La hermana San Sulpicio

Chapter 18

Chapter 184,196 wordsPublic domain

Un suceso inesperado vino a sacudir el letargo y aburrimiento que la tertulia me causaba. Daniel Suárez, el odioso malagueño que me había inspirado tantos recelos y que aún me los inspiraba, fue presentado a las de Anguita por un pollastre en que no me había fijado. Esto no tenía nada de particular. Por aquella tertulia pasaban todos los forasteros, como habían pasado ya todos los naturales. Sin embargo, me produjo cierta emoción y, ¿por qué no decirlo?, bastante malestar. Disimulé cuanto pude, mostrándome afable. Él, por su parte, observó conmigo una conducta irreprochable, hablándome con naturalidad, como a un conocido que se estima y que no llega a amigo, ni buscándome ni huyéndome.

Por supuesto, no dejaba aquel acento displicente y aquellos modales bruscos y frases cínicas que le caracterizaban. En los breves momentos que departía con él no me habló palabra de Gloria, ni de don Oscar, ni mentó para nada aquella casa. Se contentaba con despellejar a los dueños de la en que estábamos o a cualquiera otra persona que tuviéramos delante. De tan antipático, aquel hombre daba frío. Procuré que su presencia no alterase poco ni mucho mis costumbres; esto es, pasaba mis ratos charlando con Joaquinita o con Villa, y al llegar las once menos cuarto me despedía. Su mirada, fija, luciente, me seguía hasta la puerta; pero no me importaba. Al contrario, con cierta complacencia feroz decía entre dientes: «Ya sabes adonde voy. ¡Rabia, antipático; rabia!» Alguna vez, cuando estaba charlando con Joaquinita en un rincón, sentía posarse sobre mí sus ojos pequeñuelos y malignos. Mas al levantar la cabeza hacia él los separaba inmediatamente.

En estos días, la segundogénita de Anguita me dio una noticia que no dejó de causarme pena. Me dijo que estaba concertada la boda de la condesita del Padul con un primo suyo, el duque de Malagón.

--¿Y Villa?--le pregunté, sorprendido.

Joaquinita me dirigió una larga mirada burlona.

--Pero ¿usted se ha imaginado que Isabelita le trae al retortero para casarse con él?

--No lo sé..., pero sí creía que le profesaba algún cariño.

--Atienda usted al cariño...

Y con cierta complacencia, que me molestó, contome algunos pormenores recientes de los amores de Villa. Al parecer, éste había escrito últimamente una carta a la condesita suplicándole le desengañase de una vez. En vez de hacerlo, ella le había respondido de un modo ambiguo y artificioso. Le decía que la había puesto en un compromiso serio, que su corazón le estaba pidiendo una cosa y que le era imposible escucharle; que obstáculos gravísimos le impedían responder como quisiera, etc.; una serie de palabras melosas para disfrazar unas calabazas muy amargas. El pobre Villa, en vez de darse por enterado, había replicado que le dijese cuáles eran esos obstáculos, para salvarlos si era posible, tornando a hacer protestas vivas de su amor y constancia.

--Pero ¿por dónde se supo eso?--pregunté bastante desabrido.

--Pues por la misma Isabel, que se lo ha contado en confianza a Ramoncita.

Me pareció aquello muy mal y formé de Isabel idea distinta de la que tenía. Desde entonces no podía hablar con Villa sin sentirme animado de compasión, que, por supuesto no dejé traslucir.

Por una de esas simplezas que los hombres inexpertos solemos tener, viví aquellos días en un estado de feliz confianza, que aún hoy, al recordarlo, me irrita contra mí mismo. Creía de buena fe que todo marchaba a pedir de boca, que don Oscar y doña Tula no pensaban ya en el engaño que les había hecho, que Gloria inventaría algún medio para casarnos antes que llegase a la mayor edad, y (¡esto es lo más original!) que Daniel Suárez había desistido por completo de sus pretensiones respecto a ella y me dejaba el campo libre. Pronto tuve ocasión de arrepentirme de tal confianza.

