Chapter 28
Subiéronme al muelle, y se vio que, en efecto, destilaba sangre por una cadera. Entonces los carabineros prendieron a Suárez, y uno de ellos le condujo a la Inspección. A mí me transportaron a la botica más próxima; se llamó al boticario, que dormía; bajó éste y examinó la herida. Era mayor de lo que yo pensaba. Me hizo la primera cura provisional y mandó que inmediatamente me trasladasen a la cama y se avisase al médico. Lleváronme en una silla hasta casa. No fue pequeño el susto que allí hubo al verme entrar de aquel modo. Los huéspedes se levantaron, y todos se pusieron en movimiento para socorrerme. Matildita se hizo merecedora de mi gratitud eterna por la actividad prodigiosa que desplegó en atenderme, a pesar de hallarse la pobrecita muy asustada.
Antes que el médico forense y los otros que, por diferentes conductos, habían sido llamados, vino el juez a tomarme declaración. Procuré hacer con ella el menor daño posible a Suárez. Dije que éramos amigos íntimos, que habíamos bebido más de la cuenta y, disputando en el muelle por cuestiones insignificantes, nos habíamos pegado; que Suárez había sacado una navaja para defenderse, porque yo era más fuerte, y que me había precipitado sobre él, saliendo herido en el encuentro.
La conciencia me obligaba a hacer esta declaración, pues yo le había agredido por leve motivo, teniendo en cuenta que hablaba en broma. Sin embargo, más adelante pensé que bien podría haber sido preparada aquella escena, porque el malagueño era hombre malintencionado y vengativo. En el día en que esto escribo aún no sé si, en efecto, me llevó al muelle con objeto de buscarme camorra y herirme o matarme, o todo fue resultado del manzanilla que teníamos entre pecho y espalda.
La herida, aunque bastante profunda, no había interesado ningún órgano importante. El único peligro, según el médico, hubiera sido la hemorragia; pero ésta se cortó, afortunadamente, por el baño imprevisto de agua fría que me di. Sin embargo, me levantó bastante fiebre y me obligó a permanecer en cama nueve días. Al siguiente de mi percance mandé un recado por Villa a Gloria, participándole lo que me había sucedido. Por la tarde, ella, Isabel y el conde se presentaron de improviso en mi cuarto. Tuve una alegría inmensa y más cuando Isabel me dijo en voz baja que Gloria había tomado la iniciativa en aquella visita.
Cuando entró estaba pálida y tenía los ojos hinchados de llorar.
Después que me oyó hablar, el susto dio paso a la indignación. Rompió en denuestos contra mi agresor:
--¡Qué cobardía! ¡Qué vilesa! ¡Herirte ese tío de las patas tuertas! Callaba, y después de un rato volvía a exclamar, con rabia:
--¡Atreverse ese tío de las patas tuertas!...
Por lo visto, mi novia pensaba que el agravio habría sido menor si el adversario hubiera tenido las piernas derechas.
El conde, viendo mi estado relativamente satisfactorio, se opuso a que se telegrafiase a mi padre, para no alarmarle.
Y, en efecto, a los nueve días pude levantarme, y cuatro después salir a la calle y terminar, como se dirá en el capítulo siguiente, la aventura amorosa que constituye el fondo de esta verídica narración.
