Chapter 7
En otra, un padre o preceptor estaba enseñando el abecedario a un chicuelo de doce a catorce años; en otra se merendaba; en otra se tocaba la guitarra, digo, en otras, porque fueron bastantes las en que oí los acordes suaves del instrumento nacional. Cuando venía algún coche o carro, era menester que los transeúntes nos metiésemos en un portal para no ser atropellados, porque la calle, a duras penas, dejaba paso al vehículo. Todos los balcones y ventanas estaban adornados con tiestos que rebosaban de flores: los claveles de una ventana besaban muchas veces las rosas de la de enfrente. Las mujeres que encontraba, jóvenes y viejas, las traían asimismo en el pelo. El piso no era terso ni cómodo: los pies bañaban sobre los guijarros y pseudoadoquines, con grave detrimento de los callos: además, se corría peligro inminente de resbalar en alguna corteza de naranja o de sandía o de tomate, de que había buena copia: de los balcones las dejaban caer sin aprensión ninguna sobre los que pasábamos. De vez en cuando llegaban a la nariz fuertes tufaradas de azahar, que casi le suspendían a uno los sentidos.
Pues no hallé, como digo, medio mejor para llegar a la calle de San José que ir preguntando a los que cruzaban. Y cierto que no me pesó de ello. Todos me respondían con extremada cortesía y se paraban a darme cuantas noticias juzgaban necesarias. Algunos llevaban su amabilidad hasta el punto de acompañarme un buen trecho de camino para dejarme bien encaminado. Y aquí debo advertir que, así como en Madrid la expresión peculiar y nativa de los rostros es la hostilidad, en Sevilla es la benevolencia. Quizá será porque aún no han alcanzado ese grado supremo de la civilización en el que un saludable desprecio de todo es el fundamento de las virtudes públicas y privadas.
--¿La calle de San José?... ¿Me hace usted el favor?...
--Tá uté en eya, cabayero.
--¿Sabe usted dónde se encuentra el convento o colegio del Corazón de María?--pregunté a la buena mujer, viendo, al echar una mirada a la calle, que había tres o cuatro edificios de aspecto eclesiástico.
--No puedo desirle... Pero aguárdeme uté un momentito, que voy a preguntarlo.
Se fue calle arriba y entró en una tienda. A los pocos segundos salió de nuevo y vino a decirme que el colegio estaba próximo a la iglesia.
--En esa casa que hase rincón, ¿sabe uté?
Le di las gracias y me dirigí hacia allá a paso lento. Por si acaso la mujer me estaba mirando, entré en el portal, aunque sin ánimo alguno de llamar a la puerta. Era un edificio viejo sin fachada regular. No tenía más que unas cuantas ventanas distribuidas caprichosamente por ella, lo cual me hizo presumir que lo principal de él debía dar a algún jardín. El portal grande, cuadrado y feo, extremadamente limpio. Empotrada en la pared una hornacina con cristal donde se veía la imagen de la Virgen, a la cual alumbraba una lámpara de aceite colgada del techo. La puerta era de roble viejo, labrada como las de las iglesias: a su lado había una ventanita sin rejas. Al poner allí el pie me sentí fuertemente conmovido. La idea de que detrás de aquella puerta estaba mi dueño querido, la saladísima hermana, hacía brincar mi corazón. Pegué el oído a la cerradura por si lograba escuchar algo, y en efecto, oí voces y risas. La ilusión me hizo creer que la hermana San Sulpicio era la que gritaba reprendiendo a una niña. Mas las voces y las risas se aproximaron repentinamente, y apenas tuve tiempo a ponerme en la calle de dos saltos, cuando se abrió la puerta con estrépito y aparecieron hasta media docena de niñas y detrás de ellas dos criadas que se alejaron calle arriba. Por no exponerme a otro susto, y por considerar que nada adelantaba con quedarme en el portal, también me aparté del colegio echándole, sin embargo, miradas codiciosas y tristes.
Llegué a casa, después de caminar entre calles algún tiempo, a la hora precisa de comer. Mi diminuta huéspeda me salió al encuentro y me abocó con familiaridad no exenta de protección.
--Se habrá usted perdido, por supuesto.
--Alguna vez; pero he preguntado y fui saliendo adelante.
