Chapter 29
La mamá manifestó que aquella prueba de severidad era para ella tan dura, que temía no poder resistirla; pero como _aquel bendito señor_, que tanto sabía del mundo, creía que debía darla, se conformaba con mucho dolor de su corazón, porque «los hijos..., ¡ah los hijos! ¡Ya sabrá usté cómo se los quiere!» Me comprometí también a no pedir cuenta de su administración a la señora, a cobrar las rentas de tres casas que su difunto marido tenía en Córdoba y a dejar la fábrica en poder de don Oscar, que la había hecho prosperar extremadamente. Al fin de cada año me daría cuenta del balance y me entregaría las dos terceras partes de los rendimientos, dado que la otra tercera parte correspondería a la madre por los aumentos hechos mientras estuvo en su poder.
A todo ello accedí de buen grado, y me mostré en el resto de la conferencia, que duró hasta cerca de las once, amable, generoso y de una flexibilidad que no quiero decir en qué rayaba. Salí de la casa en extremo satisfecho. Don Oscar me despidió con gravedad cortés a la puerta. Mi futura mamá, sin dejar de mostrarse compasiva, me dirigió algunas zalamerías, como la de decirme que tenía un corazón de oro, y que si algún día perdonaba a su hija, sería más por consideración a mí que a ella. Tanto como el resultado satisfactorio de aquella plática me halagaba la habilidad diplomática que creía haber desplegado durante ella. Ni Metternich ni Bismarck quedaron jamás tan contentos de sí mismos como yo en aquella ocasión.
Una cosa debo decir, y es que acabó de encajar en mi cerebro la opinión que hacía algún tiempo se había insinuado respecto a don Oscar. Me convencí de que éste era un ente ridículo y cargante, pero no el ser misterioso y terrible que al principio de conocerle me había forjado. Hasta le reconocía algunas cualidades de formalidad y buen sentido, que le hacían estimable en cierta medida. La que continuaba envuelta en el misterio era mi futura suegra. Había en su carácter algo indefinible que despertaba recelos. En alas de la imaginación podía llegar a sospecharse en aquella figura menuda y pálida, sonriente y compasiva, un carácter de tragedia. Sin embargo, hasta la fecha no he tenido ocasión de comprobar esta idea, que alguna vez surgió en mi fantasía.
Voy a abreviar. Estas memorias se van haciendo ya pesadas.
De la escena anterior conté a Gloria lo que me pareció, que, como debe inferirse, fue lo que no podía molestarla. Para que no le sorprendiese que su madre no quisiera recibirla en casa ni verla después de aquella entrevista, al parecer amistosa, le dije con la mayor desfachatez que me había negado a pedir perdón, por considerar que no había existido falta alguna.
Fijamos el matrimonio para quince días después. Hicimos a toda prisa los indispensables preparativos. Estuve en casa de doña Tula otras dos veces para ultimar la cuestión de papeles. El prebendado don Cosme de la Puente sacó dispensa de las proclamas y bendijo nuestra unión en la capilla del palacio del Padul, siendo madrina Isabel y padrino mi buen padre, que llegó a Sevilla tres días antes con ese objeto. No se invitó a la ceremonia a más de una docena de personas. Sin embargo, las de Anguita se arreglaron para ser incluidas en esta docena.
* * * * *
Mi Gloria estaba hermosa, radiante de gracia y de dicha. Ni por un instante advertí en ella algunas de esas vacilaciones o enternecimientos extemporáneos con que las niñas suelen demostrar su sensibilidad en tales casos.
En sus ojos, serenos y brillantes, no se leía más que la alegría y el triunfo del amor. Quizá por esto Joaquinita, mientras tomábamos el chocolate a la mesa del conde, se acercó a ella con fisonomía atribulada para decirle medio llorando:
--¡Ay, hija, cuánto la compadezco a usted en este momento! ¡Qué triste debe de ser casarse sin tener junto a sí a una madre!
--Más triste es no casarse--respondió secamente mi esposa, con una intención que hizo subir los colores al rostro de la imprudente.
