Part 11
Adelante. Ví al amigo Orozco ya levantado y en amable disputa con su mujer, porque él se empeñaba en abrir el correo, y ella le reñía como á un niño para que no se ocupase de nada. La encantadora Estefanía completaba la preciosa escena. No faltaba sino que la chiquilla fuese hija de Augusta para que resultara una _Sacra Familia_. Vamos, que me estoy volviendo muy... doméstico y muy... patriarcal.
Dime una cosa; háblame con franqueza: ¿crees tú que aquella revelación nocturna de que te hablé, es un error mío? ¿Crees que estoy equivocado al afirmar lo que afirmo con tan profunda convicción? Ea, venga la _rimpuesta_, y, verdadero _payo de la carta_, no te la entrego, es decir, no sigo ésta hasta que la contestación llegue á mis manos.
XXIII
_21 de Enero._
Ya pareció la respuesta. Te juro que me ha sorprendido. Yo creí que me contestarías _estás equivocado_, porque, la verdad, en mi mente empezaba á aclimatarse la sospecha de que mi revelación de marras fué, como suelen serlo otras, enteramente subjetiva. ¡Y ahora me sales tú con que _estoy en lo cierto_! ¡Y añades que no tienes conocimiento de hechos en qué fundarlo! Pues lo mismo me pasa á mí, chico. Afirmo sin saber por qué. Creo, como tú, que estas cosas se sienten y no se razonan. Adivinar es sentir los hechos separados de nuestra vista por el tiempo ó por el espacio; ver lo que, por invisible, parece no existente, de donde todos los sabios hemos colegido que la adivinación es una facultad parecida al estro poético. El poeta precede al historiador, y anticipa al mundo las grandes verdades. Heme aquí convertido en vate, descubriendo lo escondido, y guipando desde muy arriba las cosas, lo mismito que un águila. Pero dejemos á un lado estos amaneramientos filosóficos, y voy á satisfacer un deseo que me manifiestas en tu carta. Quieres saber mi opinión respecto á Orozco; crees que me será fácil trazarte su retrato, y deseas que lo haga con suprema imparcialidad. Pues á ello voy; ya sabes que yo no me paro en barras, y que á sincero no me gana nadie.
Pero he de empezar diciéndote que esta opinión, ó si quieres, semblanza ó retrato, llevará el carácter de provisional, por no encontrarme en posesión de todos los datos para darla por definitiva. Hay en ese hombre algo que no he comprendido bien todavía. No es persona Orozco que se revela entera en cualquier momento; al menos así me lo parece á mí. Cosas he visto en él que me han producido admiración, y otras sobre las cuales no me atrevo aún á opinar resueltamente. Empiezo por decirte que pocos hombres he conocido más agradables, y ninguno quizás que sepa con tanta rapidez ganar simpatías, y con las simpatías amistades verdaderas. Á esto contribuyen seguramente sus maneras corteses, su exquisita bondad, su cara misma, que tanto me recuerda (veremos qué te parece esta observación) el tipo judáico, hermoso y puro, que apenas se conserva ya; barba poblada y larga, nariz de caballete y un tanto gruesa, ojos apagados, poca vivacidad en los movimientos fisiognómicos, y, en fin, ese reposo, esa gravedad dulce que parecen indicar un perfecto equilibrio interior. Me encanta aquella manera de tratar á grandes y chicos, afable con todos, familiar con ninguno. Hay en su trato algo del trato de los reyes, que por muy bondadosos que sean, siempre son reyes, y mantienen los fueros de su alta jerarquía. Qué tal, ¿voy bien?