El día de Nuestra Señora, 15 de agosto (siempre recordaré la fecha), estuve a primera hora de la noche en la Británica con Villa. A eso de las diez, aunque ya era tarde para mí, se empeñó en dar una vuelta por casa de Anguita, y le acompañé no de buen grado. Estaba allí Daniel, más locuaz y alegre que de costumbre, conversando animadamente en un grupo de niñas. Al entrar, su mirada, casi siempre agresiva, se clavó en mí, con expresión maliciosa de burla y desprecio, que me lastimó como una bofetada. Le pagué con otra fría y desdeñosa, y me dispuse a sentarme al lado de Joaquinita por no unirme a aquel grupo. Pero el malagueño vino a mí muy risueño y se sentó también al lado de la de Anguita, y le dijo con una rudeza que todos se autorizaban con aquellas jóvenes, y él, por su carácter, con más razón:

--¿Para qué me perzigue usted a este gachó, si ya está amartelaíto perdío por otra niña zevillana?

--¿De veras está usted enamorado, Sanjurjo?--me preguntó Joaquinita, visiblemente contrariada.

--Cuando el señor lo dice...--repuse muy fríamente.

--Diga usted que zí... Es una morena hasta allí..., con unos ojos como dos negros bozales..., ¡ham!, dispuestos a comérselo a uno... ¡Y unos andares..., que el suelo cruhe de gusto cuando se siente su taconeo!...¡Luego un arma que ni la de un violín... y más zentío que un miura!...

Aquellos elogios brutales, que más parecían dichos en son de menosprecio, despertaron en mí profunda indignación, y dije, sonriendo rabiosamente:

--Le falta a usted lo mejor.

--¿Qué?

--Que tiene cien mil duros de dote.

El sarcasmo no le hizo efecto alguno.

--¡Ezo e! Y, además, se encuentra uno con el inconveniente de los cien mil duros. ¡Diga usté ahora que este zeñó no es má zabio que Víctor Hugo!

No sé en qué hubiera parado aquella conversación si no llega a levantarse y despedirse. Mi sangre estaba dando más vueltas que un argadillo. Luego que se fue me calmé un poco, aunque todavía tardé algunos minutos en contestar acorde a las preguntas que Joaquinita me dirigía. Disimulando mal su turbación y enojo, me pedía noticias de mi novia con una insistencia y una melosidad tan empachosa que yo no sé si hubiera preferido las insolencias del malagueño.

--Vamos, Sanhurho, no disimule uté má... ¿Es tan guapa como Daniel la ha pintao?

--Señora, ya le digo a usted que no ha sido más que una broma para divertirse un poco a mi costa.

--¡Jesú, qué pesao y apestoso está uté hoy, amigo! ¿Se figura uté que por hablar de ella se va a disipá en el aire como el álcali volátil?

Sufrí aquella mosca el tiempo que pude, que no fue mucho, pues me llegaban las once menos cuarto. No me dejó hasta la puerta y me prometió enterarse de todo, «porque sacar algo de mí estaba visto que era imposible». Tomé, al fin, el camino de la calle de Argote de Molina. Según me acercaba a ella, se iba desvaneciendo la negra bruma de odio y de tedio que la desvergüenza del malagueño y la fatuidad de la de Anguita habían echado en mi espíritu. Cuando entré en ella y alcancé a ver la casa de Gloria, me hallaba en la misma feliz disposición con que acudí siempre a la cita. Pero en el mismo instante, al echar una mirada a la reja, veo arrimado a ella, o próximo a ella al menos, el bulto de un hombre. Me detuve estupefacto. Lo primero que imaginé fue que era el sereno. Después pensé que se trataba de un borracho; luego, que aquel hombre no estaba arrimado a la reja donde Gloria me hablaba, sino a la de otra ventana. Todo esto en menos de un segundo. Anduve tres o cuatro pasos más y me convencí de que, en efecto, era un hombre, que estaba arrimado a la ventana de mi novia, en la misma posición que yo solía estar. Di otros tres o cuatro, y vi que aquel hombre era, sin género de duda, Daniel Suárez.

