Chapter 8
--A mí me gustan muchísimo los versos, ¡Me encantan! ¿sabe uté? A casa venía un chico que los hacía, ¡tan bonitos! ¡tan bonitos! Vamos, eran preciosos. Otros los hacían bonitos también, pero como Pepe Ruiz, ninguno. Verá uté, a mí me dedicó unos que tengo arriba guardados... Principiaban... _Hojas del árbol caídas--juguete del viento son..._
--_Las ilusiones perdidas--hojas son ¡ay! desprendidas--del árbol del corazón_--concluí yo.
--¡Toma! ¿También usted los sabe?
--Sí, señorita; son de Espronceda.
--No, hijo mío, que no son de ese caballero, que son de Pepe Ruiz; yo misma se los he visto escribir--replicó con energía.
--Entonces serán de los dos--repuse.--No hay nada perdido.
--Vamos, dígame usted algunos suyos. Si usted es poeta estará enamorado, ¿eh? ¡A que sí! Todos los poetas son muy enamorados. Pepe Ruiz ¡uf! a todas cuantas veía les pedía la conversación.
Yo, que sentía la comezón de todos los que aman por explayarme y narrar las menudencias de mis amores, respondí sonriendo:
--Pues sí... creo que lo estoy un poco.
--Una mijita, ¿eh? ¿Ve uté como a mí no se me escapa nada?--exclamó, rebosando de alegría y triunfo, como si hubiera descubierto un tesoro escondido.
Me obligó a contarle, con todos los pormenores posibles, la historia de mi incipiente pasión. Por cierto que, al decirle que el objeto de ella era una monja, se asustó; pero le expliqué cumplidamente el caso y volvió a sosegarse. No conocía a Gloria, aunque había oído hablar de ella a sus amigas y tenía noticia de su familia. Sabiendo que no había rechazado mis instancias (creo que mi vanidad me hizo correrme un poco en este punto) y que tenía deseos de salir del convento, me brindó su protección, con la misma autoridad y firmeza que si fuese el capitán general del distrito y pusiera a mis órdenes las fuerzas de la guarnición, para sacar a la hermana de su celda y volverla al mundo.
--Nada, nada, ya verá uté cómo eso se arregla y le casamos en seguidita. ¡Vaya con don Ceferino, llegar a Sevilla enamorado ya de una sevillana!
--Ya ve usted... y siendo yo gallego.
--¿Cómo gallego?--exclamó cambiando repentinamente de expresión, en el colmo del estupor.--¿Pues no me había dicho hace un momento que era poeta?
--Bueno, soy poeta y gallego a la vez.
Me costó trabajo hacerle entender cómo podían aliarse estas dos cualidades en una misma persona. Creía que ser gallego y llevar baúles al hombro era todo uno. Hasta se me figuró que, para darse cuenta cabal del caso, se puso a recordar que yo había entrado en casa con la maleta entre las manos. Destruida a medias esta original concepción de mi procedencia natal, me volvió a pedir que le recitase algunos versos, y yo, con la buena voluntad que en este particular nos caracteriza a los poetas, lo mismo líricos que dramáticos, le dije un número considerable de sonetos, después otro aún mayor de quintillas, luego algunos romancitos. En fin, que estuve soltando versos a chorro más de una hora. Matildita, en quien encarnaba dichosamente el espíritu amplio y receptivo del Ateneo de Madrid, los encontraba todos deliciosos, insuperables; batía las diminutas manos contra los brazos de la mecedora, y en sus ojillos, medio cerrados siempre, chispeaba un gozo vivo y sincero. Tuve que prometer dedicarle unos, y ella me aseguró noblemente que los guardaría siempre al lado de los inmortales de Pepe Ruiz.
La verdad es que me caía muy en gracia aquella chiquilla, con su entonación protectora y su modo de hablar breve e imperioso. Parecía cansada de la vida y muy experimentada en todos sus casos y circunstancias. A cada paso me llamaba hijo, hijo mío, y por lo que pude colegir, se pagaba mucho de ser una inteligentísima e inapreciable consejera, sobre todo en negocios de amor. Por varias reticencias que le escuché en sus discursos, entendí también que Cupido le había sido adverso, y que sólo después de una dolorosísima experiencia había llegado a adquirir un conocimiento exacto y completo de las tretas de este dios, lo cual la ponía ahora en situación de aleccionar a los neófitos como yo y prevenirles. Después de repetidas instancias por mi parte, me confesó que el dios alado se le había presentado hacía tres años en forma de aspirante a telégrafos.