Entrando ahora en lo moral, debo decirte que, aparte de ciertas hablillas, la reputación de que goza Tomás es sólida y unánime. Sobre esto no cabe duda. Y no hay que darle vueltas, Equis: el que tiene una reputación así es porque la merece. Cuando un nombre sobrevive á la constante lima de la murmuración, por algo será. ¿No crees tú lo mismo? Convengo en que Orozco lleva una sombra sobre su apellido. El fortunón que disfruta lo amasó su padre don José Orozco, según pública voz, de una manera bastante irregular, por no decir otra cosa. Aquella execrada Compañía de Seguros, sobre la cual han caído y caen aún tantas maldiciones, arroja, como te digo, cierta opacidad sobre nuestro amigo, y él hace todo lo posible para purificar un nombre que recibió con bastantes máculas. Es absolutamente irresponsable de las faltas de su padre, llámalas crímenes, si quieres; heredó el caudal y vive tranquilamente, matando la ociosidad en algún negocio de los más limpios, y haciendo todo el bien que puede. Aquí viene de molde aquello de _modelo de ciudadanos, modelo de esposos, modelo de_... Pero no precipitemos nuestros juicios.
Corre bastante por ahí la especiota de que Tomás es hombre muy místico, mejor dicho, beato. Hay quien sostiene que se consagra á prácticas religiosas de las más exageradas; que en secreto se da disciplinazos, que ayuna como un trapense... Todo esto es pura novela. Yo no he observado en la casa nada absolutamente que confirme tal suposición. En su biblioteca, puedo asegurarlo, no hay obras místicas, fuera de aquéllas comprendidas en la colección de clásicos, y que están en las estanterías con todas las trazas de no ser abiertas nunca. Entre los libros familiares de uso constante, que tiene en su mesa de despacho, no he visto nada religioso. En su alcoba no hallarás ni crucifijo ni imagen devota, pues si hay algún cuadro de asunto sagrado, está allí como obra de arte. Pila de agua bendita no la ves en toda la casa. Y puedo dar fe de que ni Orozco ni su mujer tienen afición ostensible á cosas de iglesia, ni se apuran mucho por cumplir los preceptos del catolicismo. Lo más, lo más que hacen es ir á misa algún domingo, si la mañana está buena. Pero lo que es confesar y comulgar... no sé, no sé: casi me atrevería á sostener que en esto están como tú y como yo. De modo que cuanto se dice del misticismo de Orozco y de los zurriagazos, no tiene el menor fundamento. Lo mismo que esa otra paparrucha de sus connivencias con los Jesuitas. No faltan tontos que te juren que Tomás pertenece secretamente á la Orden, y que la apoya y le da dinero... Yo, que entro en la casa todos los días y á diferentes horas, puedo asegurar que jamás he visto allí una sotana, como no sea la del bondadoso padre Nones, á quien los de Orozco dan muchas limosnas para que las reparta entre los pobres de la parroquia de San Lorenzo. Tú, que tratas al padre Nones, dirás si tiene el pobrecillo trazas de andar en la _Compañía_. No, todo eso es fábula. Queda, pues, rechazado. Pero vete á arrancar de la mente del vulgo una rutina de éstas. ¿Pero qué más? El mismo Cisneros, que conoce la casa tan bien como yo, pero que gusta de fomentar las malicias vulgares, me decía anteayer: «¿Y cómo está el jesuitón de mi yerno?» Lo dice sin creerlo, por hacer eco á lo que oye.
Mas reconociendo y afirmando que todo es cháchara, pregunto yo ahora: ¿no habrá algo que motive, siquiera remotamente, esta opinión? ¿Es posible que sin ningún fundamento se fabriquen errores semejantes? ¿No habrá algo... algo que, sin ser aquello, se le parezca? Y aquí entran mis dudas, porque trato de sondear, y no encuentro, no encuentro en la vida de Orozco la explicación del supuesto misticismo y jesuitismo. Lo que haya estará tan recóndito, que no podrán atisbarlo los ojos fisgoneros de los amigos de la casa. Esto se enlaza con otra cuestión. ¿Hay armonía conyugal en este matrimonio? Si he de decir verdad, aparentemente dicha armonía es perfecta. Cuanto he visto y observado parece probar que Tomás ama con ternura á su mujer. De que su mujer le respeta, le estima y aun le ama, también creo haber visto señales incontrovertibles. Y, sin embargo, la idea que me fué sugerida por el conocimiento universal, la revelación aquélla con que te he dado tantas jaquecas, está en abierta pugna con lo que afirmo ahora. ¿Ó es que no lo está? Aclárame el misterio, Equisillo, tú que sabes tanto. Como dice aquel amigo nuestro, que escribe artículos sobre las relaciones de la Iglesia con el Estado, _nos encontramos frente á uno de los problemas más intrincados de la época presente_.
Añadiré que siempre que Augusta habla de su marido, lo hace con acento de entusiasmo, de admiración reverente. Paréceme que se juzga muy inferior á él. Un día, en confianza, me reveló pormenores interesantes de las obras de caridad que Orozco hace. En pensiones á familias pobres, emparentadas ó no con la suya, se gasta un caudal. Hace mucho bien, siempre guardando el secreto para que no lo sepa la gente, porque le molesta que de ello se hable, y ni aun admite que los favorecidos le den las gracias. Inventa mil arbitrios sutiles y delicados para hacer llegar sus beneficios á ciertos menesterosos, que no pueden admitirlo sino por vías muy diplomáticas. De esto sabía yo algo; pero lo que yo sabía, con ser tan bueno, no llega á las maravillas que me ha contado Augusta.
Voy trazando el retrato como puedo. Quisiera seguir; pero te advierto que no veo bien todo el original: hay algo que permanece en la sombra, y por eso mi pintura no es ni puede ser completa. Complétala tú, si puedes, añadiendo tu saber al mío. Ya no describo, sino te consulto. ¿Qué hombre es éste? ¿Es un tipo de grandeza moral, raro, aunque no imposible, en nuestros tiempos de variedad y verdaderamente fecundos? ¿Nos hallamos frente á un vigoroso carácter religioso, no informado en las religiones vigentes, sino de nuevo cuño y de índole novísima? ¿Es un soldado heróico de los eternos principios, que combate por ellos recatándose de la profana admiración del vulgo? ¿Es una conciencia sublime, ó un vulgar misántropo? ¡Ah! una idea diabólica ha nacido en mí, y no vacilo en exponerla, para que la tomes como quieras. Deseo conocer á fondo á este hombre. Si yo lograra ser amante de Augusta, ella me revelaría cosas muy peregrinas. Mira por dónde soy un diablo teólogo, ó _teófilo_; un diablo que no busca el mal por el mal, sino impulsado del ansia del conocimiento, y que por el camino del pecado aspira á llegar á donde pueda contemplar de cerca el supremo bien. ¿Qué te parece? Una gran idea, ¿verdad? ¡Si la diabla esa me quisiera...! pero como no me ha de querer, eso ya lo estoy viendo, me quedaré con mi amor y con mi triste ignorancia acerca del enigma moral de Orozco. Soy, pues, el diablo más desairado y más tonto del mundo; un diablo merecedor de que le pongan un cacharro en el rabo, como á perro ó gato sin dueño, para ser burla y alboroto de los chiquillos de la calle.
Concluyo, hijo mío, poniendo á tus órdenes toda mi diabólica inutilidad.
XXIV
_23 de Enero._
Pues, señor, hoy pensaba continuar el retrato del buen Orozco con datos y observaciones nuevas de grandísimo interés; pero cátate que salta un asunto del cual no puedo menos de darte noticia sin tardanza, y á ello voy. Nuestro amigo Federico Viera es el rigor de las desdichas. ¿Recuerdas la descripción que te hice de su casa, de su hermana, del abandono indecoroso en que ésta vivía? Pues las consecuencias que yo me temí, y que te anuncié, no se han hecho esperar. Hace pocas noches, acompañando yo á Federico hasta su casa, entre una y dos, sorprendimos á un joven que del portal salía. Federico le echó mano al pescuezo. ¡Qué escena, chico, tan desagradable, y al mismo tiempo, no sé por qué, tan graciosa!... En fin, que según lo que Viera me había dicho poco antes del fatal encuentro, el agredido es novio ó pretendiente de Clotilde, por más señas, honrado hortera de una tienda próxima. Aquello habría concluído mal sin mi intervención y la del sereno, pues nos costó trabajo librar al infeliz amante de las garras del hermano de su ídolo. Pero no pararon aquí las cosas. Escucha lo mejor: ayer la mosquita muerta desapareció de la casa, dejando una carta para su hermano, en que le anunciaba su resolución de casarse (mira si tiene alientos la niña), añadiendo que se halla depositada judicialmente en casa de la viuda de Calvo, señora respetable, muy amiga de los Viera y también de los Orozco, y que al amparo de dicha señora esperaba el permiso pedido á su padre para verificar el matrimonio. No puedes figurarte la ira de nuestro pobre amigo ante este arranque de su hermanita, á quien creyó toda sumisión y apocamiento. Lo de siempre, amigo Equis. La autoridad arbitraria no se entera de que los oprimidos tienen alma, hasta que no les ve levantarse y sacudir el yugo por los medios que están á su alcance.
