Part 14
El entierro se verificó en el cementerio de San Justo. Fué Santanita representando á la familia, y con él dos personas á quienes yo no había visto nunca. Eran el marido de Claudia y el de Bárbara, ambos de catadura humilde. Habían dispuesto lo necesario para que el entierro fuera decoroso, y trajeron, en un coche de la _Funeraria_, todo lo que hacía falta para el caso. Por no ser posible vestir de nuevo el cadáver, le envolvieron en sábanas, dejándole descubierto el rostro, y nada más se hizo, ni había para qué. Cuando ya salíamos del Depósito, llegaron el marqués de Cícero, Villalonga y otros amigos. El cortejo fúnebre no excedía de quince personas y de seis ó siete coches. Recorrimos en breve tiempo y á paso regular el camino del campo-santo. Nos apeamos. Seguimos tras el ataúd por aquellos tristísimos patios rodeados de nichos. Leonor y yo íbamos á la cola del reducido acompañamiento; pero en el acto del sepelio me aproximé, y ella se quedó á cierta distancia, llorando. Era la única persona, entre todos los presentes, que mostraba un dolor vivo, hondo, inconsolable; pues los demás, incluso Santanita, sólo expresaban duelo de etiqueta, y en algunas caras se podía leer esa conmiseración oficial, mezclada de una crítica severa, que si se tradujese en palabras resultaría así: «¡Pobre perdis! no podías tener otro fin que el que has tenido. Dios te haya perdonado.»
Nada te diré de lo triste del acto. Puedes figurártelo y comprenderlo, conocidas las circunstancias del difunto y su desastrada muerte. Ni te hablaré de las _ideas que se agolpaban á mi mente_, ni del lúgubre sonido de la caja al caer en el fondo de la fosa. Todo esto, aunque es verdad, no te expresaría bien lo que yo sentía. Además de la pena de ver desaparecer para siempre á un amigo simpático y amable, me afligía el considerar que con él enterrábamos el indescifrado enigma de su fin lastimoso; que Federico, al caer dentro de la sepultura y recibir encima la tierra, echaba la llave al secreto, y nos daba las buenas noches de la eternidad con cierto humorismo lúgubre que me helaba la sangre: «Adiós, tontos. La solución en el valle de Josafat.»
Salimos de allí hablando del muerto en los términos trillados, fríos, casi indiferentes que es costumbre usar. Unos á otros nos preguntábamos por nuestra preciosa salud, quejándonos del mal tiempo que hacía, voluble y desigual, _impropio de la estación_, y echándole la culpa de nuestros achaques. Nos distrajimos viendo llegar más entierros, con bastantes coches, y en ellos algunas personas conocidas, á quienes saludamos, alegrándonos de verlas vivas. Por las rondas descendían largos rosarios de carruajes en dirección á los distintos cementerios. Á lo lejos se nos presentaba, como invitándonos á vivir un poquito más, la loma de Madrid con cien cupulillas, bajo un cielo claro, transparente, bruñido. El sol lucía espléndido, y picaba bastante. De los árboles secos y desnudos no te diré que me parecieron esqueletos, ni que choqueteaban sus ramas con lúgubre son, porque faltaría á la verdad. El día era de los más bonitos que se ven aquí, frío á la sombra, ardiente al sol; día que amenazaba la existencia con dos espadas paralelas: la pulmonía y el tabardillo.
