La guerra injusta; cartas de un español
Part 7
Pero los espíritus que toman en serio la religión observan con dolor que la verdadera, la esclarecida fe es patrimonio de muy pocos. Tenemos costumbre de achacarlo á la corrupción de los tiempos; pero no es así. Hay muchas personas sinceras que se extasían hablando del fervor de los tiempos antiguos. Sin embargo, entonces, como ahora, las almas que se inclinaban á lo Eterno eran muy contadas. Había más devoción aparente, más hipocresía; pero eran muchos más los que amaban la tierra que el cielo.
* * * * *
En realidad, los hombres se han dividido siempre en paganos y cristianos, lo mismo antes que después de Jesucristo. Los primeros son los que suponen que hemos nacido para gozar; los segundos, los que creen que hemos nacido para trabajar y sufrir. Se trata únicamente de un concepto de la vida. Pagano y bien pagano era César Borgia, aunque cardenal de la Iglesia católica, y lo eran sus malvados secuaces y toda la Corte del Pontífice Alejandro VI, y los cardenales que se comieron cien bandejas de confites en la boda de Lucrecia Borgia y bailaron con sus damas y con las de la Princesa de Squilache, según cuenta ésta en carta sacada á luz recientemente por nuestro sabio compatriota el marqués de Laurencin. Cristianos fueron Sócrates, Leónidas, Régulo, Séneca, los Gracos, Paulina, Terencia y todos los mártires ignorados de la antigüedad, cuyos nombres no han llegado hasta nosotros. No hay que olvidar la hermosa sentencia de San Anselmo: «Siendo Cristo la verdad y la justicia, todo el que muera por la verdad y la justicia, aunque no crea en Cristo, muere por Cristo.»
Pero aquellos paganos pueden, en algunos supremos instantes de la vida, transformarse en cristianos. Todos los hombres nacemos empapados en fe. En cuanto se abre una pequeña puerta en nuestro corazón la religión se precipita dentro. Por eso vemos que muchos grandes pecadores bajo el golpe de la Gracia se convierten en fervorosos cristianos. La misma Lucrecia Borgia que he mentado hacía vida ejemplar en Ferrara los últimos años de su vida, llevaba siempre cilicio y murió en la opinión de santa.
Es menester, sin embargo, para ello que el cerebro no haya sufrido menoscabo. Aunque parezca raro, las heridas del corazón se curan mucho más fácilmente que las de la cabeza. Cuando los sesos se pudren el enfermo no tiene ya remedio. Porque las ideas, ahora y siempre, son las que gobiernan el mundo. Las ideas engendran los sentimientos y los actos, ó lo que es igual, toda la vida del hombre. Nosotros no somos lo que sentimos, sino lo que pensamos; somos siempre proporcionados á nuestras ideas, y nuestra alma baja ó sube á medida que se levanta ó se abate nuestro estado mental.
Por eso es gran error suponer que no ejercen influencia sobre la conducta del hombre; aunque lo sea mayor, aun el juzgar, como en la Edad Media que deben inculcarse con fuego y martillo.
* * * * *
Tal es la situación que en este terreno ocupa la Francia con respecto á Alemania. Los franceses son pecadores por razones que ya he expuesto en anteriores artículos: tenían, hasta cierto punto, el corazón extraviado. Los alemanes son filósofos, tienen el cerebro corrompido.
La religión no ha desaparecido de Francia por haber expulsado á las Ordenes religiosas, como no desapareció de España cuando nuestro católico Rey Carlos III expulsó, con mayor crueldad aun, á la Compañía de Jesús, cuando nuestro Gobierno más tarde decretó la exclaustración de todos los frailes y el populacho penetró en los conventos y degolló á muchos de ellos.
Recorred las provincias francesas, visitad las aldeas, y hallaréis exactamente reproducido el tipo de la religiosidad española. Porque el catolicismo, como la palabra misma lo indica, ha tenido la virtud de unificar á los hombres, de imprimirles su sello, haciéndolos á todos semejantes ante el altar. Las mismas solemnidades, las mismas procesiones; las mismas Cofradías, las mismas fiestas profanas unidas á las religiosas. Los niños van al catecismo, las jóvenes asisten á las procesiones con la medalla y el velo blanco de Hijas de María, las viejas van indefectiblemente por las tardes á los Oficios. La primera comunión de los niños se celebra aquí con una alegría y pompa que no he presenciado jamás en España: acuden de lejanas comarcas los parientes para ese día feliz, como sucede en España cuando hay una boda; la casa se convierte en un templo; la calle se alfombra de flores. Ni falta siquiera el tipo clásico de la beata para tormento de confesores y alivio de sacristanes.
¿Por qué, pues, ese odio de muerte á la nación francesa? ¿Qué locura es la que ha acometido á muchos católicos y á no pocos sacerdotes? A uno de aquéllos le he oído pronunciar la siguiente frase: «Si en la presente guerra triunfase Francia dudaría de la existencia de Dios.»
¿Es esto cristiano? ¿Es siquiera humano?
En España se leen pocos libros alemanes, porque su idioma no está muy difundido entre nosotros y no abundan tampoco las traducciones. Además, hay que confesarlo, estos libros, en general, son alimento demasiado fuerte para nuestros estómagos latinos. Por eso se desconoce su estado mental á la hora presente. Pero todo el que haya seguido con un poco de atención la historia de su filosofía en los tiempos modernos aprenderá que la religión de la Alemania intelectual de un siglo á esta parte no es el cristianismo, sino el panteísmo. El panteísmo no puede fundar la moral; la desconoce en absoluto. Por lo mismo, no es más que un puente para el monismo materialista. Los intelectuales alemanes hace ya mucho tiempo que lo han salvado. Como consecuencia ineludible de este materialismo ha venido la teoría del superhombre y supernación, que es la dominante hoy.
Pero se me dirá: los intelectuales no son el país. Grave error. Los intelectuales son siempre la nación presente o futura. Las ideas nacen en las cimas, como los arroyos; mas poco á poco descienden por la falda de la montaña hasta los barrancos; otras veces se filtran calladamente por los terrenos permeables, y cuando menos lo pensamos nos hallamos empapados de ellas. Casi nadie lee á Platón, y, sin embargo, hasta el más rústico aldeano está hoy impregnado de platonismo. De la misma suerte el pueblo en Alemania no lee á Kant; pero su _ateísmo modesto_, como lo llamaba Coleridge, le ha penetrado hasta los huesos. Son hegelianos sin haber leído á Hegel, porque poetas, dramaturgos, novelistas, críticos y periodistas se han encargado de servirle con apetitosos guisos el plato del fatalismo panteísta.
¿Por ventura en Alemania no existe ya la fe? Sí; hay mucha fe... en la química. Dios se ha transformado en maquinaria, carbón y electricidad. No ha venido al mundo para sufrir y morir, sino para vivir y hacer sufrir. Seamos poderosos, trituremos á nuestros vecinos, impongamos nuestra voluntad en todas partes, y entonces la Divinidad se mostrará dentro de nosotros como lo que es, una fuerza inmanente y universal.
Algunos católicos españoles se enternecen leyendo á cada paso en las proclamas del Kaiser y sus generales el nombre de Dios. Son víctimas de una admirable falsificación. Ese Dios ha sido también extraído del carbón, como otros muchos productos, sorprendentes.
Pero el verdadero, el legítimo Dios tiene una experiencia infinita en estos asuntos psicológicos y no se deja engañar por las marcas de fabricación alemanas. Ve en la etiqueta «made in Germania» y rechaza el artículo, aunque reconociendo que está bien presentado.
* * * * *
El espíritu galo no es panteísta. Por lo menos, no lo es desde la fecha remota en que el cristianismo mató al druidismo en los bosques de la Galia. El concepto que de la Divinidad tienen, sea para afirmarla, sea para negarla, es el verdadero. Hay en Francia bastantes escépticos, Montaignes en miniatura; hay muchos más Rabelais apasionados de la carne y el vino; pero no se hallará en toda la República un Federico Nietzsche, un solo hombre que sostenga la maldad por principios.
La creencia y el escepticismo son estados inestables que se suceden en el alma de cada hombre como en cada país. No hay que dar á esta fluctuación demasiada importancia; depende de la imperfección misma de nuestra naturaleza y es preciso resignarse á ella. Los árboles se visten de hojas y quedan desnudos alternativamente. ¿Quién diría que después del escéptico siglo XVIII había de venir el espiritualista XIX? Después de Voltaire, Diderot y Helvetius, surgen Chateaubriand, Lamartine, Bonald y De Maistre. Lo que tiene muchísima importancia es la sustitución de una fe por otra, y esto es lo que sucede actualmente en Alemania.
Los franceses han cometido recientemente la calaverada, que nosotros realizamos hace ochenta años, de suprimir las Ordenes religiosas.
No hablemos de la separación de la Iglesia y del Estado. Son muchos los católicos que rechazan la especie de que la Iglesia sea un organismo del Estado y prefieren la independencia absoluta á un protectorado enfadoso e interesado. Hablemos solamente de las Ordenes religiosas.
No ofrece duda que su expulsión ha sido un acto arbitrario y escandaloso. La República francesa, al prohibir las Congregaciones, perpetra una atroz injusticia, realiza un atentado contra la libertad, niega, por lo tanto, su propia existencia. ¿No tiene por lema _libertad, igualdad, fraternidad_?
Pero yo quisiera hacer unas preguntas en secreto á esas expulsadas Congregaciones. ¿Han mirado siempre al fondo de su conciencia? ¿La han examinado escrupulosamente? ¿No han encontrado allá dentro ningún odio á las instituciones republicanas? ¿No han conspirado contra ellas alguna que otra vez?
Pues si de este examen de conciencia no salen completamente exentos de pecado, no deben sorprenderse de la penitencia. Quien siembra odios no puede recoger amor. La abeja necesita miel para su alimentación y la Naturaleza le proporciona miel; la pulga necesita sangre, y le da sangre. Es ley consoladora saber que la Naturaleza nos provee con largueza de aquello que pedimos.
Si los religiosos franceses hubieran aceptado con leal franqueza las instituciones republicanas, la República no hubiera puesto la mano sobre ellas. «Si quieres que las mujeres te sigan--decía nuestro Quevedo--, echa á andar delante de ellas.» ¿Por qué no aceptar lealmente á la República? ¿No lo había hecho el Pontífice León XIII, de inolvidable memoria? Marchar delante de los hombres. He aquí el secreto para guiarlos.
* * * * *
El francés no es un impío nato, como por ignorancia unos, otros con fines sórdidos, propalan en España. Los franceses guardan en el alma, como todos los que nacieron y se criaron en la fe de Cristo, la religión como un fondo de reserva. Mientras son felices muchos abandonan las prácticas religiosas; cuando son desgraciados acuden y se consuelan con ellas. Igual, exactamente igual que todos nosotros. Si en el mundo no hubiera dolor la religión no existiría.
Yo he visto por las noches poblarse de gente una pequeña iglesia de aldea. Allí acudían pobres mujeres enlutadas llevando de la mano á sus hijos, enlutados también. Con paso vacilante las seguían algunos ancianos de rostro pálido y triste mirada. Y en el silencio augusto del templo, mientras los corazones se dirigían al Altísimo pidiendo misericordia, estallaba de vez en cuando un sollozo que me removía las entrañas. Hoy en París la multitud elegante, que en otro tiempo corría á los sitios de placer, invade las iglesias. En San Sulpicio, en San Germán, en la Trinidad, en Nuestra Señora de las Victorias me ha costado trabajo entrar. No son mujeres solamente, como en Madrid, las que allí encontraréis; son hombres, muchos hombres que oran con mayor devoción aun que ellas. El que no se sienta penetrado de respeto ante esta muchedumbre que humilde y dolorida se postra ante una imagen de la Virgen pidiendo el alivio de sus penas podrá llamarse cristiano, pero está bien lejos de merecer este nombre.
¿Y allá en el frente, en la línea de fuego?
¡Ah! allá en el frente se repiten las escenas del tiempo de las Cruzadas. En el fondo de una trinchera se agrupa una compañía de soldados esperando la orden de salir. Llueven las granadas y estallan con horrísono estruendo; la tierra se levanta y se agita como el oleaje de la mar. Ya avanza la infantería alemana en apretadas filas, llevando delante las ametralladoras, segadoras de hombres. Sonó la hora de lanzarse al medio de aquel infierno de fuego. Los corazones palpitan, las manos tiemblan, las gargantas se anudan. En aquel momento supremo se alza con autoridad la voz de un pobre soldado:
--¡Todo el que crea en Dios Crucificado, de rodillas! Que cada cual se arrepienta de sus pecados. Voy á daros la absolución.
Todos caen, en efecto, de rodillas, y el soldado sacerdote levanta el brazo y los absuelve.
--Jamás podré olvidar este instante--me decía el herido que me lo relataba.
--Tiene usted razón en no olvidarlo--le respondí. Un instante como ese ennoblece toda la vida.
En otra ocasión, practicando un reconocimiento, cae herido un soldado de la patrulla. Otro soldado se precipita en socorro suyo y trata de cargar con él para conducirlo á la ambulancia.
--No te ocupes de mí--le dice el soldado--. Estoy herido de muerte. Sólo quiero pedirte un favor. Soy sacerdote y te ruego encarecidamente que en la primera ocasión que tengas recibas por mí la sagrada comunión, ya que á la hora de la muerte no me ha sido dado el consuelo de recibir á mi Dios.
El compañero, confuso y avergonzado, guarda silencio unos instantes. Es un joven rico y disipado que desde hace años vive apartado de la religión. Al fin le dice.
--Aunque desde la infancia no me he confesado, quiero hacerte ése favor. Dios me ha tocado en el corazón. Quizá dentro de un instante una bala me mate á mí también. Voy á confesarme contigo, puesto que eres sacerdote.
Y, en efecto, aquel joven escéptico confiesa allí mismo sus pecados, y su compañero, moribundo, le da la absolución.
¡Que cuadro! Parece arrancado á la _Leyenda de oro_ y estampado en uno de esos códices de la Edad Media que la mano piadosa de un monje ha dibujado á la pluma.
Despojémonos, pues, de injustas prevenciones. No nos infatuemos, tanto con nuestra religión; no motejemos la del vecino. Y pidamos al cielo que cuando llegue para nosotros también el día de prueba sepamos mostrar la misma fe y el mismo valor.
¿Y Después?
Y de esta guerra increíble, que jamás se ha visto ni se volverá á ver sobre la tierra, ¿qué es lo que quedará? Esos arroyos de sangre, filtrándose en la tierra, ¿fecundaran su seno? ¿Secaran, por lo contrario, las raíces de las flores y nuestro planeta será para siempre un recinto siniestro de dolor y de espanto?
No soy optimista ni pesimista. Pensar que la guerra se halla en el orden de lo creado y que es de necesidad periódicamente para aliviar los excesos de la fecundidad, me parece blasfemo. Nunca he creído en la utilidad del mal; nunca he creído tampoco que procediese de Dios. Nuestra Libertad, que es nuestra perfección y nuestra imperfección á la vez, es la que engendra todas las depravaciones que observamos en el mundo. Y el mismo Dios no puede nada contra nuestra libertad.
Pero imaginar que el Espíritu de Verdad y de Justicia que gobierna el mundo se va á cruzar de brazos y no ha de sacar partido para nuestro bien de nuestros mismos errores y maldades, es igualmente vituperable.
Amontonamos sobre el camino en nuestra peregrinación por la tierra obstáculos infranqueables; pero una mano divina los separa. Sembramos abrojos; pero hay quien se encarga de limpiarlos y guarnecerlos de flores.
La guerra presente, que es un mal, engendrará algunos bienes. No hablemos de razas perdidas, aniquiladas, que preparan el terrero para otras nuevas. No hablemos tampoco de viejos sistemas que se deshacen para hacer sitio á otros más perfectos.
No digamos que la ferocidad es necesaria para el equilibrio de la existencia y que está justificado el predominio de los más fuertes. Este es el lenguaje de la impiedad que yo no sé balbucear. Pensemos más bien que el hombre no está hecho para la guerra sino para la paz, porque no es una continuación del animal, sino un salto fuera de él. Estamos compuestos de átomos brutos; pero no somos un átomo bruto. Si alguna vez dentro de nosotros ruge el león y grazna el buitre no nos inquietemos, porque están enjaulados.
Las naciones, como los individuos, sufren accesos periódicos de cólera. La cólera la han definido los fisiólogos una locura breve. Esta locura deja rastro pernicioso casi siempre en nuestro organismo, turba el equilibrio de nuestros humores, causa desperfectos en la máquina corporal.
Pero en el alma no sucede otro tanto. Cuando convalecemos de una de estas fiebres mortíferas nunca dejamos de experimentar confusión y vergüenza. Esta vergüenza es el reconocimiento de nuestro ser espiritual, es la voz de lo Alto que nos señala nuestro destino. Corremos á la jaula de los leones y los tigres y damos otra vuelta á la llave.
Así está sucediendo con las naciones europeas. Detrás de esta rabiosa cólera que las posee, de este colosal ataque de nervios, vendrán días de laxitud y reflexión y una gran vergüenza se apoderará de ellas. Descontentas de sí mismas cerrarán los ojos y meditarán largo tiempo. Una gran reforma moral se prepara. El Derecho internacional va á dar un salto prodigioso.
¿Pero las comarcas devastadas?--Volverán la poblarse: el chirrido de la carreta y el canto suave del campesino sonarán otra vez donde ahora retumba el cañón y los gritos de batalla.--¿Y tantos miles de pobres seres mutilados?--Pensarán resignados que han entregado sus pies y sus manos á la fiera para rescatar las de sus hermanos y que al fin la tienen encadenada para siempre.--¿Y tanta lágrima, tanta sangre como se ha vertido?--Las lágrimas son el riego de las almas; para crecer necesitamos llorar. La sangre ha sido el precio de nuestra redención.
La Francia ha hecho una cruel experiencia; pero esta experiencia la salva. Vivía adormecida por un bienestar material del que no hay ejemplo en la Historia. El goce era su ideal; una sensualidad premeditada y sabia reinaba en las ciudades y se propagaba á los campos. Cuando esto sucede, cuando adulamos á nuestro cuerpo, el alma, ofendida, nos abandona, quedamos convertidos en una estatua viva como aquella de que hablaba Condillac. No hay maldad, sino frialdad. Los lazos de hombre á hombre se habían aflojado; cada cual miraba á su vientre: te respeto para que me respetes y nada más.
Ahora bien; al alma no le bastan estos reglamentos de Policía. Las salas de las Delegaciones y Prefecturas están demasiado frías para ella. Los hombres no hemos nacido solamente para saludarnos con el sombrero. Fué necesaria esta gran catástrofe para que los franceses dieran unos pasos atrás y rectificasen la dirección de su marcha. Cuando la desgracia entra en una casa, los hermanos, que vivían apartados, que apenas se veían, se abrazan llorando y renuevan la dulce convivencia de la infancia. La fraternidad, que mucho se había debilitado en Francia en los últimos años, florece de nuevo y exhala delicados perfumes. Señalemos este acontecimiento como el más feliz de lo que la terrible inundación dejará en pos de sí.
Otra buena partida para su haber será el culto á la austeridad, de que empiezan ya á dar claras muestras. Los franceses nunca han sido vividores disipados; pero sí lo han sido ordenados. Quiero decir que se han concedido siempre todos los placeres posibles, aunque con cálculo. Ahora renuncian á ellos con admirable resolución. El día de la paz los veréis desplegar una actividad afanosa para cicatrizar las heridas de la guerra, para volver á su antigua prosperidad, como las hormigas de un hormiguero cuando éste ha sido indignamente pisoteado por un hombre ó una bestia.
La política se saneará igualmente. Sí; era necesario sanear la política. Cuando hace dos años una mujer, prevalida de la alta posición política de su marido, asesinó alevosamente á un publicista distinguido, y esta mujer fué absuelta libremente por el Jurado, los hombres de sentido moral exclamaron en Europa:--«¡Esto se descompone!»--Todos vimos ya revolotear los cuervos sobre la carne podrida. Era necesario atajar la gangrena con el bisturí y el cauterio. Los alemanes fueron comisionados por la Providencia para hacerlo. Se encargaron también de batir las cataratas á esos ciegos partidarios que ignoran la justicia y la tolerancia.--«¡Cómo tardan los bárbaros en llegar! ¿Que hace Atila?»--exclamaba un día Ernesto Hello, contemplando la corrupción del segundo Imperio.--Y Atila vino, en efecto, poco después. Ha llegado también ahora no para castigar la lujuria, sino la mentira. Si la República francesa no hace honor á su lema «libertad, igualdad fraternidad, ¿para qué existe?
La Providencia divina tiene mucho más que hacer en Alemania. El gran pecado de los germanos es el orgullo. Pero el orgullo es el mayor pecado de la Humanidad, es el que nos transforma realmente en bestia.
El Rey Nabucodonosor comió heno, como el buey, á causa de su soberbia. ¿No caemos todos en cuatro patas así que se nos sube el humo á la cabeza?
¿De dónde les vino este orgullo? El origen principal está en los excesos de su industrialismo. Ver cómo juegan con los átomos y los escamotean y transforman los gases en sólidos y arrastran las fuerzas naturales á todos los usos, es cosa al parecer que hincha á los hombres de un modo extraordinario. Los alemanes habían llegado en este orden á mayor adelantamiento que los demás países y quedaron llenos de sí mismos y empezaron á mirar con desprecio á los que no sabían fabricar pan de madera, y á creerse el pueblo elegido por Dios.
Pero Dios no necesita panaderos. Cuando los magos de Faraón convirtieron las varas en serpientes, la de Aarón se las tragó á todas. Para mucha gente este es el fin y el compendio de toda la civilización: las retortas, los alambiques y los gases inflamables. Algunos tiemblan de emoción y ponen los ojos en blanco al referir las contradanzas que los alemanes hacen ejecutar á la materia bruta. Yo les respondo: «Aunque les viese transformar el palacio de la Equitativa en un gran pastel de hojaldre siempre admiraría más un diálogo de Platón y un drama de Shakespeare.
Los alemanes eran más admirables cuando en Weimar, una de sus pequeñas ciudades, se reunían á la vez hombres como Goethe, Schiller, Herder, Wieland Kotzebue, músicos inspirados, grandes pintores, arquitectos, sabios, actores, que ahora con sus cañones y zeppelines. No hay que decir esto al vulgo que sólo se postra ante las obras tangibles. ¡Como si el mundo moral no precediese al material y lo invisible á lo visible!
El progreso que se cifra tan sólo en utilizar las fuerzas de la Naturaleza para nuestro regalo es un fantástico progreso. Si el hombre no progresa moralmente, estas fuerzas, en vez de utilizarse para su provecho, se emplearán en su destrucción. Y es lo que ha acontecido ahora. ¡Cuándo terminará esta grosera superstición del industrialismo! Platón, Epicteto, Sófocles, Cicerón, eran hombres bien civilizados y se alumbraban con aceite. El apóstol San Pablo no era un salvaje, aunque desconociese el bicarbonato de soda. El corazón del hombre siempre será más interesante que la Naturaleza. El actor nos importa más que los bastidores y bambalinas de que está rodeado.
Por la derrota de su soberbia volverá á ser grande la Alemania. Cuando nos sopla el viento de la fortuna, cuando nuestros negocios prosperan y vivimos rodeados de comodidades y sumergidos en la riqueza, entonces es cuando corremos grave riesgo de perder la dicha. La sabia Providencia, que vela por nosotros, nos abre los ojos de un modo brusco para que rectifiquemos el camino.