Part 24
¡Ay, aquella pobre señora que le había trasplantado!... ¡Cuánto daño le hizo sin saberlo! Pensaba en ella con agradecimiento, pero decíase que hubiera sido mejor no conocerla nunca, no haber abierto un libro, pasar del Hospicio al aprendizaje. Ahora sería oficial de albañil; su Feli le llevaría la cesta a la obra, como la llevaba su madre; comerían en una acera, en un paseo, sin otra aspiración que la alegría de satisfacer las necesidades del cuerpo. Hasta los peligros de muerte constituían una ventaja. La caída del andamio, el derrumbamiento de un piso, eran medios para salir rápidamente de este mundo de miserias, acabando de una vez.
Todo resultaba preferible a su existencia actual, a su situación ambigua, sin el mendrugo de los de abajo ni el bienestar que gozan los de arriba. Ni era de los siervos alimentados, ni de los señores que dominan.
Había estudiado para ser infeliz, para conocer y paladear todas las fealdades de la existencia. No podía creer en las mentiras aceptadas por la buena fe de los humildes. La instrucción le había servido para rozarse con los privilegiados, conociendo las abundancias que les rodean. Carecía de vigor físico para trabajar como un hombre; era un enclenque debilitado por el estudio, y el desarrollo de su pensamiento no le servía para abrirse paso.
¡Pobre mosca mutilada! Le habían arrancado las alas de su nacimiento, y la mala suerte se divertía empujándole, gritando: «¡Vuela!» ¿Cómo iba a remontarse? Estaba vencido sin remedio, caído en el suelo, sin fuerzas para moverse. El estudio desordenado y ansioso sólo servía para anular su voluntad. Pasaba la existencia enterándose de lo que miles de seres pensaron a través de los siglos, y cuando las necesidades de la vida le impulsaban a la acción, encontrábase desarmado, sin fuerzas para seguir su camino.
La sombra que le envolvía al pensar esto era una imagen de su existencia. ¡Todo negro! ¿Adónde ir? ¿Qué hacer?... Y como si su propia desgracia no le bastase, el amor había unido a él una infeliz, cuyo único delito era quererle y admirarle; la había colgado de su brazo para que marchase con más dificultad, tropezando a cada paso, tirando penosamente de esta compañera, que al principio era la alegría y se trocaba poco a poco en una cadena que arrastraba tras él, impidiéndole avanzar. Todo lo veía negro, con la lobreguez de una miseria a cuyo fin estaba la muerte. Deseaba morir, acabar de una vez esta existencia sin objeto, dar fin a una vida fracasada, irresistible y penosa, como una equivocación de la Suerte. Pero ¿y ella? ¿y la dulce compañera, que había abandonado la órbita de su existencia para seguirle, arrebatada por la atracción de su mala fortuna?...
Maltrana, escuchando la respiración de Feli, palpando en la sombra su cuerpo desfigurado por la maternidad, experimentó el mismo remordimiento que si la hubiese asesinado y tuviera el cadáver tendido junto a él. Sintió la cobardía de aquella tarde ante el espacio cubierto de nieve; un empequeñecimiento de niño abandonado, un deseo de achicarse, de dejar de ser hombre, de convertirse en un insecto, en una planta, en una piedra, en algo que estuviese por debajo de las crueldades humanas; y rompió a llorar silenciosamente, permaneciendo entre el sueño y el doloroso desvelo, víctima de pavorosas alucinaciones, hasta que se filtró la luz del día por las rendijas de la ventana.
Al volver de Madrid, en la tarde siguiente, pisando la nieve convertida en fango, encontró su vivienda en revolución. Venía alegre: había logrado reunir unas cuantas pesetas; pero olvidó su gozo al ver a la Teodora con otras gitanas en torno de Feli, que estaba en el lecho, sumida en el sopor de la crisis.
Habíase repetido el ataque. La enferma tenía en la frente una contusión que denunciaba su caída al suelo. Las gitanas, advertidas por una vecina, habían corrido en su auxilio.
