Chapter 10
Ni faltaba tampoco el caballero obligado de buena sombra, que dice gracias en voz alta y anda de grupo en grupo «quedándose con todo María Santísima». Era hombre de cincuenta años, poco más o menos, de mediana estatura, color cetrino, ojos saltones y bigote teñido, con las puntas engomadas. Se llamaba D. Acisclo. Un gran humorista. La reputación que gozaba en este punto era tal, que no podía abrir la boca sin que sonrieran los circunstantes y tratasen de dar un giro malintencionado a sus palabras, por claras y sencillas que fuesen. Si decía, verbigracia: «Elenita, ¿por qué no canta usted?» la interpelada le miraba la cara con temor, y en la de los demás empezaba a dibujarse una sonrisa que quería significar: «¿Qué _coba_ se traerá este señor?» Si expresaba su sentimiento por cualquier desgracia de un prójimo, aunque lo hiciese con sinceridad, no faltaba alguno que exclamase riendo y poniéndole una mano sobre el hombro: «¡Don Acisclo, usted no perdona a nadie!» Y D. Acisclo, halagado en su talento humorístico, aunque no hubiese tenido intención de burlarse, comenzaba desde aquel punto a hacerlo. La base de su humorismo era aquella forma del pensamiento que los retóricos llaman ironía, y que consiste en expresar lo contrario de lo que se siente. Al mismo tiempo sabía dar cierta inflexión solemne a sus palabras y mantener su rostro en equilibrio para que la frase obtuviera el éxito apetecido. Gozaba en mofarse de todo el mundo, y principalmente de los pollastres enamorados. Por ello era odiado cordialmente de éstos en el fondo, aunque en la apariencia le bailasen el agua. Tenía, sin embargo, el instinto o buen sentido de no meterse con los que podían devolverle las bromas, y buscaba casi siempre como víctima de ellas a algún pobre muchacho que pacientemente las tolerase.
--Ahora, que nos cante unas granadinas--dijo un pollo.
--Eso es, y después que baile «por panaderos»--añadió D. Acisclo.
--No hay inconveniente--respondió D. Alejandro echándole una mirada ambigua,--con tal que don Acisclo suene los palillos y me jalee.
Se trajo la guitarra, y el clérigo comenzó a cantar hondo y gorgoriteado por lo flamenco una copla, que si mal no recuerdo decía así:
Eres como la avellana, chiquita y llena de carne, chiquita y apañadita como te quiere tu amante.
D. Alejandro era alpujarreño, y a decir verdad, cantó ésta y otras coplas por el estilo infinitamente mejor que el _Spirto gentile_. Hay que observar que las que siguieron eran cada vez más expresivas, por no decir picantes, y que entre una y otra el beneficiado de la catedral dirigía por debajo de sus negras y largas pestañas miradas provocativas a la joven regordeta que había cantado el rondó de _Lucía_. Después supe que era su maestro de música.
Aplaudimos esta vez más sinceramente.
--¡Olé el presbítero!--gritó D. Acisclo.
Tres o cuatro curiosos se habían parado a la puerta de la calle, y al través de las rejas de la cancela nos miraban sin curiosidad alguna, atentos sólo a la música. Cuando ésta cesó, siguieron su camino.
--Ea, basta de coloquio--dijo Pepita, acercándose a su hermana y a mí, que aún continuábamos sentados.--Llevan ustedes media hora juntos, y el reglamento de la casa no permite más que quince minutos.
Levanté los ojos hacia ella, sorprendido.
--Sí, señor, quince minutos. Ninguno puede estar junto a una niña más de ese tiempo, y yo soy la encargada de hacer cumplir la orden... ¡Uf! Si alzase la mano, esta casa se convertiría muy pronto en una gorrería. Con ustedes he guardado consideración porque ésta es mi hermana... y porque se lo merece... y porque usted tiene buen aquel... ¡y porque me ha dado la gana, vamos!... ¿Verdá uté que apetece comérsela?--añadió tomando la barba de su hermanita con dos dedos y sacudiéndole la cabeza.--¿No sería una pena que esta naranjita de la China se fuese a sentar en el polletón?
--¡Qué tonta!--exclamó Joaquinita, pareciendo que se ruborizaba.