--¡Tres años! Sería usted una criaturita.
--No, hijo, que tenía ya cerca de quince años... Era guapo, buen mozo, y tenía unos ojos muy pícaros... Venía mucho por casa, porque era amigo de Eduardito. Una mañana que me encontró sola barriendo, me pidió conversación. Yo le di... con la escoba en la cabeza; pero otra me quedaba dentro, porque ¿sabe uté? Felipe me gustaba... nada más que por el aquel que tenía... Cantaba los tangos ¡que había que oírle! Le digo a uté que había que oírle. Bailaba panaderos como un gitano de la Macarena. ¡Y luego tan guasón! Nunca se sabía cuándo hablaba formal. Verá uté. Un día le preguntamos por su hermano, que estaba en Cádiz, y nos respondió, con una cara muy larga, que se había muerto. Todos lo creímos. Uté también lo creería, ¿verdad? Pues nada; por la tarde se dejó entrar diciendo que todo era mentira. Tenía el muchacho la sal de María Santísima... No sé quién le sopló a mi padre (q. e. g. e.) que estábamos en relaciones, y le echó de casa a pescozones... sí, señor, a pescozones... y creo que también le dio algún puntapié... Pero como yo estaba ya metida en el querer, ¿sabe uté? no importó na. Le hablaba por la reja. En esta misma ventana, ¡cuántas horas habré pasado hablando con él! ¡Me tenía encandilaíta aquel gitano! Yo no salía a paseo porque él no quería; me obligó a no dar la mano a ningún hombre, me quitó el flequillo del pelo, me quitó el corsé...
--¿Cómo el corsé?--pregunté sorprendido.
--Sí, señor; el corsé... ¿Uté no sabe? Aquí hay muchos que no quieren que sus novias gasten corsé... porque así gustan menos a los otros...
Los amores de Matildita habían terminado de un modo tristísimo. El aspirante guasón «le había dado el pego» con una amiguita que vivía por allí cerca. Pero como todos los traidores tienen su recompensa, a los pocos meses tronó también con ella.
--Ahora será ya telegrafista.
--No, señor; es soldado de caballería. Salió reprobado en los exámenes, ¿sabe uté? y su padre le echó de casa. El pobre chico, aburrío, sentó plaza... Y le está muy bien el uniforme, no crea uté, con su chaquetilla azul y su sable arrastrando...
--Vamos, eso prueba que si quisiera otra vez volver sumiso a sus pies...
Matildita frunció la frente con severidad, y con su manecita hizo un ademán dignísimo.
VI
El patio de las de Anguita.
¿Qué se le ofrecía a usted, caballero?
--Don Sabino el capellán... ¿Se puede hablar con él?--articulé con trabajo, mirando a la monja que asomó la cabeza por la ventanita sin reja que había al lado de la puerta.
La verdad es que no pensé hallarme con tan gentil portera. Era joven la monjita y tenía el rostro fresco y sonrosado, con ojos vivos y penetrantes. Su acento era marcadamente extranjero.
--Sí, señor... pero en este momento va a decir misa. Si usted quiere oírla, puede subir después a su cuarto.
--Con mucho gusto--repliqué.
Retirose de la ventana, y acto continuo sonó un campanilleo de llaves y la puerta se abrió con ruido de cerrojos que se corren.
--Pase.
Cerró otra vez con llave y me dijo:
--Venga usted conmigo.
Seguila por una galería de arcos con suelo de ladrillo, cerrada de cristales. Por ellos se veían muchas flores y plantas. Parose delante de una puerta, empujola y me dijo:
--Pase y siéntese. Cuando principie la misa, ya se le avisará.
Había en los ojos de la monja, en su voz y en sus ademanes una firmeza que distaba mucho de la cortedad y timidez que yo juzgaba antes inherentes a toda religiosa. Había en sus palabras un dejo protector. Me ordenaba lo mismo que si se dirigiese a una educanda. «Pues señor (no pude menos de decirme recordando a Matildita), en este país todas las mujeres me protegen. Más vale así.»