Es horrible decirlo, pero lo diré, porque quiero que este libro sea una confesión. Si me hubiesen dicho en aquel momento: «Se ha muerto tu padre», no hubiera recibido impresión más cruel. Miraba y no quería creer a mis ojos. Estaba a unos veinte pasos de distancia. En la media luz que el farol de la esquina esparcía en aquel rincón se destacaba bien clara la silueta del malagueño recostado sobre la reja, con su americana corta, pantalón claro ceñido y sombrero cordobés de alas rectas. Sin darme cuenta de lo que hacía, avancé con lentitud, el paso vacilante, y me cercioré de que detrás de la reja se hallaba Gloria. Fui tan estúpido o estaba de tal modo aturdido, que, en vez de retroceder y alejarme pronto de aquel sitio, continué avanzando y pasé por delante de ellos con el rostro vuelto hacia la ventana. Daniel se volvió enteramente de espaldas. Luego que pasé oí un animado cuchicheo y risas comprimidas. No acierto a describir lo que pasó por mí entonces.

A pesar de hallarnos en una de las noches más calurosas de agosto, sentí la frente cubierta de un sudor frío y vacilé como un beodo. Necesité apoyarme en la pared un instante. Luego, por un esfuerzo, mejor dicho, un sentimiento de amor propio, seguí resueltamente mi camino. Anduve a paso largo no sé cuánto tiempo por entre calles; no recuerdo cuáles. Sólo tengo una idea de que estuve en el muelle y que me apeteció arrojarme al agua. Entré en un café y me bebí unas cuantas copas de coñac. En lugar de contribuir a turbarme, el licor sirvió para despejarme y aclarar mis ideas. Al menos, esto me pareció entonces. Contemplé con decisión el suceso y reconocí al instante que había tenido la desgracia de caer en manos de una redomadísima coqueta. El lance no era nuevo. Esto mismo había pasado a muchos millares de hombres antes y pasaría después. Confieso que me acometió un vivo sentimiento de venganza, no por el acto en sí, sino por la forma grosera y humillante en que había sido llevado a cabo. De ella no podía tomarla, al menos por entonces. Pero de él, sí. Él era, seguro estaba de ello, quien había imaginado tal escena vergonzosa. A él era a quien debía exigir la responsabilidad.

Luego que me hube aferrado bien a esta idea, bebí otra copa de un trago, me levanté y salí decidido a entendérmelas con aquel guapo. Mientras caminaba a paso largo hacia la calle de Argote de Molina, discurrí que acometerle de improviso a bofetadas era indigno. Además, una cachetina no era lo que yo apetecía. En aquellos momentos me sentía inclinado a lo trágico. Una estocada que le traspasase el corazón, un tiro que le deshiciese la cabeza; esto era lo que mejor representaba mis sencillos deseos, y en ello me detuve con voluptuosa complacencia. Si yo fuera un hombre aturdido, falto de previsión y de cálculo, quizá hubiera hecho aquella noche una barbaridad muy gorda. Mas, por mucho que me halagase la consoladora idea de abrir un boquete en la cabeza o en los intestinos de mi rival, comprendí al instante que los hombres civilizados no pueden proporcionarse estas puras satisfacciones sin tropezar con la Policía, el Juzgado y el presidio. Forzoso era renunciar a ella si no apelaba al desafío. Esto ya no me halagaba tanto. Sin embargo, aunque agucé cuanto pude el entendimiento, no hallé otro procedimiento.

Penetré en la calle por la parte baja, esto es, por la de Mercaderes y Conteros, y fui siguiéndola cautelosamente, ciñéndome bien a las paredes hasta poder avistar la casa de Gloria. Pude notar, sin ser notado, que Suárez continuaba en el mismo puesto. Fuerza de voluntad necesité para no correr allá y patearle. La tuve, no obstante. Esperé con paciencia un rato, asomando de cuando en cuando la cabeza para cerciorarme de que no se había movido. El corazón me latía fuertemente. Difícil me hubiera sido continuar en aquel estado mucho tiempo; pero quiso la suerte que no sucediese. Al dar el reloj las doce se cerró la vidriera de la ventana y Suárez se separó de ella. No debo ocultar que experimenté cierta satisfacción pueril al pensar que conmigo se estaba hasta la una y media y aún más algunos días. Me detuve un instante a ver qué dirección tomaba mi enemigo, y observando que seguía calle abajo, corrí cuanto pude delante, perdiéndome en sus recodos. Cuando di la vuelta a la esquina de la calle de Conteros, me detuve y esperé. No tardó en aparecer.

--Una palabra, amigo--le dije, saliéndole al encuentro y colocándole una mano en el hombro.

Se puso atrozmente pálido, retrocedió dos pasos y llevó rápidamente la mano al bolsillo de la americana, sin duda en busca de un arma. Mas al verme tranquilo y como sorprendido de su movimiento, la dejó caer otra vez y me preguntó:

--¿Qué se ofrece?

