La hermana San Sulpicio

Chapter 16

Chapter 164,032 wordsPublic domain

--Uté dispense, señorito... Le había confundío con don Celipe el inpetor del taller de pitiyo.

El cíclope enano no hizo alto en esta equivocación, y pude salir a la calle satisfecho del éxito de mi visita.

¡Cómo reímos por la noche Gloria y yo de la famosa entrevista y del peligroso encuentro! Mas al día siguiente tuve ocasión de ponerme serio, cuando, al presentarme a Don Oscar, éste me entregó un papel doblado, diciéndome:

--Ahí tiene usted la lista de sus obligaciones o de los trabajos que ha de desempeñar en esta casa.

Lo desdoblé, y vi una especie de cuadro sinóptico de los que se usan en las escuelas para determinar los trabajos de los niños, lleno de claves artísticamente trazadas y de rayas admirablemente hechas con tinta de China. Era la obra de un gran calígrafo: _Mañana_. De tal hora a tal hora: Examen de cuentas. De tal hora a tal hora: Correspondencia. Luego, media hora para almorzar, un cuarto de hora de descanso. Apenas me quedaba tiempo para rascarme. Aquella portentosa obra de caligrafía me puso de muy mal humor, sobre todo porque advertí que debía pasar la mayor parte del día en las oficinas de la fábrica, situada en las afueras de la ciudad, hacia el barrio de San Bernardo. Cuando con acento de amargura se lo dije a Gloria, ésta se echó a reír locamente.

--¡Pobrecillo mío, ya te ha caído el cuadro sobre la cabeza! Consuélate, hijo, que tu Gloria ha vertido muchas lágrimas sobre otros parecidos. ¡Qué hombre más apestoso! Cuando niña, en vez de traerme confites, se entretenía en dibujar cuadritos distribuyéndome las horas. De tal hora a tal hora gramática castellana. Después lección de solfeo. En seguida bordado. Por la tarde lección de dibujo... Y como mamá le apoyaba, no había más remedio que sufrirle... ¡Maldita sea su estampa!... ¿Quieres creer que ahora ha tenido la desvergüenza de hacer lo mismo? Verás tú. Al día siguiente de llegar del convento, al pasar por delante de su despacho, le veo muy atareado con el pocillo de la tinta de China a un lado y el tiralíneas en la mano... ¡Vaya, cuadrito tenemos! dije para mí. ¡Ya verás, saleroso, lo que hago yo con tus litografías! Por la tarde me lo entrega con mucha ceremonia. Yo lo recibo con la misma y le doy un millón de gracias. En seguidita me voy a mi cuarto y hago con él una pajarita preciosa... Ninguna me ha salido tan bien... El papel era gruesecito, ¿sabes?... Tenía el piquito levantado, que apetecía comérsela... Voy muy callandito a su alcoba y se la coloco sobre la mesa de noche. Al día siguiente le encontré con un hocico de media vara, que aún dura, y a mamá lo mismo... pero no me han dicho palabra.

Me dispuse a cumplimentar las tareas del cuadro sinóptico, con la esperanza de que aquello no duraría mucho tiempo. No dije nada a Villa ni a Matildita, ni a Isabel siquiera. Se hubieran reído de mí grandemente. Aunque pasaba la mayor parte de las horas en _La Innovadora, gran fábrica de jabones comunes y finos perfumados_ (que por cierto examiné cuidadosamente, como quien cuenta ser pronto dueño de ella), algún tiempo me tocaba estar también en casa de Gloria, dando cuenta a D. Oscar de mis trabajos o escribiéndole algunas cartas. En estas ocasiones veía rara vez a mi novia, y cuando llegaba este caso, en los corredores, pasábamos el uno al lado del otro sin aparentar conocernos. El primer día que la vi le pregunté a D. Oscar, que iba conmigo:

--¿Quién es esta joven?

Tardó en contestar, y dijo al cabo con acento donde se traslucía sorda hostilidad:

--La hija de doña Tula.

--¿Tiene más que ésta?

--No... Y es bastante.

Me abstuve de insistir, porque el tono del enano era concluyente y revelaba mal humor.

