La Incógnita

Part 12

Chapter 123,921 wordsPublic domain

Continúo hoy 27. Si esta carta fuera un capítulo de novela, debería titularse _¡¡¡Ancora il Malibrán!!!_ así, con muchas admiraciones y su poquitín de italiano. Porque no he visto asiduidad más aterradora. Si veinte veces voy á casa de Orozco, veinte veces me le encuentro. Y por más que procuro chocar con él, no puedo conseguirlo. Le llevo la contraria en todo lo que habla. Digo mil barbaridades; sostengo que el arte italiano es un arte de filfa; que Rafael me parece un pintor de muestras; que Tiziano dibuja menos que el último alumno de la Academia; que el Mantegna puede pasar como chico aplicado (te advierto que yo no sé quién es el Mantegna), y que todos los pre-rafaelistas no son más que unos pintamonas. ¡Qué asuntos tan tontos, qué pobreza en la composición, qué falta de verdad!... En fin, chico, que yo mismo me río de lo bruto que soy ó que aparento ser. Pues aunque Augusta suele apoyarme con aquella monísima independencia de criterio que le hace tanta gracia, no consigo mi objeto. El otro me rebate con dulzura y benevolencia. Su exquisita educación pone una muralla infranqueable á mi odio insensato. Si charla con Orozco de política extranjera, le llevo la contraria con más furor. Me declaro rabioso _parnellista_: sostengo que Gladstone es un progresista de morrión; que _el canciller de hierro_ está chocho y debe retirarse, dedicándose á la cría de aves de corral; que el Austria, mira que esto tiene gracia, es una nación que para nada sirve, y debe desaparecer, repartiéndosela Rusia, Alemania é Italia... en fin, no sigo para que no te rías de mí. Ni por esas: no me vale apoyar mis opiniones con terquedad, á ver si le sulfuro y me sale con alguna denegación provocativa. Pues como si hablara con la misma estatua de la prudencia. Á mi prima le dirige frases de una galantería refinada y madrigalesca, y bien claro veo cómo se esponja la muy hipócrita oyéndolas. Recordarás que en cierta ocasión me habló de él en términos muy desfavorables, diciéndome que era persona malévola y peligrosa... Farsa, hijo, pura farsa y disimulo para desorientarme.

Pues oye otra cosa. Por la noche, Malibrán daba las gracias á Orozco por haber atendido la recomendación que le hizo, en favor de no sé quién. Ya sabes que Tomás socorre con delicadeza á multitud de familias que han venido á menos. Pues bien: al oir las expresiones de gratitud del diplomático, noté que el semblante del grande hombre expresaba cierta contrariedad primero, y después verdadero disgusto. Malibrán sonreía bondadosamente, y no insistió. Como yo manifestara á mi prima, casi en el momento mismo, mi sorpresa por la actitud de Orozco, me dijo en un gracioso y largo aparte: «No seas cándido: tú no conoces á mi marido, como no le conoce tampoco ese majadero de Malibrán, que se las da de tan diplomático y tan _Metternich_. Á Tomás no le gusta que le alaben sus acciones benéficas, ni aun que le den gracias por ellas. Te lo advierto para tu gobierno. Cree que la generosidad y la caridad pierden su mérito con el bombo. ¿Sabes lo que á él le agrada? Te lo diré para que te pasmes. Lo que á él le hace feliz es el secreto absoluto de sus buenas acciones, y la ingratitud de los favorecidos. Te advierto esto porque como también tú le has recomendado á esa desgraciada viuda de Freire, si la favorece, no se te pase por la cabeza darle las gracias: lo mejor que puedes hacer es no hablar del asunto. ¿Á qué abres tanto la boca, tonto? Vosotros los que presumís de listos, no entendéis palotada de los secretos humanos. Tomás es un santo, lo que se llama un santo. ¿No lo has comprendido? ¿Pero crees tú, bobalicón, que no hay santos en esta época? Pues los hay, los hay, con sus levitas, sus fraques y sus chisteras, en vez de mitra, báculo y sayal. Esa serenidad suya, que le diferencia tanto de las demás personas, no se altera sino cuando le trompetean los beneficios; te pone tan nervioso, que, créelo, me causa inquietud. Con que ya sabes, y adviérteselo también á tu amigo le _petit Talleyrand_, para que no volváis á incurrir en la simpleza de mostraros agradecidos.»