--Pues hijo, como usted tardaba tanto, ya creía que se nos había extraviado. Estaba pensando en poner un anuncio en los papeles... Buena carpanta traerá ya, ¿verdá uté?
--Así, así.
--Pues a comer, hijo, ¡andandito!
Y se alejó como un jilguero que va a posarse en otra rama.
En el comedor, y sentados a la mesa, estaban cuatro señores con los cuales cambié un ceremonioso saludo. Uno de ellos era hombre de unos cuarenta años, de fisonomía simpática, facciones correctas y barba castaña recortada. Supe después que se llamaba D. Alfredo Villa, nacido en Cádiz y comandante de infantería. Otro de los comensales era un señor de patillas blancas, rostro atezado y expresivo, que me dijeron era alcalde de uno de los pueblos de la provincia, no recuerdo cuál: se llamaba Cueto. Otro un jovencito rubio, estudiante de Derecho. Otro, por fin, un catalán de rostro anguloso y escuálido, ojos saltones y bigotes largos y caídos como un chino, a quien llamaban Llagostera. Así que me hube sentado apareció Eduardito, que también tomó asiento, o por mejor decir, se dejó caer exánime en la silla al lado de nosotros. La comida principió silenciosa, pero no tardó en animarse generalizándose la conversación; y ¡caso extraño! a pesar de tanto andaluz como allí había, el que llevaba la voz cantante era el catalán. Y más extraño aún que lo hiciera ordinariamente para decir pestes de Andalucía, y en especial de Sevilla. Siempre se sentaba a la mesa furioso, según pude observar en los días sucesivos. Generalmente su mal humor principiaba adoptando la forma irónica.
--Don Alfredo (dirigiéndose al comandante), ¿no sabe que ma ancargado unos patines?... ¿Para qué?... Pues para andar por las calles. ¿Le parese no estar bien lisas con los cascos de pimientos y naranjas que hay por todas partes?
Abría extraordinariamente las vocales y cerraba los ojos y alargaba los labios para dar realce gracioso a su humorismo.
--Disen, don Alfredo, que es magnífica la enstalasión que el munisipio de Sevilla ha dadicado an la asposisión da Barselona a las cañas da mansanilla. Supongo que no dajarán ustedes de mandar alguna bailaora... Y qué tal, don Alfredo, ¿no ha venido todavía ningún inglés que compre la Giralda?
El comandante y los demás comensales eran de buena pasta y respondían sin incomodarse pizca a estas bromitas. Llagostera pensaba que eran la flor y la suprema expresión del humorismo y la sal ática. Por supuesto que, al cabo de algunos dimes y diretes, salía siempre con las manos en la cabeza.
--Oiga, comandante: no habrán dajado de mandar a la asposisión una buena partida de naranjas y melones...
--Melones, no--respondió Villa.--Con los catalanes no hay competencia en ese ramo.
Los demás reían y Llagostera se amoscaba inmediatamente, y principiaba a poner a la Andalucía y a los andaluces como hoja de perejil.
--Aquí no hay formalitat, ¿sabe? (dirigiéndose a mi). Busté va, pongo por caso, a un café y pide media copa de cognac, y le cobran treinta santimos. Pues al día siguiente pide busté lo mismo, y le cobran treinta y sinco. ¿As esto formalitat? ¿As esto desensia?... Luego busté va al teatro, y por ver una mala comedia le llevan tres pesetas... An Barselona, por una peseta ¿sabe? está toda la noche muy arrellanado en una butaca y oye una ópera cantada por los mejores artistas catalanes, con cuerpo de baile, y además, si quiere, ve también volatines, ¿sabe? Si va a un restaurant, no as como aquí, no le dan camarones y naranjas, y l'assan luego en la cuenta. Allí, buen solomillo, buenas rajas de salchichón, pedasos de ternera como alpargatas... Mire, an el restaurant del Comersio, por una peseta y media ¿sabe? se dan cuatro platos fuertes y vino del Priorato. Si busté porta el pan, antonses son sinco reales...
No se cansaba jamás Llagostera de enumerar las ventajas positivas de Barcelona sobre Sevilla, y sobre el resto del mundo. Además, lo que le ponía fuera de sí era la holgazanería de los andaluces.
