pensaba yo construir artísticamente la narración para jugar con tu curiosidad; pero, chico, se me ha escapado antes de tiempo, y yo no borro nada de lo escrito. En rigor, debo preferir el orden lógico del relato á las triquiñuelas del oficio narrativo, que no son para usadas por aprendices.
Pues bueno. Cuando le encajé á mi tío lo del juez, se le descompuso la cara y montó súbitamente en cólera, diciéndome:
«Y tú, ¿qué sabes de eso? Mira, mequetrefe, te echo de mi casa, y no vuelves á poner los pies en ella. Veo que en tí no hay sentimientos honrados. Has dicho un embuste, una tontería, una estupidez, sí, señor.»
No sé las atrocidades que de su boca salieron; pero no negó que hubiese conferenciado con el juez. ¿Y cómo negarlo? Había perdido por completo la serenidad, y yo la conservaba. Iba y venía agitadísimo, de un ángulo á otro de la habitación, recogiéndose los faldones de su bata arqueológica. Á lo mejor, el enfurecido viejo daba puñetazos en todo lo que cogía por delante, fuera cofre, vargueño ó mesa de mosáico. Fíjate en lo que decía:
«Llegará ocasión, si seguimos así, en que no pueda uno salir á la calle. Esto da náuseas. ¡Cuánta inmundicia en esa opinión! ¿Pero qué opinión ni qué...? Decididamente, yo le rompo el bautismo á alguien... lo que no quiere decir, entiéndelo bien (parándose ante mí y amenazándome con el puño), que yo crea que el mundo es bueno. Manolo, créeme, vamos á un cataclismo. La sociedad no puede seguir así. Sus bases, las célebres bases de que hablan tanto esos papeles inmundos, hacen _crac_, _crac_. El matrimonio se hunde, las instituciones políticas y religiosas se desmoronan. ¡Ejército, Iglesia, Magistratura, pilares podridos que sólo aguardan un encontronazo para caerse! Sí, Manolo, Manolito, tiene que venir un mundo nuevo... pero lo que digo: aunque sé que ese mundo nuevo ha de venir, y vendrá, no lo dudes, por el momento yo tengo ganas de dar un par de guantadas á esos que hablan de lo que no les importa, á los que acusan á las personas formales de crímenes ilusorios... Por lo mismo, hombre, por lo mismo que la sociedad está haciéndose polvo, quiero yo desahogarme... ¡Ah!... ¡qué tropa, hijo!... ¡Cuidado que permitirse reticencias contra mi adorada Tinita!... ¡Vamos, esto es el colmo de la desvergüenza y de la...! Por supuesto, yo reconozco que el mundo es un presidio esférico. El pecado, el mal son su dueño absoluto; pero la honradez y la pureza existen, ¿pues no han de existir? Hombre, aunque sólo sea como término imprescindible de comparación. Pues bien: yo te digo que estas atrocidades que cuentan ahora de la familia Orozco, son injustas y calumniosas... Yo estoy que trino; y si quieres que tu padrino te quiera, sal por ahí, y al primero que te suelte una alusioncita le rompes todas las muelas.
—Amigo don Carlos—le dije,—yo creo que debemos callarnos, pues ignoramos la verdad.
—Manolo, eres un cobarde... y tendré que arrojarte de mi casa.
—Me marcharé, si usted se empeña; pero no sin decirle que la versión judicial respecto á la muerte de Federico me parece absurda.»
Aquí viene bien indicar que aquella mañana misma me dijo el escribano que de la sumaria no sale nada en que se pueda fundamentar el homicidio. La justicia opina que Federico se dió la muerte á consecuencia de grandes pérdidas en el juego. Las diligencias continúan, sí, pero encarriladas ya en una dirección de la cual no se desviarán.
«¿Y en qué te fundas tú—me dijo Cisneros plantándoseme delante con aire jaquetón,—para creer que la versión judicial es absurda?
—En que me consta que Federico no tuvo pérdidas en los últimos días, sino grandes ganancias.
—Quita allá, tonto. Pues cualquiera prueba que hubo esas ganancias. Y aunque las hubiera... ¿qué significa eso? Vaya una manera de argumentar.»
