Chapter 15
Por la obstinación con que sostuvo este plan y por el modo resuelto y habilidoso con que iba descartando las dificultades que a él se oponían, entendí que lo tenía muy meditado. Quedé convencido de que, a pesar de lo dicho, había madrugado tanto como yo a pensar en nuestro matrimonio. El mayor obstáculo era que yo no había estado en la guerra y no podía hablar de las batallas y los sitios, que sólo conocía de oídas o por los datos vagos de los periódicos.
--Mira, don Oscar tiene una porción de historias y documentos de la guerra. Mañana te traigo dos o tres libros, los lees, y luego vuelvo a colocarlos en su sitio. Aunque los echase de menos, ¿cómo iba a presumir que yo se los había llevado?
--¿Y la carta de recomendación?
--Para eso entiéndete con tío Jenaro. Él es también un poco carlista y tiene un hermano que ha sido general con don Carlos... Sabe muchas cosas de la guerra, y podrás aprovechar algo de lo que él te diga.
El plan era arriesgado; pero Gloria me infundía aliento, y me dispuse a llevarlo a cabo con la prudencia y astucia que me fuera posible. No quise pedir la recomendación al conde. Comprendía que, siendo él también carlista, le había de repugnar algo esta farsa, por más que su amabilidad le hiciera consentir en ella. Me dirigí a Villa, a quien había oído decir que tenía un tío en Cádiz, presidente del comité carlista. En cuanto le manifesté mi plan, se apresuró con júbilo a secundarlo. Escribiole a su tío pidiéndole una carta de recomendación para D. Oscar, destinada a un oficial carlista amigo suyo, y no se hizo esperar. Provisto de ella, y después de haber convenido con Gloria la hora y las circunstancias de la visita, me personé en su casa a eso de las once de la mañana, preguntando por D. Oscar.
La criada que salió a abrirme me condujo, al través del patio que yo había mirado tantas veces desde fuera, a la sala de recibo, desde donde Gloria me hablaba. Aunque turbado y tembloroso, no pude menos de echar a la ventana una mirada enternecida. Sobre su alféizar se sentaba mi saladísimo dueño todas las noches. ¿Dónde se encontraría ahora? El corazón me decía que no debía de andar muy lejos; pero, por más que miré con atención a todos lados, desde que traspuse la cancela, no había logrado ver ni el borde de su vestido. La estancia donde me hallaba no era grande. Tenía el sello característico de las salas donde no se hace vida de familia y se destinan solamente a las visitas. Los muebles, antiguos todos, se hallaban esmeradamente cuidados y colocados en perfecto orden y simetría: las sillas forradas de seda color oro viejo, de alto respaldo terminado con unas bellotitas de poco gusto. El suelo tapizado de estera fina de paja. Con el sombrero en la mano y las manos colocadas sobre los riñones, comencé a dar vueltas examinando los cuadros que colgaban de las paredes. Lo primero que llamó mi atención fue un retrato al óleo que representaba una mujer joven y agraciada, con lejano parecido a Gloria. Llevaba en la cabeza la alta peineta que se gastaba a principios del siglo, lucía hermoso pecho y tenía entre las manos una paloma. Presumí que sería la madre de Gloria. A entrambos lados había dos cuadritos al pastel que decían debajo: «_Les petits favoris du jeune âge_». El uno representaba un niño dando de comer a algunos conejos. En el compañero se veía a otro niño abrazado a un corderito. Frente a estos cuadros, en el lienzo opuesto, había un reloj en forma de cuadro, igualmente representando un paisaje; por el día señalaba las horas un pequeño disco que figuraba ingeniosamente el sol; por la noche debía de señalarlas otro que figurase la luna. A los lados había dos medallones bordados sobre papel con sedas de colores y en el centro la firma de Gloria Bermúdez, y debajo una fecha bastante atrasada.