--Aquí busté no pida trabajo (siempre dirigiéndose a mí). No hay una mala fábrica. A las cuatro de la tarde ¿sabe? los hombres astán santados a la puerta de casa tocando la guitarra. Cuando les cae del sielo una peseta van al café, piden unas cañas y dan al moso un real de propina. An Barselona ningún moso puede tomar propina. ¿El café cuesta un real? Pues sa deja el real sobre el platillo y sa va...
Esto de la propina lo tenía sobre el corazón. Era, en su concepto, uno de los vicios que roen el corazón de la sociedad contemporánea.
Pues además de la supremacía de Barcelona sobre todas las cosas creadas, Llagostera tenía otra aún mucho más notable especialidad, y era la de haber estado en todos los sitios que se mencionaban en la conversación, haber presenciado todos los sucesos notables e intervenido casi siempre en ellos directa o indirectamente. Había ejercido profesiones tan heterogéneas como las de militar y contratista de obras públicas, inspector de policía y periodista, etc. Si se hablaba de la cuestión de Oriente, él había estado en los principados de la Moldavia y la Valaquia, hoy Rumania, construyendo unos ferrocarriles, y contaba anécdotas más o menos interesantes, describía el carácter de los príncipes rusos con quienes había tratado familiarmente y las costumbres feudales de aquellos países.
--Una tarde iba yo con el prínsipe de Golitchof an una _briska_, un carruajito, ¿sabe? y ancontramos unos carros que impedían el paso; los carreteros astaban dormidos allí serca. El prínsipe saltó del coche, y a latigaso limpio los fue despertando. ¿Busté cree que sa quejaron siquiera? Nada, sa fueron a los carros y los apartaron sin desir palabra.
Hablando de América, la había recorrido de un cabo a otro, había cazado tigres con el presidente de Guatemala y se había batido en calidad de coronel contra el ejército de San Salvador. Saliendo a cuento el asesinato del general Prim, nos dijo que pocos momentos antes había escuchado en una taberna la conversación de los asesinos, y que no había ido a dar parte porque, advirtiendo que los escuchaban, uno de ellos le había seguido durante varios días después, sin duda para asesinarle en el caso de que los denunciara. Por último, habiendo sacado el estudiante de Derecho la conversación de toros, nos explicó cómo en Burdeos le habían tomado a él por un torero, y con tal motivo le habían agasajado muchísimo. El alcalde de las patillas blancas, que hasta entonces había guardado silencio, sin levantar la cabeza del plato, alzola ahora con sorpresa, y echándole una mirada de sorna y cólera al mismo tiempo, le atajó diciendo:
--¡Compare, no diga uté por ahí que le han tomao por un torero, porque le van a dar un tiro!
El catalán sostuvo con brío lo que había dicho; pero viendo que todos reíamos y que Cueto no respondía, se calló por algunos instantes, con señales de enojo.
Villa comenzó a embromar a Eduardito. Al parecer, este lánguido mancebo estaba perdidamente enamorado de una vecina amiga de su madre y hermana, lo cual era causa de haber perdido el apetito casi enteramente. Lo original del caso es que, según me dijeron, la vecinita contaba más de veintisiete años, y él no había cumplido diez y nueve aún.
--Eduardito, ¿pongo para usted?
--Muchas gracias, señor Villa... Basta... basta.
--Vamos, joven, ¡valor! Este aloncito nada más. Me ha dicho Fernanda que le desagrada muchísimo que usted no coma.
--Ya empieza la guasa, ¿eh?--respondía Eduardito, mostrando síntomas de temor.
--Palabra de honor. Me ha dicho que si usted continúa enflaqueciendo de ese modo, se va a ver en la precisión de darle calabazas... Dice ella, y a mi ver tiene razón, que quiere casarse con un hombre, no con un pájaro disecado de la calle de la Mar.
--Vaya, don Alfredo, no la tome usted siempre conmigo.
--Pues a comer. Tengo encargo de cuidarle a usted... y las órdenes de las damas son sagradas.
