Chapter 24
Doña Tula estuvo amabilísima conmigo; pero cuanto más lo estaba, más seria y cejijunta se ponía Gloria, que no había despegado ni despegó los labios durante nuestra plática. Por fin, la simpática mamá manifestó que era una hora intempestiva y fea aquella en que celebrábamos nuestros coloquios; convenía adelantarla, de nueve a once, por ejemplo. Lejos de poner estorbo a nuestras entrevistas, nos estimuló a proseguirlas.
Me despedí de madre e hija loco de contento. Poco faltó para llamar a doña Tula mamá; bien me apeteció el hacerlo. Sin embargo, cuando, entre el laberinto de casas sombrías, iba caminando hacia mi casa, no pude menos de pensar que mi futura suegra no había soltado prenda alguna respecto a la posibilidad de nuestro matrimonio ni me había invitado a entrar de nuevo en su casa. Además, se me vino de pronto a la imaginación que su actitud de ahora contrastaba con la que había tomado cuando supo o presumió que yo había venido a Sevilla y entraba en su casa por el amor de su hija, según ésta me había dicho. Por otra parte, la seriedad de mi novia, tan impropia de la ocasión, no anunciaba nada bueno. Tales reflexiones bastaron para echar agua sobre mi fervoroso entusiasmo y me acosté en la cama medianamente inquieto.
Al día siguiente recibí una invitación del presidente del Casino Español, que ya me habían anunciado, para que leyese algunas de mis poesías en aquel centro recreativo. Esta fiesta o velada ya se venía tratando hacía tiempo entre mis conocidos. Particularmente Villa formaba mucho empeño en ella. Como no hay felicidad en el mundo comparable a la que siente un poeta leyendo sus versos, me apresuré a contestar afirmativamente. Quedó convenido en que la lectura se daría el domingo próximo. Estábamos en jueves. Por la noche fui, a las nueve, como había quedado, a ver a Gloria. Estaba tan preocupado con la lectura poética, que, por un momento, la figura de mi novia aparecía en segundo término dentro de mi espíritu. La encontré más grave y preocupada. Cuando le hablé de la escena de la noche anterior, mostrándome muy contento por su resultado, me dijo:
--No te fíes...
--¿Sabes algo?...
--No sé nada; pero conosco a mamá mejor que tú... Mira: lo mejor que podemos haser es prevenirnos para lo que pueda suseder... Hay que andar un poquillo avispaítos y no dejar que el asunto se enfríe. Te vas a ver al tío Jenaro. Nadie mejor puede componer el pastel.
--¿Qué pastel?
--El de nuestro matrimonio, retonto... Digo, si es que apeteses esta mano, que no tiene nada de blanca ni de suavesita..., ¡bien lo sabes!--dijo, sacándola por la reja.
Por toda contestación, me apoderé de ella, la llevé a mi corazón y luego la besé repetidas veces.
A la noche siguiente me manifestó que se hallaba muy inquieta. Su madre le hablaba risueña, pero con cierto tonillo burlón que la indignaba. Además, había observado que aquella mañana había celebrado con don Oscar una larguísima conferencia. Luego había llegado el tenedor de libros de la fábrica con un hombre desconocido, y los cuatro se habían encerrado en el gabinete de don Oscar y habían estado charlando buen rato. Este entró y salió aquel día muchas veces. En fin: que había cuchicheos misteriosos en la casa que nada bueno auguraban. No participé de sus temores. Pensé más bien que eran imaginaciones de su temperamento exaltado; pero le prometí ir al día siguiente, sin falta, a casa del conde del Padul para enterarle de lo que pasaba (apurado me vería) y pedirle que interviniese ya directamente en nuestra unión, adelantándola cuanto fuese posible. Gracias a esta solemne promesa se tranquilizó, y pudimos gozar de las dos horas que la generosidad de doña Tula nos otorgaba.
En la mañana del otro día hice un ensayo general de la lectura poética. Reuní en mi cuarto a Matildita, Fernanda, Eduardito y los criados, y les leí las composiciones que tenía preparadas para la noche; en realidad, para medir el tiempo empleado en la lectura.
