La Igualdad Social y Política y sus Relaciones con la Libertad

Part 9

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Ninguna persona de entendimiento y de corazón puede prescindir de la miseria, ya la sienta como una desdicha compadecida, ya la contemple como un espectro amenazador; mas por terrible que parezca ó simpática que sea, no debe considerarse cual regla, sino cual excepción, que será más rara á medida que los hombres sean más racionales y mejores. Cuando la miseria toma grandes proporciones; cuando se extiende á masas y persiste en afligirlas; cuando, en vez de ser una desgracia individual y pasajera, es un fenómeno social permanente, puede asegurarse que la sociedad está mal organizada, que los hombres no comprenden su conveniencia y su deber ó le pisan, que á sus relaciones no preside la justicia. Así acontece muchas veces, porque los pueblos emplean sus esfuerzos y sus tesoros no en disminuir su miseria moral y material, sino en aumentarla; de modo que, siendo tan grande, parece como inevitable. Pero no es la magnitud de un mal, sino su índole, la que hay que tener en cuenta para declararle sin remedio; y como al estudiar la miseria permanente y en grandes proporciones se ve que es consecuencia de errores é injusticias á que puede y debe oponerse la justicia y la verdad, y como la verdad y justicia solamente son eternas, necesarias y propias para servir de regla, todo lo que á ellas es contrario debe considerarse como contingente y combatirse como dañoso y perecedero.

El hecho de la miseria, que en algunos países es una excepción, debe serlo en todos, y al estudiar esta dolorosa desigualdad, debemos considerarla, no como una parte del organismo social, sino como una dolencia que sólo por culpa del hombre tiene carácter contagioso y se hace crónica.

La miseria, la _falta de lo necesario fisiológico_, lo repetimos, es una positiva y gran desgracia, y el que la padece no puede hallar equivalencias, ni compensaciones que le igualen para la felicidad, con el que posee lo indispensable: esta es la regla, que no invalidan ciertas excepciones. Porque haya un miserable alegre y un opulento que se desespere y se suicide; porque ciertas individuales condiciones se sobrepongan á todas las circunstancias exteriores, no hay que negar á éstas la influencia que por lo común tienen.

Pero desde el momento en que el hombre no puede con razón llamarse miserable; desde que tiene trabajando lo necesario para vivir; desde que no es más que _pobre_, puede ser dichoso, tan dichoso, más acaso que los que le aventajan en bienes de fortuna. No faltan pruebas de esta verdad; pero suele faltar quien las aprecie en su verdadero valor, quien prescinda de apariencias, quien se despoje de vanidades y envidias que tienen la pretensión de definir la felicidad que dificultan. Es deplorable, porque el conocimiento de la felicidad verdadera contribuiría á lograrla, como aleja de ella el desconocer los esenciales elementos de que se compone. Hay aspiraciones que sólo tienen un limitado número de individuos, pero á ser feliz todo el mundo aspira: el sabio y el ignorante, el noble y el plebeyo, el vano y el humilde, el rico y el pobre, el bueno y hasta el malvado. Ya se comprende la importancia de que todos estudien lo que á todos interesa, lo que todos buscan, lo que todos se afanan por encontrar y lo que muy pocos conocen. ¿Por qué quieren los hombres ser iguales á los que están más arriba en riqueza, en poder, en consideración? Por ser igualmente dichosos: éste es el fin; lo demás son medios, no siempre legítimos ni adecuados, para conseguirle, muchas veces propios para alejarlos de él. Multitudes de hombres que van con infinita fatiga haciéndose daño á sí propios y á los demás, no son muchas veces sino criaturas que buscan la felicidad donde no está ó por caminos que no conducen á ella.

Hay una propensión muy marcada á tomar por base de la felicidad la que sirve de regla para establecer la contribución: _la renta_. ¿Un hombre tiene doce mil duros? Es dichoso. ¿Doce mil reales? La vida es para él llevadera. ¿Dos mil? Es desgraciado. Esta opinión no se funda en ningún razonamiento; pero es frecuente que las opiniones más resueltas sean las menos razonadas. El error de que la dicha está en razón directa de la riqueza, es de los más perturbadores y dañinos; da la sed de goces materiales, la fiebre del oro y la idea de buscar un fin por medios que le hacen imposible.