La Teodora fruncía el ceño al hablar al joven... Don Isidro, la pobre «señorita» estaba muy enferma. Estos ataques iban a repetirse con frecuencia. Eran cosas del embarazo, que se presentaba muy mal. Según su cuenta, faltaba un mes para que Feli llegase al parto, pero este mes era de grandes peligros. No tenían dinero para pagar a un médico; allí faltaba todo. El tenía que salir a ganarse el pan, ellas podían hacer un favor de vez en cuando, como buenas cristianas que eran, aunque gitanas; pero esto no era posible a todas horas, pues sus casas y familias también exigían cuidados.
--En fin, don Isidro--dijo la gitana--, hay que tomar una resolución. Pecho al agua; algo durilla es la cosa, pero yo creo que la probe señorita estaría mejó en el hospital.
¡El hospital! Maltrana quedó aturdido, como si esta palabra equivaliese a un golpe... Pasado un rato, pudo reflexionar. ¡El hospital! ¿Y por qué no? Lo habían hecho para las gentes como ellos: era un lugar de delicias, comparado con esta habitación desmantelada, en cuyos rincones creía ver encogidos los espectros del hambre y el dolor... En él habían muerto sus padres.
Pasó aquella noche sin acostarse, velando a Feli, que había recobrado sus facultades, pero apenas podía hablar. Su lengua estaba hinchada, con grandes rasguños, por habérsela mordido durante la crisis.
Isidro se explicó tímidamente, mientras ella lo contemplaba silenciosa, con sus ojos que parecían agrandados por los recientes espasmos. Allí estaba muy mal: podía morir abandonada durante una ausencia suya, lo mismo que morían los irracionales, y él estremecíase sólo al pensarlo. ¡No, no!... Y gesticulaba enérgicamente, como si la viese ya en su imaginación muriendo durante la noche, sin otro socorro que los gritos y las carreras del amante, enloquecido por la desgracia.
--Yo no sé cómo decírtelo, nena--murmuró con voz temblona, haciendo largas pausas--. Hay que tener valor... apreciar las cosas tales como son. Lo que voy a decirte no es mas que una idea... Si tú no quieres, no será... Podías entrar en el hospital... No, no te asustes. No en el hospital adonde van todos; en las clínicas, en la Facultad. Yo tengo buenos amigos de mis tiempos de estudiante... Te visitarían los catedráticos... todos unos sabios. Asunto de permanecer allí un mes cuando más. Tendrías la criatura, rodeada de más cuidados que aquí... sanarías, y luego... luego continuaríamos nuestra vida más feliz que ahora, pues la mala suerte no va a atormentarnos siempre.
Isidro esperaba una explosión de llanto, la protesta de una repugnancia instintiva, y quedó asombrado al ver la inmovilidad del rostro de Feli, sus ojos fijos y tristes puestos en él. Tras una larga pausa, bajó la cabeza en señal de asentimiento. Sí que aceptaba: iría al hospital, pero sin participar de los optimismos del joven.
--No siento--murmuró, moviendo su lengua con gran dificultad--, no siento mas que el no verte... y que tal vez no volveremos a vernos nunca.
-¡Feli de mi alma--gritó Isidro--, no digas eso; no lo creas, nena mía!... Volveremos a ser felices. Verás qué bien te tratan allí.
A la mañana siguiente, Maltrana salió muy temprano, dirigiéndose a la calle de Atocha para esperar en la puerta de San Carlos a un antiguo camarada de la época estudiantil, que ya era doctor y ayudante en una clínica.
Apellidábase Nogueras, y era un joven de carácter alegre, pequeño de cuerpo, con lentes de grueso cristal, que tomaba a broma los lances de la vida, como si le curase de todo espanto el diario espectáculo de las miserias y desarreglos de la máquina humana. No había visto a Isidro en mucho tiempo, y al reconocerle en la puerta de la Facultad de Medicina, le echó los brazos al cuello, riendo de su facha miserable.
--Eso de la literatura debe de ir mal--dijo--. ¿Necesitas algo de mi? Pide lo que quieras, menos dinero. Ya ves: doctor, profesor clínico, y tengo mil quinientas pesetas al año... con descuento. Menos que los que barren los ministerios.
El alegre doctor cesó de reír ante la gravedad de Maltrana. Este le habló de Feli y de su enfermedad.
--¡Vamos, es una queridita que te has echado!--dijo el médico.
