La hermana San Sulpicio

Chapter 9

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--No, señor... es decir, sí, señor. Es una confesión... pero al mismo tiempo no es una confesión...

Volví a enredarme de un modo tristísimo, hasta que el capellán me llamó de nuevo al orden. Al cabo, aunque desastrosamente, me expliqué y confesé que estaba enamorado de la hermana San Sulpicio, y que venía a suplicarle que me ayudase contra su familia, que la retenía injustamente en el convento, para hacerla mi esposa.

El cura, apenas hube acabado de pronunciar las últimas palabras, me clavó una mirada despreciativa y, extendiendo la mano hacia la puerta, dio con los dedos dos o tres castañetas y produjo con la lengua ese sonido particular con que se arroja a los perros de los sitios donde estorban. Me levanté estupefacto, el rostro encendido de vergüenza y de ira. Me acometió un impulso de arrojarme sobre aquel hombre soez. No dudo que el poeta lo hubiera hecho, por más que llevaba noventa y nueve probabilidades contra una de que el clérigo le aplastase; pero el hombre práctico que en mí reside me hizo ver inmediatamente los gravísimos inconvenientes de aquel acto, que daría muy bien al traste con todos mis planes, y me decidí a tomar el sombrero y salir. El capellán, sin hacer caso de la mirada fulgurante que le arrojé, chasqueó de nuevo la lengua e hizo otras cuantas castañetas con los dedos, sin dejar de apuntar a la puerta y mirarme con soberano desprecio. Al pasar por delante de él llevó su grosería hasta decir:

--¡Largo, largo!

Y cuando ya bajaba por la escalera le oí exclamar desde lo alto de ella:

--¿La hermanita, eh? Ha olido cuartos, ¿verdad? Ya arreglaremos, ya arreglaremos a la hermanita.

Aquella ofensa me llegó al corazón. No pude menos de murmurar: «¡Salvaje!» aunque en un tono delicado que no llegó seguramente a sus oídos. La verdad es que no fui en aquella ocasión modelo de dignidad y energía; pero hay que convenir también en que, de haberlo sido, mis asuntos hubieran empeorado notablemente.

No di cuenta a Matildita de aquella entrevista, y eso que me aguardaba con gran afán para saber su resultado. Le dije que me había sido imposible ver al cura. Sin embargo, la turbación, que no pude arrojar de mí en todo el día, debió de hacerle concebir algunas sospechas. Presumo que las comunicó al comandante Villa, con quien en pocos días había yo intimado mucho. Teníamos costumbre éste y yo de irnos después de almorzar a tomar café a la cervecería Británica y pasarnos allí un par de horas viendo al través de los grandes cristales que nos separaban de la calle de las Sierpes el ir y venir de la gente. Era un gran camarada el comandante, apacible, jovial, recto en el pensar y extremadamente cortés. Yo le había caído en gracia, no sé por qué, tal vez por ser también apacible de carácter y escuchar siempre con deferencia lo que me dicen. Me presentó al mozo que le servía como paisano.

--¡Ah! ¿Es usted asturiano también?--me preguntó éste, muy risueño, limpiando con un paño la mesa.

--No; soy gallego.

--Entonces no somos paisanos--repuso con marcada frialdad, retirándose.

Villa soltó una carcajada.

--El hijo de Pelayo le desprecia a usted, compadre.

Aquella tarde, luego que nos sentamos, entabló conversación diciendo:

--Parece, amigo Sanjurjo, que le veo a usted un poco melancólico. Durante el almuerzo no ha hablado usted nada. ¿Estará usted por ventura enamorado?

En la entonación de la pregunta y en la sonrisa con que la acompañó comprendí que algo sabía, y me puse colorado.

--Vamos, hombre, no se ruborice usted. ¿Le trae a usted dislocado alguna sevillana? Pues adelante... Eso les pasa a todos los que llegan.