--Vaya, dígame con franqueza, ¿qué le parece a usted de la _soirée de Cachupín_?--me preguntó, cambiando con afectada volubilidad de conversación.
--¿Qué _soirée_?
--Esta en que usted se encuentra. ¿Ha estado usted en su vida en otra más cachupinesca?
--¡Oh!--exclamé apresuradamente.--¡Nada de eso! Es una tertulia muy agradable y distinguida.
--Con poca luz, ¿verdad?--dijo sonriendo maliciosamente.
--Así está mejor. La media luz en un patio de éstos hace muy bien; le da un carácter misterioso y poético.
--Pues mire usted, nosotras no hemos querido hacerlo más poético, sino gastar menos, ¿sabe usted?--repuso con desenfado, mirándome a los ojos con tal expresión burlona que me inquietaba.--Antes teníamos cuatro quinqués encendidos; pero, hijo, se gastaba un Potosí, y nosotras estamos más pobrecitas que las arañas. Nos hicimos partidarias del obscurantismo... Hay que tener mucho ojo, por supuesto, porque ¡viene aquí cada gachó!... No paro de un lado a otro, como usted ve. Parezco una maestra de escuela... ¿No ha pasado usted al _buffet_?
--No--dije sencillamente.
Soltó una carcajada.
--Pues allí lo tiene usted, en aquel rinconcito.
--¡Qué loca eres, Pepita!--exclamó Joaquinita, riendo también.
En el rincón que señalaba con la mano había una mesilla, y sobre ella una botella de agua con algunos vasos.
--En nuestros buenos tiempos, poníamos azucarillos. Era el siglo de oro de la casa de Anguita. Ahora, hijo mío, estamos en plena decadencia. Ni la casa de Austria ha venido nunca tan a menos. Fuera los azucarillos, que gravan el presupuesto. Luego, no crea usted, había aquí muchos que se los comían secos por golosina. ¡Una ruina, hijo, una ruina! ¿Ve usted aquel pollito que parece un lenguado gaditano en tartera, aquél que se mete el dedo por la nariz en busca de los sesos? Pues ése se ha comido trece una noche, y no le pasó nada. Por supuesto, yo le eché de casa inmediatamente; pero volvió al día siguiente pidiendo perdón y que no lo haría más. Le abrimos otra vez la puerta, y le guardamos los panalitos... En fin, cuando se vuelva a Madrid, ya puede usted decir que ha estado en una reunión cursi, ¡pero cursi de verdad! No le falta a usted más que conocer a Cachupín. En seguidita va a salir... ¡Mire usted qué mono!--añadió dirigiendo los ojos al otro extremo del patio, donde conversaban, al lado del piano, el cura y su discípula.--Allí está don Alejandro hecho un caramelo con Elena. ¡De todos los gorros, los que más me sublevan son éstos de iglesia! Voy allá ahora mismo.
Y partió como una saeta hacia ellos.
--Márchese usted--me dijo Joaquinita, dirigiéndome una mirada impregnada de simpatía.--Márchese usted, para que no digan. En cuanto estemos separados un ratito, ya podemos juntarnos otra vez y disfrutar otro cuarto de hora de seguridad. Hasta luego.
Aparteme de ella y di una vuelta por el patio, observando la algazara que reinaba. Me llamó la atención una joven bastante linda que, mientras hablaba con don Acisclo, dirigía miradas de amor al través del follaje de una hortensia al lenguado gaditano, que le correspondía por el mismo conducto, sin dejar de meterse el dedo en la nariz. Los lienzos de las paredes estaban llenos de cuadros al óleo. Me acerqué a examinarlos y, aunque disto de ser inteligente en pintura, me parecieron horrendos mamarrachos. Por una de las puertas vi salir a Villa, y me acerqué a él.
--¿Al fin pudo usted llegar a la cocina?--le pregunté riendo.
--Al fin. Nada más que un achuchón rápido ahí en el pasillo, ¿sabe usted? Aproveché el momento en que Pepita hablaba con ustedes.
--Estuve largo rato con Joaquinita. Es una chica muy amable.
--¿Cree usted?...--respondió dirigiéndome una mirada risueña y burlona.
--Hombre... así me lo ha parecido--repliqué un poco acortado.