Los bienes espirituales se multiplican á medida que son más los que de ellos disfrutan; la ciencia aumenta con el número de los que la poseen, y la virtud con los virtuosos. La verdad, la justicia y la belleza abundan á medida que es mayor la multitud de los que de ellas gozan; pero con los bienes materiales no sucede lo mismo, tienen una limitación propia de su naturaleza inferior y terrenal. Ved aquel público numeroso que escucha la defensa del inocente ó la acusación del culpable, los acentos sublimes de la música ó la voz augusta de la verdad. Hay allí personas de todas clases; unas van en coche, otras á pie y mal calzadas, quién sale de un palacio levantándose hastiado de la opípara mesa, quién deja su tugurio y hace un sacrificio de tiempo ó de dinero, de las dos cosas tal vez, para formar parte de la concurrencia. ¡Cuánta desigualdad material en aquellos hombres! Pero el abogado habla, el músico hace oir las armonías de su instrumento, el pensador revela los misterios de la ciencia, y las desigualdades de la fortuna desaparecen, y cada uno goza del arte, siente la justicia y aprende la verdad según las facultades de su corazón y de su inteligencia, desapareciendo las diferencias de la posición social y estableciéndose otras que nada tienen que ver con ella. Siempre que el hombre se eleva de las cosas materiales á las del espíritu, brinda á los demás hombres con la participación igual y completa de los bienes que posee; siempre que se rebaja á no preciar más goces que los materiales, tiende á excluir de ellos á los otros y á establecer desigualdades. El coche del que le tiene es suyo, y porque es suyo no puede ser de otro; la belleza de un cuadro es de los que le contemplan, de todos á la vez, sin que la parte que toma cada uno merme la de los demás, y antes por el contrario aumentándola.

No hay que insistir en verdades tan sencillas y claras; pero conviene sacar algunas de sus principales consecuencias más íntimamente relacionadas con el asunto que nos ocupa. La igualdad en la dicha la quieren todos los hombres; el hacer consistir la dicha en los bienes materiales es una propensión muy generalizada; los bienes materiales, cuya posesión excluye á otro posesor, tienen una tendencia exclusiva y antiniveladora; de manera que al absurdo de suponer que la felicidad guarda proporción con la riqueza, se une el de imaginar que ésta puede ser el patrimonio de todo el mundo.

Para que los hombres sean igualmente dichosos es necesario establecer entre ellos niveles de inteligencia, de bondad, de virtud, no de renta, ó de producto del trabajo, que siendo suficiente para cubrir las verdaderas necesidades, lo es también para procurar la verdadera dicha.

¿Quién ha formado la estadística de los dolores y de los goces humanos? ¿Quién puede formarla? Este hombre está desnudo, descalzo, hambriento; es un mal evidente para la multitud que al pasar le compadece; aquel otro tiene amor, odio, ambición, envidia, remordimientos, sed de venganza, de poder, de fama ó de oro: su alma se agita en terrible lucha, su corazón destila hiel y rebosa amargura; son males que la muchedumbre no percibe, y si va á pie no repara en él, y si va en coche le envidia. Los inconvenientes de la pobreza son ostensibles; pero se repara poco en los infinitos medios que emplea la criminal codicia para dañar al rico: disfrazada de amor, engaña á sus hijos y se los arranca; adula sus pasiones, y le extravía sus debilidades y le pone en ridículo; acecha sus extravagancias, y le hace declarar loco; acibara sus últimos momentos para arrancar un legado, y ríe sobre su tumba, si acaso no la abre prematuramente. Mas los peligros exteriores de la _riqueza_ son los menos terribles; la gran dificultad para que sea dichoso el que posée superabundantemente medios de fortuna consiste en que necesita proporción entre ellos y los morales, y que á la superioridad económica corresponda la superioridad moral.

El problema de la vida del pobre es relativamente sencillo: sus deberes son, por regla general, negativos; sus extravíos están en gran parte limitados por la necesidad de un trabajo constante y la falta de medios pecuniarios. De la posición humilde viene la templanza en los deseos, esa clave de la felicidad que el pobre recibe casi gratis, que el rico logra tan difícilmente. El que no está sujeto por las necesidades materiales y verdaderas de la existencia, tiene que imponer silencio á las ficticias del egoísmo y que encadenar el desenfreno de todas las pasiones. Si se entiende por pasión lo que á nuestro parecer debe entenderse, _todo deseo vehemente contra razón ó justicia que persiste y mortifica_, se comprenderá cuán grande puede llegar á ser la esfera de las pasiones y cómo se dilata á medida que el hombre se eleva en la escala social. Hay pasiones detonantes, por decirlo así, que todo el mundo conoce, porque hacen ruido al hacer explosión; pero hay otras, las más, que pasan desapercibidas, clavando en silencio su aguijón ó destilando su virus corrosivo. La pasión, que es sinónimo de sufrimiento, tiene muchos caminos para llegar al rico y muy pocos para llegar al pobre, que por lo común cifra su ventura en tener cubiertas sus necesidades materiales; el poder satisfacerlas, ni aun le ocurre al rico que sea un bien, y teniéndole se cree y es desgraciado, y sufre y se desespera.

