Chapter 17
Llegaban las once, y entonces mis pies se movían presurosos por la revuelta calle de Argote de Molina, hasta alcanzar la casa de Gloria. El misterio daba a nuestras entrevistas un encanto infinito. Con la frente apoyada en las rejas de la ventana, sintiendo el hálito blanco de mi amada y el roce de sus cabellos perfumados, dejaba transcurrir las horas, que tal vez serán las más felices de mi existencia. Gloria hablaba, hablaba sin cesar. Yo, ofuscado por la luz de sus ojos, que, como dos acumuladores eléctricos, iban lenta y suavemente magnetizándome, la escuchaba sin pestañear, acariciado por aquel acento andaluz, dulce y salado a la vez, cuyo recuerdo hace suspirar a más de un inglés en las brumas de la Gran Bretaña. ¿De qué hablaba? Apenas lo sé: de los sucesos insignificantes del día, de las nonadas de la vida; algunas veces, de lo por venir, imaginando mil proyectos contradictorios que me hacían reír; algunas también, de sus recuerdos de convento. Gozaba extremadamente oyéndole contar las travesuras de su época de colegiala, los mil incidentes, tristes o cómicos, que le habían pasado en el colegio.
De niña era un diablejo irresistible, lo reconocía ingenuamente. Apenas se pasaba día sin que dejase de proporcionar algún disgusto a las hermanas. La vida triste y monótona del colegio no era para ella. Se levantaban muy temprano y hacían media hora de oración en la sala de clases. Luego oían misa. A la salida se hablaban, preguntándose por la salud únicamente. A la hora de recreo, o _récréation_, como allí se decía, también se hablaban. Fuera de estas horas estaba prohibido comunicarse. Pero ella nunca había cumplido esta orden, ni mientras colegiala, ni cuando hermana. «No podía, hijo, no podía. Se me agolpaban las palabras a la lengua, y, o salían, o estallaban.» En cierta ocasión, por haberse burlado de la hermana San Onofre, la habían encerrado en la buhardilla. Desde allí se veía un cuartel, y, oyendo gritar al centinela: «¡Centinela, alerta!», contestó a grito pelado: «¡Alerta está!» Esto produjo un verdadero escándalo en el colegio, y le acarreó un castigo ejemplar. Pero se burlaba de los castigos lo mismo que de las hermanas. Muchas veces le imponían por penitencia entrar en todas las clases, hincarse de rodillas en medio de ellas y hacer algunas cruces en el suelo con la lengua. No le importaba. Al contrario, lo que hacía era excitar la risa de las otras niñas con sus muecas. Quise saber algo de la madre Florentina. Lo que me había dicho la monja francesa había despertado mi curiosidad.
--¡Ah! La madre Florentina era muy buena. Nos llamaba siempre _filletas_ y nos dejaba hacer cuanto queríamos, menos cuando tocaban a trabajar. ¡Oh! Entonces no había más remedio que apretar durito. No consentía en nuestros cuartos ni un tantico así de polvo. Nos tenía barriendo hasta que quedaban como un espejo. ¿No sabes que ella también pagó caro el bailoteo de Marmolejo? Se la depuso y se la obligó a pedir perdón de rodillas a la comunidad. ¡Pobre madre! Por culpa nuestra..., quiero decir, por culpa tuya.
--He sabido que no era ya superiora por la monja que salió a abrirme en el colegio; una monja guapa, por cierto, con ojos muy severos y acento extranjero.
--¡Ah, sí! La hermana Desirée.
--Mal genio debe de tener.
--¡Condenadísimo! No somos amigas. Cuando era educanda no me dejaba vivir. Hasta que un día vino el trueno gordo, ¿sabes?, quiero decir, hasta que le rompí la cabeza. Desde entonces quedó como un guante.
--¡Romperle la cabeza!--exclamé, sorprendido.
