La hermana San Sulpicio

Chapter 25

Chapter 254,067 wordsPublic domain

A nuestro lado, en los demás cenadores, se oían también los sones de la guitarra, el choque de las copas y los jipíos de los cantaores y cantaoras, entreverados de blasfemias y frases obscenas. La novia del Saleri cantó, acompañada por Primo, un jaleo o canto gitano, que tampoco fue de mi gusto. El conde permanecía grave, silencioso, apurando con sosiego las cañas que le vertían, respondiendo a las preguntas con exquisita cortesía, cual si se hallase en una recepción palaciega. Su actitud, correcta, contrastaba con los modales descompuestos, rufianescos, de los amigos. Sólo el inglés se mantenía también tranquilo y serio. De cuando en cuando, sin que se alterase poco ni mucho la expresión fría de su rostro, gritaba en español chapurrado alguna frase asquerosa que hacía retorcerse de risa a las chicas.

--¡Qué grasia tiene er chavó! ¡Maldita sea su estampa!--exclamaba la _Carbonera_, que gozaba realmente con la excentricidad del inglés.

Entre dos de los barbianes había surgido una disputa acerca de los muruves (¡vuelta a los muruves!), y estaban a punto de venir a las manos. Los demás no les hacían caso. Yo hablaba con la ex novia del Saleri, aquella morena regordetilla, que era la única que no me disgustaba enteramente. Pero ignorando en absoluto el lenguaje que se usa con esta clase de mujeres, nuestra conversación languidecía. La entretenía con preguntas acerca de Málaga, a las cuales ella contestaba con marcada indiferencia, mirándome alguna vez con curiosidad, como diciendo para sí: «¿Quién será este desaborío?»

Me esforzaba en aparecer alegre y jacarandoso como los demás, y, sobre todo, en disimular el acento de mi país, adoptando otro, si no andaluz, castellano puro, al menos. No lo conseguía. Cada vez me iba poniendo más serio y hacía preguntas más insustanciales.

La _Serrana_ me dijo de pronto:

--¿Tú eres gallego?

--No; soy de Salamanca--respondí, negando a mi tierra, como San Pedro negó a su Maestro.

--Pues se me figuraba...

Habiéndole tocado el asunto de su infancia, la ex novia del Saleri se animó un poco. Comenzó a recordar a Granada con enternecimiento, asegurando que allí se divertía la gente mucho más que en Sevilla. No dijo en qué. Traía a la memoria algunos episodios bastante ñoños de su niñez, que yo escuchaba con aparente atención, respirando, al fin, libremente, al verla distraída.

Dos de los barbianes habían ido al cenador inmediato y habían vuelto trayendo dos mujeres, que se fueron tan pronto como bebieron algunas cañas y dijeron algunas desvergüenzas. El _Naranjero_, cada vez más alegre, respondía a las insolencias con otras mucho mayores, gozando en aquellos dimes y diretes, donde tanto padecía la decencia. El inglés, grave y tieso, vino a sentarse sobre las rodillas de Concha la _Carbonera_, que le recibió a pellizcos, desternillándose de risa.

--Mi dar a ti un beso antropófago, ¿no quieres?

--¿Un beso como en tu tierra?

--Más allá.

--Bueno, venga--respondió la pobre, sin imaginar lo que pedía.

El inglés se inclinó y le dio un mordisco feroz en el carrillo. La chica lanzó un grito penetrante. Al separarse se vieron los dientes bien señalados en sus mejillas. Concha agarró una caña y la tiró a la cabeza del bárbaro, sin lograr acertarle. Pero su tío, indignado, comenzó a echar bravatas y sacó una navaja. Afortunadamente, se detuvo lo bastante para que pudiéramos intervenir y sujetarle. Imaginé que no tenía voluntad muy decidida de sacarle las tripas al inglés, aunque bien lo repetía.

Todo volvió a quedar tranquilo. La pobre _Carbonera_ lloraba en un rincón, poniéndose el pañuelo sobre la parte dolorida. Estaba de Dios que aquella tarde la habían de perseguir.

Empezaba a sentirme mareado. La lengua me había engordado sensiblemente. Noté que algo de lo que decía excitaba la risa de mi amiga la _Serrana_, quien me ofrecía a cada instante cañas y más cañas. Animado con sus carcajadas, me figuré que había logrado, al fin, dar con el secreto de la gracia andaluza, y, por lo visto, comencé a desbarrar de un modo lamentable. Una de las veces que Matilde me ofrecía una caña, le dijo no sé quién:

--¡Ojo, chiquiya, que eso es un bolo! (Una caña llena.)