Otro grande enemigo de la felicidad del rico es el amor propio, monstruo voraz nunca satisfecho que pide más cuanto más le damos. Él amuebla la casa, atavía á la persona, dispone la comida, señala el número de servidores y determina la clase de trabajo, el modo de viajar, de divertirse, y, en fin, lo dispone todo. El gusto, la conveniencia, la razón, muchas veces el sosiego, la vida y hasta la honra, se sacrifican á sus exigencias sin límites. Como líquido incoloro, toma el color del vaso que le contiene, y con flexibilidad infinita se acomoda á todas las formas del cuerpo que enlaza; se adapta á las puerilidades de la vanidad y á las soberbias del orgullo; codicia un dije, un traje, un mueble, el poder, la fama, y según con quien habla, va diciendo:--Viste con elegancia, ten casa lujosa, anda en coche, sé literato notable, poeta aplaudido, músico ó pintor laureado, hombre de ciencia insigne, general, banquero, diputado, senador, ministro ó secretario de ayuntamiento.

¡Qué vértigos de cólera, ó qué angustias de pena, cuando otro alcanza el puesto que se ambicionaba, ó recibe los aplausos que se clavan como espinas en el corazón del que los quería para sí! ¡Qué facilidad para crear aspiraciones, qué dificultad para satisfacerlas! ¡Qué desdicha sacar las condiciones de bienestar fuera de sí mismo y cifrarle en lo que piensan ó sienten ó dicen los otros!

El amor propio necesita espectadores; los busca como instrumentos de satisfacción y los halla convertidos en tiranos, cuyos mandatos obedece en cambio de un aplauso que mendiga y no siempre logra. Esa dependencia de los demás; esa verdadera esclavitud de los que prefieren inspirar envidia á merecer respeto; ese someterse incondicionalmente al _qué dirán_ de los que tal vez no saben lo que dicen; ese espíritu que vive de prestado y en la mayor de las miserias, puesto que no tiene satisfacción legítima que pueda llamar suya, todo es consecuencia del amor propio excitado y fuera de sus razonables límites. Se dirá que no los traspasa en todos los ricos, ni deja de extralimitarse en algunos pobres; no negaremos que suceda así; pero es igualmente cierto que, por regla general, donde la vanidad impera, donde el amor propio tortura, donde las pasiones hacen verdaderos estragos, es en los ricos, no en los pobres. Estos, sin saberla, siguen la sabia máxima de

Iguala con la vida el pensamiento,

y no van de continuo con sus aspiraciones donde sus medios no pueden llegar, ni dan cuerpo, convirtiéndolos en desgracias, á los devaneos de la imaginación.

La fortuna, como una madre inconsiderada, suele hacer infelices á los hijos que mima. Halagados por ella, son tan débiles, tan susceptibles, tan impresionables, que la menor contrariedad los irrita, el más pequeño contratiempo los desespera; ellos son los que se crean esas situaciones envidiadas que les parecen insoportables; ellos los que, teniendo tantos caminos que elegir, no van por ninguno y llaman abismo á una depresión cualquiera. El hombre necesita luchar, es de ley que luche; y combate por combate, no siempre es el más rudo el que tiene que sostener el pobre, sujeto constantemente á pruebas que no sufre el rico, que en cambio pasa por otras que aquél ignora.

La estadística de la felicidad no puede hacerse, sea que no exista sino por excepción rara, sea que se oculte ó que se halle donde no la buscan los que pretenden estudiarla; pero el contento es más general y más visible, y ciertamente no se observa que esté en proporción de la renta. Donde quiera que se reunen muchas personas de varias clases, en viajes, paseos, diversiones públicas, no se ve que la alegría se mida por el precio de las localidades, y antes puede afirmarse que los que se divierten más son los que pagan menos. Las personas que parecen hastiadas, que vuelven en el teatro la espalda al escenario y se aburren viajando en coches de primera ó en salones, no son los menos favorecidos de la fortuna.

Se dirá, y es cierto, que la alegría no es la felicidad; pero si el estudio de ésta presenta dificultades insuperables, ofrece menos el comparativo de la desgracia, sobre todo si la observamos donde aparece en relieve, en la desesperación suprema que conduce á la muerte voluntaria. Que un suicida supone muchos desesperados y un desesperado muchos infelices; que siendo la clase pobre más numerosa da el menor número de suicidas, cosas son ciertas, sabidas, y lógica es la consecuencia de que no debe ser más general la felicidad entre aquellos en que es más frecuente la desesperación.

Cada edad, cada estado, cada situación, cada clase tiene sus ventajas y sus inconvenientes, sus disgustos y sus satisfacciones, sus penas y sus consuelos; nada más perjudicial ni menos conforme á la verdad que cortar por un mismo patrón la dicha de criaturas diferentes, y pretender que no pueden llegar á ella sino por un camino y pagando á la entrada una cantidad fija y crecida.

El joven con las ideas y sentimientos de su edad no comprende que el viejo deje de ser desgraciado; pasan los años y es feliz de un modo que le parecía imposible. El guerrero no puede imaginar la dicha de la mujer piadosa que cura las heridas que él hace, y cuya vida es más envidiable que la suya; los que distan mucho en ocupaciones, medios é ideas, no comprenden que pueda haber ventura tan diferente de la que ellos tienen ó desean. Pero no dejándose dominar por las propias impresiones ni extraviar por apariencias, y observando las diferentes clases sociales en sus dolores y en sus alegrías, se ve que son igualmente dichosos los que ocupan posiciones más desiguales y que hay compensaciones providenciales que los hombres desconocen con frecuencia por su culpa y para su desdicha. La Providencia, que ha dado á cada sér una organización apropiada al medio en que ha de vivir, al colocar al hombre en una sociedad en que hay necesariamente desigualdades, no sujetó á ellas nada verdaderamente importante, nada esencial. En la virtud y en la dicha, en la salud del cuerpo y en la del alma entran elementos que no dependen de la fortuna, cuyos caprichos no afectan más que á las superficies de la existencia y á los hombres superficiales. El dolor y la dicha tienen misterios que ningún hombre, ninguno, puede penetrar; desigualdades terriblemente enigmáticas, pero no proporcionales á las de la posición social, ni dependientes de ella.

Bien sería que nos convenciéramos de que hay inconvenientes y ventajas propias de cada situación, compensaciones que existen, aunque no sean ostensibles, diferencias exteriores que no alteran la igualdad íntima, y que el que nace príncipe no tiene más probabilidades de ser dichoso que el que nació pastor. El convencimiento de esta verdad calmaría la fiebre de poder y de riqueza que hace delirar á generaciones extraviadas; aniquilaría un poderoso instigador de iras populares; pondría de manifiesto que, salvo algunas criaturas excepcionales, que son el secreto de Dios, salvo los casos de miseria, obra impía del hombre, la posible felicidad sobre la tierra, como el sol, brilla para todos.

CAPÍTULO VII.

LA PROPIEDAD Y LA IGUALDAD[3].

[3] Hemos utilizado para este capítulo la excelente obra del Sr. D. Gumersindo de Azcárate, _Ensayo sobre la historia del derecho de propiedad_.

En toda discusión, para que sea posible, hay algún punto esencial en que convienen los que discuten, y damos por supuesto, al escribir este capítulo, que el lector piensa, como nosotros, que no puede haber sociedad sin propiedad constituída en tal ó cual forma, condicionada de ésta ó de la otra manera, pero propiedad en fin.

Si el hombre es propietario, como es sociable, por ley de su naturaleza, tal vez no sea inútil investigar, aunque fuese brevemente, de qué manera influye la propiedad en la igualdad, puesto que esta influencia ni puede ser nula ni es evitable.

Porque los niveladores sociales atacan la propiedad con más ó menos violencia, con más ó menos lógica, pero la atacan siempre. ¿Están todos ciegos, furiosos ó de mala fe? ¿Cómo á muchos siglos de distancia, y con grandes diferencias en el clima, la religión, la cultura, el estado social, se repiten los mismos ataques, á veces en idéntica forma y en ocasiones con las mismas palabras? La permanencia del efecto revela la de la causa, y su poder, cuando persiste en medio de tantas cosas como desaparecen, y sobrenada en las tempestades de guerras, trastornos y revoluciones.

Han acusado, acusan y acusarán á la propiedad de establecer grandes diferencias entre los hombres, y aunque el cargo pueda ser exagerado ó injusto, según las circunstancias, el hecho es cierto: entre la propiedad, tal como está constituída siempre que por los niveladores es atacada, y la igualdad, hay antagonismo que no se debe disimular, sino analizar. Recordemos que la igualdad no puede tener derecho contra el derecho; recordemos que no le es dado cambiar las leyes de la Naturaleza y de las sociedades humanas; recordemos, por último, que el fin primero del hombre no es ser igual á otro, sino ser justo, perfeccionarse: teniendo presentes estas premisas, y sacando de ellas sus lógicas consecuencias, llegaremos á conclusiones que, tristes ó consoladoras, si son ciertas, hay que aceptarlas y someternos á la verdad, que á nadie se somete.

Tratando de su influencia sobre la igualdad, conviene distinguir la propiedad colectiva de la individual. La propiedad colectiva (que, entiéndase bien, no es el comunismo), igualando á los propietarios, iguala, hasta cierto punto, á los hombres que forman el grupo poseedor en común. Decimos _hasta cierto punto_ porque aun en los pueblos en que la propiedad era colectiva ha existido siempre más ó menos propiedad individual, influída por las diferencias de los individuos, y á su vez influyente en su desigualdad social. Aunque la tierra no fuese de nadie, los frutos repartidos para ser utilizados tenían que ser apropiados; aunque los bosques pertenecieran á todos, la caza era del que la mataba, y del que le pescaba el pescado, por más que los ríos y los mares no constituyen propiedad de ninguno. La colectiva evita sin duda la grande acumulación de fortunas, pero no las nivela tan completamente como se ha supuesto por algunos. El individuo, aun en los pueblos primitivos, ha sido dueño exclusivo de alguna cosa, ha tenido ventajas físicas, intelectuales y cualidades morales que le han hecho más rico que otro con menos recursos y moralidad: esto respecto á los copropietarios de un grupo en que la tierra se posee en común, que entre los grupos unos respecto de otros había mayores diferencias. La prioridad en apropiarse un terreno más fértil; bosques más abundantes de caza, ó ríos de pesca; la victoria en los combates; más servicios hechos al jefe del pequeño ó grande Estado, ó su mayor largueza; ventajas físicas, intelectuales ó morales, alguna ó varias de estas circunstancias combinadas hacían que las colectividades propietarias fuesen unas ricas y otras pobres. Aun en nuestros días vemos pueblos con propios de gran valor, otros que nada poseen, y al lado del concejo en cuyos montes se pudre la leña, el que no tiene qué quemar.

La propiedad, aun la colectiva, no es niveladora, sino que, por el contrario, propende á establecer la desigualdad entre los propietarios; y si todas las mañanas se hiciera un reparto que los igualara, todas las noches los habría más ricos y más pobres.

La propiedad colectiva ni se presenta de una manera invariablemente uniforme, ni deja de comprender sus desventajas, ni pasa á ser individual sin términos medios y variaciones. Ya todo es común, cultivo y aprovechamiento; ya se señala á cada individuo el trabajo de cierta porción de tierra; ya se distribuye ésta por cierto tiempo y por lotes que vuelven al fondo común para ser adjudicados de nuevo alternativamente á sus temporales poseedores. Más adelante, las tierras, una gran parte al menos, pasan á ser propiedad de las familias, pero han de permanecer en ellas; no han de poder enajenarlas, ni donarlas, ni legarlas, y cuando esto se consiente es con ciertas condiciones. El legislador se precave contra la desigualdad, que ve, que palpa, que teme; pone límites á la extensión de las posesiones; permite que, incultas, se las apropie el que las cultive; dispone que, periódicamente, se restablezca la igualdad, restableciendo la primitiva distribución que se había hecho por partes iguales, y según tiempos y lugares, toma diferentes medidas encaminadas á evitar la acumulación de la riqueza. La lucha es larga, entre la igualdad, que pretende poner trabas á la propiedad, y ésta, que intenta romperlas todas; entre el espíritu de la propiedad colectiva y el de la individual; entre el Estado, que pasa fácilmente de la tutela á la opresión, y el individuo, que tiende á convertir la libertad en licencia. ¿Esta lucha ha terminado? Algunos pretenden que sí, y que logra completa victoria la propiedad individual, única compatible con los derechos del individuo y los progresos de la civilización, aunque poco favorable á la igualdad.