La estancia donde me hallaba era, sin duda, la sala de recibo o de espera. No grande, con una ventana de rejas a la calle, abierta a bastante altura, para que nadie se pudiese asomar sino con escalera. Había un sofá forrado de tela encarnada y varias sillas, una consola y un espejo: las paredes estaban tapizadas con buena porción de estampas religiosas; el suelo de azulejos. Cuando me hallé solo, volvió a acometerme la misma inquietud y temblor que sentí al penetrar en el portal y tirar de la campanilla. La presencia de la monja me había distraído un poco y sosegado. Costárame algunos días de dudas y vacilaciones tomar aquella resolución. Antes había intentado, sin éxito feliz, sobornar a una de las mandaderas del convento para que entregase una carta a la hermana San Sulpicio. Me había contestado con indignación, poco menos que poniéndome la cruz como al diablo. Imagino que si en vez de dos pesetas hubiera tenido ánimo para ofrecerle cinco duros, sería otra cosa. Este temperamento tímido que Dios nos ha dado a los gallegos me perdió. Después quise catequizar a la muchacha que conducía al colegio unas niñas, y me acogió muy bien mientras supuso que estaba prendado de sus gracias; mas en cuanto le manifesté tímida y veladamente mi pensamiento, me soltó una rociada de injurias y denuestos, que sólo mi paciencia, que es muy grande, pudo tolerar. Finalmente, por consejo de Matildita, y no viendo en realidad otro medio de salir de aquella situación, me decidí a avistarme con el capellán de las monjas y, contándole el caso, procurarme su protección. Si era hombre de bien, no podía menos de considerar que el retener a una joven contra su gusto en el convento era contra toda religión y derecho, y ayudaría a ponerla en libertad cuando cumpliese el plazo de sus votos, que debía ser muy presto. No tomé, sin embargo, esta resolución sin vacilar muchísimo y volverme atrás infinitas veces, porque bien se me alcanzaba que no tenía derecho alguno a intervenir en los asuntos de la hermana. Verdad que le había declarado mi amor; verdad que ella acogía mis galanteos con indulgencia, y aun mostraba en algunas ocasiones señales, más o menos manifiestas, de que mis instancias le eran agradables y concluiría por ceder a ellas. Pero no es menos cierto que, por una o por otra causa, no había cedido, y que yo no podía jactarme con verdad de ser dueño de su corazón. Sin embargo, como urgía tomar una resolución decisiva, pues de otro modo mi permanencia en Sevilla se iba haciendo inútil y ridícula, al cabo llegué a dar el paso que se ha visto.
Luego que la monja me dejó solo comenzaron de nuevo, como digo, mis congojas. De buena gana me hubiera retirado. Pero la puerta estaba cerrada con llave, y era necesario buscar y llamar otra vez a la portera para que me abriese, la cual se sorprendería, me haría alguna pregunta; en fin, un lío. Para apaciguar mis inquietudes, tomé un libro lujosamente encuadernado que había sobre la consola y lo abrí. Versaba sobre la milagrosa aparición de la Virgen en la gruta de Lourdes a los pastorcillos Máximo y Bernardeta; estaba en francés y adornado con grabados. Su lectura, que comencé de un modo maquinal, impresionó al cabo de algunos minutos mi imaginación, inclinándola, no precisamente a las ideas religiosas, sino a cierta suerte de anhelo inefable y humildad voluptuosa que el misticismo produce siempre en los temperamentos nerviosos y líricos. Acordeme de la graciosa hermana, y nunca su imagen produjo en mí un estremecimiento más dulce y feliz. Me dieron tentaciones de bajarme y besar el suelo porque ella, sin duda, lo había pisado. Todo me parecía en aquel lugar digno de respeto y aun admiración; hasta un cromo bastante malito que representaba a Jesús abriéndose el pecho con las manos y mostrando un corazón de color de chocolate con la cruz encima y ardiendo en llamas de huevo con tomate. Sin embargo, no hay que engañarse: creo que me sentía más erótico que religioso.