Aquella salita tenía extremado carácter, como hoy se dice. Respirábase una atmósfera donde se mezclaba el sosiego, la mojigatería, el bienestar físico, el misticismo, la soledad y la riqueza, que no sabría decir si la hacía grata o desagradable. No era de esas estancias que acusan al instante los gustos, la vida y hasta el carácter de sus dueños. Detrás de aquel orden, de aquella limpieza y esmero, no se notaba más que cierto apego a la tradición y una vida retraída, sin saber por qué causa. Lo mismo podía vivir allí una familia de la Biblia que de una tragedia de Shakspeare. Olvidábaseme decir que no sólo en el patio, sino en todo el tránsito que había recorrido, en los rincones de la sala y hasta en el medio de ella, se veían tiestos con flores. Luego que hube examinado todo lo que allí había, acerqué la nariz a estas flores, claveles, alelíes, rosas, y me pasé algunos segundos tratando de embriagarme con su perfume para calmar la inquietud que me atormentaba. Escuché entonces algunos golpecitos como dados en un cristal. Alcé los ojos, y vi pegado a las vidrieras de la puerta de la alcoba el rostro sonriente de Gloria. Con la agradable sorpresa que puede imaginarse me dirigí rápidamente allá; pero se retiró, poniendo un dedo en los labios, y no volví a verla.
Habían transcurrido diez minutos lo menos desde que la criada me había dejado en la sala, y D. Oscar no parecía. Aún transcurrieron otros cuantos. Al fin la puerta, que estaba entornada, se abrió y dejó paso a un hombre de figura por cierto originalísima. Era de estatura mucho menos que mediana, lo cual dependía, a no dudarlo, de la cortedad de las piernas, pues el torso era grande, robusto, casi atlético. Las facciones correctas, los ojos saltones y negros adornados con espesas cejas. Pero lo que caracterizaba fuertemente a aquel rostro eran unos enormes bigotes blancos que tapaban lo menos la mitad. Podría tener sesenta y pico de años.
--Servidor de usted, caballero--me dijo con desembarazo al entrar, clavándome sus ojazos.
La voz me dejó aún más confuso. Era un vozarrón poderoso de bajo profundo, áspero y seco, como si las cuerdas vocales fuesen de cáñamo. Saludele cortésmente, y venciendo la agitación que quería dominarme, le presenté sonriendo la tarjeta del tío de Villa.
--¡Ah! De don Alfonso.
Y enterándose rápidamente de lo que decía, levantó la cabeza, exclamando con satisfacción:
--¿Conque es usted de los netos? ¿Y ha hecho la campaña en el Norte? Apriete usted esa mano, compañero. A nadie se la doy yo con más satisfacción que a los soldados del rey y la religión... ¿Con qué general ha estado usted?
--He servido a las órdenes de Ollo y Dorregaray. En dos días me había tragado un número harto considerable de noticias referentes a la guerra, sacadas de la biblioteca misma de aquel extraño personaje. Tenía la cabeza mareada y corría grave peligro de equivocar los datos y decir algún disparate. Pero, comprendiendo que en la situación en que me hallaba hacía falta serenidad y osadía, me dispuse a responder con aplomo a todas las preguntas.
--¡Pobre Ollo!--exclamó D. Oscar.--¡Qué lástima de hombre! Era uno de los mejores generales que el rey tenía.
--Estaba yo a treinta pasos de él cuando cayó muerto--dije con la mayor desvergüenza.
--¿Un casco de granada?
--Le hizo pedazos la cabeza.
--¿Qué graduación tenía usted?
--Teniente de la cuarta del primer batallón navarro.
--A la entrada del rey en Francia, le habrá a usted hecho capitán.
--Eso es; todos ascendimos un empleo.
Invitome a sentarme con vivas instancias, y hablamos un rato de la guerra y de nuestras esperanzas, quiero decir, de las suyas, porque las mías se cifraban en cosas bien distintas y de las que él, por fortuna, estaba ignorante. Creo que puedo decir, sin faltar a la modestia, que salí no sólo bien, sino con lucimiento, del compromiso. Mi imaginación supo llenar los vacíos que en las noticias de los libros existían, describiendo interesantes y pintorescos pormenores, los accidentes de los combates en que me había hallado, los sitios, las personas, reconstruyéndolo todo con los vagos datos que tenía. Al mismo tiempo huía con cuidado de aquellos sucesos de más bulto, que mi hombre podía tal vez conocer bien. No insistí más que en las escaramuzas. En una de ellas, mientras esperábamos un convoy enemigo ocultos en un bosque de robles, sentí cierto campanilleo extraño y temeroso. Eran las espuelas de los soldados de caballería, que chocaban, por el temblor de las piernas, con las vainas de los sables.