Después de negar por fórmula dos o tres veces, le manifesté, primero con frases ambiguas, después, según me iba animando, con toda claridad, el negocio que a Sevilla me traía. Por cierto que lo halló muy gracioso y original. «¡Una monja! ¡Eso es sabrosísimo, compadre! Choque usted esos cinco.» Mas apenas le había dado cuenta sucinta de mis amores, y cuando empezaba, con verdadera sed de confidencias, a narrar los para mí interesantísimos pormenores, observé que se quedaba distraído, con la mirada perdida en el vacío, y que una sonrisa de bienaventurado iba iluminando poco a poco su rostro varonil.

--Hombre... no es usted sólo el chiflado--me atajó de repente, ruborizándose un poco.--Si a usted le ha vuelto el juicio una sevillana, a mi me tiene muerto una sanluqueña.

Me sorprendió la emoción que advertí en él, porque no estaba ya en la edad en que el amor impresiona tan vivamente.

--Una sanluqueña rubia, doradita como una doblilla, con unos ojos negros, grandes, de macarena, que hay que comérselos. ¿He dicho algo, compare?

Y sin más preámbulos, me confió prolijamente sus secretos amorosos con la emoción ansiosa de un adolescente. La hermosa que le tenía sorbido el seso era una dama principal de Andalucía, la condesita del Padul, joven de diez y nueve años, heredera de una inmensa fortuna. La amaba y se creía correspondido; no porque ella hubiera soltado aún el sí apetecido, sino porque había dado de ello tales muestras tácitas que Villa no podía resistirse más tiempo a creerlo. No sólo le distinguía muchísimo en la conversación, y eso que tenía por docenas los adoradores, no sólo _se timaba_ con él en el teatro y el paseo, sino que aceptaba las flores que a menudo le enviaba, y muchas veces se las ponía en el cabello o en el pecho. Un día, en cierta excursión de campo, bebiendo por el mismo vaso que la dama acababa de dejar, le dio la vuelta para poner los labios donde ella los posara. La condesita lo advirtió y le dirigió una sonrisa muy significativa. En otra ocasión, habiéndole ofrecido el brazo varios jóvenes, se había cogido al de él, diciendo: «El brazo de un militar es más seguro». Otra vez, pasando por debajo de sus balcones, le había dejado caer una rosa deshojada sobre su cabeza. Y aunque no le había declarado explícitamente su amor, no obstante, en una ocasión le había dicho que estaba enamorado, y ella, alejándose riendo, exclamó:

--¡No me diga usted de quién, que ya lo sé!

Por más que estas señales y otras más por el estilo que me refirió no me parecieron tan evidentes como a él, no tuve inconveniente en creer en su buena fortuna, y le felicité por ella. No se trataba, después de todo, de un cadete inexperto. Era un comandante que frisaba en los cuarenta, cuando no los hubiera cumplido ya, hombre, al parecer, avezado al trato de mujeres y muy metido en sociedad. La plática le embriagaba. Con los ojos medio cerrados y aspirando voluptuosamente el humo del cigarro, iluminado su rostro siempre por la misma sonrisa beata, iba amontonando noticia sobre noticia, todas ellas de tan poco momento que concluí por distraerme y pensar en mi cara monja. Unas veces fijaba la vista en la fisonomía varonil y correcta del comandante, cuya barba recortada comenzaba a blanquear por algunos sitios; otras la entornaba hacia la calle, por donde cruzaban sin cesar transeúntes que cambiaban con nosotros rápidas miradas. Cerca de nosotros, en la otra vidriera, había unos jóvenes que hacían muecas expresivas a cuantas mujeres bonitas o feas pasaban. Cuando no miraban, atraían su atención dando golpecitos al cristal. Ninguna se creía ofendida. Lo mismo las damas que venían haciendo girar su quitasol de seda sobre el hombro, ostentando los menudos pies ceñidos por zapatos de tafilete, que las menestralas con blanco pañuelo de percal por la espalda y el clavel de rigor en el pelo, al levantar sus ojos negros, expresivos y encontrarse con las sonrisas de nuestros vecinos y los grotescos ademanes de admiración, sonreían también graciosamente. Algunas más atrevidas respondían con otra mueca de burla que alborotaba a los maleantes jóvenes y les hacía prorrumpir en sonoras carcajadas. Pasaban rozando los cristales. El relampagueo de sus miradas, cándidas y maliciosas a la vez, alegraba el corazón e inclinaba la mente a suaves y felices imaginaciones. No es fácil ser pesimista en Sevilla. El pesar que me había producido la vergonzosa escena de la mañana se fue disipando poco a poco, haciendo hueco a una esperanza, tan viva como infundada, de que a la postre todo se arreglaría dichosamente. Las ideas risueñas y triunfadoras de Villa se me pegaron. Para dos enamorados no hay obstáculos invencibles. Los que tropezaba en mi camino hacían la empresa más grata y apetitosa. Al cabo, mi compañero, o porque no tuviese ya qué decir, o porque recordase que no estaba procediendo con sobrada cortesía, comenzó de nuevo a hablar de mis asuntos en tono campechano y ligero, como quien quiere hacerse agradable sin importarle mucho por lo que está diciendo. Era tal, sin embargo, mi deseo de hablar de la hermana, que se lo agradecí. Cuando más enfrascados estábamos en la conversación y el comandante se había brindado a protegerme con todas sus fuerzas, observo que se queda pálido, mirando a la calle con turbado rostro. Volví la cabeza y vi una elegante joven, esbelta y rubia, acompañada de un caballero, la cual, mirando hacia nosotros, saludó doblando la mano repetidas veces con ademán y sonrisa insinuantes. Miro otra vez a Villa y le veo contestando al saludo con profunda reverencia y azucarada expresión, colorado hasta las orejas.