Me lo explicó con lujo de pormenores. Un día, a la comida, advirtió que su cuchara tenía cardenillo, y lo dijo en voz alta. La hermana Desirée, que tenía la intención de un veragua, tomó la cuchara, la limpió y se fue a la superiora con el cuento de que no quería comer con ella por capricho. La superiora, entonces, le había mandado lamerla delante de la comunidad y de las otras niñas. Lo hizo por no dar mal ejemplo; pero en seguida se levantó y se fue a encerrar en su celda. La hermana Desirée la siguió y quiso traerla de nuevo a la mesa, a viva fuerza. Comenzó a reprenderla ásperamete, diciéndole mil insultos, y hasta trató de golpearla. Entonces, al sentir la mano de la profesora en la mejilla, había perdido la razón, cogió un taburete y se lo zampó sobre la cabeza. «¡Qué susto, chiquillo, al verla con la cara llena de sangre!» Se precipitó a socorrerla, limpiándola con el pañuelo, lavándole la herida, y, llorando como una Magdalena, se arrojó a sus pies, pidiéndole perdón. Luego, cuando quisieron que hiciese lo mismo delante de la comunidad, se negó a ello. La misma hermana Desirée intervino para que no se la violentase ni castigase. Desde este suceso parece que la miraba con mejores ojos o, al menos, no la reprendía tanto como antes. Gloria había advertido que alguna que otra vez, muy rara, la hermana se enternecía. Cuando pensaba que nadie la miraba, quedábase largo rato con los ojos en el vacío, pasaba por ellos una ráfaga de ternura y concluían por arrasársele. Entonces se ponía guapa de veras. Apetecía ir a besarla. Mas si se advertía que la estaban mirando, volvía a poner aquellos ojazos crueles que a todas nos asustaban. Más tarde se había enterado de que se había hecho monja por unos amores desgraciados.
Además de esta, pintábame con gracia el tipo de otras hermanas que había tenido por profesoras. Había una, francesa también, llamada la hermana Saint-Etienne, a quien remedaba con singular donaire: «Oh, silence, enfant! Oh malheureux enfant, je vous mettrai en cachot!» Era delicioso oírle pronunciar el francés. «Tenía razón la pobrecita--concluía riendo--, porque yo era un bicharraquillo muy malo.»
En aquellas noches me enteró también de los pormenores de su profesión. Estaba tan aburrida en casa, que resolvió volverse al convento. No quería, sin embargo, profesar. Pero su estancia allí, de otra suerte, se haría imposible. Al fin, obligada por la necesidad y bajo la presión continua y persistente de cuantos la rodeaban, se decidió a hacerlo. Era el día 9 de mayo. Su madre y algunas tías y primas que tenía en Sevilla habían ido al convento para asistir a la toma de hábito.
Después que había oído una plática del confesor en la capilla y habían terminado todas las ceremonias, una hermana la llevó a su celda y la dejó sola para que se vistiera el hábito y se pusiera la cofia. El hábito se lo había metido sin vacilar; pero al llegar a la cofia le había entrado una repugnancia tan grande, que por tres veces la arrojó al suelo diciendo: «¡Yo no me pongo este gorro!» Y otras tres la había recogido. Por fin, se la puso. Llegó otra vez la hermana y le pidió un espejo. En el colegio no lo había; pero dijo que iba a llevarla a la sacristía, donde lo encontraría y podría verse bien. No quiso ir. Estaba de un humor de todos los diablos. Al pasar por delante de una puerta vidriera que tenía cortinillas encarnadas había podido ver su imagen reflejada.
--¿Y sabes que no me pareció que estaba feílla con la cofia?
--Al contrario--repuse yo--: te sentaba admirablemente, estabas guapísima.
--¡Chitón! Déjame concluir. Después que me vi en la vidriera me animé un poquirritillo. Fui otra vez a la capilla y allí me abrazaron todas mis amigas. ¡Ay hijo, entonces comencé a soltar lágrimas a chorro! ¡Me dio una perrera, que pensé liquidarme!
Pero, como era una chiquilla, pasó al instante de la tristeza a la alegría. La comunidad celebró su toma de hábito con un refresco espléndido y una comedia en que trabajaron las educandas. Aquel día había estado fuertemente excitada: tan pronto reía como lloraba. Después que se vio monja se había modificado un poco. Hasta hubo temporadas en que se había creído realmente con vocación, en que exageraba como ninguna hermana las penitencias y los escrúpulos. Poco faltó para que la creyeran santa. La más leve falta le producía tal escozor en la conciencia, que no se contentaba con ir a pedir perdón de rodillas a aquella a quien había ofendido, sino que, al reunirse la comunidad a la hora de comer, se arrodillaba delante de todas y decía con lágrimas: «Hermanas mías, me acuso de haber ofendido a Fulana, de este o de otro modo, dando mal ejemplo a la comunidad», y también se acusaba de sus pensamientos malos: «Hermanas mías, me acuso de ser soberbia, de tener mucho amor propio y creer que hago las cosas mejor que ninguna. Hermanas mías, ¿me perdonan vuestras caridades el pecado de haberme distraído durante la misa?»
--En fin, hijo: que las traía fritas a perdones. No sé cómo me aguantaban.
Después pasaba al extremo opuesto. Había temporadas en que le daba por ser mala y mortificar a todo bicho viviente. Las niñas le temblaban. Buscaba pretextos para castigarlas. Armaba riñas entre las hermanas. Era el genio malo del convento. Estas temporadas terminaban, como las otras, por una gran crisis nerviosa, un fuerte ataque, que la dejaba postrada algunos días en cama. También tenía momentos de tristeza tan profunda, que apetecía y aun buscaba la muerte. En cierta ocasión se arrojó al pozo, y de allí la sacaron medio asfixiada; pero nadie supo, mas que el confesor, que había tenido intención de suicidarse. Los únicos días felices fueron algunos que pasó en el convento de Vergara, cuando había estrechado amistad con Maximina. El cariño ciego, mejor dicho, la adoración extática de aquella niña, la había consolado de bastantes pesares. «¡Dios perdone a quien me separó de ella!»
La charla incesante, suave, monótona, de Gloria, donde se percibía el silbido continuo de la ese, me producía un mareo lánguido, cierto retardo voluptuoso, al cual contribuía el ambiente abrasador que se respiraba, el perfume penetrante de las flores y plantas de almoraduj y albahaca, entre las cuales aquella se sentaba.
Durante estas confidencias íntimas, preocupada enteramente por sus recuerdos, me abandonaba la mano. El tibio contacto de su piel delicada, al través de la cual sentía palpitar el calor misterioso de la vida, me llenaba de dicha, una dicha profunda, incomparable, infinita; jugaba suavemente con los dedos torneados y creía sentir en ellos tan pronto febriles estremecimientos como languideces invencibles, ardientes promesas y ahogados anhelos de ternura. De cuando en cuando separaba la cabeza, porque me sentía sofocado, y aspiraba fuerte y prolongadamente el aire con un suspiro extraño que hacía reír a la hermosa. Según avanzaba la noche, iban cerrándose, uno a uno, los agujeros de luz que había en la calle. La atmósfera, quieta y abrasada, nos traía rumores confusos de puertas que se cierran, saludos que se cambian, pasos que se alejan; los ruidos todos que preceden al reposo. Y este llegaba al fin. El aire desierto y melancólico ya no vibraba con ningún sonido. Sólo de tarde en tarde el golpe lento del reloj de la Giralda lo estremecía de improviso con metálico clamor. La sultana de la Andalucía se entregaba al sueño debajo de su espléndido dosel de estrellas. Dentro de su recinto, no obstante, velaba siempre el amor. Hasta el amanecer podían verse en sus estrechas y misteriosas encrucijadas algunos galanes que, como yo, yacían inmóviles, con la frente pegada a alguna reja.
Las horas corrían veloces; pero nosotros no oíamos o no queríamos oír los golpes del reloj sonando lentamente en el silencio y soledad de la noche. Sin embargo, la seca campanada de la una nos estremecía y nos llenaba de inquietud. Aún permanecíamos hablando algún tiempo. Sonaba la una y media...
--Vete, vete.
--Cinco minutos nada más.
Pasaban cinco minutos, y otros cinco después, y yo no me movía. Entonces Gloria, de repente, a la mitad de una frase, se levantaba enojada consigo misma y me decía bruscamente:
--Adiós; hasta mañana.
--Dame la mano siquiera para despedirte.
Me la daba, y yo la retenía a la fuerza algunos minutos más. De pronto alzaba la cabeza en señal de susto, y decía en voz alterada:
--¡Siento ruido!
Yo, estremecido, soltaba la mano, y ella se alejaba riendo del engaño.
De malísima gana también me alejaba yo de aquel rincón oscuro y discreto, donde dejaba mi felicidad. A paso rápido iba salvando las estrechas calles anegadas en sombra, no viendo por encima de mi cabeza más que una banda de azul profundo sembrada de estrellas.
Todos los días me condecoraba, esto es, me ponía en el ojal la flor que llevaba en el pecho. Al día siguiente era menester llevársela marchita; la deshojaba cuidadosamente y me ponía la nueva. La idea de que pudiera regalar aquella flor a otra mujer la estremecía. Empezaba a notar con deleite que sentía celos, celos inconscientes y vagos que ansiaban formularse, sin llegar a conseguirlo. Hacíame mil preguntas acerca de la tertulia de Anguita, me obligaba a describirle minuciosamente todas las jóvenes que allí asistían, y luego, repentinamente, mirándome con fijeza a los ojos, me preguntaba:
--Vamos a ver: ¿y cuál es de todas la que más te gusta?
--Ninguna. Todas me gustan por igual.
--¿Por qué sueltas esas simplezas? ¿Crees que me voy a enojar porque te guste una más que otra? Al contrario, hijo.
--Yo no tengo ojos nada más que para mirarte a ti. Y desde que tú me gustas he perdido el gusto de todas las demás.
Ella, insistía con calor, llamándome embustero, gitano, comediante. Al fin, una noche, más por complacerla que por otra cosa, le dije:
--Pues, si he de serte sincero, la que allí me parece mejor es tu prima Isabel.
¡Dios eterno, qué hice! A pesar de la poca claridad que había, la vi ponerse densamente pálida.
--¡Ya me lo sospechaba!--exclamó con voz ronca y extraña, que me asustó--. ¡No había de gustarte una chica tan hermosa! Tú también le habrás gustado a ella, como si lo viera... ¡Lucido papel me habéis hecho representar! Pero esa es una infamia; sí, una infamia... Desde el momento en que has comenzado en recaditos con ella debí comprender que lo que ella quería era un novio más; mejor dicho, un esclavo más de los que lleva sujetos con un cordelito...
--Pero, Gloria, ¿qué estás diciendo ahí?
--No me trate usted de tú--exclamó, mirándome con ojos chispeantes de furor--. Yo no tengo ya nada que ver con usted... Márchese usted y déjeme el alma quieta...
Asombrado, dolorido, sin saber lo que me pasaba, traté de hacerla entrar en razón. Todo era inútil. No me escuchaba. Excitada por sus mismas palabras, que se atropellaban unas a otras, colérica, descompuesta, me cubría de denuestos, repitiendo a cada instante: «¡Márchese usted! ¡No quiero verle a usted delante!»
No hubo más remedio que aguardar a que se desahogase. Cuando lo hubo hecho, cayó en un singular abatimiento. Tapose la cara con las manos y comenzó a sollozar fuertemente. Aproveché aquellos momentos para decirle lo que creí del caso, demostrándole con razones irrefutables su engaño y el agravio que me hacía. Parece que mis palabras y mi actitud firme y serena hicieron sobre ella impresión, porque no tardó en parlamentar.
Sin embargo, me asaeteó a preguntas, procurando cogerme en contradicciones, observando mi rostro fijamente con ojos inquisitoriales. Después me hizo jurar más de cien veces, por todos los seres queridos que se me habían muerto, por todos los santos del Cielo, que sólo ella me gustaba de veras y sólo a ella quería. Uno de los juramentos, el último y más solemne de todos, me obligó a hacerlo de rodillas sobre las piedras de la calle.
--Si me engaña--concluyó diciendo, con la frente fruncida y mirándome severamente--, cuenta que te clavo un puñal en el corazón.
--Ahí va el puñal--dije, sacando el que me habían regalado en el Fomento de las Artes y que llevaba por precaución en mis excursiones nocturnas--. Te clavarás a ti misma clavando mi corazón--añadí, sonriendo.
--¡Ah gitano, macareno!--exclamó, mirándome al mismo tiempo con sorpresa y cariño--. Venga... Lo guardo... Ten por seguro que no escapas vivo si me haces traición.
--Casi me entran ganas de hacértela por el gusto de morir a tus manos.
Pasó del dolor a la alegría instantáneamente. Las carcajadas se sucedieron a los sollozos. Como si quisiera indemnizarme del susto y de las injurias que me había dicho, ninguna noche estuvo tan cariñosa y zalamera. Tirándome por las manos y sonriendo con sus ojos llorosos aún, exclamaba:
--¿No parece mentira que haya llegado a enamorarme de este modo de un gallego?
No obstante, desde entonces había días en que me hacía padecer mucho con sus celos injustificados. Tenía un miedo tan grande a que se la pegara, como ella decía, que sólo con la idea se estremecía y empezaba a injuriarme. Después me pedía perdón, riendo de sí misma.
Cerca de su casa había un establecimiento de bebidas, que solía estar abierto hasta hora muy avanzada. Una noche, hallándome, como de costumbre, en coloquio amoroso, se me presentó de improviso un chico, trayendo en la mano una batea de cañas de manzanilla. Acercose a mí y me dijo:
--De parte de unos señores que están ahí bebiendo, que haga usted el favor de beber a la salud de la señorita.
Quedeme estupefacto mirándole, y pensando después que era una broma, dije con malos modos:
--Yo no conozco a esos señores ni sé cómo se atreven...
Pero Gloria me tiró de la manga, diciéndome:
--Bebe.
La miré sorprendido.
--¿Hay que beber?
--Sí, hombre, sí; bebe.
Hice como me mandaba, apurando una caña, y luego dije:
--Deles usted las gracias.
Cuando se hubo alejado el chico, me dijo:
--¡Buena la hubieras hecho si no aceptas! ¡Menuda bronca te arman esos gachós!
Luego me explicó que aquello en Andalucía no solo no tenía nada de particular, sino que era un acto de cortesía y franqueza que debía agradecerse. Me recomendó que no dejase de pasar después por la tienda a darles las gracias, pero encareciéndome mucho que no permaneciese allí más tiempo que el indispensable, porque a menudo había reyertas. Algo maravillado de aquellas singulares costumbres, así que me despedí de ella, apresureme a cumplir su encargo. En la taberna hallé hasta media docena de individuos con trazas de personas decentes, que comían alcaparras y langostinos, remojándolos con tragos de manzanilla. Pregunté al chico si eran los que me habían convidado, y habiéndome respondido afirmativamente, le encargué que sacase unas copas de jerez, corriendo de mi cuenta. Fui a darles después las gracias, y me recibieron con una cordialidad tan rara como grata. A los cinco minutos de hallarme entre ellos parecíamos camaradas de toda la vida. Creo que si estoy allí una hora, salimos tratándonos de tú. Me hicieron de Gloria unos elogios que, aunque un poco vivos y si se quiere brutales, tuve que aceptar y aun agradecer, pues se comprendía que eran dichos de buena fe y con ánimo de agradar. Brindamos y bebimos por ella más de una docena de veces, y se invitaron con la mayor alegría para beber unas cañitas a la salud de los novios el día de la boda. Iba ya a despedirme, acordándome de la recomendación de mi novia, cuando creí escuchar ruido de dinero y murmullo de gente arriba.
--¿Qué hay arriba?--pregunté a uno.
--Timbirimba. Si usted quiere echar una miraíta, suba usted esa escalera.
Aunque no soy jugador, siempre he tenido alguna inclinación a los naipes. Subí, pues, por donde me señalaban, con cierta curiosidad, y al llegar a la sala de arriba vi, en efecto, hasta veinte o treinta personas reunidas en torno a una mesa de juego. Procuré ver las cartas asomándome por encima de los hombros, y lo primero que observé, ¡caso chistoso!, fue al famoso Llagostera, mi compañero de fonda, aquel catalán eterno detractor de la holgazanería andaluza, con la baraja entre las manos tirando un entrés. Si hubiera visto al arzobispo en persona en aquella forma, no me hubiese sorprendido más. Manejaba los naipes con singular maestría, como jugador de oficio. De cuando en cuando, así que las apuestas estaban hechas, decía en voz alta, con el acento rudo que le caracterizaba: «Juego, caballeros.» Después de la sorpresa acudió a mí cierta irritación, no exenta de risa. ¿Este era el hombre que todos los días nos mareaba con el trabajo de Cataluña y mostraba tal desprecio al resto de los españoles? «Pues no te escapas sin verme», dije para mí, y a fuerza de trabajar con los codos logré ponerme en primera fila. Saqué un duro del bolsillo y, tirándolo sobre la mesa, dije: «Ese duro al cinco, señor Llagostera.» Levantó la cabeza, y al verme se inmutó ligeramente; pero, reponiéndose en seguida, me saludó con la mayor desvergüenza: «Buenas noches, compañero.»
Cuando le conté la aventura a Villa, se tiraba en la cama de risa. Luego, a la hora del almuerzo, comenzó a cantar las excelencias del trabajo, llamando a cada paso en su apoyo al catalán: «¿Verdad, señor Llagostera, que no hay otra fuente de riqueza?--al mismo tiempo hacía con disimulo el ademán de tirar de una carta--. ¿Verdad, señor Llagostera, que el único medio de prosperar las naciones y los individuos es el trabajo honrado? ¿Eh? ¿El trabajo decente?--la misma a mueca--. Yo no conozco más que a los catalanes que sepan tirar..., tirar bien del carro de la riqueza, ¿eh?--tirando de la carta imaginaria--. ¡Oh, si los andaluces tirásemos tan bien!...» Los comensales no podíamos reprimir la risa. Yo estaba temiendo un conflicto. Pero no lo hubo. Aquella misma noche se mudó el catalán de la casa.
Aunque no tan asiduamente como antes, continuaba asistiendo a la tertulia de las de Anguita, cuidando, por supuesto, de salir antes de las once. Joaquinita seguía persiguiéndome con sus cuartos de hora de conversación zalamera, empalagosa. Vagamente, sin embargo, porque lo mismo Villa que Isabel habían guardado reserva absoluta, entró en su mente la idea de que yo estaba enamorado en otra parte, y no me dejaba vivir con su «Uté etá chiflaíto, Sanhurho. Se le conose a uté en los oho. A vese lo pone uté entornaíto, entornaíto, que paese que se quea uté dormío.» Y era verdad. Más de una vez y más de dos me tengo dormido escuchándola. Isabel se había ido aquellos días con su padre a Sanlúcar, a la boda de una prima suya. Pepita proseguía la persecución de Villa, y éste, desembarazado por la ausencia de Isabel, continuaba dando caza a la criadita de la casa en las mismas narices de la señorita. El señor Anguita, que no se calentaba, a pesar de hallarnos en los días más terribles de agosto, había adquirido recientemente un pandero con el retrato de una chula, y se había vuelto loco y casi nos había vuelto locos a todos. Ramoncita, siempre en conversación grave, importantísima, con sus amigas jamonas y solteras. Don Acisclo, esparciendo el humorismo a un lado y a otro, y con él un vivo deseo de venganza en los pechos de los pollastres a quienes maltrataba. Lo único que me interesaba un poco eran los amores del presbítero don Alejandro con su discípula.
A pesar de la vigilancia exquisita de Pepita, se los veía tan pronto en un rincón como en otro, cuchicheando lo mismo que en el confesonario. El presbítero andaba tan revuelto y acongojado, que apenas si había contestado a lo que le preguntaban. Se había puesto pálido, ojeroso, y cuando alguna vez cantaba cosas de ópera, arrastraba de tal modo las notas, que parecía que se las paseaba a uno por las tripas. Observé que Elenita no estaba acongojada ni mucho menos, antes se mostraba alegrísima, acribillándole a sonrisitas y miradas tiernas, lo cual no era óbice para que las prodigase también a todos los jóvenes «en disponibilidad» que asistíamos a la tertulia. Llegué a imaginar que aquella vivaracha joven se gozaba en las angustias y los desvelos de su maestro.