No se pasaron muchos minutos sin que la monja portera abriese de nuevo, diciendo con el mismo acento extranjero y tono imperativo:
--La misa va a empezar. Venga usted.
Y la seguí con la sumisión de antes, como un colegial a quien llevan a encerrar. Sin embargo, durante el camino dirigí algunas miradas investigadoras a todos lados, con la vaga esperanza de ver la figura de mi monja entre las varias que cruzaban a lo lejos por las galerías desiertas. Por lejos que fuese, tenía absoluta seguridad de reconocerla. Salimos del primer patio y entramos en otro más grande con arquería de piedra también, pero sin cierre de cristales. Estaba empedrado, y en el medio había una fuente de piedra oscurecida por el musgo; cerca de ella un gran pilón cuadrado, donde lavaban ropa dos hermanas. En uno de los lienzos de aquel patio acerté a ver una puerta mayor que las otras, de arco ojival, con cruz de piedra encima, y presumí inmediatamente que era la de la capilla. En efecto, al llegar a ella la hermana se detuvo; yo me adelanté hacia la pila del agua bendita, la tomé con los dedos y se la ofrecí. La monja se dignó mirarme entonces, y sonriendo levemente de un modo compasivo dijo:
--Gracias, no podemos.
Y al mismo tiempo sumergió su mano en la pila y se hizo después varias cruces. Luego se arrimó a la pared, diciéndome:
--Pase usted.
No poco turbado por la negativa y por el aspecto imponente de la hermana, le dije para entablar conversación:
--¿La madre Florentina sigue bien?
--La hermana Florentina ha dejado de ser superiora hace algunos días. Está algo más aliviada, sí, señor--me respondió mirándome ya con un poco de curiosidad, pero sin abandonar un punto su aire protector, que, dicho sea de paso, no le sentaba mal.
--¡Ah! ¿No es superiora?--respondí distraídamente, no dudando que en aquel cambio alguna parte había tenido el bailoteo de Marmolejo.
--No, señor; hoy es la última de las hermanas. Pase usted.
--¡Arrea!--dije para mis adentros, cruzando por delante y metiéndome por la primera puerta que hallé.
--Phs, phs... Por ahí no; por esta otra puerta.
Entré por donde mi protectora me señalaba, y me hallé en la capilla, sin ver de ella casi nada; tal era la oscuridad que reinaba. Pude apreciar, no obstante, que era bastante grande y bien decorada. El altar mayor y todo lo que cerca de él había se designaba mejor por la claridad que caía de las ventanillas de la cúpula; pero desde allí hasta el fondo, donde yo me hallaba, las sombras se iban espesando. Permanecí indeciso hasta que la monja, sacando un fósforo, me señaló con el dedo unos reclinatorios de terciopelo rojo que había arrimados a la pared del fondo. Me acomodé en el más próximo, pero me obligó a correrme hasta el último, sin duda para que los que viniesen después no encontrasen dificultad al pasar. Después se fue dándome los buenos días, acercose a un cordel que pendía del techo, y comenzó a tirar de él con fuerza. Una campana sonó con tañido dulce y prolongado. Ya que hubo llamado a misa, bajó una de las lámparas, le echó aceite, sacudió con un paño las molduras de los altares. Luego se fue hacia el fondo y desapareció por una puertecita lateral que debía de ser la de la sacristía.
La capilla me parecía desierta. Sin embargo, al cabo de algunos momentos percibí un murmullo no lejos, y a fuerza de mirar con intensidad, logré ver el bulto de un sacerdote sentado en una silla próxima a la puerta y el de un caballero que, de rodillas delante de él, se estaba confesando. El cura tenía un brazo echado sobre el cuello del penitente y acercaba el oído a su boca. Predispuesto como estaba al enternecimiento, aquella escena me produjo una impresión viva. Despertaron en mi espíritu las dormidas emociones de la infancia, cuando mi madre me llevaba a confesar con fray Antolín el excusador. Sentime gratamente turbado y en la mejor disposición posible para llorar los pecados de mi vida y acercarme contrito al tribunal de la penitencia. Pero ¡caso raro! en este arrepentimiento no entraba el pecado de amar a una monja; al contrario, me parecía que este amor era precisamente lo que me acercaba más a Dios y el camino más seguro para salvarme. Cuando vi al cura (que sin duda debía de ser el capellán de las monjas) echarse hacia atrás en la silla y levantar la mano para dar la absolución; cuando vi alzarse al caballero sacudiéndose el polvo de las rodillas con el pañuelo, me acometió un súbito afán de echarme a los pies del primero y confesarme y hablarle de la saladísima criatura que tenía bajo su autoridad y demandarle humildemente que me protegiese, digo, me absolviese. Mas el tiempo en que permanecí indeciso fue suficiente para que el cura se marchara y, tosiendo hasta reventar, se alejase hacia el altar mayor, donde su negra silueta se abatió para alzarse de nuevo y salir por la puertecita lateral.
