Chapter 11
--Pues ha hecho usted bien en venir, porque en Sevilla sólo hay tres cosas dignas de verse: la catedral, el alcázar y el patio de las de Anguita--repuso con graciosa solemnidad.
VII
Preparativos para el bloqueo.
Matildita, como he dicho antes, debía de sospechar el deplorable resultado de mi entrevista con el capellán del colegio del Corazón de María. No hacía más que dar vueltas en torno mío y tirarme cuanto podía de la lengua, a fin de cerciorarse de la verdad del caso, o por ventura para meter su naricita en mis negocios y satisfacer el inmoderado afán de dar consejos que la atormentaba. Como no tenía gran interés en ocultar la derrota, pues ya se había disipado en parte la vergüenza que me produjera, concluí por confesarlo todo. Fuertes aspavientos de la chiquilla. No cabía en sí de indignación. Me hizo repetir varias veces la repugnante grosería usada por el clérigo conmigo, y me dijo que ella no la hubiera sufrido. Esto no me pareció bien. Pero le hice ver en seguida los inconvenientes que habría traído consigo cualquier resolución violenta en tal momento, y concluyó por convenir en que mejor había sido «el despresiarle». Después de quedar unos instantes silenciosa en actitud reflexiva, abrió la llave de los consejos. En su opinión, lo que yo debía hacer ahora era presentarme a la madre de Gloria, pintarle mi pasión por su hija, echarme a sus pies y suplicarle que la sacase del convento y nos permitiese casarnos y ser felices. El consejo era poco práctico, y me convenció de que los amores del aspirante a telégrafos habían dejado en el espíritu de Matildita una huella indeleble de romanticismo.
Mejor lo tenía yo pensado. En esto de ver las cosas como son y conseguir lo que nos proponemos, me parece que nadie saca ventaja a los que hemos nacido en los valles pintorescos de Galicia. Ya diré más adelante lo que mi mente, apretada por la necesidad, urdió para alcanzar lo que apetecía.
Por aquellos días se había marchado el alcalde Cueto a su pueblo y había llegado un matrimonio de Écija. Sentábase, pues, a la mesa, a las horas de almorzar y comer, una señora, lo cual había hecho variar un poco el tono de la conversación. Esta dama se llamaba Raquel. No pasaría de los treinta años y era mujer hermosa como pocas, de arrogante figura, alta, mórbida, de tez morena, nariz aguileña, labios gruesos y ojos negros y grandes, tal vez demasiado grandes. Sus facciones, pronunciadas en demasía, su figura voluminosa, hacían que pareciese más hermosa de lejos que de cerca. Aquellos ojos cristalinos, abombados, de ternera, aquella nariz enérgica, borbónica, aquellos labios rojos abultados, a cierta distancia formaban un conjunto armónico, maravilloso. No obstante, aun de cerca se la podía diputar por un buen modelo de escultura femenina. Estaba casada con un viejo, D. José Torres, que, a pesar de la peluca y llevar teñido el bigote, nadie le haría bajar de los ochenta. Era un hacendado rico, según supe pronto, porque en las casas de huéspedes no suelen ignorarse mucho tiempo las circunstancias de cada cual. Había tenido el capricho de casarse con aquella joven, a quien había dotado en cuarenta mil duros al tiempo de hacerlo. Para ella, que era una desgraciada sin recurso alguno, fue gran fortuna, sobre todo teniendo en cuenta que el viejo no tardaría en dejarla libre. Tuve ocasión de convencerme muy pronto de que la hermosa no correspondía con agradecimiento a la generosidad y a las atenciones que constantemente guardaba con ella su marido. Tocome sentarme a su lado en la mesa, y no tardamos en trabar conversación y entrar en confianza. Raquel hablaba siempre con énfasis, hablaba mucho, y según avanzaba en el discurso se iba animando, yo no sé si natural o artificialmente, al punto de que siempre concluía en el diapasón más alto y muchas veces con el rostro enrojecido. Si esto era afectación, había concluido, por el hábito, en connaturalizarse con ella. Mostraba poseer gran presunción y un carácter susceptible y despótico. No tenía reparo en dirigir a su marido, delante de todos nosotros, frases irrespetuosas cargadas de desprecio. El señor Torres era un anciano suave, conciliador, discreto, que veía muy bien el ridículo que su esposa hacía caer sobre él a cada