--Tengo que hablar con usted dos palabritas.

--Las que usted quiera.

--Aquí en la calle estamos mal. ¿Tiene usted inconveniente en que entremos en cualquier establecimiento? Muy cerca hay uno.

--Vamos allá.

La idea de entrar en un café le había serenado por completo, como es natural. Anduvimos algunos pasos por la calle arriba otra vez y penetramos en la taberna donde me habían convidado no hacía muchos días. Se encontraban en ella los mismos alegres compadres, que me recibieron con igual agasajo y cordialidad. Todos a un tiempo elevaron sus cañas, invitándome a beber. Uno de ellos me dijo:

--¿Qué tal la morenita?

La pregunta me turbó extremadamente en aquel momento.

--¡Pchs!... No anda mal.

Echamos un trago para no desairarlos y nos fuimos a sentar en un rincón.

Suárez y yo nos miramos un instante a los ojos sin disimular el odio. Yo fui quien rompió el silencio, diciendo:

--Ante todo, hablaremos bajito para que no se enteren esos señores... Quiero decirle a usted que, después de lo que ha pasado esta noche, usted comprenderá que necesito matarle.

--Compare, no comprendo esa necesidá; pero si uté lo ziente, no debía darme aviso, porque ahora va a coztarle una mijita más de trabajo.

--No soy un asesino. Aunque lo que usted ha hecho conmigo es una indignidad..., una porquería, voy a hacerle a usted el honor de batirme con usted.

--Eztimando ese honor, amigo. ¿Zabe uté una cosa que estoy pensando?... Que está uté un poquirritiyo...--apoyando el dedo índice en la sien--. No se ofenda uté.

--No me ofendo. Sí; loco debo de estar cuando, en vez de patearle a usted la cara hace poco, he aguardado para decirle muy cortésmente que es usted un canalla.

El malagueño cambió su natural color aceitunado por otro algo más bajo; pero no pareció alterarse. Guardó silencio unos momentos, dio un par de chupetones al cigarro, que eternamente tenía entre los dientes; separolo después de la boca, soltó el consabido chorrito de saliva por el colmillo, quitó la ceniza con el dedo meñique y dijo tranquilamente:

--Vamo; uté quiere, por lo vizto, buya.

--Bulla, no. Quiero matarle a usted. Ya se lo he dicho.

--E igual, porque yo no he de morir zin un poquito de buya. Pero voy a decirle a uté un sentimiento que tengo ayá dentro, y no lo eche uté a mala parte... Creo yo que todo ezo del duelo, y lo padrino, y la espada, y lo zable ez una guaza, ¿zabuté? Cuando un hombre le hace a otro mala zangre, para deshogarze no necesita tanto compá de espera. Pero, ademá, el matarse en este cazo me paece, ¿zabuté?, una gran zimpleza.

--Será lo que usted quiera--repliqué con viveza--, pero estoy dispuesto a que nos matemos.

--¡No ze apure uté, buen hombre! Nos mataremos.

Hablábamos en voz muy baja y procurábamos ambos sonreír diciéndonos estas ferocidades; de suerte que los que allí estaban creían que departíamos amigablemente.

--Nos mataremos, zi uté tiene tanto empeño... Pero conzte que yo cuando le he vizto a uté a la reha con eza niña no he ido a buscarle buya.

--¡Hombre, tiene gracia! ¿Y por qué me la había usted de buscar?

--Puez por la misma razón que uté me la busca a mí... ¿Es uté el marío de eza joven?... ¿Es uté zu padre o zu hermano?... Pue entonce, ¿con qué derecho me quiere uté privá de hablar con eya zi eya tiene guzto en hacerlo?... Uté la ha conoció en lo mizmo día que yo...¿A uté le ha guztao zu palmito y zu aquel? También a mí. ¿A uté le han apetecío lo cien mil duro de la dote?... Lo mizmito me ha sucedío a mí, compare. Uté ha comenzao a hacerle rozca... Yo también ze la he hecho. Por conziguiente, igualito. Llevará el gato al agua el que la niña quiera. Paece que ahora zoy yo. ¿Qué quiere uté hacerle?

