La horda

Part 16

Chapter 164,000 wordsPublic domain

--¡Lo que me ha hecho sufrir!--continuó el señor José--. He perdido varios jornales en un mes por dedicarme a su busca y captura, y todo inútil. Y eso que yo aún conservo cierto olfato de mis tiempos de guardia civil. He pasado días enteros en las inmediaciones del cerro del Pimiento. Me dijeron que andaba por allí con una cuadrilla de pillos y cierta pelona que es su querida, la _Piquirri_, una chicuela seca como una caña, con la cara llena de costurones, que vende periódicos en la Puerta del Sol y se arremanga para que los señores viejos la vean unas pantorrillas que parecen flautas. No he podido atraparle... Después, le busqué en la montaña del Príncipe Pío, en unas cuevas que hay debajo de los cuarteles por la parte de la estación del Norte. Creí pillarle en lo que llaman el «Palacio de Cristal», un chamizo donde se juntan los golfos con todos los plumeros y pericos que esperan a los soldados cerca de los cuarteles... Tampoco le vi... Y anoche, hablando en los Cuatro Caminos con un chico de Zamora que sirvió conmigo y está en Orden público, supe el paradero del granuja. Está en la Modelo; tú fíjate bien, Isidro; ¡un hijo mío en la Modelo!... Yo, que soy su padre, podré parecer tosco y pasar por ignorante, pero allí donde he estado nadie ha tenido que decir de mi, y los jefes me citaban como modelo de honradez.

El señor José llevábase una mano a los ojos, fregoteándolos para que las lágrimas retrocediesen. ¡Un hijo suyo en la cárcel!... Le parecía que todo su pasado de áspera integridad y honradez feroz se derrumbaba de un golpe. ¡Quién le hubiera dicho, cuando con el fusil al hombro conducía delincuentes esposados por las carreteras, que él, el soldado de la ley, el guardián del orden, procrearía carne de presidio, aumentando con un individuo más el ejército sombrío y desesperado que vivía en guerra continua con la sociedad!

Ya no tendría valor para detener en las calles a sus antiguos jefes, pacíficos veteranos que vegetaban en Madrid, abrumados por las estrecheces del sueldo de retiro. Ya no osaría decir: «¿Cómo va, mi capitán?» a aquellos señores que, recordando su pasado de probidad y obediencia, le estrechaban la mano como si fuese un igual, preguntándole por la familia. ¿Cómo iba a contestarles que un hijo suyo, el único, estaba en la cárcel por ladrón?... Aquel miserable le hacía abandonar el mundo de los buenos, le arrebataba para siempre el orgullo de una virtud que era su único lujo. ¡A los catorce años en la cárcel, y llevaba su apellido, que tantas veces había alcanzado elogios por servicios a la sociedad!...

--Yo deseo, Isidro--siguió gimoteando el señor José--, que en este asunto hagas lo que puedas. Ciertamente, no sé lo que quiero. No te pido que lo saques de allí; aunque esto pudiera ser, yo me opondría. Que se pudra en la cárcel, que se muera... ¡por pillo!

Pero tras estas palabras enérgicas, reaparecía el padre.

--Quiero--continuó con dulzura--que vayas a verle. Yo no puedo ir: creo que me lo comería, que le haría pedazos si le viese... Tú tienes otra labia; él te respeta y te hará más caso. Sermonéale; si ha caído, al menos que se corrija y se arrepienta. Grandes criminales he visto que acabaron como personas honradas. Y...--aquí titubeó--y si conoces al escribano que tiene la causa o alguna otra persona que pueda influir, hazlo por Dios. Que el muchacho salga de este mal paso; que una vez esté en la calle yo lo cogeré, y antes muere a mis manos que vuelve a escaparse.

El señor José estaba trastornado por el suceso.

¡Qué mundo, señores! Parecía cambiado y con gentes distintas a las que él había conocido en sus tiempos juveniles. Creía que los buenos formaban una casta, y que él y los que de él saliesen figurarían eternamente en ella. Por esto profesaban ideas sanas, respetaban la autoridad y acataban todo lo establecido... Y de repente, un pedazo de su carne, una prolongación de su persona, se pasaba de un salto al campo de los malos, burlándose de todas las doctrinas de orden y sumisión enseñadas por su padre.