Cuando nos hubimos desayunado se fue arriba a cambiar de traje, pues nos marchábamos a Madrid en el tren correo, que sale a las diez. Fueron a despedirnos a la estación todos los asistentes a la ceremonia. Mi mujer dio la mano a todo el mundo, pero no abrazó más que a Isabel y a otra persona... ¿A que no saben ustedes cuál? A Paca, a la buena y valiente cigarrera, que tanto había contribuido a nuestra dicha.
Yo me despedí con verdadera emoción de mis amigos, sobre todo de Villa, de Matildita, que había ido a la estación la pobrecita a despedirme con su hermano, y del duque de Malagón. Este muchacho, a pesar de su ligereza y de las tonterías que sus pocos años le obligaban a cometer, era tan afectuoso, que había llegado a quererle de veras. Su casamiento debía realizarse pocos días después. Quedamos citados para París, adonde yo pensaba dirigirme.
Nuestro viaje no tuvo incidente alguno, fuera de esos pormenores propios del caso, que tantas veces los novelistas han contado. Yo ni quiero ni puedo hacerlo. Hasta Madrid, donde nos dejó, las canas de mi anciano padre imponían a nuestras relaciones un sello tan casto y tan dulce a la vez, que es fácil no vuelva a sentir felicidad tan pura como entonces. Me detuve en Madrid quince días, y aunque no me apartaba casi nunca de mi esposa, como era natural, tuve ocasión para dejarla en la fonda una noche charlando con otra huéspeda y me fui a saludar a mis amigos, los poetas dramáticos del Oriental. Recibiéronme con una indiferencia que me heló el corazón. Verdad es que en el momento que yo me acerqué a la mesa discutían con calor si una pieza de un compañero estrenada en Martín la noche anterior daría entradas o no; sería un éxito «metálico», como decía gráficamente uno, o simplemente literario. Cuando terminó la disputa, al cabo, se fijaron un poco más en mí. Les hizo mucha gracia el que me hubiese casado, no sé por qué, y se rieron a mi costa un rato. Uno de ellos me dijo, con semblante risueño y protector:
--Bien, amigo Sanjurjo; le doy a usted la enhorabuena. Todos le deseamos muchas felicidades y que no tarde usted en volver en comisión, con otros diputados provinciales, a gestionar la rebaja de la tarifa de Consumos.
--Y que sea usted pronto de la Comisión permanente--dijo otro.
--Y a ver si me echa usted a presidio a alguno del bando contrario.
--Yo creo que Sanjurjo es hombre de ambición y ha de llegar a ser de la Comisión de Actas del Congreso.
Vamos, que aquellos jóvenes autores me estaban tomando el pelo. Salí de mal humor del café. Pero al regresar a la fonda y encontrarme con Gloria recobré de pronto la alegría y no pude menos de decirme riendo:
«¡En medio de todo, no deja de ser chistoso que esos desharrapados me compadezcan por haberme casado con este lucero de la mañana y tener dos millones más en el bolsillo!»
Uno de ellos llevaba dos dedos de grasa en el cuello del gabán; a otro le faltaban los botones; otro no gastaba puños en la camisa. Y todos, absolutamente todos, tenían los pantalones deshilachados. Me los representaba en su domicilio durmiendo en un catre con chinches, comiendo albondiguillas como perdigones en salsa viscosa y peleándose con la patrona por inexactitud en el reintegro de sus haberes; y admiré y bendije la providencia de Dios, que a los que priva de medios de dicha, provee tan largamente de imaginación.
Mi mujer, al revés de muchas provincianas que juzgan rebajada su dignidad si se asombran o admiran de algo al entrar en la capital, se admiraba y entusiasmaba con todo lo que veía. El paseo de coches del Retiro, los suntuosos escaparates, los grandes edificios, el lujo del teatro Real, la hacían prorrumpir en exclamaciones de placer y de asombro. El teatro, sobre todo, la seducía. No sólo gozaba en las óperas cantadas por los primeros artistas y representadas con un lujo que ella no había soñado, sino que tanto, y aun sospecho que más, le placían las piezas en uno o dos actos que se hacían en los teatros por horas. Se desternillaba de risa con los chistes y los gestos de los actores. Como casi todas las andaluzas, tenía muy afinado el sentido de lo cómico.