El cómo le había entrado el amor a Eduardito nadie lo sabía. Fernanda frecuentaba la casa hacía ya bastantes años: les había visto criarse, lo mismo a él que a Matilde, les había vestido y peinado infinitas veces, les llevaba a su casa a pasar el día, y se divertía en cortar y coser casullas para el primero (que en sus primeros años mostraba decidida vocación por el estado eclesiástico) y en aderezar vestidos para las muñecas de la segunda. Andando el tiempo, como Matilde era precoz, y despierta de inteligencia, Fernanda la hizo confidente de sus secretos, y, poco a poco, a pesar de la diferencia de años, se fue trabando estrecha amistad entre ellas. Es más, como Matilde tenía un carácter más firme, o era más tiesecilla, según la expresión vulgar, pronto llegó a dominar a su dócil y bonachona amiga. Mas por lo que respecta a Eduardito, nunca había cesado aquel sentimiento de protección maternal con que Fernanda le trataba. Cuando iba a la escuela, ella era quien le recosía los sietes de los pantalones, para que su padre, que entonces vivía, no se los abriese en la piel, le limpiaba los mocos con su propio pañuelo, y le pasaba una toalla mojada por la cara cuando ésta venía demasiadamente puerca. Después que entró a cursar la segunda enseñanza, si ya no ejercía estos mismos oficios con él, los desempeñaba análogos. Lavábale y planchábale los pañuelos del cuello, le hacía el lazo de la corbata, ocultaba con alguna piadosa mentira sus fechurías, y de vez en cuando le metía en el bolsillo alguna peseta. Eduardito, como niño mimado, la trataba sin pizca de miramiento, desvergonzándose con ella en cuanto le reprendía cualquier travesura.
Mas hete aquí que a lo mejor nuestro mancebo comienza a estar serio y taciturno delante de ella, y a clavarle a hurtadillas unos ojazos que daban susto. Con esto, en vez de pasear todo el día por las calles con sus amigos, o ir a la puerta de Jerez a echar flores a las cigarreras, o a esperar por la tarde la vuelta de las operarias de la Cartuja, le gusta quedarse en casa cuando Fernanda va a pasar la tarde con su hermana y visitar con frecuencia la casa del padre de aquélla, que era maestro tornero en bronce y marfil. ¿Y todo para qué? Para estarse quieto en una silla las horas muertas sin chistar, como si asistiera a un duelo. A pesar de que las señales eran manifiestas y que las mujeres, sobre todo si son andaluzas, saben leer pronto y bien en el pecho de los galanes, tardó bastante tiempo Fernanda en darse cuenta de la afición de Eduardito. Tan asombroso y extravagante era aquel amor, que aun después de advertido no quería creer en él, y no dio parte a nadie, porque a la verdad le parecía ridículo.
Fernanda era una morena de facciones incorrectas, nada bonita y poco graciosa. Tenía siempre desmesuradas ojeras, que con la edad se iban acentuando, y le faltaba un diente de los más principales, lo que le hacía silbar las palabras de un modo nada grato. Además, estaba bastante ajada, como que ya iba traspasando los límites de la juventud. Pero el amor es ciego, y donde los demás veíamos insignificancia y fealdad, él veía hermosura simpar y perfección. La primera que lo observó, después de la interesada, fue su hermana. Luego fue del dominio público. Eduardito descaecía a ojos vistas; la nariz, siempre protuberante, se le había pronunciado de tal modo insólito y bárbaro, que más parecía accesorio defensivo de algún animal extraño, que parte integrante del organismo humano. Todos deseaban que aquello se resolviese de alguna manera. Porque les dolía la consunción de un joven tan notable en su aspecto físico como en el moral, según tendremos ocasión de ver.
Sin embargo, la protección que los huéspedes le dispensaban, lejos de satisfacerle, le disgustaba, y hasta llegaba a enfurecerle. No podía resistir que hablasen de él a Fernanda y le pintasen su amor y sus penas. Así que manifestó claramente su desabrimiento cuando Villa le dijo que por la tarde había charlado un rato con aquélla a la reja, y que el tema de su conversación había sido él.
--Yo creo, don Alfredo--profirió el mancebo muy amoscado,--que no había necesidad de que usted se metiese en cosas que no le importan.
--Pero, criatura, si usted no acaba de declararse. ¿Quiere usted que tengamos el cargo de conciencia de verle escaparse por la corbata el día menos pensado por falta de cuatro palabritas?