El señor José comenzaba a sospechar si el mundo sería distinto de como él lo imaginaba. No sentía las mismas energías de antes para abominar de los vociferadores, que deseaban que la sociedad diese una vuelta, colocándose arriba los de abajo. El dolor le hacía tolerante. Ya no comparaba la organización social con la disciplina militar. No; la sociedad no era un ejército; era más bien un rebaño triste y manso, que los malos pastores obligaban a pastar en campos de desolación, reservándose para ellos las mejores tierras. Los lobos de la desgracia rondaban en torno de él, arrebatando las reses más débiles, las que marchaban a la cola.

--Te digo, Isidro--continuó--, que soy otro, y que cada día pierdo algo de mis creencias. Esto es el fin del mundo: todo farsas y mentiras. Voy creyendo que vivimos en plena comedia y que somos muchos los que hacemos el papel de bobos. De lo que tengo certeza es de que existen muchos ladrones, muchísimos, que no conoce la Guardia civil ni los conocerá jamás. Si ahora tuviese yo que conducir criminales, los miraría con mejores ojos. ¡Pobres diablos! También éstos son de los lobos... Los ladrones, los verdaderos ladrones que turban el orden y la paz, los que ponen en peligro la vida de los hombres, están muy altos, en sitios adonde no llega la autoridad.

El señor José hablaba como un ciego que fuese recobrando poco a poco la luz. Fijábase con asombro en todo lo que le rodeaba. La injusticia conmovía su carácter sencillo y recto, que comenzaba a perder el endurecimiento de la disciplina.

--Vivimos entre ladrones, Isidro. Verbigracia: yo me gano ahora el jornal trabajando en un gran edificio de las afueras que construye el gobierno no sé si para cuartel, hospicio u otra cosa. La obra es por contrata; al contratista le dan sus buenos millones, y él hace el edificio como si fuese de cartón. Lo que importa es ganar dinero, mucho dinero, para partírselo tal vez con los mandones que le protegen. Los que conocemos el oficio temblamos de miedo al ver cómo nos obligan a construir. Sólo llevamos hecho un piso, y estamos seguros de que el día que lo cargen se vendrá abajo, aplastando a todo Cristo. ¡Con tal que no estemos nosotros!... El contratista viene en su automóvil una vez por semana; mira, recomienda que se haga todo por el sistema de «mírame y no me toques», y se va. El cemento es polvo de la carretera, las paredes son tabiques, las pilastras están huecas... El mejor día hay una catástrofe, que ni la del Dos de Mayo... Y por tres o cuatro pesetas estamos allí centenares de hombres honrados con la muerte en la garganta, mientras los culpables hacen vida de grandes señores. Yo soy imparcial y reconozco mis engaños. A esos que hablan de revoluciones del pobre los creo, como siempre, unos escandalosos perturbadores, pero en algunas cosas no les falta razón.

Aún habló el señor José largamente, mezclando las desilusiones de su vida con los pesares que le daba el rebelde _Barrabás_. Isidro le prometió que aquella misma tarde iría a ver al muchacho. Era amigo del director de la cárcel y podía recomendarle al maldito golfo. Buscaría además entre sus amigos alguno que pudiese influir con los señores del Juzgado.

Marchose el albañil, y por la tarde se dirigió Maltrana a la Cárcel Modelo. Feli le dio gran prisa por que fuese a ver a su hermanastro. La sensibilidad femenil se había interesado por este suceso que venía a alterar la calma doméstica. Recordaba vagamente al _Barrabás_, de haberle visto merodear por las Carolinas con una banda de golfos. ¡Pobrecillo! Tenía cara de bueno: le habrían perdido las malas compañías.

