Part 10
Y gravemente, arrugando el entrecejo, como si cada idea le costase una extracción dolorosa, expuso su plan. El libro debía ser un himno a la caridad; que los ricos diesen a los pobres, que los pobres respetasen a los ricos, y unos y otros se confiaran a la dirección de la Iglesia católica, maestra de siglos en estas cuestiones, y a Su Santidad el Papa, el primer socialista del verdadero socialismo.
--Creo que con esto--continuó--ya tiene usted bastante para hacer el libro. No queda mas que el escribirlo, lo más fácil; sólo que esto exige tiempo, y yo no lo tengo. Reconocerá usted que estas ideas no son cualquier cosa; que tienen puntos de vista completamente nuevos. De exponer cuestan muy poco; pero yo sé el tiempo que llevo rumiándolas, dándoles forma, preparándolas, para que usted no tenga mas que escribirlas. Además, tengo mis iniciativas propias sobre la forma del libro. Debe ser grueso, muy grueso. No tema usted correrse; se gastará en imprenta lo que sea preciso. Los capítulos deben ostentar al frente esos párrafos en letra, pequeña que llaman sumarios. Esto me ha gustado siempre; da cierto aire de seriedad y de método. Luego deseo que todas las páginas lleven notas, muchas notas, que ocupen tanto como el texto. He visto que todas las obras importantes van así. También esto da aire de seriedad y prueba erudición en el autor. Hay que citar muchos nombres y que sean extranjeros; cuanto más enrevesados, mejor. Esto lo hará usted fácilmente; es asunto de consultar libros, de pasarse algunas semanas en la Biblioteca. ¡Si yo tuviese tiempo!...
Maltrana sonreía escuchando las indicaciones de su protector.
--La tarea es fácil--prosiguió el marqués--. No crea usted que yo ignoro dónde están las fuentes. En esto del socialismo sano y sin escándalo hemos coincidido algunos hombres de Europa. Según me dijo el jefe, hay un señor profesor, italiano o suizo, no recuerdo bien, que ha escrito algo muy sonado sobre el socialismo católico. Uno no tiene tiempo de leerlo todo. Búsquelo usted, y ya tiene una fuente más, después de las mías.
El senador habló aún largo rato de su obra, para demostrar a Maltrana la facilidad con que podía escribirla contando con la firme base de sus ideas.
--Y no es, joven amigo, que yo pretenda aminorar la recompensa de su tarea. Yo entiendo que estos encargos deben pagarse bien. Además, amo a la, juventud y deseo protegerla. Le daré a usted tres mil reales por su trabajo; pero que sea grueso el libro, ¿eh?, y sobre todo, notas... muchas notas. Tal vez si la cosa sale a mi gusto, como yo la he concebido, llegue a los cuatro mil. Por de pronto, tome usted veinte duros para los primeros gastos... papel, tinta, plumas.
Maltrana cogió el billete con cierta emoción, contestando aturdidamente a todas las recomendaciones del personaje.
--A trabajar, joven. La vida no es un sueño; hay que trabajar, hay que ser prácticos. Tratándose de un joven formal como lo es usted, creo inútil recomendarle la prudencia. Esto debo quedar en secreto. Además, no supone gran cosa: sólo significa que me falta el tiempo. El libro lo doy yo hecho; usted no tiene mas que escribirlo. ¡Ay, si yo no estuviese tan ocupado!
Aún le recomendó otra vez que no olvidase los sumarios de los capítulos y las notas, muchas notas, con gran desfile de autores.
--Esto viste mucho. Cuando usted tenga un capítulo, me lo trae, y así con todos los demás. Yo los iré copiando, para que vaya de mi letra a la imprenta. Aunque ocupadísimo, creo que tendré tiempo para este pequeño trabajo.
Maltrana, al verse en la calle, creyó que la Fortuna marchaba ante él, abriéndole paso con el revoloteo de sus alas de oro. No sentía el más leve remordimiento por este trabajo de mercenario que acababan de encargarle. Se reía del socialismo católico y de las «ideas» de su protector: cuatro simplezas que aquel necio juzgaba suficientes para el esqueleto de un libro. ¡Valiente atún era el señor Jiménez!... Pero lo respetaba, viendo en él al hombre providencial que cambiaría el curso de su existencia, al suceso esperado que había de sacarle del atolladero de su voluntad.