La iglesia quedó al fin verdaderamente solitaria. Mis ojos, habituados ya a la oscuridad, podían explorar todos sus rincones. Era bonita y recogida y adornada con esmero; por donde se adivinaba bien que no eran manos de hombres las que la cuidaban. Estaba, hasta el sitio que yo ocupaba, llena de bancos de madera, colocados unos detrás de otros como las butacas de un teatro, dejando igualmente en el centro calle para el paso. Por otra puerta opuesta a la de la sacristía entraron cuatro monjas, se arrodillaron delante del altar mayor y comenzaron a orar en voz alta de un modo extraño, que yo jamás había oído antes. Cada una decía su oración alternativamente, y en todas ellas se repetían muchas veces _corazón traspasado, dolores agudísimos, preciosísimas llagas_, y otros superlativos que sonaban de un modo triste y temeroso en el silencio de la capilla. La hermana portera salió otra vez, y otra vez volvió a empuñar el cordel para tocar la campana. Y casi en el mismo instante comenzaron a entrar monjas, formando fila, que iban a colocarse en pie delante de los bancos, con silencio y corrección admirables. Detrás de las monjas, que serían unas treinta, vinieron las educandas internas, a quienes reconocí por el chal blanco que les caía por la espalda. El rostro apenas se podía distinguir. Parecía una entrada de fantasmas, que me recordó ¡oh sacrilegio! la de los espectros evocados por Beltrán en la ópera _Roberto_. Cada diez o doce educandas venía otra monja, que se situaba al cabo del banco. Cuando la capilla estuvo llena salió el cura, revestido de sus ornamentos, y comenzó la misa. La comunidad y las educandas se sentaron. Excusado es que diga que el corazón me saltaba en el pecho, y que hacía esfuerzos visuales inconcebibles por averiguar cuál de aquellos fantasmas era mi adorada Gloria. La misma ansia y empeño que ponía en reconocerla me lo impedía. Me fijaba en una con insistencia, y al cabo de cinco minutos, por un movimiento cualquiera, comprendía que estaba engañado, y tornaba con afán a fijarme en otra, para sucederme otro tanto.
No fue larga la misa. A mi lado habían venido a colocarse tres o cuatro caballeros de aspecto clerical, que supuse serían devotos del convento, o protectores. Los movimientos de la comunidad y educandas, para alzarse, sentarse o arrodillarse eran simultáneos, como si las empujase un mismo resorte. Al alzar y consumir escuchábase en la capilla un rumor extraño, como el de truenos lejanos, que me sorprendió en extremo, hasta que vine a comprender que era producido por el golpe de las manos sobre el lienzo almidonado de los chales. Cuando concluyó, se fueron con el mismo recogimiento y silencio que antes. Los caballeros que estaban a mi lado me dieron los buenos días con la afección de correligionarios, y también se fueron. Volví a quedarme solo y perplejo en la capilla, cuando se presentó la monja extranjera, diciéndome:
--He avisado a don Sabino, y me ha dicho que le espera a usted en su cuarto.
Viendo que permanecía quieto, añadió:
--¿No sabe usted a su casa? Venga entonces conmigo.
Me condujo al través de algunas galerías hasta la entrada de un jardín, y señalándome con la mano una casita que había en el fondo de él, me dijo:
--Allí es. Llame usted fuerte, porque la criada es sorda.
Le di las gracias, pero ya no me escuchaba.
La hermana portera sabía darse tono, como sus colegas del Congreso de los Diputados.
Cumplí fielmente el encargo, dando sobre la puerta un par de aldabonazos capaces de despertar a los siete durmientes. Al instante me la abrió una mujeruca pálida, vivaracha, que llevaba, a pesar de sus cincuenta años lo menos, un clavel en los cabellos grises. Quedó sorprendida al verme y se apagó súbitamente la sonrisa que contraía sus labios. Sin duda por aquella puerta no entraban las visitas, y sí sólo las mandaderas del convento o alguno de sus dependientes. Y vino la pregunta consabida.
--¿Qué se le ofrecía a usted?
--¿Se puede ver a don Sabino?
Tuve que repetirlo otra vez. Antes que la vieja me contestase se oyó un vozarrón arriba, diciendo:
--Adelante. Suba usted.
Y en cuanto traspuse la puerta y tomé una escalerita estrecha con peldaños de azulejos guarnecidos de madera, atisbé en lo alto de ella la figura del cura, que, con grave pero amigable continente, me invitaba a subir. La casa era pequeña, por lo que pude observar. Me pareció un pabellón levantado en el jardín recientemente para uso del capellán. Por la parte de atrás daba a la calle.
Me introdujo en un despachito modesto y aseado, me invitó a sentarme, y antes de hacerme pregunta alguna, me pidió permiso para mudarse los hábitos, pues acababa de llegar del convento. Entrose en la alcoba, y allí se estuvo algunos momentos, mientras yo pasaba fuera las de Caín, inquieto, aterrado, dando vueltas a la imaginación para hallar el mejor medio de salir del apuro en que tan imprudentemente me había metido. Porque ¿qué iba a decir aquel buen señor en cuanto tuviera noticia de la inaudita pretensión que allí me traía? ¿No me tomaría por loco? Un sudor me iba y otro me venía.
Presentose al fin el clérigo con sotana y gorro de terciopelo negro y se plantó delante de mí diciendo:
--Usted me dirá.
Era un hombre corpulento, barrigudo, de ancha nariz arremolachada y ojos pequeños de cerdo, negros y recelosos. No tenía acento andaluz; después supe que era riojano.
--Pues... el objeto que aquí me trae... Ante todo, debo decirle que yo no soy ningún aventurero. En toda la provincia de Orense es bien conocida mi familia... Mi padre es farmacéutico en Bollo y ha hecho una fortunita... vamos, que aunque no sea ninguna cosa del otro jueves, como soy hijo único, me permitirá vivir sin trabajar. Mi madre era de una familia muy antigua y conocida en Galicia, la familia de los Lidones... Acaso usted habrá oído hablar de los Lidones...
--No, señor--respondió secamente, mirándome con sus ojuelos cada vez más torvos y recelosos. Por donde entendí que no le apasionaba mucho el elogio de mi prosapia.
Sobre lo desconcertado que ya estaba, aquella contestación y la actitud inquisitorial con visos de hostil en que se me presentaba acabaron de privarme de las escasas migajas de razón que aún retenía. Comencé a desbarrar de un modo lamentable. No sé lo que dije, ni es fácil saberlo: una serie de frases incongruentes, mutiladas, incomprensibles, en que mezclaba «mis convicciones francamente católicas» con «los arrebatos disculpables de la juventud», «el elevado criterio y la reconocida ilustración de D. Sabino» con «la necesidad que sentía mi alma de amar a una mujer santa y religiosamente educada». Cuando al fin terminé aquel galimatías quedé jadeante, encendido, sudoroso, mirando al cura. La sonrisa que contraía mi rostro desde que me presentara a él era tan extremosa, que ya me dolían las mandíbulas. De buena fe creía que me había explicado perfectamente y que no quedaba nada por decir. Así que me dejó estupefacto la respuesta del cura.
--Pero vamos a ver, ¿qué tengo yo que partir en todo eso?
--Es que... como usted es sacerdote... yo pensaba que podría contarle... Ninguna persona me daría mejor un consejo...
--¡Ah! ¿Quiere usted confesarse? Pues debiera comenzar por ahí. En cuanto tome chocolate, bajaremos a la capilla.