Isidro entró en la cárcel, siguiendo al empleado que el director le dio por guía. Al abrirse el último rastrillo, experimentó una impresión de frío y de tristeza; vio de un golpe las naves enormes, las galerías superpuestas, y en ellas las puertas de las celdas con gruesos cerrojos. Un silencio de tumba pesaba sobre la población invisible. La luz cenital de las monteras de cristales se ensombrecía al descender, adquiriendo la vaguedad crepuscular de las bodegas. Las filas de puertas recordaban a Isidro las tramadas de nichos de un cementerio. Detrás de ellas existían hombres silenciosos, que comían y pensaban; pero eran cadáveres animados, que la estrechez de su tumba obligaba a la inmovilidad; vivos que únicamente sentían la vida a son de corneta, al recibir el rancho por el ventanillo o al salir al sol, para pasear, como fieras enjauladas, durante algunos minutos. Un tropel de pájaros refugiados bajo las claraboyas de las naves revoloteaba en esta luz plomiza. Sus alegres piídos y el murmullo de sus alas sonaban como un remedo irónico de la alegre risa de la primavera.

Maltrana pensó con horror en la posibilidad de un largo encierro en uno de estos ataúdes de mampostería. Centenares de hombres vivían allí, sin que un grito, una palabra, un suspiro, conmoviese el silencio de estas naves, que parecían las de una catedral abandonada. Nunca se había creído valeroso; desconocía el impulso brutal de la agresión; pero a la vista de este cementerio de vivos se juró ser aún más prudente. Si le injuriaban, perdonaría la injuria antes que venir a este infierno silencioso por un arrebato de su animalidad.

El empleado le hizo subir una escalera, al término de la cual estaban las celdas de los niños. Apenas avanzaron algunos pasos por una larga galería, el empleado que vigilaba esta sección dio una voz, y un muchacho descalzo, con ligereza de diablillo, saltó de puerta en puerta, descorriendo con gran estrépito los cerrojos.

En la entrada de cada celda apareció un niño, cuadrándose con militar rigidez. Se examinaban con miradas oblicuas unos a otros, apretando los labios para sofocar la risa.

Calzaban alpargatas deshilachadas, o iban con los pies desnudos sobre los fríos baldosines. Vestían ropas remendadas y mugrientas. Algunos no tenían otro traje que la camisa y un pantalón de hombre sostenido por un tirante que les cruzaba el pecho. Llevaban rapadas las cabezas, mostrando muchos de ellos la extraña configuración de sus huesos craneanos. Había testas enormes, que parecían temblar por su peso sobre el cuello delgado y débil; otras presentaban por detrás un ángulo recto, un corte radical, que denunciaba la anulación de gran parte de la masa encefálica. Los había de ojos picarescos e insolentes, que miraban con fijeza agresiva; otros tenían el cuello ondulado por las cicatrices de la escrófula, o la nariz y las mejillas roídas por la viruela. Manteníanse rígidos, las manos pegadas a las piernas, sacando el vientre, con el bullón de la camisa lleno de objetos y papeles que les servían de juguetes.

El guía de Maltrana los conocía a todos como antiguos parroquianos de la casa. El primero en quien se fijó fue el _Machaco_.

--Cuando le trajeron por primera vez--dijo el empleado--tenía tanto miedo, que en el rastrillo le dio un accidente y hubo que curarle. Después, mira esto como su casa... Tú, ¿cuántas veces has venido?...

El empleado preguntaba al _Machaco_, y éste contestó, sonriendo con sencillez infantil:

--Con ésta veintitrés.

-Te han traído por un portamonedas de señora, ¿verdad?... Le darías tirón y echarías a correr.

--No, señor--dijo el _Machaco_ poniéndose serio--. Lo saqué de dentro del bolsillo. Yo ya no hago esas cosas.

El empleado sonrió ante esta protesta de la dignidad profesional, y siguió presentando a los otros. Un muchacho cabezudo, con ojos azorados y chaquetón de paño pardo, era el _Paleto_. Le habían traído por robar un corsé. Miraba a Maltrana con ojos de víctima moribunda, creyéndolo un señor poderoso.

--Sí, señor; me llevé el corsé--gimió con su rudo acento de campesino--. Tenía hambre... vine a Madrid con mi padre... buscábamos trabajo. No lo haré más, señor... yo soy bueno.

Las grotescas contorsiones del _Paleto_, sus gemidos, provocaron una hilaridad bárbara en todas las puertas.

-¡Uuú! ¡uuú!--rugían los golfos, burlándose del arrepentimiento y el miedo del _Paleto_.