--Es ella--me dijo con voz temblorosa.

--Bonita--respondí yo por halagarle y porque así era.

--¡Divina!--replicó poniendo los ojos en blanco.--¡Y si viera usted qué talento! Mire usted, el otro día tuvo una ocurrencia felicísima...

Y volvió a perderse en un mar de pormenores acerca de su novia. Yo los escuché en realidad con poquísimo interés, en apariencia con mucho, porque me lisonjeó la protección con que me había brindado, aunque no sabía a punto fijo en qué pudiera consistir.

--Esta noche probablemente la veré en casa de las de Anguita... Hombre, y a propósito, ¿quiere usted que le presente? No lo pasará usted mal: son unas chicas muy originales. A usted le conviene relacionarse, porque de algo puede servir para sus planes.

Respondí afirmativamente, pero expresé alguna duda de que pudiera hacerse sin previo anuncio.

Villa soltó la carcajada.

--Aquí no se guardan esos tiquis miquis, compadre. Usted irá hoy conmigo y será recibido como si le hubiesen anunciado desde el día de su nacimiento. Mañana, a la hora de tomar el chocolate, puede usted hacerles una visita, que de seguro no se sorprenderán. ¡Buenas son ellas para asustarse!

Después de comer volvimos a tomar café a la Británica. Desde allí, a las nueve poco más o menos, nos trasladamos a casa de las de Anguita. Estaba situada en la plaza del Duque; así que tardamos muy poco en llegar a ella. Por la cancela del portal percibimos ya bastante algazara. Salió a abrirnos una linda criadita de ojos negros y pelo rizoso, mas antes que corriese el cerrojo, una señorita delgada, pálida, de cabellos rubios cenicientos y ojos azules, llegó con presteza y se adelantó a hacerlo.

--Al señor Villa le abro yo, porque es un caballero muy fino que hace cariñitos a las porteras... Vamos, deme usted una palmadita en la cara, como hace usted con Carmen.

La criadita de los ojos negros escapó ruborizada. El comandante se enfadó o aparentó enfadarse.

--Oiga usted, señá Josefa, hable usted bien y no mienta, que yo no doy palmaditas a las criadas. ¿Qué concepto va a formar de mí este señor?

--El que usted merece, mal bicho. Le he guipao una vez dándole palmaditas, otra cogiéndola por la barba, yo no quiero escándalos en mi casa, ¿estamos? Parece que usted no perdona a ninguna, «desde la princesa altiva, a la que pesca en ruin barca». Pero aquí estoy para velar por la moral.

--Ya la moral huyó de Grecia, ya no se baila el rigodón.

