La Incógnita

Part 10

Chapter 104,113 wordsPublic domain

Tú dirás que á qué viene esto. Creerás que es para señalarte la contradicción entre el proceder eminentemente conservador de don Carlos y sus ideas disolventes. No, no es eso: ya hemos convenido en que la palingenesia política de mi tío es pura fanfarria, un papel para recitarlo y hacerse aplaudir en sociedad. Cuéntote estas cosas por otra razón. Verás á dónde fué á parar el ingenioso Cisneros. «El hombre más feliz—me dijo al fin,—y estoy por decir que el más sabio de España, es nuestro amigo Federico Viera, que no paga contribución y vive como un príncipe; que no tiene nada que administrar, ni hace jamás un número, y con sólo mirar una carta y ver lo que sale, ha sabido arreglarse su modo de vivir. No necesita tener ninguna clase de moralidad para que el mundo le aprecie y le mime, porque su talento, su buena figura, su educación, lo suplen todo. Come en las mesas de éste y el otro, que todavía le agradecen que acepte un puesto en ellas. Sus acreedores no se atreven á molestarle, porque saben que les saldría peor la cuenta. Va á todos los teatros sin comprar localidad; y para colmo de ventura, el ramo de mujeres no le cuesta un maravedí, porque siempre habrá, entre las de sus amigos, alguna que le ofrezca platito sabroso y gratis en el festín del amor. Es mucho hombre el amigo Viera. Yo se lo digo siempre: _Eres el ciudadano del siglo XXI, de ese siglo en que todo será común, hasta las mujeres._»

Oí á mi padrino, y quedéme aturdido como quien recibe un fuerte golpe en la cabeza. ¡Otra revelación teníamos! Te reirás de mí todo lo que quieras; pero yo no me vuelvo atrás de lo dicho. Mensaje superior fué aquello, complemento del que recibí de madrugada, al despertar de un sueño profundo. Oirlo y creer, como creo en la luz, que el amigo Viera es... Ya habrás comprendido: me repugna tanto la idea, que hasta me resisto á escribirla. Sí, bien claro estaba. ¡Qué estupidez no haberlo comprendido antes!... Pero así, por súbitas, inesperadas referencias, se nos revelan las verdades que se ocultan al conocimiento general. La casualidad, una voz, una cita, un nombre, son el rayo de luz que esclarece todos los misterios.

Tanta fué mi inquietud, que no supe ni encontrar un pretexto para despedirme bruscamente de mi padrino y echar á correr. No recuerdo bien lo que le dije, y salí como alma que lleva el diablo. Una resolución súbita me enardeció el ánimo, y había que ponerla en ejecución al instante. Tomé un coche y me planté en casa de Federico. Yo no sabía cómo decírselo; pero sí que se lo tenía que decir, y que si no se lo decía reventaba.

Encontréle en la cama, y le acometí sin preparación, diciéndole: «Federico, tengo que comunicarte una idea; tengo que hacerte una pregunta... Vengo á que me saques de cierta duda... No, no es duda, es evidencia: necesito que corrobores... que corrobores...» Mirábame con asombro y susto. Nunca me había visto descompuesto y agitado como hoy lo estaba. Su sorpresa le hizo enmudecer algún tiempo. Yo me expliqué mejor. Te referiré en dos palabras el diálogo aquél, que bien merecería lo escribieras tú, porque, francamente, fué dramático hasta no más. No anduve con rodeos para confiarle la pasión que me hacía infeliz y el fracaso de mis anhelos. Él dudaba que la pasión fuese tan honda como dije, y en cuanto al fiasco, no vaciló en tenerlo por natural. Cuando le expresé mi convicción contraria á la honradez de Augusta, parecióme que se nublaba su frente, que le ofendían mis palabras, y que se violentaba para no obligarme á una retractación. «Ceguedad tuya—me dijo,—monomanía, locura razonante.» Yo no podía probar lo que tan vivamente creía, y falto de argumentos fundados en hechos, tenía que emplear los de mi fe, incomunicable sin duda. Nuestro diálogo se acaloraba, y de improviso le apreté un brazo diciéndole con voz descompuesta: «Tú eres, tú eres...» Y no sé qué más dije, no sé qué sarta de palabras salió de mi boca; frases violentas, injuriosas quizás, inflamadas por la convicción. Pero no pude menos de sentirme cortado ante la frialdad con que Federico me oía. Observé su rostro perfectamente tranquilo, inmutable, y en sus ojos no brilló ni el más leve destello que delatara una conciencia intranquila. Soltando después una risa franca, no enteramente burlona, más bien compasiva, díjome estas cariñosas palabras: «Es preciso que te pongas en cura, pero pronto, antes que el mal te coja toda la cabeza... Manolo, tú estás muy malo. Te aconsejo la rusticación. Vete á Orbajosa por una quincena, y sanarás. Eso no es pasión verdadera, es una crisis de voluntad contrariada, y una chafadura del amor propio, males ambos que en las grandes poblaciones son una verdadera epidemia. Unos días de campo te pondrán como nuevo.»