Quedéme con esto como puedes suponer. Era un desconocido perfil de la figura de Orozco, mejor dicho, un golpe de luz, que resuelvo añadir sin pérdida de tiempo al retrato no concluído. ¿Y qué opinas tú de este aspecto de la persona del grande hombre? Te soy franco: no he acabado de entenderlo, y me parece que tú, por más que digas, no lo entenderás tampoco.

XXVI

_28 de Enero._

Pues ayer se me ocurrió, revolviendo en mi mente las palabras de Augusta, lo que vas á leer: «Malibrán no es. Si lo fuera, habría confianza entre ellos, y la pecadora no tendría que valerse de mí para advertir á su cómplice la inconveniencia de hacer al marido demostraciones de gratitud. Esto parece la pura lógica. Pero como la lógica, en cuestiones de amor, suele andar como Dios quiere, me doy á cavilar si no será todo una bien ensayada comedia para envolverme y confundirme más. Es mucho cuento esta señora Humanidad, querido Equis, y cada día vemos en ella cosas más raras é incomprensibles. Estoy sobre aviso, y sigo observando.»

Vamos á otra humana rareza. Ha llegado ese, la _estrella con rabo_. Llámole así, porque su aparición produce general terror. Le he visto, he hablado con él, hemos almorzado juntos, y puedo asegurarte que no he visto hombre más seductor y ameno. El podrá ser un pillo de siete suelas, y de fijo lo es cuando todo el mundo lo dice; pero á las primeras de cambio, da el pego al lucero del alba.

Con la presencia de su padre aquí y la barrabasada de su hermanita, está Federico inaguantable de mal humor é intolerancia. Por cierto que el papá no sólo se muestra indulgente con la chiquilla, sino complacidísimo de su resolución, y le da el permiso legal. No hay en él ni asomos de las ideas del hijo en punto á distinciones sociales y al decoro de los nombres. Se pasa de demócrata, y su despreocupación social, política y religiosa te parecería cinismo si no la revistiera, al expresarlas, de formas tan simpáticas. Por cierto que hijo y padre difieren tanto en lo espiritual como se asemejan en lo físico. Tan grande es el parecido entre uno y el otro, que les tomarías por hermanos; y hasta la diferencia de edad se amengua por estar Federico bastante envejecido y el otro rozagante, esponjado y hecho un pollo, como suele decirse. Pero entre los caracteres hay tal diferencia, que no cabe aproximación. Es de esas distancias de que no podemos dar idea ni aun llamándolas abismos.

Sé que hoy han celebrado una conferencia Orozco y Viera padre; pero nada pude traslucir, aunque almorcé en la casa esta mañana, y allí estaba cuando anunciaron al tramposo. Me parece, por lo que oí á mi prima y al mismo Tomás, que se trata de sablazo gordo, como los suele dar ese consumado tirador. Augusta indignadísima. Aunque de las pocas palabras que Orozco pronunció sobre este asunto, se desprende que abre la bolsa, no sé yo si el abrirla reservadamente para el pícaro que fué socio y compinche de su padre, entra también en la categoría de esas obras misericordiosas practicadas en secreto, y que no deben ser agradecidas. ¡Ah! por lo que hace al agradecimiento de ese bribón, que me lo claven en la frente. He podido colegir que Viera le ha presentado un antiguo crédito, obligación ó no sé qué de la célebre _Humanitaria_, y que hay dudas de si la tal obligación ha prescrito ó no legalmente. Veremos lo que resulta de esto.