Puse el reloj abierto sobre la mesa, y leí primero una leyenda de la Edad Media, titulada _La mancha roja_, que resultó durar treinta y siete minutos. Luego, un diálogo, con intención política, sobre las sombras de Solón y González Bravo, que duró quince. Una descripción, en tercetos, de las cataratas del río Piedra, dieciocho, y otras varias composiciones, de cuatro a ocho minutos, formando, en total, una hora y media, que, como todo el mundo sabe, es el tiempo prescrito para esta clase de solemnidades. Resuelto el problema de los minutos, me encontré en una feliz disposición de ánimo y almorcé con apetito.
Por la tarde fui al palacio de Padul, según había prometido a Gloria. Isabel estaba en casa de las de Enríquez. El conde se disponía a salir en coche, a ver los toros que debían lidiarse al día siguiente. Me invitó a acompañarle, lo cual acepté con gusto, tanto por enterarle de mi negocio cuanto por dar aquel grato paseo. El coche en que montamos era un faetón tirado por cuatro caballos tordos enjaezados a la calesera. Don Jenaro y yo nos sentamos delante, y éste empuñó las riendas. Dos criados venían sentados detrás. La tarde era ideal, tan pura y diáfana como las del mes de agosto, y menos calurosa, por cuanto ya habíamos entrado en el mes de septiembre. Seguimos el paseo de las Delicias, a la orilla del río. Había bastante gente a pie y en carruaje. El conde era muy saludado. No tardamos en salir del paseo y entrar en la carretera que conduce a Tablada, donde los toros se hallaban. Como nosotros, iban muchos con el mismo objeto. Otros venían; de suerte que había bastante movimiento de coches en el camino. También se veían algunos señoritos, en traje de chulo, montando los hermosos y petulantes caballos de la tierra. Ningún buen aficionado de Sevilla, por lo que pude entender, deja de ir a Tablada la víspera de la corrida.
La carretera se desplegaba al través de los campos llanos y dilatados del sur de la ciudad. A un lado y a otro se extendían, secos y amarillos, manchados a trechos por el verde gris de los olivos y el profundo oscuro de las huertas de naranjos.
Enteré al conde del estado de mis negocios, esto es, procuré enterarle, seguro de haber disfrutado de su atención, por lo menos, la mitad del tiempo. Escuchome con la grave y simpática cortesía que le caracterizaba. Decía a menudo: «Sí, sí. ¡Oh! ¡Mucho, mucho!»; pero el caballo delantero de la derecha, nombrado, si mal no recuerdo, _Muslim_, me hacía una competencia desastrosa. Y todo porque a menudo ponía tiesas las orejas y frotaba a su compañero con el hocico. «Quieto, _Muslim_, quieto. ¡Tunante! Eso, eso. ¡Bueno!» A menudo no sabía si sus exclamaciones iban dirigidas a _Muslim_, a don Oscar o a mí. Cuando llegamos al término de nuestro viaje, me dijo, con amable entonación:
--De modo que, por lo que veo, mi prima Tula está de acuerdo en que ustedes se casen. El que se opone es don Oscar...
«¡Maldita sea mi suerte!», exclamé para adentro, y para afuera dije:
--No, señor conde. Lo mismo Gloria que yo, creemos que doña Tula se opone aún más que don Oscar...
Y vuelta a explicárselo otra vez con pelos y señales.
Luego entendió que lo que yo deseaba era que fuese a pedir por mí la mano de Gloria a su madre, y le pareció grave.
--No, señor conde; lo único que solicito de usted es que hable con su prima y procure suavemente vencer su resistencia.
--¡Mordiscos también!, ¿eh?--exclamó, fustigando al odioso _Muslim_--. ¡Ojalá le hubiese rajado!
En aquel momento divisamos los toros. Se apresuró a prometerme todo lo que le pedía. Quedé con la sospecha, casi la certeza, de que no supo, al cabo, lo que era, y, lo que es más doloroso, no le importaba.
Allá, en medio de un extenso campo de un verde amarillento, había un grupo de reses. El coche dejó el camino y se puso a correr sobre el césped hacia aquel grupo.
--¿Los toros estarán amarrados, por supuesto?--pregunté.
El conde me miró sonriente y con sorpresa.