Á pesar de su humorismo, y de la perfecta tranquilidad, superior á todo disimulo, que su semblante revelaba, insistí; y él entonces, poniéndose muy serio, me dijo: «Si una declaración mía formal no te basta, no sé qué puedo hacer. Te juro que estás en un error. Y aunque los juramentos estén pasados de moda, me veo en el caso de jurar, por lo que valga. Te juro que no hay nada de lo que sospechas. ¿Lo crees? Bueno. ¿No lo crees? Allá tú.» Y después de otras cosas que no han persistido tan claramente en mi memoria, añadió esto: «Todo lo que hay en aquella casa es sagrado para mí.»

Y ahora, Equis mío, no te alborotes si te digo que Viera me convenció. Toda esta tarde, mientras estuve en su compañía, viéndole lavarse y vestirse, mi espíritu no cesó un instante de machacar en la misma idea, como herrero en la forja. La segunda revelación parecíame fallida; pero la primera, la del despertar, aquélla no había quien me la quitase. Federico lo intentó con hábil dialéctica; pero nada pudo conseguir. Yo discurría así: «Lo que es éste no es; pero será otro, y ese otro, ¡vive Dios! yo lo he de encontrar.»

Salimos y paseamos juntos. Federico se permitió darme bromas sobre aquel caso; yo me sentí un tanto ridículo, fingíme aliviado del mal de amores, y aun me burlé un poco de mi desvarío, atribuyéndolo á mi carácter impresionable. No comimos juntos aquella noche. El se fué no sé á dónde, y yo al hotel de Cícero. Luego fuí á casa de Orozco y me encontré á éste con un fuerte catarro, por lo cual su mujer no quería ir á la reunión de San Salomó; él la instaba para que fuese, y me suplicó que la acompañara. Por fin se decidió. Vistióse en un momento, y salimos. Al entrar en la berlina, yo no me encontraba muy satisfecho, porque, de no ser amante, el papel de _sigisbeo_, aunque en el mundo sea un papel envidiable, á mí no me agrada.

«Me ha contado papá que hoy estuviste en su casa—díjome Augusta cuando la berlina echó á andar,—y que parecías medio loco.»

La contestación _en el próximo número_. Ya no veo lo que escribo, de cansado que estoy. Buenas y santas.

XX

_10 de Enero._

¿Qué tal? ¿Te resulta esto divertido, ó te parece extravagante, empalagoso, digno sólo de figurar en el folletín de _El Impulsor Orbajosense_? Vamos, me ha hecho reir tu idea de que podría publicarse, trocando los nombres por otros extranjeros, suponiendo la acción en Varsovia y anunciando á la cabeza que es traducción del francés... Cállate la boca, ó te estrello. ¡Publicar esto... vamos, ni aun con tales disfraces! Además, si como representación de hechos positivos pudiera tener algún interés para los conocedores de las personas que andan en el ajo, como obra de arte resultaría deslucido, por carecer de invención, de intriga y de todos los demás perendengues que las obras de entretenimiento requieren.