--empezó a cantar el comandante, repitiendo un pasaje de cierta zarzuela bufa muy popular. Al mismo tiempo tiraba por las narices a la joven, quien se apartó con furia.

--¡Déjeme usted, chinchoso, feo, patoso! Parece mentira que usted sea de Cádiz. Merecía usted ser gallego... (_Yo me puse colorado._) Por supuesto, que tengo la venganza en la mano. En cuantito venga Isabel, se lo planto en el pico.

--No hará usted tal, salerosa, porque yo me encargaré de desmentirla. Vamos a ver, Sanjurjo (_dirigiéndose a mí_), ¿sabe usted por qué es todo esto?... Pues porque la señorita está enamorada de mí.

--¡Yo de usted, desaborío! ¡Con esas patas tuertas y esos andares de aperador! Que se le quite, grandísimo gallego.

«¡Vuelta con la gallegada», dije para mi, cada vez más inquieto.

--Vamos, Pepita, no se ruborice usted, porque una debilidad la tiene cualquiera. Si usted no está enamorada de mí, ¿por qué espera usted todas las noches a la ventana para verme pasar cuando me retiro a dormir?

--¡Yo! Vaya, hoy se le ha subido San Telmo a la gavia. Este señor ha tomado algunas cañitas, ¿verdad usted? (_Dirigiéndose a mí._)

Sonreí haciendo una mueca, por no saber qué responder. Ella, sin aguardar contestación, se alejó diciendo:

--¡Uf! ¡Cómo apesta usted a vino!

--Venga usted acá.

--¿Para que me siga usted dando el rato?--contestó desde lejos.

--No, para presentarle a usted este señor.

Pepita se acercó de nuevo, y el comandante, inclinándose profundamente y afectando una solemnidad cómica, dijo:

--Tengo el honor de presentar a usted a mi amigo D. Ceferino Sanjurjo, joven de relevantes prendas, enamorado, galán y notabilísimo poeta.

Pepita me alargó su mano flaca, diciendo:

--Si se parece usted a su amigo, no cuente usted con mi simpatía... Pero no; tiene usted mejor cara.

--Pues es mucho más gallego que yo--dijo Villa soltando a reír.

--Verdad, señorita--manifesté con resolución.--Soy de la provincia de Orense.

--No importa--replicó ella con amabilidad.--Él merece ser gallego, y usted andaluz.

Pasamos al fin al patio, que aquel día se había transformado por primera vez en sala de recibo. Con esta mutación da comienzo el verano en Sevilla. Se cubre con un toldo de lona, se bajan los muebles y comienza la vida verdaderamente andaluza. No era muy grande ni confortable el de las de Anguita, pero tenía, como todos, el encanto de las plantas y flores. De los arbustos pendían algunas jaulas con pájaros. El suelo, de azulejos rojos y amarillos. El piano estaba colocado debajo de los arcos, igual que la sillería de damasco azul, bastante usada. Fuera, al lado de las macetas, no había más que sillas de rejilla y algunas mecedoras. Acomodadas en ellas estaban unas cuantas damas con trajes claros y ligerísimos, que charlaban y reían de modo atronador. Era una algarabía insufrible, que no se apagó un punto a nuestra entrada. No causamos emoción de ninguna clase. Pepita se acercó a una joven rubia también y parecida a ella, que hablaba animadamente con otras, y la llamó varias veces antes que respondiese:

--Ramoncita... Ramoncita.

Volvió al fin la cabeza y me miró con ojos distraídos.

--Te presento al señor Sanjurjo, un amigo de Villa...

Ramoncita me alargó su mano, flaca y pálida también, y me preguntó rápidamente cómo estaba. Después, sin aguardar siquiera mi contestación, se volvió hacia sus amigas, que me miraban con un poco más de curiosidad, y anudó con interés la conversación interrumpida. Las dos hermanas guardaban bastante semejanza; los mismos ojos de un azul claro, nada bellos, el mismo color de tez y los mismos cabellos rubios cenicientos. Ramoncita, no obstante, estaba muy ajada y representaba bien unos treinta años, mientras Pepita no pasaría de veinte.