La _Serrana_ le hizo un guiño, que pude ver.

--Vamos, tú lo que quieres es emborracharme, ¿eh?--le dije con sonrisa protectora--. ¡Qué chasco te llevas, hija! A mí no ha conseguido emborracharme nadie jamás. Prepara el Guadalquivir de manzanilla si deseas verme ajumado.

--Matilde, deja a ese maleta... ¡Si es un gallego!--dijo a la sazón la tía pescueza de las manos amorcilladas, que no me perdonaba el mostrarme insensible a sus enormes glándulas.

--¿Yo gallego, so z...?--bramé furioso--. Ni soy gallego ni he estado en mi vida en Galicia.

Por segunda vez, como San Pedro, negué a mi tierra, y casi en los mismos términos.

Estaba muy locuaz. Les conté todos los chascarrillos que sabía y les recité una tirada de versos de mi cosecha. La ex novia del Saleri me preguntó si era escribano.

--Escritor querrás decir, prenda.

--Bueno, es igual.

--¿Igual? ¡Anda, anda!

Y con mucha formalidad me puse a explicarle la diferencia. Debí de estar muy pesado, porque concluyeron por dejarme solo. El _Naranjero_, que no cesaba de bromear con todo el mundo, se acercó a mí y me dijo:

--Joven, ¿qué debe hasé er que se casa?... Aprovecharse, ¿verdá uté?

No comprendo por qué aquella inocente broma me pareció un insulto terrible.

--Aprovecharse, ¿eh?--respondí rechinando los dientes--. Me parece a mí que aquí hay muchos aprovechados que se van a encontrar con la horma de su zapato.

No debió de entender lo que quería decir, porque siguió, con sonrisa plácida, preguntando lo mismo a todos.

El _Naranjero_ era hombre de unos cuarenta y cinco años, de piel morena y curtida, cabellos cerdosos y grises, ojos negros extremadamente vivos, más bien bajo que alto y vestía, como el guitarrista Primo, la chaquetilla clásica, la faja y el hongo flexible. Sin saber por qué, quizá por su presunción de gracioso, me fue antipático desde el principio.

Ahora, después de la injuria que me había hecho (así lo creía yo), concebí por él un odio mortal, y deseaba vivamente armarle camorra. Desde el rincón donde me hallaba sentado arrojábale miradas furibundas, que él estaba lejos de advertir. Sin embargo, al cabo de un momento observé que la _Serrana_ y Lola, formando grupo con él y otros dos barbianes, miraban hacia mí sonrientes. El _Naranjero_ se destacó del grupo, vino con sonrisa burlona, y llevándose la mano al sombrero, con afectado respeto, me preguntó:

--Mi amo, ¿e su mersé gallego?

Una ola de indignación me invadió la cabeza. Me levanté furioso, y tratando de arremeterle, le escupí a la cara más que le dije:

--El gallego lo será usted, ¡tío granuja indecente!

Por tercera vez negué a mi tierra. El gallo no cantó, pero sucedió una cosa peor.

El _Naranjero_ dijo con tranquilidad amenazadora y poniéndome una mano en el pecho:

--Arto, señorito, no se descomponga usté, que no va haber quien le arregle.

--¡A usted es a quien voy yo a arreglar, canalla!--grité con incomprensible rabia.

Y diciendo y haciendo, le largué una bofetada.

¡Caso extraño! Todos los que allí había, en vez de dirigirse a mí, se lanzaron hacia él y le sujetaron. Observelos pálidos y con señales de terror en el rostro. La niebla que tenía en la cabeza se me disipó. Vagamente comencé a entender que había hecho algo más grave de lo que a primera vista parecía. No sabía dónde estaba esta gravedad, pero la adivinaba. Mi enemigo, agarrado por todas las manos, me dirigió una mirada centelleante de cólera. Luego la cambió por otra irónica, y dijo con aparente sosiego:

--Vamo, señore, suerten ustedes, que no ha pasao na... Bofetá más o menos, ¡qué importa!

