La horda

Part 13

Chapter 133,947 wordsPublic domain

Maltrana tenía dos mil reales, un capital, pues jamás había visto tanto dinero. Vivirían en el interior de Madrid, donde no les conociesen. Serían marido y mujer para las gentes que sólo comprenden el amor con documentos y sellos. Más adelante, cuando tuviesen hijos, ya pensarían en el matrimonio. Feliciana, vencida en sus últimos escrúpulos, contestaba afirmativamente a todos los proyectos de su amante. Ella también deseaba la nueva vida: estar siempre junto a Isidro, no volver a aquel barrio de traperos, que le parecía ahora más sucio, más triste.

Maltrana discutió con Feli largamente los detalles de su instalación.

--Hay que ser prácticos--decía--; hay que ser burgueses...

Y Feli contestaba, con no menos seriedad:

--Ya verás hacer economías y vivir bien.

Isidro, en su deseo de ser práctico, buscaba una casa en el extremo opuesto de Madrid, un rincón donde no pudiesen dar con ellos, después del escándalo que seguiría a su fuga. ¡Pero los alquileres eran tan caros!...

Un sábado expuso a Feli su resolución. Ya tenían casa; al día siguiente irían a ella. Había encontrado al hermano Vicente, aquel santo loco que repartía papelillos católicos y propagaba la religión en las afueras. Vivía en las inmediaciones de la plaza de la Cebada. Isidro había subido a la habitación, un piso cuarto, bajo el tejado, pero con piezas de sobra para el hermano Vicente y los viejos mamotretos de su biblioteca. Vivirían con él. Era un buen hombre, dulce y tolerante, sin otros defectos que su manía de santidad. Había tenido en su casa a varios obreros con sus familias, pero acabó por despedirles, a causa de los chismorreos de las mujeres y las embriagueces de ellos. No quería más huéspedes; pero el señor de Maltrana--como él decía--era un hombre cortés y bien educado, que le escuchaba en silencio, sin permitirse una burla. Al decirle el joven que se había casado, aceptó con gozo la vida en común que le propuso Maltrana.

Enumeró éste a Feli las ventajas de tal arreglo. Vivirían al otro extremo de Madrid: listos habían de ser los que les encontrasen. Sólo pagarían tres duros por la casa. Del resto del alquiler se encargaría «el santo», que ocupaba las dos mejores habitaciones con su balumba de libros viejos. Ellos tendrían por suyas la cocina, jamás utilizada por el señor Vicente, a causa de sus ayunos y su alimentación de pájaro; una habitación grande, e la que escribiría él, y desde cuyas ventanas se abarcaban los tejados de todo Madrid, y otra que les serviría de dormitorio... En fin, un palacio, que iban a embellecer con su amor, ellos que vagaban por el campo como los amantes de los idilios antiguos.

Sólo les faltaba amueblar la casa; y se dedicaron a ello con el entusiasmo de la novedad, halagados por esta ocupación, que era de burgueses, según decía Maltrana.

Feli abandonó para siempre la casa de su padre y el barrio de las Carolinas. El _Mosco_ dormía aquella mañana, cansado de su expedición de la noche anterior. Ni una duda ni un remordimiento sintió la joven: huyó sin que dijeran nada a su alma los lugares en donde había transcurrido su vida. Sólo pensó en no hacer esperar a Isidro, que la aguardaba en la glorieta de Bilbao.

A las once entraron en la plazuela del Rastro. Feliciana apenas conocía esta parte de Madrid. Habituada a la vida semirrural de Tetuán, sintió cierta inquietud viéndose empujada por el gentío en los alrededores de la plaza de la Cebada.

Las vendedoras, con un par de limones en una mano o unos fajos de perejil, pregonaban sus mercancías a grito pelado. En la calle de la Ruda tuvo que agarrarse del brazo de Isidro para poder andar sobre el asfalto resbaladizo, cubierto de hojas verdes, paja mojada y escamas de pescado. Mujeres de delantal mugriento, abombado por la voluminosa panza, pregonaban el buen repollo y la fresca escarola. Los cestones de los vendedores ambulantes ocupaban el arroyo; las tiendas se apoderaban con sus puestos exteriores de las estrechas aceras.

Al llegar a la plazuela del Rastro, la joven descansó un instante apoyada en la verja del monumento al soldado de Cascorro.

Maltrana parecía reflexionar, y acabó por hundir sus manos en los bolsillos del chaleco, juntando dos billetes de veinticinco pesetas y un puñado de monedas de plata.

--Guarda tú el dinero, nena. Me conozco: si lo llevo yo, me lo gasto en chucherías antes de que compremos nuestro ajuar.

Feliciana acogió con agrado esta prudente resolución, y envolvió en su pañuelo la pequeña fortuna, apretándola entre ambas manos con un mohín de mujer hacendosa dispuesta a defender el dinero.

Después avanzaron los dos cuesta abajo, en el infernal estrépito del Rastro.

Abríase ante ellos la Ribera de Curtidores, con su declive tan rudo, que las últimas casas tienen sus tejados al nivel del arranque de la calle. Por encima de las cubiertas de las _Américas_ veía Feli la ondulación de los cerros amarillentos, la llanura castellana, de suaves hinchazones, con su sequedad que acusa los objetos a luengas distancias.

Así como descendieron por la Ribera de Curtidores, se achicó el panorama, fue hundiéndose, hasta ocultarse detrás de los tejados de los almacenes que cerraban el fondo de la calle. A ambos lados, bajo toldos de lienzo blanco o de sacos obscuros, estaban los puestos de los chamarileros tradicionales, que viven todo el año en el Rastro.

En el suelo, sobre viejas lonas, esparcíanse los más heterogéneos objetos: espadas con fundas de terciopelo que habían servido en los teatros, machetes cubanos, sables corvos de la Milicia Nacional, loza desportillada, saleros rotos, vasos de porcelana remendados con groseras lañas, viejas litografías de vidrios empolvados representando las desdichas de Atala o las hazañas de Hernán Cortés, lienzos embetunados, en cuya negrura distinguíase una pincelada roja que era una pierna, una mancha amarilla que era una calva.

Los palos que sostenían los sombrajos estaban unidos por cuerdas, y pendientes de ellas se balanceaban uniformes de soldados, viejas levitas, pantalones roídos por el roce, sobrefaldas de gasa que habían sido de moda treinta años antes, sayas que olían a humedad y a polvo, delatando el olvido en los cofres de algún desván.

Otros puestos eran de géneros nuevos, y los vendedores, en vez de permanecer inmóviles, con moruna pasividad, esperando la pregunta del comprador, agitábanse pregonando la baratura de las mercancías, anunciando su procedencia de famosas quiebras. Eran los sobrantes de la elegancia, los desperdicios del capricho femenil: abalorios que ya no se usaban en los vestidos, guirnaldas de flores para los sombreros, blondas y puntillas amarillentas, envejecido todo ello por la moda antes de ser aprovechado. En otros puestos se exhibían viejos telescopios, cornetines, cartucheras de agrietado cuero, sillas de montar, y entre las ropas mugrientas asomaban, como una primavera moribunda, las pálidas rosas de alguna casulla.

Por el centro de la calle pasaban los vendedores ambulantes con grandes cestos de quincalla, pregonando las piezas a real, desde la palmatoria al cepillo y el juego de peines. Eran golfos de poderosos pulmones, que para atraer al público se agitaban como epilépticos, corriendo en torno de su puesto, manoteando, exhibiendo sus artículos, entregándolos a ciertos compinches que se fingían compradores para impulsar a la gente reacia.

--¡Aquí! ¡al tío que se ha vuelto loco y todo lo regala!--gritaba uno con voz de trueno.

--¡Lleven y compren!--mugía otro--. ¡Aire!... ¡Marchen, marchen!

Entre la miseria sórdida y gris acumulada en los puestos de las aceras brillaba de pronto un fulgor, deslumbrando a los curiosos. Era una instalación de objetos de bronce, bien fregoteados para la, venta del domingo: braseros de cúpula dorada, almireces, vasijas de cocina, y entre estas piezas, gran cantidad de revólveres vizcaínos, de una baratura que hacía temblar por la suerte de los que osasen dispararlos.

Feli y su amante deseaban adquirir la cama antes que los otros muebles, y se detenían indecisos al ver en los puestos y en las puertas de las tiendas camas de todas clases, de hierro y de madera, unas plegadas, otras extendidas, con su colchón de muelles. La muchacha deteníase, asombrada por esta abundancia, indecisa, desorientada, gustándole varias a un tiempo y sin decidirse por ninguna.

Maltrana la hacía seguir adelante. Aún quedaba mucho por ver: estaban en la entrada del Rastro. Abajo, en las _Américas_ tenía él amigos, tenía parientes: ellos les indicarían lo más ventajoso.

En la parte baja de la Ribera pululaban los golfos ofreciendo «las buenas botellas modernistas de cristal tallado... a real». Unas mujeres atraían en torno de ellas gran aglomeración de gentes de su sexo, ofreciendo «las magníficas medias escocesas de hilo... a tres reales el par».

Maltrana se introdujo en el corro femenil, llevando del brazo a Feli. Quería que fuese para ella la primera compra que hiciesen juntos; ¡a ver!... unos cuantos pares de los más bonitos: media docena. La joven le tiraba del brazo protestando con voz queda. Era un disparate: ¿para qué media docena? Jamás había tenido tantas... No debía derrochar el dinero.

Pero Maltrana le impuso silencio fingiéndose enfadado.

--Usted, señora mía, tomará lo que le den... Vamos, Feli, págale a esta buena mujer, ya que eres el ama del dinero.... ¡Pues poco bonita que va a estar mi nena cuando meta en estas envolturas de colores sus pantorrillas de diosa!...

Se alejaron del corro, llevando ella el regalo en un paquete. Ruborizábase por el carácter íntimo del obsequio y murmuraba al oído de su amante:

--Las medias hacen reñir; es un regalo que trae mala sombra: lo he oído muchas veces. Hay que deshacer el efecto con otro regalo.

Y se detuvo ante el puesto de un chamarilero, donde se amontonaban los objetos más diversos. Acababa de ver un tintero de cristal, enorme, con una esfera dorada a guisa de tapón. Feli lo compró después de largo regateo, entregándolo a Maltrana.

--Toma. Ya necesitas plumear, pobrecito mío, hasta que lo agotes.

Siguieron adelante, y entraron en el corralón de las _Nuevas Américas_. Allí estaban los comerciantes en grande, los que adquieren el hierro y los adornos de los derribos. Las tiendas estaban establecidas en casuchas de madera vieja, pero su inmensa balumba de objetos, no encontrando espacio en tales estrecheces, esparcíase por los callejones y plazoletas del corralón.

En un sitio predominaba el mármol, y se exhibían en número considerable cruces de tumba y de fachada de iglesia, mostradores, lavabos, y hasta sepulturas, cuyos constructores se habían declarado en quiebra antes de llevarlas al cementerio. En otro lugar se amontonaban las alfombras, plegadas en rollo, con intenso olor de polvo, mostrando los apagados colores de su revés. Mostrábanse las filas de herramientas industriales y agrícolas, con reflejos de obscuro azul, los rótulos arrancados de puertas y balcones anunciando con letras de oro modistas francesas y peluquerías elegantes que ya no existían.

En las plazoletas elevábase en montañas el hierro viejo y oxidado, tan frágil por la herrumbre, que parecía próximo a quebrarse como el cristal. Eran máquinas desmontadas, cuyas ruedas yacían empotradas en el barro; calderas enormes, con el cóncavo vientre hundido en pilas de planchas rotas; y entre estos grupos de residuos de la industria, filas y más filas de balcones en correcta formación, y verjas de jardín guardando en sus garras el yeso de las pilastras.

Los dos amantes apenas se detuvieron en esta parte del Rastro. Atravesaron la ronda de Embajadores, llena de gente, de chamarileros libres que no podían pagar un puesto, de corrillos que escuchaban el canturreo de un crimen célebre ante el cartelón pintarrajeado con las escenas más truculentas del suceso, y entraron en otro corral.

--Esto--dijo Maltrana--es el Rastro del Rastro; lo más barato de la baratura. Los de la Ribera de Curtidores miran a los de aquí como puedan mirarles a ellos los comerciantes de la Puerta del Sol.

Al entrar vieron librerías de lance, en cuyo interior se agrupaban viejos señores de traje raído hojeando volúmenes, hundiendo en ellos su nariz coronada por los anteojos; tiendecillas de indescriptible amontonamiento, en las que se confundían cuadros de agujereado lienzo, piezas de vidrio sucio y opaco, cofres viejos y cornucopias con el oro descascarillado y los remates incompletos.

Antiguas decoraciones de teatro, lienzos gruesos con manchas de color en las que se columbraban restos de palacios y frondosos bosques, servían de cortinas y tabiques a estas tiendas de la miseria. El suelo era de guijarros desiguales, que de trecho en trecho se hundían en el fango, desapareciendo bajo los arroyos de agua negra y hedionda. Estos callejones oliendo a polvo y a miseria secular, con su pavimento de islas de pedruscos y mares tortuosos de fango líquido, daban al Rastro gran semejanza con las avenidas angostas y sombrías de un zoco moruno.

En la plaza vieron a los vendedores más míseros, con sus puestos de objetos rotos, de una utilidad desconocida.

Maltrana señaló riendo algunos de estos comercios, cuyo valor en conjunto no ascendía a más de tres pesetas. Sobre unos periódicos viejos exhibíanse martillos faltos de mango, cuchillos mellados y sin empuñadura, pomos de picaporte, petacas viejas, ejemplares mugrientos de revistas ilustradas. El vendedor permanecía inmóvil en una silla rota, sin prestar gran atención a las moscas que revoloteaban en torno de sus labios; y más para espantarlas que para atraer al público, gritaba de tarde en tarde: «¡A perra chica... a perra chica la pieza!»

Lo que más abundaba en los puestos era la ferretería vieja y rojiza por el óxido. Isidro admiraba la paciencia de algunos rebuscadores, que, necesitando un tornillo o un clavo igual al que llevaban en la mano, iban toda la mañana de puesto en puesto, sin fatigarse, removiendo montones de hierro.

Algunas mujeres examinaban los puestos de vidrios, deseando sacar utilidad de sus despojos, fijándose en las grietas y desportilladuras de un salero, de un vaso, de una botella, antes de ofrecer en junto por todo ello cinco céntimos.

Un puesto de muñecas viejas atrajo la atención de Feli. Eran bebés que habían vivido en las casas de los ricos, y con una mejilla rota o faltos de una pierna esperaban en el Rastro su segunda campaña, ofreciéndose a la niñez pobre, a los pequeñuelos de la miseria, obligados a buscar su alegría en este estercolero.

Una pobre mujer con una muñeca en la mano discutía con el vendedor, mientras su hija se agarraba a sus faldas pugnando por tocar el desnudo monigote, que tenía la cara ennegrecida y una de las piernas quemada.

--¡Dámela... la quedo!--lloriqueaba la pequeña con balbuceo infantil.

Pero la madre dejó la muñeca en el suelo.

--¡Si piden tres perros, hija!... Eso es sólo pa los ricos.

Feli intervino, conmovida por el gesto de inmensa decepción de la pequeña.

--Tómela usted, señora... Yo se la regalo.

Y pagó, mientras la pobre mujer le daba las gracias, y la niña, con el mutilado monigote sobre el pecho, repetía a instancias de la madre:

--Gracias, señora... muchas gracias.

Isidro, mientras tanto, examinaba las caras de los vendedores. Buscaba a uno de sus tíos, apodado el _Ingeniero_, el cual, según noticias, aunque retirado de los negocios, colocaba allí su tenderete todos los domingos.

En el otro extremo de la plaza sonaba como un quejido la música de un órgano. Las melodías gangosas llegaban a jirones hasta Maltrana cuando se hacía un corto silencio en el vocear de los vendedores.

Cogiendo del brazo a Feli, fue el joven hacia donde sonaba el lamento del órgano.

La música no le había engañado: el que la hacía era su tío el _Ingeniero_, llamado así por la rara habilidad que demostraba en el arreglo de los instrumentos de música y juguetes mecánicos. Vestía un gabán de color de castaña con grandes botones, y bajo la visera de su gorra destacábanse las dos manchas negras de los anteojos con bordes de paño que abrigaban su vista enferma.

Estaba sentado en un sillón de madera blanca y dorada, con las graciosas curvas del siglo XVIII; la seda antigua enseñaba, entre desgarrones y deshilachados, el lejano recuerdo de una escena pastoril.

A su lado, una mujerona chata, de desbordantes grasas, sentada en un taburete, se cubría de, los rayos del sol con una sombrilla roja, de encajes, cuya riqueza contrastaba con la mugre de sus ropas.

Isidro no la prestó atención. Conocía las debilidades del _Ingeniero_. Aquélla sería la favorita del momento. Su tío, desde que había quedado viudo, gozaba de una fama vergonzosa en todo el barrio, desde la Ribera de Curtidores al paseo de las Acacias. No había vendedora de mollejas, tripicallera o chamarilera del Rastro a la que no cortejase, valiéndose del prestigio que lo daban sus habilidades y los cuantiosos ahorros que todos le suponían. Las odaliscas turnaban en su favor con alternativas de escándalos y riñas, sin que el ilustre _Ingeniero_ se decidiese formalmente por ninguna.

Sentado en el hermoso sillón, daba vueltas al manubrio, deleitándole los chillones sonidos, que acompañaba con movimientos de cabeza. A sus pies vio Maltrana una numerosa colección de cartillas para ciegos. ¡Quién podría ir al Rastro en busca de tales cosas!...

El _Ingeniero_, percibiendo al través de las negras antiparras una pareja detenida ante su «establecimiento», husmeó al comprador.

--Un órgano magnífico, caballero; fabricación alemana, y se da regalado. Usted es persona de gusto. Voy a cambiar el papel y oirá cosa buena: la marcha de _El Profeta_.

Isidro le contestó con una carcajada, al mismo tiempo que la grasienta odalisca tirábale de la manga para advertirle su equivocación.

--¡Pero tío, si soy yo!--dijo Maltrana.

--¿Y quién eres tú?...

--Isidro, el hijo de su hermana. Me he casado, vengo con mi mujer a comprar unas cosillas, y he querido verle para que me aconseje.

El _Ingeniero_, al oír que era una mujer la que acompañaba a su sobrino, abandonó bruscamente el manubrio, y pisando las cartillas, aproximó a Feli sus antiparras, contemplándola largo rato.

--Muy bien, sobrino, muy bien; mi enhorabuena--dijo con sonrisa de inteligente en el género--. Tanto gusto en conocerla, joven, y que siga usted muchos años tan antipática y tan feota... La pobrecita está ciega. Caballeros, ¡y qué par de ojos se trae la socia!

Luego continuó, dirigiéndose a su enorme compañera, con el mismo acento que si hablase a un perro:

--Oye, tú, ¿no encuentras que esta joven se parece mucho a Nicanora, la cigarrera de la calle de Mira el Sol?...

--No señor, no se parece--dijo la mujerona con no menos rudeza, mostrando al hablar unos dientes picudos y amarillos entre las salchichas de sus labios--. Bien se ve que estás ciego. La señora es más guapa. Ya quisiera la Nicanora parecerse a la suela de sus zapatos.

-¡Muuú!--mugió burlescamente el _Ingeniero_--. Ya la has metido; ya has soltado una barbaridaz. No la hagan ustés caso--continuó, dirigiéndose a los dos jóvenes--; le tié tirria a la Nicanora porque la chica está por mí. La semana pasá se tiraron del pelo y fueron a la delegación del distrito.

--Que sus den morcilla a los dos--dijo la gorda con bronco vozarrón.

Y satisfecha de este caritativo deseo, se removió en el asiento, enderezó la sombrilla, y quedó inmóvil, con los morros apretados, fingiendo no ver ni oír al _Ingeniero_ y sus parientes.

El chamarilero, sentado en el sillón, aconsejaba a su sobrino dónde debía hacer las compras. La tienda de la Ribera de Curtidores era ahora de sus hijos; se la había traspasado para quedar en completa libertad. Bien podía divertirse después de tanto trabajar. Pero le restaba la afición al negocio, sobre todo a los instrumentos de música. Los compañeros no adquirían un mecanismo defectuoso que no se lo ofreciesen para que lo arreglara; siempre tenía alguna joya como aquel órgano, y todos los domingos colocaba su puesto en las _Américas_, para no perder la costumbre.

El _Ingeniero_ indignábase al hablar de sus parientes. Su hermano el anticuario era un orgulloso, que desde que trataba, por su negocio, con marqueses y curas ricos, no había quien lo sufriese. No se veían una vez que no le echase en cara sus aventurillas y escándalos. Era un jesuita, un hipócrita; vivía como un imbécil, sin alegría, sin amables desórdenes. ¿De qué le servía el dinero?... Aconsejaba a su sobrino que no entrase a verle en el viejo patio de las _Américas_.

--Te recibirá con unos aires de personaje que dan ganas de soltarle dos tortas... En cuanto a mis hijos, los dos han salido a su tío. Se pelean conmigo y me reniegan por menos de una perra chica. Apenas me saludan, y alegan que esto es porque vivo como vivo, porque hablo con esta o con la otra. Todo filfa, pues lo que buscan es no pagarme lo que me deben por el traspaso de la tienda. ¡Qué les importa a esos judíos lo que haga su padre!... Yo parezco un chaval al lado de ellos. Aquí no hay otro joven en la familia, alegre y que se las traiga, que este cura: el _Ingeniero_.

Después aconsejó a Isidro que comprase la cama en la tienda de sus hijos. Tenían géneros baratos y nuevos. No debía adquirirla en las _Américas_. Eran todas de largo uso; la que menos, había visto morir a toda una familia. Sus primos le darían con economía lo que necesitase.

Luego preguntó por su madre, la señora Eusebia. Más de un año hacía que no la había visto. ¿Cómo le iba a la abuela con el señor Polo? Un día que tuviese humor, tal vez se decidiera a ir a Tetuán. Ya no conocía a las gentes de allá. Madrid terminaba para él en el Café de San Millán, donde se reunía con ciertos amigotes para admirar a las hembras de la plaza de la Cebada. Cuando el sobrino quisiera encontrarle, ya sabía dónde: siempre en su «farmacia». Le tenía ley al Rastro y sus alrededores, y eso que el barrio, con todo su comercio, era igual a aquellas casuchas de Tetuán de donde procedía la familia. Traperos todos: unos de burro y carro, otros con casa abierta, pero viviendo por igual de los desperdicios de la villa. Los restos de la existencia diaria, la comida y los trapos rotos, los expelía Madrid hacia lo alto; los residuos de su lujo, los muebles y las ropas, empujados por los vaivenes de la fortuna, bajaban la cuesta del Rastro para amontonarse en el estercolero de las _Américas_.

--¡Las cosas que uno ha visto, muchacho!... ¡Si los muebles hablasen!

Comenzó a dar vueltas al manubrio del organillo y la gangosa melodía sonó otra vez.

Maltrana dijo adiós a su tío; pero éste, antes de que se alejasen, tuvo un arranque de generosidad.

--Tomad lo que queráis. Ya que sois recién casados, os debo un regalo.

Y les mostraba noblemente la mercancía esparcida a sus pies, las cartillas de ciegos, con las páginas al viento o puestas en ángulo con el lomo en alto. Los dos jóvenes diéronle las gracias.

--No os ofrezco el órgano--siguió diciendo--porque le tengo querencia a la Gran Marcha. Pero cuando me canse, venid por él: pasaréis buenos ratos.

Se alejó la enamorada pareja. Feli reía del _Ingeniero_, de sus pretensiones galantes y del mastín con faldas que le acompañaba.

--Es un hombre temible--dijo Isidro con tono irónico--. El terror del barrio... Y tú parece que le has dado golpe: tendré que vigilaros...

Volviendo hacia lo alto del Rastro, asomáronse al patio de las _Viejas Américas_. La muchacha admiró las grandes tiendas de antigüedades y las de muebles con sus sillerías de sedas vistosas que alegraban los sombríos rincones del caserón. Isidro mostró a Feliciana un hombre obeso y cejudo que en la puerta de su tienda enseñaba unas planchas pintadas en cobre a dos señoras extranjeras. Aquel era su tío; debían pasar sin saludarlo, no creyera que iban a pedirle algo.