Sin duda estaba el buen señor enteramente trastornado, ó á dos dedos del trastorno, porque de improviso mudó de acento y de expresión, y echándome el brazo al cuello, me dijo:
«Ven acá, tontín, carísimo ahijado mío... ¿Para qué te metes en lo que no te importa? ¿Qué averiguaciones son esas sin contar conmigo, que tengo más arte del mundo que tú? Entendámonos, y obremos de común acuerdo. De tí para mí, podemos comunicarnos nuestras impresiones. Lo que tú sepas, lo que pienses ó sospeches acerca de esta tremenda chiquillada del pobre Federico, confíamelo á mí, y yo con mi experiencia te daré la pauta lógica de los hechos. Cuéntame lo que hayas oído por ahí. ¿Te ha dicho algo la Peri? ¿Qué se habla en el Casino y en la Peña de los Ingenieros? Yo quiero saberlo. Es que... te diré: me gusta enterarme de los diferentes aspectos de la malicia humana, de todas las enfermedades de la opinión, porque la opinión es una pura gangrena, ¿sabes?... Mala es la sociedad; pero la opinión, hijo mío, esa gran charlatana, merece ser tratada como la última de las mujerzuelas.»
Nunca le había visto tan fuera de su centro. En él luchaban las ideas que constituyen lo más típico y lo más agradable de su personalidad, con la obligación de aplicar á un hecho real criterio distinto del que siempre usa; luchaba también en su ánimo el afán de conocer la verdad con la vergüenza de ver mezclado el nombre de su hija en aquel drama incomprensible. El traqueteo de esta lucha; los brincos que daba su ingenio enzarzándose con su conciencia; los chillidos que á veces salían de lo más hondo de ésta; las ansias de la curiosidad; los bramidos del orgullo, queriendo sostener la idea pesimista por encima de todo, producían un zipizape espiritual que me hizo muchísima gracia. Créelo: me costó trabajo no echarme á reir, pues á veces se me representaban los sentimientos y las ideas de mi padrino como gatos que se arañaban y se mordían en furiosa reyerta. Llegué á creer que le daba un ataque de nervios, porque el pobre señor, en aquel ir y venir, parecía que bailaba ó que hacía volatines. Procuraba yo tranquilizarle, y al fin conseguí que se tendiera en un sofá. Al cambiar de postura, varió de tono. Habías de verle y oirle.
«Te confesaré una cosa: tengo un amargor en el alma que me atosiga. Yo sigo en mis trece: la Humanidad es esclava del mal; pero francamente, no me gusta que mi nombre ande en bocas de la caterva maliciosa. Me has de contar todo lo que oigas, aunque sea de lo más insolente y desvergonzado. Después, ¿sabes lo que hacemos tú y yo? Desafiar á medio Madrid.
—¡Ave María Purísima!
—Es que yo, aquí donde me ves, tengo el punto de honor muy delicado, y no aguanto que nadie me toque al pelo de la ropa. Estoy furioso; quiero emprenderla con alguno, dar un recorrido al que me contradiga, hacer cualquier atrocidad. ¡Si me parece que he vuelto á los veinte años, á la edad valiente en que yo cobraba el barato entre los muchachos de mi taifa!»
Quería levantarse. Yo le contuve, diciéndole: «Don Carlos, no sea chiquillo. Yo le contaré á usted todo lo que oiga. Pero advierta que la mayor parte de lo que se dice es pura necedad, novelas que cada cual compone á su gusto para reunir un público de tontos que las escuche y las aplauda.