Le soltaron, pero sin dejar de observarle con inquietud. Apareció completamente tranquilo. Se puso el sombrero, que se le había caído, bebió una caña de manzanilla, y acto continuo se despidió, sonriendo, de sus amigos:

--A la paz de Dios, señores. De aquí a luego.

Así que salió reinó un silencio embarazoso. Los semblantes expresaban mal humor e inquietud, incluso el del conde, quien me dirigió una mirada fría de curiosidad donde creí advertir también cierta conmiseración burlona.

--¿Qué les parece de mi amigo Sanjurjo?--preguntó después a los barbianes con cierta sorna--. ¿Verdad que no tiene el vino bueno?

--¡Pchs! No ha estao mal--respondió uno, con la misma entonación de zumba, y sin mirarme.

Observé que los barbianes cambiaron entre sí rápidas miradas burlonas, que me hicieron malísimo efecto.

La tía pescueza, que aún persistía en su conquista, vino a mí con una caña en la mano, y me dijo en voz baja:

--Así me gustan los hombres. Perdona, hijo, si te he llamao gallego.

Me encogí de hombros con indiferencia superior, y le volví la espalda. Fui a sentarme al lado de Primo. Pasado el primer momento de malestar, todo volvió a su ser. Las cabezas, harto calientes ya por el alcohol, después de aquel fugaz enfriamiento, se pusieron más fogosas. Vino el período de las canciones báquicas, desacordadas; las frases obscenas menudearon entre ellos y ellas. Un barbián salió a bailar el tango con Matilde la _Serrana_, mientras Concha les batía las palmas y cantaba con voz opaca de prostituta.

--¿Quién es ese tío a quien di la bofetada?--pregunté en voz baja y confidencial a Primo.

--¿No lo conose usté?--dijo, mirándome con sorpresa--. ¿No conose usté a Juan Ruiz?... ¡Ya me lo paresía!

Me explicó que aquel Juan Ruiz, apodado el _Naranjero_, era un antiguo y célebre bandido de la provincia de Córdoba, que, por varios años, había traído en jaque a la Guardia Civil y había dado muerte a varios de sus individuos.

Voy a confesar que, al oír esta noticia, sentí cierto cosquilleo por la parte de adentro, cuya sensación era semejante a si se me desprendiese de su sitio alguna entraña interesante, aunque sin dolor. Los cortos residuos de niebla que la manzanilla podía haber dejado en mi cerebro se evaporaron de súbito. En mi vida me sentí más despejado.

Sin que yo se lo preguntase, Primo me enteró del carácter e historia de aquel dulce personaje. Había robado unos gallos cuando tenía dieciocho años. Le echó mano la Policía. Se fugó a la sierra. Comenzó a merodear, asaltando a los pastores y a los viajeros, pero nunca les exigía más que lo indispensable para vivir. Mató a un guardia. Ya no pudo presentarse, porque le costaba la cabeza. Luego hirió a otro, luego a otro, y siguió viviendo del robo, aunque «sin hasé daño a denguno». Era un bandido generoso. Algunas veces se presentaba de noche a los propietarios y les pedía un duro para comer. Si querían darle más, lo rechazaba, diciendo que no lo necesitaba por entonces. La razón de encontrarse allí pacíficamente y no haber muerto en el patíbulo era haberse puesto al frente de una partida liberal poco antes de la revolución del 68. Cuando ésta estalló, le indultaron, gracias a las influencias de algunos magnates que le protegían. Era un hombre, al decir de Primo, «mu guasón y mu corriente», un hombre de bien, pero de muy mala sangre.

Aunque todo aquello me lo decía en voz baja, me sonaban sus palabras en los oídos como si las profiriese con bocina. Sin embargo, no quise dar el brazo a torcer, y escuché la historia con una indiferencia que, ¡ay!, estaba muy lejos de sentir. Hasta tuve fuerzas para formar una sonrisa y decir:

--¿Cree usted que me matará?

Primo se rascó la oreja, rasgueó distraídamente la guitarra después, y, por último, dijo mirándome francamente a la cara:

--Yo que usté, cabayero, tomaría el olivo en er primer tren de la mañana.

--¡Pchs!--silbé yo, alzando los brazos con desdén.

El guitarrista me dirigió una mirada donde creí ver mezcladas la lástima y la admiración.