XVI
EN QUÉ PARÓ LA HERMANA SAN SULPICIO
Pensando en los medios de unirme pronto a Gloria, antes del suceso que acabo de narrar se me había ocurrido una transacción con el maldito enano. Como yo tenía la certidumbre de que éste era el único causante de nuestros males y sospechaba que la razón de oponerse a nuestro casamiento y el empeño de hacer monja a Gloria estribaban en el interés, imaginé que podíamos llegar a un acuerdo. Verdad que acaso pudiera alcanzar la meta de mis deseos sin necesidad de componendas, porque la actitud, pasiva hasta entonces, de doña Tula lo hacía verosímil. Pero ¿quién me aseguraba que de la noche a la mañana no cambiasen totalmente las cosas? Aunque no pudieran encerrar a Gloria en el convento contra su voluntad, porque las autoridades estaban ya sobre aviso, al matrimonio podía oponerse la madre mientras no fuese mayor de edad. Ahora se encontraban, lo mismo ella que don Oscar, amedrentados por la escena escandalosa de la puerta del convento y por la actitud firme del conde del Padul, que inspiraba general temor por su posición y carácter. Mas, si llegaban a vencer este miedo, lo mismo del conde que de la opinión pública, volvería a encontrarse en grave aprieto. Aunque no consiguiesen otra cosa que aplazar el matrimonio, ya era bastante para mi anhelo, que cada día iba siendo mayor. Además, en esta dilación había peligro. Gloria era muy celosa, y cualquier insignificante pretexto podía levantar una reyerta como la de marras y dar al traste con mi felicidad. Sin contar con los acontecimientos imprevistos a que todos nos hallamos sujetos, y más los que esperan con afán cualquier bienandanza.
Pesaban estas consideraciones de tal modo en mi ánimo, que me vino la idea de abandonar en las garras de don Oscar, como precioso vellón, la mitad de la dote de Gloria, con tal de unirme pronto a ella y obtener la otra mitad. Confieso que este proyecto duró poco tiempo en la cabeza. ¡La mitad de la dote! ¡Cincuenta mil duros! La idea de desprenderme (los conservaba ya como míos) de esta cantidad exorbitante de duros me produjo tal desasosiego que la abandoné presto por insensata. Y de un golpe rebajé la cifra a la mitad. Si la dejaba de los dos millones veinticinco mil duros, bien podía darse por contento y facilitarme todos los medios para que el cura nos bendijese cuanto más antes. Pero, aunque duró mucho más, tampoco este arreglo consiguió echar hondas raíces en mi espíritu acongojado. Veinticinco mil duros tampoco son un grano de anís. Poníame a considerar la renta que de esta cantidad, bien administrada, se podía obtener, y me aturdía. Colocadas allá, en Bollo, con buenas hipotecas, podían dar cuarenta mil reales al año, sin manchar la conciencia.
Volví a rebajar la mitad. Me parecía que doce mil duritos no eran de despreciar por quien nada tenía que ver con ellos, máxime cuando no se le compraba ningún servicio extraordinario, sino tan solo que se callase y dejase hacer. Para no volverme atrás de este propósito, hablé del asunto al conde. Si tuviera mucho tiempo para rumiarlo, es casi seguro que concluiría por vacilar y arrepentirme; me conozco bien. No le dije a don Jenaro mi plan concreto; le hablé únicamente, en términos vagos, de convenio amistoso con la madre de Gloria, para lo cual no tenía inconveniente en ceder _algunos de mis derechos_.
Halló razonable mi pensamiento, y me prometió entender en el negocio y llevarlo a feliz remate. Pero ya sabía yo, por experiencia, lo que eran las promesas del conde. Lo que no se refiriese directa o indirectamente a sus placeres, le interesaba tan poco que podía esperarse sentado a que diera los pasos necesarios. Y así sucedió, como temía. Pasábanse los días, y nada me comunicaba de sus gestiones.
Yo no le hablaba de ello, porque temía impacientarle, y no me convenía por ningún concepto ponerme mal con él. Al cabo, al entrar un día en su casa, exclamó, como enfadado consigo mismo:
--¡Caramba! ¡Siempre se me olvida que tengo que ir a casa de mi prima Tula!... Pero no tenga usted cuidado, que de mañana no pasa...
Transcurría el día siguiente, y otro después, y otro, y otro, sin que el viejo calavera se acordase de mi asunto más que de la muerte. Imagino que hubiera tenido toda la vida a Gloria en casa sin inconveniente mejor que molestarse en buscar solución a aquel conflicto. Isabel se mortificaba viendo mi impaciencia; pero tampoco se atrevía a insistir mucho con su padre, por temor a uno de esos movimientos de feroz desdén con que zanjaba todas las dificultades cuando le apuraban. En fin: que comprendí que debía tomar yo mismo la iniciativa y buscar aparejo para salir de aquella situación molesta. Decidime a dirigir una carta a doña Tula, sin advertírselo a Gloria. Temía que su orgullo me obligara a desistir. Después de tres o cuatro borradores, escribí una carta habilísima (dispénsenme la inmodestia), ni humilde ni altiva, clara, correcta y metódica. Como que, más que a doña Tula, iba dirigida al enano sinóptico, que era seguramente quien habría de contestarla.