--Bueno, pues déjeme usted escaparme. Ni a usted ni a nadie le ha de venir ningún perjuicio por eso... Acaso valdría más que sucediera--añadió por lo bajo, con voz conmovida y pugnando por detener las lágrimas.
Vamos, don Alfredo, no le maree más... Mire que yo también voy a poner sus trapiyos sobre la mesa--dijo la brevísima Matilde, que mientras comíamos se movía espiando nuestros deseos, satisfaciéndolos o haciéndolos satisfacer por Gervasio.
El comandante se puso un poco colorado.
--Vaya, vaya, a callar, Colibrí. Más te valiera tener cuidado de que este arroz estuviese sabroso.
--Es que, hijo mío, el arrós es muy ladrón; toita la sustansia se traga.
--Pues avisa a la guardia civil, porque yo no tolero más robos de esta clase... Y diga usted, señor Cueto--añadió cambiando de conversación, por temor sin duda de que Matildita cumpliese la amenaza,--¿piensa usted quedarse muchos días entre nosotros esta vez?
--No, señor. Me voy mañana.
--Prontito. ¿Han ganado ustedes al fin las elecciones?
--¡Pues qué íbamos a hasé! Eso me trae todavía. Nunca farta un enrediyo.
--Aquel escribano que tanto les combatía a ustedes estará furioso.
--El pobresito ha fallesido.
--¡Hombre!...
--Sí, antes de las elecsione... Verá usté qué cosa más rara. ¿Se acuerda usté de cuando estuve aquí, hase un mes? Pues bueno; hablando con el señor gobernaor de nuestros asuntos, le dije con franquesa lo que había, que el escribano tiraba de mucha gente y que la madeja estaba muy enredá; hasía farta que él pujase desde arriba hasta echar los hígados para que saliésemos adelante. «¿Sabe usté, alcarde, lo que se me ha ocurrío hase un momento?, me dijo. Me ha dao de repente en el corasón que a ese escribano le va a pasar argo antes de las elecsione... Es un presentimiento... vamos... y mire usté, cuando yo he tenío alguno casi siempre se ha realisao. Ese hombre, para mí, no hase las elecsiones.» No me acordé más de aquel dicho, y me fui al pueblo. ¿Querrá usté creer que a los ocho días justitos, al retirarse por la noche a su casa, le dejaron tendío de un tiro en la cabesa? ¡Y luego dirán que no debemos creer en las corasonadas!
Sentí un leve escalofrío y cambié una mirada significativa con Villa.
--He venío--continuó--porque el jues se ha empeñao en procesar a un pobresiyo, que enjamás ha matao una mosca. Ya ve usté, antes que yeven al palo a un inosente, ¿no es mejor que nos boten ese jues y nos pongan otro?
A pesar de la entonación seria con que pronunciaba estas palabras y del gesto triste y compasivo con que las acompañaba, creí advertir debajo de ellas una ironía feroz que me causó miedo y repugnancia.
--Para elecciones reñidas, las que yo he presenciado en Jerez a raíz de la restauración--dijo Villa.
--Durante los años de la revolución, parece que la gente tomaba menos interés en ellas. Sin duda fiaba más en los motines y algaradas que a cada momento había--manifesté yo.
El catalán, que hacía lo menos cinco minutos que no hablaba y estaba pesaroso, cogió la ocasión por los cabellos para interrumpirnos diciendo con sonrisa entre humilde y petulante:
--¡La restaurasión! ¡Je, je! La restaurasión; aquí donde ustedes ma ven, si no es por mí no sa hase.
Todos levantamos vivamente la cabeza y le miramos, y nos miramos después con estupor.