Quedamos en que nos metimos ella y yo en la berlina. Bueno. Nunca me había parecido tan guapa como aquella noche. Vestía... Aquí de mis apuros. Soy tan torpe para describir trajes de señoras, que cuando lo intento digo los mayores disparates. No sólo ignoro los nombres de ésta y la otra prenda, y de las distintas formas de _toilette_, sino que confundo los nombres de las telas. Está visto que para revistero de salones no sirvo yo. Sólo te diré que estaba elegantísima, que llevaba abrigo de pieles, que el peinado... ¿Cómo lo diré si no doy pie con bola en estas quisicosas? Pues llevaba el pelo recogido hacia arriba formando un pico, y en éste una joya, algo que echaba chispas cuando mi ingrata movía la sin par cabeza. ¡Ah!... se me olvidó: el pelo ligeramente empolvado. Los guantes eran claros, de muchísimos botones; eso, eso, la mar de botones. Cuando entré, ya los llevaba puestos. Yo habría deseado que no, para ayudarle en la operación de abrochárselos. En el pecho una flor, rosa... no diré que amarilla; pero amarillenta, sí. Nada de escote, chico. Y en la fisonomía, ¡oh, desventura! en el resalado hociquito, nada que me alentara, nada que me significara una promesa. Á lo que dije, contestóme severa, indiferente. Comprendí que mi juego era mostrarme tranquilamente resignado, y así lo hice, diciéndole poco más ó menos: «Descuida, que ya no te molesto más. Me he convencido de que es una insensatez pretenderte... Cuando se llega tarde, no hay más remedio que tener paciencia. Y mi sino es llegar siempre tarde. Otro más feliz que yo ha merecido lo que á mí se me niega...»

Creí notar inquietud en su mirada. Fué como un relámpago. Volvió la cara para mirar hacia fuera, y después de una enfadosa pausa me contestó así:

«Hay que dejarte. Estás insufrible de tonto, de loco y de no sé qué.»

El coche había recorrido la calle Ancha, y atravesaba Chamberí para bajar á la Castellana por las casas de Indo. Densa niebla luminosa y blanca se aplanaba sobre Madrid. No se veían las casas ni los árboles. Las luces de gas, desvaneciéndose en la claridad lechosa, formaban discos, en algunos puntos teñidos de un viso rosado, en otros de verde. Augusta y yo observamos aquel fenómeno, y alguna observación hicimos acerca de él; pero en realidad lo que decíamos era un pretexto para ocultar nuestra turbación. No era yo solo el intranquilo y preocupado; ella también lo estaba. Me miró y me dijo: «No creí yo que fueras tan mala persona.

—Yo seré todo lo mala persona que quieras, Augusta; pero ello es que tú no te atreves á negar lo que he dicho, y aunque lo negaras, de nada te valdría, porque lo que sé de tí, lo sé, fíjate bien, como si lo hubiera visto.»

Observé en su boca y en sus ojos esa expresión particular de quien se esfuerza por tomar á risa lo que no es para reir. Mientras más contraía sus labios, más seriedad resultaba en aquel semblante.

«No me llames malo—le dije, estrechándole una mano, que no se atrevió á retirar de las mías,—ni temas que de mí pueda venirte ningún sinsabor. Si algo sé que tú quieres que ignore todo el mundo, hazte cuenta que soy como un muerto. No temas nada.»

¡Qué bien leí en su alma en aquel momento, aun sin verle la cara que hacia el cristal volvía! Su voz resonaba con timbre extraño al decirme: «¡Qué tontería!... ¡Si no te hago caso!»

Y hasta me pareció que su mano temblaba. Al través del guante, no sé qué estremecimiento de la epidermis me revelaba que la señora de Orozco me había cogido miedo. Y su miedo me permitió lo que nunca me había permitido su confianza: besarle la mano. «Augusta, yo estoy loco por tí. Me has hecho desgraciado para toda la vida...»

Y ella seguía observando la neblina, en la cual los discos luminosos, formados por la llama al desleírse en la humedad, crecían ó menguaban al paso del coche.

«Augusta, yo soy y seré siempre el primero de tus amigos, fervoroso, leal, dispuesto á sacrificarlo todo por tí, á evitarte cualquier pena. No me conoces, si supones que de mí, de mi indiscreción, motivada por el despecho ó los celos, te puede sobrevenir algún mal.»

Volví á besarle el guante. El miedo empezaba á disiparse en su alma, ó á ser vencido por otro sentimiento. Retiró su mano, diciéndome: «Paciencia necesito para oirte.