Por detrás de él Gloria me solía hacer mil muecas, poniéndome en grave peligro de perder la serenidad y echarlo todo a rodar. Dos veces, en el espacio de ocho días, me invitaron a comer. Los manjares predilectos de aquellos seres eran tan extravagantes como ellos. Don Oscar cogía a puñados los berros y se los metía en la boca y los rumiaba como un buey. Además, hacía uso inmoderado del vinagre. Hasta lo echaba en la sopa. D.ª Tula, con empalagosa solicitud, se lo advertía.

--¡Don Oscar! ¡don Oscar!

--Déjeme usted, doña Tula. Atienda usted a su estómago, y no se meta en el de los demás--respondía con su voz formidable el enano, trayendo hacia si la vinagrera.

En cambio, D.ª Tula abusaba fuertemente del azúcar. Era cosa que me causaba náuseas verla echar cucharadas colmadas en cuantos platos se la presentaban. D. Oscar comía rajas de naranja con aceite y vinagre. D.ª Tula espolvoreaba de azúcar los pimientos.

Así se pasaron diez o doce días. La exactitud de don Oscar me abrumaba. Estuve por mandarlo al diablo más de veinte veces. Cuando me encargaba de cualquier comisión, sacaba del bolsillo su enorme cronómetro.

--Tiene usted que llevar estas letras a la presentación. Después debe usted pasar por casa de Ricardo y ver si le quiere dar algún dinero, a cuenta de las cincuenta cajas que se llevó el mes pasado. Son las diez y treinta y cinco. Para ir al despacho de Arias, en la calle de San Pablo, le bastan a usted ocho minutos; cinco más para presentar las letras, son trece; echemos diez para ir a la Campana, a casa de Ricardo, son veintitrés; ocho para tratar con él la cuestión de los cuartos, son treinta y uno, y seis para venir de la Campana hasta aquí... echemos nueve... son cuarenta... A las once y cuarto, o a todo más a las once y veinte, puede usted muy bien estar de vuelta.

No había más remedio que caminar por Sevilla con la lengua fuera, si no quería incurrir en el desagrado de aquel enano autoritario, que lo expresaba en frases corteses, sí, pero firmes y severas. Invariable, infaliblemente, D. Oscar iba a misa de ocho a San Alberto con doña Tula todos los días. Gloria les acompañaba unas veces sí y otras no. Cuando lo hacía, se iba lo menos veinte a treinta pasos delante. El bendito señor no asistía a ningún café, ni iba jamás al teatro, ni salía a paseo. Sus horas de recreo, que tenía tan bien clasificadas como las de trabajo, las invertía en jugar a las _damas_ con D.ª Tula. Ésta pasaba la vida limpiando la casa o en brega con las flores, por las cuales profesaba idolatría. Cuando la tropezaba en los pasillos, rara vez dejaba de llevar en brazos alguna maceta que iba a colocar al sol o a la sombra, según conviniese.

--Agur, querido; voy a llevar este geranio a atrás, porque el pobrecito se me está requemando aquí en el patio. ¿No ha visto usted este rosalito? Mire qué botoncito más lindo y más rico tiene ya, y eso que no hace siquiera un mes que lo he plantado... Voy a aprovechar el rayo de sol que cae ahora en la ventana de la sala para que se alegre un poquito...

Y en busca de los rayos de sol o de las rayas de sombra, la pobre señora no paraba un instante, llevando y trayendo las macetas. En la tarea de regarlas por la mañana y por la tarde, no sólo se ocupaba ella, sino que empleaba también a las criadas. Era uno de los quehaceres mayores de la casa. D. Oscar no estaba de acuerdo con esta manía, pero la toleraba bondadosamente como una debilidad femenina. Algunas veces le decía sonriendo con superioridad:

--Vamos a ver, doña Tula, ¿quiere usted decirme qué utilidad reportan las flores?

La señora quedaba desconcertada.

--¡Las flores son muy bonitas, don Oscar!--exclamaba llena de despecho.

--Bonitas, convengo en ello... pero no son útiles.