-¡A ver si hay silencio!--gritó el empleado imperiosamente.

Todos quedaron inmóviles, con la vista baja, pero vagando en su boca una sonrisa, como si les divirtieran muchísimo los incidentes de su vida de encierro.

El empleado siguió designando por sus nombres a la doble fila de pillos. Este era el _Besugo_, consorte del _Gallego_, el _Margallo_ y el _Viruelas_, y compañeros los cuatro del _Barrabás_ en el robo de bronces y alambres en Vallecas. Al hermano de Maltrana lo tenían alejado de ellos, para evitar peleas, pues hablaba de comerse los hígados de sus consortes por haber charlado de sobra en las declaraciones.

--El muchacho es una alhaja--dijo el empleado irónicamente--. Tiene genio. Crea usted que sería un bien para la familia que reventase aquí. Cuando crezca, de seguro que le veremos en las celdas de abajo.

Maltrana examinó a los camaradas de su hermano, golfos de mirada viciosa y quijada fuerte, más voluminosa que el resto de la cara. El _Viruelas_ era un monstruo de fealdad, con las facciones roídas, la nariz aplastada, los ojos casi ocultos bajo las cejas colgantes, y un hedor nauseabundo que surgía al mismo tiempo de su boca y su piel.

Luego, el empleado fue presentándole a otros: el _Golfín_, un angelito de pelo rizado y ojos garzos, con el que había que tener gran vigilancia por la intensa simpatía que inspiraba a sus compañeros; el _Boto_, el _Feo_ y el _Paniego_, que llevaban varias temporadas en el establecimiento, y siempre «trabajaban» juntos; el _Morritos_, el _Lentejas_ y el _Lagarto_, que aún no contaban trece años, pero tenían sus novias fuera de la cárcel, lo que les daba gran prestigio entre los compañeros. Eran mujeres que casi podían ser sus madres: prostitutas callejeras, que tomaban a risa la pasión de sus hombrecitos y les aconsejaban que robasen, pues sólo podían creer en su cariño cuando se presentaban con dinero.

El empleado habló a uno de éstos:

--¿Y la novia? ¿viene a verte alguna vez?

Contestó con un movimiento negativo. ¡Las mujeres! ¡todas iguales! ¡Sólo eran tiernas cuando veían _parné_! Y su cara viciosa, ajada prematuramente, completó estas palabras con un gesto cínico.

Maltrana saludó al vigilante de la sección de los niños: un viejo de hirsutas barbas, con una expresión de bondad en los ojos. El otro empleado explicó a Maltrana las dificultades del cargo. Había que ser dulce con los presos; el director exigía la abstención de toda violencia; pero debían tratarles con energía al mismo tiempo, pues los golfos, maliciosos como monos, se insolentaban y sublevaban a la menor blandura. Por medio de ingeniosas telegrafías comunicábanse de una a otra celda, tramando complots contra todo vigilante que les era antipático.

Su revolución consistía en «darle tapadera», entendiéndose por esto que cada uno, encerrado en su celda, golpease la puerta con el redondel que tapaba el orificio de su letrina, armando a un tiempo tal estrépito, que se conmovía toda la cárcel. El empleado a quien obsequiaban con este estruendo había de abandonar su puesto, trasladándose a las galerías de hombres, más tranquilas y disciplinadas que la de estos gorilas del crimen.

Al final de la galería encontró Maltrana al _Barrabás_, erguido en la puerta de su celda.

Había visto entrar a su hermano, sereno, sin mostrar emoción alguna. Su orgullo consistía en ser un «buen preso», imitando los gestos y la impasibilidad de los veteranos del crimen que estaban abajo; en conocer los toques de corneta y moverse automáticamente, cual si llevase varias campañas y viviera en la casa como en su propio elemento.

Saludó al empleado llevándose la mano a la cabeza y quedó inmóvil.

--Bien, muy bien--dijo Maltrana--. Tú parece que estás aquí perfectamente, mientras tu pobre padre va a morir de vergüenza. ¡Golfo! ¡ratero!

El _Barrabás_ sonrió e hizo un ligero movimiento de hombros, como dando a entender a su hermano que para dirigirle tales reconvenciones no era precisa su visita.