--¿Cómo por el temblor? Yo pensé que los valientes voluntarios del rey no temblaban jamás.
--¡Oh! Crea usted, señor, que cuando se entra en batalla, al que más y al que menos se le encoge un poco el corazón. Es cosa de un momento. En cuanto se entra en la pelea, pasa.
Este dato, que yo había oído a un oficial amigo, como era en perjuicio nuestro, imprimió gran sello de verdad a todas mis noticias. Mientras departía con él, no dejaba de observarle. Hablaba con gran firmeza y aplomo, no parecía tonto, y mostraba cierta superioridad que me humillaba, aunque yo no fuese lo que estaba aparentando. Alguna que otra vez me interrumpía extendiendo la mano; hacía una observación en términos precisos, y cuando terminaba, volvía a extender la mano, diciendo lleno de condescendencia: «Puede usted continuar». Cuando me dirigía alguna pregunta y yo me disponía a contestar como Dios me sugiriese, solía atajarme exclamando; «¡Método! ¡método! No comience usted por el fin, porque no nos entenderemos». Escuchaba después con cortesía no exenta de severidad, dignándose aprobar con la cabeza mientras yo llevaba la palabra. En suma, los modales y las palabras de aquel señor, lo mismo que su rostro, parecían los de un ser superior, un poderoso gigante confiado en su fuerza, seguro de que su destino era el de dirigir a los demás seres que pueblan la tierra. De aquellas míseras piernas con que el cielo le había dotado hacía caso omiso. Por ventura se forjaba la ilusión de que correspondían perfectamente al ciclópeo torso y a su espíritu altanero. Preguntome por algunos personajes del carlismo que él había conocido, y dio la casualidad que siempre me había hallado algunas leguas distante de ellos. En cambio le hablé largamente del Pretendiente, a quien conocía por las fotografías, y de su esposa D.ª Margarita.
Por fin llegó la pregunta que esperaba.
--¿Y qué vientos le traen por aquí, señor Sanjurjo?
Como tenía bien preparada la respuesta, le expliqué prolijamente las desgracias que me habían acaecido desde la paz. Primero, había residido dos años en Bayona, manteniéndome con los recursos que nos proporcionaban a los emigrados algunas personas acaudaladas del partido. Cuando cesaron, me vi precisado a venir a España, y vivir a expensas de un hermano que tenía en Galicia, ayudándole en la administración de sus rentas. Pero este hermano había fallecido, y su esposa, a quien pertenecían todos los bienes, tenía un carácter que me había hecho padecer bastante, hasta que al fin rompimos definitivamente. Quedé sin medio alguno para vivir. Durante algún tiempo me sostuve como pude un el pueblo; pero ya, últimamente, lo pasaba tan mal, y me daba tal vergüenza deber algunas mensualidades en la posada, que decidí marcharme y buscar en cualquier parte una colocación honrosa.
D. Oscar escuchó con atención mi relato. Después comenzó a hacerme observaciones severas sobre los males que acarrea la falta de previsión y de ahorro, dándome una verdadera lección de economía doméstica. Para él, todas las desgracias humanas dependían de la falta de previsión y de método en la vida. «Distribuya usted bien el tiempo, distribuya usted bien el dinero, y todos seremos felices, y el mundo será una balsa de aceite.»
--Aquí, en Andalucía, casi, casi nos podemos creer dentro de ella. Todo lo componen con aceite las cocineras--dije sonriendo.
No le pareció bien la bromita. Permaneció grave y severo, y prosiguió desenvolviendo su tesis. No es que supusiera que yo había sido un malversador... pero se autorizaba el dudar que hubiese aprovechado todo el tiempo en cosas útiles.
--¡Oh, en cuanto a eso!...
--¿Lo ve usted?--exclamó con aire triunfal.--Pero, en fin, usted es muy joven aún, y puede corregirse.
Quedose después algunos instantes pensativo, y al cabo dijo, como si tomase una resolución importante:
--Voy a presentarle a la señora de la casa, una persona de grandísimo talento y consejo. Lo hago porque es usted un oficial de S. M., y deseo serle útil.