--Venga usted acá--me dijo ésta.--Voy a presentarle a mi otra hermana... ¡Joaquinita!... ¡Joaquinita!--comenzó a llamar.

--¿Qué se te ocurre?--respondió otra joven, saliendo de uno de los cuartos del patio.

--El señor Sanjurjo, un amigo de Villa...

--¡Ah! Tengo mucho gusto...

Me pareció más amable y más bonita que las otras dos. Era también rubia y de ojos azules, un poco más rellena de carnes, y de fisonomía dulce y simpática. Entabló conversación conmigo, informándose con interés de cuándo había llegado, si me agradaba Sevilla, etc. Pepita nos dejó, y Joaquinita me invitó a sentarme a su lado en una mecedora, cerca de un naranjo enano que crecía en tiesto de madera pintada de verde.

El patio no estaba bien alumbrado. La luz de dos quinqués que ardían sobre una mesa debajo de los arcos y las bujías del piano no llegaban a esclarecer enteramente el centro, donde las sombras se espesaban, gracias al follaje de los arbustos.

--Siéntese usted bien, Sanjurjo--me dijo, llamándome ya por mi nombre.

Yo, sin comprender por qué estaba mal sentado, hice un movimiento y seguí en la misma posición.

--Conque Sevilla le gusta a usted... ¡Milagro! La gente del Norte suele sufrir un desencanto al llegar aquí... La verdad es que las calles no son bonitas y anchas, como en Madrid y Barcelona, ni están bien cuidadas... Las casas son bajitas y de poca apariencia... Pero, siéntese bien, Sanjurjo.

Hice otro movimiento más pronunciado, y sonriendo afectadamente exclamé:

--¡Oh! Pues así y todo, me gusta, ¡me encanta! ¡Es tan árabe todo esto! Parece que está uno viendo salir por estas cancelas las damas del tiempo de los reyes moros de Sevilla rebujadas en sus alquiceles blancos. Ustedes son las hijas de ellas, y en verdad que no desmerecen.

--Bien se conoce que es usted poeta... Pero siéntese bien, criatura; échese hacia atrás.

¡Acabáramos! pensé, y puse en práctica inmediatamente lo que me ordenaba, columpiándome sin miramiento alguno.

--Pues ya verá usted, Sevilla es muy golosa. En cuantito la tome usted el gusto, no habrá quien le arranque de aquí.

--Ya se lo he tomado. Los hombres son amables y francos; ¡las mujeres tan lindas!... Usted es una mezcla deliciosa del tipo inglés y el sevillano...

Y, lo que pasa cuando uno se ve atendido y festejado por una mujer no desgraciada en casa desconocida, la cubrí de flores, celebrando sus partes en todos los tonos y formas posibles. Ella se mostraba felicísima y me pagaba, en igual o parecida moneda. Dijo que mi presencia era desde luego muy simpática, que bien se echaba de ver mi esmerada educación, y que admiraba en mí un corazón de oro; que mis ojos eran muy dulces, aunque un poco pícaros... en fin, no estampo más porque me ruborizo. Fue la primera y última vez que hablé con una mujer que me requebrase. Ambos, pues, nos hallábamos contentísimos el uno del otro. Por un instante me olvidé de mi inolvidable monja, y estuve a punto de cometer una repugnante infidelidad declarándome a Joaquinita, cuando vino a impedirlo y a sacarnos de nuestro embelesamiento el amigo Villa.

--¡Hola! ¿Ya forman ustedes rancho aparte?--dijo en un tono brutal que no me agradó, plantándose delante de nosotros.

--¿Y a usted qué le importa?--preguntó Joaquinita con acento picado y agresivo, del cual no la creyera capaz.

--Nada, hija, nada, que buen provecho les haga; pero no está bien marearme tan pronto a un muchacho que acaba de llegar... Porque ya le tiene usted flechado... Mire usted cómo está encendido.

--¡Qué guasoncillo! Bien se conoce que no está aquí aún Isabel para ponerle serio.

