Part 20
--Pero trajo usted--repuso el «santo» con irritación, al mismo tiempo que lagrimeaban sus inflamados ojos--, trajo usted a otros peores, y ahí dentro los tiene como si fuesen santos, y falta poco para que les encienda velas. Yo soy un ignorante, y pensaba que no había nadie más perverso que esos dos pecadores que he nombrado. Pero uno, aunque falto de luces, tiene personas sabias y prudentes que le ilustren, y ahora sé que esos que adornan su habitación son demonios mayores, de más cuidado que los otros, pues algunos de ellos todavía viven, por altos designios de Dios, que quiere ponernos a prueba..
--¿Y qué quiere usted?--gritó Maltrana con tono agresivo--. ¿Que los quite, para darles gusto a ese remendón que le explota a usted y al cura loco que le aconseja?
--No; guárdelos, si ese es su deseo--dijo el «santo» con mansedumbre--. Usted y yo no debemos vivir juntos. Usted es joven... y de los del día; yo soy un pobre pajarillo de Dios... ¡Ave María Purísima! ¡Mi Cristo y mis libros bajo el mismo techo que los demonios más grandes que se conocen!...
Maltrana creyó inútil seguir hablando. El hermano estaba resuelto a separarse, y Maltrana no quiso rogar, ni que el devoto conociese el grave daño que le infería con esta inesperada resolución.
--Está bien; casas no me faltarán. Y si lo de la mudanza no es mas que un pretexto para que me vaya, quédese usted aquí tranquilamente con su Cristo y todo el almacén de necedades que contiene su biblioteca. Nosotros nos marcharemos en seguida: antes de lo que usted cree.
El «santo» protestó, algo conmovido:
--No tenga usted prisa; queda de plazo todo el mes. Esperaré, y en cuanto a los atrasos, todo olvidado. Yo le quiero, señor de Maltrana; le quiero, porque a pesar de ser de los verdes, nunca ha blasfemado en mi presencia. Yo agradezco esta consideración.
Maltrana repelió tales elogios. Se iría cuanto antes: no deseaba más favores. ¡Ojalá pudiese en el mismo día abandonar aquella guarida de buhos!...
Y volvió la espalda al señor Vicente con despectiva arrogancia, afirmando que aceptaba como un gran bien el perder de vista al beato y sus amigos.
Pero al verse en la calle, toda su altivez se derrumbó de golpe. A la cólera sucedió el desaliento. ¿Qué iba a hacer? ¿adónde ir?... Sentíase más infeliz, más débil que meses antes, cuando vagaba sin hogar, pasando las noches en una redacción. Ya no tenía como recurso aquel camastro de la calle de los Artistas. Además, carecía del valor que da el ser solo para hacer frente a la miseria. Le anonadaba el pensar en Feli enferma, debilitada por el trabajo, no pudiendo vivir como él al aire libre, confiada al azar de la bohemia, y que, además, llevaba en su seno una nueva amenaza del porvenir.
Vagó largo rato por las calles, con el pensamiento agobiado por su infortunio.
Al pasar por la Puerta del Sol vio que eran las nueve en el reloj del Ministerio. Pensó un instante en el señor Manolo, e intentó buscarle en su oficina. Podían vivir en su casa; seguramente que el _Federal_ los recogería al verles en medio de la calle: era un hombre bueno. Pero Maltrana retrocedió ante la idea de vivir de limosna, privado de aquella autonomía de la que hablaba a todas horas el señor Manolo. Además, éste tenía mujer, tenía hijos, que verían con malos ojos la intrusión de una pareja de hambrientos.
En su optimismo, creía que la suerte iba a cambiar, cansada de perseguirle. Aproximábase el invierno: volverían a Madrid las gentes que podían protegerle; no era difícil conseguir que lo encargasen una serie de artículos, una larga traducción, un libro para firmarlo otro. Lo importante, por el momento, era esperar metidos en cualquier sitio, enquistados en su miseria, para no mostrarse mas que en el momento oportuno. Pero ¿adónde ir sin dinero, sin muebles, sin tener siquiera asegurada la comida del día presente?...
Al atravesar la Puerta del Sol, vio en la calle del Carmen el carro de _Zaratustra_ parado junto a la acera, y entre sus varales al filósofo traperil de espaldas a él, separando la basura que acababa de entregarle el criado.