La animación, en tanto, iba creciendo entre los barbianes. Llegó el período de las salvajadas. Uno de ellos se puso sobre la mesa a perorar, y los demás, para aplaudirle, le arrojaban jerez y manzanilla a la cara. Otro se empeñó en levantar con los dientes a un compañero que la borrachera había tendido en el suelo, y no lo consiguió; pero le rasgó la chaqueta. Otro quiso que la tía pescueza nos enseñase algo que debe ocultarse, y entre los dos se trabó una lucha y rodaron por el suelo.

El conde permanecía grave, silencioso, apurando, una tras otra, las copas de jerez. Pero su mirada ya no era la misma, opaca y distraída, del hombre hastiado. Brillaban ahora sus pupilas con un fuego feroz y maligno que imponía temor. Sus labios estaban contraídos siempre con una sonrisa despreciativa.

Sin hablar ni moverse, parecía otro hombre distinto.

El inglés se había despojado de la americana y el chaleco y, remangándose la camisa, enseñaba los bíceps de sus brazos, que eran en verdad poderosos, entreteniéndose en dar sobre ellos con las botellas vacías hasta partirlas. Se había hecho sangre una vez, pero continuaba sin hacer caso. Luego pidió al mozo que le trajese una botella de ron y un vaso grande. Llenolo hasta los bordes de este licor, y lentamente, sin hacer el menor gesto ni pestañear siquiera, lo bebió todo. Luego colocolo sobre la mesa frente al conde, y dijo gravemente:

--Usté no haser esto.

Pasó por los ojos del magnate calavera una chispa de furor. Supo reponerse, no obstante, y vertiendo en el vaso el resto de la botella, mandó tranquilamente al mozo traer pimienta. Echó un puñado de ella; echó luego ceniza de su cigarro, que tenía amontonada delante de sí, y sin decir palabra, con la misma sonrisa despreciativa, apuró el vaso, y no contento con esto, lo rompió con los dientes. Vimos sus labios manchados de sangre. La reunión acogió con olés y gritos de triunfo esta prueba de gran estómago, en que, al parecer, se hallaba interesada la honra nacional.

Estaba oscureciendo. Dentro del cenador la luz era ya muy escasa. Como mi cabeza no estaba al unísono con las demás, porque, según he dicho, el paso con el _Naranjero_ había tenido la virtud de despejármela, las grotescas y bárbaras escenas que presenciaba me infundían profundo malestar. Deseaba irme; pero, como cualquiera comprenderá, no se me pasó siquiera por la imaginación el hacerlo. Nuestros vecinos de los demás cenadores debían de haber alcanzado el mismo grado feliz de temperatura. No se oían más que gritos descompasados, campanilleo de copas, carcajadas groseras y blasfemias.

El conde no se había dado por satisfecho con la victoria alcanzada sobre el inglés. Mientras seguía paladeando, con aparente sosiego, las cañas que le ofrecían, no dejaba de comérselo con los ojos, embargado por una rabia sorda que no tardó en estallar. Sus ojos, que eran lo único móvil en su fisonomía impasible, brillaban cada vez más feroces, semejando los de un loco cuando le han puesto la camisa de fuerza.

El inglés seguía haciendo alardes de fuerza, completamente ebrio y causando bastante molestia a los demás, que no tenían una borrachera tan brutal.

--Usted es muy valiente, ¿verdad?--le dijo el conde, sin dejar de sonreír con desdén.

--Más que usted--respondió el inglés.

Don Jenaro fue a lanzarse sobre él, pero le sujetaron. Calmándose de pronto, dijo:

--Ya que es usted tan bravo, ¿a qué no pone la mano sobre la mesa?

--¿Para qué?

--Para clavársela con la mía.

El inglés, sin vacilar, extendió su grande y membruda mano. El conde sacó del bolsillo un puñalito damasquinado, y puso la suya, fina, de caballero, sobre la del inglés. Y, sin vacilar, con arranque feroz, alzó el puñal con la otra y clavó de un golpe ambas sobre la mesa.

Las mujeres lanzaron un grito de terror. Los hombres nos precipitamos a socorrerlos. Algunos salieron en busca de auxilio. En un instante llenose nuestro cenador de gente. De las heridas brotaban abundantes chorros de sangre, que manchaban los pañuelos que les aplicábamos. Un médico, que por casualidad había entre los circunstantes, les hizo la primera cura provisional con los pocos elementos de que pudo disponer. El conde sonreía mientras le curaban. El inglés se había abatido como un buey, vomitando. No tardó aquél en hacer lo mismo. A ambos se les subió a los cuartos que el establecimiento tiene, y se los acostó. Todo el mundo se dispersó, comentando la barbarie del acto.