—Bien, bien... así me gusta que te expreses... porque, francamente, cuando empezaste á hablar conmigo esta tarde, me pareciste inclinado á creer todas esas bolas que corren. Por eso quise echarte de mi casa. Me alegro de verte de acuerdo conmigo. Tú y yo pensamos lo mismo; tú y yo opinamos que la titulada Humanidad es un hatajo de pillos; pero en el caso presente rechazamos las suposiciones malévolas y nos indignamos... ¿Verdad que estás indignado, hijo mío? ¡Ay! hace dos noches que no pego los ojos, impresionadísimo, devorado por el despecho y la curiosidad... Mira, te lo diré con franqueza: deseo conocer la verdad, y temo conocerla. Es que no puede uno ser de roca, aunque quiera. Yo, que presiento la destrucción de la actual sociedad en un plazo más ó menos largo, pero no en mis días, en mis días no; yo, que difícilmente admito móviles puros en la mayor parte de las acciones humanas, no soporto que anden por los suelos mi nombre y el de mi Tinita... Ya tú me entiendes. Esto es una calumnia, una asquerosa calumnia, y no debemos consentirlo.
—Mire usted, padrino—observé yo,—si no poseo la verdad, trato de poseerla. Le juro á usted por mi salvación que si doy con ella, la tendrá usted, por dolorosa y amarga que sea.»
Su primer impulso fué darme un fuerte abrazo; pero después le ví palidecer y fruncir el ceño, y me dijo con voz muy grave:
«Tú me contarás todo lo que oigas; pero no bajas averiguaciones; no revuelvas, no menees esto.
—Pero ¿qué mal hay en perseguir la verdad, la santa verdad, tío?
—La santa verdad, hijo de mi alma, no la encontrarás nunca, si no bajas tras ella al infierno de las conciencias, y esto es imposible. Conténtate con la verdad relativa y aparente, una verdad fundada en el honor, y que sacaremos, con auxilio de la ley, de entre las malicias del vulgo. El honor y las formas sociales nos imponen esa verdad, y á ella nos atenemos.»
Dicho esto me abrazó de nuevo, y casi al oído me dijo estas palabras:
«No averigües nada, ni te metas á buscador de la verdad absoluta, que no encontrarás. El juez es hombre recto y muy amigo mío, y nos dará la solución. Tú la aceptas, la propalas, y al que te diga algo contra ella, le divides. Tose fuerte, y tendrás siempre razón. Y ya que nos hemos explicado, te confesaré que el juez y yo hablamos. Es amigo mío y me debe su carrera, porque, conociendo su mérito, le saqué de Valoria la Buena, donde estaba obscurecido, y le llevé á Zamora, y de Zamora me le traje acá. No vayas á creerte que he ejercido presión sobre él. Es hombre de ideas lúcidas y de puntos de vista muy elevados. Bien sabe que no mediando perjuicio de tercero, la mayor de las injusticias es arrojar inútilmente la ignominia sobre una familia respetable.
Yo quise objetar algo, y noté que se enfurecía. «Cállate la boca—gritó.—No admito observaciones tontas... Mira que te echo de mi casa. Tú no lo quieres creer; pues te arrojo, te pongo de patitas en la calle, como tres y dos son cinco.»
No me atreví á contrariarle, temeroso de que le diera un berrinche de consecuencias funestas para su salud, y en pago de mi silencio, me abrazó con paternal efusión, y me palmoteó bien las espaldas, llamándome su hijo querido, y asegurando que soy la persona de la familia á quien más ama. Me habría gustado que presenciaras la escena, pues yo no puedo darte idea de las marrullerías de este viejo zorro. Ahora me acuerdo de que en una de tus cartas me dijiste que la figura de Cisneros te parece creación mía; que dejándome llevar de la fiebre narrativa y del natural deseo de cautivar á quien me lee, he pintorreado los rasgos y perfiles de la fisonomía moral de este individuo, haciendo una figura de realidad artística, pero no un verdadero retrato como esperabas de mí. No, querido Equis: te juro que es retrato. No te mueva lo extraño de la silueta á dudar de su parecido y autenticidad. Piensa en las variedades infinitas que atesora la Naturaleza, en la abundancia de sus inagotables colecciones, donde así la fauna como la flora te ofrecen formas nuevas cada vez que las examinas. No es Cisneros invención mía, ni yo invento nada. ¿Y qué iría ganando yo con meterme á plasmador, aunque hacerlo pudiera? Siempre me quedaría muy lejos de la realidad. ¡Esa sí que inventa, y con qué garbo! ¡Qué cosas nos enseña, y qué sorpresas nos da! ¡Lo que sabe esa pícara! Para comprender su maestría fecunda, ponte á hacerle la competencia y suelta las riendas á tu imaginación; dedícate á fingir, por ejemplo, tipos de plantas, variedades de animales. ¿Á que te cansas antes de llegar á la millonésima parte de lo que ya existe, y desesperado tiras los trastos de imaginar? Pues lo mismo te pasaría en el inmenso capítulo de la psicología y los actos humanos. Échate á componer caracteres y acontecimientos, y verás cómo te quedas corto, muy corto. ¡Trabajo inútil y necio, cuando la realidad te los da siempre vivos y verdaderos, y siempre nuevecitos! La invención realmente práctica consiste en abrir mucho los ojos y en acostumbrarse á ver bien lo que entre nosotros anda... No sigo, porque ahora me acuerdo de que tú y yo solemos tronar contra las _consideraciones_, y éstas que haciendo estoy son quizás de las más soporíferas.