Maltrana pensó en su abuela y en su tesoro. La señora Eusebia era rica: todos los vecinos lo afirmaban. El joven se encolerizó al pensar en la misteriosa fortuna de la avarienta trapera. El era su nieto, y sufría hambre teniendo derecho a una parte del tesoro oculto.
Sintiose de pronto animado por una firme resolución. Iría a visitar a la _Mariposa_, aprovechando la ausencia de _Zaratustra_. Considerábase capaz de las mayores violencias con aquella vieja sórdida, que le admiraba y hacía de él grandes elogios, sin que jamás se le hubiera ocurrido ayudarle con el más pequeño regalo.
Maltrana hacía mucho tiempo que no pasaba de los Cuatro Caminos. Viviendo el _Mosco_ temía aproximarse a las Carolinas, y después de muerto el dañador causábanle repugnancia estos lugares, que despertaban sus remordimientos. Pero la necesidad borró sus escrúpulos, y emprendió la marcha hacia aquel suburbio de Tetuán.
Cuando llegó al cerrillo en cuya cumbre estaba la cabaña de _Zaratustra_, tuvo, como siempre, que espantar con pedradas y gritos a los perros del trapero.
La abuela, al oír sus voces, salió de la cocina, fijando con extrañeza sus ojos pitañosos en el desconocido.
--Abuela, soy yo... Isidro.
La _Mariposa_, al reconocer a su nieto, quiso abrazarle, pero se contuvo mirando sus manos sucias por el hediondo cocineo. Maltrana, sofocado por el calor, se sentó en la plazoleta, buscando la sombra de una de las cabañas. La abuela mostró gran asombro por su visita.
--¡Quién podía esperarte!... ¡Tanto tiempo sin venir a verme! Desde que hiciste la calaverada con la chica del _Mosco_...
Calló, no queriendo hacer mayores alusiones a aquel suceso que puso en conmoción el barrio de las Carolinas, y del cual ya nadie se acordaba.
--¡Un porción de meses sin verte!--continuó la anciana--. ¿Y qué te trae por aquí?... Porque tú a algo vienes.
Y la _Mariposa_ guiñaba sus ojos, contraía el negro agujero de su boca rodeado de arrugas, adivinando que sólo un suceso de gran importancia podía haber traído hasta allí a su nieto.
Maltrana desechó todo preámbulo. Pasaba el tiempo; _Zaratustra_ no tardaría en volver, y él deseaba hablar a solas con la anciana.
--Abuela, para ahorrar palabras--dijo con gravedad--: voy a pegarme un tiro, y antes he querido verla, despedirme de usted para siempre.
La vieja se persignó. ¡Alabado sea el Señor! ¿Pero se había vuelto loco? ¿Qué le pasaba, para decir tales disparates?... Con ojos de asombro escuchó al nieto, que relataba sus miserias. Ni dinero ni casa, y la pobre compañera enferma, sin otra esperanza que dar a luz su hijo en medio de la calle.
La _Mariposa_ repetía con tono estupefacto:
--¡Y yo que te creía con posibles, Isidrín!... ¡Y yo que me figuraba que ganabas el oro y el moro escribiendo en los papeles!...
Pero su asombro no fue de larga duración. Pareció reflexionar, replegarse, achicándose dentro de las ropas, como un caracol medroso que se refugia en su cáscara.
--¡Ay, Señor!--gemía--. ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Qué miserias! Una, metida aquí, no sabe nada... ¡Y qué vamos a hacer, Isidrín! ¡qué vamos a hacer!...
Luego, adivinando lo que el nieto parecía decirle con la mirada, continuó entre gimoteos:
--Los tesoros de la reina de España quisiera tener yo, para dártelos. Pero soy pobre, más pobre que las ratas. El tío Polo se ha metido en la mollera que tengo mi gato oculto, y apenas ahorro dos pesetas, me las saca, y cuando no las tengo, me pega. Si una no estuviese hecha a todo, sería caso de morirse.
Maltrana, influido por los comentarios de la gente, que afirmaba la riqueza de la tía _Mariposa_, creía percibir en sus palabras una hipócrita falsedad.
--¡Abuela! ¡abuela!--exclamó con tono suplicante.