--¡Amarrados! No, señor. Están sueltos.
«¡Oh diablos!», dije para mí. De buena gana me hubiera apeado. Se me había desvanecido por completo la curiosidad de conocer el ganado. Pero los caballos, felices con pisar la hierba, corrían al galope, acercándose con velocidad pasmosa. En torno de él, como a unos cien metros, había algunos carruajes y gente a pie, formando círculo contemplativo. Creí que el conde se iba a detener allí; pero franqueó la fila de los curiosos, y sólo hizo alto a veinte o treinta varas de las fieras, que no lo parecían, a juzgar por su actitud tranquila; unos, acostados sobre los brazos, rumiando, con sosiego; otros, fijos sobre las cuatro patas, inmóviles, abstraídos quizá en alguna meditación sangrienta. El conde echó pie a tierra y me invitó a hacer lo mismo. Mas, con pretexto de encender un cigarro, me fui retrayendo.
--¿Son todos toros?--pregunté, afectando serenidad, al único criado que se había quedado conmigo.
--¡Zeñorito!--exclamó en el colmo de la sorpresa--. ¿No ve su mersé los cabestros?
--¡Ah, sí!
La verdad es que no distinguía unos de otros. Todos me parecían en aquel momento igualmente sospechosos y aborrecibles. «Yo no me apeo», dije interiormente, a pesar de que veía al conde aproximarse a las reses hasta casi tocarlas. Pero el prócer gozaba fama de temerario, y yo no tenía deseo alguno de adquirirla.
--¿Qué tal los muruves?--preguntó el mismo criado a un chulo que andaba por allí cerca.
--¡No lo ves, hiho, qué animalitos de Dio! Paesen hechos de masapán de Toledo... Aluego allá ellos... Si se najan, la farta será del gobernaó... Que les den lo suyo; los toritos no piden más que eso.
--¿Te acuerdas de los muruves de Pascua? ¡Qué toritos! Dejaban el cuerno en los jacos y se queaban ¡dormíos, dormíos!
--Toos lo mesmo... Que les den lo suyo, ¡ya verás!... Esta mañana se ha arrancao uno porque un cabayero traía un perro e lana... Por poco hay aquí un espetáculo.
Yo, que estaba extremadamente inquieto, me sobresalté al oír esto, y, como quien no quiere la cosa, cogí las riendas que el criado sujetaba. Hice bien en tomar tal precaución, porque al instante se produjo cierto movimiento entre los toros. Vi uno negro, espantoso, que, mirándonos con horrible fijeza, bajó la cabeza con intención hostil y dio algunos pasos...
El terror me arrebató de tal modo, que sin saber lo que hacía cogí la fusta y pegué un feroz latigazo a los caballos. El coche partió como un rayo, rompió la línea de curiosos y se lanzó por el campo, en medio del vocerío de la gente. El criado me había arrancado las riendas y blasfemaba como un condenado, tratando de contener los jacos. Entre éstos, al fin, se produjo divergencia de pareceres sobre la línea que habían de seguir. Como resultado de ella, vino el arremolinarse y volcar. Fui lanzado del asiento a una distancia de seis varas lo menos; pero no recibí daño alguno, según pude colegir después de tentarme todos los miembros. El criado, tampoco. Acudió un pelotón de gente en nuestro socorro, y cuando nos vieron salvos y se enteraron de lo que había hecho, principiaron las bromitas y la risa. Creí que el conde lo iba a tomar a mala parte; pero también le dio por reír. Los toros seguían inmóviles y agrupados. Cuando manifesté que había arreado a los caballos porque un toro negro se dirigía a nosotros:
--¿Dónde está el toro negro?--me preguntó el conde.
--Mírelo usted allí.
--¡Si es un cabestro, amigo!
Explosión de risa entre los que nos rodeaban. Don Jenaro tuvo la delicadeza de montar en el carruaje apenas lo levantaron y amarraron un tirante roto. La bronca en mi obsequio amenazaba ser mayúscula. Con todo, detrás de mí, los criados no cesaban de reír. El conde había vuelto la cabeza, dirigiéndoles una mirada severa; pero sus carcajadas reprimidas me humillaban más que las francas.