El papelito de cien pesetas plegado en un bolsillo de su chaleco pesábale como un lastre que daba a su persona nuevo aplomo; veía tras él la seguridad de otros billetes, de más dinero, todo a cambio de llenar unos cuantos centenares de cuartillas de retazos de libros ajenos, de disparates para él inadmisibles, que el grave senador firmaría sin titubear, poniéndolos bajo el amparo de su empingorotada personalidad.
Podía dormir tranquilo el solemne marqués de Jiménez. Tendría el libro más pronto de lo que esperaba; grueso, muy grueso, con notas, con sumarios, hasta con apéndices, desfilando por el piso bajo de sus páginas, en tumultuosa corriente, los nombres de todos los autores conocidos y desconocidos, con algunos más que él inventaría. Difícil era que el personaje no se mostrase satisfecho; y una vez le tomase gusto a ser autor a tan poca costa, repetiría el encargo, dándole ideas para nuevos libros. El le sugeriría el deseo de ser académico, de conquistar la inmortalidad apedreándola con grandes volúmenes de interminables notas que nadie leería. Acababa de encontrar un filón; iba a tener una renta fija.
Y el bohemio, sin remordimientos por esta piratería literaria, aceptándola alegremente como una liberación de la miseria, pensó en cambiar el billete, en gozar por adelantado de su futuro bienestar.
Era más de mediodía. Maltrana se fue a la «taberna de los genios», que únicamente visitaba en los días prósperos. ¡Flojo atracón iba a darse! Buscó en la lista los platos mejores, aquellos cuyos nombres leía melancólicamente las noches que entraba en el establecimiento sin otro capital que una peseta. ¡Viva la abundancia! Comió a su antojo de lo más caro, tomó café, y hasta hizo que le trajesen de la Tabacalera de la calle de Sevilla un cigarro habano de los mejores. Había que solemnizar el suceso.
Saboreando la copa de coñac y envuelto en la nube azulada de oloroso humo, sentía la placidez de una buena digestión, aquella fe en el destino que surgía en él al llenar el estómago.
Pensaba en el porvenir. Su protector tenía razón: la vida no es un juego; debía cambiar inmediatamente de método. El trabajo exige orden; suprimiría la vida nocturna: dejaría de ir a la redacción. Ya no podía estar en el tabuco de la calle de los Artistas, esperando que su padrastro y su hermano abandonasen la cama para ocuparla él. Se acabó la bohemia triste y errante. Tenía derecho a una casa, como todos... ¿Y por que no a una mujer que le acompañase en esta ascensión hacia la Fortuna, que creía haber comenzado ya?...
La imagen de Feliciana, de la dulce Feli, como él la llamaba, pareció surgir ante sus ojos entre las nubes de humo azul.
Aún duraba en él la impresión de sorpresa y de orgullo que le produjeron las palabras de la muchacha cuatro días antes. El, tan feo y miserable, que sólo burlas o indiferencia inspiraba a las mujeres, veíase amado, y para mayor asombro, era la hembra la que salía a su encuentro, ofreciéndose en un arrebato de audacia.
No dejaba de reconocer que en este amor había mucho de admiración. La pobre muchacha de las Carolinas le adoraba como un ser superior. Era el único hombre que la había revelado la existencia de una vida distinta de la vida salvaje, sucia y violenta que la rodeaba.
«Para la pobre Feli--pensó Maltrana--, yo soy la poesía; un pedazo de cielo que desciende hasta ella; algo superior que ama y venera a un mismo tiempo. ¡Con tal que no pierda las ilusiones al verme de cerca!...»
La Fortuna le había azotado largos años, para dárselo todo a un tiempo: dinero y amor. Desde que Feli hizo su confesión, él no podía dormir sin que se cortase su sueño con visiones, en las que aparecía la hija del _Mosco_ acariciándolo con la sonrisa, tendiéndole los brazos. Al despertar, la imagen quedábase fija en su memoria, ennoblecida y hermoseada por el ensueño, como una ilusión más de las muchas que llevaba en el bagaje de sus esperanzas.