Y para vencer su dura avaricia, la describió su situación. Nada le pedía para él. De verse solo, como en otros tiempos, no vendría a molestarla. Lo mismo que había vivido, haciendo frente a la desgracia, seguiría viviendo. Pero estaba la otra, la infeliz Feliciana, la mártir, que vivía tranquila con su padre el dañador, y a la que él había arrastrado fuera del hogar para que participase de su suerte. No podía abandonarla. Moribundo de hambre, se quitaría el pan de la boca para dárselo: su sangre le parecía poco para apagar su sed.
--Hay que ver, abuela, lo que esa mujer hace por mí. Carezco de trabajo, y ella pena noche y día por que tengamos un poco de pan. Si usted me quiere, quiérala mucho a ella también. Es mi mujer y mi madre todo a un tiempo; y antes que verla sin techo y sin sustento, me mataré, abuela, ¡me mataré!
Maltrana se exaltaba con sus propias palabras, y conmovido al recordar lo que debía a su compañera, inclinaba la cabeza, interrumpiendo su voz con el estertor del llanto.
La vieja, viendo llorar al nieto, lloraba también, restregándose los ojos con la punta del delantal.
--Tienes razón--gemía--. Hay que hacer algo por ella. Así deben ser los hombres. Bien se ve que la quieres.
Preguntó a su nieto cuánto necesitaba para salir de su situación. Si fuese poco, tal vez ella podría servirle... tal vez encontrase quien le prestara hasta cinco duros.
--Necesito mucho, abuela.., mucho. Nada tenemos; nos hace falta todo. No, no me sirven esos cinco duros; hartazgo hoy y hambre mañana. Lo que le pido es un esfuerzo; que me salve, que nos saque de este atascadero, hasta que yo pueda marchar solo.
Secáronse los ojos de la vieja e hizo una mueca dura, como si de repente se extinguiese su emoción. No podía salvar a su nieto; ella era una pobre. Y cruzó los brazos, mostrándose resuelta a escuchar sin conmoverse cuanto le dijera Isidro.
Este adivinó los pensamientos de la abuela. ¡Alma endurecida por la codicia! ¿Y su tesoro? ¿Iba a abandonarle fingiéndose pobre, cuando todos los de la busca hablaban de su riqueza?...
La _Mariposa_ rió con una expresión de bruja burlona.
--¡Mi tesoro! ¡Ya salió mi tesoro! ¿También tú vienes por él?... Te han engañado, Isidrín; mil veces te lo he dicho. No hay tal tesoro: mentiras de la gente... Soy una pobre.
Pero el orgullo de su avaricia no le permitía disimular. Se le escapaba una sonrisa de satisfacción, denunciando la certeza del tesoro y su propósito de defenderlo contra todos.
--¡Abuela!--gritó Maltrana--. No lo haga usted por ella ni por mí, ya que no nos quiere. Pero hágalo por el que va a venir.
Intentó enternecer a la _Mariposa_ hablándola de su futuro hijo, de aquel pequeñín, que sería como una extraordinaria prolongación de la existencia de la anciana. ¡Tendría un biznieto! Pocas mujeres lograban ver su descendencia hasta tal límite. ¿Y sería capaz de dejar en el abandono a la tierna criatura?...
El instinto de la familia despertó en la avara. Volvió a gemir, a llevarse el delantal a los ojos, pero sin moverse, sin acceder a las súplicas de su nieto.
--¡Desgraciado!--murmuraba--. ¡Eres muy desgraciado!... Y toda la culpa la tuvo tu madre, por su empeño en huir del barrio... ¡Cuánto mejor hubiese sido para todos seguir en el oficio!
Maltrana hizo un movimiento de impaciencia. ¿Qué tenía que ver su pobre madre en lo de ahora?... ¿Quería ayudarle, sí o no?...
La vieja siguió gimoteando, sin contestar, y el joven púsose de pie con ademán resuelto.
--Adiós, abuela. Quédese usted con lo suyo. Ya sé lo que debo hacer.
Pero antes de que volviese la espalda, la trapera se abalanzó a él.
--¡Isidrín... hijo mío... quédate! Tendrás lo que quieres: todo lo de tu abuela será para ti, aunque me quede en cueros, aunque me muera de hambre.