Pero el horror que me había producido aquella escena no bastó para curarme del que sentía ante la que se preparaba para mí, cien veces más cruenta. Porque si tanta sangre salía de las manos atravesadas por un estrecho puñalito, ¿qué cantidad no saldría del boquete abierto en mi estómago por una faca de siete muelles o por una _lengua de vaca_? ¡Cielos, una lengua de vaca! Se me erizaba hasta el vello de la nuca. Viendo a todo el mundo montar en los carruajes y partir, se me ocurrió que era necesario, a todo trance, buscar vehículo para trasladarme a Sevilla, porque pensar en que iba a hacer el viaje a pie a aquellas horas era un delirio. Miré con ansia a todas partes, a ver si tropezaba con alguno de los barbianes del cenador. No hallé ninguno. Se habían evaporado no sé por dónde. Me entró un gran abatimiento, y pensé en pedir a cualquier desconocido un puesto en su carruaje, pues no había ninguno por alquilar, cuando se acercó a mí la tía pescueza, que tanto había desdeñado.

--¿Te vienes con nosotras? Matilde y yo traemos una berlina; pero cabemos los tres si te avienes a ir en la bigotera.

Vi el cielo abierto. Con tanto júbilo acepté, que la prójima me miró con curiosidad. Me puse colorado, pensando en que había adivinado mi congoja. Fui con ellas, y creo que estuve todo el camino amabilísimo.

¡Qué no se hace por conservar íntegra esta preciosa piel que nos envuelve!

XIV

PRINCIPIO A SER UN HÉROE DE NOVELA

Me dejaron a la puerta de mi casa. Quise pagar al cochero, pero ellas lo impidieron, y no insistí. Prometiles ir más tarde al café de Silverio, engolosinándolas con empalmar la juerga a mis expensas. Por supuesto, que lo hice. ¡Buena gana tenía de gastarme las pesetas neciamente!

Era ya noche cerrada, pero no habían sonado las nueve. Fui a mi cuarto, y para esperar la hora de la cita con Gloria, me tendí un poco sobre la cama a reposar, que harto lo necesitaba. Ello es que eché un sueño, y cuando me desperté sobresaltado y miré el reloj eran más de las nueve y media. Me puse el sombrero y salí corriendo; pero cuando puse el pie en la calle y se me ofreció repentinamente a la imaginación la bofetada del _Naranjero_ y el peligro que corría, volvime y a toda prisa cambié de traje y de sombrero. Después, caminando con grandes precauciones, mirando a todos lados y procurando ir siempre pegado a algún transeúnte, me dirigí a casa de mi novia. Eran cerca de las diez cuando llegué. La ventana estaba ya cerrada, mas al aproximarme a ella se abrió con estrépito y apareció Gloria con semblante hosco.

--¡Hijo, me has dao el rato! Creí que ya hasías rabona.

Procuré desenojarla, explicándole cómo había ido a ver a su tío Jenaro, en cumplimiento de lo acordado, y lo que con él me había sucedido, aunque ocultándole el incidente del _Naranjero_. No había para qué inquietarla. Habíamos llegado tarde porque el asunto de las manos atravesadas nos había retenido mucho tiempo. El relato de esto último le causó sensación, aunque menos de lo que yo pensaba. Hasta no tardó en envanecerse.

--Qué sangre tiene mi tío, ¿verdá, tú?

Compartí su admiración, aunque en el fondo me reservé el derecho de juzgar al conde como merecía. Contome otras cuantas atrocidades de él en este género, que no hicieron más que confirmar mi opinión. Al ver cómo le gustaba la gente cruda, estuve tentando a darle cuenta de mi hazaña; pero me detuve, considerando que podía traslucir el miedo que ahora sentía. Porque demasiado a menudo volvía la cabeza, explorando de un lado y de otro de la calle. Siempre veía aparecer al terrible Juan Ruiz ¡con la horrenda _lengua de vaca_!

También me distraía, a lo mejor, no diciendo cosa con cosa.