—Paciencia necesitamos todos—le contesté.—Seamos indulgentes unos con otros. La tolerancia es la norma de la vida. No te asustes porque me veas poseedor de tu secreto.»

Vuelta á mirar para fuera. Otra vez me tenía miedo.

«Te digo que no te asustes; no temas al mejor de tus amigos, al que se dejaría matar antes que hacer nada que te perjudique.»

Quiso sobreponerse á la zozobra que la dominaba, y me amenazó con su abanico.

«Mira que te pego.

—Pega, pero escucha.

—Estás cargante.

—No estoy sino sumiso. Te obedezco; no tengo más voluntad que la tuya. Soy tu esclavo. Algo más te pudiera decir; pero hemos llegado, y se acabó la función...»

Al volver á mi casa, desde la de San Salomó, me he puesto á escribirte. Son las tres de la mañana. En mi mente hay un gran barullo. Nada ví ni observé en aquella reunión que me dé la luz que necesito. Toda la noche me he sentido desorientado, estúpido á veces, á ratos tan excesivamente sutil, que he imaginado los mayores absurdos. Mi suplicio consiste en una interrogación que me causa ardores semejantes á los de la sed: «¿Quién será?» Porque Federico no es. Me lo juró en un tono tal de sinceridad, que no es posible creer que representara una comedia. ¿Será Malibrán? ¿Tendré que admitir ahora la hipótesis que antes deseché? El diplomático es hombre que debe poseer en grado supino la aptitud de seducir. Á la expresión delicada y soñadora de su rostro, corresponde lo agudo de un ingenio puramente florentino. Tiene, por su madre, sangre italiana; sabe fingir, adular, hacerse grato, componer su rostro. ¿Será Malibrán, Dios mío, y al arte de enamorar une el del disimulo con toda la perfección diplomática y maquiavélica?

Cuando perdía terreno en mi ánimo la candidatura, digámoslo así, de Malibrán, lo ganaban otras. Hasta se me ocurrió si será Calderón de la Barca, el pegajoso amigo de la casa, el papá de Estefanía. No: esto es inadmisible. Á Calderón le miran marido y mujer como un hermano... Sin embargo, podría ser... Al fin desecho á Calderón, y me fijo en otros: en un oficial de artillería, sobrino de las de Trujillo, muy buen muchacho; me fijo también en Villalonga... ¡Quiá! ¡Villalonga, gastado, lleno de canas... y tan poco apreciable moralmente!... Imposible, imposible. Busco otros; paso revista, analizo...

¡Qué problema, querido Equis! Pero yo digo que estos enigmas podrá no descifrarlos un investigador que se auxilia de la razón y la paciencia, pero un enamorado los descifra siempre. Yo lo haré sin que nadie me ayude, yo solo. Y no faltará, como en las sumarias de los crímenes, la feliz casualidad que, en un punto y hora, rasgue el velo de este endiablado tapujo.

Convengo contigo en que mi cabeza no está del todo buena. Lo confieso, hombre, si te empeñas en ello. Pero no me juzgues por lo que esta noche te escribo. Espera más noticias, y, sobre todo, espera la solución del acertijo, que no puede tardar. Abur.

XXI

_13 de Enero._

Pues, señor, me levanto muy tarde; me entretengo en varios asuntillos después de almorzar; voy al Congreso. Animación en los pasillos, run-run de crisis, chismorreo largo, mucho secretico, mucho racimo de curiosos en torno á éste y el otro personaje, pechugones aquí y allí por si tú debías votar y no votaste. Oyense las frases iracundas de siempre, y aquello de _ni esto es partido, ni esto es Gobierno, ni esto es nada_. En el salón reina la paz de los sepulcros. Discútese el proyecto de ley de Enjuiciamiento criminal: soledad en los escaños; el orador, rodeado de tres ó cuatro amigos, trata de convencer á los bancos vacíos. En el de la Comisión hay dos que se marcharían también si pudieran. En la Mesa, el vicepresidente charlando con Villalonga; el conde de Monte-Cármenes repantigado en el sillón de uno de los secretarios; los taquígrafos afligidos porque no oyen bien al orador; los maceros le dirigen una mirada compasiva. En la escalerilla de la Presidencia y cuando voy á que me den caramelos, me tropiezo con Villalonga, el cual me dice que Orozco estuvo muy mal la noche última. ¿Qué fué? ¿Cólico, ataque de asma...? No sabe. Pero ello es que amaneció con fiebre muy alta. El médico se alarmó.

Corrí allá, y me encontré al enfermo muy mejorado; la gravedad no fué tanta como se había creído. Pero continuaba en cama. El pronóstico del médico, si no grave, era reservado; había que observar el recargo de la tarde. Pasé á la alcoba de Orozco, y le ví. Estaba tranquilo; á mi parecer (algo me entiendo de medicina), aquello no es más que un catarrillo gástrico. No veo motivo de alarma. Sin embargo, debo decirte que Augusta no tiene consuelo, por haber estado ausente de su casa la noche en que su marido se puso tan malo. Tengo por seguro que su pena es sincera. Entre paréntesis, me ha sido muy grato advertir en ella estos sentimientos; y si te añado que me gusta más así, que la quiero más, digo la pura verdad. Mi prima es de esas personas que se ponen á morir cuando tienen un enfermo en la familia; tiembla de todo, y es excesivamente escrupulosa en la administración de las medicinas. Hoy no se ha separado un momento del enfermo; le interroga á cada instante: «¿Te duele esto, te duele lo otro? ¿Tienes sed? No te destapes. Eso no es nada; mañana estarás bien.» Yo la admiro, qué quieres, por este cariño conyugal que tanto me confunde; aunque, bien examinado el punto, podrá ser este sentimiento compatible con otro. Tú harás los doctos comentarios que tu ciencia y tu conocimiento del humano corazón te sugieran. En esta carta no hago más que relatar hechos.

Me quedo á comer. Augusta no tiene un momento de sosiego, y á cada instante se levanta de la mesa para correr á la alcoba. Vuelve diciendo: «Me parece que está algo recargado.—No, hija: es que te parece á tí que lo está. Yo le encuentro despejadísimo.»

Armamos nuestra tertulia en el salón. Va Cisneros, que, so pretexto de no molestar al enfermo, se exime de entrar á verle, y dice: «Poco mal y bien quejado.» Va el mirífico Malibrán, á quien noto reservado y con no sé qué traicioncillas en sus ojos italianos de _santi, boniti, barati_. Este hombre trae entre ceja y ceja algo que no entiendo, y que más bien adivino por la fuerza reveladora del odio que me inspira. Va también Villalonga, el cual está graciosísimo, llevando la cuenta de los senadores moribundos, enclenques ó delicados de salud, pues si el número de vacantes no aumenta, es difícil que entre en la combinación. Va también el marqués de Cícero, y el donoso optimista conde de Monte-Cármenes. En el bando de los trasquiladores, mi padrino y el _Catón ultramarino_ sostienen viva discusión, porque el primero cree que debemos vender la isla de Cuba á los Estados Unidos. El segundo no está por la venta, al menos hasta que él se deje caer allá otra vez, para poner cual una seda la administración de la tan desgraciada como generosa isla.

Pero de lo que más se habla allí, como en todas partes, es de ese misterioso crimen de la calle del Baño. ¡Ay, qué jaqueca! Los periódicos no se ocupan de otra cosa, y cada cual por su lado, todos tratan de buscar la pista; pero me temo que tantas pistas acaben por despistar á la justicia. ¿No has leído algo de esto? Una señora joven, madre, cuyo estado se ignora, apareció asesinada en su lecho y medio quemada, juntamente con su hijo, niño de pocos años. En la casa no había más persona, al descubrirse el crimen, que un sirviente, Segundo Cuadrado, el cual, si no es idiota, finge serlo. No sabe dar razón de nada de lo que allí pasó. Algunos le consideran autor del crimen; pero una parte del público da en acusar á la madrastra de la víctima, señora de muy mal genio, que vive en la misma calle y se llama doña Sara. Se dividen los pareceres. Hay quien sostiene que la vió entrar en la casa pronunciando no sé qué palabras amenazadoras. Y, por otra parte, la madrastra prueba su coartada, demostrando que aquella noche, á la hora del crimen, estuvo en el teatro. No falta quien asegura haberla visto en una butaca del Español. En fin, Equis, un lío espantoso; la justicia embarullada, dando palos de ciego, prendiendo y soltando gente. Es la conversación de moda en todos los círculos de Madrid, y personas muy formales ven en esto una intriga honda, con ramificaciones extensas. Dícese también que elevadísimos personajes protegen y amparan á la madrastra, presentando como asesino al inocente criado á quien se halló en la casa.