La saeta debía de ir envenenada, porque observé que Villa se inmutó un poco. Las palabras de Joaquinita fueron pronunciadas en un tonillo sarcástico que ocultaba gran irritación.

--Vaya, ya tenemos a la _castañera picada_. La dejo, no sea que me muerda.

Después que se alejó, la plática recayó sobre él. Joaquinita, dominándose sincera o disimuladamente, me hizo grandes elogios de su carácter y corazón.

--Siempre estamos riñendo, como usted ha visto, y sin embargo, creo que es el mejor amigo que tenemos. No hay otro más servicial ni más cariñoso si llega el caso. Cuando la enfermedad de mi hermana Ramoncita, que hace seis meses estuvo a la muerte, no salía un momento de esta casa: hablaba con el médico, iba a buscar las medicinas, la velaba... en fin, un hermano no haría más. Si no fuera que se chifla con facilidad...

--Parece que ahora está enamorado--dije yo.

--¡Ahí le duele! ¡Pobre Villa!

--Qué, ¿no le corresponde su novia?

--¡Novia! Que Dios haga. Se ha ido a enamoricar el pobrecillo de una mujer que sólo goza teniendo a los hombres rendidos a sus pies... Además, aquí entre nosotros, y que no sea decir nada contra Villa, que es una excelente persona, ¿cree usted que es partido para la condesa del Padul un comandante de infantería?

Por no murmurar de un amigo ausente, me encogí de hombros. Joaquinita se extendió bastante a relatarme los pormenores de la pasión del comandante. Aunque envuelto en frases muy lisonjeras para éste, pude adivinar cierto rencor en su relato, y alguna fruición al compadecerse de su malandanza.

Nos interrumpió la voz de una señorita pequeña, chatilla, regordeta, que colocada frente al piano cantaba el rondó final de _Lucía_. No hubo más remedio que escucharla. Lo notable es que la acompañaba un clérigo en traje de seglar y alzacuello, el cual entornaba la cabeza hacia atrás de vez en cuando y le dirigía miradas lánguidas, moribundas, para alentarla a dar sentimiento y expresión a las notas, o por ventura para atestiguar que él, a pesar de su carácter sacerdotal, no era insensible a aquella música tierna y amorosa. Tendría el presbítero unos treinta y cuatro o treinta y seis años de edad, de tez morena acentuada, ojos grandes y negros y manos velludas. Pregunté a Joaquinita quién era, y supe que se llamaba D. Alejandro y que desempeñaba un destino en la catedral. Cuando hubo cesado la señorita y la hubieron colmado de aplausos, del centro del patio salieron algunas voces diciendo:

--Ahora, que cante don Alejandro.

El clérigo se excusó diciendo que no tenía bien la garganta; pero, apremiado por el concurso, entonó al fin con voz engolada de tenor el _Spirto gentile_, arrastrando las notas y desfigurándolo hasta convertirlo en empalagoso canto de iglesia. Por supuesto que nos rompimos las manos aplaudiendo. A todo esto habían llegado ya varios pollastres, los cuales andaban entreverados con las damas, sentados todos sin ceremonia, volviéndose unos a otros la espalda cuando así les convenía para hablar más a gusto a su pareja. Reinaba la alegría, a juzgar por las sonoras carcajadas que se oían a cada instante y las bromitas que se cambiaban en voz alta. De los más jaraneros y divertidos era mi amigo Villa, que por la confianza que tenía en la casa se autorizaba ciertas libertades, como pellizcar a las muchachas y hacerse abanicar por ellas. Alguna vez salía del patio y se metía por las habitaciones interiores; pero al instante le seguía Pepita y le traía cogido por una oreja.

--Aquí traigo a este hombre, que al menor descuido se me escapa a la cocina.

--No hagan ustedes caso. Esta mujer se empeña en no dejarme satisfacer ciertas funciones apremiantes... No respondo de las consecuencias.

Ramoncita formaba tertulia aparte con otras damas que frisaban como ella en los treinta, y no consentía que ningún pollo viniese a interrumpirlas. Su conversación era siempre animada, y juzgando por la seriedad con que la tomaban, importantísima.