Chapter 13
En efecto, tardó en volver, y yo comencé a sentirme agitado y algo pesaroso de lo hecho. ¿Qué diría el conde al saber que un quídam, con quien no había cruzado la palabra siquiera, venía a molestarle para un asunto tan baladí e impropio de sus años y jerarquía? Entonces vi la fase ridícula de mi proyecto, y me sentí fuertemente avergonzado. Tuve tentaciones de escaparme de la casa; pero me pareció, al instante, necio y descortés. Isabel se había portado muy delicadamente conmigo, y parecía interesada sinceramente en mi empresa. Al cabo de diez minutos se presentó de nuevo sonriente, haciendo un signo con la mano para que me acercase.
--Venga usted... Ya se lo he dicho... Por su parte, no hay inconveniente; pero es necesario que le digamos lo que hay que hacer...
Atravesando algunos corredores y piezas, me condujo a la que ocupaba su padre. Observé gran diversidad en el mobiliario de la casa. Mientras el salón donde me habían recibido estaba amueblado, como ya he dicho, con lujo, de las cámaras que íbamos pasando no podía decirse lo mismo. Sólo contenían algunos trastos viejos; las paredes sucias; el pavimento de azulejos, roto y deteriorado. Isabel no quiso pasar sin explicarme tal contraste. Aquella casa había estado deshabitada largo tiempo, porque la familia vivía en Sanlúcar. Su papá, que pasaba largas temporadas en Sevilla, vivía en la fonda. Cuando, hacía cuatro años, se habían decidido a venirse a esta población, amueblaron de nuevo algunas piezas, las que necesitaban. El resto de la casa lo habían dejado tal cual estaba, en la previsión de que les viniese otra vez la gana de irse a Sanlúcar.
Empujó una puerta y penetró en la habitación de su padre. Luego me llamó. Era un gabinete espacioso, con balcón a la calle, suntuosamente decorado. Había la misma variedad de muebles antiguos y modernos. Los primeros, existentes tal vez en la casa; los segundas, recientemente comprados. Advertíase, en la riqueza y refinamiento de los objetos usuales y en el desorden que reinaba, que era la habitación de un hombre con instintos de gran señor y carácter desarreglado. El escritorio era lindo y pequeñito, como los que usan las señoras; butacas de formas diversas, forradas de telas preciosas; una fumadora; candelabros de plata tallados en el siglo pasado; las paredes forradas de damasco encarnado; en el balcón persiana de estilo modernísimo; sobre una butaca un sombrero cordobés de alas anchas y rectas; en el suelo un par de botas de montar, con las espuelas puestas aún; sobre el escritorio, en vez de papeles, un cajón abierto de cigarros habanos y un revólver niquelado. No se veía por ninguna parte un libro.
--Papá, aquí está el señor Sanjurjo.
--Voy allá--respondieron de la alcoba.
Y a los pocos instantes, levantando el portier de seda encarnada con greca amarilla, se presentó el conde a medio vestir aún, con un batín de color gris y vivos azules, y pañuelo blanco de seda cubriendo mal la desnuda garganta. Era, a pesar de este traje casero, la misma arrogante persona que había visto dos o tres veces en casa de Anguita. Sólo que aquella expresión de fatiga que había advertido en su rostro se mostraba ahora más claramente. El color de su rostro era moreno cetrino. En sus facciones había regularidad y decisión; ojos grandes, negros y opacos; la cabellera gris, abundante y ondeada. Era una figura enérgica e interesante. Me estrechó la mano con franqueza y cordialidad. Yo sentí crecer la vergüenza en mi pecho, y quedé turbado unos momentos en su presencia. No pareció advertirlo. Me obligó a sentarme, y acto continuo me presentó el cajón de cigarros. Comenzamos a fumar, y esto, y las miradas de aliento que me dirigía Isabel, contribuyeron a serenarme.
El conde se mostró sumamente fino y deferente. Me dijo que recordaba haberme visto en casa de Anguita, aunque no había tenido el honor de cruzar la palabra conmigo. Se informó de mi patria, de mi edad y profesión, mostrando un interés que me sedujo tanto como me sorprendió. Yo tenía idea de que era un hombre seco y desdeñoso en su trato, como suelen ser los calaveras famosos, tal vez por el tedio que les acomete cuando trasponen la edad juvenil. De D. Jenaro Montalvo (que así se llamaba) había oído contar las acciones más extravagantes y los casos más estupendos. La mayor parte de ellos no le acreditaban como hombre culto y bien educado. Algunos hacían presumir que sus sentimientos no eran muy delicados. Contábase en Sevilla que el conde se embriagaba a menudo, y en las juergas que corría con sus amigotes, casi toda gente soez, hacía cosas indignas de su nombre. Una noche había desnudado a las mujerzuelas que le acompañaban y las había zambullido en el río; otra vez había hecho violencia a una criada del establecimiento donde cenaba en presencia y ayudado de sus amigos. Decíase que en cierta ocasión había disparado el revólver sobre unos muchachos que le dirigían en son de burla el reflejo de un espejo a los ojos; se había batido con una pistola cargada de arena y otra de pólvora, y había matado a su contrario. Fue íntimo amigo del Naranjero, el célebre bandido de Córdoba, y se hacía acompañar por él en sus cacerías por la sierra. Todas estas cosas, y otras muchas que omito, habían formado en torno suyo una leyenda, mitad caballeresca, mitad rufianesca, que le hacía muy conocido y popular en la ciudad. Se me revolvían todas ellas en la cabeza al hablar con él, y le contemplaba con muchísima curiosidad y mezcla de repugnancia y admiración. Pero los modales corteses y la afabilidad extremada de D. Jenaro borraron tales impresiones a la postre. Cualquiera se resistiría a creer que aquella persona suave, atenta y cortés fuese el héroe de tanta anécdota brutal y escandalosa. Por su palabra grave y reposada, por sus modales aristocráticos sin altivez, pero donde se traslucía su linaje, por la leve insinuante sonrisa que acompañaba a su discurso, era el perfecto tipo del caballero a la antigua española.
--¿Conque voy a tener el gusto de llamarle pronto pariente?
--¡Oh! señor conde--respondí todo sofocado,--el honor sería para mí... pero no hay nada de eso.
--¿Por qué no? Mi sobrinita le quiere a usted... Usted la quiere a ella... Se casan ustedes, y en paz.
--Para llegar ahí hay mucho camino que andar.
--Se andará--dijo Isabel.
--Bueno--manifestó el conde sonriendo y dirigiéndose a la vez a su hija y a mí.--¿Y qué quieren ustedes que yo haga en este asunto?
En la sonrisa que contraía sus labios advertíase benevolencia y también un poco de burla, que volvió a desconcertarme. Isabel respondió por mí.
--Queremos que trabajes para que Gloria salga del convento. Por confesión de ella misma, tiene deseos de salir. Hay obstáculos que al parecer se lo impiden. Quiero que tú averigües cuáles son y que los deshagas.
--¡Quiero! Mejor dirías ordeno y mando--dijo el conde soltando una carcajada.--¿Qué le parece a usted de la princesita? ¿Sabe o no sabe mandar?
Yo me contenté con sonreír.
--La tía Tula--prosiguió la joven, sin hacer caso--te quiere mucho. Estoy segura de que hará lo que tú le aconsejes.
--¡En seguida! ¡Si no la he visto hace un siglo!
--No importa. Te haces encontradizo con ella... Para eso es menester que te levantes un día temprano... Ya sabes que va a misa a San Alberto... Le dices que has estado, con cualquier motivo... conmigo, por ejemplo, en el colegio del Corazón de María, que has hablado con Gloria y que consideras que no debe permanecer en el convento por esto y lo otro... Que no tiene vocación de monja, y que sería cargo de conciencia tenerla allí contra su gusto. La tía, aunque no sea más que por vergüenza, se apresurará a sacarla... De lo demás yo me encargo.
--Todo eso está muy bien--dijo el conde después de una pausa, mirando con cariño a su hija.--Sólo hay un punto negro.
--Ya lo sé; el madrugar, ¿verdad? Yo me encargo de despertarte...
--¡No, no!--exclamó asustado.--Prefiero ir directamente a casa de la prima.
--¡Qué hombre tan perezoso!
--Siento en el alma, señor conde, ocasionarle a usted una molestia... mucho más cuando no tengo título alguno...--me apresuré a decir.
--Usted es muy dueño, señor mío... Pero ya lo haremos sin todos esos laberintos que pide esta chiquilla... Déjelo usted de mi cuenta, que yo me encargo de arreglarlo todo... Vamos a ver--añadió dirigiéndose a su hija,--este señor, seguramente, me ha de recompensar mandándome los dulces el día de la boda... Pero tú ¿qué vas a darme por ello?
--¿Yo? Un abrazo muy apretado y un millón de besos. ¿Te conviene el precio?
--Me conviene--respondió D. Jenaro, cogiéndole la cabeza con las dos manos y besándola con ternura sobre los cabellos.--Ahora ve a decir que nos pongan el almuerzo... Supongo que el señor almorzará con nosotros.
Traté de excusarme, porque me parecía demasiada confianza para el primer día; pero ante la insistencia afectuosa del padre y la hija, hube de rendirme. Mientras nos avisaban, continuamos conversando. El conde me pidió permiso para arreglarse en mi presencia. Hablamos de caballos y toros. Era peritísimo en estos asuntos, y daba gusto escucharle. En cambio, en cuanto mudé la conversación y le traje a la política, D. Jenaro no emitió más que ideas vulgares o disparatadas. España, en su opinión, no podía gobernarse sino a latigazos. Lo primero que hacía falta era barrer a todos los granujas que bullen por los ministerios, y poner en su lugar personas decentes y de arraigo. Luego, ¿para qué sirve el Congreso? Para que medren unos cuantos ganapanes que no saben más que charlar por los codos. Fuera el Congreso y fuera el Senado. Una persona arriba, llámese rey, presidente o Preste Juan, que tenga firme por la rienda y arree con el látigo al que se desmande. Luego, nada de indultos. Al que conspire, cuatro tiros y en paz. Cuando se tuvieran llenas las cárceles, se metía a los criminales en un barco viejo, se le llevaba a alta mar y se le daba un barreno. ¿Por qué ha de mantener la nación a los bandidos, vamos a ver?
Yo, que estaba pasmado de aquellas atrocidades, asentía sonriente con la cabeza. En aquel momento hubiera convenido con él en que era menester degollar a las dos terceras partes de los españoles. Luego que se hubo arreglado, pasamos al comedor, situado en la planta baja, con dos puertas vidrieras al patio. Era una pieza grande, un poco destartalada, donde había dos armarios de roble tallado antiguos, espejo grande de marco negro, una mesa elástica de estilo moderno y sillas de rejilla. Al lado de nosotros vino a sentarse una señora vieja, modestísimamente vestida, de semblante pálido y rugoso, cabellos blancos y anteojos ahumados. Nos hicimos una inclinación de cabeza, y apenas abrió la boca mientras duró la refacción. Ni el padre ni la hija me presentaron a ella. Después supe que era una parienta lejana, llamada Etelvina, que el conde había buscado para acompañar y autorizar a su hija, según los casos.
El almuerzo fue sencillo. En Andalucía no se da a la mesa la importancia que en los países del Norte. Observé que el conde comía poco, lo cual, según me dijo, le pasaba casi siempre a la hora de almorzar, quizá por levantarse tarde. En cambio, a la noche solía tener apetito.
--Eso es lo que yo no puedo atestiguar--dijo Isabel, sonriendo con tristeza.
--¡Claro, como que nunca me has visto comer!--dijo el conde, un poco contrariado por el oculto reproche.
--Poquitas veces--añadió la joven tímidamente.
--¡Phs!--murmuró D. Jenaro, levantando los hombros con indiferencia.--Supongo, señor Sanjurjo, que usted ya se irá acostumbrando a las exageraciones de las andaluzas.
Seguimos hablando de política. Luego volvimos a hablar de toros. Por último, recayó la conversación sobre poesía. La exquisita amabilidad del conde le impulsaba a ello, pues que yo le había sido presentado como poeta.
--En España hay muy buenos poetas--dijo el prócer con la mayor vaguedad posible.
--¡Phs!... Sí, sí, algunos.
Como este relato es una verdadera confesión, declaro que aquel «_¡Phs!_», pronunciado con indiferencia desdeñosa, quería significar que yo, como gran poeta también, no estaba obligado a admirarme de otros grandes poetas, sino a profesarles tan sólo la estimación debida a los compañeros. Que se me perdone esta flaqueza que confieso. Otros las tienen y no las confiesan.
--Me han gustado siempre mucho los versos... Leo pocos, ¿sabe usted?... Como uno tiene tantas cosas que hacer... ¿Y cuál es el poeta que usted prefiere?
--¿Yo? Zorrilla.
--Perdone usted, señor Sanjurjo; confieso que escribe muy bonitos versos. Algunos he leído, y aun sé de memoria, que me encantan... Aquello de
Pobre garza enjaulada, dentro la jaula nacida, ¿qué sabe ella si hay más vida ni más aire en que volar?
es precioso, ¡precioso!... Pero yo no puedo sufrir a ese señor. Creo que es quien tiene la culpa, hoy por hoy, de todo lo malo que sucede en España.
Quedé con la boca abierta.
--¿Cómo?...
--Sí, porque si no tuviese constantemente alarmado al país, éste disfrutaría de los beneficios de la paz. Las industrias prosperarían con los capitales que se retraen; la agricultura, la ganadería también...
Comprendí que el buen conde creía que el poeta Zorrilla y el revolucionario del mismo nombre eran una misma persona. Me apresuré a sacarle del error, tomando precauciones para que la lección no le molestase. Pero no pareció poco ni mucho humillado, como si el ignorar tales cosas no valiese la pena de fijar la atención. Y la plática volvió, es claro, a rodar sobre caballos. El conde preparaba dos para las próximas carreras. De allí, como por la mano, entramos otra vez en el terreno de los toros, y de nuevo tuve ocasión de admirar los conocimientos del prócer y la afición. En otro tiempo había sido uno de los más bravos aficionados, aunque nunca había querido torear en público. «Eso no es más que una guasa, ¿sabe usted?», me decía en tono desdeñoso. Lo que le placía, aun hoy, era tentar y derribar toretes en sus fincas y en las de sus amigos, montar buenos caballos, cazar venados y cochinos en el monte. Otras cosas sabía yo que le gustaban tanto o más que todo esto. Pero ésas no me las dijo, me las ofreció a la vista. Mientras tomamos café se bebió una botellita entera de _cognac_. Y hablando, hablando, también advertí que el conde no era muy fuerte en geografía. Saliendo a cuento el viaje de Cúchares a Cuba, si yo no entendí mal, D. Jenaro suponía que Buenos Aires estaba muy próximo a esta isla.
Pues a pesar de esta falta de cultura, que a cualquiera parecerá ridícula, era un hombre que se imponía. Nunca entraban deseos de reírse de él. Había cierta energía en su acento y un desdén oculto detrás de su refinada cortesía, que infundían respeto y hasta miedo. En su mirada opaca, distraída, leíase bien que había pasado por muchos casos raros y terribles, que había tratado gente de la más opuesta condición social y que no carecía de inteligencia y sagacidad. Era un hombre habituado al dominio, no tan sólo por su posición, sino por su valor, del que se decían cosas pasmosas en Sevilla. Su hija le envolvía, mientras hablaba, en una mirada de admiración y cariño que él no parecía observar. Sin embargo, la trataba con mimo: no la llamaba más que «chiquita», y la atendía en la mesa como a una dama festejada. De la prima Etelvina hacía poco o ningún caso. Ella parecía también que se bastaba a si misma, comiendo y callando, dirigiendo sus ojos, ribeteados de encarnado, al que llevase la palabra, por encima de las gafas ahumadas. La sobrina tampoco reparaba en ella, y cuando alguna vez se veía obligada a alargarle algún objeto, lo hacía sin mirarle a la cara. Únicamente cuando el conde quiso hablar de nuevo de mis amores, le hizo seña para indicarle que no convenía delante de testigos. Pero aquél, o no la vio o no quiso ceder a la indicación, porque siguió despachándose a su gusto acerca del tema.
--Mi prima Tula es muy rara... Aquí ésta la conoce bien...¿Verdad, Etelvina?
--Sí, la conozco bien--respondió la vieja con voz lúgubre, que semejaba la de un aparecido.
--Como se han criado juntas, ¿verdad?
--Sí, nos hemos criado juntas--volvió a responder el aparecido.
--¿Cuándo os habéis separado?
--Nos separamos hace treinta años.
--Y es muy rara, ¿no es cierto?
--Muy rara.
Pormenores de las rarezas de su prima no fue posible sacárselos. Confirmaba los que el conde relataba, con un movimiento de cabeza.
Cuando nos levantamos de la mesa, yo me apresuré a despedirme por no molestar. Isabel aprovechó el momento para rogar a su padre que fuese aquella noche con ella al teatro. El conde respondió, mientras encendía un cigarro:
--No puede ser: ya sabes que no me gusta la ópera.
--Vamos, papaíto; esta noche solamente--repitió la joven con mimo, besándole la mano que tenía cogida.
--No puede ser; me aburro y me duermo. ¿Por qué no vas con las de Enríquez?
--Pues por eso precisamente. He ido convidada una porción de veces, y me da vergüenza no llevarlas alguna vez.
--Manda por un palco, y llévalas.
--Bien sabes que eso no puede ser, papá. Parecería muy feo que tú no fueses autorizándome.
--Pues, hija, lo siento... pero yo no voy.
--¡Parece mentira que me niegues este favor! Si te lo pidiese todos los días, se comprende... ¡Pero una noche tan sólo! Bien podías hacer el sacrificio de dejar a tus amigos...--profirió la joven con voz alterada, pugnando por no llorar.
El conde volvió los ojos hacia ella, y le dirigió una mirada larga y dura sin decir palabra. Isabel bajó los suyos con temor, y por debajo de las negras pestañas asomó temblando una lágrima.
Aquella corta e insignificante escena me produjo mal efecto. Pareciome que el conde era un padre muy tierno sólo mientras no se tocase a sus gustos y placeres.
VIII
Con perdón de ustedes, pelo la pava.
Comenzaba el calor a dejarse sentir. Estábamos a mediados de Junio. El sol, desde las cinco de la mañana, envolvía a la ínclita ciudad en una caricia viva y prolongada hasta las siete de la tarde, enmedio de un cielo puro y flamígero. La angostura y tortuosidad de las calles no nos preservaba enteramente de sus ardores. Por aquellas estrechas ranuras entraba su luz como una llamarada, como un latigazo de fuego que encendía el rostro y caldeaba la cabeza. Había llegado a cogerle miedo a este gran sol feroz de Andalucía, y salía poco de casa.
--Diga usted, Matildita, ¿hace más calor que éste en Sevilla?
--¡Anda! ¡Pues, hijo mío, si ahora está haciendo fresquito! ¿No ve usted qué noches más hermosas?
En efecto, el calor por la noche cedía bastante. Pero yo, acostumbrado a la temperatura primaveral de mi país durante el estío, lo sentía ya abrumador. Se me erizaban los pelos, y eso que los tenía bien mojados por el sudor, ante la perspectiva de las noches que me anunciaban.
En la calle de las Sierpes, arteria principal de Sevilla y centro de su comercio elegante, se había colocado un toldo que la cubría toda. Gracias a él podía transitarse cómodamente por ella. Los casinos y cervecerías, en que abunda, estaban abiertos todos, y los transeúntes comunicaban con los de adentro libremente. Por la noche, la gente, recluida durante el día en sus casas, salía a tomar el fresco. Después de comer me gustaba permanecer una hora en la Británica, viendo desfilar la gente en compañía de Villa. Cuando nos cansábamos allí, los días que no íbamos a casa de Anguita, o hasta que llegaba la hora de ir, solíamos dar algunas vueltas por la plaza Nueva, que, por serlo, es la única grande y regular que hay en la ciudad. En los jardines del centro, que adornan naranjos y palmeras, se colocaban filas de sillas, y allí pasaban algunas horas de la noche muchedumbre de familias.
--En esta época--me decía el comandante--se ven aquí caras que no volverá usted a ver en todo el año...¡Y que las hay retrecheras!...