XXXIII
_10 de Febrero._
Sigo la de ayer, que, aunque bastante larguita y pesada, iba incompleta. Contábale yo á mi tío alguna de las desatinadas hipótesis que había oído, cuando entró Malibrán. Comprendiendo yo que mi presencia les contrariaba y que querían hablar á solas, apartéme, y les ví de gran secreteo durante un mediano rato. No llegó á mis oídos ni una sola sílaba, ni intenté atraparla tampoco. Que hablaron del suceso de autos, era indudable. Malibrán se expresaba con la vehemencia oficiosa de una persona que, por propia iniciativa ó por encargo, se ha impuesto la misión de arreglar un asunto de difícil compostura. Cisneros oía y como que dictaba un plan. Creí que, después de esto, Cornelio saldría á la calle; pero no fué así. Mi padrino parecía cansado y soñoliento. Le dejamos en el sofá, y nos fuimos á un gabinete próximo, donde el diplomático se puso á ver carteras de estampas. Yo hice lo mismo, y trabamos conversación, empezando él por darme un curso instructivo de Alberto Durero, Lucas de Leyden, Holbein y otros maestros, y te confieso que le oía con gusto, porque se sabe al dedillo la historia del grabado en talla dulce y del agua fuerte, y la explica con amenidad y lucidez.
Cuando ya me pareció que habíamos hablado bastante de aquellas materias, metí el embuchado del tema que tratar quería, y le dije: «Vamos á ver, amigo Malibrán: usted, como todo el mundo, habrá formado su opinión sobre este lío. Dígamela usted con sinceridad, si no es indiscreción el desear saberla.
—¡Oh! no, indiscreción de ninguna manera—me respondió sereno y afectuosísimo.—Mi opinión es bien clara, y no la oculto á nadie. Desde el momento en que Orozco y yo recibimos la noticia en las Charcas, tuve una idea; y después de llegar aquí y de oir tanto disparate, no la he variado en nada. Creo que esto es sencillamente un suicidio por insolvencia, por no poder cumplir obligaciones contraídas en el juego, ofuscación del ánimo cuyo origen hay que buscar en un sentimiento bravío del honor y de la responsabilidad.
—¿Y no cree usted que...?
—¿Mujeres?... ¿La novela cursi que anda por ahí...? Por Dios, amigo Infante: considere usted que á nosotros nos corresponde juzgar estas cosas con un criterio racional y no con el de la patulea. Me parece que debemos rechazar la fábula vergonzosa que, además de ser inverosímil, va contra la reputación y contra el honor de amigos muy queridos.»
Puesta la cuestión en este terreno, no tenía yo más remedio que otorgar callando, y aun dije alguna frase ambigua en defensa de nuestros amigos. Sorprendióme la actitud de Malibrán, circunspecta hasta dejárselo de sobra, y amoldada á las formas diplomáticas, conforme al papel que tan bien sabe representar en el mundo. No me habría sorprendido semejante actitud si no me constara que un día antes había lanzado, en casa de San Salomó, una de las variantes más novelescas y estrafalarias del tenebroso drama. No me habría sorprendido si no supiera, como sé, que, noches antes del suceso, Malibrán se dejó decir en casa de la Peri, delante de varios amigos excitados por el _champagne_, que había descubierto el nido de amores de mi prima Augusta, y que sabía quién era él, aunque se reservó su nombre.