Y bien conocí su estilo en la que, a los tres a cuatro días, recibí de mi futura suegra. Era un modelo de epístolas razonadas, metódicas y hasta simétricas. Principiaba dividiendo la mía en tres grandes secciones. En la «primera» se comprendía lo referente «al supuesto propósito de hacer monja a Gloria contra su voluntad», de que yo hablaba; en la «segunda» entraba el permiso para contraer matrimonio; en la «tercera», todo lo relativo a intereses, y la posibilidad de una entrevista y convenio amistoso. Estos tres capítulos los subdividía doña Tula, o, lo que es igual, el enano, en varios párrafos, igualmente numerados. Las palabras subrayadas, y había bastantes, lo estaban con tiralíneas.
De todo esto saqué en limpio que, con el escándalo y la perspectiva de matrimonio, estaban bastante más blandos. Al punto de la entrevista, que era, sin duda, el más interesante, me respondía que estaba dispuesta a concedérmela, con tal que fuese solo. «A la hija ingrata y desobediente no quería verla más en casa.» Además, había de ser a presencia de don Oscar. No tuve inconveniente en suscribir estas condiciones, que ya de antemano presumía. Quedé citado para el día siguiente, a las ocho de la noche.
Aquella tarde di conocimiento a Gloria de mi intriga. Al pronto se enfadó y me llamó hipócrita y pastelero, rechazando con energía toda idea de concierto con quien tan inicuamente se había portado con ella. La dejé desahogarse, como solía hacer en estos casos, y a los pocos momentos ella misma volvió sobre sí, sin costarme palabra alguna, aplacando su enojo y suavizando bastante la aspereza de sus conceptos. Cuando, al fin, le dije:
--Hay que considerar que es tu madre, y con una madre no hay humillación posible.
La vi enternecerse; los ojos se le arrasaron de lágrimas, y exclamó, queriendo reprimir los sollozos con un esfuerzo:
--A mi madre la quiero con toda mi alma, y la perdono... Está embaucada... Si no lo estuviera, no haría conmigo lo que ha hecho... ¡Pero a ese tío brujo, que ha de arder en los infiernos, nadie le corta el pescuezo más que yo!
Y, detrás de las lágrimas, brillaron sus ojos africanos con un fulgor siniestro, que hacía verosímil la promesa.
Todo el día siguiente lo pasé concertando mi plan diplomático de ataque. Debía aprovechar aquella repentina blandura, ocasionada por los últimos sucesos, para arrancar de doña Tula y su director todas las ventajas posibles o, mejor dicho, que no me arrancasen a mí las que de derecho me correspondían. Preparé mi discurso de introducción y las respuestas que había de dar a las objeciones que, en mi concepto, podían hacerme. Repetime más de cien veces que lo más esencial en la próxima conferencia era no alterarse bajo ningún pretexto, escuchar con absoluta calma cualquier impertinencia y obligarlos por la astucia a ceder y transigir en lo que me importaba. No había necesidad de tantas interiores recomendaciones, porque la Naturaleza me ha hecho bastante diplomático. El espíritu dúctil y fijo de mi raza nunca se ha desmentido en los actos trascendentales en que me he visto precisado a intervenir.
Cuando llegaron las siete y media de la noche, me vestí aquella famosa larga levita que tanto odiaba Gloria, pero que juzgué muy del caso en estas circunstancias. Púseme el sombrero de copa alta y una chalina severa de raso negro, y metiéndome los guantes salí de casa y me dirigí con todo el aspecto de un embajador a la morada de mi futura suegra. Fui retardando el paso, para llegar a la puerta a las ocho en punto; ni un minuto más ni uno menos. La criada que salió a abrirme, y que me conocía del tiempo en que yo era dependiente de la casa, me acogió con alegría y quiso entablar conversación; pero la corté con un gesto grave, preguntándole con toda solemnidad por _la señora doña Gertrudis Osorio, viuda de Bermúdez_.
