La hermana San Sulpicio

Chapter 26

Chapter 264,097 wordsPublic domain

Todo aquello me humillaba cada vez más. Después de que ambos cónyuges, con excesiva cuanto inmerecida amabilidad, me prometieron cumplir el encargo, apresureme a salir, dándoles las gracias. Y como la vecindad de mi enemigo hacía peligrosos aquellos sitios, ordené al cochero que me llevase de prisa a mi casa, donde me entretuve en escribir los sobres y enviar las tarjetas que me quedaban a las personas que conocía, y en leer por centésima vez los versos que por la noche había de presentar a la admiración de los sevillanos. En los pasajes que me parecían más enérgicos procuraba ahuecar la voz y hacerla sonora, campanuda; en los más tiernos me conmovía, pero de verdad, y llegaba hasta derramar lágrimas, aunque me los sabía mejor que el padrenuestro.

Por la tarde estuve en el palacio de Padul. Encontré al conde sentado en una butaca, con el brazo en cabestrillo. Tenía alguna fiebre. En la mirada que me dirigió al entrar comprendí que debía sorprenderme de la herida, y así lo hice. Me contó, con la mayor sangre fría, que la noche anterior, tratando de separar a dos hombres que reñían en una calle, le habían herido, o, por mejor decir, se había herido él mismo. Isabel recriminaba a su padre por tanto celo. ¡Cómo se iba a meter entre dos hombres que tenían la navaja abierta! Dejarlos que se maten. Más valía la vida de su padre que la de aquellos chisperos. El conde escuchó sin ruborizarse las calurosas expresiones de su hija, cosa que me parecía imposible.

Llegó, por fin, la hora crítica de las nueve de la noche. Había comido muy poco. Estaba nervioso, como si fuera a batirme. En la casa todos estaban revueltos, como si el amor propio de la fonda de la calle de las Águilas estuviese comprometido en aquella jornada. Eduardito se empeñó en ir conmigo, lo mismo que Villa y Olóriz. Matildita había ofrecido un cirio a la Virgen de la Esperanza si me aplaudían, y Fernanda, el dueño adorado cuanto maduro de su hermanito, oír una misa en día que no fuese festivo. Todos me recomendaban el ánimo.

--¡Mucho ánimo, ¿eh?, don Seferino!

Me mimaban, me festejaban, andaban todos solícitos para traerme cualquier cosa que me apeteciese; pero siempre con una expresión entre dolorida y afectuosa, como si se tratase de un reo en capilla. Matildita concluyó por declarar que dudaba mucho de mi serenidad, y que desearía encontrarse en mi lugar, «porque ella era capaz de leer versos delante de la misma reina de España.»

Después de tomar té en la Británica los cuatro, viendo que llegaban las nueve, me levanté con arranque diciendo:

--Vamos, Señores.

Y nos dirigimos a la acera de enfrente, donde estaba el casino. Me había puesto de frac y sombrero de copa. Cuando entramos, el Círculo hervía ya de gente, lo cual me causó una emoción de placer y de miedo difícil de explicar. Mi entrada produjo cierta sensación. En aquel momento sería bien difícil convencerme de que yo no era un personaje importantísimo, y que el acto que allí se iba a ejecutar no tenía una gran significación en el curso de los acontecimientos de este siglo. Rodeáronme unos cuantos socios de la Junta directiva, hablándome con deferencia. Yo respondía con pocas palabras, pero mostrando gran amabilidad y una estudiada modestia, que debía de realzarme mucho. Afectaba hablar de todo menos de la solemnidad que iba a efectuarse, porque los hombres verdaderamente superiores y avezados al aplauso del público miran la exhibición como un acto natural y corriente. En fin, me estaba dando un tono horroroso.

El salón estaba ya mediado de señoras. Levanté un portier cautelosamente, y vi sentadas en las primeras filas a las de Anguita. Isabel y las de Enríquez estaban un poco más allá. Dejé que se llenase por completo, para que mi aparición hiciese más efecto. Poco a poco, los concurrentes habían ido desapareciendo de los corredores y acomodándose en las sillas del salón, detrás de las señoras. Al fin, quedé solo con la Junta directiva, porque Villa, Olóriz y Eduardito, mis fieles acompañantes, se habían ido también a coger sitio.