Otro de los quehaceres que más tiempo la exigía era el tocado; caso raro, porque exceptuando a misa, jamás salía de casa, y en casa apenas se recibía visita alguna. Aquella serie de rizos tan iguales, tan primorosos, pegados a la frente con esmero, no tenían más ojos que los viesen, salvo los de las cuatro viejas que se reunían a oír misa en San Alberto, que los de su hija, D. Oscar y las criadas. D.ª Tula conservaba vivo el sentimiento de la belleza, que reside sin excepción apenas en todas las andaluzas. Cuando me tropezaba y no iba muy ocupada, solía detenerme y charlar conmigo, mostrándome siempre la misma compasión. ¡Las veces que me habrá llamado pobrecito aquella buena señora!

¿Qué clase de relaciones eran las que existían entre ella y D. Oscar? Si fuera a dar crédito a las insinuaciones y reticencias que había oído, el bendito señor era su amante. Mas, aparte de que la edad de ambos no lo hacía probable, en los días que frecuenté la casa no pude observar nada que lo confirmase. Se trataban siempre con igual ceremonia, D. Oscar con cierta superioridad intelectual, D.ª Tula con humildad afectuosa. Ni una mirada donde se pudiera traslucir un sentimiento más íntimo, ningún dato que los acusara. D.ª Tula tenía sus habitaciones en el piso bajo; el bendito señor, en el alto. Esto no obstante, yo no juraría que lo que se decía careciese en absoluto de fundamento.

La vida que llevaba en aquellos días era por demás asendereada y trabajosa, y lo que es peor, no veía la utilidad de ella, como D. Oscar la de las flores. Mi entrada en la casa, aunque otra cosa pensase Gloria, no había facilitado la solución del problema que ambos tratábamos de resolver. Por el contrario, me parecía que cuando se descubriese el engaño quedaría en peor estado. Además, ni un minuto más de plática con mi novia me había concedido tal entrada. Cuando le hice presente a aquélla mis quejas y le expuse amargamente los abrumadores trabajos que D. Oscar me imponía, exclamó riendo:

--¿Te habías figurado, hijo, que el conquistar esta plaza no había de costar ninguna pena? Si fuese en otro tiempo, estarías a estas horas en un calabozo de la Inquisición por haberte atrevido a galantear a una monja.

Vi en la obscuridad brillar sus ojos negros, gozosos y blanquear las filas de sus dientes moriscos, y se huyó de repente mi tristeza. Sin embargo, dije exhalando un suspiro:

--¡Oh! Si esto dura mucho tiempo, me voy a quedar como una flauta... Mira, las sortijas se me salen del dedo.

--Mejor, cuanto más delgadito menos galleguito. Ya verás, chiquillo, ya verás lo que voy a quererte después que hayas pasado esta crujía. Conviene que mamá te tome algún cariño y don Oscar te estime. ¡Uf! Ya habla de ti como si hubiera tropezado con un tesoro escondido. Cuando llegue el momento damos el golpe... Te presentas un día con aquella levita tan larga que tienes... Mira, te ruego por Jesucristo vivo que no te me presentes delante con ella. Pareces el hermano mayor de la Paz y Caridad... Pero ese día sí, ¿sabes?... Es para que don Oscar te tome algún miedo... Pides mi blanca... digo, mi negra mano. A don Oscar se le erizan los bigotes y muge. Mamá llora y dice: «¡Pobrecita hija! Si se la ha de llevar un hombre, más vale que sea este señor de la levita larga, que ya entiende de jabones». Ya veras qué bien se arregla todo.

No participaba yo, como he dicho, de su optimismo. El cuadro sinóptico del bendito señor me traía loco. La curiosidad de Matildita estaba fuertemente excitada al verme salir temprano de casa y no volver hasta la noche, pues la mayor parte de los días almorzaba de prisa y corriendo en un café. En la tertulia de Anguita ya empezaban a correr bromas sobre mis desapariciones misteriosas. Excusado es decir que la que más preocupada andaba con ellas era Joaquinita. Isabel también se me quejó de que no iba por su casa ni le daba cuenta de la marcha de mis amores. Dijo que había estado un día a visitar a su prima, y que por ella sabía que hablábamos a la reja. «¡Parece mentira que sea usted más reservado!» Estuve tentado a soltar en su pecho el fardo que tanto me pesaba, pero un instinto de prudencia me retuvo. Quién sabe si me tomaría por un mentecato, viéndome en aquella ridícula situación. Por fortuna o por desgracia, vino un suceso inesperado a sacarme muy pronto de ella. Un día, al entrar en el despacho de D. Oscar, me encontré repantigado en una butaca al malagueño que había conocido en Marmolejo, a Daniel Suárez, mi presunto rival en el amor de Gloria. Quedé sin gota de sangre en el rostro. Toda debió fluir al corazón. Apenas tuve fuerzas para hacer una mueca que quiso y no pudo parecer sonrisa.