Después de la visita del espadista, tenía Orozco la cara tan plácida, tan serena como siempre, y por ella no podía traslucirse que padeciese la más ligera agitación. Augusta, en cambio, parecía muy contrariada. ¿Será que no encuentre práctica ni conveniente, en los tiempos que corren, la santidad de su consorte? No lo sé. Algo más tengo que decirte; pero estoy muy cansado, chiquillo, porque... Vamos, te lo cuento si no lo dices á nadie. Estuve esta noche en casa de la Peri. No pongas el ceño de moralista empalagoso y cursi. Hemos ido á que nos echara las cartas. Á ver, ¿tiene eso algo de particular? ¿Pues no va uno á las cátedras del Ateneo y de la Universidad, con objeto de instruirse? ¿Y acaso en estos templos de la sabiduría se encuentran unas chicas tan guapetonas como las que esta noche había en casa de Leonor? Amado Teótimo, todo es aprender, observar y cursar la difícil carrera de la vida; y eso de que vaya uno todas las noches á oir discutir sobre la Organización de los Poderes públicos, ó sobre lo que pasó en la época merovingia, empacha, créelo, empacha y embrutece. Es preciso echar una cana al aire, sobre todo antes de tenerlas... Con que, abur, que me voy al catre.

XXVII

_30 de Enero._

Gordas y frescas, amigo Equis. La hermana de Federico, la gran demócrata y revolucionaria, se casa con su querido hortera, realizando así el soñado ideal de la concordia de las clases, de la reconciliación del pasado con el presente, ¿Qué tal? Ahí tienes á la señora realidad haciendo muy calladita lo que escribís en vuestros libros y otros dicen en sus discursos. Yo te pregunto: ¿precede la idea al hecho, ó el hecho á la idea? Pero dejémonos de averiguaciones, y vete enterando de la realidad. El chico que ha venido á entroncar su humilde nombre con el de los Vieras y Gravelinas, pertenece á una de esas honradas familias mercantiles, oriundas del valle de Mena, la verdadera antesala de la calle de Postas. Le llaman Santanita, y es simpático, de cara inteligente, guapín, modesto. Ha ido á suplicarme que intercediera con el señor de Orozco para obtener la plaza de tenedor de libros en una casa de banca, y te aseguro que me interesó aquel humilde representante del estado llano, que se abre paso, á codazo limpio, entre la turbamulta social.

Por lo poco que hablé con él, me pareció uno de esos caracteres que, bajo la capita de modestia, ocultan una voluntad decidida para marchar impávidos hacia su objeto. Sabe arrimarse á los que pueden serle útiles; no pierde ripio, y olfatea donde guisan. La chica está depositada en casa de la viuda de Calvo (no la conoces, ni hace al caso), señora de campanillas, á quien el padre de Santanita sirvió de administrador, mayordomo ó no sé qué. Ha venido á menos, y vive de una pensión que le da Orozco. Ya sabe ese pillo de Santanita á qué árbol se arrima. Me ha dicho Tomás que no podía hacer nada por él; pero algo hará, tú lo has de ver. Ya voy conociendo las santas marrullerías de ese hombre sin segundo, que practica la hipocresía de la dureza de corazón. Todo su empeño está en que le tengan por insensible á las miserias y desdichas humanas. Pero lo que es á mí no me la da.

Bueno: quedamos en que el tal hortera es una diligente hormiga. Clotilde no podía aspirar á un Coburgo-Gotha, y cuando las cosas vienen rodadas, debemos tener por buenas las soluciones impuestas por el carácter nivelador de la época presente. ¿Qué tal? Estoy cargante hoy. Pues te diré: más lo está Federico, obcecado hasta el punto de asegurar que preferiría ver á su hermana muerta á verla casada con el pobre Santanita. Es que nuestro amigo lleva á todas las cosas el ardor del sectario, y es inútil intentar persuadirle. Ve el mundo por cristales muy subjetivos, y lo que para nosotros es natural, á él le parece monstruoso. La pavorosa _estrella con rabo_ se marcha para otros mundos, cumplido al parecer el objeto de su aparición en éste; pero ignoro la verdad de lo ocurrido entre él y Orozco. En el rostro de éste no he podido leer nada; pero el de Viera resplandece con esa luz particular que encienden en nuestros ojos los triunfos de la voluntad. No me queda duda de que ha obtenido todo ó parte de lo que solicitaba. Augusta debe de saberlo; pero no se clarea, y cuantos esfuerzos hago para meter la nariz en este secretillo han sido inútiles. Pero hoy ha ocurrido algo que aumenta mi confusión, pues no sé cómo relacionarlo con los demás hechos conocidos para sacar la deseada luz.