--Bueno, bueno; por mi parte que se le expida el título.
Como estuviésemos en un rincón y nadie nos observase, quise enterarme mejor de la vida de aquella familia. Villa me puso al corriente de todo. Las de Anguita eran hijas de un médico ya anciano, que había gozado de mucha clientela en Sevilla en otro tiempo. O por su edad avanzada, o porque hubiesen llegado otros médicos jóvenes de valía, o por las irregularidades de las hijas, es lo cierto que poco a poco se le había ido marchando la parroquia, quedándole en la actualidad muy contadas familias. Su mujer había muerto hacía bastantes años. Las niñas, educadas sin la vigilancia materna, habían dado siempre bastante que decir por sus extravagancias. Mientras las ganancias del papá fueron crecidas, en la casa se gastaba por largo, se vivía con desahogo y con lujo; hasta tenían coche. Nadie pensaba en mañana. El señor Anguita, un viejo maníaco, que había gozado fama de excelente médico, aunque en realidad nunca se hubiese cuidado gran cosa de los enfermos, dejaba a sus hijas la dirección económica de la casa, que no podía ser más desastrosa. La pasión del viejo era el arte, y su orgullo ser inteligente en pintura. Que le dijesen que había hecho tal o cual cura maravillosa, le tenía sin cuidado. En cambio, si le venían a consultar sobre el mérito de un cuadro, o le nombraban jurado en los exámenes de la escuela de Bellas Artes, le causaban vivo placer. No le molestaba su decadencia profesional más que por el momentáneo disgusto que sentía cuando sus hijas le pedían dinero y no podía dárselo. Éstas la soportaban también o aparentaban soportarla con filosofía, y en vez de retraerse del trato social, que origina gastos, preferían exhibir y burlarse de su propia pobreza, asistiendo a todos los sitios donde no costase dinero, haciendo diariamente un número incalculable de visitas y dando reuniones del jaez de la presente. Villa suponía que en estas burlas había cierta afectación y que era un procedimiento ingenioso para poder seguir tirando sin desdoro. Por lo demás, no se pasaba mal a su lado. Admitían cualquier broma sin enfadarse, y eran caritativas y serviciales. No ocultaban su afán por tener marido, y aun hacían chistes bastante graciosos sobre esta su manía con el mayor descaro. Antes que el ridículo viniese a ellas, iban a su encuentro. Ramoncita, la primera, se había echado ya en el surco, y sólo vagamente pensaba en la posibilidad de atrapar un esposo. Mantenía amistad íntima, estrechísima, con dos de las damas que allí estaban, de su misma edad, poco más o menos, y entre las tres no solo sabían lo que pasaba en Sevilla, sino en todo el reino de Andalucía. Dedicábase también a leer por los libros de medicina de su papá, y estaba tan enterada del organismo humano como un médico, particularmente de determinadas funciones. Sin embarazo alguno, en términos técnicos, hablaba de las materias más escabrosas de la medicina. Su hermana Joaquina se caracterizaba por un deseo furioso, frenético de casarse. Según ella misma confesaba, le habían entrado las «ganazas». Porque al decir de Ramoncita, el deseo de hallar marido en una mujer podía dividirse en tres etapas. Desde los quince a los veinte debía llamarse el período de las «ganitas», de los veinte a los veinticinco, el de las «ganas», y de los veinticinco a los treinta, el de las «ganazas». Pepita, la última, era una chica sin atadero. Sin embargo, Villa creía que era la mejor de las tres, a pesar de que en su locura entraba un poco de farsa, o lo que es igual, se hacía más loca de lo que era.
--La broma que le he dado no vaya usted a creer que es enteramente infundada. Esa muchacha está empeñada a sangre y fuego en que le haga el amor.
--¿Y es verdad que le espera por la noche para verle pasar cuando usted se retira?
--¡Tan cierto! Y lo gracioso es que vengo de dar algunas vueltas por delante de la casa de Isabel, que esta aquí cerca, en la calle de Trajano.
--¡Pobrecilla! Pues si es así, mucho debe de padecer con sus bromas.
--No lo crea usted. Cuando usted la trate más, ya verá adónde llega su despreocupación.
Justamente en aquel momento se acercó a nosotros Pepita, diciendo:
--¡A que están ustedes hablando de mí!
--¡A que sí!--respondió el comandante riendo.--Estaba enterando a mi amigo de los secretos de la casa y descubriéndole el carácter y las mañas de cada una de ustedes. Se hallaba usted sobre el tapete.
--Le diría usted alguna sandez, como si lo viera.
--Muchas gracias; le estaba diciendo ahora mismo que sentía en el alma no poder corresponder al amor de usted. Si usted hubiera llegado antes...
--Pero ¿ha visto usted en su vida--dirigiéndose a mí--un hombre más simple y más retontísimo? No crea usted que es broma. Todo eso se lo cree. ¡Y mire usted que el bocado es apetitoso! Un señor que ya no puede con la fe del bautismo en papeles. ¡Repare usted qué patas...! ¡Qué pies! Con dos juanetes que parecen dos flanes.
--Bueno; insulte usted cuanto quiera. Cuanto más feo sea yo, peor gusto será el de usted.
La entrada, por una de las puertas que comunicaban con las habitaciones interiores, de un caballero anciano nos interrumpió.
--Aquí tiene usted un Cachupín--me dijo Pepita--. Voy a presentarle a usted. Papá--dirigiéndose al anciano--, te presento un nuevo amigo, el señor Sanjurjo, un joven muy guapo, muy simpático y además un gran poeta. ¿Eh? ¿Qué tal?
--Muy señor mío, muy señor mío--respondió el anciano, inclinándose.
He visto en mi vida pocas cosas tan estrafalarias como el señor de Anguita. Era alto, enjuto, rasurado, dejando solamente unas cortas patillas blancas; los ojos, grandes, apagados, vidriosos; la tez, pálida, y los dientes, largos y amarillos. Traía gorro de terciopelo azul en la cabeza, bordado probablemente por sus hijas; bata de color de canela, y sobre la bata, dejándola al descubierto por debajo, un gabán de verano.
--Conque poeta... poeta--murmuró con voz opaca y acento fatigado.--Yo soy muy aficionado a la poesía. En mis buenos tiempos también escribí versos.
--Muy lindos, por cierto--interrumpió Pepita.--Mi papá, ahí donde usted le ve, ha sido el gallito de Sevilla. Traía dislocadas a las niñas con sus chalecos y sus palabritas.
--¡Picaruela!--murmuró el anciano, tocándole la cara con manifiesta ternura.--La poesía es cosa superior, superior... ¡Pero como la pintura!... A la pintura no llega nada en el mundo.
--Ya sé que es usted aficionado, y muy inteligente--le dije.
--Aficionado solamente--repuso sonriendo con beatitud.--No le diré a usted que a fuerza de ver y observar no sepa distinguir un poco; pero eso no vale nada.
Villa, para darle por el gusto, le invitó a que nos mostrase su galería de cuadros, a lo cual accedió inmediatamente. La mayor parte estaban colgados debajo de los arcos del patio. Pepita encendió una bujía y la fue acercando a cada uno para que le viésemos bien, mientras el señor de Anguita, que traía constantemente las manos atrás, separaba de vez en cuando la derecha para señalarnos los primores de ejecución que abundaban en casi todos. Cuando era una marina, el agua se transparentaba, parecía que «podía meterse la mano en ella»; si se trataba de un paisaje de montaña, «apetecía triscar por las praderas, se sentía casi el olor del heno»; las figuras «estaban todas hablando, no les faltaba más que moverse». En fin, el señor de Anguita creía que su galería podía competir con las mejores de Madrid. Pepita aplaudía también calurosamente, con su habitual exageración, en cada obra que examinábamos. Los apellidos de los artistas eran totalmente desconocidos. La mayor parte jóvenes que, según el dueño de la casa, darían mucho que decir y echarían pronto la pata a Fortuny y a Rosales. Cuando hubimos terminado, Villa y Pepita se unieron a la tertulia, y observé que el comandante estaba jacarero y guasón hasta lo sumo, haciendo reír con sus bromas a todos, menos a D. Acisclo, que no debía de ver con buenos ojos que se riesen otros chistes más que los suyos. El anciano médico me llevó a un rincón, y allí, de pie, con las manos cruzadas siempre sobre los riñones, siguió hablándome de pintura. Confesaba que su galería no era de las más ricas y, sobre todo, carecía de firmas acreditadas; pero estaba seguro, en cambio, de poseer obras notabilísimas, dignas de inmortalizar a sus autores. Por más que éstos no fuesen exagerados en el precio de sus cuadros, una colección como aquélla sólo podía adquirirse a fuerza de tiempo y serios dispendios.
--¿Cuánto calcula usted que llevo gastado en cuadros?--me dijo mirándome a los ojos fijamente.
--Phs... Yo no soy perito en la materia...
--Vamos, una cifra aproximada...
--Nada... no puedo calcular...
--Pues llevo sacados del bolsillo más de cinco mil reales--manifestó solemnemente, separando una mano de la espalda y poniéndomela sobre el hombro.
--Pues son caros... digo, son baratos... Porque los hay magníficos.
--¡Maravillosos!
Poco después, el señor de Anguita me manifestó que sentía frío, lo cual me sorprendió casi tanto como el coste de su galería. No estaba por la vida en los patios. Ni en el mes de Agosto entraba en el suyo sin ponerse gabán. Sus hijas se empeñaban en anticipar la estación porque aún no hacía calor, ¿verdad? Yo, que sudaba por todos los poros, convine con él en que más bien hacía fresco, y con esta respuesta le confirmé, al parecer, en la idea que había concebido de retirarse. Lo cual puso en práctica, no sin ofrecérseme mucho y poner su casa a mi disposición. Pero éste no era un favor muy señalado, porque, según Villa, no había perro ni gato en Sevilla que no entrase allí como Pedro por su casa.
Elena, la discípula del presbítero, se marchaba en aquel momento, aunque no eran más de la diez. Su tío, un señor viejo, bajo y regordete como ella, de labios abultados y fisonomía riente, que andaba por los rincones solitario, no consentía retirarse después de esta hora. La niña, que era vivaracha y traviesa, al despedirse con ruidosos besos de sus amigas, procuraba ponerle en ridículo: «Qué quieres, hija; mi tío se empeña en hacer competencia a las gallinas. Voy a leerle la vida del santo del día. No puede dormirse sin enterarse de los martirios de Santa Irene o San Lorenzo. Adiós, adiós; pedid a la Virgen que sane mi tío de la cabeza». Éste, fuertemente amoscado, habiéndose desvanecido la sonrisa que constantemente brillaba en su rostro, se despedía también sin encontrar palabras con que disculpar su extravagancia. Procuraba poner prisa para librarse de las risas de los tertulios. Al salir al portal, llamaba a la cancela una joven con la cabeza rebujada en toquilla de color rosa, acompañada de un criado con librea. Elena y ella se tropezaron y se saludaron con efusión, besándose repetidas veces. Oí las carcajadas de la recién llegada, sin duda producidas por las bromitas de la amiguita contra su tío. El clérigo de las granadinas no tardó mucho en despedirse también. La joven que entraba era la condesita del Padul, la adorada de mi amigo Villa. Y en verdad que tenía excelente gusto. Por la tarde, al cruzar rápidamente por la calle de las Sierpes, no había podido apreciar bien la belleza singular de su rostro, la gracia y esbeltez de su figura. Era una mujer hermosa de veras. El color de oro de sus cabellos formaba contraste delicioso con el negro de sus ojos. La expresión de su fisonomía suave y atractiva; los ademanes nobles. Toda su gentil persona revelaba bien claro la egregia cuna en que había nacido. Vestía con sencillez y elegancia, denunciando el corte parisién las prendas que llevaba sobre sí. Saludó a todas las damas con efusión cariñosa. Después la vi dirigirse sonriente a Villa y apretarle la mano. Su presencia causó en la tertulia alguna turbación, y eso que ella procuraba con familiar amabilidad que nadie se moviese de su sitio. Me pareció que no estaba orgullosa de su elevada alcurnia, o que, si lo estaba, sabía disimularlo perfectamente. Como me dirigiese algunas miradas de curiosidad, sin duda por no haberme visto nunca en la tertulia, Joaquinita se apresuró a presentarme. Me dio la mano con suma cortesía y me dirigió una sonrisa tan amable que me sentí cautivado. Y como yo, al parecer, todos los demás, porque desde su entrada las miradas de los pollastres se dirigían a ella y las de las muchachas también. Lisonjeada con el afecto que la demostraban, la gallarda condesa se esforzaba en aparecer más llana y más amable aún.