instante, y padecía y procuraba evitarlo templándola, cuando se enojaba, con frases cariñosas o con inocentes burlas. Recuerdo que una noche se trataba de sobremesa, entre bromas y veras, el problema del matrimonio, qué circunstancias debía reunir la mujer para ser buena esposa, etc. Todos habíamos emitido nuestra opinión, incluso Eduardito, cuyo parecer, favorable a las mujeres hechas ya y experimentadas, fue acogido con una salva de aplausos y carcajadas. Faltaba únicamente el señor Torres, a quien, según Villa, correspondía hacer el resumen de la discusión. Don José, después de excusarse un poco, manifestó, con los ojos bajos, quizá por no tropezarse con los de su mujer, que se fijaban en él nada halagüeños, que la mejor esposa era la más humilde, la que conocía sus deberes y sabía cumplirlos, haciendo del hogar doméstico un paraíso. Observé cierta contracción nerviosa en el rostro de Raquel, que no anunciaba cosa buena. Y, en efecto, con sonrisa forzada, que dejaba traslucir su irritación, principió a combatir las aserciones de su marido, sosteniendo que la humildad es una cualidad de las esclavas, no de las mujeres; que lo que les hace falta a éstas en la mayor parte de los casos es dignidad, y que si la tuvieran no se verían tantos desastres en los matrimonios. Según su costumbre, a medida que hablaba se iba enardeciendo con sus propias palabras. Esta vez concluyó de un modo tan violento, dirigiendo frases tan agresivas e inconvenientes a su marido, que lo mismo Villa que yo intervinimos para calmarla.
--Me irrito, porque sé bien por dónde viene el agua al molino. A mí me gusta que se hable con franqueza. El herir a una persona solapadamente es una cobardía, ¡sí, señor, una cobardía!
--Pero mujer--decía el pobre anciano con sonrisa tímida,--si nadie ha tratado de herirte aquí. No he hecho más que sentar una apreciación general, que nada tiene que ver contigo.
--Repito que es una cobardía, y permíteme que te diga que hacerlo delante de gente es aún otra cosa peor.
A todos nos causó mal efecto aquella escena, y hubo una pausa. Villa entabló otra conversación para que cesase el embarazo.
Desde que el matrimonio había llegado, Olóriz, el estudiante de Derecho que con nosotros vivía, se acicalaba aún más el pelo y la barba, cosa que parecía ya punto menos que imposible, pues estos dos aditamentos capilares eran objeto de preferente atención y de asiduos cuidados para el jurista. El pelo era rubio, lustroso, ondeado, y lo llevaba esmeradamente partido por el medio, dejando caer dos bucles primorosos sobre la frente. La barba rubia también, rizosa, larga, y la llevaba igualmente partida por la mitad. Felicia, la criada, nos decía que empleaba media hora larga en atusársela, untándola con perfumados aceites; que nunca dejaba, al llegar o salir de casa, de contemplarse al espejo con delectación, alejándose y aproximándose para gozar de su figura a distintos puntos de vista, y que el colocar el sombrero al salir a la calle era negocio largo. Por lo demás, parecía un infeliz, silencioso, sonriendo a todo lo que se decía, dejando escapar de vez en cuando alguna frase insignificante. Pues este mancebo delicado, según mis observaciones, abrigaba proyectos de seducción sobre la bíblica señora de Torres. Sentábase frente a nosotros, y mientras duraba el almuerzo y la comida no dejaba de envolverla en una red espesísima de rayos visuales. Y, confesando la verdad, debo añadir que Raquel no parecía hallarse mal prisionera dentro de ella; antes correspondía con otra, si no tan espesa, lo suficiente pura que el joven pensase con razón que sus notabilísimos cabellos y barba eran apreciados en su justo valor por la hermosa dama. En la mesa apenas cruzaban la palabra; pero les vi en diferentes ocasiones departir amigablemente, apoyados en la barandilla del corredor, mirando con ojos extáticos los azulejos del patio. También observé, una vez que fui a misa de nueve en San Isidoro, que Olóriz, situado en posición estratégica, cambiaba con la dama, arrodillada cerca de una capilla, sonrisas y miradas. No sé si el señor Torres habría hecho las mismas observaciones que yo. Presumo que sí, porque no era tonto, y se necesitaba serlo para no advertir las insistentes miradas del joven.
Fueme simpático el anciano, y le compadecía sinceramente. Entramos pronto en confianza, y en ocasión en que quedamos solos de sobremesa, tuve con él una conversación bastante íntima. Se quejaba del calor que hacía, al cual nunca se había podido acostumbrar a pesar de vivir en Écija, llamada la sartén de Andalucía, y decíame que le molestaba extremadamente la peluca.
--Nunca la he gastado hasta hace poco, y eso que he quedado sin pelo hace más de cuarenta años...¡Phs! Ha sido un capricho de Raquel--añadió sonriendo dulcemente.--Dice que sin ella y con la barba blanca que antes traía aparento tantos años que le da vergüenza ir conmigo por la calle...¡Como si a pesar de estos adimentos ridículos no se conociese que paso de los ochenta!... Yo bien comprendo que a ella le avergüenza estar casada con un ochentón, y usted mismo se habrá dicho al vernos: «¡Vaya un matrimonio estrafalario!... ¿Cómo se le habrá ocurrido a este viejo decrépito casarse con una joven tan linda?...» Nada; no me diga usted nada; quien dice usted, dice todos los demás que nos conocen. Ha sido una falta, lo reconozco; pero crea usted que hay algunas cosas que la atenúan un poco. En primer lugar, Raquel es hija de un antiguo amigo mío. Hace cuatro años se quedó huérfana y sin recurso alguno. Necesitó irse a vivir en compañía de una hermana que tiene casada. Yo, que frecuentaba la casa, me convencí pronto de que allí no la trataban como debían, y ella misma se me quejó con lágrimas muchas veces de que en casa de su hermana no era más que una criada sin sueldo. Entre vestir y lavar a los niños, hacer las camas, asear la casa, aplanchar la ropa, etc., no tenía un momento libre. Mientras tanto la hermana, como princesa, pasaba el tiempo columpiándose en una mecedora, reprendiéndole cualquier falta severamente... En fin, ya puede usted suponer lo que pasaría allí. Compadecía mucho su situación, y pensando en los medios de aliviarla, se me ocurrió traerla a casa. Mas esto ofrecía dificultades. ¿En qué concepto iba a venir a mi casa? Por muchas vueltas que le diese, sólo podía venir de dos maneras: o como esposa, o como criada. Proporcionarle dinero para que viviese aparte, era factible; pero ¿no sería herir su susceptibilidad que, como usted ha visto, es grande? Entonces se me ocurrió casarme con ella. Le hablé con toda franqueza. «Hija mía, soy un trasto viejo, tendrás que aguantarme un poco de tiempo. En cambio, a mi muerte quedarás libre y con una fortuna considerable. Por mucho que viva, tiene que ser muy poco. Mira si la perspectiva de una posición independiente y desahogada compensa para ti las molestias que yo te pueda ocasionar.» Ella aceptó dando muestras de agradecimiento, y desde entonces, que fue hace tres años, he procurado serle lo menos incómodo posible y que viva no sólo con desahogo, sino con lujo, para que su situación sea más llevadera. Así y todo, parece que algunas veces se impacienta... Es natural. La pobre se ve joven, hermosa y adulada por los hombres. El pensar que se encuentra amarrada a un tronco tan viejo y carcomido le hace padecer.
La sencillez y franqueza del anciano me conmovieron. Desde entonces le tributé aún más respeto y consideración, y fuimos amigos. Por eso me atreví a decirle a Raquel un día en que ponderaba el sacrificio que había hecho casándose con él, y la tristeza de consagrar su juventud a cuidar a un anciano achacoso:
--Vamos, tenga usted paciencia, que eso no durará mucho. Al fin se encontrará usted joven y con una buena fortuna.
--Sí, sí, eso me decían mis amigas al casarme; pero va durando demasiado.
Aquella cínica respuesta nos dejó fríos a todos. Desde entonces me fue profundamente repulsiva a pesar de su belleza.
Pues volviendo a mis asuntos, digo que comenzó a germinar en mi mente una idea, y fue la de acometer de nuevo la vía del capellán del colegio para llegar hasta mi adorada Gloria. El genio astuto de la raza galaica, que late en el fondo de mi ser lírico, me suministró una traza apropiada al caso. Yo tengo en Madrid un tío carnal, hermano de mi madre, que es alto empleado en el Ministerio de Gracia y Justicia desde hace años. Goza allí de gran consideración, y ha repartido en su vida no pocas canonjías y hasta ha influido poderosamente en la elección de algún obispo. A este le escribí rogándole me enviase una tarjeta de recomendación para algún dignatario de la catedral. Mientras llegaba la respuesta, seguí asistiendo a la tertulia de las de Anguita. Y, cierto, no lo pasaba mal. A los tres o cuatro días, según me había anunciado Villa, era íntimo de la casa. Pepita me llamaba chinchoso y mal gallego a cada instante; Ramoncita me trataba con la misma gravedad campechana que a los amigos antiguos, y Joaquinita celebraba conmigo numerosas conferencias de quince minutos cada una. Éste era el punto negro de la tertulia. La asiduidad de aquella señorita me iba siendo cada vez más empalagosa.
A pesar de que le tenía muy recomendado a Villa el secreto de mis amores, imagino que le molestaba dentro del cuerpo, o que no pudo resistir a la tentación de informar a su adorada condesa de todo, porque observé que una noche ésta, mientras hablaba con él, fijaba sus hermosos ojos en mi con curiosidad y benevolencia. Poco después se acercó el comandante y me dijo risueño:
--Vaya usted con Isabel, que desea hablarle.
Me apresuré a cumplimentar la orden de la dama, quien me acogió con extremada amabilidad.
--Siéntese aquí, que tengo mucho que hablar con usted... Ya sé que está usted enamorado...
--¡Ese Villa!--exclamé con enojo.
--No se enfade con él, porque su indiscreción quizá redunde en beneficio de usted. Ha de saber usted que la monjita por quien pena es prima mía.
--¿De veras?--pregunté estupefacto y con poca galantería.
--No muy próxima, pero sí lo bastante para que pueda llamarla así. Su madre es prima segunda de papá.
Si algo pudiera faltar para que aquella hermosa y amable joven me fuera del todo simpática, fue este descubrimiento. La contemplé con embelesamiento, con un éxtasis religioso que no pasó inadvertido para ella.
--Así me gusta--dijo sonriendo.--Cuando se quiere a una mujer, ha de ser de veras.
Yo me reí también, ruborizado.
--Nunca hemos tenido un trato muy íntimo--siguió,--porque yo me he criado en Sanlúcar, y ella entró de interna en el colegio muy temprano. Sin embargo, recuerdo que cuando venía a pasar alguna temporada a Sevilla, he jugado con ella en su casa y hemos paseado juntas con frecuencia. Después que entró en el colegio no la he vuelto a ver más de tres o cuatro veces, que fui exprofeso a visitarla con una tía mía y de ella también... Tiene usted buen gusto. Gloria es muy graciosa y simpática. ¡Si viera qué bien bailaba de niña las seguidillas!
--Y ahora también.
--¿Cómo ahora?--preguntó con asombro.
Entonces le expliqué de qué manera la había visto bailar en Marmolejo, lo cual celebró vivamente.
--Siempre ha sido muy resuelta y un poco aturdida... Si no fuera por ese carácter alegre que Dios le ha dado, ya estaría muerta hace tiempo...
Quise saber pormenores de su vida. Los datos vagos que me había suministrado la madre Florentina habían excitado fuertemente mi curiosidad, y las reticencias de ahora no eran a propósito para calmarla. Isabel sabía poco, o no quiso decirlo. La tía Tula (madre de Gloria) era una señora bastante rara, con un genio diametralmente opuesto al de su hija. Parece que Gloria fue metida en el colegio contra su voluntad y que luego se hizo monja por no avenirse con su madre. De aquella insinuación que me había hecho Suárez en Marmolejo, referente a un señor que dirigía los asuntos de D.ª Tula y vivía con ella maritalmente, no me dijo nada, ni yo me atreví a preguntarle. Después me dijo mirándome a los ojos sonriente:
--Además, le prevengo a usted que mi prima es rica. Su padre pasaba por tener una buena fortuna.
Yo (¡oh gran hipócrita!) hice un gesto de indiferencia.
--No quiero decir que eso aumente poco ni mucho su interés por ella--se apresuró a decir.--Pero... vamos, el dinero nunca daña...
Se informó también del estado de mis amores, y con ella fui más franco que con Matildita. No le dije más de lo que había pasado. Tuve la satisfacción de escuchar que, en su concepto, era lo bastante para que pudiese imaginar, sin pecar de presumido, que no le era indiferente a su prima. De la entrevista con el clérigo no le hablé palabra, porque la verdad del caso la hubiera hecho reír a mi costa, y una mentira ninguna utilidad me traía. Por supuesto, por hacer como todos los demás, también me brindó protección.
--Estoy sumamente interesada en que logre usted lo que desea, tanto por mi prima, que es una lástima que consuma entre cuatro paredes su juventud, no teniendo vocación para ello, como por usted. Creo que de algo podré servirle en su campaña... Discurra usted, y vea si puede utilizarme, que tendré mucho gusto en ello.
Le di un millón de gracias, rebosando de gratitud, y le prometí que cuando llegase el caso la molestaría sin vacilar, pues me inspiraba una confianza absoluta. Desde la primera noche que la viera me había sido extremadamente simpática. Sus ojos dulces y benévolos revelaban un buen corazón, el timbre de su voz inspiraba desde luego cariño y confianza, etc., etc.
Manejé el incensario de lo lindo, aunque loando sus prendas morales con preferencia a las físicas, por parecerme de mejor gusto y no inspirar recelos.
Cuando pasaban estas razones entre nosotros, apareció Joaquinita, diciéndonos con sonrisita forzada:
--Isabel, hija mía, tú nos acaparas todos los pollos. Déjanos siquiera alguno, por compasión.
--El señor me estaba informando de unas parientes que tengo en Galicia--respondió la condesita rápidamente.
Le agradecí el disimulo, en el cual me pareció más maestra de lo que yo había imaginado, y me levanté para sufrir un rato el chorro de la de Anguita, que seguía cada vez con más ahínco interesándose por todo lo que me atañía. Si no fuese porque es un poco ridículo, diría que seguía requebrándome. Declaro que me iba aburriendo y que me distraía de un modo lamentable. Muchas veces mis respuestas eran incongruentes. Bostezaba escandalosamente, y llegué en ocasiones a dar cabezadas de sueño. Pero Joaquinita ni se enojaba ni cedía. Dirigiendo la mirada hacia un grupo donde estaba D. Acisclo, observé que nos miraban sonrientes. Después supe que éste les había dicho:
--Miren ustedes a Joaquinita con la caña.
Por fin llegó la carta de mi tío, y dentro de ella otra muy expresiva para un prebendado de la catedral llamado D. Cosme de la Puente, recomendándome. Recibí un alegrón y casi no almorcé, con el afán de ir a visitarle y poner en ejecución mi proyecto. Tan luego como engullí el último bocado y pasé por el cuarto para recoger el bastón y los guantes, abrí la cancela y me dispuse a salir a la calle. Mas al trasponer la puerta exterior, una mujer del pueblo, que sin duda me aguardaba, vino a mi encuentro, diciéndome con el acento exagerado de la plebe andaluza:
--Señorito, perdone su mersé. ¿No e su grasia don Seferino?
--Ceferino me llamo--respondí mirándola con sorpresa.
Era una mujer ajada, de buenos ojos, flaca, pálida y pobremente vestida, con un pañolito de seda blanco al cuello y la cabeza descubierta. Aparentaba bien cuarenta años; pero quedaba la duda de si sería más joven. Su rostro ofrecía más claramente las huellas del trabajo y la miseria que las del tiempo.
--¿Sanhurho?
--Sanjurjo.
--Pue tengo que darle a su mersé un recaíto...¿Quiere que entremo en el portal?
--Como usted guste--repuse, fuertemente excitada mi curiosidad.
Nos apartamos, en efecto, de la estrechísima acera, y ya dentro del portal, la mujer sacó del pecho una carta doblada y me la entregó. Rompí el sobre apresuradamente y fui derecho con los ojos a ver la firma. No la tenía.
--¿De quién es la carta?
--De mi señorita.
--¿Y quién es su señorita?
--¡Toma! La señorita Gloria.
No pude reprimir un movimiento de susto, y me puse, no a leer, sino a devorar la carta, apretada la garganta y las manos trémulas. La buena mujer debió de observar mi turbación, porque al levantar los ojos vi una sonrisa en sus labios. La carta decía lo siguiente, en una magnífica letra inglesa de colegio: «Muy señor mío: Habiendo sido severamente castigada por la superiora, hasta privarme por cinco días de toda comunicación con mis hermanas y con las educandas, después de rogarlo con muchas lágrimas, me han dicho que la razón del castigo era que un joven cuyas señas coinciden con las de usted se había presentado al P. Sabino diciendo que era mi novio y que venía a sacarme del convento. Si fuera usted, como presumo, el autor de la gracia, merecía le tuviesen toda la vida encerrado en un calabozo como me han tenido a mí cinco días. Le ruego que no vuelva a ocuparse de una pobre mujer a quien ha ocasionado y puede aún ocasionar serios disgustos».
Entre confuso y dolorido, pregunté a la mensajera:
--Pero ¿es verdaderamente de la hermana San Sulpicio?
--Así creo que se yama en el convento. Para mí e y será la señorita Gloria.
--¿Se la puede contestar?
--¿Por qué no?
--Pero ¿quién es usted, y cómo puede llevar cartas a una monja?
Me lo explicó con la brevedad y el lenguaje espontáneo y pintoresco que caracteriza a las menestralas sevillanas. Se llamaba Paca y «había sido siempre mucho» de la casa de la señorita Gloria. Su madre había sido nodriza de ésta, y ella niñera, por más que no llevaba a la señorita más de doce años. Doña Tula la protegía y la llamaba para recados cuando hacía falta. Tenía una prima, criada de unas niñas que asistían al colegio del Corazón de María, y por su mediación se comunicaba con la señorita Gloria, a la cual también iba a ver de vez en cuando. Esta prima fue la que le diera la carta que ahora me entregaba.
--Pero ¿cómo sabía usted que era yo y dónde vivía?
--Verá uté, señorito. Su mersé da casi toíto lo día tre o cuatro paseíto por la caye de San José y mira mu encandilao hasia la parte del convento, ¿verdá uté? Fue mi prima lo ha arreparao y se diho contra sí: «Ete e er señorito de la señorita», y le ha seguío lo paso hata da con la posá. Aluego me lo diho a mí... y aquí etamo.
--¿Y ha preguntado usted a alguien más?
--Uté e er primé señorito que sale de eta casa dende que aguardo.
--¿Y es usted criada ahora de la madre de la señorita?
--No señó; yo estoy casá y trabaho en la frábica.
--¿En qué fábrica?
--¡Toma! ¿En cuál ha de sé? En la de sigarro. ¿Quiere uté que vuerva por la repueta?
--Sí, venga usted al oscurecer.