--¡Hola! ¿Usted por aquí?--dijo al verme, levantándose a medias del asiento y extendiéndome la mano.--No contaba verle tan pronto, amigo. ¿Cómo lo ha pasado usted?

--¿Se conocen ustedes, a lo que veo?--preguntó don Oscar con su voz recia y profunda.

--Hemos sido compañeros de cuarto en Marmolejo hace unos tres meses, poco más o menos... cuando Gloria estaba allí tomando las aguas, ¿sabusté?

Era el mismo hombre cínico y displicente. Sus ojillos negros y aviesos bailaban, sonrientes, de mí a D. Oscar, reluciendo de malicia. Si fuera posible quedar más desconcertado y confuso de lo que estaba, quedaría, seguramente, con estas palabras. Sentí la mirada de don Oscar en la mejilla, como una bofetada que me la enrojeció; pero no volví los ojos hacia él.

--¿Viene usted de Málaga?--pregunté, por preguntar algo.

--Sí, señor, vengo de Málaga... Me trae aquí un asuntillo, ¿sabusté?... un asuntillo--dijo, dando un chupetón y soltando el consabido chorrito de saliva. Al mismo tiempo me clavaba una mirada risueña, donde quise leer cierta burla despreciativa.--¿Usté también habrá venido a sus negocios?

--Sí, señor, aquí me ha traído un asunto que, por fortuna, ya tengo casi arreglado--respondí con tonillo impertinente, contestando a su mirada burlona con otra de desafío.

El amor propio herido hizo despertar la cólera en mi pecho. Y sin entrar en más contestaciones y sin volverme hacia D. Oscar, cuyos ojos sentía siempre posados sobre mí, dije:

--Vaya, señores, ustedes tendrán que hablar... Hasta la vista.

--Vaya usted con Dios, amigo... Y que el asunto se arregle del todo--me respondió Suárez.

Don Oscar no dijo una palabra. Pero al salir arrogante y altanero del despacho, resuelto a cualquier violencia si se me provocaba a ella, todavía sentí su mirada luciente y acerada en el cogote.

X

TROPIEZO CON UN GRAVE ESCOLLO

Cuando se hubieron pasado los primeros momentos de sorpresa y de cólera y, ya en la calle, pude reflexionar, caí en un profundo abatimiento. Creí que todo había venido al suelo, todo lo que constituía mi felicidad. La intención del malagueño no podía ocultárseme. Lo que seguiría después de doña Tula y el bendito señor se enterasen de mi intriga podía sospecharlo. Maldije la hora en que había conocido a aquel antipático sujeto, y le deseé de todas veras la muerte. Hecho lo cual, me dije con heroica decisión que yo no renunciaría por él ni por todos los malagueños diseminados por el globo al amor de Gloria y que nos veríamos las caras.