La emoción había ablandado su dura avaricia; la tristeza del nieto la infundía miedo. Además, en su pensamiento senil estaba fija la imagen del biznieto, de aquella criatura que aún había de venir y la llenaba de orgullo.
--Te lo daré todo, ¡todo!--dijo misteriosamente al oído de Maltrana.
Después miró a los inmediatos cerros con inquietud, como si temiese la presencia de algún curioso.
--Vigila bien--añadió--. Apenas veas el carro del tío Polo, avisa. ¡Mucho ojo!
Y llevándose un dedo a la nariz para indicarle discreción y vigilancia, se introdujo en el estrecho túnel que conducía a la cuadra.
Transcurrió mucho tiempo. Isidro se imaginaba los trabajos que estaría realizando la abuela con sus manos trémulas para extraer del escondrijo aquel tesoro famoso que _Zaratustra_ husmeaba, sin llegar nunca a dar con él. Por fin salió, sucia de telarañas, con el pañuelo de la cabeza cubierto de briznas de paja.
Llevaba en las manos un trapo blanco repleto de objetos. Al depositarlo sobre un tronco, con mucho cuidado, como si contuviese cosas frágiles, sonó en su interior un retintín metálico.
La _Mariposa_ suspiraba, como echando fuera el dolor de este sacrificio, y lentamente, sin dejar de mirar a lo lejos, con el temor de ser sorprendida, fue desatando los nudos del envoltorio.
Un resplandor de oro, de piedras preciosas, de objetos de gran brillo, que aun parecían más esplendorosos en este ambiente de miseria, hirió los ojos del asombrado Maltrana. El tesoro era cierto. ¡Vive Dios! La realidad tenía sorpresas de cuento fantástico. El joven pensó por un instante en las novelas de portentosas aventuras leídas en su juventud.
La vieja se gozaba en el asombro del nieto.
--¡Qué hermosura! ¿eh? Toda mi vida me ha costado el reunirlo. Y no te creas que he apandado nada de mal modo: todo en la basura... Yo he tenido grandes parroquianos, todos gentes ricas.
Maltrana había cesado de mirar el tesoro, para contemplar a la _Mariposa_ con unos ojos en los que se leía el asombro y la compasión al mismo tiempo.
--¿No hay más, abuela?--preguntó dulcemente--. ¿Sólo tiene usted esto?
La _Mariposa_ le miró escandalizada.
--¡Qué! ¿aún te parece poco? Pero muchacho, ¡si hay ahí para comprar todas las Carolinas! Fíjate, Isidrín: ¡es un tesoro!
Maltrana no necesitaba fijarse mucho. Pasado el primer deslumbramiento, había visto la falsedad escandalosa de las joyas enormes y absurdas que brillaban en la cumbre del montón de baratijas.
Eran adornos de teatro, ridículamente fastuosos, de metal dorado, con piedras de diversos colores, cuya grandeza hacía temblar de emoción a la pobre _Mariposa_.
--Esas joyas de reina--dijo--eran de aquella buena señora que me quería tanto: de la cómica que murió. Las encontré en una carretada de cartas rotas, trajes viejos y retales que me llevé de su casa... Pensé un momento en devolverlas, pero me quedé con ellas, y no me arrepiento. Los herederos eran gente indigna.
El joven apartó a un lado estos adornos ridículos, para revolver con ávidas manos el resto del montón.
--Fíjate en ese rosario--dijo la vieja--: todo de perlas finas. Era de una dama de palacio.
Maltrana hizo un gesto de desaliento. Mentira también: eran granos de marfil, con un débil montaje en oro. Y mentira los imperdibles de _doublé_; las sortijas ennegrecidas por el largo encierro, con sus vidrios opacos y muertos; los botones de grandes uniformes, que la vieja creía de oro puro; los alfileres verdosos y oxidados, con la pedrería empañada. Aquellas riquezas que hacían estremecer de codicia a la trapera no eran mas que basura de insignificante valor.
Isidro únicamente apartó lo que la _Mariposa_ consideraba de menos valía: un par de docenas de cucharas de plata de diferentes formas y tamaños, caídas, sin duda, durante el fregado en el estiércol de la cocina; una cadenilla de oro, un sonajero del mismo metal y cuatro sortijas lisas, pero de algún peso. Era lo único del tesoro de la abuela que tenía cierto valor. Tal vez llegasen a darle por todo ello hasta treinta duros.