Pero, en rigor, nada debía cogerme de nuevas tratándose del carácter de un sujeto cuya falsedad y doblez se me revelaron bajo las exterioridades más cultas. Sin duda, tras un rapto de malevolencia manifiesta, había vuelto sobre sí, encerrándose en su papel social; sin duda, causado el daño que se propuso, había vuelto á vestirse la piel de cordero, dentro de la cual tan bien resuelve los problemas de la vida. Mi padrino y él se entienden de seguro, y manejan los hilos de la trama ocultadora.
Hablamos algo más, esforzándose él en demostrarme la necesidad de sofocar en lo posible el alboroto de las murmuraciones. Mira lo que saqué en limpio de aquel coloquio: que Malibrán aspira á hacerse grato á mi prima, abrazando su causa con ardor y defendiéndola con la donosa fraseología que posee el muy tuno. Seguro estoy de que sacas de los hechos expuestos la misma deducción que he sacado yo.
Pero espérate ahora, que voy á contarte otra cosa que te sorprenderá. De repente sentimos que mi padrino, desde la estancia próxima, nos llamaba: «Eh, pollos, que me tenéis aquí solo y abandonado.» Suele llamar pollos á todos los que no son de su edad. Comimos con él, y de buenas á primeras, como quien continúa en alta voz un monólogo, nos dijo riendo: «Por supuesto, yo estoy siempre en que ese yernecito que Dios me ha dado, ese Orozquito, es un buen punto...
—No estamos de acuerdo, don Carlos: ya sabe usted que yo...—apuntó Malibrán, firme en su papel.
—Amigo mío, usted se me va siempre del lado benévolo. Debe usted dedicarse á escribir vidas de santos, lo mismo que este tontín de Manolo, que sostiene que á Tomás debiéramos ponerle en los altares. ¡Qué inocencia! Si es el pillo más grande que... vamos... Extraño mucho que no lo comprendáis así. Si tocan á hacer santos, ahí está mi hija, que no es floja virtud querer á ese jesuitón como le quiere...
—La canonizaremos,—afirmó Malibrán, con una sonrisa que me dejó helado, pues había en ella el sarcasmo más sutil que imaginarse puede.
—Sí, canonizádmela—repitió Cisneros levantándose.—¡Pobre Tinita mía! Cuánto debe padecer con estas infamias...»
Malibrán y yo nos miramos sin decir nada; pero se me figura que él leyó en mis ojos mi pensamiento, como yo leí el suyo en los de él.
Y basta por hoy. Me parece que tienes para meditar un rato.
XXXIV
_12 de Febrero._
Prepárate para oir las versiones del drama ocurrido en el _solar del polvorista_, que así, según supe después, se llama el sitio donde apareció muerto nuestro amigo. No te cuento todo lo que la fantasía popular nos regala, porque sería tarea interminable; te doy sólo las variantes que más aceptación tienen en los corrillos chismográficos, algunas corriendo con el crédito que le dan labios de reconocida autoridad en el arte de la maledicencia; otras desacreditadas, pero no por eso mal recibidas. La primera que te endilgaré es la que oí en la Peña de los Ingenieros, y se funda en datos suministrados por aquel viejo zorro de quien te hablé en una de mis cartas, ¿no te acuerdas? el que me aseguró haber visto salir á Augusta de cierta casa en la cual no debía de entrar con buenos fines. Roguéle me dijese cuanto supiera, y por fin me designó la casa, aunque no podía hacerlo del piso. Es una de las del paseo de Santa Engracia, próxima al _solar del polvorista_. Del portal al vertedero, habrá unos sesenta pasos míos. Esta mañana hice mis pruebas topográficas sobre el terreno; pero te advierto que estas pesquisas son para mi uso particular, pues la primera condición que me puso el señor aquél para clarearse conmigo, fué que no había de llevar ningún dato á las diligencias judiciales.