Agradecí el inusitado favor que me hacía. En cuanto se levantó del asiento, le perdí el respeto que le había tenido mientras permaneciera sentado. En esta posición, y no mirándole a las piernas, lo infundía realmente por sus bigotes, por su corpulencia, y sobre todo por su extraordinario vozarrón, que atronaba los oídos. Mas en cuanto ponía los pies en el suelo, volvía a ser el enano ridículo que me había excitado la risa al entrar. Olvidado siempre de sus piernas, o equivocado sobre su valor intrínseco, avanzó hacia la puerta pisando muy fuerte, la abrió y gritó como un trueno:
--¡Doña Tula! ¡doña Tula!
Al instante se oyó una vocecita lejana:
--¿Qué se ofrece, don Oscar?
--Tenga usted la bondad de venir un instante--volvió a decir el cíclope-enano.
--En seguidita.
Tornó a sentarse a mi lado, diciéndome en voz que para ser confidencial tuvo que semejar a un sordo gruñido:
--Va usted a ver qué talento tan portentoso. La penetración de esta buena señora asombra a todo el mundo...
Me eché a temblar, pensando que con tanta penetración no podría menos de descubrir al instante que yo no era oficial carlista, sino el novio gallego de su hija Gloria.
--Y a su inteligencia, verdaderamente extraordinaria, se une una piedad ejemplar... verdaderamente ejemplar... ¡Oh, es más entusiasta que yo todavía por los héroes de la guerra!... Luego, tiene un tacto maravilloso para conducirse en sociedad, aunque sus costumbres austeras no le permitan estar mucho tiempo dentro de ella... ¡Es una santa! En cuanto usted la conozca un poco, le inspirará un profundísimo respeto. Le apetecerá prosternarse y besar la orla de su vestido...
«Por conducto de las mejillas de su hija, no diré que no», pensé.
--Luego, inocente, a pesar de sus años, como una paloma... Pero ya me extraña que no venga--añadió, levantándose y avanzando otra vez a la puerta con más fuerte y poderoso taconeo.
--¡Doña Tula! ¡doña Tula!
La voz del medio cíclope hizo retemblar la casa.
--Ahorita.
Todavía tardó algunos segundos, durante los cuales D. Oscar permaneció inmóvil, cogido a la puerta como uno de esos enanos decorativos que se colocan a la entrada de los panoramas para atraer a la gente.
Llegó al fin D.ª Tula. Era una señora bajita también, pero bien proporcionada, de tez pálida, ojos claros y facciones regulares. Sus cabellos rubios, donde brillaban muchas hebras de plata, estaban peinados formando un número considerable de ondas o rizos pegados a la frente con goma. Su traje era un poco extravagante, o por lo menos impropio de una señora de su edad, pues frisaría ya en los sesenta. Consistía en falda oscura y pañuelo color crema de seda atado a la cintura, como lo gastan las artesanas en mi país, y otro pequeñito de batista anudado a la garganta a guisa de corbata. De joven habría sido una mujer muy linda, aunque sin la gracia que caracterizaba a su hija, con quien guardaba cierto parecido, que más bien debiera llamarse aire de familia. El conjunto no era simpático. Había en aquella figura un nosequé de estrafalario y misterioso que chocaba y repelía. Mas el pensamiento de que era la madre de Gloria hacíame mirarla con vivo interés, y hasta cariño.
--Tengo el honor de presentar a usted al señor Sanjurjo, oficial de los ejércitos de S. M. don Carlos, que ha hecho la campaña del Norte.
--¡Oh! ¡Es usted militar carlista!--exclamó con vocecita dulce y sonriendo.--¡Cuánto me alegro de conocerle! ¡Pobrecito! ¡pobrecito!
No dejó de sorprenderme aquella compasión tan prematura, cuando yo no había narrado en su presencia desgracia alguna, ni siquiera había abierto la boca.
--Señora, la alegría y el honor son míos--pronuncié algo turbado.
--Y viene usted a hacer un viajecito por nuestro país, ¿verdad? ¡Cuánto me alegro! ¿Le gusta a usted Sevilla?
--Muchísimo. Es una ciudad encantadora.
--Muchísimo, ¿verdad? ¡Pobrecito! ¿Y piensa usted permanecer aquí todo el verano?