--No estoy enteramente de acuerdo con esa opinión; pero no discutamos... Tiene usted un modo de apreciar las cuestiones demasiado..., demasiado prosaico, por no emplear otro calificativo... Se preocupa usted mucho de los duros...

--¿Y uté les ezcupe, compare?

--Voy a suplicarle a usted un favor..., y es que no me llame usted compadre.

--Hombre, uté me dizpensará que pida un vazo de limón para que uté reflezque... Etá uté muy nervioziyo... Cuando le haya a uté pazao eze fogonazo de celo que ahora le ha dao, ze reirá de lo que etá diciendo y haciendo... Que no le haga buena tripa el verme a la reha con la niña que uté creía chalaíta, se comprende bien; pero que uté se dizpare de ese modo, vamo, compare (uté dizpense, amigo), me paece a mí..., digo que no eztá en lo regulá.

--No me disparo porque esa mujer u otra cualquiera deje de quererme o prefiera a otro, entiéndalo usted bien. Es muy libre de hacerlo. Lo que no tolero es lo que usted ha hecho, con bien poca delicadeza por cierto..., preparar una escena tan fea y vergonzosa con el solo propósito de humillarme. Si usted se hubiera dirigido a mí, diciéndome: «Gloria ya no le quiere a usted; me quiere a mí», en cuanto lo comprobase convenientemente le dejaría a usted el campo libre y quedaríamos tan amigos, al menos en la apariencia.

--Alto ahí, amigo. La escena de que uté habla no ha zío preparada por mí, sino por eya. Por empeño zuyo fui a la reha un poco antes de las once. Es maz: quize oponerme a eyo porque zabía que eza era la hora en que uté echaba zu parrafiyo; pero la niña lo tomó por too lo alto, y no hubo má remedio que conformarze.

--Permítame usted que lo dude.

--Uté ez mu dueño. Zi uté quiere convencerze, véngaze mañana de noche conmigo a la reha y ze lo preguntamo. Seguro etoy de que no me dejará por embuztero.

--Yo no tengo para qué presentarme otra vez delante de esa p...--exclamé, poniéndome rojo.

Creí que aquel insulto dirigido a su amada le iba a exasperar. Nada de eso. Siguió tan tranquilo como si nada fuese con él.

Ambos guardamos silencio. Yo quedé profundamente pensativo. Las últimas palabras del malagueño me habían llegado a lo profundo del corazón. Era imposible dudar ya de que la ofensa había venido directamente de ella. A pesar de que tenía la mirada fija en la mesa, sentía sobre mí los ojos de Suárez, observándome, serios y recelosos. Levanté al cabo la cabeza y dije gravemente:

--Está bien. Puesto que es ella sola la que ha querido ofenderme, nada de lo dicho. Quede usted con Dios.

Al mismo tiempo me alcé del asiento y salí de la taberna, un poco sorprendido, en verdad, de que Suárez me dejase ir tan tranquilo, pues en nuestra corta plática le había dirigido algunas injurias que merecían explicación.

XI

ME DEDICO A BUSCAR A PACA

Lo que no se me ocurrió mientras estuve bajo la impresión del latigazo de la cólera, penselo en cuanto me serené un poco y se me acordaron las ideas. Quiero decir que, apenas hube reposado algún tiempo en el lecho, habiéndome despertado a medianoche, al instante se me ofreció con admirable claridad que Gloria no podía cometer una acción tan ruin por capricho. Podía abandonarme, entrar en amores con otro, coquetear, darme cordelejo y reírse. Todo eso estaba en lo verosímil; mas herirme villana y sañudamente sin más pecado que el de amarla, no era creíble. Debía de haber gato encerrado. El acto de aquella noche parecía inspirado en un deseo de venganza, y para vengarse, menester era una ofensa previa. Esta consideración me dio harto consuelo. Propúseme, pues, tan pronto como llegase el día, poner en práctica los medios para deshacer la intriga que, sin duda, había tramado el malagueño contra mí. Comenzó a pesarme de no haberle dado una buena «pateadura»; pero se la prometí para la primera ocasión que se presentase. Y con este pensamiento confortante, el sueño tranquilo de los justos acudió de nuevo a mis sienes, y no me desperté hasta las nueve de la mañana.

Vestime con premura y salí a la calle sin saber adónde iba, pero con la resolución incontrastable de ir a alguna parte. Por lo pronto, los pies me llevaron a casa del conde del Padul.

--El señor conde y la señorita vienen pasado mañana.

¡Cielos! ¡Dos días aún! ¡Una eternidad para mí! Pensé que en dos días había tiempo suficiente para morirse de pena, y si no es de pena por lo menos de hambre, pues sentía que me faltaba el apetito y no comería a manteles mientras no se resolvieran mis dudas. ¡A quién acudir en aquellas críticas, terribles circunstancias! Si en la mano lo tuviese, hubiera hecho intervenir en el asunto a la autoridad civil. Pero no siéndome posible, me decidí a buscar a Paca. ¿Dónde? Yo, que había estudiado matemáticas, historia de España, patología interna y tantas otras cosas inútiles, ¡no sabía dónde vivía Paca! Renegué cien veces de mi imperdonable abandono, de mi descuido para aprender cosa de tan reconocida necesidad. No había más remedio que aguardar la salida de las cigarreras de la fábrica, y aun así exponerme mucho, como me había sucedido ya, a no verla. Todas las desdichas se cernían de una vez sobre mi cabeza.

Pasando por la calle de Francos en tal estado de abatimiento, vecino al sepulcro, oí que me llamaban desde una tienda de sederías.

Eran las de Anguita.

--Venga uté acá, Sanhurho...--me dijo Ramoncita--. Ayúdenos uté a escoger un traje que sirva para las tres. Estamos mareadas hase más de una hora buscando un color que diga a toa estas fisonomía...

Los dependientes sonrieron de la desfachatez. Yo permanecí grave. Entonces Joaquinita, mirándome atentamente a la cara, me preguntó con sorpresa:

--¿Qué tiene uté, Sanhurho? Etá uté paliito.

--¡Pachs! No me siento hoy muy bien.

--¿Es que le ha dao calabasas la novia?

Aquella pregunta, hecha sin duda alguna al sabor de la boca, me causó una extraña y profunda impresión. Debí de ponerme como una cereza, y sonreí forzadamente. Joaquinita soltó la carcajada.

--Vaya, he dao en el clavo sin saberlo.

Aturdido estúpidamente, dije algunas frases que no recuerdo, y me despedí de aquellas señoritas, a quienes no deseé otra cosa más que Dios confundiera en el mismo momento.

¡Bueno estaba yo para bromitas! Andando entre calles un rato, se me ocurrió la idea, no muy sensata, de ir a la Fábrica de Tabacos y preguntar allí por Paca...¿Para qué? Llegaba mi grosera ignorancia hasta no saber su apellido. Busque usted a una tal Paca entre seis mil mujeres. Lo menos que habría en la fábrica eran doscientas o trescientas Pacas. Sin embargo, insistí en la idea, porque no me venía otra más asequible, y eso que trabajaba mi cabeza como un horno encendido. Poco a poco fui acercándome a la puerta de Jerez, y me encontré, cuando menos lo pensaba, frente al vasto y suntuoso edificio alzado por Felipe III para la confección del rapé.

Di bastantes paseos por delante de él. Al cabo, me resolví a franquear la verja, y me acerqué a una de las puertas.

--¿El señor administrador?--pregunté a un hombre que me pareció portero.

Así que hice esta pregunta, me quedé sorprendido, confuso. ¿Para qué quería yo al administrador?

--Siga usted adelante, suba usted por aquella escalera, tuerza a la izquierda, siga usted el corredor, tuerza a la derecha, suba otra escalerilla, y allí enfrentito tiene usted su despacho.

De todo aquello no me hice cargo sino de que siguiera adelante. Y seguí. Vi una escalera y subí por ella.

--¿El señor administrador?--pregunté a otro hombre.

--Venga usted conmigo; yo le llevaré hasta su despacho.

Mientras me guiaba por los anchurosos y sucios corredores, no pude menos de decirme: «Ceferino, dispensa, chico, pero estás haciendo una melonada.» Tropezábamos aquí y allá con mujeres y hombres que me miraban fijamente, como si adivinasen aquel juicio poco lisonjero que había formado de mi persona y lo corroborasen en todas sus partes. Al fin me hallé frente a frente del administrador, un señor anciano, pálido, bigote y perilla blancos, traza de militar retirado y gorro de terciopelo azul en la cabeza.

--¿Qué se le ofrece a usted?