Esta revolución doméstica ha puesto á Federico fuera de sí. Ya sabes que es un temperamento absolutista y aristocrático. La publicidad que va á tener ó que tiene ya su humillación, le saca de quicio. Y mira tú qué cosa tan rara. No ignoraba que Clotilde vivía indecorosamente entre criadas y gente soez, y se irrita de que la infeliz se emancipe aceptando un marido de clase inferior á la suya. El orgullo de nuestro amigo transige con que su hermana se consuma en la tristeza y en la vulgaridad, y no transige con una unión que llama degradante. Pero la niña, á la chita callando y como quien no hace nada, se ha dejado llevar de la corriente del siglo, y desde la ignominiosa obscuridad en que vivía, se ha lanzado á la democracia, buscando en ella una especie de redención. Ya sabes el odio corso que Federico profesa á las ideas democráticas, con qué graciosa crueldad se burla de ellas, y de los progresistas, y del _morrión_, etc... Reconoce sinceramente que está fuera de lugar en nuestra sociedad; que ha venido al mundo rezagado, y que por equivocación no nació en los tiempos á que su carácter se ajusta. Figúrate cómo estará ahora, viendo á su hermana sacrificada al aborrecido principio de la igualdad política y social; viéndola pasarse vergonzosamente al enemigo, en brazos de un sér insignificante, y que personifica, según él, todas las garrulerías de la época presente. Está el hombre que arde, y no se le puede hablar de esto sin que al instante pierda pie y se descomponga.
Anoche dió mucho que hablar en casa de Orozco este caso concreto de revolución social, eclipsando la conversación del crimen famoso, y Augusta estuvo de acuerdo conmigo en la ninguna razón que tiene Federico para quejarse. Convinimos en que él ha provocado el triunfo de la democracia, descuidando á Clotilde y privándola del puesto que en la sociedad le corresponde. Federico no pareció por allí: anda huído, y no le veo desde la noche que sorprendimos al atrevido galán saliendo de la casa. Fué una escena calderoniana, que no te describo porque espero han de ocurrir otras más dignas de pasar á tu conocimiento.
Volviendo á Tomás, te diré que está ya completamente restablecido. Ayer almorcé con él, y estuve casi todo el día acompañándole. Su mujer salió á eso de las cinco. ¿Á dónde iría? He aquí el tema de mis sombrías meditaciones durante toda la tarde. Y aparte de esto, te juro que el buen Orozco me hizo pasar un rato muy agradable, charlando conmigo de asuntos diversos, con una amenidad, con una discreción que me dejaron pasmado. Hizo una pintura del carácter de su suegro, que siento no poderte transcribir íntegra, pues mis cavilaciones impidiéronme fijar en sus atinados conceptos la atención taquigráfica que acostumbro. También analizó el caso de la hermana de Federico Viera con un criterio semejante al que yo te expuse. Ha pasado en esto lo que debía prever todo hombre que no tenga el entendimiento lleno de ideas arcáicas, y el carácter agriado por los contratiempos económicos.
Pues, señor, me da la gana ahora de continuar el retrato interrumpido. Cuando menos lo pensaba, he visto más de cerca la figura, se me han revelado algunas líneas que antes se perdían en la sombra, y quiero fijarlas inmediatamente sobre el lienzo, esperando que se vaya clareando lo que oculto permanece todavía.
Quizás no sepas que Orozco es uno de los hombres más arreglados que se conocen. Podría dar lecciones de prudente economía y de previsión á toda la raza española. Lleva sus cuentas al día y al céntimo, sin que esto signifique mezquindad cicatera. Al contrario: no regatea nada de lo que pueda contribuir al lustre de su casa, ni pone á su linda costilla cortapisa alguna. Verdad que ella sabe mantenerse dentro de los límites de la más exquisita prudencia. Orozco no trabaja por aumentar su capital, que es grandecito, y los negocios en que toma parte, en cooperación con otros capitalistas, no le dan muchos quebraderos de cabeza. Me consta que en negocios de usura jamás ha querido interesarse. Sé que se le han hecho proposiciones solicitando préstamos con enormes ventajas, y las ha rechazado. Da, pero no presta, y da en la medida conveniente. Dos cosas hay que no se conocen allí, y son: la sordidez y el despilfarro.
Te confieso que este hombre me impone un respeto casi supersticioso. Cuando hablo con él, me siento enano, me inspiro á mí mismo cierto desprecio, me entra cortedad... no sé qué. Y debo añadir que ayer, cuando me senté á su lado y me puso cariñosamente la mano en el hombro, sentí remordimientos muy vivos. Cierto que yo no le he faltado más que con la intención; pero aun esta idea no acallaba mi conciencia, y procuré tranquilizarla con sofisterías. «Por lo mismo que este hombre es tan perfecto—me dije,—hállase fuera de las leyes humanas. Está tan alto, que el ser burlado no le ofende, ni hay injuria que alcance á tal excelsitud. Los que le ofendan y ultrajen darán cuenta á Dios; pero no á él, que se rebajaría pidiéndola.» Estas cosas me pasaron por la mente, y cuando ví á mi prima entrar de la calle con su cara risueña, imagen de una conciencia sosegada, parecióme que su serenidad era cinismo, y su sonrisa hipocresía. Púseme resueltamente del lado de la moral y de los consabidos principios, muy señores míos, y me pareció crimen nefando engañar á un hombre tan bueno. ¡Qué picardía! ¡Engañarle no siendo yo el cómplice! Te descubro mi conciencia con todos sus escondrijos. Se me antoja que la ofensa, hecha en mi obsequio, sería más disculpable.
Tomó parte la esposa en nuestra conversación. Yo la observaba, y no sé, no sé... me parecía que su tranquilidad era sólo aparente. Su manera de oirnos indicaba cierto sobresalto, y su reir no era tan franco y natural como de costumbre. De pronto Orozco le dijo: «¿Has sabido algo más del pleito de Federico con su hermana? ¿Le has visto á él?» Yo temblé. No sé por qué me asaltaron de nuevo las sospechas de aquélla mi segunda revelación. Fijéme en Augusta, que en aquel momento revolvía la mesa buscando no sé qué papel ó revista; creí que esquivaba la respuesta, que evitaba las miradas de su marido y las mías; pero me equivoqué de medio á medio. Al oir el nombre de Federico, dejó lo que buscaba, y vino á sentarse frente á su marido, separada de él por la mesilla en que éste tenía varias cartas y periódicos; puso los codos sobre la mesa, la barba en una mano, y sonriendo nos dijo: «Pues no le he visto, ni sé dónde se mete. Pero me ha dicho Malibrán esta tarde que no cede, que está furioso, que lo que siente es no haber acogotado á ese pobre chico cuando le encontró saliendo del portal. ¡Qué extravagancia! Creo que debemos todos abrazar la causa de Clotilde.»
Al nombrar á Malibrán, ¿sería aprensión mía? parecióme notar en su acento una veladura, en sus ojos no sé qué timidez ó sobresalto... Vamos, que se me enroscaron en el corazón las culebras, y ya no tuve serenidad para seguir atentamente la conversación que los tres entablamos.
Y no continúo por ahora el retrato. Lo seguiré cuando me parezca bien. No tengo ya malditas ganas de acabar ésta en la forma que pensaba. Quédate con Dios, y no te burles mucho de tu trastornado amigo.