--Señora, eso depende de las circunstancias--dije echando una mirada de inteligencia a D. Oscar, quien se dignó aprobar con la cabeza.
--Vamos, al parecer, trae usted asuntos pendientes con don Oscar. ¡Cuánto me alegro! No le pesará a usted nada de ello, porque este bendito señor se pinta para arreglar cualquier negocio, por intrincado que sea. ¿De dónde viene usted ahora, de Navarra?
--No, señora; de Galicia, donde he nacido.
--¡Ah, de Galicia! Entonces, no me asombra que esté usted encantado con este país. ¡Qué diferencia! ¿eh?
--Sí, señora, mucha... Pero aquello también es bonito.
--¿Lo encuentra usted así? ¡Ay, pobrecito, cómo quiere a su patria!
Y volvió los ojos hacia D. Oscar, para hacerle participe de la compasión que sentía, no sé si por mí o por Galicia, o por ambos a la vez.
Doña Tula, en su acento, era una andaluza más cerrada, si cabe, que Gloria. Si ésta se comía la mitad de las letras del abecedario, su madre se comía lo menos las dos terceras partes. Su amabilidad era tan melosa que no despertaba agrado. Al cabo de un momento se veía que decía las cosas maquinalmente, y que debajo de aquel aparente interés no había más que indiferencia. En el espacio de pocos minutos me hizo un sin fin de preguntas, muchas de ellas tan insustanciales que era dificilísimo contestarlas. Sus ojos estaban siempre clavados en mí con expresión dolorosa de piedad, como si le estuviese dando cuenta de los más tristes y amargos pesares. Confieso que aquella mirada insistente y ridículamente compasiva llegó a irritarme la bilis.
--¿Conque no ha estado usted en Sevilla hasta ahora? ¡Pobrecito! ¿Entonces no habrá usted visto la Semana Santa? ¡Ay, madre mía, no haber visto nunca las procesiones del Jueves y Viernes Santos, no haber visto las cofradías ni los pasos, no haber visto al divino Señor del Gran Poder ni a la Santísima Virgen de la Esperanza!... ¡Parece mentira, vamos, parece mentira! ¡Pobrecito!
Si me hubiera dejado llevar del genio, le habría dicho que había muchas cosas en el mundo que me gustaría ver más que aquéllas. Pero en vez de hacerlo, le manifesté con el mayor servilismo que lo consideraba como una gran desgracia, y que aceptaría cualquier sacrificio por verlas algún día. Llegó mi rebajamiento hasta suplicarle me indicase cómo me arreglaría para visitar algunas de aquellas santas y primorosas imágenes en sus santuarios. Entonces, D.ª Tula, con el acento de una persona que va a mostrar a un moribundo el medio de librarse de sus dolores y volver a la vida, me fue dando noticia de las iglesias, las calles en que estaban situadas, las horas en que podían verse y los parajes de las capillas en que las imágenes se hallaban colocadas.
Yo escuchaba con afectada atención, pero el severo D. Oscar comenzó a dar señales de impaciencia y concluyó por decir:
--Bueno, doña Tula; ya le irá usted dando esas noticias poco a poco, pues de una vez todas no es fácil que las retenga.
--Verdad, don Oscar, verdad. Tiene usted mucha razón. ¡Como soy tan polvorilla!... Lo mismo era mi difunto. Nos juntábamos un par, que no hacía falta más que un tantito así (_señalando con el dedo_) para que saltásemos por la chimenea.
--Ya se ve bien por el resultado de tal unión--dijo el enano con mal humor.
--Es verdad... Lo dice por mi hija Gloria (_dirigiéndose a mí_).
--¿Tiene usted una hija?--preguntele yo con la mayor indiferencia.
--Sí, señor, tengo una hija, que parece amasada con rabos de lagartijas. ¡Jesús, qué criatura! Desde que ha venido al mundo, no se ha estado quieta un minuto en ningún sitio.
«Señora, no mienta usted. ¡Pues si está dos horas lo menos todas las noches sentada a la ventana hablando conmigo!»
Esto me apeteció decirle, pero me lo guardé. En su lugar pregunté, afectando cada vez más indiferencia:
--¿Hace muchos años que es usted viuda?