Nos metimos en nuestros carruajes, y á Madrid. Mira tú lo que son las cosas: la imagen del pobre Federico, envuelto en la sábana y metido bajo tanta tierra, no se apartaba de mi pensamiento; pero se iba quedando lejos, muy lejos, desvaneciéndose un poco á cada vuelta de las ruedas del coche. En el mío traje á Calderón y á la pobre Peri, que se había secado las lágrimas y parecía más tranquila. Calderón es hombre indelicado é inoportuno, y creía sin duda que la mala reputación de Leonor le autorizaba para hacer burla de sus sentimientos, permitiéndose dirigirle chirigotas de mal gusto en ocasión tan triste. «Dime, ¿estás todavía con el malagueño, ó has vuelto con Guillermón?» Contestóle ella con desprecio, y á mí, francamente, me indignaba la grosería de mi amigo y su falta de respeto hacia lo que siempre es respetable, hállese donde se hallare. Poco hablamos durante el trayecto. Yo no hacía más que mirar á la Peri, contemplando con arrobamiento su rostro dolorido dentro del pañuelo atado á la chulesca. El insomnio y la tristeza la hacían más bella, ó á mí al menos me lo parecía. No te oculto nada de lo que siento, aun sabiendo que tal vez te burlarás de mí. Por eso te digo que la mujer aquélla me pareció interesantísima, y que me gustaba, sí, me gustaba; sentía en mí una propulsión misteriosa que hacia ella de la manera más espiritual me lanzaba. Mi dichosa impresionabilidad me iba armando ya una de esas tremolinas pasionales que tan comunes son en mí. No paraba mientes en la clase de mujer que es; no quise ver más que el sentimiento noble, puro y acendrado que mostrado había, sin mezcla alguna de afectación, y la admiraba con toda mi alma. Tras la admiración vino no sé qué respeto; sí, respeto, no te hagas cruces. ¿Por qué no hemos de dar á las cosas su nombre? Yo veía en ella un calor de sentimientos que me era muy simpático, y entráronme ganas de arrimar á aquel rescoldo mi existencia espiritualmente solitaria y aterida. «Leonor—le dije, cuando nos aproximábamos á su casa, en la calle de Preciados, después de haber dejado á Calderón en la suya,—yo tengo que hablar contigo, y si me lo permites, ha de ser hoy mismo, ahora mismo. Te convido á almorzar. Iremos á donde tú quieras.»
No sé si el móvil que me impulsaba á hablarle así era un vivo deseo de estar á su lado, ó el propósito de interrogarla sobre ciertos hechos, referentes á Federico, que deseaba esclarecer, á fin de instruir con buenos fundamentos mi sumario. Creo que serían ambos móviles á la vez los que determinaron mi aproximación á aquella mujer. Aún le dije más: «Tú eres muy buena, Leonorilla, y yo necesito entenderme contigo sin tardanza; te necesito como amiga y como reveladora de ciertas cosas que deseo saber.
—No sé si podré—replicó sonriendo.—_Ese_ debe de estar quemado, esperándome.—Suba usted y almorzaremos juntos... ó nos iremos á donde usted quiera... con tal que me dejen.»
Subimos. En la casa no había ningún hombre, lo que á ella pareció contrariarla, y á mí me fué muy grato. La criada enteró á Leonor de todo lo ocurrido en su ausencia, y creí entender que alguien estaba hecho un veneno por ausencia tan larga. Habían salido en su busca... habían dado parte al alcalde de barrio. Leonor se reía. Quedéme solo en la sala, y desde allí la sentí trasteando en su gabinete; oí rumor de lavatorio, criada y ama rezongando. Pronto entró la chavala transformada en mujer elegante, con una bata preciosa y chinelas rojas.
«Supongo—me dijo,—que usted desea saber algo de ese pobrecito...»
Se le humedecieron de nuevo los ojos, y sentándose junto á mí en la actitud más honesta, añadió: «Era, me lo puede usted creer, el primer caballero del mundo, y la persona más decente que había en Madrid.»
Apoyé sus afirmaciones con un movimiento de cabeza. Después me sonreí al oirle esto: «El día antes sabía yo lo que iba á pasar. Eché las cartas, y en _lo que esperas_, salió el siete de espadas, _muerte segura_, con el dos de copas, _sorpresa_, por causa de _la mujer de buen color_...
—¿Pero es posible que tengas fe en esas paparruchas?
—No me han fallado nunca. Sale siempre clavadito todo lo que rezan las cartas. Aquí estuvo el infeliz el día mismo del caso. No sé si debo contarle á usted lo que habló conmigo, que fué muy poco. Cuando el juez me cite, saldré del paso con cuatro papas; pero con usted, si me da palabra de callarse, seré más franca. Federico y yo éramos amigos, pero amigos... no sé cómo explicárselo... vamos, que no teníamos nada, que no había nada entre él y yo... En otro tiempo, sí, nos quisimos; pero ya... Eramos lo mismo que los matrimonios viejos... Como ilusión, no la había... Le juro á usted que no me tocaba. Pero nos teníamos mucha ley, nos apreciábamos, y yo me aconsejaba de él, siempre que me veía en alguna situación mala, y él de mí.
—¡El se aconsejaba de tí, de tí! ¿Cómo?... Explícame eso... Pero vamos por partes y no nos aturrullemos. Claridad, orden ante todo. Lo primero que deseo saber, y tú podrás decírmelo, es si Federico tuvo grandes pérdidas en el juego estos últimos días.
—No, no: todo lo contrario. La noche antes ganó muchísimo dinero, pero muchísimo... Al juez le diré sobre esto lo que me parezca, lo que no comprometa el buen nombre del pobre difunto.
—Sí; pero á mí me dirás cuanto sepas, todo absolutamente. Yo te guardaré el secreto, Leonor, y seré tu amigo... amigo, como lo fué él.
—Dificilillo es eso—me dijo sonriendo con tristeza, y mirándose las uñas.—Habrían de reunirse muchos perendengues. Esto viene de muy lejos, señor mío. Yo podré, en un abrir y cerrar de ojos, prendarme de un hombre y él de mí, y querernos más ó menos tiempo; pero una amistad como la que teníamos aquél y yo no es cosa de tres ni de cuatro días.
—Pues todo has de contármelo—repetí, devorado por la curiosidad,—y pronto.
—No vaya usted tan de prisa... Y además, hay cosas que no sé si debo decirlas. Son muy delicadas, y si usted no las entiende bien, podría pensar mal de nuestro amigo. No todos comprenden bien lo que pasa. Hay cosas... cosas, ¿eh? que parecen muy malas, y no lo son.
—Cierto; pero se me figura que yo entenderé todo lo que tú me confíes, y que la buena memoria de mi amigo no perderá nada por eso. Ahora, lo primero que has de decirme, y en ello sí que no puede haber aplazamiento, es lo que piensas tú de esta desgracia... ¿Qué ha sido? ¿Cuándo la supiste? ¿Qué dijiste al saberla? Nadie como tú le conocía á él; nadie como tú estaba al tanto de sus trapisondas... Tu opinión sobre esta muerte es de grandísima importancia, Leonor.»
Al hacerle la pregunta, interrogaba yo también la expresión de su rostro. La ví compungirse y llorar de nuevo. Enjugándose las lágrimas, me respondió con voz entrecortada:
«No sé, no sé... pero para mí... Á Federico le han matado... Eso de que se mató él... qué sé yo... me parece invención de la justicia para tapar la verdad. ¡Pobrecito de mi alma, tan bueno, tan leal, tan persona decente! ¡Maldita sea la muy pilonga que tiene la culpa!
—¿Luego tú crees que aquí hay mano de mujer, ó influencia de mujer?
—Crea usted que sí la hay... Si el juez me pregunta sobre esto, me haré la tonta; pero yo tengo acá mi idea, y no hay quien me la quite.
—¿Cuál es tu idea?... Yo quiero saberla...
—Hay mujeres muy remalas.
—Eso es verdad; pero lo que falta saber es qué remala mujer ha andado en esto.»
Leonor dió un gran suspiro; se miró otra vez las uñas, lo que hacía siempre que meditaba, y por fin me dijo en voz queda:
«¿Para qué me lo pregunta, si usted la conoce mejor que yo?»
No quise pronunciar el nombre que flotaba en la confluencia de nuestras palabras. Tan sólo dije: «¿Federico te habló de esa mujer alguna vez, te dió cuenta de sus amores con ella?
—Nunca, nunca—declaró la Peri con cierta dignidad.—Le juro á usted que nunca me dijo nada. Era tan delicado, que en esta casa jamás pronunció el nombre de las señoras que se chiflaron por él. Y cuando yo quería tirarle de la lengua, me lo negaba, crea usted que me lo negaba...
—¿Entonces, cómo sabías tú...?
—Lo sabía por otro lado; lo sabía... porque sí... como se saben muchas cosas.
—Bueno. Dejemos el origen de tu conocimiento. ¿Y en qué te fundas para creer que le mataron?
—Es corazonada... pero que no me engaño—respondió con acento convencido y picaresco.—Tan cierto es lo que pienso como éste es día... Yo me guardaré mi idea. No quiero confiársela á nadie.
—¿Ni á mí tampoco?
—¿Para qué? No hemos de poder probarlo. Si hablo de esto, podrían vengarse de mí.
—Bueno, pues dime una sola cosa, una sola, y no te pregunto más. ¿Crees tú que Federico murió á mano de hombre?
—Claro: de hombre...
—Me basta.»
Te refiero este diálogo, del cual poca substancia sacarás, para que comprendas la confusión de mis ideas. No quise insistir en mi interrogatorio; y como las necesidades corporales, por lo avanzado de la mañana, se nos impusieran, á entrambos se nos ocurrió que nada es tan inconveniente para los altos fines humanos como pasarse todo un día sin almorzar. Nuestra pena misma exigía la reparación orgánica, y hasta el intrincado problema que nos inquietaba pedía fuerzas materiales para ser tratado con la debida entereza y formalidad. Porfiaba ella en que almorzáramos allí; yo que en el _restaurant_. Venció por fin el sexo débil, y pasamos al comedor. ¿Acabaré de ser sincero contigo? Pues sí, ¿por qué no? Aquella mujer me tenía fascinado: ante mí se agigantaba, no sólo por su belleza, sino también, y más quizás, por no sé qué aureola moral que mi mente voluntariosa veía ó quería ver en ella. Nada, hijo de mi alma, que estaba yo enamorado... no retiro la palabra, enamorado de la Peri, y deseando manifestárselo; y has de saber también que lo que en mí sentía era muy por lo fino, algo de galantería caballeresca y sentimental que me andaba por dentro como lucida procesión, y... no sé qué más decirte.
Dejo la conclusión para otra carta, porque estoy fatigadísimo, y no puedo concluir sin llenar un pliego más. Hasta mañana.
XXXI
_7 de Febrero._
¿Creerás tú que el almuerzo acabó en bien; que mi fascinación llegó á su apogeo, y que con el estímulo de los manjares y bebidas, me lancé á manifestar mis sentimientos, y alcé los amantes brazos y cayó en ellos la Peri, pagándome mi respetuosa afición con otra de la misma calidad ó quizás menos pura? ¡Quiá, no seas tonto! Si te has creído esto, bórralo de tus papeles. Ambos estuvimos muy desganados de todo, muy tristes. Advierte ahora, en lo que vas á leer, de qué manera se enlazan en la vida las cosas tristes con las cómicas, y cómo nuestros propósitos y la realidad andan ó suelen andar á la greña.
No habíamos concluído nuestro almuerzo, el cual, dicho sea entre paréntesis, fué bastante irregular, como hecho en casa no muy bien regida, cuando vino á torcer el rumbo de mis alambicados pensamientos la brusca entrada de un sujeto conocido en el mundo de la galantería con el remoquete de el _pollo malagueño_. Supongo que no irás á buscar esta celebridad en el Vapereau, en el Larousse, ni en ninguna otra enciclopedia. No la busques porque no la encontrarías, lo que no quita que sea celebridad incontestable, al menos aquí, y que le conozcamos todos, unos de vista, otros de trato, como yo, por desgracia. Te presento á este chulito de buena familia y mejor sombra, un poco torero, un poco aristócrata, un poco borrachín, tan ligero de palabras como torpe de entendimiento, guapo, eso sí, aunque afeminado, pies y manos de mujer, el cuerpo muy espigadillo, el pelo sobre la oreja, y un bigotito que parece de seda negra, los ojos como soles; hombre, en fin, á quien yo, siempre que le veo, daría de buena gana dos patadas en semejante parte, y te juro que no se las dí en aquella ocasión por respeto á la que no vacilo en llamar... ríete, hombre, ríete hasta mañana... _dama de mis pensamientos_.
Pues, señor, lo mismo fué entrar el tal pollo que... ¿Crees que se armó una gran marimorena, que la Peri y su amante se enzarzaron de palabras, que luego el chulo y yo nos liamos, y...? No, hombre, ten paciencia; no hubo nada de esas _trigedias_ que en lenguaje filosófico se llaman _broncas_. Me parece que Leonor le saludó con un _¡hola, perdis!_ _¿ya estás aquí?_ Pero no estoy seguro de si dijo esto, ó simplemente _¡válgame Dios, lo que está aquí!_ En la duda no apuntes nada, no sea que después, en las edades futuras, armen los historiadores un cisco por dilucidar los verdaderos términos de esta importante salutación.
De lo que sí no me cabe duda, y esto puedes consignarlo con toda solemnidad, es que Pepe Amador, que tal es su nombre, llegóse á su querida, é hizo ademán de darle un sopapo, en broma se entiende, con actitud entre cariñosa y enojada, rebuznando así: «¡Miá que too un día y toa una noche! ¡Pamplinosa...! ¿pa qué esos papeles, si tú no eras ná del cadáver?»
Leonor se dejó acariciar de aquel gaznápiro, y volviéndose á mí me dijo: «Vamos, dígamelo usted con franqueza. ¿No es un disparate que yo esté tan chalaíta por este animal?»
Iba á contestarle que, en efecto, el disparate era de los más gordos; pero no dije nada. Amador me saludó de un modo servil, con extremos de amistad, á que yo nunca había dado pie, porque el tipo me repugnaba. No manifestó en aquel instante la más ligera inquietud por mi presencia, y creo que aunque hubiera tenido celos de mí, se habría guardado muy bien de manifestarlos. Sentóse el chulapo junto á ella, y pronto empezaron á ponerse babosos, lo que me enfadó sobremanera. No comprendía yo, ciertamente, que una mujer de mérito... digo de mérito y no me vuelvo atrás, porque todo es relativo en este mundo... pues sí, no comprendía que una mujer de calidad amase á semejante gandul. En las ternezas y recriminaciones que ella le dirigió, creí notar confundidos el cariño y el desprecio. Analiza esto, hombre sesudo, si no te causa empacho. Yo te diría algo sobre el particular si tuviera humor para entretenerme en tales tontunas. Ya comprenderás que no me haría maldita gracia el gorro que intentaban ponerme aquel par de peines, y quise retirarme. Leonor se opuso, diciendo á su chico que tuviera formalidad.
Y ahora, procediendo con esa lógica que los sabios llamáis inflexible, creerás sin duda que ante el amor de la Peri por aquel tipejo, ante el espectáculo de las gansadas de él y de las zalamerías de ella, me desilusioné de golpe, y que, súbitamente, me repugnó la que antes me parecía tan seductora. Crees esto, ¿verdad? Pues no señor, no fué así. Esas son las lógicas de los trataditos de Ética; las del humano corazón suelen ser ¡ay! muy distintas. Te diré, pues, que contraviniendo toda ley escrita, la chavala siguió atrayéndome y fascinándome, y sus debilidades manifiestas no me quitaron la ilusión de aquel extraño resplandor moral que creí ver en ella. Esto te parecerá un ciempiés; pero como es te lo cuento, y con la realidad no se gastan bromas.
Despedíme dos ó tres veces, y otras tantas Leonor y su querindango me retuvieron. En una de éstas el muy tonto se permitió dar su opinión sobre el suceso del día, contándonos lo que había oído en la esquina del Suizo, en la Taurina y en otros centros de instrucción y cultura. La versión recogida por Amador no podía ser más extravagante. Federico había sido muerto por Orozco.
«¡Qué barbaridad!—le dije:—¡si Orozco estaba aquella noche en las Charcas...! Me consta.
—Pues un amigo mío—replicó el chulo con la seguridad de la barbarie,—me ha dicho que vió á don Tomás á las once de la noche, en una calle que desemboca en el propio lugar del crimen. Iba bien embozado en su capa, con otro chavó. ¿Y esa?»
Yo me reí. La Peri también se rió, aunque con afectación notoria, como intentando encubrir su pensamiento. No quise entrar en discusiones sobre punto tan delicado, y me retiré, prometiendo á Leonor que volvería á charlar con ella, cuando pudiese consagrarme un rato largo, pero muy largo. Convinimos en que me fijaría sitio, día y hora, y me marché por esos mundos de Dios en busca de las impresiones públicas y callejeras que no habían de faltar.
En las tres ó cuatro partes á donde fuí no se hablaba de otra cosa. Fácilmente comprenderás que un asunto de tal naturaleza, formado de misterio y escándalo, ha de excitar vivamente la chismografía de la raza más chismográfica del mundo; raza dotada de fecundidad prodigiosa para poner variantes á los hechos y adornarlos hasta que no los conoce la madre que los parió; raza esencialmente artista y plasmadora, que crea casos y caracteres, formando una realidad verosímil dentro y encima de la realidad auténtica. Ante un suceso de gran resonancia, todo español se cree humillado si no da sobre él su opinión firme, tanto mejor cuanto más distinta de las demás. Oí, como puedes figurarte, explicaciones razonables; otras novelescas, aunque dotadas de esa verosimilitud propia de las obras de imaginación escritas con talento; algunas estrafalarias, pertenecientes al género de entregas, de esas que, llenas de chafarrinones, se te meten por debajo de la puerta. Todo lo oí con paciencia y atención, pues hasta los mayores desatinos deben, en casos tales, oirse y sopesarse para obtener la verdad. Personas encontré que se cebaban en el asunto con brutal fiereza, ávidas de hincar el diente en reputaciones hasta entonces intactas; otras que se inclinaban á lo más atroz, arriesgado y pesimista, y algunas que, gustando de tomar el simpático papel de la sensatez entre tanto delirio, proponían las versiones más anodinas y triviales; pero en honor de la verdad, debo decirte que éstas hacían pocos prosélitos. La multitud se iba tras los que arbolaban estandartes rojos y llamativos, con algún lema muy escandaloso; tras los que anunciaban su tesis con tambor y cornetín como si exhibieran un fenómeno en las barracas de una feria. De todo esto, querido Equis, he de darte cuenta detallada, cuando yo esté más sereno, y tú menos harto de mí.
Dispénsame que no siga ésta; pero ya ves que el día ha sido de prueba. Júzgalo por el índice que á la carrera te trazo, y que parece el sumario de un capítulo de causa célebre: Autopsia.—Entierro.—Mi pasión por la Peri.—Almuerzo en casa de ésta.—Amador.—La opinión pública ó la confusión de las opiniones.—Abur, y date buena vida, que esto es lo único que se saca en limpio en nuestro breve tránsito por el más malo y el más tonto de los planetas.
XXXII
_9 de Febrero._
Hoy, amigo mío, tengo que contarte algo muy importante; y como vivimos en plena atmósfera novelesca, porque cada quisque, con motivo de este suceso, inventa, zurce y enjareta argumentos más ó menos aceptables, se me ha pegado algo del amaneramiento artístico, y aspiro á excitar en tí el interés de lector, contándote los hechos sin seguir la serie de los mismos, esto es, empezando por el medio, para caer luego en el principio y saltar de éste al final, concluyendo tal vez con vaguedades, interrogaciones ó puntos suspensivos en que haya conjeturas para todos los gustos.
Pues verás: mi padrino me mandó llamar ayer. Supuse que quería tratar conmigo del trágico fin de Viera, y así fué. Nunca he visto al buen Cisneros como ayer le ví. Se distraía, se le iba el santo al cielo á cada instante. Visibles eran sus esfuerzos por disimular una turbación hondísima; pero no podía conseguirlo. Se encasquetaba la burlona máscara, que sabe usar como ninguno cuando le place; mas ni por esas. La turbación le salía por los ojos en destellos fugaces, por la boca en monosílabos y expresiones entrecortadas.
«Es una indecencia la opinión en este país—me dijo temblando de ira.—No respetan nada... Esto es un escándalo.»
Enseñóme varios periódicos que daban cuenta del crimen, haciendo alusiones veladas á la familia de Orozco.
«Es cosa de ir y romperles la cabeza á esos miserables.
—Poco á poco, don Carlos—le respondí.—Estas cosas que antes eran la más sabrosa golosina de usted, ¿por qué ahora le enfadan tanto?
—¡Oh! no, no: si yo no niego que la sociedad está pervertida; que todo lo malo, por el solo hecho de ser malo, es verdad—indicó recobrando su papel;—pero si cojo á uno de esos periodistas, tendría mucho gusto en darle un estacazo... Conste que yo sostengo lo que siempre sostuve. Pero no confundamos las cosas. Si al tronera de Federico le da la vena de matarse, ¿tiene esto que ver con mis hijos? Ya sabes que no tengo cariño á Orozco; pero eso no quita para que... En fin, que me da la gana de indignarme con estas infamias, y no sé cómo tú no te indignas también. ¿Eres ó no eres de la familia?
—Yo comprendo que usted se sulfure—le dije,—y por eso ha tenido ayer una conferencia de dos horas con el juez que instruye la causa.»