XXV
_26 de Enero._
¡Malibrán! No puedo evitar hablarte de este tipo, que se me ha plantado en la nariz como una mosca. Quiero echarle, le sacudo y vuelve. Me persigue, me le encuentro en donde quiera que estoy; llego á pensar que no es él á quien veo, sino á mi execrable sospecha, representada en carne mortal. Es que desde ayer no se aparta de mi cerebro la idea de que he despejado la famosa incógnita: X = Malibrán. ¿Me equivocaré también, ahora?
Anoche estuvimos juntos largo rato en el Teatro Real. Hablóme de Augusta con un cierto respeto que me pareció afectado. No podía yo tirar de la lengua á semejante hombre, diciendo de mi prima alguna picardía capciosa para obtener una respuesta lúcida, y al elogiarla con calor, ponderando su rectitud moral y el cariño que tiene á su marido, parecióme que eran finamente irónicas las palabras con que Malibrán acogía mis alabanzas. Luego noté como que esquivaba aquella conversación, rebuscando otros temas de charla. Si me apuras, no puedo darte la razón de la antipatía que el diplomático me inspira. Quisiera se me presentase ocasión de tener un altercado con él; pero es tan correcto el maldito, que ni esa esperanza me queda. Le rompería la crisma, aunque después comprendiese que había hecho una inútil barbaridad. Para colmo de desventura, hoy al mediodía me le encontré en casa de Orozco, y allí almorzamos juntos. No me queda duda de que Augusta y él cambiaron algunas palabras, que no debían de ser cosa buena, cuando hablaban tan bajito. ¡Sabe Dios...! Adelante. En un rato que nos encontramos solos, me dijo mi prima: «Tomás está muy disgustado con una carta que ha recibido hoy.» Picada mi curiosidad, la interrogué y supe que la carta es de Joaquín Viera, el padre de Federico, y que en ella anuncia su llegada á Madrid para dentro de dos ó tres días. Has de saber, y no hago más que dar traslado de lo que me contó mi prima, que siempre que se aparece en Madrid ese pájaro de mal agüero, trae estudiado algún plan de sablazo en grande escala para atacar con él á los que tuvieron la desgracia de ser sus amigos. Orozco ha sido víctima varias veces de las combinaciones sutiles de aquel insigne tramposo, las cuales merecen más bien el nombre de estafas.
«Esto será—observé yo,—otro motivo de zozobra para el pobre Federico, á quien siempre he oído hablar de su padre con muy poco entusiasmo. Cada vez que viene á Madrid, le deja envuelto para mucho tiempo en una atmósfera de escándalo y vergüenza.»
Augusta manifestó propósitos de hacer los imposibles para precaver por todos los medios á su marido contra la malicia del que explota su extremada bondad. Orozco tiene con él increíbles debilidades, y no le trata nunca con el desprecio que merece; suele ceder á sus malvadas exigencias, por lástima sin duda, en memoria quizás del gran afecto que los padres de ambos se tenían.
¿Qué te parece todo esto? Dirás que aquí se prepara algún enjuague. Pues lo mismo pienso yo. Y sábete que me han entrado ganas de conocer á ese celebérrimo espadista, que hace tantos años desapareció de aquí, y no viene sino contadas veces y por corto tiempo, con el temido alfanje en la mano. Pues hoy, hablando de esto con Augusta y Orozco, dijéronme que Viera senior es hombre de trato seductor, capaz de embaucar con su labia á medio género humano. No se parece nada á su hijo, todo susceptibilidad, orgullo y delicadeza, esclavo del punto de honor y de las leyes de la respetabilidad aparente. Añadió Tomás que Joaquín vive hace tiempo del chantage, amenazando desde el extranjero, ó presentándose con alguna máquina ingeniosa de líos y enredos. Porque eso sí, es hombre de grandísimos recursos intelectuales, muy sabedor de negocios de todo género, y con una trastienda y una flexibilidad y una mónita que dan quince y raya al más pintado. Augusta no le puede ver, y se complace en aplicarle las terribles denominaciones de timador, tramposo, caballero de industria, etc... No comprende, y en esto nos hallamos todos de acuerdo, que de un padre tan sin paladar moral haya salido un hijo con la cualidad contraria, extremada hasta rayar en defecto.
Suspendo el trabajo, y continuaré mañana.