-Sí, señorito..., le está a usted esperando.
Y me introdujo en aquella sala discreta, misteriosa, donde tantas noches había resonado el leve murmullo de mi charla amorosa con Gloria. Miré otra vez con enternecimiento el alféizar de aquella ventana en que mi adorada se sentaba; pero al instante volví en mi acuerdo, juzgando que no era hora de enternecerse ni pensar en niñerías, sino de aguzar el ingenio y dar gallarda muestra de ser tan buen dialéctico como poeta.
Sobre la consola ardían dos quinqués con sendas pantallas, que no les permitían alumbrar más que el suelo, dejando envuelto en media luz y muy tenue el resto de la habitación. Al poco rato de estar allí sentí el taconeo de unos pasos, y doña Tula y don Oscar llegaron al mismo tiempo a la puerta. Éste se hizo a un lado y dejó pasar respetuosamente a aquélla, siguiéndola y empujando la puerta tras sí, con objeto sin duda, de no ser escuchados por la servidumbre. Hice dos profundas y consecutivas reverencias a uno y a otro, que me había ensayado al espejo: los pies juntos, el rostro grave y majestuoso. Sabía cuánto influye el aparato de las formas para imponer respeto, y pude notar en seguida que mis cortesanos saludos habían hecho su efecto. Don Oscar se inclinó también gravemente, y doña Tula, bastante confusa, me preguntó por la salud y me invitó a sentarme. Después que los tres lo hicimos: doña Tula en el sofá, a guisa de presidente; don Oscar y yo en los sillones de los lados, principié, en tono mesurado, mi aprendida peroración.
Las primeras palabras de ella fueron dirigidas a dar las gracias a la señora por la cortesía que usaba recibiéndome en su casa. Tuve ocasión, a este propósito, de deslizar algunas lisonjas que le supieron a almíbar a mi futura mamá, como luego pude conocer.
Entrando después en el asunto, me mostré enteramente seguro de casarme con Gloria. Lo di como cosa indiscutible. Para dar fuerza a estas afirmaciones, hice presente que aquella cumpliría los veinte años dentro de seis meses, que con tres más que la ley exige para esperar el consejo paterno, sumaban nueve. A los nueve meses, pues, nos hallábamos en libertad de unirnos. Pero... (aquí bajé los ojos y me abrí de brazos con ademán tan modesto, tan compungido, que lo envidiaría un gran actor); pero yo sentía tal dolor en llevar a cabo aquel matrimonio contra la voluntad de la madre de la que iba a ser mi esposa, una señora que por tantos conceptos era merecedora a nuestra veneración y cariño (golpe de incensario en este punto), que temía no hallarme con valor para realizarlo. Hice gala de mis sentimientos honrados, de mi profundo respeto a los lazos sagrados de la familia. Protesté de que primero que consentir que Gloria faltase a la obediencia y sumisión que a su madre debía, sería preferible para mí renunciar a su mano. Al llegar aquí manifesté que traía de ella encargo expreso de pedirle humildemente perdón. No venía en persona a pedirlo por el temor de no ser recibida. (Si Gloria hubiese escuchado esta parte de mi discurso, de seguro que me araña.)
Pasé luego a la cuestión de intereses, y aparecí generoso, desprendido. Este asunto, para mí, era muy secundario. Aunque no podía llamarme rico, como era hijo único tenía más que suficiente para vivir con modestia. La fortuna de Gloria no me interesaba mucho. Sabía que estaba perfectamente administrada, y tal seguridad me obligaba a mostrarme indiferente y descuidado respecto de ella. Esta fue la parte del discurso que peor dije. Era la menos sentida.
Cuando terminé, doña Tula se apresuró a manifestarme, con su vocecita dulce, que no me guardaba ningún rencor, que le parecía una persona muy decente, y que lo único que sentía era que hubiese tenido la desgracia de enamorarme de su hija. La miré con sorpresa, y eso que venía resuelto a no asombrarme de nada, y respondí que, lejos de considerar como una desgracia el haber tropezado con Gloria, lo tenía a gran ventura, y me creía obligado por ello a dar gracias a la Providencia, sobre todo el día que nuestra unión se realizase. Mirome fijamente, con ojos compasivos, la diminuta señora.
--¿Cree usted de verdad que le hará feliz mi hija Gloria?
--¿Por qué no, señora?
--Mucho le agradezco esa buena opinión que tiene de mi niña. ¡Los padres gozamos tanto cuando oímos elogiar a los hijos de nuestro corazón!... ¡Pobresito! Se conoce que tiene usted buenos sentimientos. ¿No es verdad, don Oscar, que nuestro amigo Sanjurjo tiene un alma muy buena?
Aquellas reticencias respecto a Gloria, con que no contaba, me molestaron más aún que el discurso de don Oscar, que se apresuró a tomar la palabra, diciendo:
--No estoy conforme con casi nada de lo que acaba de decirnos este caballerito. Ha hablado bastante, y a pesar de traerlo aprendido de memoria, he observado mucha confusión y mucho desorden en su perorata. Ha pronunciado frases, muchas frases; pero ideas razonables y serias he hallado muy pocas. En primer lugar, este caballerito nos habla de su matrimonio con la desdichada hija de doña Tula como de cosa resuelta y juzgada, sin tener en cuenta que su madre puede reclamarla al instante y hacerse cargo de ella en tanto no cumpla los veinte años. Para entonces, ¿quién sabe si se habrán modificado sus ideas? Después de esta afirmación, que considero atrevida y un poco desvergonzada, nos habla de sus sentimientos honrados, de su respeto a la autoridad paterna y de otra porción de cosas por el estilo, que son en su boca risibles. El que ha entrado en esta casa usurpando un nombre para mejor engañarnos; el que se ha vendido por amigo y dependiente de la casa para seducir a la hija de su dueño; el que ha tenido la osadía de oponerse con el revólver en la mano a que se cumpliese la voluntad de una madre, produciendo un escándalo en la calle, no debe venir hablándonos de sus sentimientos, porque ya los conocemos bien. Este caballerito ha visto una joven que le han dicho que es rica y huérfana, y ha abierto el ojo. Quiere a todo trance hacer fortuna, y no repara en llevar la discordia y la desolación a una familia. Le prevengo, sin embargo, que todavía no ha caído en sus manos. Si esta excelente señora quiere seguir mi consejo, no sólo no concederá el perdón a su desobediente hija, sino que mañana mismo la reclamará. Veremos si, a pesar de la protección de su magnate (que más le valiera atenderse a sí mismo), no se cumplen las leyes.
La voz cavernosa del enano, poblando de sones ásperos y profundos la estancia, resonó todavía después de haber callado. Sus piernas, que no llegaban al suelo, se movían como péndulos; sus enormes bigotes, proyectados por la luz en la pared, parecían dos grandes colas de zorro.
--Me parece, don Oscar--profirió doña Tula con su vocecita aguda--, que ha tratado usted demasiado mal a nuestro amigo Sanjurjo... ¡Este bendito señor es tan severo!--dirigiéndose a mí con una mirada falsa--. ¡Pobresito! No se disguste usted demasiado, que todo se ha de arreglar con la ayuda de Dios Nuestro Señor.
--Doña Tula, aquí no hay severidad--replicó el enano--. Lo que he dicho del señor es lo que, dado su proceder, me parece justo.
--Bien, don Oscar, bien...; pero hágase cargo de que es muy joven y no es bueno aturdirle. La juventud no reflexiona.
--Lo dicho, dicho, doña Tula.
Se me figuraba estar escuchando esos juegos en que los organistas se entretienen, a veces, soltando alternativamente los registros más agudos y más graves del órgano.