Sin embargo, el horizonte se presentaba muy oscuro, había que reconocerlo. Era menester comenzar de nuevo y urdir otras intrigas. Se urdirían. ¡Vaya si se urdirían! Pero ¿cómo empezar, si cortaban toda clase de relaciones entre Gloria y yo y se la llevaban a otro sitio, a un convento quizá? Pues la seguiría adondequiera que fuese y armaría un tejido tal de invenciones, que concluyesen por marearlos y hacerles ceder. Ceder, ¡ay! Si no estuviesen los cien mil pesos de Gloria por el medio, ya lo creo que cederían. «Pues yo no renuncio tampoco a ellos, aunque me hagan tajadas--dije con energía, entre dientes--. Podría renunciar si no se tratase más que de mí, y aun, si se quiere, de ella, pero hay que tener presente que mañana tendremos hijos, y que yo no puedo, en conciencia, despojarlos de lo que es suyo.» Pensando en estos hijos nonatos, despojados sin culpa del haber materno, me enternecí. Pasé aquel día en un estado de fuerte excitación, ideando mil monstruosidades y majaderías. Por la noche, al llegar las once, a sabiendas de que Gloria no podía estar en la reja, las piernas me llevaron a la calle de Argote de Molina. Calcúlese mi sorpresa y alegría cuando al pasar por delante de la casa vi la ventana abierta y percibí, como todas las noches, blanquear la figura indecisa de mi adorado sueño. Acerqueme con precaución, temiendo una emboscada; pero en seguida me convencí, al escuchar su voz, de que eran infundados mis temores. Me saludó muy enfadada, llamándome chinchoso, feo, ente, fatuo..., ¡gallego! Este era siempre el último insulto y el que, en su opinión, resumía y compendiaba todos los demás. La razón de aquella granizada de denuestos: que hacía diez minutos largos que eran sonadas las once y que esperaba. Quedé estupefacto.

--Pero, chica, ¿no sabes?

--¿Qué?...

Quise contarle el encuentro que había tenido por la mañana.

--Toíto lo sé; no me cuentes... ¿Y qué hay con eso?

--Pensé que tu mamá y don Oscar, al saber el engaño, te regañarían...

--¿Regañar?... Me armaron una escandalera atroz... Por supuesto, yo te negué con más desvergüenza que San Pedro a su Maestro... ¡Qué quieres, hijo..., las circunstancias!... Me preguntaron si te conocía... «En mi vida le he visto», contesté. «Pues ha estado en Marmolejo cuando tú.» «Pues no he reparado en él.» No es fácil que se hayan tragado la bola, porque es muy gorda; pero Daniel no debió de decirles nada. Se ha portado mejor de lo que podía esperarse.

--Si no lo ha dicho, lo dirá--manifesté con mal humor, producido por oírle llamar al malagueño por su nombre de pila, lo cual me parecía ya una infidelidad.

--¡Pues que lo diga! Si me aburren mucho, me planto como los borriquillos gallegos... (¡perdona, chico!) y digo: Señoras y caballeros, hasta aquí he llegado...

Me enteré de la edad que tenía, diecinueve años cumplidos, y propúseme consultar a algún abogado para saber si podría casarme contra la voluntad de su madre. Le dije también que, aunque Suárez hubiera sido discreto, tenía el convencimiento firme de que tramaba algo contra nosotros y que pronto se había de ver el resultado. Convino conmigo en que era imposible que volviese a presentarme en su casa. Aunque ignorasen los pormenores, lo mismo don Oscar que su madre estaban seguros de que yo no era tal oficial carlista y que venía en seguimiento de ella desde Marmolejo. Cuando le expresé mi temor de que cortasen aquellos coloquios a la reja, me respondió con resolución:

--Si me quitan la reja, ya buscaremos otro medio.

El ánimo de Gloria y la confianza que mostraba en los recursos de su imaginación me la infundían a mí también y me tranquilizaban. Al día siguiente, no conociendo a más jurista en Sevilla que a Olóriz, que estaba en el último año de la carrera, le consulté sobre los requisitos del matrimonio. Aunque se atusó gravemente la preciosa barba y metió dos o tres veces los dedos por la rizada selva de sus cabellos, masticando algunas generalidades, comprendí que sabía tanto como yo sobre el particular. Fui con él a su cuarto y examinamos los libros donde se declaraban. Allí vi que mi adorada pronto estaría en edad de casarse con quien quisiera. Por la noche comuniqué a ésta la noticia; pero, en vez de recibirla con alegría, se me puso muy enojada.

--¿Qué? ¿Un año todavía? ¿Y me lo cuentas con esa tranquilidad?... Ceferino, mira que te lo digo yo, ¡tú no tienes corazón!

--¡Oh Gloria!--respondí, todo sofocado, llevándome la mano al pecho--. No me digas eso. Aquí lo siento latir sólo por ti. Si dejases de amarme algún día, tengo la seguridad...

--Pero, hombre, repara que te estás llevando la mano al lado derecho, y ahí no puede estar el corazón.