--¿Qué tal los toros?--les preguntó un cochero al cruzar a nuestro lado.
--¡Finos, finos! Hay uno negro, zaino, de mucho cuidado.
El conde no pudo menos de sonreír..., y yo también.
A lo que entendí, era costumbre entre los aficionados detenerse, a la vuelta de Tablada, en alguna de las numerosas ventas que hay a la salida de Sevilla por aquella parte. Son los centros de reunión de la gente alegre, donde se _corren las juergas_, sin peligro de despertar a los vecinos y entenderse con la Policía. El conde paró delante de una de las más celebradas, llamada de Eritaña, y me invitó a bajar con él. A la puerta había muchos carruajes vacíos. Atravesamos un corto zaguán y salimos pronto a los jardines, dispuestos para recibir a los numerosos parroquianos que aquel establecimiento tiene, principalmente entre la clase elevada o rica. Está dividido en pequeños y grandes cenadores, no bien aislados unos de otros por el follaje de los arbustos. Todos, o casi todos, estaban ocupados a la sazón. El conde se detuvo un momento, sin saber dónde meternos, cuando saliendo de uno de ellos dos personas decentes, aunque de porte achulado, le abrazaron familiarmente y nos hicieron entrar.
Había seis u ocho hombres y tres mujeres. Los hombres, salvo dos, parecían personas distinguidas. Vestían chaqueta y hongo; pero sus manos eran finas y llevaban en los dedos sortijas de valor. Casi todos estarían entre los treinta y los cuarenta. Dos eran claramente de clase baja, _que alternaban_. Las tres mujeres tampoco había duda que pertenecían a la vida airada. Por la confianza con que trataban al conde comprendí que a menudo debían de ser sus compañeros de francachela, por más que aquel les llevase bastantes años. Entre ellos había uno rubio, de fisonomía extranjera. Después supe que era un inglés tan noble y rico como calavera, que acostumbraba pasar largas temporadas en Sevilla.
Aquellos individuos merendaban alegremente, y nos dispensaron una acogida cariñosa, brindando, así que entramos, a nuestra salud. Observé que, en medio de la confianza, don Jenaro infundía cierto respeto a todos. De las tres muchachas, una se llamaba Concha la _Carbonera_: era delgada, de un rubio ceniciento, mejillas pálidas y marchitas y ojos azules, fieros y desvergonzados. Otra, Matilde la _Serrana_: era morena y regordeta, y tenía el tipo común de las sevillanas. La tercera se llamaba lisamente Lola, una mujer obesa, con seno monstruoso, que inspiraba repugnancia, y manos amorcilladas, cubiertas de sortijas de poco valor. Las tres vestían el traje de percal y el pañolón de Manila, común a las jóvenes del pueblo, y ostentaban flores en los cabellos.
La conversación versó al principio sobre los toros. El conde dio acerca de ellos pormenores que se les habían escapado a los otros. No hizo alusión a mi percance, y se lo agradecí. Los manjares eran pocos y ordinarios: langostinos, boquerones, alcaparras, soldados de Pavía (pedazos de bacalao fritos con rebozo de huevo). En cambio, los vinos--jerez, manzanilla y montilla--eran de lo más fino y exquisito que pudiera beberse en ninguna parte. Las mujeres, abandonadas a sí mismas, charlaban en grupo aparte. El conde apenas se había dignado dirigirles una mirada fría cuando levantaron las copas saludándole.
Uno de los individuos, de traza plebeya, el más viejo, tañía la guitarra con singular maestría, mientras los demás charlaban de toros y toreros. Cambiábanse entre ellos frases técnicas, que probaban la profunda erudición que casi todos poseían en este ramo del saber, y se hacían predicciones y apuestas para el día siguiente. Unos elogiaban los muruves, otros ponían los de Saltillo sobre todos los demás. De cuando en cuando, entre el grupo de los hombres y el de las mujeres se cruzaban palabras libres, gestos desvergonzados, un tiroteo de chistes convencionales, que sorprenden la primera vez y aburren en seguida. Particularmente, Concha la _Carbonera_ respondía con una viveza y desgarro que me infundían repulsión.