Las dos opiniones, que claramente se marcan ya, han dado origen á dos bandos encarnizados, en cada uno de los cuales la imaginación de esta raza fabrica toda clase de extravagancias novelescas. Y no es el vulgo el que más fecundidad muestra y más apetito de versiones maravillosas y pesimistas, pues la gente de cultura no le va en zaga. Las mujeres especialmente, y si quieres, las damas, se pirran por esa comidilla picante del famoso y no descubierto crimen. En casa de Orozco, Augusta _criminaliza_ sin descanso, y la de San Salomó también; pero la más furibunda es la señora de Trujillo, quien no te pone buena cara en toda la noche si no le relatas algún detalle terrorífico, si no añades que tal ó cual persona de tu conocimiento vió salir de la casa á la muy perra de la madrastra, puñal en mano. Hay que decirle, para que esté contenta, que el criado es un santo, y que tienes pruebas de que el asesinato de la infeliz doña Bernarda (así se llama la víctima) corrió de cuenta de dos empingorotados personajes. Calderón es quien le lleva todas las noches las noticias más frescas, siempre estrambóticas, y al parecer tomadas de un folletín de Ponson du Terrail. Teresita le oye encantada, y otros también. Si algún día oyes decir que ha pasado por encima de Madrid una bandada de bueyes, volando como las golondrinas, no preguntes quién ha dado la noticia. Es Pepe Calderón.

También entra Federico Viera. Este, Calderón y yo somos los únicos que pasamos un rato á ver á Orozco. Á eso de las once, Augusta nos anuncia contentísima que Tomás se ha quedado dormido, que no tiene fiebre y que pasará buena noche. Todos nos congratulamos, yo el primero, y me pongo á pensar en lo mismo, querido Equis; ya sabes... Mientras los demás roen el crimen, yo mastico mi enigma; digo, mío no, de ella, y trato de dilucidar el arduo punto de quién será su cómplice. Mi sumaria está tan embrollada como la del hecho de la calle del Baño, y á cada hora veo una pista nueva. La sigo, y nada. ¿Y qué me dices á esto, pedazo de alcornoque? Ilumíname con un rayo de tu inteligencia. ¿Dónde está el criminal que busco? Claro, si yo, que actúo de juez y tengo todos los hilos en la mano, no averiguo nada, ¿qué has de descubrir tú, lejos de personas y sucesos? Pero... ya oigo lo que me dices, y te contesto: «No me da la gana de ser razonable. Maldito sea el sentido común y quien lo inventó.»

Vacío sobre el papel mis impresiones todas, para que el papel las lleve á la _culta_ Orbajosa. Así llama _El Impulsor_ á esa rústica ciudad cuando habla de la procesión de San Roque ó de los bailes del Casino.

XXII

_18 de Enero._

Tranquilízate. El señor de Orozco, á quien tanto admiras, está mejor, casi enteramente restablecido. Por más que tu imaginación feliz sepa figurarse cómo son las regiones celestiales; por acostumbrado que estés á concebir en tu mente el Supremo Bien, no puedes hacerte cargo del júbilo que resplandecía en la cara de Augusta al darme esta mañana la noticia. Sus ojos eran las puras divinidades, chico. La hubiera adorado de rodillas. ¿Qué quieres tú? yo soy así. Admiro lo bueno, aunque no lo entienda. Alguien que leyera lo que para tí solo escribo, preguntaría quizás: «¿Pero cómo se armoniza esto con aquello?» ¡Ah! Tú que sueles penetrar en lo recóndito del alma humana, no lo preguntarás seguramente. Hay una ciencia superficial del corazón aprendida en los teatros, donde las pasiones son presentadas en su forma rudimentaria y simple. Con arreglo á esa ciencia incompleta juzgan muchos las cosas de la vida, y cuando éstas no pasan conforme al módulo del arte dramático, dicen que no lo entienden. Yo sí que lo entiendo, y tú también, ¿verdad?