--Este es un mozo de cuidado--dijo el guardián dándole golpecitos en la nuca--. Este irá a Ceuta. Cuando le trajeron estaba algo amarillo, tenía su poquito de miedo; pero apenas entró, ¡como el pez en el agua!... Si le dejásemos, cobraría el barato. Quiere ser el jefe, le disputa el cartel al _Machaco_: las echa de matoncillo...

Maltrana, mirando a su hermano con repugnancia, siguió reconviniéndole.

--Estás aquí por ladrón. ¿Sabes tú lo que es eso, Pepín? ¿No conoces lo que nos afrenta a todos? ¿No comprendes que vas a matar a tu pobre padre?...

El _Barrabás_ abandonó su inmovilidad y miró con ojos hostiles, homicidas, a los que estaban plantados algunas puertas más allá.

--Estoy aquí--dijo con voz ronca--por esos voceras, que se han chivado, contándoselo todo al juez. Mis consortes tienen la culpa; en cuanto pueda, les saco el redaño.

Y se erguía con la arrogancia fanfarrona de un gallo joven, estremeciéndose todo su cuerpo linfático y desmedrado, con esa ruindad física de los homicidas por instinto.

Maltrana comprendió que sus palabras no causarían efecto alguno en el muchacho. Había hecho mucho camino cuesta abajo durante el tiempo que no le veía. Estaba agarrado por el engranaje del crimen. Cuando saliese de esta mala aventura, caería en otra. La cárcel era su casa, y toda aquella juventud que se aislaba de la sociedad, su verdadera familia, la escogida por él, con la atracción de las comunes aficiones.

El _Barrabás_ siguió hablando, sin fijarse en la mirada de reprobación de su hermano, creyendo ingenuamente que eran portentosas hazañas las raterías verificadas por su banda. Tal vez le inspiraba lástima aquel hermano infeliz, incapaz de pelearse con otro hombre y sin agallas para apoderarse de un mal pañuelo.

A él le hacían caso en la cárcel. Lo declaraba con orgullo: pocos días llevaba allí, y los empleados le elogiaban, porque «hacía un buen preso», siendo el primero en la formación y ayudándoles con su influencia para que todos obedeciesen. Los compañeros y consortes le respetaban. Sabían que no era un ladronzuelo cobarde, de los que meten los dedos en los bolsillos y huyen muertos de miedo a la menor alarma. Tampoco era un «quincenario» de los que pasan en la celda medio mes sin enterarse del motivo de su detención. Era un detenido de causa, y los camaradas conocían su historia. Sabían que en el «Palacio de Cristal» había descalabrado a dos compañeros de los más audaces y que en todas las cuevas del Príncipe Pío, por su labia y por la facilidad con que empalmaba la navajilla, no le disputaba nadie el mejor sitio para dormir y las primeras hembras del rebaño de vendedoras de periódicos y explotadoras de señores viejos que seguían a los golfos en sus antros.

Los pequeños presos, al saber que el visitante no era un señor de los Juzgados, sino un hermano del _Barrabás_, abandonaban su posición rígida, aproximándose unos a otros para aprovechar este rato de inesperada tertulia.

El pilluelo, viendo alejarse hacia estos grupos al empleado que acompañaba a Maltrana, se espontaneó más con su hermano; quiso deslumbrarle con las grandezas de su porvenir.

--¿Ves todos éstos?--dijo señalando a los camaradas--. Pues me tienen miedo y quieren que sea su capitán. Hemos resuelto, cuando salgamos, hacer una partida y que yo sea el jefe.

Circulaba, ocultamente, de celda en celda, un grueso volumen de páginas mugrientas, con las puntas de la encuadernación roídas por el manoseo. Era la historia de José María, «el rey de Sierra Morena». Las enfermizas imaginaciones de estos torpes engendros exaltábanse al leer, en el silencio del encierro, las hazañas del caballeresco bandido, al contemplar en las láminas las arrogantes figuras de los paladines de carretera, con sus grandes patillas, el trabuco debajo del brazo y el cinto repleto de onzas. Así serían ellos cuando saliesen al campo: el _Barrabás_ marcharía al frente, por montes y caminos, como glorioso capitán. Y el libro, por medios habilísimos, pasaba de unos a otros, a pesar de que el director perseguía tales obras como si fuesen veneno puro.

--Si éstos me siguen--continuó el _Barrabás_ con énfasis--, si no son unos cobardes como mis consortes, ya oirás hablar de mí... Algún día puede que os tape con onzas de oro a padre y a ti... Cada uno sabe lo que le conviene. ¿Qué había de ser yo? ¿albañil, como mi padre? Muchas gracias; no quiero morir aplastado lo mismo que un sapo, o en medio de la calle pidiendo limosna.

El deseaba vivir: juerga, alegría, mujeres; de lo bueno, lo mejor. Sabía dónde se encontraba todo: sólo era asunto de agallas el hacerse dueño, y él las tenía. Aunque muchacho, había visto bastante.

Su sonrisa era una mueca de viejo, un gesto de repugnante precocidad, que se reflejaba en sus ojos con un brillo feroz.

Maltrana, molestado por el cinismo del pequeño, huyendo su mirada, que parecía insultarle, se fijó en otro muchacho que se aproximaba a ellos. Iba descalzo, sin otras ropas que un pantalón y una elástica, pero llevaba el pelo cuidadosamente peinado, con una raya en el centro y dos bandos luengos y lustrosos.

--Y tú, ¿por qué estás aquí?--le preguntó Isidro.

El aludido contestó gravemente:

-Por darle una puñalada... a un queso.

Rió _Barrabás_ la estúpida gracia con estruendosas carcajadas, y los grupos cercanos rieron también, como escandaloso eco. Todos se habían enterado de quién era Maltrana, y le miraban burlonamente. Al escuchar sus reconvenciones al hermano le consideraban como un enemigo. Era igual a muchos individuos de sus familias que venían a sermonearles en presencia de los camaradas, poniéndoles en ridículo, cual si no fuesen ya unos hombres.

--A ver si hay formalidad--dijo el empleado aproximándose al oír las risas--. Al primero que venga con chirigotas le suelto un capón.

Amenazaba como un maestro de escuela, con los nudillos de su mano. Luego añadió, señalando al de la puñalada al queso:

--Este se ve aquí por sinvergüenza. Su padre es rico, y él le ha robado, ha empeñado cosas de su casa, se ha escapado con mujeres. Aún no tiene catorce años. Su familia, para que se corrija, le ha metido en esta escuela de moralidad y buenas costumbres.

Y miraba a Maltrana con ojos entre asombrados e irónicos, como admirando por su inmensa estupidez a aquel padre que pretendía corregir al hijo encerrándolo en la Cárcel Modelo.

--Este señorito irá lejos--continuó--. Los chicos le llaman el _Levita_, y es el mayor amigote del _Barrabás_. El es quien le llena la cabeza de aire hablándole de las cosas que pueden hacer juntos cuando salgan a la calle.

Maltrana comenzaba a sentir la inquietud de una situación ridícula viéndose rodeado por aquellos monos malignos. Al volver la cara, sorprendió por dos veces los guiños burlescos, las morisquetas que hacían algunos a sus espaldas mirando al _Barrabás_. Su hermanastro, con una leve sonrisa, parecía animarles.

Del fondo de la galería salieron voces imitando el gruñido de varios animales. El empleado iba de un lado a otro amenazando con el consabido «capón». Todos adivinaban en Maltrana al enemigo, al pariente moralizador y molesto que se presenta a predicar la virtud. ¡Virtud a ellos, que eran unos hombres y estaban enterados de todo!

No quiso Isidro prolongar por más tiempo la visita; además, el empleado que le servía de guía mostrábase impaciente.

Prometió al _Barrabás_ interesarse por su suerte, ver a los señores del Juzgado, por si era posible hacer algo en favor suyo.

--No lo descuides--dijo el pilluelo con hipócrita seriedad--. Será una buena acción; mis consortes son más culpables que yo. Si hubiese justicia, ya me habrían puesto en la calle.

Pero en sus palabras notábase la falta de anhelo por salir. Allí no estaba mal; además, pensaba en el «cartel» que podía darle un largo encierro, en la admiración con que acogerían su salida los golfos albergados en las cuevas de los alrededores de Madrid.