--¡Niño, tú parese que estás ajumao!... Y sí que lo estarás: ¡echas una peste a bebía! ¡Puf, quita allá, gorrino!

No me dejó acercar la cara a la reja.

Antes de irme le hice presente cómo al otro día me era imposible pelar la pava, a causa de la velada poética que daba en el Casino Español. Estuvimos a punto de reñir, no por la supresión de la pava, sino porque, al saber que asistirían señoras, se le antojó que se iban a enamorar todas de mí. La sospecha no era verosímil. Le expuse, razonablemente, que mi figura, por esto y lo otro, no merecía tanto honor. Sin embargo, debí de estar blando en la argumentación, porque ella insistía cada vez con más fuerza, y por un momento creí ser derrotado. Entonces capitulé. Le dije que, aun suponiendo, lo cual no era probable, que las señoritas que allí asistieran se enamoraran de mí, nada malo podía redundar para ella, puesto que yo estaba ya perdidamente enamorado, y en mi corazón no cabía otro amor. Todavía se defendió, pero en retirada, negando mi cariño, para verme afirmarlo cada vez con más brío. ¡Si ella pudiese ir! ¡Qué feliz sería asistiendo a mi triunfo! Pero no había que pensar en ello siquiera. Persistía en creer que nuestros asuntos marchaban mal, que era necesaria, de todo punto, la intervención del tío Jenaro porque tenía la seguridad de que su madre no consentiría buenamente en nuestro casamiento.

--Por supuesto--exclamó--, es igual que quiera o no quiera... Yo me caso contigo así tenga que escaparme por la alcantarilla.

Vi sus hermosos ojos brillar con una expresión de orgullo y bravura que me conmovió hondamente.

El alma vehemente, apasionada, de aquella mujer despertaba en la mía energía que no sospechaba existiese. Le apreté la mano con fuerza. En aquel instante no temía a nadie en el mundo, incluso al _Naranjero_.

Luego que me separé de la reja y entré en mi casa, ya fue otra cosa. La idea de la _lengua de vaca_ comenzó a hacerme cosquillas nuevamente. Reflexioné largo rato acerca de los medios oportunos para no trabar conocimiento con este precioso artefacto de la industria nacional. Al fin, di con uno. Se me ocurrió que lo mejor era desagraviar al _Naranjero_ con un acto que mostrase que la escena de la tarde anterior había sido ocasionada por la borrachera. Tenía en mi poder unas cuantas tarjetas de invitación para la velada del Español. ¡Si le enviase una!.... Supongo que no sería tan bruto que... Nada, nada, se la envío.... Pero ¿cómo?... No conocía su domicilio. Pero el guitarrista Primo debía de conocerlo.

A la mañana siguiente tomé un coche y me fui al café de Silverio; pregunté allí dónde vivía Primo, y me dijeron que en el Real de la Feria, número... Acto continuo me dirigí allí, siempre en coche, porque aunque había convenido conmigo mismo, al separarme de Gloria, en que nada en el mundo podía asustarme, durante la noche había hecho alguna ligera rectificación a este juicio. El artista flamenco aún estaba en la casa. Insistí en querer verlo. Una mujer del pueblo, pobremente vestida, su esposa, según dijo, me introdujo en el dormitorio, que era, por cierto, un cuartucho bien oscuro y estrecho. Primo, despertado violentamente por su mujer, no me conoció al pronto; no tardó en caer. Le expliqué el asunto con alguna timidez. Se trataba de hacer llegar a manos de Juan Ruiz la presente tarjeta que le entregaba. Sentado sobre la cama y dándole vueltas entre las manos, el guitarrista sonrió antes de contestarme. Aquella sonrisa me hirió profundamente. Cualquiera diría: «¿Qué importa la sonrisa de un flamenco?» Sin embargo, cuando el flamenco tiene razón para sonreír y lo hace del modo espontáneo y sencillo que Primo, puede muy bien sentirse uno humillado.

--Juan Ruiz vive aquí serquita, en la Alameda de Hércules...

--Bueno; pero si usted pudiera...

--¿Pregunta su mersé por er _Naranjero_?--interrumpió la solícita esposa--. Pues no tiene más que torser a la derecha, saliendo de aquí; toma la callesita primera...

El guitarrista la atajó de mal humor, mandándola callar. No se trataba de ir yo en persona a casa del _Naranjero_, sino de enviarle una tarjeta...