--Sí, señor; si no es por mí no sa hase--repitió acentuando la sonrisa y gozándose, sin duda, en nuestra sorpresa.--Atiendan un poco. Yo escribía los sueltos antonses en _El Tiempo_, y hasía, además, la confecsión, ¿sabe? Todos los personajes de Madrit ma quitaban el sombrero y venían a buscarme para que les pusiera algún sueltesito dándoles bombo. Llagustera para aquí; Llagustera para allí; Llagustera, venga a almorsar conmigo; Llagustera, suba al coche, le llevaré a su casa. An fin, poco faltaba para que ma limpiasen las botas, ¿sabe? Uno de los más amigos era el general Martínez Campos. Muchas tardes echábamos grandes párrafos en el Salón de Conferensias. Pocos días antes del golpe de Sagunto, le ancontré tumbado an un diván dormitando. ¡Hola, mi general! Está usté descansando, ¿verdat?, le dije poniéndole la mano en el hombro.--Dájeme usted, Llagustera; ando muy preocupado estos días; los compañeros ma ampujan a que saque los soldados a la calle, y ya ve usté, eso es más fásil desirlo que haserlo. Por otra parte, Cánovas no quiere por ahora, y el elemento sivil tampoco... Así que, a la verdat, no sé qué haser... ¿Busté qué me aconseja, señor Llagustera?--Hombre, yo no conosco bien el espíritu del ejérsito, pero a mí me parese ¿sabe? que no debe busté intentar nada en Madrit; debe trabajar el ejérsito del Norte o el del Sentro. Después que le dije esto, sa quedó muy pensativo, y a los pocos días fue cuando sa escapó a Sagunto a ponerse al frente del ejérsito del Sentro, y ya saben lo que pasó.
El catalán sonreía de un modo beatífico, acabando de decir esto. Un silencio lúgubre siguió a sus palabras. Quién más, quién menos, todos estábamos irritados de tal desvergüenza, y teníamos los ojos puestos en el plato. Al cabo de algunos segundos, Cueto levantó la cabeza, y encarándose con él, le preguntó con impertinencia:
--Oiga usté, señor Llagostera, ¿su padre de usté era de Cabra?
--No, señor; ¿por qué lo pregunta?
--Por na... Es que a los de Cabra los suelen llamar cabrones.
Quedé espantado. Creí que aquella agresión brutal iba a producir una escena trágica. Pero afortunadamente no fue así. El catalán dijo que aquel insulto no se lo diría fuera. Cueto respondió que se lo repetiría donde y cuando gustase. Llagostera replicó que él no era hombre de navaja, sino de pistola y espada, y que ventilaba los asuntos de honor como un caballero, y que mirase por sí, pues en el Perú (donde había sido hombre de Estado y coronel) había tenido tres desafíos, uno de ellos con rifle, al estilo americano. Cueto manifestó que él se pasaba todos los estilos por tal y por cual, y que para zanjar asuntos semejantes no había más que dar solitos una vuelta por la orilla del río. A todo esto, sin embargo, ninguno de los dos se levantaba de la silla, y seguían engullendo lo que les ponían delante, sin ánimo declarado de tomar el fresco; por lo cual nos sosegamos todos. Villa, guiñándome el ojo, entabló nueva conversación, y a los pocos momentos nadie se acordaba de tal desagradable incidente.
Dormí bastante mal aquella noche. De un lado, la incertidumbre sobre lo que debía hacer para ponerme de nuevo en relación con mi adorada monja, de otro, la dureza bravía de la cama, me hacían dar más vueltas que un argadillo. Por la mañana, la microscópica Matildita vino a preguntarme cómo había dormido.
--Muy mal--le respondí.
--¿Y eso?
--No sé... me parece que la cama es algo dura.
--Pues, hijo mío, si tiene uté tres colchones. Esta noche le pondré a uté otro.
--No; mejor será que me quite usted los tres y ponga uno blando.
Más de una docena de veces entró y salió aquella mañana en mi cuarto. Los múltiples quehaceres de la casa la obligaban a cada momento a interrumpir la conversación y marcharse. Por último se decidió a sentarse en una mecedora, diciendo:
--De aquí no me levanto ya lo menos en un cuarto de hora... Digo, a no ser que uté quiera quedarse solo...
Le expresé mi placer en verme tan gentilmente acompañado, y no fingía; porque además de no tener en qué ocuparme, me recreaba al mirar aquella figurita meciéndose en la butaca con gran cuidado para no mostrar las piernas.
--¿Es usted viajante de comercio, don Ceferino?--me preguntó.
--No, señorita; soy poeta.
--¡Ah, poeta! ¡Qué bonito! ¿Hace usted versos? ¿Me leerá usted algunos? ¿verdad?
--Con mucho gusto--respondí, sintiendo súbito por aquella niña ardiente simpatía.