--Cuando usted guste, señor Sanjurjo--me dijo, al fin, el presidente, sacando el reloj.

Despojeme del paletó, que entregué a no sé quién, como un torero que tira la capa al tendido; hice lo mismo con el sombrero; metí los dedos por el cabello, a guisa de escarpidor, levantándolo y ahuecándolo lindamente, y, por último, aparecí en la plataforma alzada al efecto en el salón. Y fui saludado por una salva de aplausos.

Durante la lectura de _La mancha roja_ me bebí dos vasos de agua con azucarillo. Pero sucedió un percance, que no puedo pasar en silencio por las fatales consecuencias que pudo tener. En vez de los treinta y siete minutos que tenía calculados, la lectura de la leyenda no duró más que veintidós. Se aplaudió muchísimo; las señoras se conmovieron y agitaron los pañuelos con entusiasmo, esparciendo por el ambiente caldeado mil perfumes de _opoponax_, _fleur d'Italie_, _reseda_, etc.

Era una leyenda altamente patética. No me sorprendió nada que se hubieran impresionado vivamente. No lejos de mí, hacia la derecha, había un señor que cuatro o cinco veces, durante la lectura, dio un fuerte porrazo con el bastón en el suelo, gritando:

--¡Olé! ¡Viva tu mare!

El aplauso no era muy oportuno a la sazón, y me escamé un poco. Le dirigí alguna que otra mirada exploradora; pero no vi en su rostro nada que pudiera indicar intención de burlarse. Era un señor de mediana edad, con patillas que le llegaban hasta la nariz, de continente grave, y que parecía prestar gran atención.

El diálogo político entre Solón y González Bravo gustó menos, y en vez de durar quince minutos, no duró más que ocho, casi la mitad de lo calculado. Sin embargo, bebí un vaso de agua azucarada. Los criados del Círculo no cesaban de ir y venir con bandejas en las manos. En cambio, la descripción de las cataratas del río Piedra produjo un escándalo de palmadas y vítores y me la hicieron repetir tres veces, con lo cual gané lo menos veinte minutos de los perdidos. Gracias a esta oportunísima compensación no pasé la vergüenza de suspender la lectura antes de la hora y media, mínimum, como ya he dicho, de estas solemnidades. Las señoras volvieron a agitar los pañuelos con entusiasmo. Observé, sin embargo, que Joaquinita Anguita se estaba queda, lo cual me pareció una ruin venganza y me irritó más de lo que el asunto merecía. Durante estas poesías y las otras que siguieron, el caballero de las patillas no dejaba de gritar de cuando en cuando, al final de las estrofas: «¡Olé! ¡Viva tu mare!», dando el consabido porrazo en el suelo con el enorme roten que empuñaba. Yo cada vez estaba más escamado de él, y por encima de las cuartillas que tenía en la mano le echaba miradas, ora de temor, ora de recriminación. Ningún efecto le hacían. Seguía atento, imperturbable, sin mirar a los lados, y eso que observé con cólera que sus vecinos reían cada vez que lanzaba el «¡Olé!» No pude saber entonces, ni a estas horas sé aún, si aquel individuo me admiraba sinceramente o era todo guasa viva, por más que me inclino a lo segundo.

Ello es que fui aplaudido a rabiar, que la Directiva me abrazó con efusión al concluir; las señoras, al marcharse, me dirigían miradas de curiosidad, y que sudé como un caballo de carrera y me bebí una cantidad prodigiosa de agua azucarada. Al salir a los corredores me tropecé de frente con el _Naranjero_, de quien ya no me acordaba más que de la muerte; bien es cierto que el _Naranjero_ y la muerte eran para mí términos idénticos. Me parece que los colores que el calor y los aplausos habían puesto en mis mejillas debieron de bajar mucho de repente. Sin embargo, fue por poco tiempo. Juan Ruiz vino a mí con el semblante risueño y me dio un cordial apretón de manos. Comprendí que se sentía muy honrado con la amistad de un hombre tan eminente y lleno de gratitud por mi galante invitación. Respiré con un placer como no volví a respirar en mi vida, y le invité a beber con mis amigos Villa, Olóriz y Eduardito un _chato_ en casa de Juanito, allí cerca.