Isidro contestó afirmativamente. Sí; una querida a la que amaba como muchos maridos no aman a sus mujeres; una querida que podía gloriarse de una fidelidad que pocas esposas conocían.
--Bueno, adelante--dijo el médico levantando los hombros--. ¿Y qué es lo que tiene?
Maltrana explicó las crisis de Feli, haciendo un esfuerzo para recordarlas en todos sus detalles.
--No digas más--interrumpió el doctor--. Los síntomas son claros. Pensaba bajar contigo a las Cambroneras para verla, pero ya no es necesario: eso es lo que llamamos nosotros eclampsia puerperal. Hay que provocar el parto, acelerarlo, o corre peligro de muerte. Tráela esta tarde; te esperaré en la Comisaría. La meteremos en la clínica de partos. Yo no estoy en ella, pero recomendaré tu socia al compañero, con grandísimo interés... Hasta la tarde, ¿eh?
Tenía prisa: su catedrático le esperaba en la sala de profesores. Le mostró la entrada de la Comisaría, una puertecita algo más abajo del gran portalón de la Facultad. Allí, a las cuatro.
Y se fue sonriente, sin que el dolor de su camarada arañase el caparazón de indiferencia con que parecían acorazarle las desdichas humanas.
Por la tarde abandonó Feli su casa. Fue una marcha lenta, que hizo sufrir mucho a Maltrana. Al verla pasar la puerta del tabuco creyó percibir en su oído un lamento desgarrador. Se iba para no volver: se cumplirían los presentimientos de la enferma. ¡La perdía para siempre!
La cuesta de las Cambroneras y el paseo de los Ocho Hilos fue una calle de Amargura.
Feli, envuelta en su mantoncillo, cubierta la cabeza con un pañuelo que formaba visera sobre sus ojos, avanzaba con torpe paso apoyándose en su amante.
Sus piernas hinchadas apenas podían moverse; el abdomen monstruoso la atormentaba con peso sofocante. Las largas semanas de inacción en su casucha de las Cambroneras habían entorpecido los resortes de su movilidad. Deteníase a los pocos pasos; se dejaba caer, jadeando, en todos los bancos y poyos del paseo.
La Teodora quiso acompañarla hasta la Fuentecilla, animándola con sus palabras y gesticulaciones gitanescas.
--Arriba, mi niña... A ver cómo echamos unos pasitos más; a ver cómo se mueven esos _pinreles_ bonitos.
Y volviéndose hacia Maltrana, murmuraba con expresión llorosa:
--¡Está muy malita, don Isidro! ¡Qué bien jase usted en llevársela!...
Pasaron la Puerta de Toledo, y en la Fuentecilla se separó la gitana, después de dar varios besos a la enferma.
--¡Que el _Baró_ der sielo te ponga pronto buena; que su santísima mare no se aparte de ti!... Adió, terronsito de asúcar; adió, armendrita durse!...
Y sus últimas palabras ya no se oyeron, pues se alejó con la cara oculta en el delantal.
Isidro hizo subir en un carruaje de alquiler a la llorosa Feli, conmovida por los adioses de la gitana. Recordaba el joven los primeros tiempos de su amor, cuando vagaban por las cercanías de Madrid, ocultándose de las gentes. Desde entonces no habían ido en coche. Ahora, todo el dinero que guardaba en el bolsillo, una peseta y algunas monedas de cobre, era para pagar esta carrera de dolor, la última tal vez que harían juntos.
Entraron en la Comisaría por entre varios grupos de mujeres andrajosas con niños al pecho y hombres de mísero aspecto, todos mostrando repugnantes enfermedades: cegueras purulentas, costras roedoras, abcesos que desfiguraban sus miembros, retorciéndolos. Esperaban su turno para la consulta gratuita. Un fuerte olor de antisépticos impregnaba el ambiente.
Nogueras, el alegre doctor, les vio por un ventanillo del despacho inmediato y salió a su encuentro. Miraba con fijeza a Feli, y ésta bajó los ojos, avergonzada... ¡Pchs! No era gran cosa como mujer...
Quedaron los dos amantes frente a frente, en una situación embarazosa.
Maltrana, al venir en el carruaje, estremecíase pensando en el horror de la despedida, llantos, gritos, abrazos, y tal vez un nuevo ataque de la enferma.
No fue así; no hubo nada de esto. Sólo un silencio, una sencillez en la separación, más desgarradora que los extremos ruidosos del dolor.
El médico habló de las recomendaciones que había hecho a su compañero de la clínica de partos. Tenía ya su cama reservada; hasta había interesado a la monja del departamento.
--Cuando usted quiera, la acompañaré--dijo mostrando cierta prisa.
Por fin se miraron, sin una lágrima, sin un suspiro, abriendo los ojos desmesuradamente, con expresión de terror. ¡Iban a separarse!...
Ella fue la primera en dar un paso. ¡Ay, el valor de las mujeres!...
--Adiós, Isidro.
--Adiós, Feli.
Sus voces eran gemidos; pero no lloraron, no se atrevieron a besarse, a estrecharse las manos en presencia del mediquillo burlón y de aquellos enfermos que les miraban fijamente.
Ella se alejó por un corredor obscuro, precedida por el médico. Su paso vacilaba... pero no quiso volver el rostro atrás, como si temiese perder toda su firmeza.
Maltrana salió a la calle, y a los pocos pasos hubo de apoyarse en la pared. Tenía frío: un frío de sepulcro, que se le colaba hasta el alma. Lucía el sol de la tarde, un sol que Isidro no había visto nunca; un sol obscuro, empañado, fúnebre, como si el astro del día enviase sus rayos al través de negra urdimbre; como si estuviese envuelto en un crespón.
XII
Ya no volvió a las Cambroneras. Tuvo miedo de vivir en aquella casa sin Feli. Sentía el terror de los que pierden a un ser querido y no osan penetrar en la mortuoria habitación. ¿Qué iba a hacer solo en aquel extremo olvidado de Madrid, entre las gitanas que le recordarían a la amante?...
Necesitaba ver gente nueva, aturdirse, olvidar su tristeza.
Aquella noche volvió a la redacción, después de una ausencia de tantos meses. Los compañeros le recibieron con irónicas ovaciones.
--¡_Homero_! ¡Ya está aquí el gran _Homero_!... ¡Salud al ilustre «tabarrista»!
Y le preguntaron si traía como fruto de su soledad algún artículo de los que sembraban el pánico en los suscritores.
Algunos de la redacción le habían visto paseando con Feli por el Retiro.
--Di, _Homero_: ¿qué has hecho de aquella muchacha tan simpática que llevabas del brazo?... ¿La encontraste en algún libro griego? ¿Era ática o beocia?
--Está en el hospital--contestó Maltrana con los ojos llorosos.
Su acento era tan triste, que impuso silencio a los alegres compañeros.
Pasaba las noches en la redacción. Había perdido la costumbre de trasnochar, y como no quería volver a su casa, buscaba los cuartos sin luz, dormitando en un diván. Si llegaba una visita y había que encender luz, Maltrana era despertado como un perro, y sacudiendo las aletas del abrigo pasaba a otro cuarto o se iba a la calle, procurando terminar el sueño en la casa de algún amigo.
Apenas comía. Ansioso de distracción, de conversaciones que le aturdiesen, juntábase muchas noches con ciertos borrachos famosos, y bien entrada la mañana se les veía por las calles más céntricas, con paso inseguro, discutiendo a voces de filosofía o literatura. En mitad de una disputa, el recuerdo de Feli asaltaba a Isidro, y rompía a llorar. Los compañeros atribuían la culpa de este llanto al coñac. Beberían cerveza.
Muchas mañanas iba a la puerta de San Carlos a esperar a Nogueras. Este hacía un gesto de repulsión al verle.
--Sigues mal camino, chico; apestas a aguardiente. ¿Qué resuelves emborrachándote?...
Maltrana contestaba con mal humor. No pedía consejos: lo que deseaba era conocer el estado de Feli.
El joven doctor mostrábase impaciente. ¿Creía él que no tenía otras cosas en qué ocuparse?...
--¡Figúrate, con seis mil reales por todo sueldo!... Tengo que visitar mucho y a gentes que pagan mal. Además, esa muchacha no es de mi clínica... La vi anteayer. Me pareció que estaba bien; pero si los ataques de eclampsia se repiten, puede morir en uno de ellos. Van a provocarla el parto: tal vez esto la salve.
Al día siguiente fue Nogueras quien, al verle, le habló el primero.
--Eres padre: arriba te guardan un niño las monjas. Su salud es buena y la madre no ha salido mal del parto. Si no quieres que esa segunda edición de tu persona vaya a la Inclusa, recoge pronto al pequeño.
Maltrana no experimentó ninguna emoción. Sólo pensó en ir a las Carolinas para dar la noticia a su abuela. ¿Qué iba a hacer él con el chiquillo? La señora Eusebia se encargaría de cuidarle.
Y la abuela, conmovida por el suceso, bajó a Madrid para recoger a su biznieto, acompañada de otra mujer. Isidro fue con ellas hasta San Carlos, pero no quiso pasar de la puerta. Lo dominaba el egoísmo de su cobardía. Ya había sufrido bastante. ¿Iba a mejorarse ella porque le viese?...
Cuando salió la abuela quiso enseñarle el niño, que su amiga, más joven y fuerte, llevaba en brazos.
--Míralo, Isidro--gemía la vieja llorando de alegría--. Es un querubín: ¡qué rico!... Es hijo tuyo, ¡tu retrato!...
Maltrana miró esta carne palpitante apenas contorneada que se removía en el fondo de un mantón. Sí que era su retrato: feo, con su misma fealdad y la de aquel pillete que estaba en la cárcel entre los rateros menores. La misma cabeza enorme, que parecía moldeada por las manos de la desgracia.
La _Mariposa_ se llevaba su biznieto. Nada de buscarle nodriza en las Carolinas. Conocía a cierta mujer del barrio, que se había casado con un músico de regimiento, y ahora, retirado él del servicio, tenía una tiendecita junto a la carretera de Extremadura, en el cerro de los Corvos. Acababa de perder a un pequeño, y ella se encargaría de lactar al biznieto por poco dinero.
La vieja, antes de marcharse, le habló de Feli. La había visto: estaba muy enferma.
--¡Lo que ha llorado esa chica antes de que nos llevásemos el pequeño! ¡los besos que le ha dado!... Me preguntó por ti... Ve a verla, hombre; la pobre se alegrará, y bien lo necesita.
Maltrana pasó mucho tiempo sin visitar a Feli. Todos los días formábase el propósito de verla a la mañana siguiente. Pasaba la noche de café en café, y la madrugada de taberna en taberna, con los camaradas de vida errante, siempre triste y bebiendo para olvidar.
Por la mañana llegábase hasta San Carlos, a recibir noticias. Le bastaba con saber que Feli seguía bien. Le acometía el miedo a verla en este lugar de dolor y que ella adivinase su embriaguez.
--Un día me acompañarás--decía a Nogueras--; no, ahora no. Me siento sin fuerzas. Además, estoy algo borracho. ¿No me lo conoces?...
Por fin, una mañana se mostró resuelto: quería verla. Adivinábase cierta preparación en su aseo exterior, como si acudiese a una entrevista amorosa. Iba recién afeitado; ocultaba algo bajo las aletas del macferlán, que parecía menos viejo después de unos cuantos pases de cepillo.
Nogueras lo hizo atravesar los claustros de la Facultad, subieron escaleras, pasaron otros claustros, y por fin, el médico abrió una puerta.
Lo primero que vio Maltrana fue las tocas blancas de una monja, ocupada en arreglar con sus manos de cera las flores de trapo y las velillas de un altar. Estaban en una sala de paredes enjalbegadas de un blanco de hueso, con zócalo de ladrillos blancos también. La pieza aparecía dividida por un muro hasta el límite del zócalo, con grandes espacios abiertos entre las pilastras que sostenían el techo.
Isidro vio muchas camas de hierro con cubiertas de percal floreado, y junto a ellas mesillas con redomas y escupideras. Sobre las almohadas destacábanse cabezas de mujeres de verdosa demacración, con las cabelleras enmarañadas y sucias. Maltrana recordó las salas de los hombres. Estos eran menos repugnantes en sus dolencias. La hembra se agostaba con la mayor rapidez así que la enfermedad disolvía los almohadillados carnosos de sus encantos.
El médico se detuvo ante un lecho: allí tenía a la que buscaba. Isidro tardó algunos instantes en reconocerla. Hubiera pasado varias veces ante ella sin que llamase su atención. ¡Cuán cambiada la veía!... Olvidando su tristeza de enferma, evocaba siempre en sus recuerdos la Feli hermosa y alegre de los primeros tiempos de su amor. Y ahora, viéndola enflaquecida, con las facciones desencajadas, más fea y mísera aún que el día en que salió de las Cambroneras, tenía que hacer un esfuerzo para reconocerla. Creyó ver a una amiga de Feli, a una buena compañera que le recordaba a la otra, a la de los días felices, que ¡ay! no volverían nunca.
Quedó inmóvil ante la cama, con aspecto tímido, cohibido por aquellas cabezas greñudas, mascarones de dolor y miseria, que convergían en ellos sus miradas curiosas.
--¿Cómo estás?--preguntó en voz queda.
Saludábale Feli silenciosa, con una sonrisa que daba frío, contrayendo las arrugas de su rostro exangüe, marcándose la punta de su fina mandíbula con la agudeza de un hierro de lanza. ¡Y allí había puesto él sus besos muchas veces, en la embriaguez de la pasión!... ¡Miseria de la vida! Sus ojos, unos ojos de loca, con el estrabismo de las frecuentes crisis, eran lo único que aún delataba la extinta hermosura.
En el lecho inmediato vio a una jovencita que llevaba envuelto el pelo en un pañuelo rojo y abrigados los hombros con una chaquetilla color de manteca. Mostraba entre las puntillas de la camisa sus pobres pechos de tísica, que apenas si se destacaban con ligera hinchazón sobre el mísero costillaje. Era una criada que había dado a luz una niña; una pobre bestia de trabajo convertida en madre por el capricho momentáneo del señorito. La chaquetilla de señora que le servía de abrigo en el hospital era tal vez la única recompensa de su caída.
Feli, al contemplar a Isidro, mostraba también en sus ojos cierta extrañeza, como si le encontrase cambiado. Había transcurrido muy poco tiempo, y sin embargo, creían verse después de larguísima ausencia.
Permanecieron silenciosos mucho rato, mirándose, pero sin atreverse a despegar los labios. Al fin, habló ella, por el impulso maternal. ¿Y su hijo?...
Maltrana fingiose enterado. Estaba allá, en la carretera de Extremadura, con su nodriza, una gran mujer buscada por la abuela. Podía permanecer tranquila... ¡Y él aún no había ido al cerro de los Corvos, ni conocía a la nodriza!
Después le preguntó por su enfermedad. Feli hablaba con voz triste; parecía resignada a permanecer siempre allí, sin esperanza de volver al mundo. Su voz era lenta, con largos titubeos; notábase cierta incoherencia en sus palabras; se adivinaban sus esfuerzos para ordenar las frases y encauzar el pensamiento.
Mientras la oía, Isidro miraba con el rabillo del ojo a la monja, de pie junto al altar, hablando con el médico. ¡Ay, aquellas gentes que vivían en diario contacto con la miseria humana! ¡Qué duros, qué fuertes! ¡Qué indiferencia ante el dolor ajeno, que no era para ellos mas que un accidente vulgarísimo! Su mirada fría parecía tener callos. La contorsión del dolor, la muerte, todo resbalaba sobre ellos sin el menor arañazo, sin producir la más leve turbación.
La monja, después de hablar con el médico, miró a Maltrana con cierta curiosidad. Su olfato de experta conocedora de la vida adivinaba a la pareja ilegal, al amor rebelde, que desprecia los convencionalismos sociales. Su curiosidad de mujer excitábase con el perfume del pecado; su severidad le hacía abominar de aquella juventud que se adoraba a espaldas de la religión.
Maltrana no sabía qué decir. La tristeza creaba un gran vacío en su pensamiento. Además, le cohibían tantas miradas fijas en él. Era un martirio permanecer ante Feli sin poder cogerla la mano, atemorizado por los ojos hostiles de la monja.
Se echó atrás las aletas del abrigo y dejó sobre la cama un mazo de violetas que llevaba oculto. Su perfume pareció dulcificar aquel ambiente que olía a carne enferma y antisépticos.
--¡Ay! ¡flores!--dijo Feli con vocecilla infantil--. ¡Flores!