Me sacó de mi contemplación admirativa Joaquinita, que me invitó de nuevo a sentarme a su lado en la mecedora. «Ya tenemos otro cuarto de hora para hablar», me dijo. En esta segunda conferencia me pareció la segundogénita de Anguita un poquito pesada y dulzona. Se enteró de mi patria y familia, y me hizo que le narrase algunos pormenores de mi existencia. Claro que no le dije una palabra del asunto que a Sevilla me trajo. Venía sólo a dar una vuelta por Andalucía y a conocer unos parientes que tenía en Sanlúcar. Semejaba interesarse en todo lo que me atañía, de un modo tan vivo que me causaba sorpresa y alguna inquietud. Entre col y col me dirigía frases lisonjeras, aprovechando cualquier ocasión para enaltecer mi carácter (¿cuándo lo habría conocido?) y el ingenio que se revelaba en mis palabras. En suma, era como el dulce de piña, que al principio gusta mucho, y cansa pronto. Deseaba ya dejarla, pero no era empresa fácil. No consentía que se hiciera pausa en nuestra conversación. Me acordé entonces de la sonrisa de Villa cuando le hablé de ella y empecé a explicármela. Observando mi distracción, me dijo:
--¿Qué es eso? ¿Repara usted en la seriedad de Villa? Siempre le pasa igual. En cuanto llega Isabel, concluyen las guasitas. Se queda con una cara larga, larga, que da pena mirársela... ¡Pobrecillo! Está enamorado hasta las cachas.
Yo, que no había reparado en ello, me convencí, mirando al comandante, de que la observación era tan fina y maliciosa como exacta. Desde la entrada de la condesita no se mostraba como antes alegre y desenfadado. Las frases jocosas que aún soltaba iban claramente impregnadas de la preocupación de su espíritu. Isabel, en cambio, se mostraba cada vez más amable y afectuosa con él y con todo el mundo, particularmente con él. Estaba rodeada de pollos que la incensaban sin descanso. A todos contestaba con la misma sonrisa candorosa, enloquecedora. Si a alguno distinguía, era a Villa, en quien posaba a menudo con amorosa expresión sus grandes ojos inocentes y límpidos. Y yo, desde lejos, notaba el estremecimiento que aquella mirada clara producía en mi amigo, y le envidiaba.
La tertulia se deshizo tarde. Algunos criados entraron a buscar a sus señoras y aguardaron largo rato allá dentro, en la cocina. A las doce y media vino el conde viudo del Padul a recoger a su hija, y ésta fue la señal del desfile. Llegaba del Círculo de Labradores, donde, según me dijo uno, iba dejando ya, sobre el tapete verde de la mesa de juego, una fortuna. Era hombre de media edad aún, vigoroso, en quien los excesos de su vida disipada no se reconocían más que en la mirada vaga y perezosa. Reconocíase en él a un mismo tiempo al caballero y al calavera. Sevilla entera recordaba todavía sus aventuras galantes, sus orgías, sus duelos singulares y temerosos, la barbarie inconcebible de algunos actos ejecutados en el frenesí de la embriaguez. Saludó con amabilidad caballeresca, no exenta de protección, a todo el mundo, y se llevó a su hija. En pos de él nos marchamos todos. Las de Anguita salieron hasta el medio de la calle a despedir a sus amigas. Pepita me preguntó si volvería al día siguiente, y como le respondiese que no sabía si me sería posible, dijo haciendo un mohín de enfado que yo era «tan chinchoso y tan apestoso» como mi amigo Villa. Salimos formando grupos, que se fueron dispersando por las laberínticas encrucijadas de las calles. Villa iba delante dando vaya a unas muchachas, alegre otra vez y despreocupado. Yo le seguía, llevando a mi lado al humorista D. Acisclo. No sabiendo cómo entablar conversación con él, le dije:
--Es muy amena la tertulia de estas señoritas... y muy original... Se pasa bien el rato.
--Usted es forastero, ¿verdad?--me preguntó gravemente.
--Sí, señor; hasta ahora no había estado en Andalucía.