Otra cosa que le gustaba muchísimo era almorzar en los restaurantes. Eso de entrar cada día en sitio distinto, sentarnos a una mesa entre otra porción de ellas ocupadas, quitarse el sombrero y los guantes y hacer con gran detenimiento la elección de los platos entre los más apetitosos de la lista, constituía para ella un placer muy vivo. Yo, conociéndolo, se los prodigaba, con detrimento del bolsillo, pues el pupilaje seguía corriendo en la fonda. El examen que nunca dejaba de hacer de los que comían cerca de nosotros le sugería observaciones algunas veces muy saladas, siempre vivas y alegres, animadas por esa imaginación meridional que todo lo agiganta. A los postres tenía las mejillas encendidas; los ojos, aquellos ojos incomparables, brillaban con fuego dulce y malicioso. Crean ustedes que mi mujer estaba guapísima en tales momentos. Tomábamos un coche y nos íbamos de paseo al Retiro.
--No quisiera marcharme de aquí--me decía alguna vez--. ¡Qué feliz soy!
--¿Más que en el convento?--le preguntaba riendo.
--¡Uf, el convento!... Mira, si me hubieses abandonado, entraría en él otra vez a mortificar a las niñas, como la hermana Desirée. Ahora comprendo que nosotras estábamos pagando el mariposeo de algún gallego francés.
Antes de partir para París, donde contábamos pasar otros quince días, hice una cosa que me va a enajenar la simpatía del lector, si por casualidad he logrado alcanzarla.
No la estamparía en estas memorias si no me hubieran dicho personas que lo entienden que con ciertas confesiones de nuestras flaquezas gana mucho el estudio de la psicología. Aunque poeta lírico, profeso a la ciencia un respeto profundísimo, que las cuchufletas de Collantes y demás amigos dramáticos no han logrado entibiar. Tratándose, pues, de su adelantamiento, no vacilo en sacrificar mi humilde persona, y espero que el lector, si no es uno de esos Catones atrabiliarios que no conocen más que la línea recta, aunque me censure, como es justo, no se ensañará conmigo.
Ha de saberse, pues, que antes de dejar a Madrid envié a Sevilla un poder legalizado para reclamar en debida forma la hacienda que, por herencia de su padre, pertenecía a mi esposa. Como se recordará, en la entrevista que tuve con mi suegra y don Oscar me había comprometido a no pedirles cuentas y a dejar la fábrica en su poder, lo mismo que las demás fincas que constituían la herencia. No había firmado ningún documento, pero había dado mi palabra. Ahora bien: esta palabra me mortificaba de un modo increíble durante mi luna de miel. A todas horas estaba pensando en aquella bendita dote, prisionera en manos extrañas. ¡Quién sabe lo que harían con ella! Comprendí que mientras esto sucediese no podía ser feliz; que un pensamiento melancólico, una duda funesta iría siempre unida a mis transportes amorosos, mientras las escrituras de la herencia no estuviesen en mi poder. Cuando, al fin, eché la carta al correo con el documento notarial, respiré como si me hubiesen quitado un gran peso de encima.
Salimos para París sin grandes deseos por parte de Gloria. Mas a los tres o cuatro días de hallarnos allá, y después de haber disfrutado de su maravillosa animación, me pedía ya que nos volviésemos a España. Conocía perfectamente el francés, pero le causaba, según me decía, una impresión extraña oírlo en boca de los actores sirviendo para expresar conceptos maliciosos, acostumbrada como estaba a leer en los libros de oración. En cuanto a mí, debo confesar, aunque me cueste trabajo, que no conozco del idioma de Víctor Hugo más que un trozo del _Telémaco_, que aprendí cuando empecé a estudiarlo, y algunas frases de la gramática: «¿Ha visto usted el queso de mi hermana?--No, señor; he visto el trinchante del cocinero.--¿Tiene usted el libro de la doncella?--No, señor; tengo los calzoncillos del notario», etc.