Vale más que te dé un breve extracto de sus propias palabras: «Mire usted, amiguito, yo no quiero meterme en líos, ni delatar á nadie. Si se tratara de un asesinato por robo, yo sería el primero en ayudar á la justicia con los indicios que tengo; pero en una desgracia ocasionada por amores clandestinos; en una tragedia íntima, de éstas cuyos factores son la pasión, los celos, el sentimiento exaltado de la dignidad y el honor, creo yo que no debe intervenir la acción de los ciudadanos. Por tanto, las noticias de la casa, que para mí son de una autenticidad incontestable, porque no una, sino varias veces he visto entrar en ella á esa señora y á su amante (que de Dios goce), se las comunico á usted para que se vaya ilustrando; pero ello ha de quedar entre nosotros, porque si usted tiene la debilidad de llevar este dato al juez, y el juez me llama, negaré yo la referencia y le dejaré á usted por mentiroso. Hablando en plata: creo que el poder judicial hace bien en no apurar la investigación de estos asuntos de amor y celos, porque las querellas y zaragatas por la posesión de una hembra, están, como el duelo, por cima de las leyes, dígase lo que se quiera. No extrañe usted que, cuando ocurre un caso como el de su amigo, sobre todo si el muerto pertenece á las clases principales, resulte que es suicida por lances de juego ó por arrebato de locura. Bien sé que la solución no satisface á la justicia estricta; pero me parece que el camino derecho produciría mayores males, por aquello de _summum jus summa injuria_.»
Dióme qué pensar la opinión de aquel sujeto, que reforzaba sus argumentos con sus canas, pues bien se le conoce que es hombre de consumada pericia y de erudición enciclopédica en todos los ramos de fragilidades humanas. Respecto al hecho, lo reconstruye de este modo: «Orozco tuvo noticia de la infidelidad de su mujer y del lugar donde podría comprobarlo por sus propios ojos. Presentóse allí en la noche del primero de Febrero.» Le interrumpí para hacerle ver que esto era imposible por hallarse Tomás en las Charcas; y él, echándose á reir, me dijo: «No sea usted inocente. Las coartadas se preparan con habilidad cuando se tiene empeño en ello, y lo que ha habido es el recurso vulgarísimo de fingir un viaje, despidiéndose y quedándose. Para mí, Orozco les sorprendió y no tuvo valor para matar á su mujer. Hirió al infeliz Viera, disparándole á quemarropa. Esta primera herida es la del costado, mortal, aunque no inmediatamente. El herido pudo huir. Acosado por el agresor, y cuando ya estaba caído y exánime, recibió el segundo balazo, el de la cabeza, con el cual quedó rematado.»
El aspecto de verosimilitud de esta hipótesis no ganaba mi ánimo, lleno de dudas acerca de la participación de Orozco. Cierto que por grandes que sean la virtud de un hombre, su prudencia y suavidad de costumbres en los actos corrientes de la vida, no podemos responder de que ese mismo hombre, movido de los celos y hostigado por el mayor ultraje que á su dignidad puede inferirse, no se transforme de pacífico en vengador. El conocimiento del carácter de una persona nos puede dar la norma de su proceder probable en todas las situaciones sociales, menos en aquéllas que se derivan de la pasión amorosa, los celos ó el honor. Tratándose de la situación creada á un hombre por estos grandes móviles, no podemos responder de que sus actos se contengan en un límite fácil de trazar. Se vuelve fiera irresponsable, y todas las prendas que constituían su personalidad en la vida ordinaria, se eclipsan y se desvirtúan. Pues á pesar de esto, y de la posibilidad de la exaltación homicida de Orozco, yo no entro con ella. Mi entendimiento la repugna. Qué quieres que te diga: _no veo_, no puedo ver á Orozco, revólver en mano, persiguiendo á su enemigo. Ello podrá ser: pero yo no sé reproducir el acto en mi mente, no acierto á figurarme la cara ni la actitud trágica de un hombre á quien he visto ayer mismo ostentando una serenidad y un reposo de ánimo que... vamos, que no pueden en manera alguna ser obra de la hipocresía, y sostengo que no hay histrionismo en grado tal de perfección.