Otras veces nos íbamos hacia la orilla del río, donde las noches de luna no encienden los faroles. A lo largo del paredón que separa el paseo del muelle había muchos bultos de mujeres sentadas en el banco de piedra con respaldo de hierro que lo guarnece. Al cruzar por delante de ellas, como les daba la luna por la espalda, sólo percibíamos la silueta de sus hermosas cabezas desnudas o cubiertas por blanca toquilla; pero sí veíamos lucir, con vivo relampagueo, sus ojos negros, sus dientes blancos, marroquíes. Y aquella fugaz visión producía en el alma un dulce desasosiego, al cual, ni Villa con su adoración por la condesita, ni yo con mi entusiasmo por la hermana San Sulpicio, podíamos sustraernos.
--Compadre--decía en voz alta para que lo oyesen las interesadas,--no se puede pasar por aquí sin coraza.
Algunas carcajadas reprimidas contestaban a este requiebro.
No era el sol el enemigo principal que yo temía en Sevilla, ni el más molesto. Otros había que, aunque más pequeños, me daban mucha y muy cansada guerra. Eran éstos los abanicos. A cualquiera le asombrará que, siendo objetos tan inofensivos y aun útiles para todo el mundo, sólo conmigo fuesen fieros y sañudos contrarios. Mas aquí debo recordar que los abanicos generalmente son de papel, y este papel por uno de los lados suele estar pintarrajeado con asuntos campestres, y por el otro queda en blanco. Pues bien, lo que más me pesaba no eran los paisajes, y eso que hay en ellos montañas de café con leche y mariposas que parten los corazones, sino precisamente el reverso blanco, lo que parecía que no debía de dar cuidado a nadie. Desde que en la tertulia de Anguita se supiera que era poeta, no sólo las niñas de la casa, sino cuantas tertulianas allí acudían, se creyeron con derecho para exigir de mí que llenase con versos aquel malhadado reverso. Y no sólo las tertulianas, pero también sus amigas y conocidas me mandaban los abanicos, ora por mediación, ora directamente con un billetito recomendándose a mi galantería y poniendo por las nubes mis dotes poéticas. A lo cual contestaba yo manifestando, en una décima o redondilla, que no había ojos como los del dueño del abanico, y que envidiaba al aire que iba a acariciar su rostro hechicero, y que toda la sal de Andalucía, sin exceptuar un grano, estaba depositada en Fulanita (a quien la mayor parte de las veces no conocía), etc., etc. Pero tantas había repetido estos o parecidos conceptos, que para hallar forma diversa con que exponerlos me veía y deseaba, prensaba la cabeza y me mordía los dedos de rabia. Claro que cuantos más de estos sencillos artefactos venían a mi poder, las torturas eran mayores y más prolongadas. Llegó al punto que no podía ver uno en poder de alguna señorita, que se relacionase más o menos con conocidas mías, sin sentirme acometido de congojas y sudores fríos, y alguna vez de calambres y náuseas. Hay que confesar, sin embargo; que tal plaga no es propia únicamente de los climas cálidos. Existe, más o menos atenuada, en todas las regiones comprendidas entre el trópico de Cáncer y el de Capricornio.
Tardé cuatro días en recibir carta de Gloria. ¡Cuatro días mortales! Estaba desesperado. Las vueltas que di a la calle de San José fueron incalculables. Esperé a Paca a la salida de la Fábrica, pero no logré verla. Isabel tampoco parecía por casa de Anguita. Con Villa no quise desahogarme, porque temía que lo echase a broma. ¡Para bromas estaba yo! Por fin, una noche llegó Isabel a la tertulia, y en la mirada larga e intencionada que me dirigió comprendí que algo grave tenía que decirme. Me eché a temblar, porque el estado de inquietud en que me hallaba hacía algunos días me predisponía a los sobresaltos.
--Tengo que hablar con usted--dijo por lo bajo, pasando cerca de mí con semblante severo.
Debí de ponerme pálido, pensando que iba a anunciarme una catástrofe. Si hubiera tenido el espíritu sereno, podía comprender que las mujeres gozan interviniendo en las intrigas amorosas y desempeñan su papel con mucha seriedad. Vi que se acercaba al piano y comenzaba a teclear distraídamente. Agitado y convulso, me aproximé también.
--Prepárese usted a recibir una noticia importante--dijo la condesita, sin mirarme y con acento grave y misterioso.