La _Mariposa_ seguía con atención el apartado que realizaba su nieto, sonriendo al ver que se satisfacía con lo más humilde del tesoro, abandonando las grandes joyas, los objetos brillantes, que la llenaban de orgullo.
--Haces bien--murmuraba--. Con eso que te llevas tienes bastante por el momento. Lo demás te lo guardará la abuela para otro caso de apuro, y cuando yo falte será para ti.
Con un respeto religioso iba amontonando en el trapo blanco las deslumbrantes baratijas desordenadas por las manos del nieto. La vieja le tributaba mentalmente los mayores elogios. Su Isidro era bueno; no quería abusar de la bondad de su abuela, y la dejaba lo mejor. A impulsos del agradecimiento, desató una de las puntas del trapo, sacando del nudo unas cuantas monedas de plata.
--Toma, Isidrín--dijo--. Todo el dinero que tengo. Para que lo añadas a esas cosillas, ya que no has sido exigente. Lo menos llevas ahí siete duros entre pesetas dobles y sencillas.
Maltrana se metió la cantidad en el bolsillo. Después fue distribuyendo por los bolsillos de su traje las cucharas y los otros objetos.
La inmensa decepción que le había hecho sufrir la cándida avaricia de su abuela trocábase en compasivo regocijo al ver el cuidado con que envolvía el resto de sus baratijas.
--Ya has visto el tesoro--siguió diciendo la vieja con voz misteriosa--. Tú eres el único que lo conoce. Cuidado con hablar. Esto sólo se reúne teniendo buena parroquia, trabajando años y años con los ojos bien abiertos para que nada se escape. Cuando mi biznieto sea mayor, venderemos la diadema, las pulseras, el alfiler de pecho con esos diamantes como garbanzos que quitan la luz de los ojos. Alégrate, Isidrín; no te engañaron: tu abuela es rica, tiene su tesoro; pero tú solo debes saberlo, pues será para ti.
Después miró con inquietud a lo lejos, poniéndose una mano sobre los ojos.
--Tú que tienes mejor vista, Isidrín: ¿no es aquel carro el del tío Polo?... Sí que es; ya está ahí ese judío, ese camastrón, que no piensa mas que en apandarme el tesoro. Huye, Isidrín: que no nos pille aquí; que no huela el gato.
Y la vieja, con la inquietud del miedo, temiendo que le arrebatasen aquellas riquezas, a las que amaba como su propia vida, desapareció en el túnel oprimiendo entre sus brazos el blanco envoltorio. Se había despedido de Isidro apresuradamente. ¡Que le trajese el biznieto apenas naciera! Se contentaba con verlo una vez, y luego morir, dejándole sus riquezas.
Isidro descendió del cerro por los sembrados para no encontrarse con _Zaratustra_, pensando, mientras caminaba, en el medio de sacar unas pesetas más del famoso tesoro oculto en sus bolsillos.
X
Bien entrado el otoño, Isidro y Feli fueron a vivir en las Cambroneras. Después de abandonar la casa del hermano Vicente, habitaron un cuarto interior en la calle de Embajadores. Pagaban tres duros por él; pero transcurrido el primer mes, no pudieron satisfacer el segundo, y abandonaron la habitación, salvando casi milagrosamente sus escasos muebles.
Más aún que los tormentos del hambre, temía Maltrana las inquietudes y desasosiegos que traía consigo el alquiler. Feli sólo se preocupaba de asegurar el techo. Realizaba economías asombrosas por ir juntando poco a poco el dinero para la casa. Ya tenía tres pesetas, ya tenía un duro, ya se aproximaba lentamente a los dos, y de pronto surgía una necesidad imperiosa, una exigencia ineludible, el pago a la tienda, que se negaba a fiar más sin recibir algo a cuenta, la compra de material para el emballenaje de los corsés, la necesidad de echar unas suelas a las botas únicas de Maltrana, mientras éste permanecía prisionero en el cuarto; y de este modo la mala fortuna llevábase de una manotada todos los ahorros, sin dar tiempo a que se completase el importe del alquiler.
Maltrana adoptó una resolución. Los pobres como ellos, de vida incierta, sólo podían vivir en las casuchas cuyos cuartos se pagan diariamente, en los falansterios de la miseria, como aquel caserón de obreros donde él había nacido.