Maltrana, al preguntarse si amaba de veras a Feli, permanecía indeciso, no sabiendo ciertamente qué contestar. El no conocía otro amor que el de las comedias y las novelas, y se confesaba noblemente que el suyo no era de este género. Habituado por sus aficiones filosóficas a buscar la causa de las cosas y a desentrañar las pasiones, abriéndolas en canal para sorprender su secreto, acababa por convertir en esqueletos descarnados los sentimientos más vivos.
No; él no amaba a Feli con grandes arrebatos, pero sentíase atraído por ella dulcemente. En esta atracción había un poco de agradecimiento y algo de orgullo personal, de halago al amor propio. La deseaba, además, por egoísmo, viendo en ella una hembra apetecible que podía embellecer su existencia.
Maltrana, con gran detrimento de su dignidad de filósofo, soñaba despierto muchas veces al pensar en su porvenir. Cuando su imaginación tomaba vuelos de águila, se veía aclamado por las naciones, reconocido por todas como el genio más grande del siglo, presidiendo, en nombre de la ciencia, los Estados Unidos de Europa, que vivían felices gracias a Maltrana, al gran Maltrana I, moderno Napoleón de las grandes conquistas del progreso.
Otras veces, sus ensueños aleteaban más bajos. Nada de dominaciones, ni de Estados Unidos de Europa y otros líos: contentábase con ser un hombre que tuviese asegurada la satisfacción, sus necesidades, y pasase la vida plácidamente entre la abundancia y el estudio. Y el joven, al escribir sus traducciones, soñaba con tener algún día habitación propia, muchos libros y algunos objetos de arte. Entonces, cuando se sintiera fatigado por el trabajo, unos brazos femeniles, blancos, desnudos, surgirían por detrás, estrechándole, y una boca acariciadora le rozaría las orejas murmurando palabras de cariño.
Esto no era imposible; podía conseguirlo. Llegaba el momento de realizar sus ensueños. La buena hada de las leyendas marchaba ante él con la varilla, de oro, haciendo brotar rosales en los bordes de su camino.
Salió de la taberna con el enorme cigarro en los labios, echando humo ante él, como si las ilusiones se le escaparan por la boca, precediéndole en la marcha.
El sol tibio de la tarde y el azul transparente del cielo parecían colarse en su alma. Aún vagaban por las calles algunos mascarones, últimos recuerdos de la pasada fiesta. Maltrana les sonreía, encontrándolos interesantes; también por su imaginación se paseaban como máscaras las más abigarradas ilusiones.
Con la alegría del bienestar, emprendió a pie su marcha hacia los Cuatro Caminos. Pensaba detenerse en la calle de Bravo Murillo, frente a la fábrica de gorras donde trabajaba Feli; aguardar la salida de ésta para hablarla de la fortuna que inesperadamente embellecía su vida.
Paseando por un andén de la ancha calle, más allá de los Depósitos viejos, vio Isidro venir a un antiguo conocido.
--Vaya usted con Dios, don Vicente.
Era un hombre vestido con ropas cuidadosamente cepilladas, pero que por su holgura revelaban no haber sido confeccionadas para su cuerpo. El sombrero, más grande que la cabeza, llevaba hinchado el sudador por ocultas cintas de papel. Tenía la cara rojiza, con profundos surcos en cuyo fondo la piel aparecía blanca y brillante. Los ojos parpadeaban, inflamados, sin pestañas, con las córneas manchadas de sangre. Las orejas sobresalían, casi despegadas del cráneo, como si fuesen a aletear. Las púas blancas y amarillentas del bigote y la barba delataban la torpeza de unas tijeras manejadas ciegamente.
Parecía fuerte, con una salud campesina capaz de afrontar las mayores rudezas, pero las privaciones habían amojamado su cuerpo y daban a su paso cierta irregularidad, como si las piernas sólo pudiesen avanzar a costa de nerviosos temblores. Gesticulaba y hablaba solo, sin hacer caso de la extrañeza de las gentes. De vez en cuando se detenía, y apoyando un codo en una mano, se llevaba la otra a la frente, partida por una arruga vertical.
Al oír que el joven le saludaba, dudó algunos instantes, como si sus ojos inflamados no pudiesen reconocerle.