Cuando ya nos preparábamos para el regreso, llegaron, unidos por el santo vínculo, Isabel y el duque de Malagón. Sentimos gran placer al verlos, y los tres días que estuvimos juntos fueron los más felices que pasamos desde nuestra partida. Dimos, al fin, la vuelta para España, dejándolos a ellos en la capital de Francia. Nuestro proyecto era ir a pasar unos días a Bollo, con mi padre, y luego venir a establecernos definitivamente a Madrid. En San Sebastián nos detuvimos para llevar a cabo la visita que Gloria se había propuesto hacer al convento donde había pasado cerca de dos años. Tomamos, en efecto, la diligencia de Vergara y llegamos a esta villa por la tarde, cerca del oscurecer. No era ya hora de visitar el convento; lo dejamos para el día siguiente. Pasamos, sin embargo, por delante de él cogidos del brazo. Era un edificio grande y vetusto, con dos torres almenadas, que había sido palacio o casa solariega de un título y estaba situado en una plazoleta con árboles.
--Mira--me dijo mi esposa con enternecimiento--: ¿ves aquellas dos ventanitas de la torre? Allí dormía yo con Máxima y otra educanda. ¡Cuántas noches me tengo levantado para mirar al cielo!
--¿Y en qué pensabas mirándolo?
--No sé... En nada.
-¿No te venían deseos de escaparte?
--Nunca. Las mujeres no se escapan sino cuando están enamoradas.
* * * * *
Por la mañana, a la hora que Gloria indicó como mejor, que era la de _récréation_, nos fuimos al convento. La portera no reconoció a mi mujer, y ésta tampoco le dijo quién era, para mejor gozar de la sorpresa de las monjas. Atravesamos un largo portalón toscamente empedrado, las paredes enjalbegadas y algunas cruces negras pintadas en ellas de trecho en trecho. Subimos una escalera grande, sucia y añosa, de piedra gastada por el uso, y entramos en los grandes corredores del caserón, entarimados al uso del país. Las tablas, viejas y resquebrajadas por todos lados, ofrecían en algunos puntos agujeros por donde podría pasar una persona. Al llegar aquí percibimos un ruido confuso y lejano de gritos y carcajadas.
--¿No oyes?--me dijo Gloria, mientras una sonrisa feliz se esparcía por su rostro--. Son las niñas que están en _récréation_.
--¿No te apetece ir a jugar a los aros o al volante?--le pregunté riendo.
--Un poquito, no creas.
Nos introdujeron en el locutorio, que era una gran pieza cuadrada y bastante clara, partida al medio por una reja. Del lado de allá se veía una puertecita, y a su lado una pila de agua bendita. Gloria preguntó a la hermana lega que nos había introducido si seguía siendo superiora la hermana Saint-Just; y habiendo respondido afirmativamente, le encargó le dijese que una señora deseaba verla. Esperamos un rato, sentados en sillas al pie de la reja, y al cabo vimos entrar a la superiora por la puertecita del fondo, tomar con los dedos agua bendita y santiguarse. Era una monjita flacucha y pálida, de unos cuarenta años de edad. Gloria se levantó, acercó la cara a la reja y le dijo sonriendo:
--La gracia del Espíritu Santo sea con vuestra reverencia. ¿No me reconoce?
La monja la miró sorprendida por el saludo, sólo usual en el convento; pero no dio señales de conocerla.
--Sea siempre con ella, señora... No tengo el gusto...--respondió con marcado acento francés.
--¿No se acuerda de la hermana San Sulpicio?
--¡Ah!--exclamó, mientras todos los músculos de la cara se le contraían con una sonrisa--. ¡Ah! ¡La hermana Saint-Sulpice, la andaluza! ¡Quién había de pensar...! Y eso que ya sabía que no estaba usted en el convento.
--Me he separado del camino que llevaba solamente por saludar a ustedes.