Noche feliz fue aquella para mí. Sólo otra podía comparársele: la primera en que pelé la pava con Gloria. Después de estar un rato en casa de Juanito, tomando un tentempié, nos fuimos a casa. El _Naranjero_ nos acompañó, y al dejarme a la puerta se me ofreció por amigo, con un calor y efusión que me conmovieron; verdad es que estaba yo muy predispuesto en aquel instante a las emociones tiernas. Aprovechando la ocasión en que los demás hablaban entre sí, me dijo en voz baja:

--Don Seferino, si alguna vez le hase farta un hombre..., ya sabe usté..., ¡un hombre!..., cuente usté conmigo.

Aunque había cierta vaguedad en él, acaso por esto mismo me hizo profunda impresión el ofrecimiento. Eso de necesitar un hombre ¡era tan enérgico!

Dormí aquella noche bastante agitado. La felicidad también produce insomnio. No faltaba para completar la mía sino que Gloria hubiese asistido a mi triunfo. Pero me consolaba la idea de que los periódicos darían cuenta de él, y aun lo abultarían, como suelen, proponiéndome llevarle recortados los sueltos o los artículos, si a tanto llegaban. Matildita, llorando de emoción, me pidió permiso para darme un abrazo, el cual le otorgué generosamente. Tuvo que subirse a una silla para hacerlo. La verdad es que, a pesar de su petulancia, que nada tenía de ofensiva, era una buena chica la hija de mi huéspeda. Llegó a decirme, en el calor de su entusiasmo, que se le figuraba que era yo mejor poeta que Pepe Ruiz, el autor de _Hojas del árbol caídas--juguete del viento son_. En su boca era mejor elogio que si me hubiera colocado por encima de Homero.

Pero, como «la roca Tarpeya está muy cerca del Capitolio», como dice, un número sí y otro no, cierto periódico de mi pueblo titulado _El Centinela del Bollo_, estaba de Dios que no había de gozar muchas horas de la dicha con que amor y _gloria_ me inundaban. Compré todos los periódicos de la mañana, y en la mayor parte se daba cuenta de mi lectura con frases muy laudatorias, aunque no tanto como yo hubiera apetecido. Un poeta, en materia de elogios, jamás dice en su fuero interno: «Basta.» Pero, en fin, esto era natural que sucediese, y no fue lo que turbó mi felicidad. Recorté los sueltos más calurosos y los guardé en un sobre para dárselos a Gloria aquella noche. ¡Qué ajeno estaba, cuando los metía en el bolsillo, de lo que iba a suceder! Durante el almuerzo, la conversación, claro está, versó sobre la velada. Eduardito y Olóriz daban pormenores a otros huéspedes recientes, que, enterados ya por los periódicos, me miraban con una curiosidad y respeto que contribuían a inflarme.

Antes de concluir, Matildita vino a decirme al oído:

--Don Seferino, hay ahí una mujer que pregunta por usté con mucha prisa.

Preguntele si la conocía, y me dijo que se le figuraba que era la misma que alguna que otra vez me traía recaditos. «Paca», dije para mí, y salí del comedor apresuradamente. En efecto, hallé en el patio a la cigarrera, quien avanzó precipitadamente a mi encuentro, con la fisonomía pálida y descompuesta, diciendo:

--¡Señorito, se la yevan!

--¿Se la llevan? ¿A quién?

--¿A quién ha de ser? ¡A mi señorita!

Quedé clavado al suelo.

--¿Adonde?--pregunté con un vago terror de algo extraordinario, maravilloso, que la palidez de Paca me infundía.

--No sé..., al convento me parese.

Mi terror disminuyó al saber el caso concreto, y recobré la acción. Nada nos deja tan paralizados como el miedo de lo que se ignora.

--¿Y cuándo se la llevan?

--Ahora mismito. Hase poco fui a casa, como otras veses, y no vi a la señorita. Me dijeron que estaba malita; pero yo, que guipo de lejos, no lo creí. «¡Aquí hay gato enserrao!», me dihe. La casa andaba un poco revuelta, y oí voses en el piso de arriba; pongo la oreja, y oigo gritar a la señorita Gloria, isiendo: «¡No voy, no voy así me hagan ustedes peasos!» «Sierto son los toro», me dihe. Veo entrar a don Manuel, el teneor de libros de la fábrica de la señora; luego salí..., ¡vamo, que no quise ver más! Y salí escapá a contárselo a su mersé.

Me lancé a mi cuarto sin responderle, me puse el sombrero, cogí el revólver y lo metí en el bolsillo, y salí a la calle, resuelto a impedir el rapto de Gloria, aunque no sabía por qué medio. Noté que Paca corría detrás de mí. En un instante alcancé la calle de Argote de Molina. Al divisar la casa de Gloria vi que un coche, parado delante de ella, arrancaba hacia abajo, y que don Oscar, a la puerta, gesticulaba violentamente haciendo señas al cochero. No me cupo duda alguna de que dentro del coche iba Gloria prisionera.

Lanceme a toda carrera de mis piernas en su seguimiento. Al pasar por delante, enseñé con rabia los puños, sin detenerme, al perverso enano, que aún seguía a la puerta, como guardián misterioso de algún cuento de _Las mil y una noches_. Como las calles son tan estrechas, los carruajes no pueden correr en Sevilla, so pena de atropellar a los transeúntes.

Gracias a esto pude alcanzar pronto al que conducía a mi novia, y aun lo hubiera pasado si me lo propusiera. Pero no me convenía. Mientras caminaba, mi cerebro reflexionaba acerca de aquel lance y combinaba el plan de ataque único a la sazón factible. Pensé en coger las riendas al caballo y detenerlo. Pero sobre ser esto un poco aventurado, porque el cochero podía arrear y volcarme, se adelantaba poco en ello. Sin poder ofrecer las pruebas, no era fácil que hiciese creer a la gente que llevaban a una joven secuestrada. Imaginé que sería mejor esperar a que se detuviese a la puerta del convento y, al tiempo de apearse, impedir la entrada en él y dar un escándalo, reunir gente en torno de nosotros y llamar la atención de la Policía.

Así que el coche salió de la calle de Alemanes, como hay mayor espacio, se puso al galope y le vi alejarse con dolor. Pero no me desanimé. Emprendí otra vez la carrera furiosa, y cuando entró en la calle de la Borceguinería tuvo que acortar el paso y le alcancé.

Seguile de cerca, y al entrar en la calle de San José me adelanté y fui a situarme delante del convento. No tardó en llegar y pararse. Observé que un individuo que estaba en el portal del colegio tiró de la campanilla y que la puerta se abrió instantáneamente. Del carruaje salió un hombre que no conocí y cogió por las manos a mi Gloria, que vi claramente hacía esfuerzos por desasirse. De dentro la empujaron, y saltó también a la calle, y detrás de ella, don Manuel, el tenedor de libros. No faltaba más que un paso para meterla en el portal. Pero aquel paso no pudieron darlo.

Con el coraje que cualquiera puede suponer me lancé a ellos, diciendo en voz alta, casi a gritos:

--¡Alto! ¿Adonde llevan ustedes a esa señorita?

--¡Seferino, sálvame!--gritó Gloria, tratando de acercarse a mí y siendo retenida fuertemente de un brazo por don Manuel.

--¿Y a usted qué le importa?--dijo éste con mirada y actitud agresivas, pero en voz baja.

--Me importa mucho--repliqué en tono más alto aún--. Ustedes llevan a esta joven secuestrada. Ustedes son unos secuestradores. Suelten ustedes a esa joven, tunantes.

Algunos transeúntes ya habían acudido al escuchar mis voces.

--Vamos, apártese usted--me dijo el hombre desconocido, tratando de echarse sobre mí.

Pero di un paso atrás y, sacando el revólver, grité:

--¡No pasarán ustedes, canallas, miserables! Suelten a esa joven que llevan secuestrada...

En un instante se llenó aquello de gente. Mis gritos eran horrendos. Deseaba que el escándalo fuese gordo y viniese la Policía cuanto más pronto.

--Suelten ustedes a esa joven, secuestradores--proseguía yo, agitando el revólver--. Para que ustedes la encierren en la prisión, tendrán que pasar sobre mi cadáver.

--No grite usted tanto, buen hombre--dijo el tenedor con rabioso acento.

--¡Ah! ¿No quieren ustedes que se sepa?--exclamé con voz campanuda de cómico de la lengua--. ¡Pues yo sí! Quiero desenmascarar a los canallas. No estamos ya en los tiempos en que se emparedaba a la gente. La Inquisición se ha suprimido en España hace mucho tiempo.

Este recuerdo oportunísimo me captó la simpatía de la gente. Tanto, que cuando el acompañante desconocido del tenedor se arrojó sobre mí de improviso y me sujetó la mano con que empuñaba el revólver, un hombre del pueblo le sujetó a la vez, diciendo:

--¡Aquí no se hacen canalladas! Deje usted que vengan los guardias.

Y hubo un murmullo de aprobación en el corro.

Gloria se había desprendido de las manos de don Manuel y había corrido a ponerse a mi lado. Cualquiera otra se hubiera desmayado ante aquella escena; pero ella no estaba de ese humor. Agitada, furiosa, dijo en voz alta:

--¡Dame el revólver, yo le mato!

Esta frase tuvo un gran éxito. El coro la acogió con risas y muestras de aprobación. Uno exclamó:

--¡Olé por la niña de sangre!

En esto llegó, desalada, Paca, se abrió paso por entre el círculo de curiosos y, dándose por enterada instantáneamente de lo acaecido, comenzó a decir a grito herido:

--¡Eso! ¡Eso! Estos desalmados quieren enchiquerar a la pobresita de mi niña. La culpa no la tienen ellos, sino el fenómeno que está allá en la casa, que tiene pato con el demonio. ¿No hay justisia en Seviya? ¿Pa cuándo se deha la horca? Por unos cuantos reales, esos arrastraos hasen de verdugos.

--¡Señora, mire usted lo que dice!--exclamó, ya descompuesto, el tenedor--. Nosotros traemos a esta joven por orden de su madre.

Un guardia se presentó en aquel momento. Todos nos dirigimos a él explicándole el suceso, de modo que, como todos hablábamos a un tiempo, imposible era que se hiciese cargo de él. Sin embargo, Paca, a fuerza de chillidos, logró dejarse oír. El guardia no quiso dar la razón a nadie y nos ordenó que fuésemos a la Inspección con él, y así lo hicimos, seguidos de un buen golpe de gente. Mientras caminábamos, Paca iba explicando el caso a la muchedumbre. Contaba la historia en estilo pintoresco, y consiguió poner de nuestra parte a todos los curiosos.

--La quieren emparedá pa comerse la guita, ¿sabéi ustedes? Mi señorita es rica, y un enano que asota toas las noches a un Cristo, ¡yo lo he visto con estos oho!, se quiere engullí los millones que le ha dejado mi señorito. A la fuersa la quiere meté monha ese perro; pero ella no quiere, ¿sabéi ustedes? Le guta ese señorito, porque es un buen moso y tiene buen aquel..., ¡porque sí, vamo!, y se casará con él, ¡vaya si se casará!, y le dará al roío enano pol tal. ¡Que no vaya a la gloria si yo mesma no le ayudo!...

Yo iba bastante avergonzado, y Gloria mucho más, como puede suponerse. Pero mi plan hasta entonces se desenvolvía con buen éxito, y esto compensaba hasta cierto punto aquella molestia. Por fortuna, llegamos pronto a la Inspección. Allí expuse con firmeza mi querella, apoyada por Gloria, y reclamé la intervención del juez. Al mismo tiempo mandé un recado al conde del Padul por medio de Paca. El juez, a quien se avisó, tuvo la atención de venir por tratarse de una señorita, y delante de él volvimos, como ante el inspector, a exponer nuestro litigio. El tenedor de libros también reclamó. Yo pedí, desde luego, el depósito de Gloria en lugar adecuado, y el juez lo decretó inmediatamente. Como nos hallásemos deliberando sobre esto, presentáronse Isabel y la tía Etelvina, y sin más dilaciones cogieron a Gloria y la hicieron montar en un coche con ellas, llevándola a casa. El conde no había podido venir a causa de su indisposición. En casa de él, como pariente y persona caracterizada, quedó, pues, depositada mi animosa Gloria.

XV

TROPIEZO DE NUEVO CON EL MALAGUEÑO

El escándalo fue grave y tuvo en Sevilla, con ser gran población, mucha resonancia. Los periódicos se apoderaron de él e hicieron comentarios nada halagüeños para la familia de Gloria. El conde dirigió una carta a su prima, donde cortés, pero enérgicamente, le manifestó que su sobrina no saldría de su casa sino para el altar, y aconsejándole que desistiera, por el buen nombre de ella y de la familia, de querer forzar la voluntad de la joven. No sé si a influjo de esta carta o por temor o vergüenza, doña Tula no dio un paso para reclamar a su hija. El odioso enano, su director, tampoco.

Comenzaron para mí días venturosos. El palacio de Padul se me abría a todas horas y siempre hallaba en él grato recibimiento. Se me consideraba ya como de la familia. Por las tardes, después de almorzar, me iba allá, y sentado o montado en una silla (que a tanto llegaba mi confianza), las veía coser o bordar y bromeábamos con alegría. Gloria, que se había puesto de un humor delicioso y hasta creo que engordó en pocos días, gozaba en hacer jugarretas a todo el mundo, pero muy particularmente a mí. La casa, un poco sombría por el abandono del conde, el humor tétrico de la tía Etelvina y el carácter débil de Isabel, había cambiado notablemente de aspecto. Estaba ahora riente, sonora, gozosa, merced al ambiente de franqueza y alegría que mi adorada esparcía en torno suyo. El conde paraba más tiempo en casa. La tía Etelvina, que acostumbraba pasar el día encerrada en su habitación, buscaba ahora la compañía de las jóvenes, y a menudo su rostro de piedra se contraía con una sonrisa al escuchar las salidas de la huéspeda. Hasta los criados servían con más agrado y eran más locuaces.

No dejaba de sorprenderme, sin embargo, aquella alegría y aturdimiento de Gloria. Parecíame que después de las tristes ocurrencias pasadas, en guerra abierta con su madre, con las miradas de la población fijas en ella, debía mostrar más reserva y circunspección. Asaltábanme tristes sospechas respecto a su carácter, y, reconociendo su irresistible atractivo, acusábala interiormente de frívola y ligera. Estas dudas me atormentaban, porque, al fin, pretendía hacerla mi esposa. Toda mi felicidad podía venir a tierra si a mi esposa le faltaba un poco de aplomo en el cerebro. «¿Será una mujer casquivana?», me preguntaba con miedo. Y cada vez la observaba con más atención, interpretaba escrupulosamente sus menores actos y palabras y me perdía en un mar de cavilaciones. Al cabo no pude menos de desahogarme. Un día le dije:

--¿Sabes que me sorprende que estés tan alegre estos días?

--¿Pues?--me preguntó, fijando en mí sus grandes ojos aterciopelados.

--Porque... yo presumía--aquí comencé a vacilar y turbarme--que después de una escena tan desagradable como aquella..., teniendo que reñir con tu mamá..., ibas a estar abatida, melancólica...

--¡Melancólica! ¿Por qué?... Lo estaría si me hubieran enchiquerado allá en el colegio... ¡Pero ahora! ¡Anda, hijo; pues si estoy como el pez en el agua! ¿No te veo todos los días? ¿No me dices que me quieres? ¿No vamos a casarnos?

--Bien...; pero creí que sentirías a tu madre.

--A mamá la quiero mucho; pero a ti te quiero retemuchísimo más... No te des tono, porque yo siempre he tenío muy mal gusto. Mi primera pasión fue un perro ratonero.

La verdad es que quien menos debía recriminar a Gloria por su alegría era yo. Sólo por una de esas aberraciones con que el sistema nervioso, excitado, nos atormenta, podía hallar mal una conducta que era el testimonio más convincente del entrañable amor que me profesaba.

Cambié de conversación; pero al poco rato, acometida, sin duda, de una sospecha, me dijo:

--Oye: ¿por qué te extraña que esté contenta?

--Por nada--respondí, sonriendo, con un poco de vergüenza.

--¡Ya!... Tú querías que hiciese un poco la comedia, ¿verdad? Que soltase algunas lagrimillas y me riese por dentro. Pues, hijo, si la quieres así, busca otra... Yo no sé llorar sin gana...

Procuré disuadirla, riendo, de su fundada sospecha, y loé de corazón su franqueza. ¿Cómo pude hallar censurable aquella naturaleza espontánea, sincera, rebosante de pasión y de alegría?