--¡Ah! ¿Es usted, señor de Maltrana?--dijo con voz dulce--. Que la Virgen le guarde. ¿Trabaja usted mucho?..
Maltrana le había conocido por sus hábitos de noctámbulo. Como él se acostaba bien entrado el día y aquel hombre levantábase mucho antes de amanecer, se habían encontrado varias veces en las calles de Madrid, cerca de los mercados, cuando apenas apuntaba la mañana.
Isidro sentía por él irónica admiración. Había llegado tarde al mundo, así como él, en su petulancia juvenil, creía haber nacido demasiado pronto para que le comprendiesen. Dos siglos antes, la muchedumbre habría venerado al señor Vicente; los reyes le habrían visitado en su tugurio; las gentes piadosas, en la hora de su muerte, habrían caído sobre su cadáver, arrancándole los pelos y pedazos de su hábito como santas reliquias, y tal vez a aquellas horas figuraría en los altares, trocadas las sucias vestimentas en mantos de oro.
Iba siempre con los bolsillos repletos de hojitas impresas que contenían oraciones, de pequeñas estampas y de periódicos de religiosa procacidad que le entregaban las asociaciones católicas para que los repartiese. Maltrana le había tropezado un amanecer cerca de la plaza de la Cebada peleándose de palabra con un carretero porque arreaba sus bestias con acompañamiento de tremendas blasfemias. El señor Vicente se arrodillaba con los brazos en cruz ante el pecador, pidiéndole que le pegase con el látigo, que saciase en él su furia, a cambio de dejar en paz el santo nombre de Dios, pues antes quería morir que verlo insultado. El joven había sentido interés por este loco que vagaba por Madrid entre la extrañeza y la rechifla, como si fuese un resucitado. De nacer en otros tiempos, habría fundado una orden, una nueva regla religiosa, dejando su huella en la Historia.
Después le vio muchas mañanas deteniendo a las criadas en las inmediaciones de los mercados para darlas estampas y oraciones, hablándolas de la Virgen, con los ojos rojizos puestos en lo alto, sin fijarse en las risas de las muchachas, que sentían cierta lástima por la guilladura de este buen señor, que al mismo tiempo era persona fina.
Otras veces lo encontraba sentado en el puesto de un remendón, rozando con la cabeza las viejas caricaturas anticlericales de _El Motín_ pegadas a la pared, mientras hablaba al zapatero de Dios y de los santos, sin intimidarse por los canturreos burlones y el golpear del martillo sobre la suela.
Metíase en las tabernas, sin miedo a las burlas de los alegres compadres, que le invitaban a tomar una copa. Gracias; el no bebía. El vino le dañaba los ojos. Pero a cambio de que le oyesen, acababa por tomar un sorbo, a guisa de mortificación, haciendo los mismos aspavientos que si fuese veneno, y les hablaba de sus devociones simples, de su piedad de hombre sencillo. Maltrana también le había visto irritado, con la cólera del loco pacífico que pierde su tranquilidad. Le saludaban con blasfemias cuidadosamente rebuscadas para provocar su furor. Al principio las acogía cerrando los ojos, bajando la cabeza, como un mártir en las primeras angustias del tormento; pero su paciencia se agotaba al ver que el pecador insulto iba abarcando toda la corte celestial. Resurgía el campesino, el hombre forzudo habituado a la violencia: sus puños se cerraban amenazantes.
--¡Virgen María! ¡Santísimo Señor!--rugía con una entonación semejante a la que usaban los malvados blasfemos cuando ofendían a Dios.
Pero bastaba que los burlones, compadecidos de esta cólera que nublaba la luz de sus ojos, cesaran en tales bromas, para que el exaltado se dulcificase, volviendo a llamar hermanos a todos los que le rodeaban.
Maltrana le veía también en las inmediaciones de los Cuatro Caminos, entablando conversación con los guardas de Consumos, entrándose en los merenderos para hablar de Dios a los que formaban círculo en torno del plato de gallinejas y el frasco de vino o a las parejas que, enlazadas por la cintura, descansaban en un banco, sudorosas y jadeantes por las vueltas que acababan de dar al compás del piano.