Pues verás: anoche me dijo Orozco que no dejase de ir hoy á almorzar, que tenía que hablarme. Figúrate si me apresuraría yo á ir. ¡Qué mañana tan deliciosa! Augusta amabilísima conmigo, como no lo ha estado nunca, muy alegre, y despidiendo chispas de gracia de aquella boca infernal... digo, celestial. He dicho infernal porque si no se la hizo el diablo, como una trampa para coger almas, no entiendo yo quién diablos se la pudo hacer. Tomás, como siempre, reflexivo y cariñoso, revelando esa quietud serena de las almas superiores, que han encontrado el suelo firme y se sienten bien plantadas en él. Por dicha mía, no almorzó allí ningún extraño más que yo. Ni siquiera estaba Calderón, que nos habría mareado lindamente contándonos alguna nueva versión del crimen. No se habló más que del bodorrio de Clotilde, de Santanita y de lo vividorcillo que es. Augusta censuró acerbamente á Federico por su disconformidad con las ideas dominantes en el mundo, su apego al antiguo y ya desacreditado prestigio de los nombres y de las clases. Orozco le disculpaba, asegurando que las ideas y el sentir de las cosas, acumulándose en nuestra vida durante los años que empalman la juventud con la edad madura, forman un conglomerado de tal dureza, que es tontería pensar que ha de ceder ante las ideas y el sentir de los demás. Si Federico es así, no podemos nada contra él, y sólo conviene procurar que el bien se realice, respetando las ideas y aun las preocupaciones de cada cual.

Esto llevó la conversación al terreno en que nuestro buen amigo quería ponerla; y como yo notase en él cierto embarazo para abordar el asunto, le ayudé, y pude sacar en limpio lo siguiente: Orozco desea mi intervención para que Federico se decida á aceptar de él un beneficio, que no ha expresado todavía en forma concreta. La dificultad principal que surge es el carácter puntilloso de Viera, y su resistencia, no sólo á admitir cierta clase de favores, sino á declarar su pobreza y angustiosa manera de vivir. Para vencer esta dificultad es para lo que se recurre á mí, esperando que con diplomacia consiga yo doblegar el inflexible tesón de nuestro amigo. Orozco no ha hecho más que apuntar su idea, esforzándose en quitar valor á la generosidad que envuelve; y por lo que he podido entender, no se trata aquí de un donativo, que sólo serviría para apuntalar pasajeramente un presupuesto en ruínas: trátase de asegurar al favorecido un modo de vivir que le libre para siempre del molesto enjambre de usureros é _ingleses_, y le aparte de las _salas del crimen_... ¿Vas entendiendo?

Y ahora te pregunto tu parecer sobre caso tan extraño de protección, y sobre el intríngulis que esto pueda tener. Preveo que tu opinión es que en el caso referido no hay ni puede haber más que lo aparente; un acto de generosidad, digno del alma elevadísima de mi amigo. Perfectamente. ¿Pero no se te ocurre enlazarlo con otra cosa? ¿Me entiendes, tonto? ¿No se te ocurre, como se me ha ocurrido á mí, buscar un hilo entre la intención cristiana del grande hombre y el objeto de ella, y seguir ese hilo cuidadosamente hasta descubrir que se enreda en la blanca mano astuta de una mujer? ¿No has pensado que el plan de Orozco pueda ser más sugerido que espontáneo? ¿No se te pasa por la cabeza que el conocimiento de dicho plan y de su determinación inicial podría darme la llave del arca en que se guarda el secreto que busco? ¿Crees tú que no hay tal relación? ¡Cuánto me alegraría de que me contestaras de una manera categórica!

Pero no me contestarás, porque no es posible sentenciar desde lejos un pleito tan obscuro y delicado. Dirás que esta sospecha mía nace de la mezquindad de sentimientos propia de la época, de la mala costumbre de señalar en todo hecho grandemente generoso móviles bajos. No: yo miro la acción por el lado de Orozco nada más, y admito que es un rasgo admirable; no quiero ver el consabido hilo; no quiero ver más que el acto noble y altamente cristiano, pues aunque existiera el móvil sugestivo que es objeto de mi inquietud, no por eso valdría moralmente menos el acto en cuestión. También en nuestra edad, dígase lo que se quiera, hay ejemplos de estupenda virtud, no inferiores á los de antaño. Eso de que ahora no se dan santos, es una tontería. No habrá martirios en el orden material; no habrá aquellas penitencias rudas, brutales y calagurritanas; pero hay exaltación de las almas, hay fiebres de virtud, secretos entusiasmos por el bien, y sacrificios quizás mayores que los de otros tiempos, porque en los nuestros hay más materia que sacrificar.

Excuso decirte que aquella conferencia trastornó mis ideas, llevándome á decir con toda seguridad: «Malibrán no es.» Y si al pronto me fijé de nuevo en Federico, no he seguido afirmándolo, y me concreto á preguntármelo á todas horas del día y de la noche. «¿Será ese? Y si es, ¡con qué donosa perfidia me engaña! ¡No le perdono la doblez, no se la perdono!» Por cierto que hace diez días que no he hablado con él, ni he podido encontrarle en los sitios á donde habitualmente va. Esta noche me han dicho que le vieron en el Teatro Real en el palco de Augusta. Yo no le ví.

31 _de Enero_.—Anoche no pude concluir ésta porque me acometió Morfeo, y no tuve más remedio que echarme en sus brazos. Te la mando hoy con esta postdata que no deja de tener miga. Pues verás: hoy me ha hablado Villalonga con cierto misterio de unas palabras malignas dichas por Malibrán en casa de la Peri, en una cena que allí celebraron anoche. La cosa es grave. El _petit Talleyrand_ se permitió algo más que esas reticencias que inspira el _champagne_, y de las cuales ninguna reputación está libre. Ya adivinarás que las chinitas iban contra mi prima. Pues dijo, como quien no dice nada, que había descubierto la madriguera donde la muy hipócrita tiene su amoroso refugio. Lo más indigno es que de algunos días á esta parte ha dado en pegarse á Orozco y en adularle bajamente, y mañana se van juntos á las Charcas (el monte que Tomás posee más allá de las Zorreras) á cazar un par de días... ¡Figúrate cómo me habré puesto yo, con las ganas que le tengo á ese...! Mi primer impulso fué ir en su busca, pedirle explicaciones, pegarme con él si no me las daba... Pero lo he pensado mejor, y me guardo para otra ocasión las ganas de pelea. ¿No es verdad, amigo mío, que tú me aconsejas no hacer el paladín? Si eso lo hubiera dicho Malibrán delante de mí, pase que yo... Pero más vale que no haya sido en mi presencia, porque así me veo libre de disgustos y de la ridiculez que acompaña siempre al paladinismo. Tengo un humor de mil demonios.

XXVIII

_3 de Febrero._

Querido Equis: no sé lo que me pasa ni cómo puedo escribirte, ni si entenderás estos garabatos. Mi mano no acierta á trazar las letras. La sorpresa, el pavor de esta misteriosa tragedia han desquiciado la máquina toda, y no sé lo que hago ni lo que digo, ni aun lo que siento. No te escribo para darte la tremenda noticia, que ya sabrás por los periódicos (hoy no se habla de otra cosa en Madrid). Te escribo para que no te inquietes, juzgando que podría tocarme alguna parte en las complicaciones de este asunto... No me toca más que el horror de que estoy poseído, la confusión espantosa que me acongoja más que el horror mismo... Ayer al mediodía, hallándome en la cama, sentí que me despertaban, sacudiéndome un brazo. Era Calderón: le miré entre dormido y despierto... Figúrate el efecto que harían en mí estas palabras que me dijo: «Levántate... ¿no sabes lo que pasa?... ¡Federico Viera asesinado!... ¡Su cuerpo encontrado hoy en un muladar, allá, no sé dónde!... Levántate.»