El hastío me hizo acercarme al guitarrista y trabar conversación con él. Era hombre de cincuenta años, de mejillas rasuradas surcadas de arrugas, ojos pequeños y vivos, el pelo gris peinado sobre las sienes, como todos los chulos. Vestía chaquetilla corta, hongo flexible y pantalón ceñido, la camisa con rizados y sin corbata. Alabé su destreza, verdaderamente admirable, y me dijo que era guitarrista de oficio, se llamaba Primo y tocaba ahora en casa de Silverio. Quise mostrar mis conocimientos en materia de tañedores de guitarra, y le dije que había oído hablar con gran elogio de uno llamado el _Niño de Lucena_.
--Bien está. Paco de Lusena conosía er instrumento como denguno; pero tocaba solo palante, ¿sabuté? Er Niño de Morón tocaba mejor... a lo que se pide... ¡Se entiende!... Nosotros no semos de teatro; allí to va pa lante... Tocamos pa que lo oiga la gente, ¿etá uté?, y pa que lo baile si quiere. Yo copié de Paco de Mairena, un tío que hasía bailar las mesas. Cuando agarraba la guitarra paesía que se la metía en er estómago... De filadelfias, na, ¿sabuté?
A renglón seguido, como todos los artistas, Primo se quejaba de que el arte se hallaba en lamentable decadencia, que no se estimaba ya el mérito. Con lo que daba Silverio (dos duros cada noche y la cena), apenas podía vivir. Recordaba con entusiasmo los tiempos antiguos.
--Aquí onde usté me ve, cabayero, he vestío como un mataor de toros. Las onsas que han entrao en mi borsiyo no caben sobre un manter... ¡Pchs! Hoy s'a güerto la tortilla. No hay quien dé un perro chico por oír la guitarra de verdá, ¿sabuté?... Aluego epué yo he tenío argunas crujías onde s'ha ido la guita sin sentirlo... Grasia que haya podido horadar hasta aquí...
Hablaba con mucho aplomo y una entonación grave y persuasiva, que es en Andalucía general entre los hombres de la plebe cuando se hacen viejos. Después que le dejé desahogarse, le fui preguntando por la gente que allí había.
--Esta mosita, que se yama Concha, es mi sobrina, nasía en Graná, recriá en Málaga; es bailaora en casa de Silverio y gana sinco pesetas... Aquella del chaleco es una tía pescuesa, ¿sabuté?, que viene siempre onde se jama... Esta otra regordetiya, la _Serrana_, es bailaora en er Burrero..., una güeña chica... Ha sido novia der Saleri--añadió con cierto respeto-. Ya conosería uté ar Saleri...
--¡Mucho!--respondí, aunque en mi vida le había oído nombrar.
--¡Qué lástima de chico!
Oyendo esta exclamación supuse que se había muerto, y puse la cara triste.
La conversación no impedía beber de firme a los amigos del conde... Dejaron, al fin, los toros y comenzaron a bromear con las chicas. Una de ellas, la tía pescueza que decía Primo, vino hacia mí con una cañita, y se la bebió, diciendo:
--Por uté, güen moso.
Luego se sentó a mi lado y emprendió mi conquista, sin lograr enternecerme. Sus redondeces excepcionales no me hacían efecto: me causaban asco.
Uno de aquellos barbianes se divertía en tirar aceitunas a Concha la _Carbonera_, que, lastimada en la cara, profería insultos atroces, entreverados de blasfemias.
--No me tirarás una monea de sinco duros, grandísimo arrastrao, dao pol tal.
--¿A que sí? Párala en la boca.
Y le arroja con tal ímpetu una moneda que si no baja la cabeza la descalabra. Fue corriendo a buscarla; pero el barbián le tiró otra a la vez, y le pegó en el cogote. La _Carbonera_ dio un grito y se llevó la mano al sitio de donde brotaba sangre. Las atrocidades que salieron de sus labios no son para dichas. Quiso llorar; pero su tío Primo recogió del suelo las dos monedas de oro y se las entregó, con lo cual, y con un poco de agua y vinagre con que la lavó su amiga la _Serrana_, apaciguose lindamente. No sé si me asustó más la barbarie o la prodigidad de aquel bruto.