Después dijo proféticamente, con una resolución que me inundó de alegría:

--¿A cuántos estamos hoy? A cuatro de agosto, ¿verdad?... Bien; pues el día primero de octubre será nuestra boda.

Sin estorbo alguno, con igual seguridad y placidez que antes, proseguimos nuestros coloquios nocturnos a la reja. Yo estaba algunas veces inquieto, sin embargo, imaginando que la hora menos pensada una delación del malagueño podría concluir con ellos. Su mismo silencio me daba miedo, haciéndome pensar en terribles asechanzas. Pero Gloria no sentía preocupación alguna. Cuando le interrogaba acerca de Suárez, me respondía que frecuentaba, en efecto, la casa, porque traía negocios mercantiles con don Oscar, que le hablaba alguna que otra vez; mas nunca, en su conversación, había hecho alusión a nuestras relaciones, ni tampoco se había propasado a galantearla más que en los términos vagos que en Andalucía carecen por entero de significación. Poco a poco me iba serenando. Allá, en el fondo, estaba quizá contento por haber sacudido de los hombros el tremendo cuadro sinóptico de don Oscar.

Las noches eran calurosas, asfixiantes. Cuando no iba a casa de Anguita, después que dejaba al amigo Villa, me agradaba dar vueltas por la ciudad en espera de las once, a pasos cortos y lentos, arrastrando los pies. Pasear a aquellas horas por las calles de Sevilla era lo mismo que visitar lo interior de las casas. Las familias y los tertulios se hallaban reunidos en los patios, y los patios se veían admirablemente desde la calle, al través de las cancelas. Veía a las jóvenes, con trajes claros, columpiándose en las mecedoras, los negros cabellos en trenza, adornados con alguna flor de vivos colores, mientras sus galanes, montados sin etiqueta en las sillas, departían con ellas en voz baja o les daban aire con el abanico. En algunos patios se tocaba la guitarra y se cantaban alegres malagueñas o peteneras, de notas prolongadas, melancólicas, coreadas por los «¡olés!» y el palmoteo del concurso. En otros, una o dos parejas de niñas bailaban seguidillas. Los palillos sonaban con gozoso chasquido; las siluetas de las bailaoras pasaban y repasaban por delante de la cancela, en actitudes ora arrogantes, ora lánguidas y desmayadas, siempre provocativas, llenas de promesas voluptuosas. Estos eran los patios que podían llamarse tradicionales. Los había también modernos o modernizados, donde sonaban en el piano los valses de moda o los trozos más notables de las zarzuelas estrenadas en Madrid recientemente, cuando no se cantaba el _Vorrei morir_, o _La stella confidente_, u otra de las piezas que los italianos componen para recreo de las familias sensibles de la clase media. Habíalos, por último, de carácter misterioso, donde la luz andaba sobradamente regateada, silenciosos, tristes, en la apariencia. Fijándose un poco, solía percibirse, a la media luz que reinaba entre el follaje de las plantas, alguna pareja amartelada. Y si el transeúnte detuviese el paso, quizá llegara a su oído el leve, blando, rumor de un beso, aunque no lo doy por seguro.

De todos modos, aquellos fuertes toques de luz que salían de los patios, aquel soplo rumoroso que pasaba a través de la enrejada puerta, animaban la calle y esparcían por la ciudad ambiente de cordialidad y de alegría. Era la vida meridional, franca, bulliciosa, expansiva, que no teme la mirada curiosa del paseante, antes la solicita y se huelga con ella, donde aún late vivo, después de tantos siglos, el sentimiento de la hospitalidad, la religión de los árabes. Sevilla ofrecía a tal hora un aspecto mágico, un encanto que turbaba el ánimo y convidaba a soñar. Creíase estar dentro de una ciudad calada, transparente, de un inmenso cosmorama de aquellos que, cuando niños, inquietan nuestra fantasía y despiertan en el corazón ansias invencibles de lanzarse a otras regiones misteriosas y poéticas. Aspirábanse aromas embriagadores. Ni un leve soplo de brisa refrescaba la frente. Mis pasos eran cada vez más cortos y más tardos, recorriendo, mareando, el confuso laberinto de las calles, animadas con vivas ráfagas de luz, regaladas de músicas y vibrantes de gritos y carcajadas femeninas.