No me descompuse en manera alguna por los insultos del enano. Los había previsto y tenía formado mi plan para responder a ellos.
Después de un breve silencio comencé diciendo, sin dirigirme a él--como él había hecho conmigo--, que sentía en el alma haber incurrido en el desagrado de una pareja tan discreta, tan ilustrada...--golpe de bombo aquí--. Que, en efecto, había entrado en la casa por medio de un subterfugio, impulsado a ello por la esperanza de hacerme simpático a la mamá de Gloria...
--No lo ha conseguido usted--interrumpió groseramente don Oscar.
--Lo siento mucho, pero mi intención era buena--dije, echando una mirada a doña Tula, que bajó la suya, más por sumisión al terrible enano que por hacerme agravio. Eso me pareció al menos.
Respecto a lo que había afirmado acerca de mis sentimientos y los móviles que me habían impulsado para dirigir mis obsequios a Gloria, insistí con firmeza en lo que había dicho, pero sin alterarme. Conté sencillamente cómo había sido nuestro conocimiento y cómo la había amado sin saber si era rica o pobre, incitado, más que por nada, por su carácter franco y abierto y por la bondad de su corazón...
Aquí doña Tula dejó escapar una risita irónica, y el enano sacudió su cabeza de tal modo que las colas de zorro dieron varios paseos por la pared en un segundo.
Dejé adrede, para lo último, la cuestión del casamiento.
--Es cierto--dije--que la señora puede impedir nuestra unión mientras no cumpla su hija los veinte años...; pero--añadí, sonriendo--eso de exigir que vuelva a su poder traería tal vez algunos inconvenientes, sobre todo para el señor. Hay en el Juzgado una querella suscrita por Gloria, a la que no se ha dado curso hasta ahora por mi intervención. Se da cuenta a la autoridad de cómo ha sido violentada para entrar en el convento y ha tenido que sufrir malos tratamientos de una persona que no puede invocar derecho alguno sobre ella... Como la persona aludida es aquí, el señor, en el momento en que se dé curso a la queja el juez vendrá a averiguar no sólo lo que ha pasado, sino cuál es el verdadero papel que el señor desempeña en esta casa. Y deploraría que esto se realizase, por tratarse de un sujeto a quien debo muchas atenciones...
--No debe usted nada--interrumpió el enano con mal humor--. Me tiene sin cuidado que el juez entre en averiguaciones, de las cuales no puede resultar nada, absolutamente nada.
A pesar del acento desdeñoso de don Oscar, observé que manifestaba en el rostro señales de inquietud. Después de haber callado, sus bigotes se estremecían con leve temblor, que era más visible en la pared.
--Salvo siempre su autorizada opinión--dije sin abandonar mi sonrisa impertinente--, me parece que tal afirmación es un poco prematura, sobre todo teniendo en cuenta que el señor no sabe los testigos y las pruebas que el juez ha de examinar.
--¡Calumnias y falsedades serán!--gritó el enano, ya enteramente descompuesto.
Yo me limité a alzar los hombros con afectada indiferencia.
Todavía se desahogó un instante y protestó violentamente del poco cuidado que le inspiraba la Justicia teniendo la conciencia limpia; pero la píldora iba haciendo su efecto. No tardé en conocerlo por el sesgo más suave y amical que tomó la conversación. Aunque no abandonó las formas severas, un tanto agrias, que le caracterizaban, ya no volvió a insultarme. Excusado es decir que le facilité cuanto pude el camino, barriéndoselo cuidadosamente para que mejor se deslizase. Antes de un cuarto de hora se dio como hecho nuestro matrimonio, y discutíamos amigablemente las condiciones en que debía efectuarse. Doña Tula me miraba fijamente, con ojos compasivos, mientras el enano y yo arreglábamos el asunto. Confieso que aquella extemporánea compasión me desconcertaba más que lo habían hecho las expresiones de su amigo. Se convino en que el casamiento se realizaría con el permiso escrito de doña Tula, pero fuera de la casa y sin que Gloria se presentase en ella ni antes ni después de casada.