Vivió en varios edificios de esta clase, en el barrio de las Peñuelas y el de las Injurias, repugnándole sus hacinamientos, la suciedad sórdida de sus paredes, las frecuentes peleas de las hembras desgreñadas, que se insultaban de galería a galería... Su pobre Feli no era una princesa, pero ¡ay! sentía él honda repugnancia al verla, tan delicada y tan dulce, viviendo en este infierno.
En las Cambroneras encontró un cuarto independiente, y decidió trasladarse a este barrio habitado por gitanos, que le parecieron más apreciables y tranquilos que las familias de las casas de vecindad.
El alquiler se pagaba todas las noches: real y medio. Al obscurecer llamaba a la puerta el encargado de la cobranza, un hombre alto, enjuto y moreno, al que el exceso de estatura hacía caminar arqueando la espalda. Era de la policía. El que administraba las casas de las Cambroneras teníalo allí como cobrador y guardián del orden, por su carácter de agente de la autoridad. Dábale por esto un interés sobre la cobranza y vivienda gratuita para él, su prolífica mujer y la banda de chiquillos que completaba la familia. De sus mocedades, transcurridas en el campo, antes de ser soldado, guardaba gran afición al cultivo de la tierra, y cuando sus deberes de agente de «la secreta» no le hacían ir a Madrid, pasaba las horas en la heroica tarea de convertir en huertecillas los desmontes de tierra amarillenta, sacando a brazo el riego de una noria abandonada.
Inspirábanle gran respeto los dos jóvenes, hasta el punto de hacerle afirmar que don Isidro y doña Feli eran las únicas personas decentes que habitaban en las Cambroneras.
--Adelante, Pepe--decía Maltrana cuando, cerrada la noche, sonaba un golpe en la puerta.
Y Pepe se presentaba llevando en las manos un lápiz y un rústico talonario de papel de barbas. Entregaba una hoja, después de garrapatear algunos signos, y recibía las monedas de cobre.
Isidro mostrábase satisfecho de su nuevo alojamiento. Por una ventana contemplaba el río, casi a sus pies, y en la orilla opuesta las praderas pintadas por Goya, los cerros en cuya cumbre se aglomeraban los cipreses y mausoleos de los cementerios de la Almudena y San Isidro. Por otra ventana veía el descampado de las Cambroneras, un gran espacio de tierra atravesado por un riachuelo, en el que lavaban sus guiñapos las gitanas, flotando sobre la corriente trapos y pedazos de periódicos. Enfrente abríase un gran portalón dando entrada a una callejuela de guijarros flanqueada por dos hileras de casuchas. Unas eran de techo bajo; otras tenían en el primer piso una galería de madera, con escalerillas de tablones carcomidos, que crujían a la más leve presión como si fuesen a romperse.
Maltrana no tardó en conocer la heterogénea población de las Cambroneras. Formaban un mundo aparte, una sociedad independiente dentro de la horda de miseria acampada en torno de Madrid. Pepe el cobrador relatábale las costumbres y rarezas de aquellas gentes, a las que él llamaba «su ganado».
Existían dos grandes divisiones en el vecindario de las Cambroneras, cuyos límites nunca llegaban a confundirse; a un lado los payos, que eran los menos, y al otro los gitanos, que constituían la mayor parte de la población. Los payos se subdividían en pordioseros, que iban todas las mañanas a Madrid a mendigar en las puertas de las iglesias, y quincalleros, que en el verano vagaban por las ferias de Castilla vendiendo baratijas y durante el invierno organizaban juegos tramposos en las afueras o tomaban parte en algún robo, si se ofrecía ocasión.
Los gitanos estaban divididos en tres naciones: gitanos andaluces, gitanos castellanos y gitanos manchegos. Tratábanse con cierta fraternidad, impuesta por la raza y las costumbres, pero cada grupo manteníase fiel a su origen, creyéndose superior a los otros. Los andaluces echaban en cara a los manchegos su rusticidad y a los castellanos su falta de sangre _cañí_, adulterada por innumerables cruces con los payos. Estos, a su vez, despreciaban a los procedentes de Andalucía por sus trapacerías y enredos, que habían dado a la raza su fama deshonrosa.