Creí soñar... Me revolví contra Calderón... Bromas pesadas... creí que eran bromas. Su cara consternada me hizo estremecer... Él me iba echando la ropa encima de la cama para que me vistiera. Yo me volví estúpido... No podía creer tamaña atrocidad... ¡Asesinado! ¿Y por quién? Es lo primero que se ocurre. Calderón me dijo: ¿Por quién? La justicia lo averiguará... ¡Pobre muchacho!... todo el cuerpo lleno de balazos y cuchilladas...» Levantéme temblando, la garganta oprimida, sin poder hablar... «¿Dónde?—¡Allá!...» ¡Valiente información! ¡allá! «Le han llevado al Depósito—añadió Calderón.—El juez amigo mío no conocía al muerto; pero, por algo que se halló en su cartera, se supo su nombre. Me avisaron... Le reconocí. Miedo horrible, querido Manolo. El juez quiere identificación en regla. Vamos tú y yo... La hermana no lo sabe. Vamos.»

Todo se me volvía preguntar: «¿Pero quién le ha matado?...—Vete á saber... lances del juego quizás... amores... venganza... Vete á saber. Misterio. Yo no lo entiendo... Vamos. ¡Qué trance!» El pobre Calderón estaba como trastornado. Yo más aún. Salimos, tomamos un coche, fuimos allá... Antes pasamos por el Juzgado de guardia: se nos unió un médico forense. ¡Qué día, Equis! Si mil años viviera, creo que no podría olvidar las emociones espantosas de ayer, la pavura que llenaba mi ánimo... Hoy me es imposible referírtelas: diría mil disparates, no acertaría á expresar cosa alguna con claridad... Si te escribo hoy es para que te tranquilices con respecto á mí. Estoy abrumado de pena y horror; pero nada más. Mañana, si logro tranquilizarme, te contaré todo... ¡Ay! presumo que habrá materia larga, más larga de lo que convendría. Necesito descanso. En veinticuatro horas no he podido pasar bocado; sólo he tomado café y más café... Dormir, imposible. Aguarda un día para que te entere de lo que he visto y sentido... no de la verdad, que ignoramos. Estamos todos en completa obscuridad respecto al tremendo suceso. Adiós.

XXIX

_4 de Febrero._

Yo no sabía lo que me pasaba, al recorrer en coche, con el juez, escribano y médico forense, la distancia entre el Juzgado y el Depósito. Los pensamientos que durante aquel viaje lúgubre asaltaron mi mente, querido Equis, no puedo ni debo comunicártelos, al menos todavía. Yo debí de preguntar á Calderón si nuestros amigos tenían ya noticia de la ocurrencia, porque él me dijo que Augusta se había puesto mala de la terrible sorpresa, y que al punto telegrafió á su marido, el cual se fué el día 1.º por la tarde á las Charcas en compañía de Malibrán y de no sé quién más. Indicóme también que Clotilde no sabía una palabra, que probablemente Orozco se encargaría de darle la noticia cuando viniese. No sé qué más me dijo, porque yo no me enteraba claramente de nada. Á veces creía soñar; ansiaba llegar pronto, y á ratos lo temía; y cuando estuvimos cerca del Puente de Toledo y el juez señaló el vulgar edificio del Depósito, sentí tal pánico, que por punto no me volví atrás. Me enfadaba que el forense, un viejo rígido y seco, sordo, completamente insensible ya, por su larga práctica, á las emociones de estos dramas judiciales, estuviese tan tranquilo, y nos contase con la mayor frialdad que en su dilatada carrera ha hecho dos mil y tantas autopsias. Me infundía horror y lástima aquel sujeto, cuya inteligencia no desconozco y cuya serenidad ante estas catástrofes he admirado al fin.