--Mis negocios van bien, señor Vicente--dijo Maltrana contestando a su pregunta--. ¿Y usted adónde va? ¿A la propaganda?
El santo varón sonrió, guiñando con inocente malicia sus ojos pitañosos.
--No hay que descansar, señor de Maltrana. Estos días han sido de prueba para la bondad del Señor. ¡Lo que habrán ofendido su santo nombre en las fiestas de máscaras! ¡Los pecados con que habrán puesto a prueba su bondad infinita!... Ahora es el buen momento: el del cansancio y el desengaño.
Y miraba hacia los Cuatro Caminos, como si en las barriadas miserables de los trabajadores se cobijasen gentes crapulosas que hubieran pasado aquellas fiestas en plena bacanal. Isidro le indicó que debía volver al centro de Madrid, si deseaba convertir grandes pecadores: en las afueras sólo encontraría infelices que, no teniendo el pan necesario, mal podían pensar en locuras.
--En todas partes existen pecadores necesitados de consejo--dijo el señor Vicente--. Cada uno escoge su campo según sus fuerzas. Los teólogos, los sacerdotes sabios, los pájaros gordos de la Iglesia, ya se encargan de la gente alta; yo soy un pobre pardillo de Dios que canto como puedo, y voy a los humildes, a los únicos que pueden entenderme. Aun así, ¡si viese usted lo que me cuesta conquistar ciertas almas! Catorce años empleé en traer al buen camino a un zapatero, que es la mejor de mis conversiones. ¡El tiempo y la saliva que me ha hecho perder! Pero digo mal: perder, no... ganar, pues al fin lo he traído al redil del Señor. Era uno de los tremendos; un hombre con pelos en el alma, que se ensuciaba en las cosas del cielo. En Granada fue cantonal cuando la revolución, y echó de su altar a la Santísima Virgen--aquí el señor Vicente se quitó el sombrero e hizo una reverencia--. Pues bien; le tengo hecho un corderito, y hace un mes se inscribió en la Hermandad del Sacramento de su parroquia. Es mi mejor conquista.
--¿Y esos ojos cómo van?--preguntó Isidro.
--¡Cómo quiere usted que vayan! Mal, muy mal. Me sofoco demasiado. Me dan muchos disgustos los pecadores.
Maltrana le aconsejó la calma.
--¿Cree usted que puedo permanecer tranquilo?--gritó el señor Vicente exaltándose--. Mi sangre se requema cuando oigo que en mi presencia cualquier bárbaro insulta a Dios con sucios juramentos. Es lo mismo que si me diesen un balazo en medio del pecho. Prefiero que me maten, sí señor, que me maten, antes que oír tales blasfemias.
Y al decir esto se golpeaba el pecho o abría los brazos como si ofreciese su vida al joven, suplicándole que le matase. Algunos transeúntes acortaban el paso y miraban al viejo, que movía los brazos y las piernas cual si retase a invisibles enemigos.
--Calma, señor Vicente--dijo Maltrana--. Cuídese; guarde la vida para servir a su Dios.
--¡Si todos fuesen como usted, señor de Maltrana!--exclamó el devoto con cierto respeto--. Usted es de los verdes, no crea que no le conozco; usted vive olvidado de Dios y su santa madre; pero tiene educación y no se burla de las cosas santas ni dice blasfemias. Usted es bueno, y llegará el día en que Dios le tocará el corazón. Por eso no le digo nada. ¡Qué he de decirle yo, pobre gorrión del Señor, a usted que lee y sabe tanto!... No puedo hacer otra cosa que rezar por la salud de su alma, y crea que más de una parte de rosario le llevo dedicada. Se olvida usted del Señor porque sus negocios andan mal; pero algún día sentirá los efectos de su misericordia, y se arrepentirá y se acordará de lo que le dice el hermano Vicente.
Maltrana, para amenizar su espera, quería retener a este personaje original, que mostraba deseos de seguir adelante, hacia los Cuatro Caminos.
--Usted fue soldado, ¿verdad?--dijo para prolongar la conversación.
--Sí, señor; fui militar. Otros que son santos lo fueron.
Y al recordar sus tiempos de soldado, latía en sus palabras cierto orgullo; la misma satisfacción soberbia que muestra la Iglesia al decir que muchos de sus santos fueron antes hombres de espada.
--¿No se lo dije en otra ocasión, amigo don Isidro? fui militar y estuve en aquel zafarrancho de Alcolea, pero al lado de los malos. Ya sabe usted lo que es la disciplina. Yo era cabo en Cádiz; dieron el grito y tuve que echar detrás de los mandones, disparando tiros en contra de la religión, de la reina y todo lo antiguo y lo bueno. Es el pecado mayor de mi vida; pero Dios me lo perdonará, porque fui forzado y no tuve intención de ofenderle... Después salí del servicio y me dediqué a las cosas santas.
--¿Y por qué no se hizo usted fraile?
--No me faltaron ganas, señor de Maltrana. Un marqués, antiguo coronel mío y persona muy devota, puso empeño en que me admitiesen en un convento; pero no quisieron tomarme. No tengo suficientes méritos para vestir el hábito.
Lo decía bajando la cabeza, encogiéndose para mostrar mejor su humildad. El joven pensaba que los frailes habían tenido miedo a las exaltaciones del señor Vicente, comprendiendo que su santa locura un tanto andariega no podía permanecer en un convento.
--Pero vivo lo mismo--continuó--que si perteneciese a una orden. Tengo mi regla. Un señor sacerdote me escribió en un papel lo que debo hacer a todas horas, y sigo sus indicaciones, bajo pena de desagradar al Señor. La regla me recomienda paseo, mucho paseo, unas cuantas horas de ejercicio sin pensar en las cosas santas. Otro señor sacerdote reformó el primer papel, ordenándome aún más horas de paseo; toda la tarde en el campo. Dicen que de no hacerlo así puede turbárseme la cabeza y el demonio me dará martirio con sus perversas tentaciones. Yo obedezco: todas las tardes salgo al campo; cada día a un sitio de las afueras. He dado la vuelta a Madrid como unas veinte veces. No hay en los alrededores niño ni mujer que no conozca al hermano Vicente. ¡Las estampas que llevo repartidas!... Me paseo por obediencia; hablo con los pájaros, con los perros, con todas las buenas bestias de Dios que me acompañan en el camino; pero ¿dejar de pensar en las cosas santas? no puedo... ¡no puedo!... y peco por desobediencia.
El señor Vicente irritábase contra esta imposibilidad de olvidar por unos instantes los asuntos del alma y las grandezas del cielo.
--Dicen que pienso demasiado, señor de Maltrana, y tal vez tengan razón. Hay noches en que la cabeza parece que me hierve, y no puedo dormir. El Malo me martiriza con imágenes infames. Dicen además los señores sacerdotes y los caballeros de las Conferencias que me alimento poco, que debía atender más al cuerpo... Eso no; santos famosos hubo que comían menos que un pájaro, y yo, señor, hay días en que no ayuno y gasto un real o más en mi manutención. Las buenas señoras que me protegen me dan dinero y muchos trajes, me recomiendan que me cuide, y yo digo que sí a todo, pero regalo lo mejor de sus limosnas a los pobres que viven en el pecado, para ver si de este modo los ablando y se arrepienten. Como seglar, procuro presentarme limpio y decentito: creo que voy bastante bien.
Al decir esto se miraba de los pies al pecho. Maltrana se fijó en su camisa de tela burda, que asomaba el cuello por encima de varias vueltas de una corbata obscura. El punto negro y bullidor de un parásito movíase entre el borde del lienzo y la piel rojiza de su cuello.
--No necesito más allá de un real para vivir--continuó el devoto con cierto orgullo--. Nunca he comprado un periódico, ni sé lo que es tener una caja de cerillas. Me acuesto a obscuras; y en cuanto a papelotes, ninguno me importa nada, ya que maldito lo que me interesa la política. A estas horas no sé quién manda en España. Lo mismo da que sean unos que otros. Todos son lo mismo: gobernantes, manipulantes y danzantes; y eso de la política, zarandajas, marañas, patrañas y tonterías.
El devoto exaltábase al hablar. Soltaba sus palabras atropelladamente; inclinaba la cabeza, como si el chorro de su verbosidad tirase de ella.