La superiora se mostró muy amable, con esa cortesía humilde y empalagosa de las monjas. Recordó algunas anécdotas que demostraban el carácter bullicioso y alegre de mi esposa, dejando escapar al mismo tiempo una risita protectora y compasiva, por donde, sin duda, quería dar a entender que nunca la había juzgado con suficiente seso y virtud para aquella vida de perfección.
Mi mujer quiso ver a sus antiguas compañeras: la hermana San Onofre, la hermana María del Socorro y otras. Algunas de ellas ya no estaban allí. Sin embargo, la superiora salió y se presentó a los pocos instantes con cinco o seis hermanas, que saludaron a Gloria con sonrisa muy pronunciada, pero con poca efusión.
Todas parecían confusas y avergonzadas. La sonrisa era tan persistente en su rostro, que llegaba a convertirse en mueca. Mientras hablaban se frotaban suavemente los nudillos de la mano izquierda con la palma de la derecha. Todo era admirarse de verla en traje de seglar y tan cambiada que, según decían, nunca la hubieran conocido. Aquella admiración me iba pareciendo un poco impertinente y creo que a mi mujer también: «¡Vaya con la hermana San Sulpicio! ¡Siempre tan alegre! ¡Cuánto nos hemos reído con ella! ¡Ay, qué hermana! ¿Quién había de conocerla? No parece la misma.» Y sus palabras y sus gestos dejaban traslucir la misma idea que los de la superiora; esto es, que nunca la habían juzgado con el espíritu de oración y contemplación indispensable para ser esposa de Jesucristo, o sea, hablando vulgarmente, que la habían considerado toda la vida como una joven sin chaveta.
A todo esto, ni la superiora ni las hermanas habían preguntado quién era yo y cómo y por qué se encontraba Gloria en aquel sitio. Dirigíanme con disimulo vivas miradas de curiosidad, advirtiéndose que les embarazaba mi presencia. Yo no había despegado los labios. Mi esposa, picada, sin duda, de aquella preterición, les dijo de pronto:
--¿No saben vuestras caridades que me he casado?
Las hermanitas soltaron la carcajada.
--¡Ay, qué hermana! ¡Siempre de tan buen humor!--exclamó la superiora.
--Sí, madre; me he casado hase un mes y tres días con este buen moso que ustedes ven delante... No tiene más que un defecto--añadió, poniéndose triste--, y es que es gallego... Pero no lo parese, ¿verdad?
--¡Qué hermana!--volvieron a exclamar algunas monjitas--. ¡Qué gracia tiene! ¡Pues no dice que se ha casado!... ¡Lo que no se le ocurre a ella!...
--¡Qué! ¿No quieren vuestras caridades creerlo?
Las caridades siguieron riendo, arrojándome miradas penetrantes y maliciosas.
--¡Pues ahora mismito se van ustedes a convenser!--exclamó mi esposa con arranque.
Y echándome al mismo tiempo los brazos al cuello, comenzó a darme sonoros besos en las mejillas, diciendo:
--Rico mío. ¿No es verdá que eres mi mariíto? ¿No es verdá que soy tu mujersita? ¿No es verdá que estamos casaos? ¡Di, corasón! ¡Di, vidita!
Mientras trataba, avergonzado, de huir sus caricias, oí exclamaciones de reprobación y vi que las monjitas escapaban asustadas hacia la puerta. Una de ellas, más intrépida, se apoderó de los cordones de la cortina y tiró de ellos con fuerza. La cortina, al correrse, lanzó también un chirrido de escándalo. Todavía escuché pasos precipitados y rumor de voces. Después, nada; se hizo el silencio. Mi esposa, riendo a carcajadas y ruborizada al mismo tiempo, me cogió de la mano y me sacó de la habitación. Cruzamos los tristes corredores de esta suerte, bajamos la escalera, atravesamos el largo portalón, y cuando nos vimos en la calle, le dije, medio enfadado:
--¡Chica, qué loca eres! ¡A quién se le ocurre!
--Perdona, hijo--respondió, riendo y encarnada todavía--. Me estaban poniendo nerviosa. Tan bien sabían que éramos casados como el cura que nos echó la bendisión.