--¿Qué es eso? ¿Estamos en la necrópolisss o en el merenderosss de Eritañasss?--exclamó otro barbián, cuya gracia consistía en agregar una ese final a las palabras y silbarlas mucho--. ¡A bailars, niñasss! ¡A cantars, niñasss!
Primo comenzó a preludiar un tango. Todos se sentaron formando corro. La _Carbonera_, sentada también, olvidada del descalabro, inició allá en las profundidades de la garganta un canto que tenía mucho de salmodia:
Con sentimiento profundo voy a nombrá un torero que en er mundo no tuvo rivaliá.
Por su arte y su bravura era el rey de los torero, por su elegante figura se paesía ar Chiclanero.
La voz era ronca, aguardentosa, desagradable; el sonete, lúgubre.
De pronto se levanta, me arranca el sombrero de la cabeza sin mirarme, salta al medio del corro y se lo pone. Comienza una serie de movimientos con las caderas, con el pecho, los brazos, la garganta, con todo menos con los pies.
--¡Olé la _Carboneriya_!--gritaron dos o tres.
La _Serrana_ y Lola siguieron:
Para España su nombre es tan grato, que er nombrarlo nos causa plaser; como Antoñito Sánchez, er Tato, denguno ha imitao el volapié.
¡Qué lástima de torero! Será eterna su memoria. ¡Mardito sea asta aquer toro que le ha quitao al arte su gloria!
Concha se había despojado del sombrero y hacía con él mil gestos y carocas, ora poniéndoselo, ora quitándoselo. Luego que se hartó de mover su cuerpo flexible con ondulaciones de vara verde agitada por el viento, de echar los brazos atrás y adelante, levantarlos y bajarlos, se dejó deslizar sobre la arena con movimiento imperceptible de los pies. Anduvo así formando un círculo por delante de nosotros, rozando nuestras rodillas.
Al pasar cerca de mí, me puso el sombrero y dijo sordamente:
--Grasia, senificante.
Volvió de nuevo al centro del corro, y volvieron los movimientos a pie firme. Lola y la _Serrana_ seguían cantando nuevas coplas, todas referentes a toreros más o menos difuntos. Los barbianes jaleaban a la bailaora, prodigándole mil epítetos extravagantes. Principalmente el plebeyo, a quien apodaban el _Naranjero_, que por lo que noté oficiaba de gracioso, se distinguía de los otros por la multitud de frases burdas, obscenas, pero extrañas, propias de una imaginación descompuesta, que sin cesar profería.
Concha taconeaba fuertemente sobre el suelo, levantando polvo, restregando los muslos, las manos en las caderas, dejando inmóvil el torso. Su mirada se iba tornando de maliciosa en lúbrica. Una sonrisa vaga, delatando el cansancio y el vicio, se esparcía por sus facciones marchitas. El taconeo llegó a su período culminante, y de allí a debilitarse, hasta morir en suave, imperceptible agitación de los muslos. La bailaora, en términos técnicos, se quedaba _dormía_, con íntimo gozo de los espectadores, que la jaleaban vivamente. Parecía una estatua, la estatua de la impudicia.
La bailaora despierta, al fin, de su inmovilidad, con leve vaivén de las caderas, que se va acentuando, acentuando, hasta convertirse en desenfrenado movimiento de rotación, conservando, no obstante la fijeza en el resto del cuerpo. Este era el supremo toque de la voluptuosidad, al parecer, porque al llegar aquí los barbianes de la reunión quisieron volverse locos.
--¡Viva tu sangre, chiquilla!--exclamó el _Naranjero_--. ¡Vivan las mujeres castisas! Al estante nos vamos a beber una cañita, ¿verdá, prenda?... ¡Viva tu mare, que tengo para ti en er borsiyo un biyete de la lotería pasá!
La estatua sonrió, sin perder su inmovilidad ni suspender aquella impúdica rotación que a los otros tanto alegraba y a mí me causaba profunda repugnancia. Súbito hizo una pirueta, pateó el suelo tres o cuatro veces con furor, y vino a sentarse tranquilamente, entre los olés y los aplausos de la reunión. El _Naranjero_ se apresuró a ofrecerle una caña, que ella apuró de un tope, como quien la vierte en el estómago.