--¡Oh! Sí, bastantes. Mi marido tenía el pobrecito un genio demasiado vivo para poder vivir mucho tiempo. La pobrecita de mi hija se quedó huérfana a los siete años...
Y con fastidiosa prolijidad para cualquiera, menos para mi a quien interesaba aquella historia, me la contó, perdiéndose en un mar de pormenores, mientras D. Oscar, impaciente y cejijunto, tocaba el tambor con los dos sobre el brazo del sofá.
--¡Oh! ¡Si viera usted cuántos trabajos he pasado por todos estilos! Las travesuras de mi hija no me dejaban ni un ratito de sosiego. Luego, Dios nuestro señor quiso probarme con unos dolores tan fuertes de cabeza, que pensé volverme loca. Estos dolores me vinieron, sin duda, al ver que la fortuna ganada por mi pobrecito esposo se iba deshaciendo poco a poco y no podía hacer nada para remediarlo. Claro, a nosotras las mujeres nos engañan con mucha facilidad. ¿Qué sabía yo de administrar ni regir unos negocios tan complicados? Entonces fue cuando pedí auxilio a este bendito señor que usted tiene delante. Y en seguidita que él se puso al frente, las cosas cambiaron de golpe, y todo comenzó a ir como una seda. Él fue quien puso en claro las cuentas, se entendió con los acreedores, hizo marchar la fábrica, que estaba en pérdidas... En fin, ha sido la Providencia de mi hija y la mía. A este bendito señor debemos el poder hoy comer, porque si no hubiera sido por él, Dios sabe si estaríamos pidiendo una limosnita en las calles. ¡Si usted supiera la cabeza que tiene este bendito señor y lo dispuesto que es para todo!...
D. Oscar extendió la mano, exclamando:
--¡Basta, doña Tula, basta!
--Déjeme usted, don Oscar, déjeme usted decir a este caballero los motivos que tengo de agradecimiento para con usted.
--Ya ha dicho usted bastante. Ahora le ruego nos deje solos, porque tengo que hablar con él reservadamente.
--Está bien, don Oscar, está bien.
Se despidió de mí con el acento meloso que la caracterizaba y se apresuró a salir de la estancia, con una sumisión que me sorprendió altamente. Verdad que el tono de Don Oscar y sus ademanes firmes y resueltos parecía que no daban lugar a contradicción.
Luego que el bendito señor se quedó a solas conmigo, volvió a instruirme severamente acerca de mis deberes para conmigo mismo. Otra lección en toda regla, durante la cual me apeteció más de una vez cerrarle la boca de una puñada. Al final me ofreció con naturalidad y modestia ocupación en la casa, haciéndome observar que el sueldo sería corto, veinte duros al mes, mientras la fábrica no diese más producto.
--Poco, muy poco es para la categoría que usted tiene ya en el ejército; pero los tiempos corren malos lo mismo para ustedes que para nosotros. Acomódese usted por ahora, que tal vez más adelante...
Di las gracias con efusión, pensando que aquel empleo me acercaría a Gloria y me facilitaría el camino para hacerla mía. Don Oscar, figurándose que tal calor dependía del mal estado en que me hallaba, dirigiome una mirada de compasión, que me avergonzó. Púsome una mano sobre el hombro (mientras estaba sentado podía hacerlo) y tornó a alentarme con mayor protección aún al trabajo y al ahorro. Nos despedimos cordialmente. Al trasponer la puerta volvió a llamar con recia voz a D.ª Tula, que se presentó con la misma sonrisa dulzona, y me extendió la mano, dejándola suelta para que yo la estrechase. Aunque mis ojos iban presurosos de un lado a otro, no logré ver a Gloria. En cambio, al acercarme a la cancela en compañía de don Oscar tuve un encuentro, que por poco se convierte en catástrofe y da al traste con todos mis planes. Al tiempo de salir entraba en el portal Paca, quien, al verme, abrió unos ojos como puños, y dilatándose después su rostro con sonrisa placentera, exclamó:
--¡Madre mía del Rosío! ¿Uté aquí, señorito?
Pero yo le eché una mirada tan furibunda que la pobre mujer, aterrada, cambió instantáneamente de expresión, y con la viveza y la astucia que caracterizan a andaluzas, dijo con perfecta naturalidad: