La horda

Part 5

Chapter 54,158 wordsPublic domain

Y soltó la palabra brutal y callejera. Pero el otro, sin desconcertarse, sin dejar de acariciarlo con los ojos, contestó con suave desmayo:

--No seas ordinario; no digas esas cosas... Llámame alma iniciada.

III

Huyó Maltrana de tales... almas, no volviendo más a la cervecería.

Cansado de tertulias estériles y acosado por la necesidad, tuvo que pensar en la conquista del pan. Nada le restaba de la herencia de su protectora.

Sus amigos no le vieron ya mas que en el Ateneo leyendo revistas, o en la Biblioteca Nacional rebuscando datos para ciertos eruditos y académicos, que le daban por este trabajo una exigua retribución. De vez en cuando, algún amigo le pasaba un libro para traducir, quedándose con la mitad del precio. Además, escribía artículos para un semanario social, a razón de diez céntimos la cuartilla, que luego firmaba el director, dando así práctico ejemplo de que la propiedad no es sagrada, ni mucho menos.

Isidro, después de rodar de una a otra casa de huéspedes, salvando los restos de su biblioteca de las patronas que le perseguían por irregularidades en el pago, tuvo que subir la pendiente de los Cuatro Caminos y refugiarse en la calle de los Artistas, pidiendo asilo al señor José. De este barrio de miseria le había arrancado la caridad de la buena señora, y a él tornaba más infeliz y desarmado para la batalla de la vida que las rudas gentes condenadas a la pena del trabajo corporal.

Vivió desde entonces con su padrastro y su hermano Pepín, que trabajaba en las obras como aprendiz. Su nueva existencia le puso en contacto con los parientes de su madre.

Tenía ésta dos hermanos, antiguos traperos de Bellasvistas, que habían acabado por establecerse en el Rastro. Uno colocaba su puesto en la Ribera de Curtidores, dedicándose a la especialidad de armas y viejos instrumentos de música, que arreglaba con maestría extraordinaria. Otro era el grande hombre de la familia; todos hablaban de él con respeto, a causa de su riqueza. Había hecho buenos negocios; apenas sabía pintar su firma, pero las echaba de anticuario, y tenía su tienda en el patio de las _Américas_ viejas.

Los dos conocían vagamente a su sobrino Maltrana, por haber llegado hasta ellos su fama de sabio. Además, la esperanza de que pudiese heredar a su protectora les inspiraba gran consideración. La primera vez que se presentó a ellos con su madre acogiéronle con grandes agasajos. Después, al volver solo, aún le recibieron con cierto afecto, creyéndolo poseedor de la herencia y en camino de ser un personaje que extendería su protección sobre toda la familia. Pero viéndole en cada visita con un aspecto de miseria creciente, los codos y las rodillas del traje brillantes por el uso, y las botas torcidas, acabaron por hablarle con frialdad y visible recelo.

«Estos temen que les suelte algún sablazo», se dijo Maltrana.

Y como vivía al otro extremo de Madrid, dejó de visitar a sus parientes del Rastro.

En el barrio de las Carolinas, más allá de Tetuán, albergue de las gentes de la busca, tenía a su abuela, la señora Eusebia, conocida por la _Mariposa_, una de las traperas más antiguas.

Maltrana iba a verla en su casucha de ladrillos, que pasaba por ser el mejor edificio del barrio, y eso que el joven podía tocar con las manos su alero de tejas viejas.

En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos, hociqueando la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno de garbanzos deshechos, judías despanzurradas y huesos de aceituna, todo formando un plasma repugnante. Eran residuos de comida recogidos en las casas; los restos de los pucheros que nutrían a Madrid.

La vieja le saludaba con cariño y respeto, viendo en él la gloria de la familia. Sus ojos lacrimosos y enrojecidos le miraban acariciadores, pero al mismo tiempo no se atrevía a tenderle los brazos, a poner en él sus manos negras y huesosas, con los dedos cargados de sortijas de latón. Su nariz de bruja y su barbilla saliente asomaban bajo un pañuelo rojo que la oprimía las sienes. Un trozo de mantón sujeto al talle con una cuerda servíale de corsé y de faja. El jubón era de seda negra, quemada por el tiempo, y se abría por todos lados, mostrando, al través de la urdimbre, en unas partes la camisa de blancura amarillenta, en otras la amojamada carne de un tono verdoso de bronce oxidado. Calzaba pantuflas de distinto tamaño y color, una roja y otra azul, adquiridas al azar de la busca. La falda estaba matizada de grandes remiendos, pero bajo estos andrajos superpuestos aún se revelaba en varios sitios el bordado del primitivo terciopelo.

Maltrana veía con amarga conmiseración los ojillos pitañosos de la vieja, su boca sumida en una aureola de arrugas, moviéndose al hablar con gestos cabríos, las mejillas resinosas de suciedad, pulidas y brillantes, en las que el agua debía producir el doloroso efecto de un escopetazo. ¡Y de aquel ser procedía él! ¡Y aquella carne era su carne!...

La vieja le recibía con grandes ademanes de admiración. ¡Qué guapo! ¡Qué señorito tan arrogante! Todo el barrio conocía su entusiasmo por aquel nieto que era un sabio, un futuro personaje, del que hacían, según ella, gran caso en Madrid.

Abandonaba su tarea de escoger en los montones de basura y hacía sentar a Maltrana en el mejor mueble de la casa, un banco procedente de un tranvía viejo que había comprado por entero con la ayuda de su camarada el señor Polo: magna empresa para la que juntaron sus capitales.

La señora Eusebia no podía ver a Isidro sin lamentar inmediatamente la triste suerte de su hija.

Había querido convertirse en madrileña: la daba vergüenza ser trapera. Así había pasado su vida, rabiando como una condenada. Primeramente abandonó el barrio para meterse a servir en una casa grande. ¡Servir, cuando su madre tenía una industria honrada y un pedazo de pan!... Todos los comerciantes de Tetuán iban tras de ella; y no eran pelambres de los que entran en Madrid con el saco al hombro y recogen la basura de casas de poco más o menos, sino negociantes de carro y burro, que se plantaban como unos señores ante las verjas de los hoteles de la Castellana o subían a los mejores pisos de la calle de Serrano.

«Tía _Mariposa_, que la chica me gusta.» «Señá Usebia, que yo quiero ser su yerno.»

Toda la industria de las Carolinas, la Almenara y Bellasvistas presentaba a la madre sus memoriales; y ella, la muchacha, empeñada en despreciar lo más respetable del comercio, enamoricándose de un albañilillo que trabajaba cerca de la casa de sus señores. Por fin, se había salido con la suya, casándose. Hambre todos los días, paliza todas las semanas, viviendo en uno de esos caserones que parecen colmenas obscuras; frío en el lavadero para ganarse una mala libreta, y como término, la muerte en el hospital. ¡Anda y toma albañilillo! Y todo por darse el gusto, la muy bruta, de vivir en Madrid, de ser señora, de mirar por encima del hombro a las pobres traperas... ¿No era la industria de sus padres tan respetable como otra?

--Pagamos contrebución, Isidrín, como cualsiquiera de los que tien tienda en la calle de Postas. No hay mas que ver lo que se nos lleva el Ayuntamiento por la licencia: un porción de dinero. Y por lo que toca a parroquianos, les tenemos marqueses y condeses, tan buenos como los que entran a comprar en casa de Sobrino. Se trata muy buena gente en este comercio. ¿Ves esta falda? Pues me la regaló una señora que iba a Palacio y trataba casi de tú a los reyes. ¿Ves este corpiño? Pues fue de una cómica muy guapa, de la que hablaron mucho los papeles: ¡ya ha muerto la pobre!

Y la vieja detallaba al nieto las ventajas de su industria: todo ganancia. A él, que era un sabio, no le importaban estas cosas; pero nada perdía conociéndolas. Como estaba sola, tenía a su servicio un muchacho del barrio, hijo de una vecina que había muerto. El cuidaba del burro, el guiaba el carro cuando al amanecer emprendían la marcha a Madrid, el subía a los pisos altos mientras su ama cuidaba en la calle del vehículo. Al volver a casa, cerca de mediodía, su primera ocupación consistía en el arreglo de los comestibles. En un tonelillo depositaban las sobras de ciertas casas, cuyos amos eran limpios y se acordaban de los pobres, cuidando de guardar aparte los restos de la cocina. Ella, además, conocía a sus parroquianos, los clasificaba según su estado de salud, llevaba de memoria la lista de las casas sanas y la de aquellas otras donde había señores amarillentos, siempre encorvados por la tos o que mostraban enfermedades repugnantes.

--Yo tengo unas manos de oro para el guisoteo; ¿te enteras, pequeño? Caliento la comida buena y hago unos ranchos que tien fama en el barrio. Si yo fuese blanda, el tío Polo no saldría nunca de aquí. Le tiene ley a lo que guiso... Y en cuanto a abundancia, ¡echa y no te canses! Todos los días hay rancho para un regimiento... ¡Y los chascos son buenos! A lo mejor, crees estar comiendo alubias, y te tropiezas con un pedazo de bisté. Algunas veces, entre patatas deshechas hemos encontrado esas cositas negras como carbón que llaman trufas, y que los señores pagan como si fuesen de oro. Así está el chiquillo que me sirve: colorado y gordote como un arcipreste. No se le puede pellizcar en salva sea la parte, de duro que está, y cuando le tomé, traía más hambre que un lobo... Yo tengo muy buenos parroquianos, Isidrín.

Y a continuación revolvíase indignada contra las otras casas, las de los señores malos, que dejaban la comida hecha una basura. ¡Qué cocinas, Señor! Las criadas eran unas puercas y las señoras unas abandonadas. Los restos del puchero tenían mondaduras de patatas, hojas secas de col, huesos de frutas, tapones de corcho. Algunas veces había encontrado en el caldo agujas de coser, hilos, dedales y hasta juguetes de niño. ¡Y pensar que otros del barrio, que sólo tenían casas de éstas, habían de alimentarse con tal bazofia, después de limpiarla como podían!... Ella la destinaba a sus cerdos. Por eso se los pagaban los tratantes de las afueras a más precio. Sólo los alimentaba con las sobras de los señores. No se atrevía a darles «otras cosas» que gustaban a aquellos animaluchos, capaces de tragarse a su propia madre; tenía demasiada conciencia para eso.

Entusiasmábase al detallar las abundancias que la rodeaban. Pan, a montones; había día que llenaba de mendrugos dos talegos, y hasta las gallinas, hartas, no querían más. Por las mañanas, al levantarse, el rico café. Se lo daban en las casas, después del recuelo; pero ella lo esparcía en el corral sobre un periódico, secándolo al sol, para el desayuno. Un saco de papel guardaba llenito...

La casa era suya; tenía en el corral un montón, más alto que el tejado, de paja de cuadra, que luego de bien desecha se vendía a los hornos de ladrillos; los animales se alimentaban sin gasto, y ella y el muchacho, a más de la comida, tenían asegurado el vestir, pues mientras en la villa anduvieran las gentes con ropas, ellos no se verían desnudos.

--Sólo compro el vino: en las Carolinas nadie bebe agua. Los chicos se desmaman con leche de cepas. Pero por tres perros me llenan un frasco para todo el día. Aquí, fuera de puertas, el vino va regalado.

Y luego de bien satisfechas las necesidades de su vida, le restaban, como ganancias, los hallazgos de la busca, los descubrimientos inesperados.

Maltrana había oído hablar de las riquezas de su abuela, de un tesoro oculto, que era motivo de misteriosa conversación en todo el barrio.

--Para rica, la tía _Mariposa_--decían los traperos en la taberna--. Esa sí que tie suerte; no va mas que a casas de título. ¡Las cosas que habrá encontrao esa mujer!

El famoso _Coleta_, cuando estaba en el período verboso de sus borracheras, declaraba haber sorprendido a la vieja en el momento de recontar su tesoro en un rincón del corral, y cerraba los ojos como para recordar mejor las joyas, las piezas de plata, los montones de moneda que le habían deslumbrado.

El joven, en sus conversaciones con la vieja, acababa siempre con la misma petición:

--Abuela, dicen que es usted muy rica. A ver: enséñeme su tesoro.

La señora Eusebia protestaba. ¡Rica ella!... Mentiras de las gentes; invenciones de _Coleta_ y otros borrachos; manías del tío Polo, que la buscaba por esto desde que quedó viuda, y ya llevaba muertas cuatro mujeres, proponiéndole a ella que fuese la quinta. Era una pobre; no tenía nada. Y sonreía enigmáticamente al decir esto, le brillaban los ojos; no se recataba en dar a entender que el tesoro era una realidad... pero que nadie lo vería nunca.

Los domingos eran los únicos días en que Maltrana hablaba con el señor José y veía a su hermano. Cuando llegaba, después de amanecer, a los Cuatro Caminos, encontraba ya a Pepín en medio de la calle reclutando muchachos para alguna excursión a Amaniel con carácter de _razzia_, que ponía en alarma a los dueños de los merenderos.

Maltrana, al levantarse, ajustaba sus cuentas con el padrastro, dándole lo que podía por el alquiler del cuarto. Luego se iban los dos, según su estado de fortuna, a comer lomo barato y cordero tierno en un «horno de asados» de los Cuatro Caminos, o gallinejas preparadas en los puestos inmediatos a Punta Brava.

Comían al aire libre, en una mesita redonda pintada de rojo, sentados en duros taburetes. Los tranvías llegaban con grandes cargamentos de gente madrileña; esparcíanse por hornos y tabernas las blusas y los mantones, los anchos sombreros y las negras gorras, buscando el vino y la carne, más baratos que en la villa por expenderse al otro lado de la ronda de Consumos. Sonaban los pianos en atropellada melodía, matizando sus escalas con golpes de timbre; bailaban las parejas, dándose dos vueltas de vals en mitad de la comida; giraban los toldos de los «tíos-vivos» con sus caballitos y carrozas infantiles; asomaban con rítmica aparición por encima de los tejados los verdes esquifes de los columpios, con mujeres de pie agarradas a las cuerdas, chillando como gallinas, las faldas apretadas entre los muslos; y sobre el fondo azul del cielo, la percalina roja y oro de las banderas aleteaba en un ambiente de aceite frito y sebo derretido.

El señor José era escuchado en silencio por Maltrana. Al albañil gustábale hablar con hombres de estudios que supieran distinguir. Aunque él fuese hijo de la Isidra, su educación convertíalo en hombre superior, casi en uno de aquellos seres que el antiguo guardia civil veneraba como pastores de la humanidad, designados por un poder misterioso que él no se tomaba el trabajo de conocer. Al lado del joven daba salida el albañil a su lenta verbosidad, con voz bronca y monótona. No podía hablar con los compañeros de trabajo; estaba en desacuerdo con ellos; le insultaban por reaccionario, por borrego, echándole en cara sus tiempos de guardia civil.

--Tú eres un sabio, Isidro--decía--; tu raciocinas, y por eso puedes comprenderme y hacerme justicia más que esos animales... ¿Y qué es lo que digo yo para que me llamen borrego? Que esto de que el pobre se ponga sobre el rico o a un igual suyo, y que el criado se monte sobre el amo, no pue ser. Que siempre ha habido unos con dinero y otros sin él, y siempre será así. Que eso de los metinges y de las sociedades sólo sirve para llenar de humo la cabeza del trabajador y echarle a la calle a que le calienten las costillas. Lo que le importa al jornalero es encontrar donde le den jornal, y ser bueno para que los señores le ayuden con la limosna... Y también me da rabia que en todos esos metinges se metan con los curas, y eso que, como tú sabes, hace un porción de tiempo que yo no voy a misa. Pero ¿qué mal hacen esos pobres señores de la sotana al trabajador? Ellos al menos dan algo: reparten limosnas, tienen asilos, se ocupan del pobre y predican a los ricos para que socorran con dinero. Y los otros, que hablan en las reuniones sobre esos papas del socialismo y la anarquía, no dan ni un botón. ¡Qué han de dar, si son unos pelagatos!...

El señor José, al hablar de los rebeldes, sentía la cólera de un antiguo sostenedor del orden, moldeado por la disciplina. El guardia civil resucitaba bajo su blusa. Reconocía que todo estaba mal repartido y que el pobre sufría mucho. El mismo pasaba temporadas de horrible miseria, y su fin, cuando se sintiese viejo, sería mendigar en la calle o morir en el hospital. Pero si metían sus manos aquellos arregladores que predicaban contra los ricos, ¿quedaría el mundo mejor?...

--Cada uno para lo que ha nacido, y que se conforme con su suerte--continuó el albañil--. Yo también he visto algo, Isidro, aunque no sea letrado como tú... ¿Cuál es la cosa mejor organizada en todas las naciones y que marcha más derecha?... No me negarás que es el ejército. Yo he pertenecido a él y le debo mi buena crianza. ¿Y qué pasa en el ejército? Pues que los soldados son los más, y comen rancho y se joroban, y los oficiales, que son menos, y muchos menos los coroneles y los generales, comen perdices o lo que se les antoja, y viven mejor. Nombra a todos los soldados generales, como quieren algunos, y se acabó el ejército; haz a todos los jefes soldados rasos, como piden otros, y no habrá quien dirija; total, el mismo resultado. Pues esto aplícalo a los paisanos, y comprenderás por qué pienso yo como pienso. Los que hemos nacido para soldados, a llevar a cuestas la mochila del trabajo, sin pensar en insurrecciones ni en hacer fuego por la espalda sobre los jefes. Tú, que has nacido para oficial, a coger pronto los galones y a ver si algún día pescas la faja.

Maltrana sonreía escuchando a su padrastro. Pensaba en el obscuro y hediondo tabuco de la calle de los Artistas; en el camastro, la mesa y las dos sillas que constituían todo su ajuar; en los días de paro forzoso, que le obligaban a él a exprimir su miseria para prestar ayuda al albañil.

--Y usted--preguntó el joven--, ¿qué va perdiendo con que el ejército social se desbande y mate a sus jefes, si lo considera necesario, y arda medio mundo?

--¡Ahora salimos con esas!--dijo el albañil, escandalizado--. ¿También eres tú de los que piden tales horrores? Paece mentira... con los libros que llevas leídos. ¿Y el orden, muchacho? Sin orden no se pue vivir. Me acuerdo que esto lo explicaba muy bien un teniente viejo que teníamos en la Guardia civil. Se lo repartirían todo, entrarían a saco en las casas, nos comeríamos unos a otros, como los caribes. No, muchacho; piénsalo con calma. ¿Cómo pueden vivir las personas de bien sin curas y sin soldados, sobre todo sin soldados?

Y el antiguo guardia civil acompañaba con un gesto de repulsión y de horror esta tenebrosa pregunta.

--El hombre necesita pan y palo--decía luego, recobrada ya su serenidad--. Un látigo muy largo para que marche derecho. El mundo está lleno de pillos. Que dejen al hombre en libertad, y veremos la que se arma.

Al final, el señor José se tranquilizaba, mostrando un optimismo feroz.

--Por fortuna, esto va para largo. Los mausers no los tienen los alborotadores. ¡Que salgan, que salgan y sabrán lo que es bueno! Por eso yo, cuando hay huelga en el oficio, la sigo por no hacerme de señalar, pero me voy a casa. ¡Pues menudo gusto el tirar a la gente, sin miedo a otra respuesta que alguna pedrada, y escogiendo el blanco a placer, como si las personas fuesen patos!...

Contraía sus manos al decir esto y guiñaba un ojo, lo mismo que si empuñase un fusil imaginario. Sonreía como si le halagase la ferocidad de sus recuerdos. Maltrana, ante el gesto de delectación homicida del aragonés, pensaba asombrado que aquel hombre era bueno. Había embellecido con su mansedumbre silenciosa los últimos años de la pobre Isidra; era un padre bondadoso para el travieso Pepín. Sus camaradas le llamaban borrego por la servil paciencia con que aceptaba todas las injusticias y durezas del trabajo, y sin embargo, sonreía como un verdugo al desear las matanzas en masa, las cacerías de hombres, siempre que se verificasen al amparo de la ley, por ejecutores uniformados. El respeto supersticioso al orden que le inculcaron al moldearle de joven en la estrechez de la disciplina tomaba en su alma una dureza salvaje. Para él, la sociedad sólo podía marchar con los presidios llenos, un fusilamiento en cada esquina y la Guardia civil descargando sus armas sobre todo grupo que se atreviese a lanzar un viva, a tremolar una bandera. Lo decía con una firmeza que inspiraba espanto, y a continuación enternecíase ante su hijo, el travieso _Barrabás_. Cuando éste cometía una de las suyas, el viejo animal de guerra limitábase a fruncir el entrecejo, a agitar las manazas, gritando con voz ronca: «¡Mira que te doy!...» Y el pillete reía, sabiendo que nunca llegaba a darle.

En los días de trabajo, si el tiempo era bueno y Maltrana tenía en el bolsillo algunas pesetas, encaminábase al barrio de las Carolinas, para almorzar con su amigo el _Mosco_, el cazador furtivo, cuya gloria llegaba hasta Colmenar. El célebre «dañador» de las posesiones reales merecía por sus hazañas hasta el respeto de los cazadores de la Sierra, y eso que éstos miraban como rateros cobardes a los camaradas de las afueras de Madrid que vivían del huroneo en los bosques de El Pardo.

El _Mosco_ vivía cerca de la casa de la señora Eusebia, en una construcción de ladrillos casi sueltos, con una techumbre de antiguas tejas traídas de los derribos de la población. Fuera, ocupaban todo un muro tres filas de jaulas con pájaros de interminable canto, jilgueros y pardillos, que le servían para la caza con red. Maltrana, al llegar a la puerta, tenía que abrirse paso entre dos hermosos galgos de elegante delgadez y otros perros de lanas sucias y colgantes, feos, plagados de parásitos, pero que gozaban de una fama igual a la del amo, por sus sorprendentes habilidades.

Dentro se hallaba el _Mosco_. Su hija Feliciana, que era toda su familia, estaba trabajando en la fábrica de gorras, y él iba de un lado a otro, preparándose el almuerzo, después de bien pasado el mediodía.

También el _Mosco_ se levantaba tarde. Maltrana le había sorprendido muchas veces con sus ropas de faena, un traje de pana manchado de barro, las abarcas y las polainas mojadas, y la boina con raspas secas y espinas de selvática vegetación. Era un hombre pequeño, enjuto, de nerviosa agilidad y ademanes resueltos. Tenía su cuerpo un balanceo semejante al temblor de un muelle bien templado próximo a dispararse. La vida en plena Naturaleza, la piratería en la selva, le daban, cuando permanecía silencioso, una tosquedad huraña, semejante a la del árbol o el pedrusco. Al hablar, revelábase el hombre de la ciudad, el evadido de las grandes aglomeraciones humanas, para vivir solitario, en continuo combate, ganándose el sustento con las armas o la astucia, como si lejanos atavismos tirasen de él, arrastrándolo a la existencia del hombre primitivo.

Al verle, Maltrana saludábalo siempre con la misma pregunta:

--¿Qué tal se ha dado la noche?...

El _Mosco_ sonreía unas veces; otras contestaba con gruñidos de mal humor. Había noches magníficas, en las que caían dos o más corzos, que a aquellas horas estaban ya desollados y descuartizados, vendiéndose ocultamente entre los vecinos de Tetuán. Otras, sólo cazaba conejos, y al regresar a su casa, cerca del amanecer, tendíase en la cama sin desnudarse, maldiciendo su mala suerte, y dormía con el cansancio del que ha pasado la noche caminando a gatas, con el oído siempre atento, creyendo de un momento a otro oír la voz de «¡alto!» y el silbido de la bala.

Los dañadores del barrio, infelices que trabajaban durante el verano en los tejares y sólo a impulsos del hambre invernal se decidían a ir de caza, admiraban al _Mosco_. Este no iba, como ellos, sin un arma en la faja, resignados de antemano a recibir un escopetazo o una paliza, a que los llevasen a la cárcel de El Escorial, y de allí a presidio, sin oponer la más leve resistencia. Era tan hombre como los cazadores selváticos de Colmenar, gentes duras y amigas de la pólvora, que perseguían a los guardas de árbol en árbol, hasta encerrarlos en sus casuchas.